viernes, abril 03, 2020

Comunidad viva


Apreciados feligreses,

Este domingo entramos en la Semana Santa. Habrán pasado ya tres semanas en las que, por medidas de seguridad, hemos tenido que cancelar toda actividad pastoral y litúrgica. Muchos de vosotros me escribís manifestando vuestra pena de no poder vivir y celebrar en nuestra comunidad. La verdad es que yo también os echo a faltar. Un templo vacío y sin vida celebrativa es desolador. Se nota la ausencia y vuestra participación tan entregada y activa. En especial, en estos días, que son fundamentales para nuestro crecimiento espiritual, sé que no va a ser fácil porque la parroquia es esencial en vuestra vida cristiana.

Empezamos una Semana Santa sin poder estar juntos. Es la primera vez que me ocurre algo así en mis 33 años de sacerdocio, y os digo de todo corazón que sentiré mucho vuestra ausencia. Con paz, hemos de aceptar esta situación y ofrecérsela a Dios, pidiéndole que nos dé serenidad para vivir la Semana Santa con la misma fuerza que si estuviéramos juntos. La comunidad parroquial de San Félix ha de seguir viva en cada uno de vosotros, en vuestros hogares.

La oferta religiosa en los medios es muy amplia y deseo que la sigáis con el máximo fervor, sin que la distancia reste profundidad a cada celebración del Triduo Pascual. El vínculo espiritual que nos une en Cristo va más allá de nuestros encuentros, porque la presencia de Dios está en cada uno de nosotros. Somos comunidad estando lejos y cerca. Jesús está en el centro de nuestra vida y de la comunidad.

A lo largo de toda la Semana Santa, os iré enviando reflexiones para ayudaros a vivir con más intensidad estos días tan señalados. Profundizaré en los últimos días de Jesús y en su mensaje antes de morir. Nos ayudará a dar sentido y profundidad a nuestra vida cristiana. En estos días, ha de resonar con más fuerza lo esencial del mensaje evangélico de Jesús. Su amor y entrega hasta el límite nos muestra la radicalidad de un Dios amor que nos empuja a vivir con plenitud.

Con esta fiesta de hoy, día de la Virgen de los Dolores, y pórtico de la Semana Santa, le pedimos a María que nos dé la fuerza necesaria para asumir el sufrimiento como consecuencia del amor a Jesús, y saberlo ofrecer para ayuda espiritual de otros.

La muerte de un hijo o un ser querido nos pone al límite de nuestra capacidad de soportar el dolor. María, Madre de Dios, vivió esta experiencia dolorosa, abrazando con dulzura el cuerpo desgarrado de su hijo. María nos enseña a contemplar el dolor, no de una manera angustiada y desesperada, sino dándole un sentido para nuestro crecimiento espiritual. Sé que esto se sale de toda lógica racional y emocional. María lo vivió con abandono y total confianza.

Aprendamos a abrazar los límites de la realidad, aunque esto nos cause vértigo. Aunque no lo parezca, Dios está muy presente, en el dolor, en el vacío, en la oscuridad. Esto forma parte de nuestra vida y de la realidad humana. María se doctora en sufrimiento, pero no en el sufrimiento absurdo o sin sentido. María lo eleva y le da otro sentido, que tiene que ver con nuestra madurez cristiana.

Pidamos especialmente estos días a María su intercesión, para que muchas familias, que sufren a causa del coronavirus y están perdiendo a sus seres queridos, encuentren consuelo, y para que nosotros podamos seguir viviendo con absoluta confianza estos momentos tan cruciales. Santa María, Madre de los Dolores, ruega por nosotros.

Un abrazo en Cristo a todos,

P. Joaquín Iglesias

sábado, marzo 21, 2020

Mensaje de vuestro rector

Barcelona, 22 de marzo de 2020

Bajo esta hermosa morera os escribo para deciros que la comunidad sigue viva en nuestros corazones. Ni la soledad ni la distancia puede impedir que nos sintamos hermanados. Este hermoso proyecto comunitario es un instrumento de Dios, al servicio de la Iglesia y del barrio.

