domingo, enero 07, 2018

El mayor regalo

Celebramos esta hermosa fiesta de los magos de oriente. Un día en el que reflexionamos: ¿quiénes eran estos magos? ¿Qué significa la estrella? ¿Qué buscan? ¿Por qué se van por otro camino?

Ponerse en camino


Lo importante es ponerse en marcha. Cuando uno se queda quieto, cuando tiene miedo a caminar, es porque tiene incertezas, porque le falta tenacidad o valor para salir de su espacio confortable. Ponerse en camino es esencial en la vida.

Pero ¿hacia dónde caminamos? ¿Qué buscamos? ¿Qué queremos encontrar? ¿Con qué nos encontramos? Son cuestiones muy importantes. Más allá del evento, detrás de esta fiesta de los regalos, hay unos profundos planteos teológicos, filosóficos y éticos. En el fondo, se trata de preguntarnos qué hacemos con nuestra vida.

Los magos tienen muy claro qué quieren. Quieren encontrarse con el niño que nació en Belén de Judá, quieren ofrecerle regalos y adorarlo. Unos magos son personas muy formadas, astrónomos, conocedores de los secretos del universo. Saben de estrellas, surcan con su inteligencia el firmamento. Pero más allá de esa ciencia, de la cosmología, hay otra ciencia, una ciencia misteriosa que revela un niño. Y esa revelación es la de un Dios que se hace pequeño. Podríamos decir que es la ciencia de lo diminuto, de lo humilde, pero también de lo trascendente; es la ciencia del amor, de la generosidad, la ciencia de la entrega.

Ellos se pusieron en camino. Los cristianos hemos de estar siempre en camino. Y si algún día tenemos que permanecer sentados es para contemplar la belleza de ese amor encarnado en el niño de Belén. Meditar, saborear, hacer nuestro ese misterio infinito; un misterio tan infinito que unos magos extranjeros se ponen de rodillas, maravillándose ante él, reconociendo que ahí está la clave de toda su búsqueda. Una clave que va más allá de los códigos científicos. Es una clave donde se revela el inmenso amor de Dios que todo lo sostiene y todo lo contiene.

Saber maravillarse es aceptar el misterio de que hay cosas que no son comprensibles a nivel humano, desde la razón y desde la filosofía. Hay cosas que hay que callar, hay que silenciar, hay que adorar, aquietando el alma y dejando que hable el misterio que se va revelando poco a poco. Los magos, con humildad, se arrodillan. La ciencia se arrodilla ante lo pequeño, porque expresa algo extraordinario, algo bello.

Contemplar el misterio


Pidámosle al buen Dios que nos ayude a ponernos en camino. Que salgamos de ese hastío, de ese cansancio, de ese pesimismo, de esa tristeza, de esa autocomplacencia, de ese abatimiento, de esa derrota. ¡Basta! Los cristianos adoramos a este niñito que se ha revelado como Hijo de Dios. En cada eucaristía se nos manifiesta como alimento eterno. Contemplamos a Dios hecho no sólo niño, sino una cosita, un trozo de pan. El misterio de la cueva de Belén, donde yace Jesús, es el mismo misterio de la eucaristía, en la cueva del sagrario.

Jesús, el niño que gime, se ha hecho pan y vive en el sagrario, que es el cielo aquí en la tierra, para que podamos ya no sólo contemplarlo, sino tomarlo. Es decir, para que podamos meterlo dentro de nosotros, para que degustemos ese sabor celestial. Y esto, queridos feligreses, tiene que cambiar nuestra vida. No celebramos la Navidad porque recordamos un mero hecho histórico. Celebramos un hecho meta-histórico, un acontecimiento trascendental: Dios se hace presente para encarnarse en nuestras vidas. Y nuestras vidas, una vez que esa presencia del amor infinito de Dios entra en ellas, tienen que cambiar. Tiene que vapulearnos, como dice el santo padre, Francisco: tenemos que estar en posición de salida, en la intemperie, en las periferias de nuestro mundo.

