domingo, octubre 14, 2018

Dios en lo cotidiano


El hombre quiere hacerse grande


El hombre necesita de grandes hazañas para sentirse alguien importante. Si no sobresale entre los demás o no vive experiencias sublimes, no es nadie, se siente poca cosa o que no vale nada. Si tu nombre no ha dejado huella en la sociedad, en la cultura, en la política, en tu entorno, no tienes identidad. Nos pasamos la vida haciendo cosas con la intención de dejar nuestra huella en el futuro.

Esto sucede en el campo social y familiar. Pero en el religioso se respira también el deseo de tener experiencias que supongan un terremoto interior, una gran conversión. Necesitamos estímulos poderosos que nos hagan sentir algo diferente para impulsar un cambio en nuestra vida. Las súper-producciones de Hollywood, con un fuerte carácter protestante, han marcado mucho la psicología religiosa de los últimos tiempos. Con grandes puestas en escena, casi endiosando al personaje, vemos retratados a los grandes héroes bíblicos: Moisés, Josué, David. Las conquistas y batallas ganadas son signo de que Dios está de su parte. Ante estos relatos, todos soñamos en convertirnos en protagonistas de algún hecho inaudito, algo espectacular donde todos puedan ver que Dios actúa en nuestra vida y la cambia totalmente.

Entre muchos grupos religiosos se está fomentando un tipo de experiencia donde se crea un intenso ambiente emocional y espiritual. Utilizan un lenguaje sugerente, música y repetición de frases que impactan en la psique, generando un estado de conciencia que llena a las personas de fuerza. Dejan a un lado su fragilidad, sus inseguridades, y se sienten invencibles. En esos momentos, sus personas cambian.

No voy a negar la bondad y la autenticidad de muchos de estos líderes. En muchas ocasiones, se producen verdaderas y profundas conversiones: los participantes sienten que Dios los habita y que está con ellos, y cambian el rumbo de su vida. Para algunos, que se hallaban en situaciones límites, un encuentro de esta índole ha supuesto un giro radical y una enorme regeneración.

El riesgo de este tipo de espiritualidad es que, después del gran evento, hay que volver a la vida ordinaria, a la cotidianidad, y es allí donde se demuestra si realmente ha habido una conversión o solamente un impacto emocional intenso pero efímero.

Dios está en lo pequeño


Dios también se manifiesta en lo sencillo, en lo cotidiano. Santa Teresa hizo célebre esta frase: «Entre pucheros también anda el Señor». La presencia de Dios no siempre es arrebatadora. Puede ser una brisa suave y delicada. En la religiosidad existe la conciencia de un Dios que hace uso de todas sus potencias. Lo vemos, especialmente en el Éxodo, cuando se relata la liberación del pueblo de Israel de manos del imperio egipcio, mostrando su poderío frente a la obstinación del faraón. Pero también lo vemos en la brisa tenue que envolvió al profeta Elías, en la cueva.

El espíritu de Dios actúa en el devenir de cada día, en el trabajo, en la familia, con los amigos. Para crecer no necesitamos muestras continuas de su poder, sino de su amor misericordioso.

Dios también se manifiesta en lo sencillo y humilde. Quiere que lo descubramos no sólo por su fuerza. En lo pequeño también está su poder y su gloria.

Aprendamos a saber ver a Dios en el cónyuge, en los niños, en los ancianos, en los pobres, en el que sufre, en el extranjero, en el otro diferente a mí… incluso en el enemigo. Aprendamos a ver a Dios en el sufrimiento. Y también en el hermoso cambio de las estaciones, en la naturaleza, en la capacidad creativa del hombre, en su deseo de trascender. Dios está en un bebé indefenso y en el delicado vuelo de una mariposa. Dios está en los entresijos del alma. Cuando miramos el cielo y nos asombran las miríadas de estrellas, Dios está allí. Pero también está dentro de ti, en el propio aire que respiras. Dios no deja de hacerse presente. Jesús nos lo revela cercano, asequible, compasivo. La novedad no es que sea grande como Creador y fuente de la vida, sino que, siendo lo que es, omnipotente, se haga bebé, hombre y más tarde trocito de pan.

Aquí está la grandeza de Dios, que se hace tan asequible que lo podemos comer. El Dios de Jesús no es un Dios de rayos y truenos. Es una presencia delicada que no necesita de todas sus fuerzas para conquistarnos y producir un cambio en nuestra vida. Sólo necesita de una mirada compasiva, llena de amor, para decir que nos ama.