Podemos sentirnos solos o aislados. Pero nuestra comunión va más allá de todas las actividades pastorales que llevamos a cabo, porque también desde la distancia podemos sentirnos todos unidos.

Desde este patio, que Dios me permite disfrutar, pese a la soledad siento una profunda comunión con cada uno de vosotros, porque hace unos diez años que estoy aquí, y a lo largo de este tiempo hemos ido cohesionando la comunidad, no sin dificultades, pero siempre con la meta de ir creciendo cada vez más como cristianos y como familia. Para mí es un regalo de Dios haber llegado a San Félix y siento una profunda alegría de ser vuestro pastor y serviros en todo lo que pueda, para que vuestra alma brille más cada día.

Deseo que todos estéis bien, tranquilos, confiados. Y os pido recéis unos por los otros, para mantenernos firmes y serenos. Estamos en manos de Dios. Él nos protegerá. Somos suyos y él velará por nosotros. Tengamos fe y confianza. Aprovechad la permanencia en el hogar para estar con la familia. También es muy importante el descanso, el recogimiento, la oración y tener tiempo para uno mismo. Esto nos puede hacer crecer mucho. El contagio del virus es trágico, pero también es trágico no saber qué hacer con tanto tiempo imprevisto para estar sosegados y estar con los nuestros. Dentro de esta soledad en la parroquia más que nunca siento que sois parte de mí. Cada día os convocaba a las celebraciones litúrgicas, os veía en vuestras actividades, atendiéndoos, confesando, rezando, aconsejando. Ha sido un parón brusco.

Aquí, en el patio, se respira una profunda paz. Hago acopio de energía para serviros con más fuerza a todos. Enclaustrado, pero sereno, Dios me permite rezar con mayor intensidad, escribir, leer y aprender más, para ponerlo todo al servicio de la evangelización. Semanalmente me iré comunicando con vosotros a través del blog y del chat, para no perder la conexión. En estos momentos las redes seguirán alimentando nuestra relación, entre comunidad y pastor. Cualquier noticia importante que afecte a la comunidad os la iré transmitiendo, y os agradeceré que también lo hagáis conmigo. 

Finalmente quiero pediros que recéis por los fallecidos a causa del virus, por los contagiados, por sus familias, por los sanitarios que luchan sin descanso para que mueran los menos posibles. Y, sobre todo, rezad por los que están al frente de la lucha contra el virus: gobernantes, científicos, gestores médicos…, para que Dios los guíe, los ilumine en su quehacer y en su responsabilidad pública, y puedan encontrar pronto soluciones a esta dramática epidemia.

Mientras tanto, cuidaos mucho y protegeos. Cada uno de vosotros es importante para la comunidad. Pronto saldremos de este retiro interior para volver con más vigor a nuestra segunda casa, que es la parroquia, la casa de Dios. Ánimo y un fuerte abrazo en Cristo,

P. Joaquín Iglesias

miércoles, diciembre 25, 2019

La Navidad, nueva aurora

En el solsticio del invierno, la noche más larga y oscura, ocurre algo inimaginable. Un acontecimiento impregna toda la faz de la tierra de un perfume con olor a divinidad. Todo el orbe queda empapado de un profundo misterio. Una noche, en Belén de Judá, en una apartada provincia romana, emerge de la profundidad del mar de Dios un proyecto que cambiará la historia. El anuncio se hace realidad. Dios, con toda su potencia celestial, se revela en la fragilidad de un niño. ¿Y si la fuerza no está en su omnipotencia, capaz de atravesar los mares, sino en el amor que rompe las distancias y lo hace cercano y asequible a la humanidad?

¿Qué dioses del Olimpo renunciarían a su fuerza iracunda para cambiar el curso de la historia? Son dioses caprichosos que conciben a la criatura humana como un juguete, utilizándola a su antojo. El niño Dios, que nace en Belén, será todo lo contrario.