Entonces es cuando entenderemos que el mejor regalo que recibimos hoy es el mismo Cristo, hecho sacramento. ¡Esto sí que es un regalazo! Porque las cosas materiales son caducas, y nos podemos cansar de ellas. Pero de ese amor infinito que nos envuelve nunca nos cansaremos, porque es el soporte y el sentido de toda nuestra existencia.

Llenar el vacío


Nuestra sociedad, si nos apartamos de las referencias cristianas, se irá secularizando cada vez más. Cada vez más se irá perdiendo, se irá dejando, se irá partiendo en dos. Lo peor que puede padecer el ser humano no es sólo carencia económica, sino el profundo sentido de vacío. Cuánto dolor, cuántas depresiones, cuánta soledad, cuánto vacío interior hay en nuestra vida. ¿Quién, sino este niño de Belén, puede llenar este vacío? No serán tantas cosas, ni tantos juguetes, ni siguiera hacer mucho… ¿Por qué esa bulimia, ese afán por acaparar constantemente? Empezando por la comida, y continuando con los bienes materiales. Tenemos hinchado el ego porque, en el fondo, no llenamos nuestro vacío.

Llenémoslo de Jesús. Aprendamos a regalar tiempo, oración, gestos hermosos de caridad. Tengamos muy presente que el mundo nos necesita. El mundo vive bajo una bandera de pesimismo que está atacando la sociedad constantemente. Cuánta gente pierde su identidad porque el pesimismo se resuelve con el consumismo, y acabamos completamente desorientados. Pidamos al buen Jesús que seamos sagrarios suyos, heraldos suyos, como aquellos magos. Seamos generosos, seamos amables; demos ternura, acogida, aprendamos a dar un sentido pedagógico y teológico al regalo. Concibamos el regalo como un don de Dios.

Dedicar tiempo a los demás y a Dios


Pensad que los niños pequeños acaban aburriéndose de los juguetes, los niños no necesitan tantos juguetes, sino la presencia de sus padres: ellos son el mejor regalo. Necesitamos tiempo para los niños, tiempo para el hogar, para educarlos, para estar con ellos.

Ojalá aprendamos a regalar tiempo a los demás. Ojalá aprendamos también a dedicar más tiempo a Dios. Demos un tiempo a la Iglesia. Nos sentiremos parte de una comunidad viva cuando seamos capaces de reservar un tiempo de nuestra agenda para la vida parroquial; que la agenda de la parroquia sea también parte de la nuestra.

Los feligreses no somos islas, no somos personas aisladas que llenan los bancos durante la misa. Somos comunidad, somos familia. Y ¿qué celebramos en Navidad? ¿Qué celebramos en la fiesta de los magos? Es la fiesta de la universalidad, del encuentro, de la alegría. A todo el mundo se le anuncia la buena nueva. Hoy celebramos juntos este acontecimiento de un Dios que se revela a toda la humanidad.

sábado, diciembre 30, 2017

El regalo del tiempo

Llegamos al final de año y en estas fechas muchas personas se detienen para reflexionar y hacer balance. Nos gusta recordar los acontecimientos más destacados del año que dejamos, los buenos momentos, las dificultades superadas. Para algunas personas serán momentos un poco tristes, si ha habido pérdidas y muertes de seres queridos. Para otras, serán días para reponer energías y armarse de buenos propósitos para iniciar el nuevo año.

Estos días son un momento propicio para agradecer uno de los mayores regalos que Dios nos da: el tiempo. El tiempo es oro, dice el refrán. Pero aún es más. El tiempo es vida: en él nos movemos y existimos. El tiempo es oportunidad: en él hacemos realidad lo que soñamos y planeamos. Y el tiempo es fiesta cuando lo pasamos junto a las personas amadas, compartiendo con ellas lo mejor de nosotros mismos.

La mejor manera de agradecer a Dios el regalo del tiempo es utilizarlo bien, y aquí es donde nos topamos con un drama. Igual que con el dinero, ¡nunca tenemos suficiente! Siempre nos falta tiempo, se nos escapa.

