domingo, julio 02, 2017

Encuentro con el papa Francisco

A las 6.30 de la mañana ya estaba en la puerta Pablo VI, por donde se accede a las dependencias de Santa Marta, donde el Papa ha decidido vivir, renunciando a las estancias papales del Vaticano. Cuando lo resolvió comentó que prefería vivir rodeado de sacerdotes y que vivir solo en la mansión no era bueno para él, psicológicamente. Esta afirmación sorprendió a muchas personas, en su momento.

El día había amanecido nublado. Pero las nubes no podían apartar la alegría que sentía ante la gran oportunidad que se me había brindado. Más allá de las nubes, el sol hacía posible el nacimiento de un nuevo día que nunca olvidaré en mi trayectoria sacerdotal. Estrechar la mano de un pontífice, recibir su cálida mirada, todo esto iluminaba mi corazón.

Me dispuse a pasar por los controles pertinentes y a identificarme en la lista que los guardias suizos tenían. Elegantes y amables, nos indicaron, a mí y a un nutrido grupo de sacerdotes y laicos, el camino hacia la capilla de Santa Marta, donde el papa celebra misa cada día a las 7 de la mañana. En el rato de espera, surgieron espontáneamente las conversaciones entre los que íbamos a visitar al papa. Había cuatro sacerdotes diocesanos pertenecientes al Opus Dei, de la Santa Cruz, incardinados en la diócesis de Navarra y a punto de iniciar su labor en diferentes parroquias. Todos ellos vivían en comunidad. Había otro sacerdote chileno, dos africanos, un italiano y un prelado, y yo que venía de Barcelona. Después de un rato de charla amical nos hicieron pasar a la sacristía, donde nos revestimos con nuestras albas a medida y, para guardar la armonía en la vestimenta litúrgica, nos dieron unas estolas del mismo estilo y con dibujos similares. Eran las 6.55 de la mañana y nos encaminamos, en fila, hacia la capilla. Concelebramos desde el primer banco, ya que es un espacio un poco pequeño para tantos sacerdotes alrededor del altar. Mientras caminaba por el pasillo pensé con emoción que se acercaba el momento de ver un sueño cumplido. La serenidad y la elegancia, junto con la sobria decoración y el ambiente devoto nos llenaron de paz. Al entrar en la capilla nos envolvió la música de un piano que sonaba. La misa comenzó muy puntual a las 7.

El papa salió de otra sacristía anexa a la capilla, solo. Con paso lento, pero decidido, besó el altar con mucha unción y durante unos segundos nos miró a los asistentes, con una expresión cálida en el rostro. Luego inició la eucaristía. Su voz era clara, su tono profundo y suave. Todo fluía de manera armoniosa. Como buen jesuita, el papa vivía con serena intensidad los ritos. Se notaba que es un hombre que ha puesto a Cristo en el centro de su vida y que la eucaristía es, para él, un encuentro cumbre en su ejercicio pastoral. Cuando llegó a la homilía, su voz cambió. Del tono calmado y suave pasó a una voz potente y nítida. ¡Cuánta energía de buena mañana! Predicó con convicción y apasionamiento. Afloró en él su volcán interior a la hora de comentar el texto evangélico de Marcos: «Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios» (Marcos 12, 13-17). En tono exigente, recio y penetrante, nos advirtió sobre la hipocresía que abunda en la Iglesia, en las parroquias y en los movimientos. Es un pecado grave, insistió con fuerza, y las actitudes falsas son un veneno que mata. Las palabras salían con rotundidad de su boca. Nos alertaba a no caer en esa actitud tan extendida, con un lenguaje directo, claro y vivencial. Como buen predicador y literato, estructuró muy bien la homilía, comentando cada frase del evangelio. No dejó indiferente a nadie. Su calidez, a la par de su capacidad de penetración moral y psicológica, es impresionante. El papa supo sacudir a fondo nuestra conciencia espiritual, desmenuzando el texto con claridad meridiana y extrayendo consecuencias para nuestras vidas. Diez minutos fueron suficientes para producirnos un vuelco en el corazón, llamándonos a vivir la coherencia evangélica. Fue una delicia escucharle, un regalo aprender de él, oírle directa y personalmente, con ese deje argentino en el habla, que suena como música agradable y simpática, pero no menos profunda y certera.

