sábado, diciembre 30, 2017

El regalo del tiempo

Llegamos al final de año y en estas fechas muchas personas se detienen para reflexionar y hacer balance. Nos gusta recordar los acontecimientos más destacados del año que dejamos, los buenos momentos, las dificultades superadas. Para algunas personas serán momentos un poco tristes, si ha habido pérdidas y muertes de seres queridos. Para otras, serán días para reponer energías y armarse de buenos propósitos para iniciar el nuevo año.

Estos días son un momento propicio para agradecer uno de los mayores regalos que Dios nos da: el tiempo. El tiempo es oro, dice el refrán. Pero aún es más. El tiempo es vida: en él nos movemos y existimos. El tiempo es oportunidad: en él hacemos realidad lo que soñamos y planeamos. Y el tiempo es fiesta cuando lo pasamos junto a las personas amadas, compartiendo con ellas lo mejor de nosotros mismos.

La mejor manera de agradecer a Dios el regalo del tiempo es utilizarlo bien, y aquí es donde nos topamos con un drama. Igual que con el dinero, ¡nunca tenemos suficiente! Siempre nos falta tiempo, se nos escapa.

Pero esta impresión… ¿es real? En el tiempo todos los seres humanos somos iguales, nadie tiene más que otros. Todos los días tienen 24 horas y todos los años tienen 365 días. Lo importante es saber utilizar este regalo. ¿Cómo? Con virtud. Es decir, sin tacañería y sin derroche. Podemos ser tacaños, queriendo comprimir nuestra agenda y hacer muchas cosas a la vez, ¡no podemos perder ni un minuto! O podemos gastar el tiempo distrayéndonos con  actividades que no aportan nada, nos roban horas y no nos hacen crecer. ¡Cuánto tiempo se pierde con los aparatos móviles, con el consumismo y el ocio televisivo!  Usemos bien el tiempo. No lo matemos ni lo perdamos. Vivamos el tiempo dedicándolo a lo que realmente vale la pena, a lo que nos hace crecer y, sobre todo, a aquellos seres amados que ocupan un lugar en nuestro corazón. Pasar unas horas cada día con ellos, aunque sea sin hacer nada “importante”, es la mejor inversión del tiempo. Busquemos, también, un tiempo diario para Dios. 

martes, diciembre 26, 2017

Una noche luminosa

Hoy, en esta Nochebuena, una luz intensa ilumina todo el firmamento. Un acontecimiento crucial está sucediendo. Dios irrumpe en la historia, en el tiempo y en el espacio, y se hace presente con la fuerza de un poder que es el antipoder. El niño de Belén que nace es expresión del antipoder. Esta noche Dios, en el niño Jesús, ha demostrado la fuerza de la fragilidad, de lo vulnerable, de lo pequeño, de lo suave y lo dulce, de la ternura.

¿Es que acaso el valor de lo diminuto no tiene tanta fuerza para seducirnos? La sencillez de unos pastores marginados en aquella cultura judía, la fragilidad de una madre adolescente y la humildad de José, que calla ante el misterio de esa noche en aquel establo, en aquella apartada región del imperio romano, todo esto es necesario para que se pueda culminar la encarnación de Dios.

Allí, en esa noche misteriosa, está ocurriendo algo extraordinario. Dios decide descender de las alturas de su reino para atraernos con la sencillez de un niño a la inmensidad de su amor. Se abaja para cogernos de la mano y elevarnos a la dignidad de ser hijos suyos. Y lo hace a través de una criatura inocente, mendigando nuestro amor. ¿Quién no se emociona frente a un indigente que pide limosna, y más cuando este pobre es un niño que suplica que lo mires, que lo acojas, que lo abraces? ¿Quién no haría esto con un niño? Aquí es donde empieza una hermosa aventura de amor de Dios con el hombre, haciéndose como él para entenderlo y hablar su propio lenguaje. Es la historia de una nueva comunicación. Dios en Jesús se nos revela y se nos comunica con este deseo salvífico, inclinándose, agachándose, para sacarnos de nuestras oscuridades y mezquindades y ensanchar el horizonte de toda esperanza humana.

La única forma que tuvo Dios para desarmarnos fue utilizar su propio poderío no para hacerse más poderoso, ni más grande, sino para hacerse lo más pequeño posible, y la manera era hacerse bebé. Ese llanto se convierte en un cántico de liberación para la humanidad. La gelidez se convertirá en calor balsámico para nuestros corazones, y la oscura noche en un estallido de luz que alumbrará los abismos de nuestro interior. Hoy, esta noche del solsticio de invierno se ha convertido en una primavera donde un amanecer apunta en el bosque de nuestra vida, haciendo florecer el verdor fresco de un nuevo día.

Es invierno. Pero el sol de Cristo ilumina no sólo la inmensidad del cielo, sino también la inmensidad del universo de nuestro corazón. Hoy, en esta noche, la luz del Dios encarnado en el Niño de Belén penetra por todos nuestros poros. Porque él quiere estar dentro de nosotros. Él quiere formar parte de nuestra vida, quiere meterse y habitar en lo más íntimo de nosotros mismos.

Pero esto no lo hace Dios queriéndonos someter, ni utilizando ejércitos para doblegarnos, ni técnicas de manipulación psicológica. Él quiere mostrarse con sencillez, no quiere recortar ni un ápice nuestra libertad. Sus únicas armas son la belleza, la poesía, la ternura. Desde el silencio del establo, descubramos que el arma de la dulzura de un niño es lo único que tiene para hacernos salir del letargo y despertarnos a la única aventura que nos hace realmente felices y libres: salir de nosotros mismos e ir al encuentro de aquel que culmina todos los sueños y esperanzas.

El niño de Belén nos hace descubrir que en el valor de lo pequeño, lo sencillo, lo cotidiano, lo bello, está la grandeza del hombre. La semilla de la libertad germina cuando se libra de la autocomplacencia, el poder y la arrogancia. La contemplación del niño Dios tiene este efecto: toda persona queda iluminada por su mirada y por el silencio donde se nos ha revelado y comunicado. Es la hora de irrumpir en el mundo. En el llanto de un bebé en la noche nace también una nueva esperanza. Ese niño será el soberano de nuestra vida, haciendo que cada Nochebuena sea de verdad una buena y santa noche. Que, acurrucados ante el pesebre, aprendamos a sintonizar con el latido de este tierno corazón sagrado, para que tengamos los mismos sentimientos y que el bombeo de este pálpito circule con fuerza amorosa que nos convierta en otros cristos. Sólo así entenderemos el auténtico sentido de la Navidad: nacer a la vida de Dios. Que la luz de esta noche nos ayude a descubrir la belleza de su corazón.

24 diciembre 2017

domingo, diciembre 17, 2017

Un rostro amable de la pastoral

El día era oscuro e invernal, pero su vida era plena e intensa. A una edad madura se había ordenado como diácono para servir a la Iglesia, siguiendo una inquietud que le venía desde muy joven, cuando vivía en Paraguay y se formaba con los jesuitas. Pero la vida da muchas vueltas. Su familia regresó a España, él vino a Barcelona y se casó con su encantadora esposa, con la que tuvo tres hijos. El matrimonio se mantuvo muy unido hasta el triste momento de su muerte.

Llegó de forma súbita y nadie se lo esperaba. Esposa, hijos, amigos… Para mí fue un inesperado golpe, ya que habíamos quedado para hablar esa misma semana.

Miquel era diácono, pero para mí era un pastor, amigo y consejero. Tenía una exquisita capacidad de escucha, cálida y atenta. Como buen psicólogo, sabía cómo abordar los temas. Cuando algo me preocupaba y le pedía consejo siempre me ofrecía un criterio sereno y lúcido. Además de su formación en psicología social, tenía un don para discernir con claridad en las situaciones más complejas, una sabiduría que le había dado la vida, su fe y su entrega a los demás.

Hacía dieciséis años que lo conocía, tiempo suficiente para percibir el grado de autenticidad de su corazón. Durante toda su vida mostró un gran desvelo por los demás. Jesús era el centro de su vida y, para él, seguirlo significaba servir hasta el extremo. Tenía muy clara, como Jesús, la preferencia por los pobres. Fundó una asociación para favorecer la integración social y laboral de colectivos en riesgo, y se dedicó en cuerpo y alma, incluso aportando su patrimonio, para esta dignísima y loable labor. Un parado, me decía, es un pobre en potencia, y no sólo en la dimensión económica, sino en la social y psicológica, ya que el desempleo genera un progresivo deterioro moral que puede llevar a la automarginación y la soledad.

Miquel se desvivía por su asociación. Junto con mi fundación ha llevado a cabo algunos programas de integración laboral conjuntamente. Su hija Esther y Carlos, el coordinador, son los pilares de la entidad y con ellos mantengo una buena amistad.