Pero esta impresión… ¿es real? En el tiempo todos los seres humanos somos iguales, nadie tiene más que otros. Todos los días tienen 24 horas y todos los años tienen 365 días. Lo importante es saber utilizar este regalo. ¿Cómo? Con virtud. Es decir, sin tacañería y sin derroche. Podemos ser tacaños, queriendo comprimir nuestra agenda y hacer muchas cosas a la vez, ¡no podemos perder ni un minuto! O podemos gastar el tiempo distrayéndonos con  actividades que no aportan nada, nos roban horas y no nos hacen crecer. ¡Cuánto tiempo se pierde con los aparatos móviles, con el consumismo y el ocio televisivo!  Usemos bien el tiempo. No lo matemos ni lo perdamos. Vivamos el tiempo dedicándolo a lo que realmente vale la pena, a lo que nos hace crecer y, sobre todo, a aquellos seres amados que ocupan un lugar en nuestro corazón. Pasar unas horas cada día con ellos, aunque sea sin hacer nada “importante”, es la mejor inversión del tiempo. Busquemos, también, un tiempo diario para Dios. 

martes, diciembre 26, 2017

Una noche luminosa

Hoy, en esta Nochebuena, una luz intensa ilumina todo el firmamento. Un acontecimiento crucial está sucediendo. Dios irrumpe en la historia, en el tiempo y en el espacio, y se hace presente con la fuerza de un poder que es el antipoder. El niño de Belén que nace es expresión del antipoder. Esta noche Dios, en el niño Jesús, ha demostrado la fuerza de la fragilidad, de lo vulnerable, de lo pequeño, de lo suave y lo dulce, de la ternura.

¿Es que acaso el valor de lo diminuto no tiene tanta fuerza para seducirnos? La sencillez de unos pastores marginados en aquella cultura judía, la fragilidad de una madre adolescente y la humildad de José, que calla ante el misterio de esa noche en aquel establo, en aquella apartada región del imperio romano, todo esto es necesario para que se pueda culminar la encarnación de Dios.

Allí, en esa noche misteriosa, está ocurriendo algo extraordinario. Dios decide descender de las alturas de su reino para atraernos con la sencillez de un niño a la inmensidad de su amor. Se abaja para cogernos de la mano y elevarnos a la dignidad de ser hijos suyos. Y lo hace a través de una criatura inocente, mendigando nuestro amor. ¿Quién no se emociona frente a un indigente que pide limosna, y más cuando este pobre es un niño que suplica que lo mires, que lo acojas, que lo abraces? ¿Quién no haría esto con un niño? Aquí es donde empieza una hermosa aventura de amor de Dios con el hombre, haciéndose como él para entenderlo y hablar su propio lenguaje. Es la historia de una nueva comunicación. Dios en Jesús se nos revela y se nos comunica con este deseo salvífico, inclinándose, agachándose, para sacarnos de nuestras oscuridades y mezquindades y ensanchar el horizonte de toda esperanza humana.

La única forma que tuvo Dios para desarmarnos fue utilizar su propio poderío no para hacerse más poderoso, ni más grande, sino para hacerse lo más pequeño posible, y la manera era hacerse bebé. Ese llanto se convierte en un cántico de liberación para la humanidad. La gelidez se convertirá en calor balsámico para nuestros corazones, y la oscura noche en un estallido de luz que alumbrará los abismos de nuestro interior. Hoy, esta noche del solsticio de invierno se ha convertido en una primavera donde un amanecer apunta en el bosque de nuestra vida, haciendo florecer el verdor fresco de un nuevo día.

Es invierno. Pero el sol de Cristo ilumina no sólo la inmensidad del cielo, sino también la inmensidad del universo de nuestro corazón. Hoy, en esta noche, la luz del Dios encarnado en el Niño de Belén penetra por todos nuestros poros. Porque él quiere estar dentro de nosotros. Él quiere formar parte de nuestra vida, quiere meterse y habitar en lo más íntimo de nosotros mismos.

