domingo, julio 08, 2018

25 años de fidelidad


El P. Juan Barrio, hace 25 años y en la actualidad.

Hoy he tenido la alegría de concelebrar en la fiesta de aniversario sacerdotal del padre Juan Barrio, con motivo de sus bodas de plata. Él fue mi predecesor en la parroquia de San Félix Africano, ocho años atrás. Desde entonces hemos mantenido una gran amistad. En un momento clave en que yo sufría un problema ocular, estuvo siempre ahí, acompañándome y sustituyéndome en las celebraciones. Doy gracias a Dios de tener por amigo a este sacerdote fiel, atento y servicial.

Hace unos días vino a comunicarme, personalmente y con enorme ilusión, la invitación a su aniversario. Y hoy he podido participar en la celebración de sus bodas de plata sacerdotales, acompañado por el vicario general Joan Galtés, el vicario episcopal Jesús Sanz y concelebrada con seis sacerdotes. La celebración ha tenido lugar en el santuario de San José de la Montaña, al cuidado de las religiosas Madres de Desamparados. Ha sido una liturgia sencilla, pero muy festiva y participativa, con un gran número de feligreses tanto de esa comunidad como de otras parroquias donde el padre Juan ha ejercido su trabajo pastoral. La música era hermosa y fluía en el entorno cálido del santuario modernista, a los pies de la imagen de San José, patrón de los sacerdotes.

Juan estaba sereno, lúcido y con una emoción contenida. Se le veía la paz reflejada en el rostro, y también la alegría. El vicario general, en un tono claro y pedagógico, ha predicado comentando el evangelio de Jesús como buen pastor, que es la esencia del sacerdote: el pastor que cuida de sus ovejas y es fiel a su misión, arriesgándolo todo. Ha terminado su homilía con una triple consideración, dirigida al padre Juan: una alusión al pasado, a su fidelidad durante la vocación y en el paso por tantas parroquias y comunidades, motivo de acción de gracias; una al presente, con su entrega servicial, y una al futuro, como realidad llena de esperanza.

En el altar, Juan ha culminado la celebración con profunda unción. Era hermoso ver a este hombre entregado, alegre por servir a su comunidad.

En su intervención final, el padre Juan ha tenido palabras de gratitud para todas las personas que lo han acompañado en su sacerdocio desde los inicios. Él es de Soria y su formación sacerdotal, así como su ordenación, fue en la diócesis de Orihuela, Alicante. Ha recordado con sencillez y emoción el día de su ordenación, hace 25 años, como un momento en el que todo le parecía un sueño. Ha tenido palabras cálidas para sus formadores del seminario y el obispo que le ordenó, para sus padres y familiares, para las comunidades por las que ha pasado y los diferentes grupos con los que se relaciona, incluyendo los visitadores de enfermos y los pacientes del Hospital del Mar, a quienes atiende espiritualmente. Ha agradecido a los presentes su compañía, y ha tenido un especial recuerdo por los que «están en la casa del Padre», deseando que de algún modo también participaran de este encuentro.

La Iglesia, una familia muy diversa


En el marco de esta celebración he podido darme cuenta de que hay una realidad en la Iglesia que está basada en los vínculos de amistad y en la riqueza del origen del celebrante. Se percibía frescura, alegría, gratitud y hermandad. Era un encuentro de nueve sacerdotes unidos por la amistad, sencillamente, sin hipotecas territoriales ni ideológicas.

En la diócesis hay este riesgo: que las diferentes sensibilidades, ya sean de tipo cultural, político o ideológico, nos distancien. Existe el riesgo, también, de secuestrar la idea de Iglesia y reducirla a una estructura funcional, y no una realidad viva y humana. Quien no encaje en este modelo de Iglesia puede quedar desplazado.

La Iglesia tiene que inculturarse, pero no blindarse en estructuras de pensamiento endogámico. Evangelizar no significa dejarse atrapar por las culturas mundanas, como dice el papa Francisco, sino trascender los modelos culturales para llegar a ser universal. Aunque nos encarnemos en una diócesis con sus peculiaridades, los sacerdotes al servicio de la Iglesia universal han de ir más allá de la idea de un país, una lengua y una cultura. Cada persona es patria y tierra donde evangelizar.

Sólo así evitaremos caer en la ideologización de la pastoral. La lengua y la identidad son un medio y no una barrera que pueda fragmentar la labor evangelizadora. Hoy, en esta misa, he visto que la realidad de la Iglesia rebasa las fronteras. He visto alegría, sencillez, amistad, fiesta. Nueve curas, todos muy diferentes, acompañando al celebrante, formaban una bella imagen de esta Iglesia diversa, esta Iglesia-familia que Dios quiere.