No necesitamos hacer algo grande para ser alguien. Dios sabe de nuestra fragilidad y nos ama igual, con nuestros límites. Dios hace lo contrario que el hombre; este quiere llegar a ser como Dios. En cambio, Jesús renuncia a su rango y se abaja, como dice san Pablo, haciéndose hombre. La carrera de Dios es hacia atrás, mientras que el hombre corre hacia adelante hasta estrellarse en su propia identidad.

No hay que sentirse alguien o algo importante para saber que Dios nos quiere inmensamente. Lo único que tenemos que hacer es bajar de las ruedas de la egolatría para ponernos en camino, paso a paso, hacia el abrazo de Dios. Él sólo quiere abrazarte, así de sencillo. Lejos de grandes experiencias, él siempre está allí, aunque no puedas verlo. Allí donde tú estás, vives y trabajas, en tu vida cotidiana. Tú eres su mejor santuario.

domingo, octubre 07, 2018

¿Dónde estamos? Reflexión de inicio de curso pastoral


El diagnóstico: vamos avanzando, a paso aún débil


A veces parece que estamos un poco instalados, desenamorados. Nos mueve el cumplimiento del deber cristiano, pero quizás nos falta vibrar más. Nos falta pasión.

Si cumpliéramos lo mínimo con nuestra familia, con nuestro esposo o esposa, con los hijos… ¡seguramente nos pedirían más! Necesitamos entusiasmarnos por la familia, por los hijos, por el hogar, por los proyectos. Cumplir no basta.

Si sólo cumplimos, nuestra relación con Dios se limitará al rito y a las normas. Imaginaos esto en una relación de pareja. ¿Se sostienen los matrimonios sólo por el deber? Humanamente no se puede; la desidia y el cansancio os vencerán.

Dios sigue enamorado y nos espera. ¿Y nosotros? Cuando un enamorado ama y el otro no responde, queda tristísimo. No hay un latido común. ¿Nos hemos instalado en la desidia? ¿El «ir haciendo» es nuestro plan de vida?

De esta falta de pasión viene la esterilidad. El mínimo esfuerzo nos cuesta mucho. En las parejas esto acaba en aburrimiento y separaciones. En la Iglesia, vemos parroquias vacías que sobreviven bajo mínimos. De la fe se ha pasado al rito. Del amor, a la norma.

Renunciar a la misión evangelizadora nos quita fuerza. La misión es exigencia, pero también es fuente de alegría, como recalca el papa Francisco en su exhortación La alegría del evangelio.
La conclusión es que así no podemos estar. Si amamos, del amor se deriva un compromiso. Si queremos a Jesús, amaremos a la Iglesia, a nuestra comunidad.


¿Cómo volver a enamorarnos?


Cuando la excusa para no comprometernos es que no nos cae bien el cura, o no soportamos al otro, esto es fruto del desamor. Cuando hay amor, los defectos del prójimo no importan.

Pero si amas por obligación, el amor muere. La norma sola mata el amor. El amor necesita la libertad, como el fuego necesita el viento para propagarse. Sin libertad, el amor se apaga.

¿Cómo enamorarnos de nuevo? O ¿cómo enamorarnos por primera vez? Si siempre nos han obligado… tenemos que aprender a amar.

Volvamos a las raíces, volvamos al primer amor. Necesitamos reavivar esa chispa que un día nos hizo arder.

¿Qué hiciste entonces? ¡Hazlo! ¿Qué actitud tenías? ¡Tenla ahora!

No temas al cambio, al vértigo, a lanzarte. Un enamorado se atreve a todo. El amor hace valientes a los cobardes, decía un sabio.

Volvamos a la relación personal, directa con Jesús. Dedícale tiempo, da tu tiempo a los demás: con voluntariado, con apostolado. Dale tiempo y date a ti mismo. Dale recursos, ayuda, medios, creatividad… ¿Qué le darías a tu amado, a tu amada? ¡Dáselo a Jesús!

Todo cuanto hagas, hazlo con libertad. No temas, no vas a perder nada. Ganarás una inmensa alegría. Cuando le das algo a Jesús, te lo multiplica. Jesús no te empequeñece, ni te quita nada. Jesús es la mejor apuesta.