Pero esto no lo hace Dios queriéndonos someter, ni utilizando ejércitos para doblegarnos, ni técnicas de manipulación psicológica. Él quiere mostrarse con sencillez, no quiere recortar ni un ápice nuestra libertad. Sus únicas armas son la belleza, la poesía, la ternura. Desde el silencio del establo, descubramos que el arma de la dulzura de un niño es lo único que tiene para hacernos salir del letargo y despertarnos a la única aventura que nos hace realmente felices y libres: salir de nosotros mismos e ir al encuentro de aquel que culmina todos los sueños y esperanzas.

El niño de Belén nos hace descubrir que en el valor de lo pequeño, lo sencillo, lo cotidiano, lo bello, está la grandeza del hombre. La semilla de la libertad germina cuando se libra de la autocomplacencia, el poder y la arrogancia. La contemplación del niño Dios tiene este efecto: toda persona queda iluminada por su mirada y por el silencio donde se nos ha revelado y comunicado. Es la hora de irrumpir en el mundo. En el llanto de un bebé en la noche nace también una nueva esperanza. Ese niño será el soberano de nuestra vida, haciendo que cada Nochebuena sea de verdad una buena y santa noche. Que, acurrucados ante el pesebre, aprendamos a sintonizar con el latido de este tierno corazón sagrado, para que tengamos los mismos sentimientos y que el bombeo de este pálpito circule con fuerza amorosa que nos convierta en otros cristos. Sólo así entenderemos el auténtico sentido de la Navidad: nacer a la vida de Dios. Que la luz de esta noche nos ayude a descubrir la belleza de su corazón.

24 diciembre 2017

domingo, diciembre 17, 2017

Un rostro amable de la pastoral

El día era oscuro e invernal, pero su vida era plena e intensa. A una edad madura se había ordenado como diácono para servir a la Iglesia, siguiendo una inquietud que le venía desde muy joven, cuando vivía en Paraguay y se formaba con los jesuitas. Pero la vida da muchas vueltas. Su familia regresó a España, él vino a Barcelona y se casó con su encantadora esposa, con la que tuvo tres hijos. El matrimonio se mantuvo muy unido hasta el triste momento de su muerte.

Llegó de forma súbita y nadie se lo esperaba. Esposa, hijos, amigos… Para mí fue un inesperado golpe, ya que habíamos quedado para hablar esa misma semana.

Miquel era diácono, pero para mí era un pastor, amigo y consejero. Tenía una exquisita capacidad de escucha, cálida y atenta. Como buen psicólogo, sabía cómo abordar los temas. Cuando algo me preocupaba y le pedía consejo siempre me ofrecía un criterio sereno y lúcido. Además de su formación en psicología social, tenía un don para discernir con claridad en las situaciones más complejas, una sabiduría que le había dado la vida, su fe y su entrega a los demás.

Hacía dieciséis años que lo conocía, tiempo suficiente para percibir el grado de autenticidad de su corazón. Durante toda su vida mostró un gran desvelo por los demás. Jesús era el centro de su vida y, para él, seguirlo significaba servir hasta el extremo. Tenía muy clara, como Jesús, la preferencia por los pobres. Fundó una asociación para favorecer la integración social y laboral de colectivos en riesgo, y se dedicó en cuerpo y alma, incluso aportando su patrimonio, para esta dignísima y loable labor. Un parado, me decía, es un pobre en potencia, y no sólo en la dimensión económica, sino en la social y psicológica, ya que el desempleo genera un progresivo deterioro moral que puede llevar a la automarginación y la soledad.

Miquel se desvivía por su asociación. Junto con mi fundación ha llevado a cabo algunos programas de integración laboral conjuntamente. Su hija Esther y Carlos, el coordinador, son los pilares de la entidad y con ellos mantengo una buena amistad.

Guardo muchos recuerdos de Miquel: conversaciones sobre política, sociedad, Iglesia… Con inteligencia me planteaba los límites éticos de las instituciones. Su sencillez no le quitaba agudeza ni alegría. Su talante alegre y cercano despertaba la confianza y la acogida. No tenía prejuicios ideológicos y daba un valor máximo a la persona, más allá de su condición social, cultural y económica. Siempre tenía una mano a punto para ayudar al otro, pero al mismo tiempo sabía tener la discreción y la prudencia necesarias para respetar las distancias emocionales. Siempre encontraba la palabra justa y sanadora.