Guardo muchos recuerdos de Miquel: conversaciones sobre política, sociedad, Iglesia… Con inteligencia me planteaba los límites éticos de las instituciones. Su sencillez no le quitaba agudeza ni alegría. Su talante alegre y cercano despertaba la confianza y la acogida. No tenía prejuicios ideológicos y daba un valor máximo a la persona, más allá de su condición social, cultural y económica. Siempre tenía una mano a punto para ayudar al otro, pero al mismo tiempo sabía tener la discreción y la prudencia necesarias para respetar las distancias emocionales. Siempre encontraba la palabra justa y sanadora.

Ya jubilado, en su paso por diversas parroquias, su trabajo fue más allá de su ministerio diaconal. Miquel, aunque no recibió la ordenación presbiteral, actuaba como un auténtico pastor que sabía alimentar y guiar a su rebaño. Así lo hizo en San Pancracio, pequeña comunidad en el Poblenou donde ejercía su ministerio, que le fue encargado por el arzobispo emérito Martínez Sistach.

Hombre maduro y responsable, desde siempre sintió una profunda unción sacerdotal. Aunque finalmente no pudiera ejercer como tal, su corazón era el de un ardiente sacerdote que vivió por entero su compromiso con la Iglesia. La humildad daba un valor más alto a su misión.

Ahora, más allá de su estado canónico eclesial, es sacerdote eterno con Cristo, así lo siento en mi corazón y así lo he sentido desde que lo conocí. No será ordenado por un obispo, sino que el mismo Cristo le impondrá la casulla, formando parte del presbiterado en el Reino de los Cielos.

Miquel siempre deseó ser sacerdote, pero no pudo ordenarse por su condición de casado; hoy por hoy la Iglesia católica no contempla esta posibilidad. Esto puede ser motivo de una profunda revisión teológica y bíblica y creo que puede debatirse sin prejuicios a la luz del evangelio y de las necesidades de la Iglesia de hoy.

Con Miquel coincidí pastoralmente un año y medio en San Pancracio. En una época de salud delicada y tensión pastoral, él fue mi gran soporte y me ayudó a sobrellevar aquellos difíciles momentos.

He sentido mucho en el alma su pérdida. Me he quedado sin mi amigo, compañero de batallas en lo social y en lo eclesial. Miquel es alguien que ha dejado una profunda huella en mí y sentiré ese vacío. Echaré de menos su caluroso saludo, su sonrisa y su presencia afable en las reuniones del arciprestazgo. La noche que supe de su muerte, al comprender que perdía el calor de su amistad, sentí la gelidez de la ausencia. Ya no podremos volver a encontrarnos, aquí en la tierra…

Apenado por él y por su familia, recé largo tiempo. El día había amanecido frío y oscuro. Pero aquella noche sentí, desde la fe, que esa oscuridad precedía a un día claro y luminoso en el cielo. Aunque no pueda concebir ese salto desde mi razón, sí tengo una última certeza: desde el cielo nuestra amistad pasará a otra fase. Seguiré comunicándome con él, de otra manera. La amistad entre el cielo y la tierra continuará. Esa noche, rezando, sentí mis manos frías, pero mi corazón ardía porque sabía que una persona como él nunca muere del todo, y más cuando ha amado mucho y ha dejado una familia, unos amigos, una Iglesia a los que ha dedicado tantos esfuerzos.

La vida sigue más allá de nuestro tiempo y de nuestro cuerpo limitados. Cuando se ama empezamos a eternizar nuestra vida hasta el salto definitivo. Miquel, sé que velarás, sobre todo por tu familia —esposa, hijos, nietos— pero también por tus amigos, que tanto has querido, y muy en especial por los del Poblenou, que han sido tus compañeros en el campo de la evangelización. Que tu recuerdo les ayude a ser fieles a la feliz noticia del evangelio y a vivirlo como tú lo viviste. 

sábado, diciembre 09, 2017

Vivir despiertos

En el tiempo de Adviento los evangelios nos invitan una y otra vez a velar. Velad, vigilad, estad alerta. Es una invitación a vivir despiertos. Los cristianos no podemos pasar por la vida como sonámbulos, apáticos o indiferentes. Jesús nos llama a vivir con pasión, “mordiendo la vida”, entregándonos a fondo a todo lo que hacemos. Jesús muchas veces nos alerta: tenemos orejas pero no oímos, tenemos ojos pero no vemos. Esto también nos pasa a los creyentes de hoy. Venimos a misa, participamos en las celebraciones, el mismo Cristo viene ante nosotros… ¡y parece que nada suceda! ¿Tan adormecidos estamos?

Vivir despiertos es vivir atentos a lo que sucede a nuestro alrededor. Es mirar, escuchar, atender… Es ver a las otras personas, fijarnos en ellas, intentar comprenderlas y hacer algo para ayudarlas, o aumentar su felicidad. Vivir despiertos es no ignorar a nadie, especialmente a los que no tienen voz. Es mirar al pobre, al solitario, al abandonado, con ojos de Dios: ojos tiernos, atentos, comprensivos y compasivos. Vivir despiertos es conectar con los demás, conectar con Dios, expresarnos y acoger lo que los otros nos pueden decir. Vivir despiertos es entrar en comunicación.

En las parroquias es vital la comunicación. Cada semana estamos comunicando noticias a los feligreses: no son un telediario, sino una invitación a participar, porque somos una gran familia. En una familia las noticias interesan, queremos estar enterados de todo y saber qué ocurre. Los demás nos importan. En la parroquia, si realmente nos sentimos familia, hermanos de todos, también nos importarán las novedades y las escucharemos con interés. Cada semana ofrecemos la hoja. Comunicamos en misa, de viva voz; comunicamos de tú a tú, ponemos carteles en la puerta y, a los que tenéis Internet, os enviamos la web y correos electrónicos. ¡La  comunicación no falta, y muchas maneras! Quizás lo que falla a veces no es la transmisión sino la escucha… ¿Tenemos las antenas abiertas y sintonizadas? ¿Estamos abiertos a recibir? Velad, dice Jesús. Vivid despiertos. El primer paso para esto es sentirnos familia y escuchar.


domingo, noviembre 12, 2017

Cómo dinamizar la vida arciprestal - 1

Realismo pastoral


Después de treinta años como sacerdote he pasado por más de siete parroquias y he tenido la posibilidad de conocer realidades muy diferentes, según el lugar y la comunidad que me ha tocado pastorear.

Viendo los ritmos y el talante de cada grupo, veo que cada parroquia tiene su historia, su idiosincrasia y su identidad, y esto es algo que los rectores debemos aceptar. Aunque observemos aspectos que nos gustaría modificar o mejorar, no podemos cambiar a las personas de la noche al día. Muchas de ellas son personas mayores, con muchos años de compromiso parroquial, que forman parte de grupos muy consolidados, y no es fácil plantear cambios, aunque a veces sea necesario. Hay que hacerlo con mucho respeto y delicadeza, dándoles tiempo, y a veces tendremos que asumir que ciertas cosas no serán exactamente como queremos.

Necesitamos mucho realismo pastoral. Cuando uno se sumerge en la realidad parroquial, ve que las cosas son más complejas de lo que parecen, y no se puede ir con prisa ni imponiendo los ideales propios. Tenemos que ser muy tolerantes y evitar prejuicios y etiquetas. Hay parroquias que son tachadas de «carcas», o «cerradas», o «progres», o se dice que «van a la suya» y no hacen piña con otras parroquias cercanas, que no viven la diocesaneidad ni la comunión arciprestal.

Estas etiquetas nunca ayudan. Por un lado, no responden a la realidad parroquial por completo, sino a una imagen deformada y a menudo exagerada por prejuicios históricos. Por otro lado, no contribuyen a facilitar un cambio ni una mejora. La riqueza de una comunidad nunca queda encerrada ni limitada por un juicio a priori. Dicho esto, creo que, si los cambios son necesarios, el rector es el primero que ha de emprenderlos, con una pedagogía adecuada.

Creo que cada rector tiene una primera misión: consolidar la comunidad, aceptando su realidad tal como es.

El segundo aspecto, tan importante como el primero, es que la parroquia tenga clara su proyección evangelizadora hacia el entorno.

Y, en tercer lugar, es vital trabajar la unidad entre parroquias, a nivel arciprestal y diocesano, siempre partiendo de la buena fe y de la amistad y el compañerismo entre los sacerdotes responsables. Esto es más importante de lo que se suele pensar.

El cuerpo de la Iglesia


La Iglesia es un cuerpo orgánico, tal como explicaba el cardenal Jubany. Podríamos establecer una analogía con el ser vivo. La parroquia es una célula, el arciprestazgo es un tejido y la diócesis es un órgano. Todos los órganos forman el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia en el mundo.

