domingo, julio 28, 2019

Milagros, demonios, vírgenes


En ciertos ámbitos eclesiales se da una tendencia a otorgar un protagonismo exagerado a estos tres aspectos de nuestra fe. Durante un tiempo parecían temas casi tabú, que se callaban y hasta se menospreciaban. Se consideraba que los milagros eran fantasías o fenómenos psicológicos, la importancia de la Virgen María se rebajaba y, en cuanto al demonio, incluso se negaba su existencia. El magisterio de la Iglesia se esfuerza en poner cada cosa en su lugar y darle la importancia que tiene, ofreciendo enseñanzas sabias y equilibradas sobre cada tema. Pero, en los últimos tiempos, y sobre todo en algunos movimientos y grupos, vírgenes, demonios y milagros se han convertido en signos distintivos. Los riesgos de la exageración son muchos, y llevan a las personas a vivir presas del miedo y esclavizadas a las directrices que imponen los grupos o comunidades a las que pertenecen. El mismo Papa Francisco ha alertado en varias ocasiones sobre el peligro de exagerar ciertas cosas.

Milagros


Los milagros se definen como signos sobrenaturales de la misericordia de Dios. Jesús hizo milagros, movido por la compasión, pero no fue un milagrero. Taumaturgos, u obradores de milagros, los ha habido en todos los tiempos, en todas las culturas y religiones. En la época de Jesús no eran extraños, Jesús no era el único. La segunda tentación del diablo en el desierto fue esta, precisamente: utilizar lo sobrenatural para ganar adeptos y poder. Jesús pudo hacer muchos más milagros, pero renunció a ello. Sólo los hizo como expresión de amor. Y cuando estuvo clavado en la cruz, ante los judíos que se burlaban y le pedían el milagro de salvarse a sí mismo, se despojó de todo poder y rechazó hacer ese último gesto que podía haber desarmado a sus enemigos.

Por otra parte, se suele vincular la fe con el milagro de forma un poco delicada: es decir, si tienes fe, se produce el milagro. Pero esto no siempre es así. La fe salva, con o sin milagro. Y los milagros pueden darse, con o sin fe. Algunos de los milagros más impactantes de Jesús se dieron sin fe por parte de las otras personas: nadie esperaba que Jesús multiplicara los panes para alimentar a cinco mil personas, nadie esperaba que resucitara a Lázaro, tampoco a la hija de Jairo; ni la viuda de Naín esperaba que su hijo muerto volviera a la vida, ni los novios de Caná imaginaban que Jesús transformaría el agua de seis tinajas en vino. Hay otro episodio notable en el evangelio: la curación de diez leprosos, de los cuales uno solo regresa para dar gracias a Jesús. Los diez fueron curados, pero ¿cuántos quedaron salvados? Salvado no significa necesariamente ser curado.

Lo importante es el crecimiento espiritual, no la sanación en sí. Ha habido muchos santos enfermos, y su enfermedad no ha sido por falta de fe ni de amor a Dios. El dolor y la enfermedad a veces pueden tener un valor para el crecimiento y la santidad de la persona. Nos enseñan algo que debemos aprender, y pueden ayudarnos a madurar y a amar más. No olvidemos el valor redentor de la cruz: Jesús no bajó de ella, ni quiso ahorrarse sufrimientos.

Los milagros atraen porque queremos forzar “atajos” para estar bien sin pasar por un proceso de aprendizaje y madurez. Queremos alcanzar la meta sin esforzarnos en la carrera.

El mismo demonio puede hacer milagros para atrapar a ciertas personas. Los adversarios de Jesús le acusaban de hacer milagros en nombre de Belcebú; esto significa que ya entonces se sabía que los espíritus malignos también tienen ese poder.

Finalmente, hay que estar alerta con lo que llamamos milagro. La Iglesia lo ha definido muy bien, y estudia con cuidado los casos que se le presentan. Sabemos que en Lourdes se han producido miles de curaciones. Pero la Iglesia, en más de un siglo, sólo ha reconocido como milagros unos 70. Las otras mejorías pueden haber sido remisiones temporales o espontáneas, curaciones por el propio poder mental, la sugestión o el apoyo de las personas acompañantes. Hay muchos factores que influyen en la sanación, y no todo son milagros.

