domingo, diciembre 11, 2011

Sentido de pertenencia

El grupo, una necesidad vital

El hombre, en su proyección social, genera un entramado de relaciones. Su propia estructura biológica y psicológica no se entiende sin la apertura al otro. Somos gregarios por naturaleza y para nuestro desarrollo armónico necesitamos crecer en grupo.
Somos radicalmente un “nosotros”, sin los demás estamos perdidos en nuestro propio laberinto existencial. Solo “somos” en la medida en que nos abrimos a los demás. Pero no solo nos proyectamos a los demás por mera afinidad, según nuestros gustos. Hay también un deseo de evitar la soledad, una tendencia filantrópica del ser humano, una necesidad de sentirse protegido. Desde el punto de vista psicológico y afectivo hay una necesidad de referentes grupales que vayan pautando nuestra proyección social y al mismo tiempo favorezcan nuestra auténtica identidad.
Conjugar estos dos elementos, el yo y los demás, es necesario para nuestro equilibrio humano y social. La apertura al otro nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos y forma parte de nuestro proceso de maduración como personas. Lo que hace que nuestra vida tenga sentido es, antropológicamente hablando, encontrar un espacio y un grupo al que pertenecer. De ahí la necesidad de comprometerse con alguien para formar una familia y trabar unos vínculos fuertes y duraderos.

Redes y grupos sociales

La familia es una pequeña comunidad que se forma y crece al abrigo del amor. Es el amor el que espolea y catapulta a ambos cónyuges y a sus hijos hacia la sociedad.
Entre la célula básica, la familia, y la superestructura del estado, aparecen grupos intermedios donde se establecen fuertes lazos entre sus miembros. Estos diferentes círculos o grupos, ya sean culturales, deportivos, artísticos, intelectuales, lúdicos…, irán tejiendo un entramado alrededor de cada miembro de la familia.
Los grupos se convierten en referentes muy sólidos que orientan los valores, inquietudes e ideas de unas personas que se interrelacionan. Así, el grupo llega a ser un eje vertebrador que ayuda a canalizar la necesidad humana de compartir con los demás sus anhelos, esperanzas y proyectos. Es crucial para armonizar nuestra propia identidad.

¿Qué nos une en la Iglesia?

Pero, aún hay algo más: es el anhelo de trascendencia, otro elemento con fuerza aglutinadora, que es el religioso. Más allá de la mera empatía con los demás y del deseo por reunirse con personas afines, con gustos similares, hay algo muy genuino en el hombre, que es el deseo de compartir sus creencias, sus valores, su cosmovisión, aquello que da sentido a su persona, especialmente las cuestiones vitales que son nucleares en su vida: la familia, la muerte, Dios, la dimensión religiosa del otro, el amor, la fraternidad, el sacrificio, la generosidad, la vocación, el dolor en el mundo…
Los cristianos somos un macro grupo formado por muchos pequeños grupos unidos por una persona: Jesús de Nazaret. A esto lo llamamos Iglesia, la comunidad de creyentes unida, más allá de los intereses humanos, por un Dios amor que se nos revela en Jesús.
Formar parte de este movimiento de creyentes pasa por un proceso interior que toca los fundamentos de la persona, de tal manera que produce en cada uno un cambio radical de vida. El sentido de pertenencia a la comunidad no se alcanza plenamente hasta que no se da una profunda conversión. Y entonces, los demás ya no son solo amigos, sino hermanos. Los vínculos no están marcados por emociones sino por un profundo sentimiento de fraternidad universal. Cualquier ser humano, por muy lejos que estemos de él, forma parte de nuestro yo. No es alguien ajeno, sino alguien que, a pesar de las diferencias, se convierte en un hermano, en miembro de la gran familia de Dios, en sujeto del amor.