Pues bien, si la célula está sana, podrá unirse a las otras y formar un tejido fuerte —arciprestazgos consolidados e interrelacionados—. Si el tejido está sano y bien nutrido, el órgano también lo estará. Y unos órganos sanos contribuirán a la salud de todo el cuerpo. La base, siempre, está en el correcto funcionamiento de la célula. Es decir, la salud de la Iglesia depende de la salud de cada parroquia, como unidad básica y fundamental. Si la familia parroquial no está unida, fuerte y sana, el tejido, por mucho que se quiera, no será saludable ni resistente. Aquí es donde los párrocos tenemos un papel decisivo.

Si una comunidad no se acaba de integrar en el tejido arciprestal, no siempre es por falta de voluntad de su rector. Por ejemplo, puede haber parroquias que se encuentran en el límite de un territorio y sus feligreses no se sienten parte de esa zona, por lejanía y porque su entorno vital y social es otro. A veces los límites arciprestales son un poco artificiales y no corresponden a las unidades de población que se dan de forma natural. Esto es un aspecto a tener en cuenta a la hora de trazar límites arciprestales.

La renovación de las parroquias - 1

El Padre Mallon es un sacerdote canadiense que en los últimos años ha emprendido una revolución en su parroquia. Su comunidad languidecía y necesitaba un impulso para no morir… Y lo ha conseguido. Ahora en su parroquia de San Benito de Halifax hay más de seis mil feligreses, de los cuales unos 900 están comprometidos en tareas pastorales, y 250 se reúnen en las casas para rezar, profundizar en la Biblia y vivir la fraternidad cristiana. En sus libros y en conferencias que imparte por todo el mundo el Padre Mallon explica cuáles son los secretos para convertir una comunidad agonizante en una parroquia dinámica y viva. En realidad, estos secretos no son otra cosa que volver a los orígenes: la buena nueva de Jesús.

La comunidad parroquial debe tener tres cosas muy claras:

1. Su misión es evangelizar, y esta es su identidad. Todo cuanto sirva para evangelizar debe potenciarse; lo que estorba a la evangelización debería dejarse, aunque esto suponga tomar decisiones difíciles, como cuestionar la presencia de grupos y personas que no contribuyen a esta misión, o son incompatibles con ella.

2. Id y haced discípulos míos”, dijo Jesús. Para ello la parroquia debe formar y trabajar con discípulos de Jesús, laicos y personas comprometidas que quieran asumir esta misión.

3. A veces será necesario cambiar las estructuras y la organización parroquial. Sin miedo. Todo debe estar al servicio de la evangelización. Los responsables de la parroquia son, a veces, los primeros que deben experimentar una conversión.


domingo, noviembre 05, 2017

Reflexión sobre la campaña de Germanor

No sólo se trata de dinero


Las parroquias tienen necesidades. Todos lo sabemos. Necesitan una cantidad mensual para sobrevivir y hacer frente a sus gastos, como cualquier hogar.

Pero en esta casa grande que es la parroquia vive una gran familia. ¿Cuántos feligreses somos? ¿Cuántas familias? Y la mayoría venimos, participamos y sentimos que esta es nuestra parroquia, nuestra segunda casa.

Entre todos los feligreses, tenemos recursos para mantener nuestras parroquias de sobras.

El problema no es el dinero. Hay dinero suficiente, pero ¿lo compartimos?

El problema no es la falta de recursos. El problema está en el corazón.

¿Somos capaces de dar, cada uno lo que pueda y considere, para ayudar a sostener nuestra parroquia?

Tu necesita ayuda. No nos falta el dinero. Sólo nos faltan… más corazones abiertos.

Y los tenemos. Tenemos corazones de carne, generosos y sensibles.

Colaboremos con nuestra parroquia, con donativos o haciéndonos socios. La meta: alcanzar la autofinanciación. Recordad: no estamos ayudando al sacerdote, sino a Dios, para que su Iglesia crezca.

viernes, octubre 27, 2017

La vida es hermosa...

La fiesta de Todos los Santos es una fiesta de vida y de luz. Lejos de la connotación lúgubre de la cultura tan comercial que nos invade, y que se recrea en la muerte y en lo aterrador, es una fiesta que entraña paz y alegría. El color de esta fiesta, más que el negro, debería ser el blanco luminoso.

Estamos en una época del año que, en el hemisferio norte, ve cómo avanza el otoño. La luz menguante, el frío y la caída de las hojas nos recuerdan la caducidad de la vida terrena. Pero la muerte, para los cristianos, no es un final espantoso ni una extinción total. La muerte, ciertamente, es un final de nuestro cuerpo físico. Pero no es la aniquilación de la persona. Jesús, con su resurrección, nos ha abierto las puertas a otra vida más allá de la muerte, que no podemos imaginar. Esta es la buena noticia: la vida es hermosa y su meta final no es la muerte, sino el cielo. Una dimensión donde compartiremos lugar con Dios y con todos aquellos que nos han precedido.

Jesús, en su última cena, dijo a sus amigos: A donde voy, os prepararé una morada. Quiero que estéis conmigo. ¡Qué hermoso pensar que Dios quiere que estemos con él, siempre! Es su amor el que nos da una vida eterna. Si nos ha amado tanto que ha posibilitado nuestra existencia, ¿cómo va a querer que esta se acabe?

Por eso, en clave cristiana, la muerte es un umbral, un paso de una vida a otra. Podríamos compararla a la diferencia entre la vida intrauterina de un bebé gestándose y su vida después de nacer. El parto, para un bebé, es un proceso tremendo y dramático, una especie de muerte… hasta que respira aire y empieza a vivir en ese otro mundo, inmenso y sorprendente, que forma el universo exterior a su madre. Así de inimaginable será el cielo.

Y lo mejor es que encontraremos un cielo muy poblado. Allí podremos ver y abrazar de nuevo a todos aquellos seres queridos que han muerto siendo amigos de Dios. Ellos nos esperan y nos preparan lugar. El cielo es una fiesta.

domingo, octubre 22, 2017

Necesitamos la comunidad

«La vida actual ha roto los vínculos comunitarios. La Iglesia no siempre es ejemplo de comunidad. En mis primeros años como cristiano adulto salía de la iglesia corriendo, al terminar las misas. No me interesaba involucrarme con la gente. Sólo me importaba Jesús y era todo cuanto necesitaba, o al menos eso creía. Prefería ir a la iglesia como un turista, era demasiado inmaduro espiritualmente para comprender que esta actitud es muy dañina.

Esta forma tan consumista de vivir la fe refleja la fragmentación de la Iglesia. Vivir en comunidad significa poner el bien de los demás por delante incluso de mis deseos e intereses. La vida cristiana consiste en construir la fraternidad que todos necesitamos para completar nuestro itinerario personal. Un cristiano necesita a otro cristiano que le transmita la palabra de Dios. Lo necesita, una y otra vez, cuando duda, cuando se desanima y no puede seguir adelante solo. Necesita a su hermano como testimonio y anuncio de la palabra divina de salvación.

La vida comunitaria no es un ideal de ensueño, sino una iniciación difícil en esta “realidad divina” que es la Iglesia. Los conflictos en la comunidad son un don de Dios, porque nos obligan a afrontar las diferencias. No es fácil, es un don de la gracia y esta es la belleza del cristianismo. La diversidad nos lleva a la aceptación del otro y nos ayuda a vivir formando parte de un todo orgánico, unidos en Cristo, comprometiéndonos a trabajar por el amor y la unidad.

En este mundo de hoy, cuando la luz que ilumina muchos rostros es la luz de las pantallas, el Smartphone, la Tablet o el televisor, estamos viviendo una época muy oscura. Estamos perdiendo la luz que brilla a través de la persona gracias a la interacción social. Sin contacto real con otras personas humanas, no hay amor posible.»


Reflexiones de Rod Dreher, en su libro La opción de Benito, una estrategia para cristianos en un país post-cristiano (extractos del capítulo 3). 

domingo, octubre 15, 2017

María, Pilar de la Iglesia

Hemos celebrado la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, una advocación que presenta a María como imagen sobre una columna, tal como, según la leyenda, se apareció al apóstol Santiago cuando venía a evangelizar la antigua Hispania romana. El apóstol estaba cansado y desanimado y María le dio fuerza y consuelo para seguir con su misión.

La Virgen sobre el Pilar, más allá de la leyenda, expresa una realidad muy honda: María es el fundamento de la Iglesia. No sólo es pilar: es puerta, umbral, cuna y regazo donde el mismo Dios quiso nacer y crecer. Por ella entró Dios en el mundo, en ella se afianza su obra: la familia de la Iglesia. La madre de Dios, después de la resurrección de Jesús, se convierte en madre de todos y protectora del mundo entero.