El verdadero milagro que puede darse en una persona es la conversión. Y conversión significa un cambio de vida. Dejarse tocar por Jesús nos cambia desde el fondo. Este cambio interior es mucho más difícil que una curación física. El gran milagro es volver el corazón hacia Dios, habitar en Cristo, ser nuevos cristos. La salvación ―o santificación― es mucho más que la sanación.

Demonios en todas partes


Ciertos grupos y personas están obsesionados con el demonio. Hablan mucho de fe, de la Biblia y… del diablo. Pero hablan poco de amor, de confianza, de libertad. Y Jesús vino a liberarnos, esas fueron sus primeras predicaciones.

El demonio existe, por supuesto. El mal en el mundo es una realidad y lo vemos cada día. La Iglesia tiene una doctrina bien elaborada sobre su existencia y forma de obrar. El problema es cuando le damos una excesiva importancia, vemos al demonio donde no está y, en cambio, no lo vemos donde está. Lo asociamos a manifestaciones sobrenaturales y psíquicas, pero no lo sabemos ver en el pecado personal. Lo vemos en posesiones, pero no en nuestras caídas de cada día. Si el demonio tiene algo es que es sutil: se disfraza, como decía san Juan de la Cruz, de ángel de luz. Su aspecto puede ser amable, hermoso e incluso humanitario. Pero es ambicioso, ávido de poder y destructivo.

Los gobiernos suelen avisar a los medios de comunicación: cuidado con el terrorismo. Porque difundir muchas noticias no hace más que darles publicidad. Pues con el demonio sucede lo mismo: hablar continuamente de él es hacerle propaganda. No hay que vivir pendiente de él; el amor de Dios es más grande que el poder del demonio. Santa Teresa lo sabía bien, ella que vivió en una época en la que había mucha obsesión por lo diabólico. Algunas monjas, ensimismadas con el acoso del demonio, se entregaban a penitencias y ayunos exagerados. Se provocaban, sin saberlo, alteraciones mentales y muchas enloquecían. San Juan de la Cruz y santa Teresa tuvieron que lidiar con muchos de estos casos, por eso dedican al tema páginas muy sabias y certeras. Al final, Teresa comprendió que el demonio no era más que una mosca, que fastidia y nos quiere hacer daño, pero no es nada comparada con el Señor. Lo mejor es no hacerle caso. Si le das importancia, le das poder.

El discurso sobre el demonio genera miedo. Y el miedo es un sentimiento que ofusca el saber, y en cambio acentúa el sentir. La mente obsesiva crea demonios, e incluso puede provocar reacciones similares a la posesión, y ataques de locura. La mente puede crear un infierno y generar miedos recurrentes. Esto sucede en personas muy sensibles e inseguras, que han sufrido traumas emocionales o que están muy carentes de afecto. Los exorcistas lo saben bien, y afirman que más del 90 % de los casos de posesión diabólica son de origen mental o psiquiátrico.

Vírgenes a la carta


María es la primera cristiana, modelo y figura de la Iglesia, y todos deberíamos amarla y tomarla como ejemplo y ayuda. La enseñanza de la Iglesia sobre la Virgen es maravillosa y deberíamos conocerla.  Pero otra cosa es convertir a María en una diosa y darle el culto que se debe a Dios. Dar más importancia a la Virgen que a Cristo es un error.

Por otra parte, hay que andar alerta con las supuestas apariciones. La Iglesia ha reconocido una docena de las más de dos mil que se han registrado en la historia del cristianismo. Pero no obliga a ningún creyente a creer en las apariciones, considerando que los mensajes de la Virgen en estas ocasiones son revelaciones privadas, que tienen su valor, pero no añaden nada nuevo a la revelación del evangelio.

A veces se corre el riesgo de caer en extremismos y distorsiones. María es madre de todos y actúa en todos los sitios. Sigue actuando, aunque no aparezca. Para ella tampoco hay lugares más santos que otros. Y su mensaje más claro ya lo dejó en el evangelio, con sus pocas y profundas palabras, pero sobre todo con su vida y obras. Lo demás, si se aleja de esto, puede ser una desviación.

El papa Francisco ha alertado sobre esta cuestión. El Concilio Vaticano II también avisó contra los excesos de ciertos cultos marianos y dejó un documento iluminador sobre la veneración a María. El papa Pablo VI escribió una exhortación apostólica, Marialis cultus, que sería bueno leer y conocer.