Todo en tu vida se renovará: familia, propósitos vitales… Te sentirás pleno. Jesús no te vacía, te llena. Vuelve al primer sí: sí a Dios, sí a los demás.

domingo, julio 08, 2018

25 años de fidelidad


El P. Juan Barrio, hace 25 años y en la actualidad.

Hoy he tenido la alegría de concelebrar en la fiesta de aniversario sacerdotal del padre Juan Barrio, con motivo de sus bodas de plata. Él fue mi predecesor en la parroquia de San Félix Africano, ocho años atrás. Desde entonces hemos mantenido una gran amistad. En un momento clave en que yo sufría un problema ocular, estuvo siempre ahí, acompañándome y sustituyéndome en las celebraciones. Doy gracias a Dios de tener por amigo a este sacerdote fiel, atento y servicial.

Hace unos días vino a comunicarme, personalmente y con enorme ilusión, la invitación a su aniversario. Y hoy he podido participar en la celebración de sus bodas de plata sacerdotales, acompañado por el vicario general Joan Galtés, el vicario episcopal Jesús Sanz y concelebrada con seis sacerdotes. La celebración ha tenido lugar en el santuario de San José de la Montaña, al cuidado de las religiosas Madres de Desamparados. Ha sido una liturgia sencilla, pero muy festiva y participativa, con un gran número de feligreses tanto de esa comunidad como de otras parroquias donde el padre Juan ha ejercido su trabajo pastoral. La música era hermosa y fluía en el entorno cálido del santuario modernista, a los pies de la imagen de San José, patrón de los sacerdotes.

Juan estaba sereno, lúcido y con una emoción contenida. Se le veía la paz reflejada en el rostro, y también la alegría. El vicario general, en un tono claro y pedagógico, ha predicado comentando el evangelio de Jesús como buen pastor, que es la esencia del sacerdote: el pastor que cuida de sus ovejas y es fiel a su misión, arriesgándolo todo. Ha terminado su homilía con una triple consideración, dirigida al padre Juan: una alusión al pasado, a su fidelidad durante la vocación y en el paso por tantas parroquias y comunidades, motivo de acción de gracias; una al presente, con su entrega servicial, y una al futuro, como realidad llena de esperanza.

En el altar, Juan ha culminado la celebración con profunda unción. Era hermoso ver a este hombre entregado, alegre por servir a su comunidad.

En su intervención final, el padre Juan ha tenido palabras de gratitud para todas las personas que lo han acompañado en su sacerdocio desde los inicios. Él es de Soria y su formación sacerdotal, así como su ordenación, fue en la diócesis de Orihuela, Alicante. Ha recordado con sencillez y emoción el día de su ordenación, hace 25 años, como un momento en el que todo le parecía un sueño. Ha tenido palabras cálidas para sus formadores del seminario y el obispo que le ordenó, para sus padres y familiares, para las comunidades por las que ha pasado y los diferentes grupos con los que se relaciona, incluyendo los visitadores de enfermos y los pacientes del Hospital del Mar, a quienes atiende espiritualmente. Ha agradecido a los presentes su compañía, y ha tenido un especial recuerdo por los que «están en la casa del Padre», deseando que de algún modo también participaran de este encuentro.

La Iglesia, una familia muy diversa


En el marco de esta celebración he podido darme cuenta de que hay una realidad en la Iglesia que está basada en los vínculos de amistad y en la riqueza del origen del celebrante. Se percibía frescura, alegría, gratitud y hermandad. Era un encuentro de nueve sacerdotes unidos por la amistad, sencillamente, sin hipotecas territoriales ni ideológicas.

En la diócesis hay este riesgo: que las diferentes sensibilidades, ya sean de tipo cultural, político o ideológico, nos distancien. Existe el riesgo, también, de secuestrar la idea de Iglesia y reducirla a una estructura funcional, y no una realidad viva y humana. Quien no encaje en este modelo de Iglesia puede quedar desplazado.

La Iglesia tiene que inculturarse, pero no blindarse en estructuras de pensamiento endogámico. Evangelizar no significa dejarse atrapar por las culturas mundanas, como dice el papa Francisco, sino trascender los modelos culturales para llegar a ser universal. Aunque nos encarnemos en una diócesis con sus peculiaridades, los sacerdotes al servicio de la Iglesia universal han de ir más allá de la idea de un país, una lengua y una cultura. Cada persona es patria y tierra donde evangelizar.