Se apea de su rango majestuoso para hacerse uno de nosotros, para sentir en sus entrañas el mismo dolor que el hombre ante su propia vulnerabilidad. No es un Dios que juega con el destino de su criatura, actuando arbitrariamente. Es un Dios que nos ama tanto, que asume la condición humana para vivir de lleno nuestra frágil realidad. Y ha decidido permanecer, acompañar y dar esperanza al hombre que busca sentido a su vida. Ha decidido aliarse para siempre con él, convirtiéndose en su amigo y en la razón más profunda de su existencia. Es un Dios que se abaja para que nosotros podamos mirar bien alto y empecemos a descubrir que, desde nuestro nacimiento, tenemos un anhelo de trascendencia impreso en el ADN del alma. Siempre hemos deseado encontrar algo, o alguien, que dé respuesta a todas nuestras inquietudes, que sacie nuestra hambre de Dios. Ese deseo anida en lo más profundo de nuestro corazón.

Sí, es un día más, una noche más, pero lo que ocurre es algo totalmente distinto: una nueva aurora está a punto de estallar. La humanidad está de parto; la tierra, embarazada, gime con todas sus fuerzas. Está a punto de nacer un nuevo hombre, con ansias infinitas de plenitud. Dios también se encarna en cada ser humano para abrir nuevos horizontes en su existencia. El hombre ya no estará a merced de sus contradicciones ni del culto ególatra a sí mismo, atado a sus dependencias, sino que estará reconciliado consigo y con la historia, con los demás y, especialmente, con Dios, su creador. Todos nos convertimos en Jesús, con la misión de unirnos a él y sumarnos a la tarea de salvar, liberar, sanar, amar, alegrar y dar vida, como él la dio.

En el camino de nuestro crecimiento espiritual somos todavía niños y, como tales, hemos de ir descubriendo el sentido y la razón última de lo que somos, qué hacemos y hacia dónde vamos. Sólo desde la contemplación de nuestra realidad espiritual aprenderemos a descubrir y a madurar en el camino de ser co-misioneros con aquel que nos ha dado el aliento divino, la vida espiritual, hasta que podamos decir, como san Pablo: «Ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí».

Que el Niño Dios de esta Nochebuena nos ayude a hacernos como él y que nos dejemos acunar en brazos de Aquel que nos ha dado la vida, confiando en ese brazo extensible que es la Iglesia, como lo fue María para Jesús.

domingo, julio 28, 2019

Milagros, demonios, vírgenes


En ciertos ámbitos eclesiales se da una tendencia a otorgar un protagonismo exagerado a estos tres aspectos de nuestra fe. Durante un tiempo parecían temas casi tabú, que se callaban y hasta se menospreciaban. Se consideraba que los milagros eran fantasías o fenómenos psicológicos, la importancia de la Virgen María se rebajaba y, en cuanto al demonio, incluso se negaba su existencia. El magisterio de la Iglesia se esfuerza en poner cada cosa en su lugar y darle la importancia que tiene, ofreciendo enseñanzas sabias y equilibradas sobre cada tema. Pero, en los últimos tiempos, y sobre todo en algunos movimientos y grupos, vírgenes, demonios y milagros se han convertido en signos distintivos. Los riesgos de la exageración son muchos, y llevan a las personas a vivir presas del miedo y esclavizadas a las directrices que imponen los grupos o comunidades a las que pertenecen. El mismo Papa Francisco ha alertado en varias ocasiones sobre el peligro de exagerar ciertas cosas.

Milagros


Los milagros se definen como signos sobrenaturales de la misericordia de Dios. Jesús hizo milagros, movido por la compasión, pero no fue un milagrero. Taumaturgos, u obradores de milagros, los ha habido en todos los tiempos, en todas las culturas y religiones. En la época de Jesús no eran extraños, Jesús no era el único. La segunda tentación del diablo en el desierto fue esta, precisamente: utilizar lo sobrenatural para ganar adeptos y poder. Jesús pudo hacer muchos más milagros, pero renunció a ello. Sólo los hizo como expresión de amor. Y cuando estuvo clavado en la cruz, ante los judíos que se burlaban y le pedían el milagro de salvarse a sí mismo, se despojó de todo poder y rechazó hacer ese último gesto que podía haber desarmado a sus enemigos.