Tenacidad y sencillez


Mientras hablaba, pensaba que la generosidad del padre Juan lo ha llevado a una entrega intensa: entre el mar, en el hospital, y la montaña, en el santuario, ocupándose de los enfermos y de la comunidad de religiosas, así como de los feligreses devotos de San José que lo frecuentan. Además del culto litúrgico y la atención pastoral exquisita, Juan atiende a su familia.

Le pido a Dios que siga así, con esa tenacidad apostólica y esa sencillez que siempre ha mantenido. Que siga vivo su amor por Cristo y el sacerdocio y, cómo no, que Dios le ayude a mantener esa lozanía espiritual que es su gran arma evangelizadora. Espero, algún día, acompañarle en sus bodas de oro, en su plenitud sacerdotal.

Barcelona, 7 de julio de 2018

A continuación, reproduzco las palabras que el P. Juan dirigió a todos los asistentes

¡Gracias a tantos!


Quiero comenzar agradeciendo de todo corazón vuestra presencia en esta misa de acción de gracias por mis 25 años de sacerdote. Agradezco a los dos vicarios episcopales, mosén Jesús Sanz y mosén Joan Galtés; a mis hermanos sacerdotes, a Inocente, primo hermano de mi padre, sacerdote de Getafe…; a mi familia, hermano y sobrinos; a las Madres de los Desamparados de San José de la Montaña, a la Asociación de San José y a la multitud de amigos que frecuentáis este santuario; a los feligreses de la parroquia de San Félix, en la que estuve once años; a los feligreses de la Medalla Miraculosa, donde he estado dos veces, una como vicario recién llegado de Alicante y otra como adscrito dos años; a los feligress de las parroquias de San Paulino y de Santa Juliana y Semproniana, parroquias del barrio donde me crié y actualmente resido; a mis amigos del Hospital, visitadoras de enfermos, trabajadores y enfermos que habéis venido hoy con mucha alegría para mí. Y gracias a todos los demás amigos que, de un modo u otro, nos hemos conocido y querido.

Los que están desde el cielo


También quiero guardar un recuerdo y un agradecimiento especial a los que hace 25 años estuvieron en mi ordenación y ahora están en la casa del Padre, entre ellos mi madre (mi padre ya no estuvo en mi ordenación, había fallecido un año antes), una de mis tías, los dos rectores del seminario de Orihuela y Alicante, algunos profesores del seminario, mi párroco Emilio Pons y tantos amigos que me ayudaron y me quisieron mucho, que Dios os pague todo lo que hicisteis por mí y confío que desde el cielo estéis viendo esta celebración.

Un día inolvidable


Siento una profunda alegría en este día tan grande para mí. Hace 25 años recibí de las manos del obispo Francisco Alvarez Martínez, entonces obispo de Orihuela, Alicante, el sacramento del orden sacerdotal. A este obispo al poco tiempo le trasladaron y lo nombraron arzobispo de Toledo y hoy, con 93 años, está muy limitado por su enfermedad de Alzhéimer.

El día de mi ordenación fue un día inolvidable, no me lo podía creer, parecía que estaba soñando. Fue un gran regalo del Señor, sin méritos propios. El Señor me eligió a mí para hacerle presente allí donde él quisiera, para que, pese a mis pecados y limitaciones, fuese su instrumento de salvación y de amor. Después de 25 años la verdad es que soy muy feliz siendo sacerdote. Es cierto que hay momentos de cansancio, de sufrimiento, de muchas dificultades, pero la verdad es que Jesús nunca me ha fallado. Él me ha abierto siempre caminos nuevos. Él, como buen pastor, siempre me ha protegido y librado de grandes peligros y me ha dado fuerza y alegría para seguir adelante. Por eso hoy, después de 25 años de sacerdote, quiero darle gracias por este gran regalo que me hizo y os invito a vosotros a que deis gracias conmigo y, sobre todo, que pidáis al Señor que nunca me separe de él y que pueda serle fiel toda mi vida.

Gracias a todos por acompañarme en este día tan grande para mí.

P. Juan Barrio Puente
7 de julio de 2018
Barcelona, santuario de San José de la Montaña


La misa fue concelebrada con nueve sacerdotes. Además del celebrante, P. Juan Barrio, estuvieron: Mn. Joan Galtés, Mn. Jesús Sanz, P. Gabriel (dominico), P. Inocente (primo del P. Juan), Pedro Muñoz (asistente en algunas misas en el santuario de San José), Rafael (amigo del seminario), Juan (amigo sacerdote) y Joaquín Iglesias, actual párroco de San Félix Africano.

sábado, junio 30, 2018

Danzando ante la custodia


Siempre que voy a Balaguer, en la comarca de la Noguera, acostumbro a visitar el santuario del Santo Cristo, en la parte alta de la ciudad. Junto a la iglesia hay un monasterio de religiosas clarisas que cuidan del templo.