El culto a María a menudo se mezcla con la afición a los milagros, a lo espectacular y lo prodigioso. Hay muchos fervientes devotos de María que le muestran admiración y una pasión exagerada, pero no la imitan en su discreción ni en su caridad. Prefieren lo sobrenatural y las experiencias límite, pero no siempre parece que busquen la conversión de corazón.

Muchos santuarios marianos se levantan sobre antiguos lugares de culto paganos. La veneración a una diosa madre, ligada a la tierra, se cristianizó y se convirtió en culto a María. Las diversas advocaciones de María muestran el arraigo de este culto a un lugar. Pueden quedar residuos de este paganismo en la religiosidad mariana actual. Por eso hay que recordar, siempre, que María de Nazaret sólo es una.

María es humana, mientras que Jesús es hombre y a la vez Dios. Como humana, es la persona que ha llegado más lejos. El gran valor de María es su sí, su fiat («Hágase en mí según tu palabra»). Esa total apertura de María a la voluntad de Dios nos enseña a decir sí y a permitir que Dios actúe en nuestra vida. Es a él a quien debemos consagrarnos. El mejor consejo y aviso que nos da María está en el evangelio: «Haced lo que él os diga.»

domingo, junio 23, 2019

Corpus, un amor sin límite


En la fiesta del Corpus celebramos la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Una presencia que expresa una donación y entrega como sacrificio de amor. Esta afirmación teológica eucarística va más allá de su contenido doctrinal. Es expresión de una vida entregada por amor. Cada fiesta del Corpus nos recuerda que nuestra vida cristiana va más allá de un conocimiento doctrinal. Nuestra vida y ejemplo han de ir unidos al sentido último de esta liturgia.

La eucaristía no se puede separar de nuestra vida cotidiana, de lo que somos, hacemos, pensamos. Allí, en nuestros diferentes ámbitos ―familiar, laboral, social, de ocio, personal― el conjunto de nuestra vida se alimenta de nuestra íntima relación con Jesús eucarístico. Un divorcio entre la vida cristiana y social, con el tiempo, debilita nuestras propias raíces porque nuestro ser último se alimenta del pan y del vino de Cristo. Él nos espolea a ser ejemplo vivo de su presencia, imitándolo con nuestra donación, hasta entregar la vida como él hizo.

Vivir del cuerpo y la sangre de Cristo significa que nos alimentamos de una energía divina, que nos prepara para el sacrificio, si es preciso, y para la libertad y la valentía de llegar hasta aquí.

Es la consecuencia práctica y coherente del compromiso cristiano. No podemos separar la eucaristía de la caridad, pues separar ambas significa quitarle el sentido esencial al Corpus. El testimonio, la misión y el amor nacen del centro de la eucaristía. Cuando se deja de amar se está devaluando el significado crucial del Corpus.

Esta celebración nos enseña que el faro que nos ha de iluminar la vida es Cristo, y sólo podemos amarlo en los demás. Sólo así la vida y la eucaristía estarán encajadas, armonizadas en la doble dimensión de la persona: su vida humana y su vida espiritual. No olvidemos nunca que en el horizonte de Cristo está la cruz. Pero también la promesa de la resurrección. La cruz, la eucaristía y la resurrección forman parte de una misma realidad cristiana. Sólo si nos abrimos a los demás entenderemos que esta apertura forma parte de la coherencia intrínseca de ser cristiano y sólo de esta manera estaremos entendiendo la exigencia última de este misterio. Cristo se nos da. Estamos llamados a que nuestra vida se conforme a la de Cristo, es decir, que el deseo de Dios se incorpore en el centro de la existencia. Sólo así llegaremos a ser ejemplos vivos de su presencia en el mundo.

domingo, mayo 12, 2019

La gracia de la salud



Que esta santa unción os permita vivir una vida llena de sentido y de amor, más allá del dolor, la tristeza y la enfermedad.

Que esta santa unción os devuelva las ganas de vivir, servir y compartir con los demás el privilegio de sentiros sanados, restaurados y embalsamados por la ternura infinita de Dios.

Que esta unción os ayude a recuperar vuestro cuerpo sano, para que vuestra alma se restaure y tengáis también salud espiritual que os ayude a conocer la gran riqueza que os ha dado Dios, su propia vida en Jesucristo.

Que os ayude a sanar todos aquellos sentimientos que os hacen enfermar por desamor, para que vuestro corazón tenga los mismos sentimientos de Cristo, abierto siempre a la voluntad de Dios.