Por otra parte, se suele vincular la fe con el milagro de forma un poco delicada: es decir, si tienes fe, se produce el milagro. Pero esto no siempre es así. La fe salva, con o sin milagro. Y los milagros pueden darse, con o sin fe. Algunos de los milagros más impactantes de Jesús se dieron sin fe por parte de las otras personas: nadie esperaba que Jesús multiplicara los panes para alimentar a cinco mil personas, nadie esperaba que resucitara a Lázaro, tampoco a la hija de Jairo; ni la viuda de Naín esperaba que su hijo muerto volviera a la vida, ni los novios de Caná imaginaban que Jesús transformaría el agua de seis tinajas en vino. Hay otro episodio notable en el evangelio: la curación de diez leprosos, de los cuales uno solo regresa para dar gracias a Jesús. Los diez fueron curados, pero ¿cuántos quedaron salvados? Salvado no significa necesariamente ser curado.

Lo importante es el crecimiento espiritual, no la sanación en sí. Ha habido muchos santos enfermos, y su enfermedad no ha sido por falta de fe ni de amor a Dios. El dolor y la enfermedad a veces pueden tener un valor para el crecimiento y la santidad de la persona. Nos enseñan algo que debemos aprender, y pueden ayudarnos a madurar y a amar más. No olvidemos el valor redentor de la cruz: Jesús no bajó de ella, ni quiso ahorrarse sufrimientos.

Los milagros atraen porque queremos forzar “atajos” para estar bien sin pasar por un proceso de aprendizaje y madurez. Queremos alcanzar la meta sin esforzarnos en la carrera.

El mismo demonio puede hacer milagros para atrapar a ciertas personas. Los adversarios de Jesús le acusaban de hacer milagros en nombre de Belcebú; esto significa que ya entonces se sabía que los espíritus malignos también tienen ese poder.

Finalmente, hay que estar alerta con lo que llamamos milagro. La Iglesia lo ha definido muy bien, y estudia con cuidado los casos que se le presentan. Sabemos que en Lourdes se han producido miles de curaciones. Pero la Iglesia, en más de un siglo, sólo ha reconocido como milagros unos 70. Las otras mejorías pueden haber sido remisiones temporales o espontáneas, curaciones por el propio poder mental, la sugestión o el apoyo de las personas acompañantes. Hay muchos factores que influyen en la sanación, y no todo son milagros.

El verdadero milagro que puede darse en una persona es la conversión. Y conversión significa un cambio de vida. Dejarse tocar por Jesús nos cambia desde el fondo. Este cambio interior es mucho más difícil que una curación física. El gran milagro es volver el corazón hacia Dios, habitar en Cristo, ser nuevos cristos. La salvación ―o santificación― es mucho más que la sanación.

Demonios en todas partes


Ciertos grupos y personas están obsesionados con el demonio. Hablan mucho de fe, de la Biblia y… del diablo. Pero hablan poco de amor, de confianza, de libertad. Y Jesús vino a liberarnos, esas fueron sus primeras predicaciones.

El demonio existe, por supuesto. El mal en el mundo es una realidad y lo vemos cada día. La Iglesia tiene una doctrina bien elaborada sobre su existencia y forma de obrar. El problema es cuando le damos una excesiva importancia, vemos al demonio donde no está y, en cambio, no lo vemos donde está. Lo asociamos a manifestaciones sobrenaturales y psíquicas, pero no lo sabemos ver en el pecado personal. Lo vemos en posesiones, pero no en nuestras caídas de cada día. Si el demonio tiene algo es que es sutil: se disfraza, como decía san Juan de la Cruz, de ángel de luz. Su aspecto puede ser amable, hermoso e incluso humanitario. Pero es ambicioso, ávido de poder y destructivo.