En mi visita habitual, esta vez era domingo, festividad de san Juan Bautista. Eran las once y media de la mañana y la misa había terminado. Algunos fieles quedaban en los bancos, rezando, bajo la imagen del Santo Cristo, que preside el presbiterio. Este domingo, después de la misa, dejaron sobre el altar una custodia con el Santísimo expuesto. Alrededor del altar, en pie y formando un círculo, había seis monjas contemplando el Santo Sacramento.

Poco después, sonó una música de antiguos ritmos hebreos y las religiosas iniciaron una danza ante la custodia. Quedé admirado. ¡Era tan bello el cuadro! La finura de sus movimientos y su delicada actitud de oración me emocionaron. Estaban adorando a Dios con su cuerpo. Arte, belleza y adoración se combinaban en armonía. Miré sus rostros sonrientes mientras danzaban con unción y exquisita elegancia. Era un paisaje de cielo.

Y pensé que a Dios no sólo se le puede rezar con los labios, recitando oraciones, ni con la mente, en silencio. Aquella adoración eucarística no sólo no desmerecía en nada de las otras, sino que me ayudó a entrar más hondamente en el misterio. Con sencillez, dejando que el cuerpo también entrase a formar parte de la oración, aquellas monjas desprendían unción y respeto. Jamás había visto un acto de adoración tan lleno de delicadeza espiritual, en un lenguaje que llega al corazón.

Que unas religiosas de clausura se abran a nuevas formas de adoración me parece profético. A veces el culto adopta una excesiva rigidez y se vuelve tan frío que nos puede alejar del latido de amor que llena al Cristo eucarístico. Nos da miedo explorar nuevas formas de rezar, quizás por temor al qué dirán. Muchos conciben los rituales sagrados como algo mayestático y solemne, y cualquier expresión que se salga de la costumbre puede parecer irreverente o incluso frívola.

Corremos el riesgo de vivir una relación con Dios demasiado ritualizada, pero sin alma, sin emoción, sin vibración. Todo es blanco y negro, sin volumen, como las estampas, sin conexión real con la vida, porque hemos convertido ciertos ritos litúrgicos en un culto repetitivo. Y esto nos hace caer en el hastío celebrativo. Se leen los textos de siempre y siempre se hace lo mismo; hasta los sacerdotes caen en el aburrimiento. Convertimos el acto más bello en un ritual vacío en el que nada nos habla ni nos despierta el deseo profundo de acercarnos a Cristo y mejorar nuestra vida. Todo se hace porque toca. Así, lentamente, nuestras liturgias se van apagando.

Hoy he recibido un regalo que no esperaba. Que me ha hecho recordar aquel hermoso pasaje bíblico en el que el rey David se pone a bailar ante el arca de la alianza. La formación cristiana es tan racional, por un lado, y tan puritana por otro, que contemplar esta forma de dirigirse a Cristo puede ser concebido como indigno por parte de algunos.

Hay un dicho: Si rezas con tus labios, rezas una vez. Si cantas, rezas dos veces. Y si danzas, rezas tres. Dios se merece que le recemos, y le amemos, como dice el Shemá hebreo, con toda la inteligencia, con todo el corazón, con todo el cuerpo, con toda el alma y con toda la vida.

Así ha de ser todo lo que hagamos: rezar, trabajar, amar. Sólo la pasión hace posible que nuestra vida florezca ante Dios.

domingo, marzo 11, 2018

31 años en la brecha


Hace ya 31 años de aquella tarde del 7 de marzo de 1987 en la parroquia de San Isidoro, en el ensanche de Barcelona, cuando recibí de manos del cardenal Jubany el ministerio sacerdotal.

Estaba rodeado de una sólida comunidad, que acogía al nuevo presbítero lleno de emoción, alegría y quizás miedo por la responsabilidad. Era muy consciente del inmenso don que se me daba. Entre el gozo que sentía y el compromiso que adquiría para siempre, aunque con temor, sabía que lo tenía que dar todo y que mi vida, de una manera definitiva, estaba centrada en aquel a quien se la entregaba: Cristo, sacerdote de sacerdotes.