El sentido de la eucaristía

Sin nuestro sentido de pertenencia a la comunidad cristiana, difícilmente viviremos con plenitud el don de la fe. La concreción de esta pertenencia se da en el lugar donde ordinariamente celebramos la eucaristía: la parroquia, un espacio privilegiado donde crecemos como cristianos.
Esta es la única condición para adherirnos al gran grupo de Dios: el compromiso de permanecer siempre fieles y trabajar por su causa, especialmente en el ejercicio de la caridad, que tiene su centro en la participación de la eucaristía como sacramento de su presencia, de su amor.
Y esta participación en el memorial del Señor es la parte más distintiva de nuestro sentido de pertenencia como ciudadanos del Reino. Solo si está vinculada a la caridad la eucaristía superará el riesgo de caer en la rutina del rito para convertirse en una fiesta, donde todos participan de la misma misión, ser apóstoles del amor. El apostolado es uno de sus más bellos frutos. Qué diferentes serían las eucaristías, cuánto más vivas y fecundas, si todos tuviéramos presente esta misión.

viernes, noviembre 25, 2011

Adviento, tiempo de esperanza

La Iglesia propone los tiempos litúrgicos para que sean como brújulas en la vida del cristiano. El primer tiempo fuerte, que inaugura el año litúrgico, es el Adviento.
La palabra Adviento significa advenimiento, tiempo de preparación para la venida de Jesús.
Hoy se habla mucho de la crisis de fe. Cada vez son más las personas que han decidido vivir al margen de Dios. Si la fe está en crisis podemos decir que la esperanza también. El mundo vive sumido en la apatía y en la decepción, sin esperar en nada ni en nadie.
La crisis del joven es de fe, todo lo cuestiona y duda. Esa una actitud muy propia de su edad, pero tiene que llevarlo a algo más que a la simple rebeldía y a la negación de una realidad trascendente.
La crisis del adulto es de amor. Es en esta etapa cuando cuesta mantener la fidelidad en el amor, tras un compromiso que, a veces, se rompe dolorosamente.
Y la crisis del anciano es la esperanza. Cuando ya llega a la última fase de su vida, se cuestiona muchas veces si lo que ha hecho, todos sus esfuerzos por su familia, por el trabajo, sus proyectos…, si todo esto ha valido realmente la pena.
La Iglesia, como buena madre, nos anima a no cansarnos de amar y a no perder la fe ni la esperanza. Adviento es un tiempo propicio para reflexionar sobre estas virtudes.
Frente a la cultura materialista y deshumanizada que nos envuelve, hemos de activar la esperanza. ¿Cómo hacerlo?
Con nuestro testimonio. El testimonio vale más que mil palabras. Los jóvenes tienen que descubrir en la persona adulta alguien que sigue esperando, que no se rinde. Alguien que les transmita que vale la pena amar, creer y esperar. Pese a todos los contratiempos que podamos tener, es importante llenar nuestra vida de Dios y confiar plenamente en Él. Tenemos que creer con firmeza que, a pesar de todo, Dios nos ama. Si la fe es un don de Dios, la esperanza es valentía. Los cristianos tenemos que convertirnos en antorchas de esperanza para el mundo.
Nuestra mayor esperanza es Cristo. Como dice San Pablo, ni la muerte nos puede alejar del amor inmenso de Dios. Este es el Dios que esperamos en Adviento, el Dios cercano que se hace hombre y que vive muy cerca de nosotros.

sábado, septiembre 24, 2011

San Félix, del pasado al futuro

Unas raíces firmes

Doy gracias a Dios por todas las personas, sacerdotes y laicos, que han hecho posible lo que hoy es la parroquia de San Félix.
Ellos han sido raíces en el fundamento de la historia parroquial. Hoy, San Félix no sería lo que es sin su pasado y sin los sacerdotes que, cada cual según su carisma y dones, han hecho posible esta hermosa realidad de Dios en el mundo. Con sus aciertos y errores, no se puede dudar del bien que han hecho a su comunidad.
Me consta que los tres rectores anteriores dieron lo mejor de su sacerdocio, con una capacidad de entrega que los llevó a volcar su vida al apostolado.
Como nuevo párroco, he recibido numerosas muestras de cariño y aprecio hacia los sacerdotes que me han precedido. Me siento receptor de la preciosa historia de una comunidad que ama a su parroquia y a sus sacerdotes. Siento que se ha hecho un gran trabajo de consolidación de una feligresía muy devota a la eucaristía. Los laicos han sido, con su generosidad, los que posibilitaron la construcción y adecuación del actual templo parroquial. Por lo tanto, no podemos dejar de valorar la gran riqueza de esta comunidad que se ha mantenido fiel en el paso del tiempo, eso es un gran regalo de Dios. Algunas personas ya han fallecido y desde el cielo siguen velando por su querida parroquia.