Que vuestro corazón lata al mismo ritmo que late el de Jesús, convertido en un recio músculo amoroso, dando vida a toda vuestra existencia.

Que esta santa unción os ayude a sanar la mente, origen a veces de tantas enfermedades sicológicas y emocionales que quiebran la armonía del espíritu.

Que este sacramento os ayude a tener los pensamientos de Cristo, benévolos y caritativos. Que os dé una mente al servicio del amor y de la creatividad. No sólo hemos de arrancar el resentimiento del corazón, sino de la mente, para que esta sane del todo.

La fuente de la completa salud, física, emocional, mental y espiritual, está en el perdón. Es una gracia especial que se recibe y que corta de raíz todo tipo de enfermedad.

Creed de verdad en la infinita misericordia que hay en el sacramento de la unción: su aceite sagrado ungirá vuestro cuerpo, vuestra mente, vuestro corazón y vuestro espíritu.

Hoy quedaréis ungidos con la gracia especial.

La fe en este gesto será lo que hará posible, no sólo la acción del sacramento, sino la recuperación del sentido profundo de la vida, vuestro propósito vital.

La acción de este sacramento llega a la totalidad de vuestro ser, pues sois sanados por un amor infinito que sólo desea la felicidad de sus criaturas. Sólo el amor puede curar lo incurable y convertir una vida pegada a la oscuridad en una vida llena de luz.

lunes, abril 22, 2019

La resurrección, fundamento de nuestra fe


La resurrección es la definitiva y gran noticia para el hombre. Es el acontecimiento que sostiene las razones más profundas de nuestra vida. Sin ella nuestro horizonte se oscurece; con ella se amplía y se ilumina. Es el motor de la vida cristiana. En ella todo recobra sentido: la historia, la vida, los otros, el futuro, la eternidad. Nos empuja a mirar más allá de lo racional, de lo intelectual y de lo empírico. Nos abre a una visión trascendente de la realidad. Nos enseña que en la realidad física no se agota todo.

La resurrección de Jesús está inserta en la historia, pero va más allá de ella, trascendiendo el plano físico y entrando en otra dimensión: la dimensión de Dios. Su cuerpo ya no está sometido a las leyes físicas, aunque sigue siendo material, y por eso come pescado con sus amigos. Pero en él la materia se transforma. Dios, fuente de la vida, puede darle otras propiedades, y así es como le permite atravesar paredes, o desplazarse de un lugar a otro de manera inmediata. Jesús resucitado sigue siendo corpóreo, pero no ha vuelto a la vida de antes, limitada y mortal, sino que vive en un plano espiritual, que le permite participar de la vida de Dios, sin dejar su corporeidad. Y esto es lo absolutamente novedoso de Jesús. No resucita como Lázaro o como el hijo de la viuda de Naín. Estos volverán a su vida anterior y de nuevo morirán, cuando llegue el momento. Lo de Jesús es un salto cuántico. Desde entonces, estará para siempre en el regazo de Dios Padre.

Esta noticia nos lleva a un cambio de paradigma cultural y social. Nunca antes se ha producido un hecho igual en la historia. Por eso no es lo mismo creer que no creer en este acontecimiento fundamental para los cristianos.

Pero hemos de ir más allá de una mera adhesión intelectual. Creer no basta. De la afirmación de nuestra fe hemos de hacer vida. Este evento, que marca todo el devenir del mundo, debe cambiarnos.

Dejemos que los rayos luminosos de la resurrección penetren en nuestras entrañas; dejemos que Cristo entre de lleno en nuestra vida, la ilumine y la plenifique. Sólo así, siendo reflejos vivos de esta gran experiencia, podremos contribuir a que el sol de Cristo atraviese y empape todos los poros de la humanidad y de la creación. Con Cristo resucitado, participamos aquí y ahora de este gran acontecimiento que envuelve toda nuestra existencia. Que la resurrección de Jesús nos ayude a descubrir el don sagrado de la vida sobrenatural y que, a la vez, nos convirtamos en apóstoles entusiastas que anunciemos esta gran verdad.