Sí, estaba emocionado. Concelebrar con el papa era un regalo que me hacía la Providencia. Su voz recia, su presencia corpulenta, ladeándose ligeramente al desplazarse, me hizo intuir el enorme peso que carga a sus espaldas: la Iglesia, con todos sus desafíos y dificultades. El papa sabe que está en la diana, en el centro de la radicalidad evangélica. Durante su predicación sus ojos castaño oscuro brillaban, manifestando una coherencia llevada al límite. Aunque reciba tantas críticas, desde posiciones diversas y contrarias, él se agarra bien fuerte a la cruz de Cristo. Así es como dialoga con todos los gobernantes, políticos y líderes religiosos, tanto los que lo aceptan como los que no, incluso dentro de la misma Iglesia católica. Como decía una amiga, el papa Francisco es un huracán y a la vez es un bálsamo, que a veces nos llama a desinstalarnos de nuestros propios criterios y a vivir y caminar con Cristo hasta el martirio, dando la vida. Él ya está viviendo ese martirio. Hay lenguas furiosas que están manchando su ministerio papal, él sabe que es un precio que tiene que pagar por hacer tambalearse unas estructuras anquilosadas con esa frescura pentecostal que le caracteriza. El papa Francisco es viento que sacude desde adentro las puertas de la Iglesia.

Seguimos con el ofertorio. De nuevo cambió su tono de voz. Fue una misa muy vivida, también por el resto de mis compañeros, que la seguían muy atentos y felices. Litúrgicamente fue una belleza. Todo se hizo tal como dispone el ritual, pero con una naturalidad quizás inesperada. El papa se sale de la rigidez, mira directo a los ojos, habla con una voz normal, no impostada, y utiliza un lenguaje que se escapa de la mera puesta en escena. El papa huye de una imagen hierática y medieval: se sabe pastor de un gran rebaño, servidor del pueblo de Dios, un auténtico pescador de hombres.

El momento decisivo 


La misa duró 35 minutos. Un fragmento de tiempo que quise saborear poco a poco, por la densidad de cada instante. Quizás me hubiese gustado alargar más esos preciosos momentos litúrgicos. Lo bueno siempre sabe a poco, pero no deja de ser bueno. Al acabar, volvió a sonar el piano y salimos en procesión, atravesando el pasillo lateral de la capilla hacia la sacristía. El ambiente era cálido y se respiraba emoción. Después salimos a una sala de recepción donde el Santo Padre nos estaba esperando, con semblante cordial y amable. Fuimos pasando uno a uno para saludarle. Él fue acogiendo y escuchando a cada sacerdote y a algunos matrimonios y laicos.

Cuando me acerqué a él sentí una profunda emoción. Nuestras miradas se cruzaron y nos alargamos la mano. Él la tenía fuerte y me apretó con solidez. Le dije mi nombre, de dónde venía y le expliqué brevemente mi actividad en la parroquia de San Félix. Le regalé mi libro de homilías, La suave y penetrante palabra de Dios. Lo tomó con agrado. También le regalé Mujeres de Dios, escrito por una catequista de mi comunidad. Atento, el Papa me escuchó sin prisa mientras yo le explicaba. Su mirada sola ya me hablaba, y yo disfruté ese momento. Sentía calidez y seriedad en su mirada, acogía mis palabras con delicadeza y observó los libros, fijándose con cierta sorpresa en los títulos. Fueron cinco minutos densísimos en los que mi corazón ardía. Recordé cuando, con 18 años, dije sí a Dios, a mi vocación sacerdotal. Pasados más de cuarenta años, estaba ante el vicario de Cristo en la tierra. Emocionado ante su silencio atento, esos instantes bastaron para reafirmar mi vocación sacerdotal delante de él. Sentí que una gran fuerza interior salía de mi corazón. Estreché las manos de un papa que ama el sacerdocio, la Iglesia, Cristo y María, un papa que está dispuesto a todo por encontrar nuevas maneras de evangelizar en una cultura y una civilización que vive al margen de Dios, un auténtico apóstol. Nos miramos con profundidad y, con esa elegante actitud de escucha y acogida culminó nuestro encuentro con una cálida sonrisa y un apretón de manos.

Estuve ante el papa. Pese al tiempo limitado, durante los minutos que me dedicó no hubo ninguna barrera, todo fue espontaneidad y una cordialidad natural. Lo impresionante fue verle tan humilde, tan cercano. Ni siquiera seguía un protocolo de acogida. Daba una imagen refrescante, próxima y serena. Un papa que se sacude tanta pompa, tanto lastre histórico, tanta estructura que en ciertos momentos esterilizó a la Iglesia alejándola del evangelio. Sentí que el papa tiene muy claro que no se dejará atrapar por el peso de tantas épocas oscuras de la Iglesia, por las barbaridades cometidas en nombre de Dios. Recordé a Juan Pablo II, tumbado en el suelo del Gólgota, pidiendo perdón por los errores milenarios de la Iglesia. El papa ya no recibe desde un trono, como antes del Concilio Vaticano II. Poder acceder a él con toda naturalidad, y que él te escuche, refleja un papa que está recuperando lo genuino de su misión, que es ser pastor de la Iglesia universal, capaz de pararse y escuchar a los párrocos que guían a sus fieles hacia Jesús con todo su esfuerzo.