Ya jubilado, en su paso por diversas parroquias, su trabajo fue más allá de su ministerio diaconal. Miquel, aunque no recibió la ordenación presbiteral, actuaba como un auténtico pastor que sabía alimentar y guiar a su rebaño. Así lo hizo en San Pancracio, pequeña comunidad en el Poblenou donde ejercía su ministerio, que le fue encargado por el arzobispo emérito Martínez Sistach.

Hombre maduro y responsable, desde siempre sintió una profunda unción sacerdotal. Aunque finalmente no pudiera ejercer como tal, su corazón era el de un ardiente sacerdote que vivió por entero su compromiso con la Iglesia. La humildad daba un valor más alto a su misión.

Ahora, más allá de su estado canónico eclesial, es sacerdote eterno con Cristo, así lo siento en mi corazón y así lo he sentido desde que lo conocí. No será ordenado por un obispo, sino que el mismo Cristo le impondrá la casulla, formando parte del presbiterado en el Reino de los Cielos.

Miquel siempre deseó ser sacerdote, pero no pudo ordenarse por su condición de casado; hoy por hoy la Iglesia católica no contempla esta posibilidad. Esto puede ser motivo de una profunda revisión teológica y bíblica y creo que puede debatirse sin prejuicios a la luz del evangelio y de las necesidades de la Iglesia de hoy.

Con Miquel coincidí pastoralmente un año y medio en San Pancracio. En una época de salud delicada y tensión pastoral, él fue mi gran soporte y me ayudó a sobrellevar aquellos difíciles momentos.

He sentido mucho en el alma su pérdida. Me he quedado sin mi amigo, compañero de batallas en lo social y en lo eclesial. Miquel es alguien que ha dejado una profunda huella en mí y sentiré ese vacío. Echaré de menos su caluroso saludo, su sonrisa y su presencia afable en las reuniones del arciprestazgo. La noche que supe de su muerte, al comprender que perdía el calor de su amistad, sentí la gelidez de la ausencia. Ya no podremos volver a encontrarnos, aquí en la tierra…

Apenado por él y por su familia, recé largo tiempo. El día había amanecido frío y oscuro. Pero aquella noche sentí, desde la fe, que esa oscuridad precedía a un día claro y luminoso en el cielo. Aunque no pueda concebir ese salto desde mi razón, sí tengo una última certeza: desde el cielo nuestra amistad pasará a otra fase. Seguiré comunicándome con él, de otra manera. La amistad entre el cielo y la tierra continuará. Esa noche, rezando, sentí mis manos frías, pero mi corazón ardía porque sabía que una persona como él nunca muere del todo, y más cuando ha amado mucho y ha dejado una familia, unos amigos, una Iglesia a los que ha dedicado tantos esfuerzos.

La vida sigue más allá de nuestro tiempo y de nuestro cuerpo limitados. Cuando se ama empezamos a eternizar nuestra vida hasta el salto definitivo. Miquel, sé que velarás, sobre todo por tu familia —esposa, hijos, nietos— pero también por tus amigos, que tanto has querido, y muy en especial por los del Poblenou, que han sido tus compañeros en el campo de la evangelización. Que tu recuerdo les ayude a ser fieles a la feliz noticia del evangelio y a vivirlo como tú lo viviste. 

sábado, diciembre 09, 2017

Vivir despiertos

En el tiempo de Adviento los evangelios nos invitan una y otra vez a velar. Velad, vigilad, estad alerta. Es una invitación a vivir despiertos. Los cristianos no podemos pasar por la vida como sonámbulos, apáticos o indiferentes. Jesús nos llama a vivir con pasión, “mordiendo la vida”, entregándonos a fondo a todo lo que hacemos. Jesús muchas veces nos alerta: tenemos orejas pero no oímos, tenemos ojos pero no vemos. Esto también nos pasa a los creyentes de hoy. Venimos a misa, participamos en las celebraciones, el mismo Cristo viene ante nosotros… ¡y parece que nada suceda! ¿Tan adormecidos estamos?