Los gobiernos suelen avisar a los medios de comunicación: cuidado con el terrorismo. Porque difundir muchas noticias no hace más que darles publicidad. Pues con el demonio sucede lo mismo: hablar continuamente de él es hacerle propaganda. No hay que vivir pendiente de él; el amor de Dios es más grande que el poder del demonio. Santa Teresa lo sabía bien, ella que vivió en una época en la que había mucha obsesión por lo diabólico. Algunas monjas, ensimismadas con el acoso del demonio, se entregaban a penitencias y ayunos exagerados. Se provocaban, sin saberlo, alteraciones mentales y muchas enloquecían. San Juan de la Cruz y santa Teresa tuvieron que lidiar con muchos de estos casos, por eso dedican al tema páginas muy sabias y certeras. Al final, Teresa comprendió que el demonio no era más que una mosca, que fastidia y nos quiere hacer daño, pero no es nada comparada con el Señor. Lo mejor es no hacerle caso. Si le das importancia, le das poder.

El discurso sobre el demonio genera miedo. Y el miedo es un sentimiento que ofusca el saber, y en cambio acentúa el sentir. La mente obsesiva crea demonios, e incluso puede provocar reacciones similares a la posesión, y ataques de locura. La mente puede crear un infierno y generar miedos recurrentes. Esto sucede en personas muy sensibles e inseguras, que han sufrido traumas emocionales o que están muy carentes de afecto. Los exorcistas lo saben bien, y afirman que más del 90 % de los casos de posesión diabólica son de origen mental o psiquiátrico.

Vírgenes a la carta


María es la primera cristiana, modelo y figura de la Iglesia, y todos deberíamos amarla y tomarla como ejemplo y ayuda. La enseñanza de la Iglesia sobre la Virgen es maravillosa y deberíamos conocerla.  Pero otra cosa es convertir a María en una diosa y darle el culto que se debe a Dios. Dar más importancia a la Virgen que a Cristo es un error.

Por otra parte, hay que andar alerta con las supuestas apariciones. La Iglesia ha reconocido una docena de las más de dos mil que se han registrado en la historia del cristianismo. Pero no obliga a ningún creyente a creer en las apariciones, considerando que los mensajes de la Virgen en estas ocasiones son revelaciones privadas, que tienen su valor, pero no añaden nada nuevo a la revelación del evangelio.

A veces se corre el riesgo de caer en extremismos y distorsiones. María es madre de todos y actúa en todos los sitios. Sigue actuando, aunque no aparezca. Para ella tampoco hay lugares más santos que otros. Y su mensaje más claro ya lo dejó en el evangelio, con sus pocas y profundas palabras, pero sobre todo con su vida y obras. Lo demás, si se aleja de esto, puede ser una desviación.

El papa Francisco ha alertado sobre esta cuestión. El Concilio Vaticano II también avisó contra los excesos de ciertos cultos marianos y dejó un documento iluminador sobre la veneración a María. El papa Pablo VI escribió una exhortación apostólica, Marialis cultus, que sería bueno leer y conocer.

El culto a María a menudo se mezcla con la afición a los milagros, a lo espectacular y lo prodigioso. Hay muchos fervientes devotos de María que le muestran admiración y una pasión exagerada, pero no la imitan en su discreción ni en su caridad. Prefieren lo sobrenatural y las experiencias límite, pero no siempre parece que busquen la conversión de corazón.

Muchos santuarios marianos se levantan sobre antiguos lugares de culto paganos. La veneración a una diosa madre, ligada a la tierra, se cristianizó y se convirtió en culto a María. Las diversas advocaciones de María muestran el arraigo de este culto a un lugar. Pueden quedar residuos de este paganismo en la religiosidad mariana actual. Por eso hay que recordar, siempre, que María de Nazaret sólo es una.

María es humana, mientras que Jesús es hombre y a la vez Dios. Como humana, es la persona que ha llegado más lejos. El gran valor de María es su sí, su fiat («Hágase en mí según tu palabra»). Esa total apertura de María a la voluntad de Dios nos enseña a decir sí y a permitir que Dios actúe en nuestra vida. Es a él a quien debemos consagrarnos. El mejor consejo y aviso que nos da María está en el evangelio: «Haced lo que él os diga.»

domingo, junio 23, 2019

Corpus, un amor sin límite


En la fiesta del Corpus celebramos la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Una presencia que expresa una donación y entrega como sacrificio de amor. Esta afirmación teológica eucarística va más allá de su contenido doctrinal. Es expresión de una vida entregada por amor. Cada fiesta del Corpus nos recuerda que nuestra vida cristiana va más allá de un conocimiento doctrinal. Nuestra vida y ejemplo han de ir unidos al sentido último de esta liturgia.