Sólo así evitaremos caer en la ideologización de la pastoral. La lengua y la identidad son un medio y no una barrera que pueda fragmentar la labor evangelizadora. Hoy, en esta misa, he visto que la realidad de la Iglesia rebasa las fronteras. He visto alegría, sencillez, amistad, fiesta. Nueve curas, todos muy diferentes, acompañando al celebrante, formaban una bella imagen de esta Iglesia diversa, esta Iglesia-familia que Dios quiere.

Tenacidad y sencillez


Mientras hablaba, pensaba que la generosidad del padre Juan lo ha llevado a una entrega intensa: entre el mar, en el hospital, y la montaña, en el santuario, ocupándose de los enfermos y de la comunidad de religiosas, así como de los feligreses devotos de San José que lo frecuentan. Además del culto litúrgico y la atención pastoral exquisita, Juan atiende a su familia.

Le pido a Dios que siga así, con esa tenacidad apostólica y esa sencillez que siempre ha mantenido. Que siga vivo su amor por Cristo y el sacerdocio y, cómo no, que Dios le ayude a mantener esa lozanía espiritual que es su gran arma evangelizadora. Espero, algún día, acompañarle en sus bodas de oro, en su plenitud sacerdotal.

Barcelona, 7 de julio de 2018

A continuación, reproduzco las palabras que el P. Juan dirigió a todos los asistentes

¡Gracias a tantos!


Quiero comenzar agradeciendo de todo corazón vuestra presencia en esta misa de acción de gracias por mis 25 años de sacerdote. Agradezco a los dos vicarios episcopales, mosén Jesús Sanz y mosén Joan Galtés; a mis hermanos sacerdotes, a Inocente, primo hermano de mi padre, sacerdote de Getafe…; a mi familia, hermano y sobrinos; a las Madres de los Desamparados de San José de la Montaña, a la Asociación de San José y a la multitud de amigos que frecuentáis este santuario; a los feligreses de la parroquia de San Félix, en la que estuve once años; a los feligreses de la Medalla Miraculosa, donde he estado dos veces, una como vicario recién llegado de Alicante y otra como adscrito dos años; a los feligress de las parroquias de San Paulino y de Santa Juliana y Semproniana, parroquias del barrio donde me crié y actualmente resido; a mis amigos del Hospital, visitadoras de enfermos, trabajadores y enfermos que habéis venido hoy con mucha alegría para mí. Y gracias a todos los demás amigos que, de un modo u otro, nos hemos conocido y querido.

Los que están desde el cielo


También quiero guardar un recuerdo y un agradecimiento especial a los que hace 25 años estuvieron en mi ordenación y ahora están en la casa del Padre, entre ellos mi madre (mi padre ya no estuvo en mi ordenación, había fallecido un año antes), una de mis tías, los dos rectores del seminario de Orihuela y Alicante, algunos profesores del seminario, mi párroco Emilio Pons y tantos amigos que me ayudaron y me quisieron mucho, que Dios os pague todo lo que hicisteis por mí y confío que desde el cielo estéis viendo esta celebración.

Un día inolvidable


Siento una profunda alegría en este día tan grande para mí. Hace 25 años recibí de las manos del obispo Francisco Alvarez Martínez, entonces obispo de Orihuela, Alicante, el sacramento del orden sacerdotal. A este obispo al poco tiempo le trasladaron y lo nombraron arzobispo de Toledo y hoy, con 93 años, está muy limitado por su enfermedad de Alzhéimer.

El día de mi ordenación fue un día inolvidable, no me lo podía creer, parecía que estaba soñando. Fue un gran regalo del Señor, sin méritos propios. El Señor me eligió a mí para hacerle presente allí donde él quisiera, para que, pese a mis pecados y limitaciones, fuese su instrumento de salvación y de amor. Después de 25 años la verdad es que soy muy feliz siendo sacerdote. Es cierto que hay momentos de cansancio, de sufrimiento, de muchas dificultades, pero la verdad es que Jesús nunca me ha fallado. Él me ha abierto siempre caminos nuevos. Él, como buen pastor, siempre me ha protegido y librado de grandes peligros y me ha dado fuerza y alegría para seguir adelante. Por eso hoy, después de 25 años de sacerdote, quiero darle gracias por este gran regalo que me hizo y os invito a vosotros a que deis gracias conmigo y, sobre todo, que pidáis al Señor que nunca me separe de él y que pueda serle fiel toda mi vida.