Salgamos, como leemos en todos los relatos de las apariciones de Jesús; salgamos corriendo a anunciar esta gran y buena nueva. Quizás a veces con temor, pero con alegría de saber que participamos de esta resurrección. Salgamos ardiendo en ese fuego de amor. Salgamos vibrantes a anunciar este acontecimiento, yendo más allá de nuestros miedos e inseguridades, para convertirnos en auténticos voceros de este sorprendente anuncio. Jesús vive ya para siempre. Esta verdad ha de ser nuestra bandera, y la hemos de agitar a los cuatro vientos. Sólo tenemos que dejarle entrar en nosotros para que siga siendo nuestro aliento y nuestra fuerza y para no decaer en esta urgente misión. Cristo vive y sólo el encuentro con él cambia verdaderamente nuestra vida. ¡Seamos testimonios de este encuentro luminoso!

domingo, abril 07, 2019

El discernimiento

Llegamos al último tema propuesto por el Plan Pastoral Diocesano, Sortim! Esta vez hablamos del discernimiento.


El discernimiento como herramienta evangelizadora


Todos vemos clara la necesidad urgente de evangelizar. Ante un vacío de referentes, las ideologías hacen estragos en muchas personas que se sienten inseguras, porque no tienen un marco de valores referenciales y están perdidas.

La sociedad necesita con urgencia respuestas a sus retos más acuciantes. Pero, antes de ofrecer alternativas desde nuestra opción cristiana, hemos de tener una actitud de escucha, diálogo y comprensión. El talante y la forma son tan importantes como el contenido evangelizador.

Para ello es necesario potenciar nuestra capacidad de discernimiento. Discernir es distinguir, clarificar, objetivar la realidad, dejando de lado cualquier tendencia ideológica o interés personal.

Sobre todo, nunca hay que imponer nada a nadie, aunque nos parezca lo mejor, sino ofrecer, mostrar, revelar que lo que decimos responde a todo aquello que nos motiva: el valor de la vida, la fe, el amor y la esperanza. Actuemos como Jesús. Cuando los primeros discípulos quisieron saber más, le preguntaron: ¿Dónde vives? Él respondió: Venid y lo veréis.

Es necesario conocer a la persona, sus preocupaciones, angustias y situación vital, mirándola no por encima, sino al mismo nivel que nosotros. Así podremos iniciar una pedagogía que la ayude a descubrir, no tanto el valor de nuestro discurso, sino lo que somos y las razones por las que Jesús es el centro de nuestra vida.

Para discernir es necesario buscar ratos de soledad y silencio. En el diálogo íntimo con Dios Padre encontraremos la lucidez. Con un buen discernimiento podremos actuar de manera clara. En la base de la evangelización está el testimonio de una vida coherente y una adhesión total a todo aquello que estamos anunciando. 

Dilucidar cómo, cuándo, dónde y con qué actitud es fundamental para acertar. Antes de pensar lo que vamos a decir o proponer, es importante preguntarse a uno mismo: ¿Mi vida tiene que ver con aquello que voy a comunicar? ¿Voy a ser lo bastante motivador para despertar en el otro una actitud de escucha y de interés? Es necesario mirar desde la distancia justa para que nuestro excesivo celo apostólico no nos haga imprudentes ni autosuficientes ante el otro.

Buscar el momento adecuado, el respeto, la delicadeza y la humildad son actitudes que hemos de vigilar mucho para no caer en una cierta prepotencia espiritual. Dios nos habla susurrando al oído. Evidentemente, eso no quita en absoluto la fuerza de nuestras convicciones. El cómo y el qué han de ir unidos de la mano para hacer fecunda nuestra labor evangelizadora.

Evangelizar no es conquistar, es proponer un estilo de vida, una forma de ser, un talante, un modelo donde Jesús es la fuente inspiradora de todo aquello que somos, decimos y hacemos. El discernimiento tiene que ver con armonizar estas tres dimensiones. Hemos de reflexionar lo que decimos para que sea coherente con lo que hacemos. Y, cuando actuemos, que lo que hagamos sea coherente con aquello que decimos. Y estos dos aspectos, hacer y decir, que tengan que ver con lo que somos, vitalmente: cristianos enamorados del proyecto que nos ofrece Jesús para alcanzar nuestra plenitud humana y espiritual.

Cuaresma es un tiempo en que se nos invita a renovar nuestra oración. Dejar que Dios nos hable, en el silencio, es la fuente de nuestro discernimiento. 

domingo, marzo 31, 2019

La fraternidad


Si Dios es nuestro padre, todos somos hermanos. ¿Nos hemos detenido a pensar, a fondo, qué significa esto?