Los retos del presente

Han pasado setenta años desde su constitución, con más de media docena de sacerdotes e innumerables fieles que han participado de una manera u otra en las actividades de la parroquia. Estamos en el 2011 y asistimos a un cambio vertiginoso de la realidad social y cultural que nos rodea. La vida urbana y su núcleo han adquirido nuevas dimensiones. Nos encontramos ante un cambio coyuntural con un nuevo paradigma de valores. Como rector de esta parroquia, me toca afrontar estos momentos, requiriendo de finura espiritual para saber comunicar el evangelio con la misma intensidad con que lo hicieron los anteriores rectores, pero con un lenguaje nuevo, adecuado al tiempo y a la realidad del presente. Me toca hacer frente a un reto apasionante que requiere de mucho entusiasmo, lucidez, creatividad y, sobre todo, de mucho amor. Los desafíos son acuciantes y piden un cambio radical de esquemas mentales para saber dar respuesta certera a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Como decía el Papa Juan XXIII, hay que estar abiertos a los signos de los tiempos. Para afrontar esta nueva situación se necesita comprensión, humildad y delicadeza. Solo así sabremos entrar en las nuevas coordenadas culturales.

Llamados a ser testimonios

Pero los laicos y los sacerdotes tenemos algo en común: nuestro bautismo. Por tanto, nos toca a todos evangelizar y dar un testimonio creíble y de autenticidad, para seducir con amor y paciencia. Son las armas más potentes que, con la ayuda de Dios y la fuerza de su Espíritu, harán fecundo nuestro apostolado.
La única oferta que sigue siendo válida es ofrecer a Cristo como realidad viva que nos transforma y nos lleva a la felicidad plena. Es la hora del testimonio. La parroquia del siglo XXI será posible si somos capaces de vivir con alegría renovada este gran momento histórico.
A pesar de que vivimos en una sociedad aletargada e ignorante de Dios, hemos de lograr que la gente descubra a Cristo y se enamore de él. Pero primero, nosotros hemos de estar enamorados, con auténtica pasión. Solo así, con el simple destello de ese amor apasionado, nuestro mensaje llegará a calar en los demás.
Ojalá seamos capaces de hacer brotar a nuevos enamorados de su causa.

domingo, septiembre 11, 2011

Hacia una renovación parroquial

San Félix, hacia una renovación de su identidad

El título quiere expresar la necesidad de un replanteo de los fundamentos pastorales de la parroquia, como lugar de continua renovación que sirva para mejorar nuestra vivencia cristiana y nuestra configuración como comunidad creyente, en un contexto social que requiere de una enorme creatividad para adaptarse a los cambios y a los signos de los tiempos.
Un teólogo decía que Dios es eternamente joven. Es decir, su corazón nunca envejece. Los cristianos hemos de hacer un gran esfuerzo para no envejecer en le fe. Esto requiere ilusión y apertura a la novedad en la liturgia y en la pastoral. No podemos quedarnos en un pasado que creíamos mejor, añorando ciertas formas por encima del espíritu. Abrirse puede causar vértigo y, por miedo, nos quedamos anclados en el pasado.
El presente quizás nos provoca desconcierto, porque no estamos acostumbrados a los cambios acelerados y porque quizás no entendemos las razones de un tiempo que depura nuestras concepciones religiosas. Tenemos miedo a lo desconocido porque nos cuesta encajarlo en nuestra mente. Para la Iglesia es una gran oportunidad.

Hablar un nuevo lenguaje

Hemos de aprender de las crisis. Esto nos exige un esfuerzo por traducir a un lenguaje adaptado y nuevo las verdades de la fe. La sociedad, en el fondo, necesita descubrir a Cristo, que ayer, hoy y mañana, es el mismo. Pero si queremos que su mensaje cale, tenemos que hablar un lenguaje que entienda nuestro mundo de hoy. Más allá de lo abstracto, lo esencial es el testimonio vivo y entusiasta de nuestra experiencia de fe. Hoy nos toca vivir la fe en la intemperie, al raso, donde las gentes viven alejadas de la religión y necesitan urgentemente una palabra que les interpele.
El Papa, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, llamaba a los jóvenes a ser valientes en la difusión de la fe. Las parroquias han de salir hacia fuera si no quieren empequeñecerse y quedarse cerradas en sí mismas, reducidas a un templo donde únicamente se celebran las liturgias.