La Iglesia hoy parece estar en crisis, al menos en occidente. Se nos vacían las iglesias, las comunidades envejecen… ¿Quién sostendrá la Iglesia? No temamos, hay un pilar muy fuerte que nos sostiene. Pero, además de María, la Iglesia necesita muchos otros pilares. Cada uno de nosotros debería ser pilar vivo de la Iglesia. ¿Cómo ser pilares? María es nuestra maestra. Solos, con nuestras propias fuerzas, podemos muy poco, o nada. Pero ella nos enseña a apoyarnos y a confiar en Aquel que lo puede todo. Llenémonos de Dios, como ella. Llevemos a Jesús en nuestro seno, como ella. Acojamos su palabra y la misión que nos propone, como ella. Entreguemos nuestro cuerpo y nuestra alma, todas nuestras potencias, para servir al reino de Dios, como lo hizo ella. Seamos humildes como ella. El alimento que nos robustecerá está en la oración y en la eucaristía. María es maestra de oración. Aprendamos, como ella, a tener tiempo para Dios cada día. Aprendamos, más aún, a convertir todo cuanto hacemos en una ofrenda sencilla, humilde, pero con mucho amor, a Aquel que todo nos lo da, que quiere salvarnos y hacernos participar en su «banquete de bodas». Con María, los cristianos formaremos bosques de pilares vivos que sostendrán esta inmensa catedral que es la Iglesia.

domingo, octubre 08, 2017

Si Jesús te lo pidiera...

Una reflexión sobre la economía parroquial


Jesús dijo que no se puede servir a dos amos. Porque, inevitablemente, vamos a preferir al uno sobre el otro. Lo dijo refiriéndose a que no podemos servir a Dios y al dinero.

Aunque no seamos muy ricos, incluso aunque tengamos poco, el dinero tiene una gran prioridad en nuestra vida. Y si no lo creemos, pensemos por unos minutos… ¿Qué nos cuesta más darle a Dios? ¿Una hora? ¿Una misa? ¿Una oración? ¿Un ayuno? ¿O… un donativo para la iglesia?

¿Qué nos duele más? ¿Que nos quiten tiempo? ¿Que nos pidan ayuda en un trabajo? ¿O que nos pidan dinero?

¿De qué nos cuesta más desprendernos? ¿Dónde se nos engancha el corazón? Jesús nos avisa: no puedes servir a Dios y al dinero. Pero sí podemos utilizar el dinero para servir a Dios, empleando una parte de lo que tenemos para la obra de Dios en esta tierra, que es la Iglesia.

Si Jesús, hoy, te hablara en tu rato de oración y te pidiera ayuda económica, ¿qué le responderías?

No ayudes porque lo pide el párroco, ni porque otros lo hacen, por quedar bien o porque te sientes obligado. Hazlo por amor a Jesús. Recuerda sus palabras: «un solo vaso de agua que deis, por amor a mí, no quedará sin recompensa». Cualquier donativo que des, si lo haces por amor a él, quedará anotado en el cielo.

¿No crees que cuando se pide ayuda desde la parroquia es el mismo Dios quien te la está pidiendo? A Dios le gusta hablar por medio de voces humanas y, muchas veces, por medio de los sacerdotes, de la Iglesia.

Hazlo por amor. Hazlo por Jesús. Las personas pasamos, pero todo aquello que hacemos en la tierra, por él, queda inscrito en la memoria del cielo.

domingo, octubre 01, 2017

Caminar juntos

Empezamos un nuevo curso pastoral. Y lo hacemos con una fiesta, la eucaristía, el encuentro semanal que nos reúne a toda la comunidad.

Os invito a todos a vivir a fondo este nuevo curso con una mayor consciencia de ser familia de Cristo. No estamos solos. No practicamos nuestra fe de manera individual y privada. De la misma manera que no podemos nacer ni crecer sin el apoyo de los padres, la familia y la sociedad, tampoco podemos crecer en la fe si no la vivimos en comunidad.

La misa no es un ritual para uno mismo, ni una obligación individual. La eucaristía es un ágape comunitario. Jesús no se nos entrega en solitario, sino a todos. Cuando comulgamos, este mismo Cristo, que viene a mí, está también en los demás.

Más allá de los vínculos que unen a las familias de carne, a los cristianos nos une algo mucho más grande: el mismo Jesús, su vida, su amor. Esto sólo tendría que bastar para afianzar la amistad y la solidaridad entre nosotros. Así lo vivían los primeros cristianos. Las gentes que los veían decían: ¡Cómo se quieren! Cómo se ayudan. Cómo socorren a los más pobres y vulnerables. ¿Por qué hoy no dicen lo mismo de los cristianos? Las gentes del barrio, de la ciudad, ¿podrían decir lo mismo de nuestra comunidad parroquial?

La parroquia es mucho más que este hermoso patio, este templo, estos edificios. La parroquia, en realidad, no es esto: la parroquia está hecha de piedras vivas, todos los que, cada semana, llenamos el templo y la capilla. Entre todos formamos parte del cuerpo de Cristo, vivo, aquí, en el barrio y en Barcelona. ¿Estamos de verdad unidos? ¿Damos testimonio?

Empecemos este curso caminando juntos. Cada parroquia o movimiento tiene su calendario anual. Es nuestra agenda, un calendario para vivir nuestra fe en comunidad durante todo el año. Es importante conservarla con cariño e incorporar los eventos señalados como parte de nuestras agendas y nuestra realidad de cada día.

lunes, septiembre 25, 2017

La renuncia

Este verano he tenido la oportunidad de leer una novela que quiero comentar y recomendar por la actualidad de su tema y por la hondura de las reflexiones que propone. Su autor es un sacerdote y misionero amigo mío; actualmente vive en Colombia, donde ejerce su ministerio pastoral. 

La renuncia de Benedicto XVI al papado en 2013 fue un acontecimiento que no sólo conmovió a la Iglesia, sino que levantó polvareda en todo el mundo. No se conocía otro caso, excepto el de Celestino V, papa de finales del siglo XIII que venía de la vida eremítica, ocupó la sede petrina durante unos meses y al poco tiempo abdicó. ¿Por qué Celestino quiso renunciar? ¿Cuáles fueron sus verdaderos motivos?

En su novela La renuncia, Martí Colom apunta posibles respuestas. Se trata de un relato espléndido, escrito con prosa enérgica y elegante, donde se entrelazan dos historias aparentemente muy distintas: la del viejo ermitaño Pietro de Morrone, nombrado Celestino V como papa, y la de Marcos Terrero, un dominicano superviviente de la guerrilla y exiliado durante años en París, donde ejerce como profesor de historia medieval. En el relato aparecen personajes históricos como el rey Carlos de Nápoles, el cardenal Gaetani, futuro papa Bonifacio VIII, y el filósofo y teólogo mallorquín Ramón Llull, con su audaz propuesta de evangelización, así como el coronel Caamaño, jefe militar de la oposición a la dictadura del presidente Balaguer.

A veces, las decisiones más valientes son las más incomprendidas. Y lo que parece un fracaso es un triunfo de la voluntad y la fidelidad a los propios principios y valores. En esta historia, donde las intrigas por el poder chocan con los anhelos más genuinos de sus protagonistas, Martí Colom propone una reflexión muy profunda sobre la Iglesia y su misión, pero también sobre la autenticidad humana y el valor de las decisiones personales.

«¿Cuál es el peor pecado de los hijos de la Iglesia? ¿Y nuestro mayor error? ¿Y nuestro olvido más grave?» Martí Colom no duda en afrontar las flaquezas y los errores de la Iglesia, en el pasado y en el presente, con diálogos jugosos entre sus personajes y discursos que no dejan al lector indiferente. «La barca, la Iglesia, que es algo santo y necesario, a veces también puede ser aquello que, a causa de nuestro propio deseo de seguridad, nos encarcele.» En la línea del papa Francisco, Colom cuestiona el anquilosamiento de las instituciones eclesiásticas y la búsqueda de falsas seguridades en la autoridad, las riquezas y la pompa, lejos del evangelio y de los pasos de Jesús.

En una sociedad que deifica el éxito, Colom escribe frases que impactan al lector e invitan a una relectura pausada: «…nos salva el amor, la ambición nos condena. […] Y el verdadero éxito no es conseguir todo lo que soñamos, o la vida inmaculada, perfecta (inalcanzable) de que me hablabas… sino acertar en nuestros sueños, dotarlos de ternura

En definitiva, es una lectura absolutamente recomendable, de estas que dejan poso, te hacen replantearte cuestiones muy vitales y se terminan con el deseo de volverla a leer, saboreándola despacio.

lunes, septiembre 11, 2017

El mal disfrazado de bien

La teología cristiana afirma la existencia de un ente maligno al que llama Satán o diablo. Esto ha impregnado la cultura religiosa y la piedad popular, en algunos casos de forma exagerada. Y es verdad que él nunca para y siempre está al acecho para hacer naufragar a mucha gente, o desviarla, haciéndole perder su rumbo moral. De hecho, hay una consciencia alerta, en muchos cristianos, de los constantes ataques del diablo. Sobre esto querría hacer algunas consideraciones.