Vivir despiertos es vivir atentos a lo que sucede a nuestro alrededor. Es mirar, escuchar, atender… Es ver a las otras personas, fijarnos en ellas, intentar comprenderlas y hacer algo para ayudarlas, o aumentar su felicidad. Vivir despiertos es no ignorar a nadie, especialmente a los que no tienen voz. Es mirar al pobre, al solitario, al abandonado, con ojos de Dios: ojos tiernos, atentos, comprensivos y compasivos. Vivir despiertos es conectar con los demás, conectar con Dios, expresarnos y acoger lo que los otros nos pueden decir. Vivir despiertos es entrar en comunicación.

En las parroquias es vital la comunicación. Cada semana estamos comunicando noticias a los feligreses: no son un telediario, sino una invitación a participar, porque somos una gran familia. En una familia las noticias interesan, queremos estar enterados de todo y saber qué ocurre. Los demás nos importan. En la parroquia, si realmente nos sentimos familia, hermanos de todos, también nos importarán las novedades y las escucharemos con interés. Cada semana ofrecemos la hoja. Comunicamos en misa, de viva voz; comunicamos de tú a tú, ponemos carteles en la puerta y, a los que tenéis Internet, os enviamos la web y correos electrónicos. ¡La  comunicación no falta, y muchas maneras! Quizás lo que falla a veces no es la transmisión sino la escucha… ¿Tenemos las antenas abiertas y sintonizadas? ¿Estamos abiertos a recibir? Velad, dice Jesús. Vivid despiertos. El primer paso para esto es sentirnos familia y escuchar.


domingo, noviembre 12, 2017

Cómo dinamizar la vida arciprestal - 1

Realismo pastoral


Después de treinta años como sacerdote he pasado por más de siete parroquias y he tenido la posibilidad de conocer realidades muy diferentes, según el lugar y la comunidad que me ha tocado pastorear.

Viendo los ritmos y el talante de cada grupo, veo que cada parroquia tiene su historia, su idiosincrasia y su identidad, y esto es algo que los rectores debemos aceptar. Aunque observemos aspectos que nos gustaría modificar o mejorar, no podemos cambiar a las personas de la noche al día. Muchas de ellas son personas mayores, con muchos años de compromiso parroquial, que forman parte de grupos muy consolidados, y no es fácil plantear cambios, aunque a veces sea necesario. Hay que hacerlo con mucho respeto y delicadeza, dándoles tiempo, y a veces tendremos que asumir que ciertas cosas no serán exactamente como queremos.

Necesitamos mucho realismo pastoral. Cuando uno se sumerge en la realidad parroquial, ve que las cosas son más complejas de lo que parecen, y no se puede ir con prisa ni imponiendo los ideales propios. Tenemos que ser muy tolerantes y evitar prejuicios y etiquetas. Hay parroquias que son tachadas de «carcas», o «cerradas», o «progres», o se dice que «van a la suya» y no hacen piña con otras parroquias cercanas, que no viven la diocesaneidad ni la comunión arciprestal.

Estas etiquetas nunca ayudan. Por un lado, no responden a la realidad parroquial por completo, sino a una imagen deformada y a menudo exagerada por prejuicios históricos. Por otro lado, no contribuyen a facilitar un cambio ni una mejora. La riqueza de una comunidad nunca queda encerrada ni limitada por un juicio a priori. Dicho esto, creo que, si los cambios son necesarios, el rector es el primero que ha de emprenderlos, con una pedagogía adecuada.

Creo que cada rector tiene una primera misión: consolidar la comunidad, aceptando su realidad tal como es.

El segundo aspecto, tan importante como el primero, es que la parroquia tenga clara su proyección evangelizadora hacia el entorno.

Y, en tercer lugar, es vital trabajar la unidad entre parroquias, a nivel arciprestal y diocesano, siempre partiendo de la buena fe y de la amistad y el compañerismo entre los sacerdotes responsables. Esto es más importante de lo que se suele pensar.

