domingo, mayo 07, 2017

Los últimos bancos

A lo largo de mi ministerio sacerdotal nunca me han dejado de preocupar los feligreses que asisten a las celebraciones desde los últimos bancos del templo. Se entendería si la iglesia se llenara y los últimos que llegan se pusieran en la última fila porque no hay otro espacio. Pero cuántas veces el templo no está lleno y se ven grandes zonas vacías, incluso en los primeros bancos. En verano, cuando mucha gente se va de vacaciones, los huecos se ven incluso los sábados y los domingos. Da una impresión extraña y desoladora: cada persona se convierte en un pequeño núcleo aislado, todos separados unos de otros. Esta realidad me causa una cierta tristeza.

Me pregunto qué está ocurriendo en el corazón de estas personas. Y me planteo si realmente entienden el sentido profundo de la eucaristía, que esencialmente es comunión entre hermanos que celebramos la fe en el Señor resucitado. En algún momento he interpelado a la feligresía sobre esta cuestión, urgiendo a las personas a agruparse en los primeros bancos, y veo que les cuesta responder.
Lo comento con otros compañeros sacerdotes y me dicen que en sus parroquias sucede lo mismo. La distancia entre el presbítero y los feligreses de la última fila no es la única razón de mi preocupación: me preocupa la distancia entre su corazón y el gozo de la eucaristía, es decir, la distancia entre ellos y el corazón de Jesús.

¿Qué ocurre dentro de estas personas? No quisiera molestar a nadie con estas reflexiones; quisiera comprender su actitud. Puede deberse, quizás, a una falsa modestia, a una humildad mal entendida, de pensar que no merecen estar cerca del sagrario. O puede ser por un hábito rutinario, porque siempre se han sentado en ese lugar. O quizás se sientan ahí para salir deprisa cuando la misa acaba. Quizás conciben la misa como un deber importante que hay que cumplir como sea, independientemente de la gente que los rodea. O simplemente no les apetece hablar con los demás porque los demás son extraños, ajenos a su realidad. Tal vez algunos entienden la eucaristía como un rito donde sólo importa la asistencia, sin que esto suponga un cambio en su vida. O simplemente asisten por inercia, y han caído en una dejadez que les impide participar activamente en la celebración.

Ahora bien, me pregunto: en una fiesta de cumpleaños, o cuando celebramos cualquier evento familiar, en Navidad, en Pascua, ¿verdad que la familia se reúne alrededor de la mesa? Resultaría muy extraño que cada cual se sentara donde quisiera: uno a la puerta, otro en el pasillo, otros en una esquina, o en el sofá, todos dispersos por el comedor y la casa. No parecería una fiesta si no se reunieran alrededor de la mesa, junto al que convoca. El que invita se sentiría preocupado y triste al ver sillas vacías a su lado, y eso revelaría, sin duda, problemas graves entre los miembros de la familia. ¿Dónde está la alegría del encuentro, si todos no se juntan en un mismo lugar?

Lo mismo sucede en la parroquia. ¿Qué es la eucaristía? ¿Quién nos convoca? No somos una masa de feligreses ante un cura… ¡Somos una familia! Y nos convoca el mismo Cristo. ¿Lo creemos de verdad?

Cuanto más huecos haya, más diluida estará la comunidad. Y una comunidad diluida se acabará desintegrando y muriendo; no dará fruto. Al contrario, cuantos menos espacios vacíos, más unión, más afecto y más interrelación habrá. Y esto significa que la comunidad está viva y comprometida.
Es importante que todos entendamos que nuestra fe no se vive en solitario, sino como parte de una experiencia comunitaria. Somos miembros activos de la Iglesia, una familia mucho más amplia que nuestra pequeña parroquia. Estamos unidos por una misión, que es evangelizar y dar testimonio de nuestra experiencia cristiana al mundo. Si esta experiencia no existe, no podremos transmitir la buena nueva a nadie. No seríamos coherentes.

Ante los bancos desiertos, sacerdotes y feligreses tenemos un gran desafío.

domingo, abril 16, 2017

Ni una sola sonrisa


Ayer noche, después de una intensa celebración litúrgica, la Vigilia Pascual, quise cenar y ver algún canal televisivo religioso con el deseo de seguir profundizando en el acontecimiento de la resurrección.