Desde mi niñez sabía que lo que recibía era algo grande: convertirme en imagen de Cristo vivo en medio del mundo. Y, a la vez, era consciente que pasar por su trayectoria me llevaría a asumir las consecuencias de un sí total y absoluto a todo aquello que él me pidiera, incluso a la incomprensión y al rechazo, aceptando con humildad mis propias limitaciones y errores durante el proceso de mi crecimiento espiritual.

No era fácil haber llegado a esta meta. Después de decirle mi sí definitivo como respuesta a una llamada, habían pasado 15 años. En la primera etapa, balbuceaba, lleno de miedo, inseguridades e incerteza. Pero una vez le dije sí a Dios, a todas, el miedo al futuro y la incertidumbre se convirtieron en valentía, seguridad, certeza y una profunda alegría. Ya no me importaban los riesgos en esta travesía. Sabiendo que pasaría por situaciones difíciles, él finalmente me cautivó, me sedujo y, sin rémoras, me lancé con un sí rotundo a hacer su voluntad.

La llamada fue seguida de un periodo largo de formación teológica y pastoral, hasta que adquirí para siempre el compromiso de servirle a través del ministerio del orden.

Han pasado ya 31 años de aquel bello día. Mi vocación se ha ido consolidando en el yunque de la experiencia, mi alma ha sido moldeada con el fuego del Espíritu que me va convirtiendo en ese modelo que inspira toda mi acción pastoral.

Silencio, oración, liturgia, apostolado y, sobre todo, mis espacios de intimidad con él han marcado mi talante sacerdotal. Encontrarme con él cada día es mi anhelo y mi deseo más profundo. Quiero crecer en él y con él, esta ha de ser la mística de todo sacerdote: propiciar el encuentro con aquel que es la razón de tu vida y de tu sacerdocio.

Sólo desde esta experiencia siento que la gracia del don se derrama sobre mí, haciéndome florecer como un campo de espigas, para convertirme en pan para otros.

Hoy quiero dar las gracias a Dios porque, en este recorrido pastoral, ha hecho posible encontrarme con vosotros, mi nueva comunidad, donde sigo con firmeza y decisión, en la brecha pastoral. Lo vivo como una etapa muy intensa, y como un regalo, pues vosotros me habéis hecho crecer muchísimo. Llegar a San Félix para mí ha sido un hermoso reto, donde cada vez soy más consciente de que el sacerdote crece, madura y se hace con la comunidad. Esta hace posible la plenitud del sacerdote, pues es imagen de la Iglesia. Sin ella no se entendería la razón de ser del sacerdocio.

Hoy mi sí a Dios se concreta con un sí a vosotros, un sí a trabajar para que también os enamoréis de Cristo, y que este se convierta para vosotros en la razón de vuestra vida.

Esta es la misión esencial de mi sacerdocio. Que toda la comunidad también sea imagen de Cristo en medio del mundo. Todos estamos en la brecha de la evangelización. A todos nos toca ser luz para un mundo que vive en las tinieblas, como hemos leído en el evangelio de Jesús y Nicodemo. Ese regalo que Dios nos ha hecho dándonos a Jesús, la comunidad hemos de hacer posible que otros lo puedan recibir.

Doy gracias por el don que él me hizo llamándome a su ministerio sagrado. Deseo con toda mi alma servirle hasta el final de mis días.

Gracias a todos por estar aquí acompañándome.

domingo, enero 07, 2018

El mayor regalo

Celebramos esta hermosa fiesta de los magos de oriente. Un día en el que reflexionamos: ¿quiénes eran estos magos? ¿Qué significa la estrella? ¿Qué buscan? ¿Por qué se van por otro camino?

Ponerse en camino


Lo importante es ponerse en marcha. Cuando uno se queda quieto, cuando tiene miedo a caminar, es porque tiene incertezas, porque le falta tenacidad o valor para salir de su espacio confortable. Ponerse en camino es esencial en la vida.

Pero ¿hacia dónde caminamos? ¿Qué buscamos? ¿Qué queremos encontrar? ¿Con qué nos encontramos? Son cuestiones muy importantes. Más allá del evento, detrás de esta fiesta de los regalos, hay unos profundos planteos teológicos, filosóficos y éticos. En el fondo, se trata de preguntarnos qué hacemos con nuestra vida.

Los magos tienen muy claro qué quieren. Quieren encontrarse con el niño que nació en Belén de Judá, quieren ofrecerle regalos y adorarlo. Unos magos son personas muy formadas, astrónomos, conocedores de los secretos del universo. Saben de estrellas, surcan con su inteligencia el firmamento. Pero más allá de esa ciencia, de la cosmología, hay otra ciencia, una ciencia misteriosa que revela un niño. Y esa revelación es la de un Dios que se hace pequeño. Podríamos decir que es la ciencia de lo diminuto, de lo humilde, pero también de lo trascendente; es la ciencia del amor, de la generosidad, la ciencia de la entrega.