En las familias, es natural que entre hermanos haya rivalidades y roces. Pero si el ambiente es sano, también es natural que los hermanos se amen, sean amigos y crezcan juntos. Para algunas personas, los hermanos de sangre se convierten en sus mejores compañeros, maestros y amigos.

Pero el mundo es grande, y nuestra vida se mueve en un espacio mayor que el ámbito familiar. Jesús nos enseña que la verdadera familia, cuando uno se hace adulto, es aquella formada por las personas que comparten nuestro camino, nuestros valores y nuestra fe. «Mi madre y mis hermanos son los que siguen la voluntad de Dios». Nuestra familia de origen es importante, pero mucho más lo es la familia de misión y de destino. ¡Y esta familia es inmensa! Sólo la Iglesia ya la formamos mil millones de personas. Pero aún podemos ir más allá. Miremos, no sólo con ojos de cristiano, sino con ojos de Dios. ¿Quiénes son sus hijos? ¡Toda la humanidad! Los que no forman parte de la Iglesia, creyentes de otras religiones, o increyentes, o ateos. Todos son hijos de Dios. Por tanto, son hermanos nuestros.
Fraternidad es ser conscientes de que todos somos hermanos, hijos amados de Dios. Si queremos amar a Dios, ¿cómo no vamos a amar a sus hijos?

«En esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis unos a otros.» Juan 13, 35.

Fraternidad viene del latín frater, hermano. Es una virtud que nos hermana con los demás seres humanos y que nos hace iguales en dignidad e importancia. No sólo iguales, sino unidos en una aventura común: la de la vida.

Las personas somos hermanas, no sólo por vínculos de sangre. La familia sólo nos une a unos pocos. Pero si miramos con más amplitud, la genética nos hermana con todo ser humano. Y si vamos más allá, la vida nos hace hermanos de todo ser viviente, planta, animal o microbio. Yendo más lejos, hay algo más profundo que nos une con toda la realidad que contemplamos a nuestro alrededor: la tierra, el mar, los astros. Somos hermanos porque compartimos lo más esencial: existimos. San Francisco lo percibió en su oración en plena naturaleza, y lo expresó en su hermoso cántico de las criaturas: todos somos hermanos en la existencia. El sol, la luna, el agua y el fuego, las fuerzas de la naturaleza y los animales asombrosos no son dioses, sino criaturas como nosotros. Todos somos hermanos.

Esta hermandad tiene una consecuencia: la solidaridad. Compartimos el mismo suelo, el mismo aire y el mismo espacio. Y Dios lo ha hecho tan bello y perfecto que hay suficiente para todos. Son las malas ideas, torcidas y oscurecidas por una visión mezquina de la realidad, las que nos hacen desconfiados, avaros y temerosos. De aquí surge el miedo a perder, a no tener, a lo desconocido. Y de aquí a los conflictos y las guerras hay un paso. La fraternidad se rompe cuando perdemos esa mirada limpia y profunda, esa mirada de Dios que nos hace ver que todos somos hermanos. Las consecuencias de perder esta visión limpia las vemos en todas partes: en las familias, en la sociedad, en el trabajo, en el campo político y económico. Por todas partes vemos lo contrario de la fraternidad: competición, rivalidad, odio, lucha contra el adversario… Chocamos unos con otros porque se nos han oscurecido los ojos del alma, y la vida se convierte en una batalla sin fin, con sus heridas, sus víctimas y sus muertes.

Dichosos los limpios de corazón, dijo Jesús, porque ellos verán a Dios. Felices nosotros cuando sepamos limpiar la mirada del alma, porque veremos en los demás una imagen de Dios. Entonces, ya no hay enemigos ni rivales, sino hermanos a quienes amar.

Jesús nos pidió, como toque de amor, que llegásemos a amar a los enemigos. Esto era muy revolucionario, porque la cultura judía era fraterna y solidaria, pero sólo con los de adentro. Es decir, con los “suyos”. Los otros eran enemigos, detestables y a los que se podía desear la destrucción. Este tipo de solidaridad es lo que rompe al mundo hoy. Es el partidismo y el sectarismo: soy bueno con los míos, pero los otros no me importan. Incluso me alegraré si desaparecen del mapa. Los cristianos de hoy, ¿no somos un poco así? ¿Aceptamos a los que no piensan ni hacen como nosotros? ¿Rechazamos a los diferentes, o a los disidentes, o a los “contrarios” a nosotros?