Todo fue precioso, denso, bello, cálido. Mi débil retina no olvidará nunca ese don que Dios me regaló y que me espolea a seguir siendo un entusiasta y un enamorado de la misión que me ha encomendado: ser imagen de Cristo en medio del mundo.

El encuentro con el papa Francisco ha sido aliento y soplo para seguir siendo fiel a mi sacerdocio. Sigo caminando hacia la plenitud de una vocación en la que el tiempo, la edad y los problemas no restan gozo ni alegría a la primera llamada. Sólo quiero seguir sirviendo al Señor y que él me siga dando la fuerza para mantenerme firme en mi cometido.

domingo, junio 25, 2017

«Me miró y me eligió»

Ha sido un intenso día paseando entre las maravillas de esta ciudad, donde los vestigios arquitectónicos expresan la gloria del esplendor romano. La iniciativa de los emperadores y los papas, su afán de perdurar en la memoria, la creatividad de cientos de artistas y el trabajo silencioso de miles de personas anónimas, a lo largo de los siglos, han hecho de Roma una meca del arte. En cada calle, en cada plaza, el viandante encuentra algún edificio, una escultura, una iglesia o un rincón evocador de esa huella del pasado que permea la ciudad hasta el día de hoy. No en vano Roma fue la capital del mundo mediterráneo, centro de un imperio que abarcó parte de tres continentes, Europa, Asia y África. Si la gloria de los emperadores se esfumó, otros logros han sobrevivido: la impronta de la arquitectura y el urbanismo, el derecho romano, el lenguaje que hablamos y, finalmente, la filosofía y la propia expansión del cristianismo. Nuestra cultura occidental es hija de esta Roma que, hace dos mil años, era quizás la ciudad más grande del mundo. Viajar a Roma es viajar a la historia del ingenio y la creatividad humana, primero en su lucha por expandir su territorio y, luego, como sede de la Iglesia, en su afán por expandir la cristiandad.

Roma, hoy, sigue siendo cosmopolita y animada. El turismo afluye durante todo el año, la ciudad bulle. Como me dijo un taxista, en Roma, si alguien tiene ganas de trabajar, siempre encuentra qué hacer. En los barrios históricos y céntricos se respira arte por doquier. Hay belleza en las iglesias, fuentes, palacios y plazas. Pero también en las pequeñas trattorias o restaurantes, con sus mesitas en la calle, bajo parasoles y pérgolas cubiertas de hiedra, decoradas con sumo gusto. Pasear por Roma es una constante llamada de atención a los sentidos, y muy en especial el sentido de la vista.

Ya en el hotel, cuando por fin puedo descansar, cierro los ojos y voy asimilando todas estas imágenes que pueblan mi mente. La plaza del Vaticano, el Castel Sant‘ Angelo, los puentes sobre el Tíber, la plaza Navona, con sus fuentes y sus palacios, el Panteón… Reflexiono, rezo y ofrezco a Dios el regalo de este día. Tras pasear por esta ciudad que, dicen, cuenta con más de tres mil iglesias, entre tanta gente y con tantas impresiones, agradezco la soledad apacible de mi habitación. Necesito estar a solas y prepararme espiritualmente para el propósito de mi visita: el encuentro con el papa Francisco.

Doy gracias a Dios porque así lo ha querido. Gracias al papa, por haber dicho que sí a recibirme. Gracias a la comunidad de FASTA, en especial a su fundador, el padre Fosbery, que ha facilitado todos los trámites para que se pudiera culminar mi deseo de encontrarme con el Papa con motivo de mi 30º aniversario de ordenación. Gracias a mi comunidad parroquial de San Félix, que me acompaña con el corazón y reza por este encuentro.

Esta noche, una profunda emoción embarga mi corazón. No sólo estoy conmovido ante el encuentro con el papa en sí, por ser quien es y por el lugar que ocupa, sino porque conozco su trayectoria como arzobispo de Buenos Aires. Sé de su talante abierto y social. Sé que, más allá de su cargo, por su perfil y su origen, como jesuita, es un hombre valiente. Reconoce sus defectos y, pese a las controversias que pueda generar en algunos sectores, se atreve a tratar temas que están en la frontera de lo moral, lo social y lo cultural, así como cuestiones bíblicas y teológicas. Expresa su sensibilidad espiritual con transparencia, tal como se definió a sí mismo en la famosa entrevista publicada en la revista Civiltà: como un pecador. El papa Francisco me acerca a aquel primer papa apasionado y temperamental, capaz de sacar la espada y luego negar a Cristo, capaz de llorar amargamente arrepentido, con profundo dolor. Aquel pescador de Galilea que ante Jesús exclamó: ¡Apártate de mí, que soy un pecador! Esta imagen tan vulnerable de Pedro me fascina. Jesús lo elige a él para ponerlo a la cabeza de su Iglesia: una persona sencilla y frágil. Esta es la forma de hacer de Dios. Los proyectos de Dios están sostenidos sobre la fragilidad humana, convirtiendo a las personas en expresiones sólidas de su amor. Esta noche pensaba en su escudo papal, en su lema: Miserando atque eligendo («Me miró con compasión y me eligió»). ¡Qué imagen tan cercana! Cuántas veces Jesús nos mira y nos llama…