El diablo tiene muchas formas de manifestarse en los diferentes ámbitos. Pero mucha gente tiene conceptos un poco equivocados. Por ejemplo, hay quienes piensan que los ateos son legiones de personas conquistadas por el demonio. Si entramos en teología, la fe es un don de Dios, y el hecho de no tenerla no quiere decir que una persona esté atrapada por el diablo, y menos que se convierta en una manifestación de este. Pensar así es una auténtica barbaridad, porque Dios ha hecho libre a la persona para que tenga la capacidad de decidir, y no se puede abrazar la fe si no es desde el don de la libertad. Dios siempre respeta la libertad que nos ha dado a todos, para que libremente elijamos. De no ser así, estaríamos destruyendo uno de los fundamentos de la fe cristiana. 

Tampoco podemos quedarnos con las escenas morbosas e impactantes de las posesiones, como vemos en el cine. Reducir la presencia del diablo a síntomas como cambios en el rostro y el lenguaje, ruidos guturales y ojos salidos de sus órbitas también es insuficiente, porque aparte de las posesiones demoníacas, él tiene otras estrategias para debilitar, no tanto al que está fuera de la Iglesia, sino al que está dentro.

Los disfraces preferidos del diablo


Hoy muchas personas se quedan sólo con las manifestaciones sobrenaturales del demonio, que cambian la psique del poseído, cuando lo más común es que el demonio utilice tácticas mucho más sutiles y de mayor alcance. Podríamos afirmar que el campo preferido para su acción destructora es la misma Iglesia, y las personas diana de su ataque somos los llamados creyentes, incluso los que estamos más comprometidos. 

¿Cómo detectar esa presencia maligna tan sutil e insidiosa, que lentamente hace estragos dentro de las mismas comunidades? 

Al diablo le gusta disfrazarse. Y esto lo saben todos los santos. ¿Sus disfraces preferidos? El disfraz de devoto, de místico, de teólogo. Un disfraz de «buena persona», de perfecto ciudadano, incluso de activista humanitario. San Juan de la Cruz señala otro: el demonio se suele disfrazar de «ángel de luz».

Pero hoy quisiera centrarme en otra forma que tiene de infiltrarse en nuestras vidas.

Escondiéndose detrás de la «verdad»


Hay quienes quieren imponer su voluntad en un grupo. El poder, el afán de control y la difamación forman parte de la estrategia diabólica, cuya finalidad es envenenar las relaciones y destruir a las personas. Para lograrlo estas personas utilizan unas formas que, aparentemente, son de indudable moralidad y, sobre todo, de una incuestionable religiosidad. Están por la labor de defender la doctrina y las verdades de la fe, y se mostrarán intachables en su conducta. Poco a poco, de manera casi imperceptible, van socavando el corazón de la comunidad, mientras consiguen el reconocimiento de los demás. Como se consideran moral y religiosamente mejores, emiten juicios letales sobre las personas que no piensan ni actúan como ellos. Se valdrán del descrédito y generarán correveidiles en su entorno social para ir manchando la dignidad de sus víctimas. Jugarán con una sutileza increíble, entre la verdad y la mentira, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre los sentimientos de bondad y la dureza sin paliativos, todo con el pretexto de salvar almas. Se mueven entre la oscuridad y la luz, entre lo claro y lo ambiguo, entre el celo apostólico y la autosuficiencia espiritual. De estas actitudes no están exentos ni los laicos ni el clero.

Este tipo de personas suelen mostrar un concepto equivocado de Dios, ya sea por su educación o por su perfil psicológico, tendente a sobrevalorar una autoridad jerarquizada basada en la religión del miedo, el castigo y la obediencia. Desfiguran el rostro misericordioso de Dios Padre y se aferran a una visión fundamentalista de la fe, que todo el mundo tiene que acatar si no quiere ser señalado o maldecido. Ven a Dios como un juez justiciero, con su espada levantada para someter a sus criaturas. La religión se convierte en una relación de sumisión, privada de libertad, que despoja al hombre de todo vínculo de amistad y afecto. Utilizan las palabras de las Sagradas Escrituras para condenar en nombre de Dios y se sienten en posesión de la verdad. Defienden su seudo-verdad minando la buena fama de los que no piensan como ellos.

Esta es la jugada más inteligente del demonio: utilizar la palabra de Dios como espada. El talibanismo dentro de la Iglesia es también presencia maligna, porque le ha quitado el corazón a Dios y le ha puesto una guillotina. A esto se le puede llamar sacrilegio. Ya no es sólo utilizar el nombre de Dios en vano, sino utilizarlo como arma ideológica que justifica la muerte.

domingo, julio 02, 2017

Encuentro con el papa Francisco

A las 6.30 de la mañana ya estaba en la puerta Pablo VI, por donde se accede a las dependencias de Santa Marta, donde el Papa ha decidido vivir, renunciando a las estancias papales del Vaticano. Cuando lo resolvió comentó que prefería vivir rodeado de sacerdotes y que vivir solo en la mansión no era bueno para él, psicológicamente. Esta afirmación sorprendió a muchas personas, en su momento.

El día había amanecido nublado. Pero las nubes no podían apartar la alegría que sentía ante la gran oportunidad que se me había brindado. Más allá de las nubes, el sol hacía posible el nacimiento de un nuevo día que nunca olvidaré en mi trayectoria sacerdotal. Estrechar la mano de un pontífice, recibir su cálida mirada, todo esto iluminaba mi corazón.

Me dispuse a pasar por los controles pertinentes y a identificarme en la lista que los guardias suizos tenían. Elegantes y amables, nos indicaron, a mí y a un nutrido grupo de sacerdotes y laicos, el camino hacia la capilla de Santa Marta, donde el papa celebra misa cada día a las 7 de la mañana. En el rato de espera, surgieron espontáneamente las conversaciones entre los que íbamos a visitar al papa. Había cuatro sacerdotes diocesanos pertenecientes al Opus Dei, de la Santa Cruz, incardinados en la diócesis de Navarra y a punto de iniciar su labor en diferentes parroquias. Todos ellos vivían en comunidad. Había otro sacerdote chileno, dos africanos, un italiano y un prelado, y yo que venía de Barcelona. Después de un rato de charla amical nos hicieron pasar a la sacristía, donde nos revestimos con nuestras albas a medida y, para guardar la armonía en la vestimenta litúrgica, nos dieron unas estolas del mismo estilo y con dibujos similares. Eran las 6.55 de la mañana y nos encaminamos, en fila, hacia la capilla. Concelebramos desde el primer banco, ya que es un espacio un poco pequeño para tantos sacerdotes alrededor del altar. Mientras caminaba por el pasillo pensé con emoción que se acercaba el momento de ver un sueño cumplido. La serenidad y la elegancia, junto con la sobria decoración y el ambiente devoto nos llenaron de paz. Al entrar en la capilla nos envolvió la música de un piano que sonaba. La misa comenzó muy puntual a las 7.

El papa salió de otra sacristía anexa a la capilla, solo. Con paso lento, pero decidido, besó el altar con mucha unción y durante unos segundos nos miró a los asistentes, con una expresión cálida en el rostro. Luego inició la eucaristía. Su voz era clara, su tono profundo y suave. Todo fluía de manera armoniosa. Como buen jesuita, el papa vivía con serena intensidad los ritos. Se notaba que es un hombre que ha puesto a Cristo en el centro de su vida y que la eucaristía es, para él, un encuentro cumbre en su ejercicio pastoral. Cuando llegó a la homilía, su voz cambió. Del tono calmado y suave pasó a una voz potente y nítida. ¡Cuánta energía de buena mañana! Predicó con convicción y apasionamiento. Afloró en él su volcán interior a la hora de comentar el texto evangélico de Marcos: «Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios» (Marcos 12, 13-17). En tono exigente, recio y penetrante, nos advirtió sobre la hipocresía que abunda en la Iglesia, en las parroquias y en los movimientos. Es un pecado grave, insistió con fuerza, y las actitudes falsas son un veneno que mata. Las palabras salían con rotundidad de su boca. Nos alertaba a no caer en esa actitud tan extendida, con un lenguaje directo, claro y vivencial. Como buen predicador y literato, estructuró muy bien la homilía, comentando cada frase del evangelio. No dejó indiferente a nadie. Su calidez, a la par de su capacidad de penetración moral y psicológica, es impresionante. El papa supo sacudir a fondo nuestra conciencia espiritual, desmenuzando el texto con claridad meridiana y extrayendo consecuencias para nuestras vidas. Diez minutos fueron suficientes para producirnos un vuelco en el corazón, llamándonos a vivir la coherencia evangélica. Fue una delicia escucharle, un regalo aprender de él, oírle directa y personalmente, con ese deje argentino en el habla, que suena como música agradable y simpática, pero no menos profunda y certera.