Estuve viendo la retransmisión de la Vigilia Pascual desde la catedral de una diócesis española. La puesta en escena era impresionante. Las flores, la decoración, la música, todo estaba contemplado, detalle a detalle. Los contenidos teológicos eran preciosos, profundos, catequéticos. Desde un punto de vista doctrinal, extraordinarios. La música era de una belleza envolvente. La liturgia seguía a rajatabla las rúbricas del canon. Todo era perfecto, todo cuadraba en el marco imponente de la catedral. Pero de pronto sentí que en aquella escenografía faltaba algo.

En toda la celebración no vi una sola sonrisa.

Todos, desde el obispo que presidía, pasando por los sacerdotes, los diáconos, los acólitos y lectores, hasta los mismos feligreses, mostraban rostros y expresiones severos y rígidos. Entiendo que esta celebración hay que vivirla con gran solemnidad y que es importante guardar las formas. Pero no es lo mismo un talante solemne que una actitud adusta. Todos parecían columnas, frías y hieráticas como los pilares de la catedral. Incluso los niños estaban serios.

Estamos celebrando el gran acontecimiento que marca la vida de la Iglesia y de los cristianos, un misterio ante el que hay que mostrar toda la devoción y el respeto, pero esto no está reñido con la alegría. Al contrario: ante la extraordinaria noticia de la resurrección, el corazón de cada fiel debería llenarse de un júbilo rebosante. Y este alborozo debería aflorar en los rostros, en las miradas, en el timbre de voz y en los gestos. Dentro de una liturgia bella y cuidada, también hay lugar para la calidez y la sonrisa.

Estamos celebrando la Vida con mayúscula. Como decía San Pablo, con Cristo hemos muerto, con Cristo hemos resucitado y por tanto tenemos motivos para vivir alegres. La liturgia no puede reducirse a un marco ceremonial tan estricto que convierta la celebración en un rito más. El perfeccionismo litúrgico no puede encorsetar ni ahogar lo que es propio de esta vigilia pascual, la alegría desbordante de la resurrección. Las formas no pueden asfixiar el espíritu. Es tan importante lo que decimos como la manera en que lo decimos: nuestra pose, nuestros gestos y nuestra mirada delatan cómo estamos viviendo el sentido de esta fiesta. Es la fiesta de todas las fiestas, la liturgia reina de todas las liturgias, porque anuncia la noticia de todas las noticias. Pero si sólo nos quedamos en la estructura ritual y en la corrección formal corremos el riesgo de perder lo nuclear de esta fiesta de hoy. ¿Cómo vivimos interiormente la eucaristía pascual?

El afán por una liturgia impecable no puede quitar la alegría a los cristianos. La liturgia y los que presiden y asisten deben estar en sintonía con lo que se celebra. Los gestos son tan importantes como lo que se dice. Si de la muerte hemos pasado a la vida, no podemos poner cara de funeral, como dice el Papa Francisco. El obispo, los curas y los fieles todos hemos de ser cristianos pascuales. Y esto quiere decir desprender alegría por todos los poros.

¿Qué ocurría en esta eucaristía, que los celebrantes fueron incapaces de dirigir como mínimo una sonrisa al pueblo de Dios reunido con ellos?

Ojalá, en esta Pascua, Cristo resucitado nos llene de una auténtica y profunda alegría.

domingo, marzo 12, 2017

Historia de un sí

Hace 30 años que me ordené sacerdote. Preparando el aniversario de mi ordenación, no puedo dejar de evocar la historia de mi vida. Una historia que comenzó a escribirse mucho antes de que yo naciera. Una historia cuyo guionista (Dios) ha convertido en el relato apasionante de una llamada y una respuesta. La historia de un sí.

O quizás debería decir, de dos síes. Es fácil hablar del sí de un joven inquieto que responde a una vocación. Pero antes que mi sí, pequeño y lleno de fragilidades, hubo otro sí, inmenso, incondicional, desbordante e inquebrantable. El sí que Dios me dijo a mí.

La historia de toda vocación ―al sacerdocio, a la vida religiosa, al matrimonio, a cualquier compromiso de vida― entraña un descubrimiento y una creciente amistad con Dios. Suele ser un camino lleno de giros y sorpresas, de horas alegres y horas de cruz, pero siempre iluminado por una presencia amorosa que jamás abandona y que nos sostiene en las horas de noche oscura.

Por otra parte, una vocación no puede entenderse si no es desde la libertad. Creo que cada uno de nosotros es forjador de su propia historia. Creer que todo está predeterminado es un error. Muchas veces caemos en el fatalismo por falta de valentía. Pero el destino no está en manos del azar. Todos somos responsables de la construcción de nuestro mañana. En cada acto de libertad nos estamos jugando el futuro.