Con ese lema, el papa está renunciando a la idolatría y al poder que le da su cargo. Ante su elección como papa, hace tres años, debía sentir un profundo vértigo. Siendo como es, debía costarle aceptar el papado. Eso significa estar en la cumbre de la cristiandad, representando a toda la Iglesia católica. Cuánto peso sobre unos hombros ya ancianos. ¡Cuánto abandono y humildad para dejar todos los planes que tuviera y aceptar este otro, grande e inesperado, plan de Dios!

Francisco inició su papado rezando con el pueblo y pidiendo su bendición. Si este papa, tan humano, está en el vértice de la divinidad, representando a Cristo, también es humana la Iglesia que representa la trascendencia. El papa es el Cristo en la tierra pese a su limitación como persona.

Cierro los ojos y me dispongo a dormir. Esperando, con emoción contenida, el abrazo con el papa. Todo está en silencio y la noche es apacible. Las calles duermen en este barrio tranquilo donde me alojo. Los jazmines exhalan su aroma y la luna va ascendiendo por el cielo, casi llena. Roma descansa, en espera de otro luminoso y nuevo día.

domingo, junio 18, 2017

Vuelo hacia Roma

Me dirijo al aeropuerto a las 4 de la mañana. De madrugada, todavía de noche, el fresco se ha intensificado. Caen unas gotas de lluvia, como una bendición refrescante del cielo aún oscuro. La ciudad duerme. Todo es silencio.

Me dispongo a saborear el regalo de este viaje. Quería celebrar mi 30º aniversario de ordenación con el Papa Francisco y todo se ha ido cumpliendo con extrema suavidad. Deseo compartir el regalo de mi sacerdocio con aquel que representa la máxima unidad y comunión en el sacerdocio de Cristo. Deseo este encuentro con toda mi alma. Saludar y estrechar las manos de Pedro, aunque sólo sea por un corto tiempo, despierta en mí una enorme gratitud. Bastarán unos instantes para llenarme de la fuerza del pontífice.

El testimonio entusiasta del papa, que ha sabido abrirse al soplo del Espíritu de tal manera, me ha hecho consciente de la importancia de su primado en el contexto histórico y eclesial que estamos viviendo. El papa Francisco está provocando un cambio en la percepción del papado, así como en las estructuras internas de la Iglesia, no sin sufrimientos ni críticas. Si Cristo fue libre respecto a la religiosidad judía, llevando la ley a su plenitud, el papa Francisco, con este viraje del Espíritu, quiere ir más allá del propio concepto de religiosidad e ir a los orígenes, donde todo empezó, a esa Galilea pobre y humilde que Jesús recorrió para anunciar la buena nueva. El reto es apasionante y con el paso del tiempo la Iglesia, como estructura humana, se ha ido anquilosando y ahora necesita de una plasticidad mística. La tradición es importante, por supuesto, pero no hay que encadenarse a ella. El papa es un ciclón: replantea cuestiones vitales que a muchos les harán tambalearse. Está tocando temas límite en muchos aspectos de la moral y la pastoral que la propia Iglesia debería ir asimilando. Hará falta una mayor generosidad y apertura de corazón para no poner barreras a la frescura de unos planteos que requerirán de toda humildad y valentía, como mínimo reflexionar más allá de las ideologías, incluidas las religiosas.

El papa quiere separar la ideología de la fe, y que la Iglesia esté por encima de movimientos y sensibilidades, porque Jesús no es una ideología expuesta a ser manipulada por ciertos líderes; Jesús es una persona con la que se da un encuentro de tú a tú, libre de todo prejuicio. Sólo así caminaremos hacia la santidad. El papa tiene la gran osadía de no reducir ni un ápice la libertad que se le ha concedido por su ministerio petrino. Su tarea es ardua pero apasionante. El Espíritu Santo sopló para traernos un papa desde la Patagonia, un papa que no tiene miedo y que es consciente de que parte de los verdugos de su martirio serán gente de adentro. Pero lo vive con una serenidad inquebrantable, como guerrero de Cristo, un jesuita que llegará hasta el límite para evangelizar. Sabemos que hay una larga historia de mártires jesuitas que no han tenido miedo a dar la vida por Cristo. Como decía san Ignacio de Loyola, Cristo es el centro de la vida.