Hay una bonita historia que cuenta que un hombre paseaba por la playa, meditando. Se encontró con Dios y le dijo: «Dios, estaba pensando que ese mandato tuyo, amar al enemigo, es muy difícil. ¿Cómo te las apañas tú, para amar a tus enemigos? Dios sonrió y le dijo: «Para mí es muy fácil. Yo no tengo enemigos.»

Dios no tiene enemigos. Todo lo creado es suyo, ¿cómo va a odiarlo? Él lo ama a todo. Si el padre ama a todos, ¿cómo no vamos a amarlo nosotros? Nos parece difícil porque vivimos con esa visión pequeña y sesgada, encorsetados en clichés y prejuicios. Pero todos podemos adquirir la visión limpia y ancha de san Francisco. Todos podemos llegar a ver con los ojos de Jesús, que en la cruz amó a todos y perdonó a todos. Podemos, porque Dios nos ha hecho a todos semejantes a él en esto. Hermanos en la existencia, hermanos en la libertad, hermanos en la capacidad de amar y perdonar. Si vivimos según esto, la fraternidad surgirá, como un fruto dulce.

San Francisco, el cuidado y la fraternidad


San Francisco, como hizo Jesús, enviaba a sus frailes en misión de dos en dos. Y les decía que debían ser como una madre y un hijo. Uno debía cuidar del otro y procurar su bienestar. Y el otro debía dejarse cuidar, enseñar y aconsejar. Este rol era intercambiable: unas veces la madre era uno, otras veces otro. Este modelo de fraternidad está inspirado en el cuidado amoroso de Dios hacia sus criaturas.

El amor es más que una idea bonita o un sentimiento. El amor es acción. En el día a día, y en nuestras relaciones, amor se traduce por cuidado. Quien ama cuida. Quien ama está presente, escuchando, comprendiendo, acompañando.

El cuidado a veces puede confundirse con control, dominio o dependencia emocional. El verdadero cuidado es el que busca la felicidad, la salud y el crecimiento del otro, en todas sus dimensiones. Se expresa en gestos físicos y prácticos, en tiempo, en desprendimiento y sacrificio. El cuidado también es adaptarse al otro y ver cómo necesita ser amado. Tiene en cuenta la dimensión corporal tanto como la espiritual. Quien cuida está viviendo la fraternidad.

«Mirad cómo se aman», decían de los primeros cristianos. Lo decían porque veían gestos reales y palpables entre ellos, gestos de auténtico cuidado. Los detalles del cuidado son la mejor señal de que se está viviendo la fraternidad.


Algunas preguntas


  • ¿Considero que la comunidad parroquial es mi familia, a todas?
  • ¿Qué consecuencias tiene considerar al otro (feligrés) como mi hermano?
  • ¿Puedo mejorar mis relaciones con los hermanos, o quizás debería reconciliarme con alguno?
  • ¿Qué podemos hacer en la parroquia para fomentar más la fraternidad y la consciencia de ser familia, unida por el amor de Cristo?

domingo, marzo 24, 2019

Los jóvenes y la Iglesia


Esta semana reflexionamos sobre el tercer punto del Plan Pastoral Diocesano Sortim!, los jóvenes.

Los jóvenes están en una etapa crucial de su vida. La juventud es la época en que uno se hace grandes preguntas, busca sentido a su vida y se abre al mundo. Los jóvenes quieren devorar la vida y están dispuestos a darlo todo por aquello en lo que creen. Es la etapa vital en la que uno se abre a la vocación que orientará sus pasos.

En esta etapa, el mensaje de Jesús tiene mucho que ofrecer. Y, sin embargo, vemos que los jóvenes son los grandes ausentes en nuestras parroquias y comunidades. ¿Qué ocurre?

Los jóvenes hoy tienen muchísimas opciones: académicas, profesionales y, sobre todo, de ocio. Entre tanta oferta, parece que la de la Iglesia no resulta atractiva en absoluto. No destaca o incluso se ve como negativa o poco deseable. ¿Por qué?

La solución no está en ingeniar formas modernas o atrayentes de ofrecer el evangelio. Tampoco se trata de adoctrinar con supuesta “gracia”, ni de hacer propaganda y publicidad con las mejores técnicas de marketing religioso. No: los jóvenes no quieren que nadie les venda nada ni les coma “el tarro”, como se dice. Además, los jóvenes tienen un filtro especial para captar la autenticidad. No les vamos a convencer fácilmente si, antes, nosotros no estamos entusiasmados.