También creo que el ser humano es más que inteligencia y sentimientos, más que un pasado histórico o un efímero presente. Las ciencias no agotan el misterio de cada persona. Más allá de nuestra genética y de nuestros condicionantes sociales y familiares, cada ser humano es único, irrepetible y con una enorme capacidad para afrontar la vida y sus desafíos.

Detrás de toda vocación hay una doble historia: la de un ser humano inquieto que busca el sentido de su vida y la de un Dios enamorado que lo llama a hacer realidad un sueño. La invitación siempre se nos ofrece. Decir sí es un acto de suprema libertad.

Nos envuelve un sutil misterio. Pequeños y limitados como somos por naturaleza, a la vez somos grandes en aspiraciones, creatividad y audacia. La historia de Dios con el hombre abarca todas nuestras paradojas y contradicciones. Él no busca grandes personajes con grandes talentos. Busca almas que se dejen conquistar. Ni siquiera le importa que seamos perfectamente sanos y equilibrados. Eso está en su mano. Lo único que hemos de hacer es dejarnos llevar por su llamada, un susurro que nos invita.

Dios no nos modela como una escultura, más bien nos llama a florecer desde nuestra propia identidad. No nos esculpe a martillazos, nos riega para que crezcamos y seamos capaces de hacer brotar la semilla de esa alma genuina que él insufló en nosotros cuando fuimos concebidos.

Llegar a los 30 años de sacerdocio ha sido un regalo. Como dijo el Papa Benedicto en su investidura, Dios no quita nada, lo da todo. Puedo decir con toda serenidad, después de 30 años, que he descubierto ese amor derrochón de Dios, que se obstina en hacer felices a sus hijos. En mi caso, con mi vocación al sacerdocio, me ha dado lo mejor que yo podía recibir. Y sé que todavía me depara sorpresas en los años venideros. Cuando uno se deja llevar por el soplo del Espíritu sabe de cierto que se encamina hacia la cumbre de su existencia.

domingo, septiembre 11, 2016

Unidad vital o rigor institucional

La pluralidad, riqueza de la Iglesia


Una gran riqueza de la Iglesia es su inmensa pluralidad. Es así porque es querida por el Padre, creada por Jesús e inspirada por el Espíritu Santo. Se podría decir que la Iglesia desde siempre fue un sueño de Dios. A través de su instrumento sacramental, su Hijo, es edificada por el amor de la Trinidad.

En la última cena, Jesús rezó para que todos fueran uno, como el Padre y él son uno. En la Iglesia desde siempre se ha velado por la unidad, esta es la garantía de su existencia y crecimiento. Pero se trata de una unidad en la diversidad, desde la libertad. Si no es así, no es posible mantener la Iglesia según el sueño de Cristo. En la Iglesia, como en el corazón de una madre, cabe todo. Hay movimientos, talantes, sensibilidades e incluso estilos opuestos, pero el Espíritu Santo ha hecho posible lo imposible. Pese a las fuerzas contradictorias internas, la Iglesia sigue viva.

Porque la Iglesia es más que una institución, por eso nadie, ni siquiera el Papa, puede poner cortapisas al Espíritu Santo. La libertad del mismo Creador es fuego que todo lo purifica, incluso los defectos y los errores milenarios. Esta es nuestra esperanza: nadie puede encorsetar al Espíritu Santo, ni con las estructuras ni con la misma institución.

Pero a veces nos da vértigo esta fuerza huracanada del Espíritu, que va más allá de nuestras concepciones intelectuales y no se deja atrapar por las ideologías. Por eso siempre nos puede sorprender, incluso desconcertar. Él está siempre más allá de todo y de todos. Podríamos afirmar que lo más íntimo del Espíritu Santo es la libertad: sopla donde quiere, como quiere y sobre quien quiere. Sin libertad no habría creación. Libertad en la unidad: sólo así se puede crear algo al estilo de Dios.

El riesgo de idolatrar las estructuras


Tristemente, muchos miembros de la Iglesia han caído en el legalismo judío y en el cesarismo romano, aferrándose a las estructuras y alejándose del espíritu fundacional, y con ello desvirtuando el sentido genuino de su razón de ser. La influencia de las ideologías corre el riesgo de querer convertir la Iglesia en un cuerpo de funcionariado. La politización de la Iglesia contamina el mensaje del evangelio y desvirtúa su significado.