Ellos se pusieron en camino. Los cristianos hemos de estar siempre en camino. Y si algún día tenemos que permanecer sentados es para contemplar la belleza de ese amor encarnado en el niño de Belén. Meditar, saborear, hacer nuestro ese misterio infinito; un misterio tan infinito que unos magos extranjeros se ponen de rodillas, maravillándose ante él, reconociendo que ahí está la clave de toda su búsqueda. Una clave que va más allá de los códigos científicos. Es una clave donde se revela el inmenso amor de Dios que todo lo sostiene y todo lo contiene.

Saber maravillarse es aceptar el misterio de que hay cosas que no son comprensibles a nivel humano, desde la razón y desde la filosofía. Hay cosas que hay que callar, hay que silenciar, hay que adorar, aquietando el alma y dejando que hable el misterio que se va revelando poco a poco. Los magos, con humildad, se arrodillan. La ciencia se arrodilla ante lo pequeño, porque expresa algo extraordinario, algo bello.

Contemplar el misterio


Pidámosle al buen Dios que nos ayude a ponernos en camino. Que salgamos de ese hastío, de ese cansancio, de ese pesimismo, de esa tristeza, de esa autocomplacencia, de ese abatimiento, de esa derrota. ¡Basta! Los cristianos adoramos a este niñito que se ha revelado como Hijo de Dios. En cada eucaristía se nos manifiesta como alimento eterno. Contemplamos a Dios hecho no sólo niño, sino una cosita, un trozo de pan. El misterio de la cueva de Belén, donde yace Jesús, es el mismo misterio de la eucaristía, en la cueva del sagrario.

Jesús, el niño que gime, se ha hecho pan y vive en el sagrario, que es el cielo aquí en la tierra, para que podamos ya no sólo contemplarlo, sino tomarlo. Es decir, para que podamos meterlo dentro de nosotros, para que degustemos ese sabor celestial. Y esto, queridos feligreses, tiene que cambiar nuestra vida. No celebramos la Navidad porque recordamos un mero hecho histórico. Celebramos un hecho meta-histórico, un acontecimiento trascendental: Dios se hace presente para encarnarse en nuestras vidas. Y nuestras vidas, una vez que esa presencia del amor infinito de Dios entra en ellas, tienen que cambiar. Tiene que vapulearnos, como dice el santo padre, Francisco: tenemos que estar en posición de salida, en la intemperie, en las periferias de nuestro mundo.

Entonces es cuando entenderemos que el mejor regalo que recibimos hoy es el mismo Cristo, hecho sacramento. ¡Esto sí que es un regalazo! Porque las cosas materiales son caducas, y nos podemos cansar de ellas. Pero de ese amor infinito que nos envuelve nunca nos cansaremos, porque es el soporte y el sentido de toda nuestra existencia.

Llenar el vacío


Nuestra sociedad, si nos apartamos de las referencias cristianas, se irá secularizando cada vez más. Cada vez más se irá perdiendo, se irá dejando, se irá partiendo en dos. Lo peor que puede padecer el ser humano no es sólo carencia económica, sino el profundo sentido de vacío. Cuánto dolor, cuántas depresiones, cuánta soledad, cuánto vacío interior hay en nuestra vida. ¿Quién, sino este niño de Belén, puede llenar este vacío? No serán tantas cosas, ni tantos juguetes, ni siguiera hacer mucho… ¿Por qué esa bulimia, ese afán por acaparar constantemente? Empezando por la comida, y continuando con los bienes materiales. Tenemos hinchado el ego porque, en el fondo, no llenamos nuestro vacío.

Llenémoslo de Jesús. Aprendamos a regalar tiempo, oración, gestos hermosos de caridad. Tengamos muy presente que el mundo nos necesita. El mundo vive bajo una bandera de pesimismo que está atacando la sociedad constantemente. Cuánta gente pierde su identidad porque el pesimismo se resuelve con el consumismo, y acabamos completamente desorientados. Pidamos al buen Jesús que seamos sagrarios suyos, heraldos suyos, como aquellos magos. Seamos generosos, seamos amables; demos ternura, acogida, aprendamos a dar un sentido pedagógico y teológico al regalo. Concibamos el regalo como un don de Dios.