Todo esto voy pensando mientras el conductor del taxi me lleva hasta el aeropuerto. Cuando llegamos todo es ágil. Después de presentar mi billete en el mostrador de la compañía, me dirijo hacia la puerta de embarque con mi pequeña maleta de mano. Camino por un largo pasillo iluminado por los letreros y los escaparates de las tiendas. Los viajeros van y vienen, ¡un aeropuerto nunca duerme! Después de hacer una larga cola, paso por el corredor que me lleva hasta el avión con rumbo a Roma. Son las 5.30 de la mañana y empieza a clarear, tímidamente porque el cielo está cubierto de nubes. Ocupo mi asiento y poco después el avión comienza a tomar velocidad por la pista, hasta que, en medio de su estrepitosa carrera, levanta el vuelo. Desde la ventanilla contemplo la pista de despegue con sus luces parpadeantes. Poco a poco estoy sobrevolando la costa, atrás queda Barcelona y su puerto, iluminado.

Se hace de día y el avión endereza su rumbo. Ahora vuelo sobre un mar de nubes algodonosas. Desde arriba todo es bello. Pienso que el hombre, gracias a su inteligencia, ha logrado conquistar el aire y volaría hacia el infinito, si pudiera, para alcanzar nuevas metas, adquirir nuevos conocimientos y experiencias, siempre más allá de sí mismo. En lo espiritual, si nos dejásemos llevar, no sólo por nuestra inteligencia, sino por el soplo del Espíritu, surcaríamos los misterios del cosmos y nos adentraríamos en el misterio de los misterios, Dios. Sin avión, sin tecnología, sin conocimientos científicos, basta dejarse penetrar por ese misterio tan hondo que permea toda la realidad. Tan sólo un gramo de Espíritu Santo te lleva a la plenitud humana y no importa quién seas ni lo que hagas: si escuchas el rumor suave del Espíritu en tu corazón volarás más alto de lo que jamás podrías imaginar.

Llego a Roma a las 8 de la mañana. El trayecto ha sido apacible, salvo por alguna sacudida provocada por las rachas de aire. En Roma es de día y hace un tiempo luminoso y cálido. El sol baña la Ciudad Eterna, que ya hace horas que ha despertado y bulle animadamente. El taxista que me recoge para llevarme al hotel se muestra muy exquisito, y me pide disculpas por el denso tráfico que nos retiene en la autovía. Tardo casi más tiempo en llegar a mi alojamiento que lo que ha durado mi vuelo desde Barcelona. Cuando por fin llegamos a Roma, miro por la ventanilla y reconozco algunos lugares. La cúpula de San Pedro, el Castel Sant Angelo, las largas rondas a lo largo del río Tíber…  Llegamos al hotel, que está en un barrio residencial y tranquilo, lejos del bullicio del centro de Roma.  Por todas partes veo flores: las terrazas están cubiertas de hiedras, madreselvas y jazmines. En cada esquina, entre los bloques de pisos, crecen magnolios, abetos y otros árboles frondosos. Las buganvillas llenan de color los muros y las calles huelen a jazmín. Allí piso suelo romano y doy gracias a Dios. Me dispongo a vivir mi primera larga e intensa jornada, preparando mi encuentro con el papa, que será al día siguiente.

domingo, junio 11, 2017

La noche antes, fiesta de Pentecostés

Esta semana empiezo una serie de escritos para explicar mi experiencia en Roma, con el papa Francisco. El día 6 de junio pude concelebrar en Santa Marta, en una misa presidida por el santo padre y un grupo de sacerdotes y fieles. Este es el primer capítulo, antes de iniciar el viaje.

La noche antes, al atardecer, un azul intenso colorea la bóveda del cielo y una brisa suave corre por el patio. La morera agita sus hojas como el vaivén de un abanico. La placidez del entorno me hace sentir un profundo bienestar. Hoy hemos celebrado la festividad de Pentecostés, ese regalo que Jesús dio a sus discípulos, animándolos a ir por todo el mundo anunciando la buena nueva a toda criatura. En el atardecer de ese día una fuerza de lo alto irrumpió en las vidas de aquellos hombres, cambiándolos totalmente. De ser miedosos y pusilánimes se convirtieron en auténticos testigos de una experiencia que los envolvió; el fuego del Espíritu los catapultó al mundo para bautizar y hacer discípulos de Jesús, tal como él se lo encomendó.

Horas antes de mi viaje, el Espíritu, como en el Génesis, aletea por el jardín recreando mi vida sacerdotal, dándole amplitud, haciéndola más ancha y profunda. El Espíritu no sólo aletea como suave brisa. También penetra dentro de mí, dando una impronta de tenacidad e intrepidez a mi vida que sólo puede venir como un regalo transmitido por las manos que me impusieron el orden sacerdotal, el día de mi ordenación. Un vigor y un gozo que no se marchitan porque ese don constantemente nos está haciendo nuevos.

La noche es fresca y me apetece seguir reflexionando en esta oportunidad que Dios me ha brindado: poder viajar a Roma para saludar, concelebrar la misa y estar un rato con el papa Francisco, el sucesor de Pedro, roca firme y sólida, cabeza y unidad de todos aquellos que abrazamos la fe en Cristo.