Cuando el cristianismo fue declarado religión oficial del imperio romano, con el emperador Constantino, una parte de la Iglesia empezó lentamente a apartarse de su finalidad última, convirtiéndose en una estructura al servicio del poder. Aunque era necesario organizarse con urgencia, debido a su enorme expansión, con el tiempo las estructuras llegaron a crecer tanto que se esclerotizaron. El espíritu inicial se fue relegando a un plano secundario. Se fue perdiendo frescura a medida que se ganaba capacidad de gestión. Así es como la Iglesia se convirtió en una súper estructura con cargos, gerencias, puestos y delegaciones. En cierto modo supuso una gestión muy eficaz para su expansión y crecimiento.

La Iglesia adquirió formas administrativas propias del imperio romano para su organización: diócesis, arciprestazgos, parroquias. Todo esto puede facilitar el trabajo pastoral y la comunicación, dado el volumen de fieles y sus necesidades. Pero no puede ser una forma soviética de control. Se nos han inoculado el marxismo y otras ideologías convirtiendo las estructuras de la Iglesia en un instrumento de poder paralelo a un estado civil. En las formas de actuar y gestionar se nos ha infiltrado este veneno, que nos impulsa a idolatrar el orden y nos hace perder la esencia.

Hemos copiado del mundo civil y político nuestra forma de organizarnos. El Papa hablaba recientemente de la descentralización de la Iglesia, dando más capacidad canónica a los obispos. Estos han de aprender, a su vez, a dejar que haya más capacidad de autogestión no sólo en los arciprestazgos, sino en cada parroquia.

La caridad y el respeto crean vínculos


El cardenal Jubany hablaba no tanto de la pastoral de conjunto en la diócesis, sino de «pastoral orgánica». No sólo se trata de que las reuniones funcionen y que todos asistan. No sólo se trata de hacer cosas juntos, sino que haya una verdadera unión entre los presbíteros y los fieles. No basta que todo funcione desde un punto de vista de la eficacia. Debe haber una profunda alegría de sentirnos hermanos en el sacerdocio. No puede haber eficacia pastoral si antes no hay una alegría vital y un sentido de comunión plena por encima de la labor pastoral de conjunto.

A veces se critica el centralismo de la diócesis, pero esta tendencia también puede darse en los arciprestazgos respecto a las parroquias de su territorio. Pueden convertirse en sub-diócesis donde su cabeza, como un segundo obispo, idolatre su cargo y utilice la excusa del servicio y la hermandad como herramientas de control. El riesgo de estos centralismos es que se les escape el respeto al carisma y talante peculiar de cada sacerdote y cada comunidad. Hay el riesgo de confundir unidad con uniformidad, e ignorar una diversidad real que va más allá de lo que se hace: está arraigada en lo que es cada cual.

Cuando el cargo es más importante que la realidad, cuando la estructura pasa por encima de la pluralidad viva, puede revelarse una necesidad del sacerdote de desempeñar un papel de personaje influyente. Un papel que no responde a la realidad cambiante de su territorio y de las comunidades. El riesgo de los sacerdotes aferrados a su cargo es encerrarse en una vida virtual entre lo que hace y lo que es. Las palabras talismán son sus armas: hablan de unión, pero ¿cómo llevan las relaciones interpersonales? Son capaces de organizar reuniones de manera eficaz, pero ¿conectan con los miembros de su equipo? Si no se crece en amistad y en libertad no serán posibles la alegría ni el respeto a cada cual. No podrá haber una auténtica pastoral que vaya más allá de las reuniones, la liturgia y la burocracia.

En el centro de toda unidad eclesial, sea parroquia, arciprestazgo o diócesis, tiene que haber caridad, amor y respeto por todos y por cada manera distinta de ser y de hacer. Amarse y respetarse al estilo de Jesús: si no, el legalismo funcionarial corroerá la razón última de nuestra vocación y nuestra misión cristiana, que es comunicar la buena nueva y el encuentro personal con Jesús.

No olvidemos que lo realmente importante no es tanto lo que hagamos, sino lo que testimoniemos, eso es lo que va a seducir y a conquistar. ¿No es pelagianismo el pensar que sólo nosotros podemos convertir almas? La sencillez, la serenidad, el abandono, la humildad, son mucho más potentes que todo cuanto podamos hacer. Anclados en la oración podremos vislumbrar el sentido último de la pastoral. Los apóstoles no necesitaron las modernas redes sociales ni sofisticados medios de comunicación, sino el diálogo cara a cara, movido por la experiencia viva y real de la resurrección. Como dice San Pablo, todo saber es necedad ante Dios.

domingo, agosto 14, 2016

Desidia espiritual

¿Qué pasa con los jóvenes?