Creo que el gran problema de la evangelización de los jóvenes no está en ellos, ni siquiera en la sociedad que nos rodea, sino en los cristianos adultos.

En un mundo con tantas ofertas, incluso en el campo espiritual, los jóvenes no necesitan más publicidad, sino más testimonio. Nuestro mensaje será convincente si lo vivimos y lo reflejamos en nuestra actitud y en nuestras acciones, cada día. Un adulto entusiasta, enamorado de Dios, comprometido con el evangelio, no necesita mucho marketing: él mismo es el anuncio. Él mismo convence y llama.

Preguntémonos qué les estamos ofreciendo a los jóvenes. ¿Qué testimonio les estamos dando? ¿Qué ven en los adultos, que no les convence ni les entusiasma?

Por un lado, ven cristianos tristes, aburridos, rutinarios o rigurosos, que cumplen con unas tradiciones y defienden unos valores nobles, pero quizás les falta vida, pasión, profundidad. No son un modelo a seguir para ellos. Rechazan la fe y la Iglesia porque les parece una instancia represora, y no una comunidad liberadora donde pueden crecer y ser ellos mismos.

Por otro lado, muchos padres cristianos, que cumplen sinceramente con sus obligaciones e intentan ser buenas personas, acaban cayendo en la corriente del mundo. Son cristianos, sí, y van a misa cada domingo, pero a la hora de educar a sus hijos, les preocupa mucho más su rendimiento académico e intelectual, su éxito profesional y su economía que su vida espiritual. Nuestros esfuerzos, y los de la sociedad, están enfocados a la prosperidad material y al brillo social, y no a la felicidad del joven. Y la felicidad, todos lo decimos, pero quizás no lo creemos, tiene su fuente dentro de nosotros, en nuestra vida interior. Nos hace felices sentirnos amados, ser creativos, encontrar nuestra genuina vocación y volcarnos en ella. La vocación y la felicidad de los jóvenes puede ir por otros caminos diferentes a los de sus padres, y esto a veces cuesta de entender.

¿Queremos que nuestros hijos sean unos grandes intelectuales o ejecutivos brillantes? ¿Queremos que sean millonarios y admirados? ¿O queremos que sean lo que son, lo que están llamados a ser, y sean profundamente felices?

Los jóvenes huelen lo que el mundo les ofrece. Si nadie les ofrece otra cosa, irán buscando y probando entre las mil opciones que se les muestran. ¿No es importante que alguien les muestre otro camino, que los puede llevar a encontrarse a sí mismos y a la fuente de su felicidad?

¿De verdad creemos los adultos que Jesús es el que da sentido a toda nuestra vida y nos da la alegría y la paz interior, tan deseada? Si es así, ¿por qué no lo sabemos ofrecer? ¿Dónde está nuestro testimonio? ¿Quién se atreve a salir ante los jóvenes y decir: quiero mostraros este camino?

Mostrar, esa es la clave. Nada de persuadir, obligar, empujar o “vender”. Mostrar. Indicar e invitar, con delicadeza. Cuando uno está enamorado, sobran las muchas palabras. Se le nota, se le ve. Cuando uno está enamorado de Cristo, no es tan difícil contagiarlo… o, al menos, despertar la curiosidad y la inquietud.

¿Cómo creéis que debió ser la primera charla de Jesús con sus primeros discípulos? Fue una tarde, en el Jordán. Hablaron y cenaron con él. Aquellos hombres salieron rebosantes, tanto que corrieron a buscar a hermanos, amigos y conocidos, para invitarles a venir con ellos, a seguir a Jesús. ¡Hemos encontrado al Señor!

¿Podríamos hacer nosotros lo mismo? Los jóvenes están receptivos. Los jóvenes detectan lo bueno, lo hermoso y lo verdadero. Están en una edad en la que son capaces de entregarse generosamente. Los jóvenes esperan algo más… ¿A qué esperamos los adultos? 

Algunas preguntas


¿Qué testimonio doy de mi fe ante los jóvenes?
¿Es coherente mi vida con mi fe y mis valores cristianos?
¿Qué ven ellos en mí, como cristiano adulto?
¿He explicado mi experiencia de encuentro con Jesús, mi vocación, mi compromiso y mis motivaciones, a algún joven (hijos, niños de la catequesis, otros…)?