Sí, estaba emocionado. Concelebrar con el papa era un regalo que me hacía la Providencia. Su voz recia, su presencia corpulenta, ladeándose ligeramente al desplazarse, me hizo intuir el enorme peso que carga a sus espaldas: la Iglesia, con todos sus desafíos y dificultades. El papa sabe que está en la diana, en el centro de la radicalidad evangélica. Durante su predicación sus ojos castaño oscuro brillaban, manifestando una coherencia llevada al límite. Aunque reciba tantas críticas, desde posiciones diversas y contrarias, él se agarra bien fuerte a la cruz de Cristo. Así es como dialoga con todos los gobernantes, políticos y líderes religiosos, tanto los que lo aceptan como los que no, incluso dentro de la misma Iglesia católica. Como decía una amiga, el papa Francisco es un huracán y a la vez es un bálsamo, que a veces nos llama a desinstalarnos de nuestros propios criterios y a vivir y caminar con Cristo hasta el martirio, dando la vida. Él ya está viviendo ese martirio. Hay lenguas furiosas que están manchando su ministerio papal, él sabe que es un precio que tiene que pagar por hacer tambalearse unas estructuras anquilosadas con esa frescura pentecostal que le caracteriza. El papa Francisco es viento que sacude desde adentro las puertas de la Iglesia.

Seguimos con el ofertorio. De nuevo cambió su tono de voz. Fue una misa muy vivida, también por el resto de mis compañeros, que la seguían muy atentos y felices. Litúrgicamente fue una belleza. Todo se hizo tal como dispone el ritual, pero con una naturalidad quizás inesperada. El papa se sale de la rigidez, mira directo a los ojos, habla con una voz normal, no impostada, y utiliza un lenguaje que se escapa de la mera puesta en escena. El papa huye de una imagen hierática y medieval: se sabe pastor de un gran rebaño, servidor del pueblo de Dios, un auténtico pescador de hombres.

El momento decisivo 


La misa duró 35 minutos. Un fragmento de tiempo que quise saborear poco a poco, por la densidad de cada instante. Quizás me hubiese gustado alargar más esos preciosos momentos litúrgicos. Lo bueno siempre sabe a poco, pero no deja de ser bueno. Al acabar, volvió a sonar el piano y salimos en procesión, atravesando el pasillo lateral de la capilla hacia la sacristía. El ambiente era cálido y se respiraba emoción. Después salimos a una sala de recepción donde el Santo Padre nos estaba esperando, con semblante cordial y amable. Fuimos pasando uno a uno para saludarle. Él fue acogiendo y escuchando a cada sacerdote y a algunos matrimonios y laicos.

Cuando me acerqué a él sentí una profunda emoción. Nuestras miradas se cruzaron y nos alargamos la mano. Él la tenía fuerte y me apretó con solidez. Le dije mi nombre, de dónde venía y le expliqué brevemente mi actividad en la parroquia de San Félix. Le regalé mi libro de homilías, La suave y penetrante palabra de Dios. Lo tomó con agrado. También le regalé Mujeres de Dios, escrito por una catequista de mi comunidad. Atento, el Papa me escuchó sin prisa mientras yo le explicaba. Su mirada sola ya me hablaba, y yo disfruté ese momento. Sentía calidez y seriedad en su mirada, acogía mis palabras con delicadeza y observó los libros, fijándose con cierta sorpresa en los títulos. Fueron cinco minutos densísimos en los que mi corazón ardía. Recordé cuando, con 18 años, dije sí a Dios, a mi vocación sacerdotal. Pasados más de cuarenta años, estaba ante el vicario de Cristo en la tierra. Emocionado ante su silencio atento, esos instantes bastaron para reafirmar mi vocación sacerdotal delante de él. Sentí que una gran fuerza interior salía de mi corazón. Estreché las manos de un papa que ama el sacerdocio, la Iglesia, Cristo y María, un papa que está dispuesto a todo por encontrar nuevas maneras de evangelizar en una cultura y una civilización que vive al margen de Dios, un auténtico apóstol. Nos miramos con profundidad y, con esa elegante actitud de escucha y acogida culminó nuestro encuentro con una cálida sonrisa y un apretón de manos.

Estuve ante el papa. Pese al tiempo limitado, durante los minutos que me dedicó no hubo ninguna barrera, todo fue espontaneidad y una cordialidad natural. Lo impresionante fue verle tan humilde, tan cercano. Ni siquiera seguía un protocolo de acogida. Daba una imagen refrescante, próxima y serena. Un papa que se sacude tanta pompa, tanto lastre histórico, tanta estructura que en ciertos momentos esterilizó a la Iglesia alejándola del evangelio. Sentí que el papa tiene muy claro que no se dejará atrapar por el peso de tantas épocas oscuras de la Iglesia, por las barbaridades cometidas en nombre de Dios. Recordé a Juan Pablo II, tumbado en el suelo del Gólgota, pidiendo perdón por los errores milenarios de la Iglesia. El papa ya no recibe desde un trono, como antes del Concilio Vaticano II. Poder acceder a él con toda naturalidad, y que él te escuche, refleja un papa que está recuperando lo genuino de su misión, que es ser pastor de la Iglesia universal, capaz de pararse y escuchar a los párrocos que guían a sus fieles hacia Jesús con todo su esfuerzo.

Todo fue precioso, denso, bello, cálido. Mi débil retina no olvidará nunca ese don que Dios me regaló y que me espolea a seguir siendo un entusiasta y un enamorado de la misión que me ha encomendado: ser imagen de Cristo en medio del mundo.

El encuentro con el papa Francisco ha sido aliento y soplo para seguir siendo fiel a mi sacerdocio. Sigo caminando hacia la plenitud de una vocación en la que el tiempo, la edad y los problemas no restan gozo ni alegría a la primera llamada. Sólo quiero seguir sirviendo al Señor y que él me siga dando la fuerza para mantenerme firme en mi cometido.

domingo, junio 25, 2017

«Me miró y me eligió»

Ha sido un intenso día paseando entre las maravillas de esta ciudad, donde los vestigios arquitectónicos expresan la gloria del esplendor romano. La iniciativa de los emperadores y los papas, su afán de perdurar en la memoria, la creatividad de cientos de artistas y el trabajo silencioso de miles de personas anónimas, a lo largo de los siglos, han hecho de Roma una meca del arte. En cada calle, en cada plaza, el viandante encuentra algún edificio, una escultura, una iglesia o un rincón evocador de esa huella del pasado que permea la ciudad hasta el día de hoy. No en vano Roma fue la capital del mundo mediterráneo, centro de un imperio que abarcó parte de tres continentes, Europa, Asia y África. Si la gloria de los emperadores se esfumó, otros logros han sobrevivido: la impronta de la arquitectura y el urbanismo, el derecho romano, el lenguaje que hablamos y, finalmente, la filosofía y la propia expansión del cristianismo. Nuestra cultura occidental es hija de esta Roma que, hace dos mil años, era quizás la ciudad más grande del mundo. Viajar a Roma es viajar a la historia del ingenio y la creatividad humana, primero en su lucha por expandir su territorio y, luego, como sede de la Iglesia, en su afán por expandir la cristiandad.

Roma, hoy, sigue siendo cosmopolita y animada. El turismo afluye durante todo el año, la ciudad bulle. Como me dijo un taxista, en Roma, si alguien tiene ganas de trabajar, siempre encuentra qué hacer. En los barrios históricos y céntricos se respira arte por doquier. Hay belleza en las iglesias, fuentes, palacios y plazas. Pero también en las pequeñas trattorias o restaurantes, con sus mesitas en la calle, bajo parasoles y pérgolas cubiertas de hiedra, decoradas con sumo gusto. Pasear por Roma es una constante llamada de atención a los sentidos, y muy en especial el sentido de la vista.

Ya en el hotel, cuando por fin puedo descansar, cierro los ojos y voy asimilando todas estas imágenes que pueblan mi mente. La plaza del Vaticano, el Castel Sant‘ Angelo, los puentes sobre el Tíber, la plaza Navona, con sus fuentes y sus palacios, el Panteón… Reflexiono, rezo y ofrezco a Dios el regalo de este día. Tras pasear por esta ciudad que, dicen, cuenta con más de tres mil iglesias, entre tanta gente y con tantas impresiones, agradezco la soledad apacible de mi habitación. Necesito estar a solas y prepararme espiritualmente para el propósito de mi visita: el encuentro con el papa Francisco.

Doy gracias a Dios porque así lo ha querido. Gracias al papa, por haber dicho que sí a recibirme. Gracias a la comunidad de FASTA, en especial a su fundador, el padre Fosbery, que ha facilitado todos los trámites para que se pudiera culminar mi deseo de encontrarme con el Papa con motivo de mi 30º aniversario de ordenación. Gracias a mi comunidad parroquial de San Félix, que me acompaña con el corazón y reza por este encuentro.