Dedicar tiempo a los demás y a Dios


Pensad que los niños pequeños acaban aburriéndose de los juguetes, los niños no necesitan tantos juguetes, sino la presencia de sus padres: ellos son el mejor regalo. Necesitamos tiempo para los niños, tiempo para el hogar, para educarlos, para estar con ellos.

Ojalá aprendamos a regalar tiempo a los demás. Ojalá aprendamos también a dedicar más tiempo a Dios. Demos un tiempo a la Iglesia. Nos sentiremos parte de una comunidad viva cuando seamos capaces de reservar un tiempo de nuestra agenda para la vida parroquial; que la agenda de la parroquia sea también parte de la nuestra.

Los feligreses no somos islas, no somos personas aisladas que llenan los bancos durante la misa. Somos comunidad, somos familia. Y ¿qué celebramos en Navidad? ¿Qué celebramos en la fiesta de los magos? Es la fiesta de la universalidad, del encuentro, de la alegría. A todo el mundo se le anuncia la buena nueva. Hoy celebramos juntos este acontecimiento de un Dios que se revela a toda la humanidad.

sábado, diciembre 30, 2017

El regalo del tiempo

Llegamos al final de año y en estas fechas muchas personas se detienen para reflexionar y hacer balance. Nos gusta recordar los acontecimientos más destacados del año que dejamos, los buenos momentos, las dificultades superadas. Para algunas personas serán momentos un poco tristes, si ha habido pérdidas y muertes de seres queridos. Para otras, serán días para reponer energías y armarse de buenos propósitos para iniciar el nuevo año.

Estos días son un momento propicio para agradecer uno de los mayores regalos que Dios nos da: el tiempo. El tiempo es oro, dice el refrán. Pero aún es más. El tiempo es vida: en él nos movemos y existimos. El tiempo es oportunidad: en él hacemos realidad lo que soñamos y planeamos. Y el tiempo es fiesta cuando lo pasamos junto a las personas amadas, compartiendo con ellas lo mejor de nosotros mismos.

La mejor manera de agradecer a Dios el regalo del tiempo es utilizarlo bien, y aquí es donde nos topamos con un drama. Igual que con el dinero, ¡nunca tenemos suficiente! Siempre nos falta tiempo, se nos escapa.

Pero esta impresión… ¿es real? En el tiempo todos los seres humanos somos iguales, nadie tiene más que otros. Todos los días tienen 24 horas y todos los años tienen 365 días. Lo importante es saber utilizar este regalo. ¿Cómo? Con virtud. Es decir, sin tacañería y sin derroche. Podemos ser tacaños, queriendo comprimir nuestra agenda y hacer muchas cosas a la vez, ¡no podemos perder ni un minuto! O podemos gastar el tiempo distrayéndonos con  actividades que no aportan nada, nos roban horas y no nos hacen crecer. ¡Cuánto tiempo se pierde con los aparatos móviles, con el consumismo y el ocio televisivo!  Usemos bien el tiempo. No lo matemos ni lo perdamos. Vivamos el tiempo dedicándolo a lo que realmente vale la pena, a lo que nos hace crecer y, sobre todo, a aquellos seres amados que ocupan un lugar en nuestro corazón. Pasar unas horas cada día con ellos, aunque sea sin hacer nada “importante”, es la mejor inversión del tiempo. Busquemos, también, un tiempo diario para Dios. 

martes, diciembre 26, 2017

Una noche luminosa

Hoy, en esta Nochebuena, una luz intensa ilumina todo el firmamento. Un acontecimiento crucial está sucediendo. Dios irrumpe en la historia, en el tiempo y en el espacio, y se hace presente con la fuerza de un poder que es el antipoder. El niño de Belén que nace es expresión del antipoder. Esta noche Dios, en el niño Jesús, ha demostrado la fuerza de la fragilidad, de lo vulnerable, de lo pequeño, de lo suave y lo dulce, de la ternura.

¿Es que acaso el valor de lo diminuto no tiene tanta fuerza para seducirnos? La sencillez de unos pastores marginados en aquella cultura judía, la fragilidad de una madre adolescente y la humildad de José, que calla ante el misterio de esa noche en aquel establo, en aquella apartada región del imperio romano, todo esto es necesario para que se pueda culminar la encarnación de Dios.