¡Ay si no evangelizamos!

Hoy, ser cristiano y ser auténticamente Iglesia es sumarse al trabajo de evangelización, y esto pasa por no tener miedo a salir afuera, a adentrarnos en nuestro mundo, el mundo de los demás. San Pablo diría que ¡ay de nosotros si no evangelizamos! No podemos reducir nuestra fe al mero cumplimiento preceptual. En todo caso, esto nos ha de llevar a ser conscientes de que la autenticidad de nuestra fe se concreta en un compromiso de mayor implicación en nuestra vida cristiana, convirtiéndonos, a todos, en apóstoles entusiastas. Pero muchas veces preferimos reducir nuestra vida cristiana a la asistencia a misa. Esto es lo fundamental, pero es insuficiente si queremos crecer espiritualmente.
Si deseamos avanzar, hemos de buscar tiempo para dedicarnos a la expansión del evangelio. Cristo necesita nuevos discípulos que, con valentía, lo pongan en el centro de su vida y se lancen a anunciar su Reino. Recibimos tanto que no podemos limitar nuestro encuentro semanal con él a un tiempo pobre y rutinario, un rito más dentro de nuestra cultura, que cumplimos por inercia.

Tener tiempo para Dios

De aquí viene la falta de vitalidad de las parroquias. Tenemos tiempo para muchas cosas, pero no lo tenemos para lo esencial, para Dios. Estamos lanzados a la vorágine del día a día y nos falta tiempo. El activismo nos arrastra y no sabemos ni respirar el aire de Dios, el Espíritu Santo.
Hoy las parroquias estamos en una encrucijada. Teólogos y expertos en pastoral se plantean su razón de ser y los nuevos rumbos que pueden tomar. La vida parroquial ha sido el espacio donde muchas familias han crecido y donde han encontrado su referencia vital, contribuyendo a su dinamismo pastoral.
Pero las parroquias se han convertido en un lugar donde se consume la eucaristía y poco más. Participamos de la celebración como si fuera un ritual que no tiene nada que ver con nuestra vida cotidiana, y que tampoco nos empuja a implicarnos en la comunidad creyente. Recibir los sacramentos sin más, cayendo en un utilitarismo litúrgico y sacramental, es rebajar la fuerza del misterio eucarístico. No se puede vivir la fe aisladamente. Si nuestra celebración no nos lleva a vivir y a estar en comunión con los demás, como ha señalado el Santo Padre, nuestra fe se enfría y se congela. Le falta el calor del hogar de Dios, que es la comunidad parroquial.
Para que la parroquia sea creíble, ha de replantearse su razón última de ser, y esto pasa por una serie de reflexiones que nos ayuden a descubrir el formato de una nueva evangelización, de la cual se derive un nuevo proyecto pastoral.

domingo, agosto 28, 2011

Los pilares de una parroquia

 

 

 

 

 

 

 

Llamados a ser uno

La llamada a la vocación de la unidad es fundamental para entender el misterio de la Iglesia. Los sarmientos de la vid están llamados a dar fruto. La comunidad es una viña y se vuelve infecunda si los sarmientos se desgajan. Hemos de estar unidos a Cristo como los sarmientos a la vid.
La presencia de Jesús es palabra encarnada. En el discurso del adiós, que tan bellamente recoge san Juan en su evangelio, Jesús dice a los suyos que no los dejará huérfanos. Les enviará el paráclito, el Espíritu Santo. «Siempre estaré con vosotros, hasta el fin del mundo». Y les habla de su unidad con el Padre: «El Padre y yo somos uno».
Estas palabras están dichas en un contexto especial. La muerte de Jesús es inminente y nos deja su testamento, el mandamiento del amor: «Amaos unos a otros como yo os he amado».
Esta petición es plural. Lo está diciendo a ese pequeño grupo que es la incipiente Iglesia. La culminación del proyecto de la Iglesia pasa por estar unidos, en comunión. Comer juntos —celebrar juntos— es algo más que reunirse para cenar. La cena evoca encuentro, amistad, libertad, amor. El banquete implica compartir, fiesta, generosidad y una toma de conciencia unitaria.