Gracias a todos por acompañarme en este día tan grande para mí.

P. Juan Barrio Puente
7 de julio de 2018
Barcelona, santuario de San José de la Montaña


La misa fue concelebrada con nueve sacerdotes. Además del celebrante, P. Juan Barrio, estuvieron: Mn. Joan Galtés, Mn. Jesús Sanz, P. Gabriel (dominico), P. Inocente (primo del P. Juan), Pedro Muñoz (asistente en algunas misas en el santuario de San José), Rafael (amigo del seminario), Juan (amigo sacerdote) y Joaquín Iglesias, actual párroco de San Félix Africano.

sábado, junio 30, 2018

Danzando ante la custodia


Siempre que voy a Balaguer, en la comarca de la Noguera, acostumbro a visitar el santuario del Santo Cristo, en la parte alta de la ciudad. Junto a la iglesia hay un monasterio de religiosas clarisas que cuidan del templo.

En mi visita habitual, esta vez era domingo, festividad de san Juan Bautista. Eran las once y media de la mañana y la misa había terminado. Algunos fieles quedaban en los bancos, rezando, bajo la imagen del Santo Cristo, que preside el presbiterio. Este domingo, después de la misa, dejaron sobre el altar una custodia con el Santísimo expuesto. Alrededor del altar, en pie y formando un círculo, había seis monjas contemplando el Santo Sacramento.

Poco después, sonó una música de antiguos ritmos hebreos y las religiosas iniciaron una danza ante la custodia. Quedé admirado. ¡Era tan bello el cuadro! La finura de sus movimientos y su delicada actitud de oración me emocionaron. Estaban adorando a Dios con su cuerpo. Arte, belleza y adoración se combinaban en armonía. Miré sus rostros sonrientes mientras danzaban con unción y exquisita elegancia. Era un paisaje de cielo.

Y pensé que a Dios no sólo se le puede rezar con los labios, recitando oraciones, ni con la mente, en silencio. Aquella adoración eucarística no sólo no desmerecía en nada de las otras, sino que me ayudó a entrar más hondamente en el misterio. Con sencillez, dejando que el cuerpo también entrase a formar parte de la oración, aquellas monjas desprendían unción y respeto. Jamás había visto un acto de adoración tan lleno de delicadeza espiritual, en un lenguaje que llega al corazón.

Que unas religiosas de clausura se abran a nuevas formas de adoración me parece profético. A veces el culto adopta una excesiva rigidez y se vuelve tan frío que nos puede alejar del latido de amor que llena al Cristo eucarístico. Nos da miedo explorar nuevas formas de rezar, quizás por temor al qué dirán. Muchos conciben los rituales sagrados como algo mayestático y solemne, y cualquier expresión que se salga de la costumbre puede parecer irreverente o incluso frívola.

Corremos el riesgo de vivir una relación con Dios demasiado ritualizada, pero sin alma, sin emoción, sin vibración. Todo es blanco y negro, sin volumen, como las estampas, sin conexión real con la vida, porque hemos convertido ciertos ritos litúrgicos en un culto repetitivo. Y esto nos hace caer en el hastío celebrativo. Se leen los textos de siempre y siempre se hace lo mismo; hasta los sacerdotes caen en el aburrimiento. Convertimos el acto más bello en un ritual vacío en el que nada nos habla ni nos despierta el deseo profundo de acercarnos a Cristo y mejorar nuestra vida. Todo se hace porque toca. Así, lentamente, nuestras liturgias se van apagando.

Hoy he recibido un regalo que no esperaba. Que me ha hecho recordar aquel hermoso pasaje bíblico en el que el rey David se pone a bailar ante el arca de la alianza. La formación cristiana es tan racional, por un lado, y tan puritana por otro, que contemplar esta forma de dirigirse a Cristo puede ser concebido como indigno por parte de algunos.

Hay un dicho: Si rezas con tus labios, rezas una vez. Si cantas, rezas dos veces. Y si danzas, rezas tres. Dios se merece que le recemos, y le amemos, como dice el Shemá hebreo, con toda la inteligencia, con todo el corazón, con todo el cuerpo, con toda el alma y con toda la vida.

Así ha de ser todo lo que hagamos: rezar, trabajar, amar. Sólo la pasión hace posible que nuestra vida florezca ante Dios.

domingo, marzo 11, 2018

31 años en la brecha


Hace ya 31 años de aquella tarde del 7 de marzo de 1987 en la parroquia de San Isidoro, en el ensanche de Barcelona, cuando recibí de manos del cardenal Jubany el ministerio sacerdotal.