Esta noche me embarga una emoción serena. Siento un hondo deseo de mirar a los ojos al papa, el pescador de nuestro tiempo, que afronta los enormes desafíos de nuestra sociedad. Pero, sobre todo, hace frente a los retos más acuciantes dentro de la Iglesia: regenerar la curia y el papado, alentar la misión de los sacerdotes, trabajar el ecumenismo y la aproximación con las otras religiones, el medio ambiente, la familia, el diálogo con el mundo intelectual y ateo y otros temas apasionantes que piden un nuevo rumbo y enfoque, y una posición de la Iglesia más encarnada pastoralmente. Los fundamentos de la doctrina ya los dejó muy bien asentados el papa emérito Benedicto XVI.

Juan Pablo II fue el misionero. Ningún papa ha viajado tanto y tan lejos, hasta los confines de la tierra. Benedicto XVI fue el teólogo: se ocupó de presentar el corpus doctrinal de una forma diáfana y accesible, convirtiéndose en un padre de la Iglesia, como san Agustín o san Ambrosio. Por su penetración intelectual y espiritual se puede considerar un maestro en la patrística, que ha contribuido a la definición y esclarecimiento de las verdades de la fe.

Este papa, Francisco, tiene un estilo más pastoral. Profundo conocedor de la psicología humana, no sólo da una imagen más cercana, sino que sabe tocar el corazón de muchos en la corta distancia, interpelando en lo más hondo. En sus discursos, homilías y encíclicas habla con libertad y audacia, sacando temas cruciales para el hombre de hoy. Su discurso valiente hace tambalearse las propias estructuras eclesiales. Pero a la vez, con una naturalidad aplastante que enamora a la gente sencilla, tanto como a los intelectuales. La sinceridad y la normalidad de su lenguaje no dejan indiferente a nadie.

Esta noche doy gracias a Dios porque así lo ha querido: hacerme interlocutor del papa y dejarme empapar de todo aquello que salga de su palabra y de su mirada, de su rostro, todo aquello que significa para la Iglesia. Quiero recibir la sabiduría de su corazón, el tesoro de un papa que se siente más pescador que emperador, más amigo de los curas y de los laicos que una autoridad que somete; más una presencia cálida y cercana que una figura distante y hierática; un pastor de almas y no un colonizador de ideas; en definitiva, un Cristo en la tierra y no un personaje religioso-político inaccesible a los demás.

La brisa sigue acariciando con dulzura las ramas de la morera, que susurran bajo su soplo refrescante. El cielo ya está completamente oscuro y unas estrellas parpadean con intensa luz, tiñendo la noche de claridad. Pienso que nunca estamos totalmente a oscuras, siempre hay una pequeña estrella que danza en nuestro corazón. De tanto en tanto van pasando aviones. Su diminuta luz roja indica un destino, cientos de personas que viajan hacia no sé qué lugar. Un viaje siempre es conocimiento, apertura, aprendizaje. Un viaje es encuentro, ocio, amistad. En definitiva, crecimiento interior.

Mañana yo estaré volando, también. Surcaré la inmensidad del cielo rumbo a la Ciudad Eterna para abrazar al papa. Más allá de un rumbo geográfico, viajaré hacia el Everest de la cristiandad, al corazón mismo de la Iglesia, que es más que el Vaticano; es un hombre en misión, cuyo misterioso vértice es Cristo, y él es su imagen humana, encarnada. 

domingo, mayo 07, 2017

Los últimos bancos

A lo largo de mi ministerio sacerdotal nunca me han dejado de preocupar los feligreses que asisten a las celebraciones desde los últimos bancos del templo. Se entendería si la iglesia se llenara y los últimos que llegan se pusieran en la última fila porque no hay otro espacio. Pero cuántas veces el templo no está lleno y se ven grandes zonas vacías, incluso en los primeros bancos. En verano, cuando mucha gente se va de vacaciones, los huecos se ven incluso los sábados y los domingos. Da una impresión extraña y desoladora: cada persona se convierte en un pequeño núcleo aislado, todos separados unos de otros. Esta realidad me causa una cierta tristeza.

Me pregunto qué está ocurriendo en el corazón de estas personas. Y me planteo si realmente entienden el sentido profundo de la eucaristía, que esencialmente es comunión entre hermanos que celebramos la fe en el Señor resucitado. En algún momento he interpelado a la feligresía sobre esta cuestión, urgiendo a las personas a agruparse en los primeros bancos, y veo que les cuesta responder.
Lo comento con otros compañeros sacerdotes y me dicen que en sus parroquias sucede lo mismo. La distancia entre el presbítero y los feligreses de la última fila no es la única razón de mi preocupación: me preocupa la distancia entre su corazón y el gozo de la eucaristía, es decir, la distancia entre ellos y el corazón de Jesús.