Allí, en esa noche misteriosa, está ocurriendo algo extraordinario. Dios decide descender de las alturas de su reino para atraernos con la sencillez de un niño a la inmensidad de su amor. Se abaja para cogernos de la mano y elevarnos a la dignidad de ser hijos suyos. Y lo hace a través de una criatura inocente, mendigando nuestro amor. ¿Quién no se emociona frente a un indigente que pide limosna, y más cuando este pobre es un niño que suplica que lo mires, que lo acojas, que lo abraces? ¿Quién no haría esto con un niño? Aquí es donde empieza una hermosa aventura de amor de Dios con el hombre, haciéndose como él para entenderlo y hablar su propio lenguaje. Es la historia de una nueva comunicación. Dios en Jesús se nos revela y se nos comunica con este deseo salvífico, inclinándose, agachándose, para sacarnos de nuestras oscuridades y mezquindades y ensanchar el horizonte de toda esperanza humana.

La única forma que tuvo Dios para desarmarnos fue utilizar su propio poderío no para hacerse más poderoso, ni más grande, sino para hacerse lo más pequeño posible, y la manera era hacerse bebé. Ese llanto se convierte en un cántico de liberación para la humanidad. La gelidez se convertirá en calor balsámico para nuestros corazones, y la oscura noche en un estallido de luz que alumbrará los abismos de nuestro interior. Hoy, esta noche del solsticio de invierno se ha convertido en una primavera donde un amanecer apunta en el bosque de nuestra vida, haciendo florecer el verdor fresco de un nuevo día.

Es invierno. Pero el sol de Cristo ilumina no sólo la inmensidad del cielo, sino también la inmensidad del universo de nuestro corazón. Hoy, en esta noche, la luz del Dios encarnado en el Niño de Belén penetra por todos nuestros poros. Porque él quiere estar dentro de nosotros. Él quiere formar parte de nuestra vida, quiere meterse y habitar en lo más íntimo de nosotros mismos.

Pero esto no lo hace Dios queriéndonos someter, ni utilizando ejércitos para doblegarnos, ni técnicas de manipulación psicológica. Él quiere mostrarse con sencillez, no quiere recortar ni un ápice nuestra libertad. Sus únicas armas son la belleza, la poesía, la ternura. Desde el silencio del establo, descubramos que el arma de la dulzura de un niño es lo único que tiene para hacernos salir del letargo y despertarnos a la única aventura que nos hace realmente felices y libres: salir de nosotros mismos e ir al encuentro de aquel que culmina todos los sueños y esperanzas.

El niño de Belén nos hace descubrir que en el valor de lo pequeño, lo sencillo, lo cotidiano, lo bello, está la grandeza del hombre. La semilla de la libertad germina cuando se libra de la autocomplacencia, el poder y la arrogancia. La contemplación del niño Dios tiene este efecto: toda persona queda iluminada por su mirada y por el silencio donde se nos ha revelado y comunicado. Es la hora de irrumpir en el mundo. En el llanto de un bebé en la noche nace también una nueva esperanza. Ese niño será el soberano de nuestra vida, haciendo que cada Nochebuena sea de verdad una buena y santa noche. Que, acurrucados ante el pesebre, aprendamos a sintonizar con el latido de este tierno corazón sagrado, para que tengamos los mismos sentimientos y que el bombeo de este pálpito circule con fuerza amorosa que nos convierta en otros cristos. Sólo así entenderemos el auténtico sentido de la Navidad: nacer a la vida de Dios. Que la luz de esta noche nos ayude a descubrir la belleza de su corazón.

24 diciembre 2017

domingo, diciembre 17, 2017

Un rostro amable de la pastoral

El día era oscuro e invernal, pero su vida era plena e intensa. A una edad madura se había ordenado como diácono para servir a la Iglesia, siguiendo una inquietud que le venía desde muy joven, cuando vivía en Paraguay y se formaba con los jesuitas. Pero la vida da muchas vueltas. Su familia regresó a España, él vino a Barcelona y se casó con su encantadora esposa, con la que tuvo tres hijos. El matrimonio se mantuvo muy unido hasta el triste momento de su muerte.

Llegó de forma súbita y nadie se lo esperaba. Esposa, hijos, amigos… Para mí fue un inesperado golpe, ya que habíamos quedado para hablar esa misma semana.

Miquel era diácono, pero para mí era un pastor, amigo y consejero. Tenía una exquisita capacidad de escucha, cálida y atenta. Como buen psicólogo, sabía cómo abordar los temas. Cuando algo me preocupaba y le pedía consejo siempre me ofrecía un criterio sereno y lúcido. Además de su formación en psicología social, tenía un don para discernir con claridad en las situaciones más complejas, una sabiduría que le había dado la vida, su fe y su entrega a los demás.