Esta noche, una profunda emoción embarga mi corazón. No sólo estoy conmovido ante el encuentro con el papa en sí, por ser quien es y por el lugar que ocupa, sino porque conozco su trayectoria como arzobispo de Buenos Aires. Sé de su talante abierto y social. Sé que, más allá de su cargo, por su perfil y su origen, como jesuita, es un hombre valiente. Reconoce sus defectos y, pese a las controversias que pueda generar en algunos sectores, se atreve a tratar temas que están en la frontera de lo moral, lo social y lo cultural, así como cuestiones bíblicas y teológicas. Expresa su sensibilidad espiritual con transparencia, tal como se definió a sí mismo en la famosa entrevista publicada en la revista Civiltà: como un pecador. El papa Francisco me acerca a aquel primer papa apasionado y temperamental, capaz de sacar la espada y luego negar a Cristo, capaz de llorar amargamente arrepentido, con profundo dolor. Aquel pescador de Galilea que ante Jesús exclamó: ¡Apártate de mí, que soy un pecador! Esta imagen tan vulnerable de Pedro me fascina. Jesús lo elige a él para ponerlo a la cabeza de su Iglesia: una persona sencilla y frágil. Esta es la forma de hacer de Dios. Los proyectos de Dios están sostenidos sobre la fragilidad humana, convirtiendo a las personas en expresiones sólidas de su amor. Esta noche pensaba en su escudo papal, en su lema: Miserando atque eligendo («Me miró con compasión y me eligió»). ¡Qué imagen tan cercana! Cuántas veces Jesús nos mira y nos llama…

Con ese lema, el papa está renunciando a la idolatría y al poder que le da su cargo. Ante su elección como papa, hace tres años, debía sentir un profundo vértigo. Siendo como es, debía costarle aceptar el papado. Eso significa estar en la cumbre de la cristiandad, representando a toda la Iglesia católica. Cuánto peso sobre unos hombros ya ancianos. ¡Cuánto abandono y humildad para dejar todos los planes que tuviera y aceptar este otro, grande e inesperado, plan de Dios!

Francisco inició su papado rezando con el pueblo y pidiendo su bendición. Si este papa, tan humano, está en el vértice de la divinidad, representando a Cristo, también es humana la Iglesia que representa la trascendencia. El papa es el Cristo en la tierra pese a su limitación como persona.

Cierro los ojos y me dispongo a dormir. Esperando, con emoción contenida, el abrazo con el papa. Todo está en silencio y la noche es apacible. Las calles duermen en este barrio tranquilo donde me alojo. Los jazmines exhalan su aroma y la luna va ascendiendo por el cielo, casi llena. Roma descansa, en espera de otro luminoso y nuevo día.

domingo, junio 18, 2017

Vuelo hacia Roma

Me dirijo al aeropuerto a las 4 de la mañana. De madrugada, todavía de noche, el fresco se ha intensificado. Caen unas gotas de lluvia, como una bendición refrescante del cielo aún oscuro. La ciudad duerme. Todo es silencio.

Me dispongo a saborear el regalo de este viaje. Quería celebrar mi 30º aniversario de ordenación con el Papa Francisco y todo se ha ido cumpliendo con extrema suavidad. Deseo compartir el regalo de mi sacerdocio con aquel que representa la máxima unidad y comunión en el sacerdocio de Cristo. Deseo este encuentro con toda mi alma. Saludar y estrechar las manos de Pedro, aunque sólo sea por un corto tiempo, despierta en mí una enorme gratitud. Bastarán unos instantes para llenarme de la fuerza del pontífice.

El testimonio entusiasta del papa, que ha sabido abrirse al soplo del Espíritu de tal manera, me ha hecho consciente de la importancia de su primado en el contexto histórico y eclesial que estamos viviendo. El papa Francisco está provocando un cambio en la percepción del papado, así como en las estructuras internas de la Iglesia, no sin sufrimientos ni críticas. Si Cristo fue libre respecto a la religiosidad judía, llevando la ley a su plenitud, el papa Francisco, con este viraje del Espíritu, quiere ir más allá del propio concepto de religiosidad e ir a los orígenes, donde todo empezó, a esa Galilea pobre y humilde que Jesús recorrió para anunciar la buena nueva. El reto es apasionante y con el paso del tiempo la Iglesia, como estructura humana, se ha ido anquilosando y ahora necesita de una plasticidad mística. La tradición es importante, por supuesto, pero no hay que encadenarse a ella. El papa es un ciclón: replantea cuestiones vitales que a muchos les harán tambalearse. Está tocando temas límite en muchos aspectos de la moral y la pastoral que la propia Iglesia debería ir asimilando. Hará falta una mayor generosidad y apertura de corazón para no poner barreras a la frescura de unos planteos que requerirán de toda humildad y valentía, como mínimo reflexionar más allá de las ideologías, incluidas las religiosas.

El papa quiere separar la ideología de la fe, y que la Iglesia esté por encima de movimientos y sensibilidades, porque Jesús no es una ideología expuesta a ser manipulada por ciertos líderes; Jesús es una persona con la que se da un encuentro de tú a tú, libre de todo prejuicio. Sólo así caminaremos hacia la santidad. El papa tiene la gran osadía de no reducir ni un ápice la libertad que se le ha concedido por su ministerio petrino. Su tarea es ardua pero apasionante. El Espíritu Santo sopló para traernos un papa desde la Patagonia, un papa que no tiene miedo y que es consciente de que parte de los verdugos de su martirio serán gente de adentro. Pero lo vive con una serenidad inquebrantable, como guerrero de Cristo, un jesuita que llegará hasta el límite para evangelizar. Sabemos que hay una larga historia de mártires jesuitas que no han tenido miedo a dar la vida por Cristo. Como decía san Ignacio de Loyola, Cristo es el centro de la vida.

Todo esto voy pensando mientras el conductor del taxi me lleva hasta el aeropuerto. Cuando llegamos todo es ágil. Después de presentar mi billete en el mostrador de la compañía, me dirijo hacia la puerta de embarque con mi pequeña maleta de mano. Camino por un largo pasillo iluminado por los letreros y los escaparates de las tiendas. Los viajeros van y vienen, ¡un aeropuerto nunca duerme! Después de hacer una larga cola, paso por el corredor que me lleva hasta el avión con rumbo a Roma. Son las 5.30 de la mañana y empieza a clarear, tímidamente porque el cielo está cubierto de nubes. Ocupo mi asiento y poco después el avión comienza a tomar velocidad por la pista, hasta que, en medio de su estrepitosa carrera, levanta el vuelo. Desde la ventanilla contemplo la pista de despegue con sus luces parpadeantes. Poco a poco estoy sobrevolando la costa, atrás queda Barcelona y su puerto, iluminado.

Se hace de día y el avión endereza su rumbo. Ahora vuelo sobre un mar de nubes algodonosas. Desde arriba todo es bello. Pienso que el hombre, gracias a su inteligencia, ha logrado conquistar el aire y volaría hacia el infinito, si pudiera, para alcanzar nuevas metas, adquirir nuevos conocimientos y experiencias, siempre más allá de sí mismo. En lo espiritual, si nos dejásemos llevar, no sólo por nuestra inteligencia, sino por el soplo del Espíritu, surcaríamos los misterios del cosmos y nos adentraríamos en el misterio de los misterios, Dios. Sin avión, sin tecnología, sin conocimientos científicos, basta dejarse penetrar por ese misterio tan hondo que permea toda la realidad. Tan sólo un gramo de Espíritu Santo te lleva a la plenitud humana y no importa quién seas ni lo que hagas: si escuchas el rumor suave del Espíritu en tu corazón volarás más alto de lo que jamás podrías imaginar.

Llego a Roma a las 8 de la mañana. El trayecto ha sido apacible, salvo por alguna sacudida provocada por las rachas de aire. En Roma es de día y hace un tiempo luminoso y cálido. El sol baña la Ciudad Eterna, que ya hace horas que ha despertado y bulle animadamente. El taxista que me recoge para llevarme al hotel se muestra muy exquisito, y me pide disculpas por el denso tráfico que nos retiene en la autovía. Tardo casi más tiempo en llegar a mi alojamiento que lo que ha durado mi vuelo desde Barcelona. Cuando por fin llegamos a Roma, miro por la ventanilla y reconozco algunos lugares. La cúpula de San Pedro, el Castel Sant Angelo, las largas rondas a lo largo del río Tíber…  Llegamos al hotel, que está en un barrio residencial y tranquilo, lejos del bullicio del centro de Roma.  Por todas partes veo flores: las terrazas están cubiertas de hiedras, madreselvas y jazmines. En cada esquina, entre los bloques de pisos, crecen magnolios, abetos y otros árboles frondosos. Las buganvillas llenan de color los muros y las calles huelen a jazmín. Allí piso suelo romano y doy gracias a Dios. Me dispongo a vivir mi primera larga e intensa jornada, preparando mi encuentro con el papa, que será al día siguiente.

domingo, junio 11, 2017

La noche antes, fiesta de Pentecostés

Esta semana empiezo una serie de escritos para explicar mi experiencia en Roma, con el papa Francisco. El día 6 de junio pude concelebrar en Santa Marta, en una misa presidida por el santo padre y un grupo de sacerdotes y fieles. Este es el primer capítulo, antes de iniciar el viaje.