¿Qué ocurre dentro de estas personas? No quisiera molestar a nadie con estas reflexiones; quisiera comprender su actitud. Puede deberse, quizás, a una falsa modestia, a una humildad mal entendida, de pensar que no merecen estar cerca del sagrario. O puede ser por un hábito rutinario, porque siempre se han sentado en ese lugar. O quizás se sientan ahí para salir deprisa cuando la misa acaba. Quizás conciben la misa como un deber importante que hay que cumplir como sea, independientemente de la gente que los rodea. O simplemente no les apetece hablar con los demás porque los demás son extraños, ajenos a su realidad. Tal vez algunos entienden la eucaristía como un rito donde sólo importa la asistencia, sin que esto suponga un cambio en su vida. O simplemente asisten por inercia, y han caído en una dejadez que les impide participar activamente en la celebración.

Ahora bien, me pregunto: en una fiesta de cumpleaños, o cuando celebramos cualquier evento familiar, en Navidad, en Pascua, ¿verdad que la familia se reúne alrededor de la mesa? Resultaría muy extraño que cada cual se sentara donde quisiera: uno a la puerta, otro en el pasillo, otros en una esquina, o en el sofá, todos dispersos por el comedor y la casa. No parecería una fiesta si no se reunieran alrededor de la mesa, junto al que convoca. El que invita se sentiría preocupado y triste al ver sillas vacías a su lado, y eso revelaría, sin duda, problemas graves entre los miembros de la familia. ¿Dónde está la alegría del encuentro, si todos no se juntan en un mismo lugar?

Lo mismo sucede en la parroquia. ¿Qué es la eucaristía? ¿Quién nos convoca? No somos una masa de feligreses ante un cura… ¡Somos una familia! Y nos convoca el mismo Cristo. ¿Lo creemos de verdad?

Cuanto más huecos haya, más diluida estará la comunidad. Y una comunidad diluida se acabará desintegrando y muriendo; no dará fruto. Al contrario, cuantos menos espacios vacíos, más unión, más afecto y más interrelación habrá. Y esto significa que la comunidad está viva y comprometida.
Es importante que todos entendamos que nuestra fe no se vive en solitario, sino como parte de una experiencia comunitaria. Somos miembros activos de la Iglesia, una familia mucho más amplia que nuestra pequeña parroquia. Estamos unidos por una misión, que es evangelizar y dar testimonio de nuestra experiencia cristiana al mundo. Si esta experiencia no existe, no podremos transmitir la buena nueva a nadie. No seríamos coherentes.

Ante los bancos desiertos, sacerdotes y feligreses tenemos un gran desafío.

domingo, abril 16, 2017

Ni una sola sonrisa


Ayer noche, después de una intensa celebración litúrgica, la Vigilia Pascual, quise cenar y ver algún canal televisivo religioso con el deseo de seguir profundizando en el acontecimiento de la resurrección.

Estuve viendo la retransmisión de la Vigilia Pascual desde la catedral de una diócesis española. La puesta en escena era impresionante. Las flores, la decoración, la música, todo estaba contemplado, detalle a detalle. Los contenidos teológicos eran preciosos, profundos, catequéticos. Desde un punto de vista doctrinal, extraordinarios. La música era de una belleza envolvente. La liturgia seguía a rajatabla las rúbricas del canon. Todo era perfecto, todo cuadraba en el marco imponente de la catedral. Pero de pronto sentí que en aquella escenografía faltaba algo.

En toda la celebración no vi una sola sonrisa.

Todos, desde el obispo que presidía, pasando por los sacerdotes, los diáconos, los acólitos y lectores, hasta los mismos feligreses, mostraban rostros y expresiones severos y rígidos. Entiendo que esta celebración hay que vivirla con gran solemnidad y que es importante guardar las formas. Pero no es lo mismo un talante solemne que una actitud adusta. Todos parecían columnas, frías y hieráticas como los pilares de la catedral. Incluso los niños estaban serios.

Estamos celebrando el gran acontecimiento que marca la vida de la Iglesia y de los cristianos, un misterio ante el que hay que mostrar toda la devoción y el respeto, pero esto no está reñido con la alegría. Al contrario: ante la extraordinaria noticia de la resurrección, el corazón de cada fiel debería llenarse de un júbilo rebosante. Y este alborozo debería aflorar en los rostros, en las miradas, en el timbre de voz y en los gestos. Dentro de una liturgia bella y cuidada, también hay lugar para la calidez y la sonrisa.