Hoy se habla mucho de la crisis que viven las personas que se alejan de la Iglesia y de sus prácticas religiosas. Incluso en aquellas familias en que los padres iban a misa cada domingo con sus hijos, cuando estos han llegado a la adolescencia, poco a poco se han alejado de los valores religiosos. Ellos dicen que para ser buenas personas no necesitan cumplir con las prácticas litúrgicas.

¿Qué ocurre con estas familias, que siempre han practicado y cuyos padres siguen viniendo a misa, pero cuyos hijos ya no seguirán? Los padres han dejado de ser modelos para sus hijos, que han desconectado de su religiosidad. ¿Qué ha pasado? Esta es una pregunta que quizás nos da miedo hacer por las enormes consecuencias que tiene. ¿Cómo es que los padres han dejado de ser referentes para sus hijos? ¿Qué se nos ha escapado? Si queremos buscar respuestas y encontrar el motivo que los alejó no podemos eludir la pregunta y una reflexión muy honda.

Es verdad que las modas, las ideologías, la sociedad de consumo y las dependencias tecnológicas nos han sumergido en una cultura donde todo se puede comprar y tener. Nada escapa al deseo desenfrenado de poseer sin medida. Pulsando una tecla, vía Internet, podemos tener acceso a casi todo. La inmediatez, lo rápido, el «lo quiero ya» están marcando la mentalidad de nuestros jóvenes. Un elaborado marketing nos hace comprar hasta lo que no queremos. El neuro-marketing es una nueva ciencia que estudia cómo estimular el deseo enfermizo de tener cada vez más. Distraídos con todo esto nos vamos alejando de nuestra auténtica naturaleza y abandonamos la búsqueda del sentido último de la existencia.

Hablamos de una crisis de secularización en toda Europa y de una crisis de la identidad cristiana en Occidente. Apartamos a Dios de nuestra vida porque nos dicen que la Iglesia nos manipula, pero el joven universitario es inoculado con ideologías que calan en su mente y en la de toda la sociedad. La frivolidad invade la prensa, los debates y los shows televisivos. Los padres se han vuelto «carcas» y su forma de creer ha pasado.

Las plataformas de televisión digital a la carta están modelando nuestra conducta social y moral. Presumimos de hacer lo que queremos pero somos víctimas y esclavos de la publicidad, orientados a consumir de forma bulímica y sin control. Sometidos a las leyes del mercado, somos teledirigidos hasta que nos roban nuestra propia identidad. ¿Qué pasa?

Una sociedad distraída, que pierde sus referencias y sus valores, nos va arrastrando hacia un relativismo moral que deja vacío al hombre. Nuestros hijos viven en la caducidad permanente. No sólo caducan los alimentos: las cosas, las ideas, una cierta manera de entender la vida, la familia, los amigos, las relaciones… Todo se hace efímero, hasta las personas y los compromisos. Parece que hay que vivir la vida sin perder tiempo y nos agobiamos, nos cansamos y nos exponemos a la manipulación por parte de las grandes empresas. Somos auténticas marionetas y presumimos de haber llegado a unas cuotas de libertad como nunca hemos tenido. Sin embargo, estamos completamente orquestados por manos invisibles.

Pero vayamos más allá. ¿Y si el problema no es que ellos dejen de creer, sino más bien preguntarnos en qué creemos los que seguimos creyendo?

¿Qué significa creer para los creyentes?


¿Y si ciertas prácticas religiosas son precisamente la causa del alejamiento de los jóvenes?  
¿Y si nuestra fe la hemos convertido en un culto litúrgico vacío de sentido?
¿Y si en realidad hay un divorcio entre lo que creo y mi vida social?

Puede dar miedo ir al fundamento de nuestra fe, porque otros nos la pueden cuestionar. Preferimos dejar de lado este cuestionamiento porque sabemos que, en el fondo, la fe no tiene nada que ver con lo que somos y hacemos, y de aquí esta bipolaridad entre lo que soy y hago y lo que digo creer.

Hoy los templos ven cómo la asistencia de feligreses se reduce. Pero lo preocupante no es que venga poca gente, sino el escaso sentido de pertenencia de los que vienen. La pertenencia no es al templo como edificio, sino a la comunidad como familia de Cristo. Un templo puede estar lleno a rebosar, pero si no hay encuentro personal no entraremos en el misterio de la eucaristía.