Hacía dieciséis años que lo conocía, tiempo suficiente para percibir el grado de autenticidad de su corazón. Durante toda su vida mostró un gran desvelo por los demás. Jesús era el centro de su vida y, para él, seguirlo significaba servir hasta el extremo. Tenía muy clara, como Jesús, la preferencia por los pobres. Fundó una asociación para favorecer la integración social y laboral de colectivos en riesgo, y se dedicó en cuerpo y alma, incluso aportando su patrimonio, para esta dignísima y loable labor. Un parado, me decía, es un pobre en potencia, y no sólo en la dimensión económica, sino en la social y psicológica, ya que el desempleo genera un progresivo deterioro moral que puede llevar a la automarginación y la soledad.

Miquel se desvivía por su asociación. Junto con mi fundación ha llevado a cabo algunos programas de integración laboral conjuntamente. Su hija Esther y Carlos, el coordinador, son los pilares de la entidad y con ellos mantengo una buena amistad.

Guardo muchos recuerdos de Miquel: conversaciones sobre política, sociedad, Iglesia… Con inteligencia me planteaba los límites éticos de las instituciones. Su sencillez no le quitaba agudeza ni alegría. Su talante alegre y cercano despertaba la confianza y la acogida. No tenía prejuicios ideológicos y daba un valor máximo a la persona, más allá de su condición social, cultural y económica. Siempre tenía una mano a punto para ayudar al otro, pero al mismo tiempo sabía tener la discreción y la prudencia necesarias para respetar las distancias emocionales. Siempre encontraba la palabra justa y sanadora.

Ya jubilado, en su paso por diversas parroquias, su trabajo fue más allá de su ministerio diaconal. Miquel, aunque no recibió la ordenación presbiteral, actuaba como un auténtico pastor que sabía alimentar y guiar a su rebaño. Así lo hizo en San Pancracio, pequeña comunidad en el Poblenou donde ejercía su ministerio, que le fue encargado por el arzobispo emérito Martínez Sistach.

Hombre maduro y responsable, desde siempre sintió una profunda unción sacerdotal. Aunque finalmente no pudiera ejercer como tal, su corazón era el de un ardiente sacerdote que vivió por entero su compromiso con la Iglesia. La humildad daba un valor más alto a su misión.

Ahora, más allá de su estado canónico eclesial, es sacerdote eterno con Cristo, así lo siento en mi corazón y así lo he sentido desde que lo conocí. No será ordenado por un obispo, sino que el mismo Cristo le impondrá la casulla, formando parte del presbiterado en el Reino de los Cielos.

Miquel siempre deseó ser sacerdote, pero no pudo ordenarse por su condición de casado; hoy por hoy la Iglesia católica no contempla esta posibilidad. Esto puede ser motivo de una profunda revisión teológica y bíblica y creo que puede debatirse sin prejuicios a la luz del evangelio y de las necesidades de la Iglesia de hoy.

Con Miquel coincidí pastoralmente un año y medio en San Pancracio. En una época de salud delicada y tensión pastoral, él fue mi gran soporte y me ayudó a sobrellevar aquellos difíciles momentos.

He sentido mucho en el alma su pérdida. Me he quedado sin mi amigo, compañero de batallas en lo social y en lo eclesial. Miquel es alguien que ha dejado una profunda huella en mí y sentiré ese vacío. Echaré de menos su caluroso saludo, su sonrisa y su presencia afable en las reuniones del arciprestazgo. La noche que supe de su muerte, al comprender que perdía el calor de su amistad, sentí la gelidez de la ausencia. Ya no podremos volver a encontrarnos, aquí en la tierra…

Apenado por él y por su familia, recé largo tiempo. El día había amanecido frío y oscuro. Pero aquella noche sentí, desde la fe, que esa oscuridad precedía a un día claro y luminoso en el cielo. Aunque no pueda concebir ese salto desde mi razón, sí tengo una última certeza: desde el cielo nuestra amistad pasará a otra fase. Seguiré comunicándome con él, de otra manera. La amistad entre el cielo y la tierra continuará. Esa noche, rezando, sentí mis manos frías, pero mi corazón ardía porque sabía que una persona como él nunca muere del todo, y más cuando ha amado mucho y ha dejado una familia, unos amigos, una Iglesia a los que ha dedicado tantos esfuerzos.

La vida sigue más allá de nuestro tiempo y de nuestro cuerpo limitados. Cuando se ama empezamos a eternizar nuestra vida hasta el salto definitivo. Miquel, sé que velarás, sobre todo por tu familia —esposa, hijos, nietos— pero también por tus amigos, que tanto has querido, y muy en especial por los del Poblenou, que han sido tus compañeros en el campo de la evangelización. Que tu recuerdo les ayude a ser fieles a la feliz noticia del evangelio y a vivirlo como tú lo viviste.