Estamos celebrando la Vida con mayúscula. Como decía San Pablo, con Cristo hemos muerto, con Cristo hemos resucitado y por tanto tenemos motivos para vivir alegres. La liturgia no puede reducirse a un marco ceremonial tan estricto que convierta la celebración en un rito más. El perfeccionismo litúrgico no puede encorsetar ni ahogar lo que es propio de esta vigilia pascual, la alegría desbordante de la resurrección. Las formas no pueden asfixiar el espíritu. Es tan importante lo que decimos como la manera en que lo decimos: nuestra pose, nuestros gestos y nuestra mirada delatan cómo estamos viviendo el sentido de esta fiesta. Es la fiesta de todas las fiestas, la liturgia reina de todas las liturgias, porque anuncia la noticia de todas las noticias. Pero si sólo nos quedamos en la estructura ritual y en la corrección formal corremos el riesgo de perder lo nuclear de esta fiesta de hoy. ¿Cómo vivimos interiormente la eucaristía pascual?

El afán por una liturgia impecable no puede quitar la alegría a los cristianos. La liturgia y los que presiden y asisten deben estar en sintonía con lo que se celebra. Los gestos son tan importantes como lo que se dice. Si de la muerte hemos pasado a la vida, no podemos poner cara de funeral, como dice el Papa Francisco. El obispo, los curas y los fieles todos hemos de ser cristianos pascuales. Y esto quiere decir desprender alegría por todos los poros.

¿Qué ocurría en esta eucaristía, que los celebrantes fueron incapaces de dirigir como mínimo una sonrisa al pueblo de Dios reunido con ellos?

Ojalá, en esta Pascua, Cristo resucitado nos llene de una auténtica y profunda alegría.

domingo, marzo 12, 2017

Historia de un sí

Hace 30 años que me ordené sacerdote. Preparando el aniversario de mi ordenación, no puedo dejar de evocar la historia de mi vida. Una historia que comenzó a escribirse mucho antes de que yo naciera. Una historia cuyo guionista (Dios) ha convertido en el relato apasionante de una llamada y una respuesta. La historia de un sí.

O quizás debería decir, de dos síes. Es fácil hablar del sí de un joven inquieto que responde a una vocación. Pero antes que mi sí, pequeño y lleno de fragilidades, hubo otro sí, inmenso, incondicional, desbordante e inquebrantable. El sí que Dios me dijo a mí.

La historia de toda vocación ―al sacerdocio, a la vida religiosa, al matrimonio, a cualquier compromiso de vida― entraña un descubrimiento y una creciente amistad con Dios. Suele ser un camino lleno de giros y sorpresas, de horas alegres y horas de cruz, pero siempre iluminado por una presencia amorosa que jamás abandona y que nos sostiene en las horas de noche oscura.

Por otra parte, una vocación no puede entenderse si no es desde la libertad. Creo que cada uno de nosotros es forjador de su propia historia. Creer que todo está predeterminado es un error. Muchas veces caemos en el fatalismo por falta de valentía. Pero el destino no está en manos del azar. Todos somos responsables de la construcción de nuestro mañana. En cada acto de libertad nos estamos jugando el futuro.

También creo que el ser humano es más que inteligencia y sentimientos, más que un pasado histórico o un efímero presente. Las ciencias no agotan el misterio de cada persona. Más allá de nuestra genética y de nuestros condicionantes sociales y familiares, cada ser humano es único, irrepetible y con una enorme capacidad para afrontar la vida y sus desafíos.

Detrás de toda vocación hay una doble historia: la de un ser humano inquieto que busca el sentido de su vida y la de un Dios enamorado que lo llama a hacer realidad un sueño. La invitación siempre se nos ofrece. Decir sí es un acto de suprema libertad.

Nos envuelve un sutil misterio. Pequeños y limitados como somos por naturaleza, a la vez somos grandes en aspiraciones, creatividad y audacia. La historia de Dios con el hombre abarca todas nuestras paradojas y contradicciones. Él no busca grandes personajes con grandes talentos. Busca almas que se dejen conquistar. Ni siquiera le importa que seamos perfectamente sanos y equilibrados. Eso está en su mano. Lo único que hemos de hacer es dejarnos llevar por su llamada, un susurro que nos invita.

Dios no nos modela como una escultura, más bien nos llama a florecer desde nuestra propia identidad. No nos esculpe a martillazos, nos riega para que crezcamos y seamos capaces de hacer brotar la semilla de esa alma genuina que él insufló en nosotros cuando fuimos concebidos.

Llegar a los 30 años de sacerdocio ha sido un regalo. Como dijo el Papa Benedicto en su investidura, Dios no quita nada, lo da todo. Puedo decir con toda serenidad, después de 30 años, que he descubierto ese amor derrochón de Dios, que se obstina en hacer felices a sus hijos. En mi caso, con mi vocación al sacerdocio, me ha dado lo mejor que yo podía recibir. Y sé que todavía me depara sorpresas en los años venideros. Cuando uno se deja llevar por el soplo del Espíritu sabe de cierto que se encamina hacia la cumbre de su existencia.