Llamados a evangelizar

Los cristianos celebramos la presencia viva de Cristo en la eucaristía, compartiendo nuestra fe y nuestra misión evangelizadora. Jesús resucitado encomienda a sus apóstoles: «Id y anunciad el Reino a todo el mundo». La comunidad recibe este gran anuncio y aquí radica su identidad. Si no lo hacemos, algo importante estamos perdiendo.
Una parroquia que no da frutos porque se ha quedado únicamente en la liturgia y no fomenta el apostolado es endogámica, sólo se contempla a sí misma.

Tres pilares

Toda parroquia ha de tener estos tres pilares:
—oración, que es crecimiento espiritual personal;
—celebración, con Cristo en el centro de la comunidad;
—apostolado y formación, es decir, testimonio y anuncio del mensaje de Jesús.
Estos tres pilares están sustentados en la caridad. Sin caridad, no serán fecundos.
Tampoco será posible una evangelización eficaz sin un grupo de feligreses laicos, comprometidos y en comunión con el rector, dispuestos a servir y a trabajar por la parroquia, sintiendo suyo cada apostolado, no sólo su área específica, sino todas. Es importante evitar las capillitas y los grupos de poder, que tanto daño pueden hacer y tanto pueden minar la fuerza evangelizadora de una comunidad.
En la experiencia viva y real del mensaje del amor la comunidad camina con Cristo al encuentro del Padre, convirtiéndose en un hermoso lugar teológico, donde Dios reina.
La parroquia está llamada a hacer de su espacio y de sus actividades un lugar y un tiempo para Dios. Sólo así será creíble y dará fruto.

sábado, agosto 20, 2011

El sacerdocio, vocación del amor

Sesenta años de servicio a la Iglesia

Este año, la Iglesia ha tenido el gozo de celebrar el 60 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa. La comunidad católica ha vivido con especial interés el aniversario del don de su sacerdocio. Benedicto XVI es una figura gigante que no deja indiferente a nadie, ni a ateos, ni a creyentes. El mundo de la cultura y de la política tiene los ojos fijos en él. Su capacidad de síntesis teológica, su extraordinaria clarividencia pedagógica y su discurso doctrinal ayudan a entender con claridad su labor pastoral. La trayectoria de su papado está consolidando los fundamentos de la Iglesia. Está ejerciendo su ministerio como buen Pedro.

Justamente estos días hemos tenido la alegría de recibir su visita en España, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. La respuesta de tantos miles de jóvenes de todo el mundo nos muestra a Benedicto XVI como un líder único. Nadie en el mundo es capaz de movilizar a tantas personas, con ese entusiasmo y fervor. Como él lo expresa en su libro Luz del mundo, sabe muy bien que quien convoca, a través de su persona, en realidad es Cristo. Y como mensajero de Cristo se siente y habla a las multitudes. No desaprovechemos la ocasión de seguir sus discursos y sus mensajes en estos días.
Benedicto XVI es un revulsivo para el mundo intelectual, así como para los diferentes líderes religiosos, pues tiene la capacidad de plantear los temas cruciales que afectan al hombre de hoy con un análisis riguroso, profundo y a la vez asequible. Su autoridad moral a nivel mundial está sobradamente demostrada. Su finura pedagógica lo convierte en un interlocutor con una actitud de apertura y acogida.

Amigos de Cristo

El humilde servidor de la viña de la Iglesia tiene muy claro que el fundamento del ejercicio del Papado está en el amor profundo a su sacerdocio, entendido como una vida dedicada al servicio de los demás. Y este no se entiende sin un pacto íntimo de fidelidad y de amistad con Jesús. Los que recibimos el don sagrado del orden sacerdotal, desde el primer momento de la llamada hasta la recepción del sacramento, hemos sellado para siempre una alianza de amistad con Cristo, orientada a la culminación de un plan de Dios en nuestras vidas. Esto pasa por ser conscientes de que Dios nos entrega un pueblo al que hemos de ayudar a descubrir las razones últimas de su existencia, para llevarle a la plena felicidad. El ministerio del sacerdocio radica en acercar a las gentes a Dios, provocando un cambio radical en sus vidas de manera que sepan priorizar lo esencial. El sacerdote acompaña a los fieles en ese camino para que se dé en ellos un auténtico encuentro con Jesús. Esta es la razón de ser del sacerdote: propiciar la conversión e iniciar la aventura de amor de Dios con su criatura. Por eso es necesario que viva intensamente su relación con Dios y que sea un hombre de oración y silencio, para poder captar los planes de Dios en su vida y vivir con intensidad la eucaristía, expresión de la misma donación de Cristo a su Iglesia. El sacerdote se ha de convertir en otro Cristo que viva anclado en la eucaristía para repetir el gesto de entrega de Dios en la santa cena.