Estaba rodeado de una sólida comunidad, que acogía al nuevo presbítero lleno de emoción, alegría y quizás miedo por la responsabilidad. Era muy consciente del inmenso don que se me daba. Entre el gozo que sentía y el compromiso que adquiría para siempre, aunque con temor, sabía que lo tenía que dar todo y que mi vida, de una manera definitiva, estaba centrada en aquel a quien se la entregaba: Cristo, sacerdote de sacerdotes.

Desde mi niñez sabía que lo que recibía era algo grande: convertirme en imagen de Cristo vivo en medio del mundo. Y, a la vez, era consciente que pasar por su trayectoria me llevaría a asumir las consecuencias de un sí total y absoluto a todo aquello que él me pidiera, incluso a la incomprensión y al rechazo, aceptando con humildad mis propias limitaciones y errores durante el proceso de mi crecimiento espiritual.

No era fácil haber llegado a esta meta. Después de decirle mi sí definitivo como respuesta a una llamada, habían pasado 15 años. En la primera etapa, balbuceaba, lleno de miedo, inseguridades e incerteza. Pero una vez le dije sí a Dios, a todas, el miedo al futuro y la incertidumbre se convirtieron en valentía, seguridad, certeza y una profunda alegría. Ya no me importaban los riesgos en esta travesía. Sabiendo que pasaría por situaciones difíciles, él finalmente me cautivó, me sedujo y, sin rémoras, me lancé con un sí rotundo a hacer su voluntad.

La llamada fue seguida de un periodo largo de formación teológica y pastoral, hasta que adquirí para siempre el compromiso de servirle a través del ministerio del orden.

Han pasado ya 31 años de aquel bello día. Mi vocación se ha ido consolidando en el yunque de la experiencia, mi alma ha sido moldeada con el fuego del Espíritu que me va convirtiendo en ese modelo que inspira toda mi acción pastoral.

Silencio, oración, liturgia, apostolado y, sobre todo, mis espacios de intimidad con él han marcado mi talante sacerdotal. Encontrarme con él cada día es mi anhelo y mi deseo más profundo. Quiero crecer en él y con él, esta ha de ser la mística de todo sacerdote: propiciar el encuentro con aquel que es la razón de tu vida y de tu sacerdocio.

Sólo desde esta experiencia siento que la gracia del don se derrama sobre mí, haciéndome florecer como un campo de espigas, para convertirme en pan para otros.

Hoy quiero dar las gracias a Dios porque, en este recorrido pastoral, ha hecho posible encontrarme con vosotros, mi nueva comunidad, donde sigo con firmeza y decisión, en la brecha pastoral. Lo vivo como una etapa muy intensa, y como un regalo, pues vosotros me habéis hecho crecer muchísimo. Llegar a San Félix para mí ha sido un hermoso reto, donde cada vez soy más consciente de que el sacerdote crece, madura y se hace con la comunidad. Esta hace posible la plenitud del sacerdote, pues es imagen de la Iglesia. Sin ella no se entendería la razón de ser del sacerdocio.

Hoy mi sí a Dios se concreta con un sí a vosotros, un sí a trabajar para que también os enamoréis de Cristo, y que este se convierta para vosotros en la razón de vuestra vida.

Esta es la misión esencial de mi sacerdocio. Que toda la comunidad también sea imagen de Cristo en medio del mundo. Todos estamos en la brecha de la evangelización. A todos nos toca ser luz para un mundo que vive en las tinieblas, como hemos leído en el evangelio de Jesús y Nicodemo. Ese regalo que Dios nos ha hecho dándonos a Jesús, la comunidad hemos de hacer posible que otros lo puedan recibir.

Doy gracias por el don que él me hizo llamándome a su ministerio sagrado. Deseo con toda mi alma servirle hasta el final de mis días.

Gracias a todos por estar aquí acompañándome.

domingo, enero 07, 2018

El mayor regalo

Celebramos esta hermosa fiesta de los magos de oriente. Un día en el que reflexionamos: ¿quiénes eran estos magos? ¿Qué significa la estrella? ¿Qué buscan? ¿Por qué se van por otro camino?