Por aquí podemos encontrar respuestas. La desidia espiritual de los que decimos ser cristianos puede llevar a una terrible confusión a los jóvenes, desorientándolos y alejándolos de la Iglesia. No es lo mismo saber de Dios que conocer a Dios; y no es lo mismo conocer que amar a Dios y vivir de Dios.
No basta conocer a Cristo conceptualmente; hay que conocerlo vitalmente, tratar con él, ser amigo de él. Sólo así se producirá el encuentro que marca toda una vida y puede entusiasmar a otros.

Una vida en Dios genera un profundo sentido de pertenencia, y este da como fruto un compromiso con la comunidad y un anhelo misionero que te hace testigo vivo de la experiencia del encuentro con Cristo.

El antídoto: la pasión


Como dice el P. Raniero Cantalamessa, la primera misa se celebró a los pies de la cruz. Cristo se entrega. La misa es donación pura. ¿Entendemos qué significa que haya muerto por nosotros? En la eucaristía entramos en comunión profunda con el misterio de su amor. Tendríamos que conmovernos y salir de otra manera. ¡Él ha entregado su vida por nosotros! ¿Qué hacemos? ¿Permanecemos allí sentados, recordando, sabiendo? ¿O decidimos llenar toda nuestra vida, empapándola de este misterio de amor?

El antídoto de la desidia es la pasión. La pasión de Jesús llevó al límite su amor para redimirnos y salvarnos. ¿Seremos capaces de entrar en la órbita de este misterio? ¿Vibramos ante la inmensidad de este gesto sublime?

Jesús se hace un trozo de pan para que siempre lo llevemos adentro, impreso en nuestro ADN. No quiere dejarnos huérfanos. El sagrario y el altar son lugares sagrados, preludio del banquete celestial. Ante la desidia, seamos conscientes de esta locura, este derroche de amor que no merecemos. Él se nos da para que nuestra vida esté llena de sentido. Sin dejar de ser lo que somos, sedientos de trascendencia, podemos colmar nuestros anhelos. Sólo así alcanzaremos la libertad de aquellos que han descubierto que la libertad real es Cristo.  

domingo, julio 31, 2016

Dios es belleza

A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado varias formas de aproximación al misterio de Dios. Desde la teología, la devoción popular, la liturgia y la pastoral han surgido diferentes tendencias, todas ellas con su valor pero también con sus riesgos. Las posiciones ideológicas pueden llegar a desvirtuar la esencia fundamental de la imagen de Dios.

Dios es más que una idea

La teología se aproxima a Dios vía intelecto. Buen ejemplo de ello son las cinco vías de santo Tomás de Aquino y la filosofía escolástica. La razón es un medio muy válido para profundizar sobre la realidad divina. Pero este enfoque puede caer en el riesgo de dar una idea sobre Dios demasiado conceptual y convertir la figura de Cristo en una entelequia. Algunos atributos de Dios: la omnipotencia, la omnipresencia, el ser supremo, son de influencia aristotélica. Cuando se cosifica la estructura doctrinal se puede rayar en la ideología. El máximo riesgo es hacer una teología de laboratorio que se aleje de la vida. El teólogo académico, si no convierte su clase en una experiencia de Dios, está reduciendo a Dios a una idea en vez de una persona. El Papa Benedicto XVI habla de «hacer teología de rodillas», desde la piedad. La razón es importante, pero no debe endiosarse. La corriente intelectualista de muchos teólogos que tratan sobre Jesús y su persona cae en la frialdad del análisis racional sobre el misterio de Dios.

La teología no puede basarse solamente en elaboraciones mentales. Tiene que haber una experiencia del maestro que va más allá de su actividad académica y su investigación. Además de la Biblia y la tradición, la experiencia vital del encuentro es importante para que se dé una teología en un contexto de humildad y oración. Así se puede evitar forjar grandes cuerpos doctrinales desde la razón olvidando lo esencial. Jesús dijo: «Te doy gracias, Padre, porque has revelado  esto a la gente sencilla y lo has escondido a los sabios y expertos. Así te ha parecido mejor». La revelación cristiana no pasa únicamente por la razón, sino también por el corazón. Así lo experimentó santo Tomás de Aquino, que después de escribir la Summa Theologica, cayó de rodillas celebrando una misa y se dio cuenta de que el misterio de Cristo era mucho mayor de lo que jamás podría abarcar con todo su saber.