La eucaristía no se puede separar de nuestra vida cotidiana, de lo que somos, hacemos, pensamos. Allí, en nuestros diferentes ámbitos ―familiar, laboral, social, de ocio, personal― el conjunto de nuestra vida se alimenta de nuestra íntima relación con Jesús eucarístico. Un divorcio entre la vida cristiana y social, con el tiempo, debilita nuestras propias raíces porque nuestro ser último se alimenta del pan y del vino de Cristo. Él nos espolea a ser ejemplo vivo de su presencia, imitándolo con nuestra donación, hasta entregar la vida como él hizo.

Vivir del cuerpo y la sangre de Cristo significa que nos alimentamos de una energía divina, que nos prepara para el sacrificio, si es preciso, y para la libertad y la valentía de llegar hasta aquí.

Es la consecuencia práctica y coherente del compromiso cristiano. No podemos separar la eucaristía de la caridad, pues separar ambas significa quitarle el sentido esencial al Corpus. El testimonio, la misión y el amor nacen del centro de la eucaristía. Cuando se deja de amar se está devaluando el significado crucial del Corpus.

Esta celebración nos enseña que el faro que nos ha de iluminar la vida es Cristo, y sólo podemos amarlo en los demás. Sólo así la vida y la eucaristía estarán encajadas, armonizadas en la doble dimensión de la persona: su vida humana y su vida espiritual. No olvidemos nunca que en el horizonte de Cristo está la cruz. Pero también la promesa de la resurrección. La cruz, la eucaristía y la resurrección forman parte de una misma realidad cristiana. Sólo si nos abrimos a los demás entenderemos que esta apertura forma parte de la coherencia intrínseca de ser cristiano y sólo de esta manera estaremos entendiendo la exigencia última de este misterio. Cristo se nos da. Estamos llamados a que nuestra vida se conforme a la de Cristo, es decir, que el deseo de Dios se incorpore en el centro de la existencia. Sólo así llegaremos a ser ejemplos vivos de su presencia en el mundo.

domingo, mayo 12, 2019

La gracia de la salud



Que esta santa unción os permita vivir una vida llena de sentido y de amor, más allá del dolor, la tristeza y la enfermedad.

Que esta santa unción os devuelva las ganas de vivir, servir y compartir con los demás el privilegio de sentiros sanados, restaurados y embalsamados por la ternura infinita de Dios.

Que esta unción os ayude a recuperar vuestro cuerpo sano, para que vuestra alma se restaure y tengáis también salud espiritual que os ayude a conocer la gran riqueza que os ha dado Dios, su propia vida en Jesucristo.

Que os ayude a sanar todos aquellos sentimientos que os hacen enfermar por desamor, para que vuestro corazón tenga los mismos sentimientos de Cristo, abierto siempre a la voluntad de Dios.

Que vuestro corazón lata al mismo ritmo que late el de Jesús, convertido en un recio músculo amoroso, dando vida a toda vuestra existencia.

Que esta santa unción os ayude a sanar la mente, origen a veces de tantas enfermedades sicológicas y emocionales que quiebran la armonía del espíritu.

Que este sacramento os ayude a tener los pensamientos de Cristo, benévolos y caritativos. Que os dé una mente al servicio del amor y de la creatividad. No sólo hemos de arrancar el resentimiento del corazón, sino de la mente, para que esta sane del todo.

La fuente de la completa salud, física, emocional, mental y espiritual, está en el perdón. Es una gracia especial que se recibe y que corta de raíz todo tipo de enfermedad.

Creed de verdad en la infinita misericordia que hay en el sacramento de la unción: su aceite sagrado ungirá vuestro cuerpo, vuestra mente, vuestro corazón y vuestro espíritu.