El cuerpo de la Iglesia


La Iglesia es un cuerpo orgánico, tal como explicaba el cardenal Jubany. Podríamos establecer una analogía con el ser vivo. La parroquia es una célula, el arciprestazgo es un tejido y la diócesis es un órgano. Todos los órganos forman el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia en el mundo.

Pues bien, si la célula está sana, podrá unirse a las otras y formar un tejido fuerte —arciprestazgos consolidados e interrelacionados—. Si el tejido está sano y bien nutrido, el órgano también lo estará. Y unos órganos sanos contribuirán a la salud de todo el cuerpo. La base, siempre, está en el correcto funcionamiento de la célula. Es decir, la salud de la Iglesia depende de la salud de cada parroquia, como unidad básica y fundamental. Si la familia parroquial no está unida, fuerte y sana, el tejido, por mucho que se quiera, no será saludable ni resistente. Aquí es donde los párrocos tenemos un papel decisivo.

Si una comunidad no se acaba de integrar en el tejido arciprestal, no siempre es por falta de voluntad de su rector. Por ejemplo, puede haber parroquias que se encuentran en el límite de un territorio y sus feligreses no se sienten parte de esa zona, por lejanía y porque su entorno vital y social es otro. A veces los límites arciprestales son un poco artificiales y no corresponden a las unidades de población que se dan de forma natural. Esto es un aspecto a tener en cuenta a la hora de trazar límites arciprestales.

La renovación de las parroquias - 1

El Padre Mallon es un sacerdote canadiense que en los últimos años ha emprendido una revolución en su parroquia. Su comunidad languidecía y necesitaba un impulso para no morir… Y lo ha conseguido. Ahora en su parroquia de San Benito de Halifax hay más de seis mil feligreses, de los cuales unos 900 están comprometidos en tareas pastorales, y 250 se reúnen en las casas para rezar, profundizar en la Biblia y vivir la fraternidad cristiana. En sus libros y en conferencias que imparte por todo el mundo el Padre Mallon explica cuáles son los secretos para convertir una comunidad agonizante en una parroquia dinámica y viva. En realidad, estos secretos no son otra cosa que volver a los orígenes: la buena nueva de Jesús.

La comunidad parroquial debe tener tres cosas muy claras:

1. Su misión es evangelizar, y esta es su identidad. Todo cuanto sirva para evangelizar debe potenciarse; lo que estorba a la evangelización debería dejarse, aunque esto suponga tomar decisiones difíciles, como cuestionar la presencia de grupos y personas que no contribuyen a esta misión, o son incompatibles con ella.

2. Id y haced discípulos míos”, dijo Jesús. Para ello la parroquia debe formar y trabajar con discípulos de Jesús, laicos y personas comprometidas que quieran asumir esta misión.

3. A veces será necesario cambiar las estructuras y la organización parroquial. Sin miedo. Todo debe estar al servicio de la evangelización. Los responsables de la parroquia son, a veces, los primeros que deben experimentar una conversión.


domingo, noviembre 05, 2017

Reflexión sobre la campaña de Germanor

No sólo se trata de dinero


Las parroquias tienen necesidades. Todos lo sabemos. Necesitan una cantidad mensual para sobrevivir y hacer frente a sus gastos, como cualquier hogar.

Pero en esta casa grande que es la parroquia vive una gran familia. ¿Cuántos feligreses somos? ¿Cuántas familias? Y la mayoría venimos, participamos y sentimos que esta es nuestra parroquia, nuestra segunda casa.

Entre todos los feligreses, tenemos recursos para mantener nuestras parroquias de sobras.

El problema no es el dinero. Hay dinero suficiente, pero ¿lo compartimos?

El problema no es la falta de recursos. El problema está en el corazón.

¿Somos capaces de dar, cada uno lo que pueda y considere, para ayudar a sostener nuestra parroquia?

Tu necesita ayuda. No nos falta el dinero. Sólo nos faltan… más corazones abiertos.

Y los tenemos. Tenemos corazones de carne, generosos y sensibles.

Colaboremos con nuestra parroquia, con donativos o haciéndonos socios. La meta: alcanzar la autofinanciación. Recordad: no estamos ayudando al sacerdote, sino a Dios, para que su Iglesia crezca.