La noche antes, al atardecer, un azul intenso colorea la bóveda del cielo y una brisa suave corre por el patio. La morera agita sus hojas como el vaivén de un abanico. La placidez del entorno me hace sentir un profundo bienestar. Hoy hemos celebrado la festividad de Pentecostés, ese regalo que Jesús dio a sus discípulos, animándolos a ir por todo el mundo anunciando la buena nueva a toda criatura. En el atardecer de ese día una fuerza de lo alto irrumpió en las vidas de aquellos hombres, cambiándolos totalmente. De ser miedosos y pusilánimes se convirtieron en auténticos testigos de una experiencia que los envolvió; el fuego del Espíritu los catapultó al mundo para bautizar y hacer discípulos de Jesús, tal como él se lo encomendó.

Horas antes de mi viaje, el Espíritu, como en el Génesis, aletea por el jardín recreando mi vida sacerdotal, dándole amplitud, haciéndola más ancha y profunda. El Espíritu no sólo aletea como suave brisa. También penetra dentro de mí, dando una impronta de tenacidad e intrepidez a mi vida que sólo puede venir como un regalo transmitido por las manos que me impusieron el orden sacerdotal, el día de mi ordenación. Un vigor y un gozo que no se marchitan porque ese don constantemente nos está haciendo nuevos.

La noche es fresca y me apetece seguir reflexionando en esta oportunidad que Dios me ha brindado: poder viajar a Roma para saludar, concelebrar la misa y estar un rato con el papa Francisco, el sucesor de Pedro, roca firme y sólida, cabeza y unidad de todos aquellos que abrazamos la fe en Cristo.

Esta noche me embarga una emoción serena. Siento un hondo deseo de mirar a los ojos al papa, el pescador de nuestro tiempo, que afronta los enormes desafíos de nuestra sociedad. Pero, sobre todo, hace frente a los retos más acuciantes dentro de la Iglesia: regenerar la curia y el papado, alentar la misión de los sacerdotes, trabajar el ecumenismo y la aproximación con las otras religiones, el medio ambiente, la familia, el diálogo con el mundo intelectual y ateo y otros temas apasionantes que piden un nuevo rumbo y enfoque, y una posición de la Iglesia más encarnada pastoralmente. Los fundamentos de la doctrina ya los dejó muy bien asentados el papa emérito Benedicto XVI.

Juan Pablo II fue el misionero. Ningún papa ha viajado tanto y tan lejos, hasta los confines de la tierra. Benedicto XVI fue el teólogo: se ocupó de presentar el corpus doctrinal de una forma diáfana y accesible, convirtiéndose en un padre de la Iglesia, como san Agustín o san Ambrosio. Por su penetración intelectual y espiritual se puede considerar un maestro en la patrística, que ha contribuido a la definición y esclarecimiento de las verdades de la fe.

Este papa, Francisco, tiene un estilo más pastoral. Profundo conocedor de la psicología humana, no sólo da una imagen más cercana, sino que sabe tocar el corazón de muchos en la corta distancia, interpelando en lo más hondo. En sus discursos, homilías y encíclicas habla con libertad y audacia, sacando temas cruciales para el hombre de hoy. Su discurso valiente hace tambalearse las propias estructuras eclesiales. Pero a la vez, con una naturalidad aplastante que enamora a la gente sencilla, tanto como a los intelectuales. La sinceridad y la normalidad de su lenguaje no dejan indiferente a nadie.

Esta noche doy gracias a Dios porque así lo ha querido: hacerme interlocutor del papa y dejarme empapar de todo aquello que salga de su palabra y de su mirada, de su rostro, todo aquello que significa para la Iglesia. Quiero recibir la sabiduría de su corazón, el tesoro de un papa que se siente más pescador que emperador, más amigo de los curas y de los laicos que una autoridad que somete; más una presencia cálida y cercana que una figura distante y hierática; un pastor de almas y no un colonizador de ideas; en definitiva, un Cristo en la tierra y no un personaje religioso-político inaccesible a los demás.

La brisa sigue acariciando con dulzura las ramas de la morera, que susurran bajo su soplo refrescante. El cielo ya está completamente oscuro y unas estrellas parpadean con intensa luz, tiñendo la noche de claridad. Pienso que nunca estamos totalmente a oscuras, siempre hay una pequeña estrella que danza en nuestro corazón. De tanto en tanto van pasando aviones. Su diminuta luz roja indica un destino, cientos de personas que viajan hacia no sé qué lugar. Un viaje siempre es conocimiento, apertura, aprendizaje. Un viaje es encuentro, ocio, amistad. En definitiva, crecimiento interior.

Mañana yo estaré volando, también. Surcaré la inmensidad del cielo rumbo a la Ciudad Eterna para abrazar al papa. Más allá de un rumbo geográfico, viajaré hacia el Everest de la cristiandad, al corazón mismo de la Iglesia, que es más que el Vaticano; es un hombre en misión, cuyo misterioso vértice es Cristo, y él es su imagen humana, encarnada. 

domingo, mayo 07, 2017

Los últimos bancos

A lo largo de mi ministerio sacerdotal nunca me han dejado de preocupar los feligreses que asisten a las celebraciones desde los últimos bancos del templo. Se entendería si la iglesia se llenara y los últimos que llegan se pusieran en la última fila porque no hay otro espacio. Pero cuántas veces el templo no está lleno y se ven grandes zonas vacías, incluso en los primeros bancos. En verano, cuando mucha gente se va de vacaciones, los huecos se ven incluso los sábados y los domingos. Da una impresión extraña y desoladora: cada persona se convierte en un pequeño núcleo aislado, todos separados unos de otros. Esta realidad me causa una cierta tristeza.

Me pregunto qué está ocurriendo en el corazón de estas personas. Y me planteo si realmente entienden el sentido profundo de la eucaristía, que esencialmente es comunión entre hermanos que celebramos la fe en el Señor resucitado. En algún momento he interpelado a la feligresía sobre esta cuestión, urgiendo a las personas a agruparse en los primeros bancos, y veo que les cuesta responder.
Lo comento con otros compañeros sacerdotes y me dicen que en sus parroquias sucede lo mismo. La distancia entre el presbítero y los feligreses de la última fila no es la única razón de mi preocupación: me preocupa la distancia entre su corazón y el gozo de la eucaristía, es decir, la distancia entre ellos y el corazón de Jesús.

¿Qué ocurre dentro de estas personas? No quisiera molestar a nadie con estas reflexiones; quisiera comprender su actitud. Puede deberse, quizás, a una falsa modestia, a una humildad mal entendida, de pensar que no merecen estar cerca del sagrario. O puede ser por un hábito rutinario, porque siempre se han sentado en ese lugar. O quizás se sientan ahí para salir deprisa cuando la misa acaba. Quizás conciben la misa como un deber importante que hay que cumplir como sea, independientemente de la gente que los rodea. O simplemente no les apetece hablar con los demás porque los demás son extraños, ajenos a su realidad. Tal vez algunos entienden la eucaristía como un rito donde sólo importa la asistencia, sin que esto suponga un cambio en su vida. O simplemente asisten por inercia, y han caído en una dejadez que les impide participar activamente en la celebración.

Ahora bien, me pregunto: en una fiesta de cumpleaños, o cuando celebramos cualquier evento familiar, en Navidad, en Pascua, ¿verdad que la familia se reúne alrededor de la mesa? Resultaría muy extraño que cada cual se sentara donde quisiera: uno a la puerta, otro en el pasillo, otros en una esquina, o en el sofá, todos dispersos por el comedor y la casa. No parecería una fiesta si no se reunieran alrededor de la mesa, junto al que convoca. El que invita se sentiría preocupado y triste al ver sillas vacías a su lado, y eso revelaría, sin duda, problemas graves entre los miembros de la familia. ¿Dónde está la alegría del encuentro, si todos no se juntan en un mismo lugar?

Lo mismo sucede en la parroquia. ¿Qué es la eucaristía? ¿Quién nos convoca? No somos una masa de feligreses ante un cura… ¡Somos una familia! Y nos convoca el mismo Cristo. ¿Lo creemos de verdad?

Cuanto más huecos haya, más diluida estará la comunidad. Y una comunidad diluida se acabará desintegrando y muriendo; no dará fruto. Al contrario, cuantos menos espacios vacíos, más unión, más afecto y más interrelación habrá. Y esto significa que la comunidad está viva y comprometida.
Es importante que todos entendamos que nuestra fe no se vive en solitario, sino como parte de una experiencia comunitaria. Somos miembros activos de la Iglesia, una familia mucho más amplia que nuestra pequeña parroquia. Estamos unidos por una misión, que es evangelizar y dar testimonio de nuestra experiencia cristiana al mundo. Si esta experiencia no existe, no podremos transmitir la buena nueva a nadie. No seríamos coherentes.

Ante los bancos desiertos, sacerdotes y feligreses tenemos un gran desafío.