Ponerse en camino


Lo importante es ponerse en marcha. Cuando uno se queda quieto, cuando tiene miedo a caminar, es porque tiene incertezas, porque le falta tenacidad o valor para salir de su espacio confortable. Ponerse en camino es esencial en la vida.

Pero ¿hacia dónde caminamos? ¿Qué buscamos? ¿Qué queremos encontrar? ¿Con qué nos encontramos? Son cuestiones muy importantes. Más allá del evento, detrás de esta fiesta de los regalos, hay unos profundos planteos teológicos, filosóficos y éticos. En el fondo, se trata de preguntarnos qué hacemos con nuestra vida.

Los magos tienen muy claro qué quieren. Quieren encontrarse con el niño que nació en Belén de Judá, quieren ofrecerle regalos y adorarlo. Unos magos son personas muy formadas, astrónomos, conocedores de los secretos del universo. Saben de estrellas, surcan con su inteligencia el firmamento. Pero más allá de esa ciencia, de la cosmología, hay otra ciencia, una ciencia misteriosa que revela un niño. Y esa revelación es la de un Dios que se hace pequeño. Podríamos decir que es la ciencia de lo diminuto, de lo humilde, pero también de lo trascendente; es la ciencia del amor, de la generosidad, la ciencia de la entrega.

Ellos se pusieron en camino. Los cristianos hemos de estar siempre en camino. Y si algún día tenemos que permanecer sentados es para contemplar la belleza de ese amor encarnado en el niño de Belén. Meditar, saborear, hacer nuestro ese misterio infinito; un misterio tan infinito que unos magos extranjeros se ponen de rodillas, maravillándose ante él, reconociendo que ahí está la clave de toda su búsqueda. Una clave que va más allá de los códigos científicos. Es una clave donde se revela el inmenso amor de Dios que todo lo sostiene y todo lo contiene.

Saber maravillarse es aceptar el misterio de que hay cosas que no son comprensibles a nivel humano, desde la razón y desde la filosofía. Hay cosas que hay que callar, hay que silenciar, hay que adorar, aquietando el alma y dejando que hable el misterio que se va revelando poco a poco. Los magos, con humildad, se arrodillan. La ciencia se arrodilla ante lo pequeño, porque expresa algo extraordinario, algo bello.

Contemplar el misterio


Pidámosle al buen Dios que nos ayude a ponernos en camino. Que salgamos de ese hastío, de ese cansancio, de ese pesimismo, de esa tristeza, de esa autocomplacencia, de ese abatimiento, de esa derrota. ¡Basta! Los cristianos adoramos a este niñito que se ha revelado como Hijo de Dios. En cada eucaristía se nos manifiesta como alimento eterno. Contemplamos a Dios hecho no sólo niño, sino una cosita, un trozo de pan. El misterio de la cueva de Belén, donde yace Jesús, es el mismo misterio de la eucaristía, en la cueva del sagrario.

Jesús, el niño que gime, se ha hecho pan y vive en el sagrario, que es el cielo aquí en la tierra, para que podamos ya no sólo contemplarlo, sino tomarlo. Es decir, para que podamos meterlo dentro de nosotros, para que degustemos ese sabor celestial. Y esto, queridos feligreses, tiene que cambiar nuestra vida. No celebramos la Navidad porque recordamos un mero hecho histórico. Celebramos un hecho meta-histórico, un acontecimiento trascendental: Dios se hace presente para encarnarse en nuestras vidas. Y nuestras vidas, una vez que esa presencia del amor infinito de Dios entra en ellas, tienen que cambiar. Tiene que vapulearnos, como dice el santo padre, Francisco: tenemos que estar en posición de salida, en la intemperie, en las periferias de nuestro mundo.

Entonces es cuando entenderemos que el mejor regalo que recibimos hoy es el mismo Cristo, hecho sacramento. ¡Esto sí que es un regalazo! Porque las cosas materiales son caducas, y nos podemos cansar de ellas. Pero de ese amor infinito que nos envuelve nunca nos cansaremos, porque es el soporte y el sentido de toda nuestra existencia.

Llenar el vacío


Nuestra sociedad, si nos apartamos de las referencias cristianas, se irá secularizando cada vez más. Cada vez más se irá perdiendo, se irá dejando, se irá partiendo en dos. Lo peor que puede padecer el ser humano no es sólo carencia económica, sino el profundo sentido de vacío. Cuánto dolor, cuántas depresiones, cuánta soledad, cuánto vacío interior hay en nuestra vida. ¿Quién, sino este niño de Belén, puede llenar este vacío? No serán tantas cosas, ni tantos juguetes, ni siguiera hacer mucho… ¿Por qué esa bulimia, ese afán por acaparar constantemente? Empezando por la comida, y continuando con los bienes materiales. Tenemos hinchado el ego porque, en el fondo, no llenamos nuestro vacío.