El fundamentalismo

Hay otra aproximación a Dios, que es la del sentimiento o las emociones exaltadas. Reducir a Dios a una emoción puede ser tan peligroso como encajonarlo en una burbuja intelectual. Uno puede pensar que porque no «siente» a Dios en su día a día, este ha desaparecido de su vida. La experiencia religiosa se reduce a un estado psicológico. Según el tipo de emociones o sentimientos, se puede llegar a un Dios absolutista o tirano, un Dios despiadado, caprichoso e implacable.

El máximo riesgo es utilizar la violencia, el miedo o la manipulación emocional para obligar a los convertidos a captar más prosélitos. Esta forma de fervor parte de un concepto perverso y erróneo de Dios. En el fundamentalismo se da una absoluta ideologización del concepto de Dios. Matar o manipular en su nombre es matar la misma esencia de Dios.

Desde la belleza

Otro camino para conocer a Dios es el libro de la naturaleza, que con su esplendor habla del Creador. San Francisco de Asís es el máximo exponente de esta visión, con su Cántico de las Criaturas. La naturaleza nos revela que el autor de la creación crea belleza. Por tanto, él mismo es la máxima belleza. Teólogos contemporáneos como Denis Edwards exploran esta vía cuando hablan de la manifestación del Espíritu Santo en la multitud de formas de vida que estallan en el cosmos, así como en la fuerza que mueve la evolución. El Espíritu crea y recrea el universo continuamente.

La razón lleva al conocimiento, pero también la belleza revela la verdad. Es la teología de la estética que han cultivado teólogos como Von Balthasar.

Hoy, el teólogo portugués José Tolentino nos habla de «la espiritualidad de los sentidos». Es otra forma de hacer teología desde el corazón, desde el mismo cuerpo y desde la naturaleza que nos envuelve.

Si Dios es amor, Dios también es belleza, porque el amor es bello y la máxima belleza es el amor. No hablo de cánones estéticos según modelos culturales y sociales. No hablo de una belleza con la que se puede mercadear, sino de un valor que va más allá de todos los patrones. Es la belleza de una sonrisa, la del beso apasionado de dos enamorados, la de una mirada que se deleita contemplando un paisaje, el corretear de los niños, la mirada profunda de un anciano o la complicidad de un abrazo.

Hablo de una belleza que no es fruto de una moda, una belleza que se ve más con el alma que con la razón. Una belleza que pide una mirada contemplativa, aceptando con dulzura todo lo que nos rodea, más que analizando fríamente la realidad.

Teología de la presencia

Hay otra vía de aproximación a Dios, que no se reduce a la razón o a las emociones: es la vía del corazón. Este no anula las otras dos dimensiones, sino que las depura y las armoniza. Cuando hablo de corazón no hablo de sentimentalismo. En la Biblia la palabra corazón tiene un profundo sentido que tiene que ver con el concepto de Dios Amor, como lo expresa San Juan.

Este es un camino de búsqueda que nos lleva a Dios por el corazón sagrado de Jesús. Del corazón del hombre al corazón de Dios se pasa, no tanto por la teología, sino por la mística. La revelación llega con el abrazo entre el Creador y la criatura. Nuestro Creador no necesita de muchos estudios: sólo quiere que lo amemos y lo acojamos. Y esto sólo se puede conseguir con el silencio, de rodillas, sin palabras y dejándose interpelar por el fuego vivo de su amor.

Así pasamos de una pastoral de las aulas a la pastoral de la capilla, contemplando el misterio, dejándonos abrazar por él, acurrucándonos a sus pies. Dejando que su silencio resuene como brisa en nuestro interior.

La teología del corazón empieza en la capilla, pasa por la eucaristía y acaba con el ejercicio de la caridad. Encuentro, adoración, acción. Sólo así, desde la suavidad del Espíritu, la Iglesia podrá crecer más vigorosa.

A veces las disquisiciones y el sentimentalismo nos hacen olvidarnos del encuentro tú a tú. Se podría hablar de una teología de la presencia a partir de la contemplación y de la belleza. En la nueva evangelización, esta es una vía que puede acercar a la gente al misterio de Dios. 

sábado, junio 11, 2016

Una arquitectura al servicio de la pastoral

Cuando se planea la construcción de una nueva parroquia, a menudo se tiende a hacer hincapié en la originalidad arquitectónica, en la rentabilidad económica del espacio o en su encaje con otros planes urbanísticos, más que en la finalidad del edificio.