Hoy quedaréis ungidos con la gracia especial.

La fe en este gesto será lo que hará posible, no sólo la acción del sacramento, sino la recuperación del sentido profundo de la vida, vuestro propósito vital.

La acción de este sacramento llega a la totalidad de vuestro ser, pues sois sanados por un amor infinito que sólo desea la felicidad de sus criaturas. Sólo el amor puede curar lo incurable y convertir una vida pegada a la oscuridad en una vida llena de luz.

lunes, abril 22, 2019

La resurrección, fundamento de nuestra fe


La resurrección es la definitiva y gran noticia para el hombre. Es el acontecimiento que sostiene las razones más profundas de nuestra vida. Sin ella nuestro horizonte se oscurece; con ella se amplía y se ilumina. Es el motor de la vida cristiana. En ella todo recobra sentido: la historia, la vida, los otros, el futuro, la eternidad. Nos empuja a mirar más allá de lo racional, de lo intelectual y de lo empírico. Nos abre a una visión trascendente de la realidad. Nos enseña que en la realidad física no se agota todo.

La resurrección de Jesús está inserta en la historia, pero va más allá de ella, trascendiendo el plano físico y entrando en otra dimensión: la dimensión de Dios. Su cuerpo ya no está sometido a las leyes físicas, aunque sigue siendo material, y por eso come pescado con sus amigos. Pero en él la materia se transforma. Dios, fuente de la vida, puede darle otras propiedades, y así es como le permite atravesar paredes, o desplazarse de un lugar a otro de manera inmediata. Jesús resucitado sigue siendo corpóreo, pero no ha vuelto a la vida de antes, limitada y mortal, sino que vive en un plano espiritual, que le permite participar de la vida de Dios, sin dejar su corporeidad. Y esto es lo absolutamente novedoso de Jesús. No resucita como Lázaro o como el hijo de la viuda de Naín. Estos volverán a su vida anterior y de nuevo morirán, cuando llegue el momento. Lo de Jesús es un salto cuántico. Desde entonces, estará para siempre en el regazo de Dios Padre.

Esta noticia nos lleva a un cambio de paradigma cultural y social. Nunca antes se ha producido un hecho igual en la historia. Por eso no es lo mismo creer que no creer en este acontecimiento fundamental para los cristianos.

Pero hemos de ir más allá de una mera adhesión intelectual. Creer no basta. De la afirmación de nuestra fe hemos de hacer vida. Este evento, que marca todo el devenir del mundo, debe cambiarnos.

Dejemos que los rayos luminosos de la resurrección penetren en nuestras entrañas; dejemos que Cristo entre de lleno en nuestra vida, la ilumine y la plenifique. Sólo así, siendo reflejos vivos de esta gran experiencia, podremos contribuir a que el sol de Cristo atraviese y empape todos los poros de la humanidad y de la creación. Con Cristo resucitado, participamos aquí y ahora de este gran acontecimiento que envuelve toda nuestra existencia. Que la resurrección de Jesús nos ayude a descubrir el don sagrado de la vida sobrenatural y que, a la vez, nos convirtamos en apóstoles entusiastas que anunciemos esta gran verdad.

Salgamos, como leemos en todos los relatos de las apariciones de Jesús; salgamos corriendo a anunciar esta gran y buena nueva. Quizás a veces con temor, pero con alegría de saber que participamos de esta resurrección. Salgamos ardiendo en ese fuego de amor. Salgamos vibrantes a anunciar este acontecimiento, yendo más allá de nuestros miedos e inseguridades, para convertirnos en auténticos voceros de este sorprendente anuncio. Jesús vive ya para siempre. Esta verdad ha de ser nuestra bandera, y la hemos de agitar a los cuatro vientos. Sólo tenemos que dejarle entrar en nosotros para que siga siendo nuestro aliento y nuestra fuerza y para no decaer en esta urgente misión. Cristo vive y sólo el encuentro con él cambia verdaderamente nuestra vida. ¡Seamos testimonios de este encuentro luminoso!