Llenémoslo de Jesús. Aprendamos a regalar tiempo, oración, gestos hermosos de caridad. Tengamos muy presente que el mundo nos necesita. El mundo vive bajo una bandera de pesimismo que está atacando la sociedad constantemente. Cuánta gente pierde su identidad porque el pesimismo se resuelve con el consumismo, y acabamos completamente desorientados. Pidamos al buen Jesús que seamos sagrarios suyos, heraldos suyos, como aquellos magos. Seamos generosos, seamos amables; demos ternura, acogida, aprendamos a dar un sentido pedagógico y teológico al regalo. Concibamos el regalo como un don de Dios.

Dedicar tiempo a los demás y a Dios


Pensad que los niños pequeños acaban aburriéndose de los juguetes, los niños no necesitan tantos juguetes, sino la presencia de sus padres: ellos son el mejor regalo. Necesitamos tiempo para los niños, tiempo para el hogar, para educarlos, para estar con ellos.

Ojalá aprendamos a regalar tiempo a los demás. Ojalá aprendamos también a dedicar más tiempo a Dios. Demos un tiempo a la Iglesia. Nos sentiremos parte de una comunidad viva cuando seamos capaces de reservar un tiempo de nuestra agenda para la vida parroquial; que la agenda de la parroquia sea también parte de la nuestra.

Los feligreses no somos islas, no somos personas aisladas que llenan los bancos durante la misa. Somos comunidad, somos familia. Y ¿qué celebramos en Navidad? ¿Qué celebramos en la fiesta de los magos? Es la fiesta de la universalidad, del encuentro, de la alegría. A todo el mundo se le anuncia la buena nueva. Hoy celebramos juntos este acontecimiento de un Dios que se revela a toda la humanidad.

sábado, diciembre 30, 2017

El regalo del tiempo

Llegamos al final de año y en estas fechas muchas personas se detienen para reflexionar y hacer balance. Nos gusta recordar los acontecimientos más destacados del año que dejamos, los buenos momentos, las dificultades superadas. Para algunas personas serán momentos un poco tristes, si ha habido pérdidas y muertes de seres queridos. Para otras, serán días para reponer energías y armarse de buenos propósitos para iniciar el nuevo año.

Estos días son un momento propicio para agradecer uno de los mayores regalos que Dios nos da: el tiempo. El tiempo es oro, dice el refrán. Pero aún es más. El tiempo es vida: en él nos movemos y existimos. El tiempo es oportunidad: en él hacemos realidad lo que soñamos y planeamos. Y el tiempo es fiesta cuando lo pasamos junto a las personas amadas, compartiendo con ellas lo mejor de nosotros mismos.

La mejor manera de agradecer a Dios el regalo del tiempo es utilizarlo bien, y aquí es donde nos topamos con un drama. Igual que con el dinero, ¡nunca tenemos suficiente! Siempre nos falta tiempo, se nos escapa.

Pero esta impresión… ¿es real? En el tiempo todos los seres humanos somos iguales, nadie tiene más que otros. Todos los días tienen 24 horas y todos los años tienen 365 días. Lo importante es saber utilizar este regalo. ¿Cómo? Con virtud. Es decir, sin tacañería y sin derroche. Podemos ser tacaños, queriendo comprimir nuestra agenda y hacer muchas cosas a la vez, ¡no podemos perder ni un minuto! O podemos gastar el tiempo distrayéndonos con  actividades que no aportan nada, nos roban horas y no nos hacen crecer. ¡Cuánto tiempo se pierde con los aparatos móviles, con el consumismo y el ocio televisivo!  Usemos bien el tiempo. No lo matemos ni lo perdamos. Vivamos el tiempo dedicándolo a lo que realmente vale la pena, a lo que nos hace crecer y, sobre todo, a aquellos seres amados que ocupan un lugar en nuestro corazón. Pasar unas horas cada día con ellos, aunque sea sin hacer nada “importante”, es la mejor inversión del tiempo. Busquemos, también, un tiempo diario para Dios.