Pero no debería olvidarse que una parroquia es una comunidad: el complejo parroquial y sus dependencias no son un edificio más, ni una obra de arte, ni un lugar meramente funcional... Son una casa. El hogar de una familia espiritual. Por eso en su diseño no puede primar ni lo puramente pragmático, ni lo económico, ni siquiera el genio artístico del arquitecto. En su diseño hay que tener en cuenta que es el lugar donde una comunidad vive, convive, celebra y pasa un tiempo importante de su vida.

El espacio es vital. Las personas vivimos delimitadas por tres factores cruciales: el espacio, el tiempo y el cuerpo. El espacio es el medio: nos condiciona, nos influye, nos cambia y genera un cierto ambiente. El espacio de una comunidad es crucial a la hora de diseñar cualquier plan arquitectónico de una parroquia.

¿Qué necesita una parroquia? ¿Cuál sería el modelo idóneo?

La parroquia necesita un espacio de celebración ―el templo―, un espacio de convivencia y otros espacios para diversas tareas pastorales: cáritas, catequesis, formación, despacho, etc.

Un modelo ideal es la antigua casa o villa romana: unas dependencias alrededor de un patio central donde hay agua, luz, plantas y a veces un jardín. Es una arquitectura idónea para nuestra zona mediterránea, donde el clima permite que podamos pasar buena parte de nuestro tiempo al aire libre.
El monasterio medieval recoge este modelo y lo lleva a su máxima expresión. Este sería el modelo ideal, también, para toda parroquia que quiera acoger a una comunidad viva. Templo, claustro, dependencias y salas alrededor. Hay dos elementos que nunca pueden fallar: el templo y el patio ―o espacio grande polivalente―. El lugar de culto a Dios y el lugar de convivencia con los hermanos.

El patio


En una parroquia nunca debería faltar el patio. Es ese espacio de encuentro, fiesta, recreo y contacto con la naturaleza. El patio es como el claustro monástico: allí se reúne el corazón de la comunidad. Un patio permite jugar a los niños, descansar a los ancianos, dialogar en un entorno sereno y hermoso, celebrar fiestas y eventos, proyectar las actividades de interior hacia afuera.

Un patio es abierto y cerrado a la vez: es un espacio recogido, pero se abre a la ciudad, al mundo, al cielo. Es un lugar limitado pero a la vez lleno de infinitas posibilidades. El patio es como la misma realidad humana: limitado en su corporeidad, su tiempo y su espacio, pero por dentro posee un potencial infinito y creativo.

Un patio es el pulmón del complejo parroquial. Permite respirar, ¡y la respiración es vida!

En la nueva evangelización debería contemplarse este aspecto básico. Muchas veces es difícil o imposible, por la herencia arquitectónica del pasado y la falta de espacios y recursos. Pero a la hora de planear nuevas parroquias, ¡hagamos sitio para un patio! ¿Queremos renovar las comunidades y revitalizar la Iglesia? Pongamos patios en las parroquias. Toda ciudad tiene sus plazas y sus parques, sus lugares de encuentro. Una plaza bien proyectada puede cambiar la fisonomía, el ambiente y la convivencia de un barrio entero. Un patio puede dar un vuelco a la comunidad parroquial.

San Félix y la morera


Por eso la comunidad de San Félix valora su patio y esos espacios que con tanto esfuerzo ha logrado habilitar. Fue la comunidad quien recaudó el dinero para construir el templo actual, sobre los barracones de la antigua perrera municipal. Fue la comunidad quien construyó las salas, las capilla de la Virgen de Chestojova, la rectoría actual. Y es la comunidad la que, ahora, disfruta de este espacio de convivencia y quiere preservarlo.

El patio de San Félix es un oasis dentro de la ciudad. Acoge a feligreses y a foráneos, a beneficiarios del comedor social y a familias que traen sus hijos a la catequesis. Es parque de juegos, sala de ágapes, lugar de reposo, convivencia, diálogo, procesiones y celebración.

Es un lugar donde se toca el cielo. Inundado de sol, respira paz. La fuente de San Félix ofrece agua buena, recordando el agua viva que Jesús nos brinda  a todos. La morera, de copa inmensa, ofrece sombra generosa y frescor. Las acacias embellecen y dan otra nota verde, además de alojar a multitud de pájaros que alegran el patio con sus trinos. El patio es un lugar de paz y de fiesta.