Testimonios creíbles

Otro aspecto fundamental es que, además de tener un carisma locuaz para la predicación, el sacerdote ha de ser un testimonio creíble y entusiasta que despierte nuevas vocaciones cristianas en los diferentes ámbitos de la vida civil, política, empresarial, cultural, económica, médica, etc. No habrá familias cristianas si no se realiza un trabajo evangelizador transversal que afecte a toda la sociedad.
El sacerdote se convierte en pastor doctorado en humanidad que sabe distinguir los momentos clave de la historia. Si desea ejercer el ministerio de la caridad con eficacia, ha de saber moverse en un mundo confuso y oscuro para poder arrojar luz al corazón de tantas personas que buscan a Dios.

Superar la tentación del poder

Además de tener dotes humanas para una mayor comprensión antropológica, necesita humildad para ser servicial y no caer en la sutil tentación del poder. Porque, ¡es tan fácil resbalar por ese tobogán cuando se ejerce una autoridad! Convertirse en referente para mucha gente puede conllevar esta tentación. Jesús renuncia a todos los subterfugios y formas del poder. En la multiplicación de los panes y los peces, huye porque la multitud lo quiere hacer rey. Nos enseña a escapar de esta trampa. Por eso es bueno recordar la humildad del santo cura de Ars, o la de santa Teresita del Niño Jesús, que decía que no era más que un lapicerito en manos de Dios.
La humildad es la que blindará al sacerdote de esas tentaciones y le permitirá elevarse para surcar el auténtico camino de su ministerio: el que lleva a la cruz y a la resurrección. Estas son las dos caras de una misma moneda. El sacerdote despojado de todo poder vive su vocación como un regalo inmerecido y, a la vez, con la alegría de saber que tiene que vivir como un Cristo resucitado. Aunque sienta sus propias limitaciones, humanas y espirituales, está llamado a vivir, aquí y ahora, trascendido y resucitado.  Es decir, ha de convertirse en otro Cristo Pascual que vive instalado en el corazón eterno de Dios.

domingo, agosto 07, 2011

Un año después

Un pasado de aprendizaje y amistad

Durante 17 años, he servido con entusiasmo a la comunidad de la parroquia de San Pablo de Badalona, en el barrio del Raval. Siento que allí es donde he dado lo mejor de mi juventud sacerdotal, viviendo el ministerio con la plena conciencia de que era una responsabilidad altísima. Como padre de la comunidad, tenía clara la misión de ayudar a mis feligreses a descubrir la centralidad de Jesús en nuestras vidas y que sólo Dios es el fundamento de nuestra existencia. Así, me dediqué a aconsejar, acompañar, ayudar y servir a mis feligreses en su proceso de maduración religiosa, que encuentra su culminación en la celebración y la participación de la eucaristía.

Viví estos años con firmeza y tenacidad, desplegando mi labor pastoral con ilusión y creatividad, con mi querida comunidad de San Pablo. Ella me ha aportado una gran riqueza espiritual, además de lo que he aprendido. Muchos de los antiguos feligreses han terminado convirtiéndose en grandes amigos. Más allá de la demarcación territorial, e incluso desde la distancia, aún noto el calor sincero de sus corazones, sabiendo y aceptando que mi nuevo cometido me lleva a comprometerme con otra comunidad.

La misión del sacerdote

Ante esta nueva parroquia, San Félix Africano, siento alegría, porque toda nueva experiencia pastoral me ayudará a crecer como persona y como sacerdote. Tengo claro que mi labor es de servicio a la Iglesia y, como todo sacerdote, estoy abierto a que me envíen a un nuevo destino, si así lo considera oportuno el cardenal. Estoy seguro de que esta nueva singladura me hará ampliar el horizonte y me llevará a cambios personales y sacerdotales que acrecentarán mi amor por Cristo.

Cuando aprendes a amar con intensidad a cada persona de tu comunidad, esa experiencia vital va dejando poco a poco una huella profunda en tu corazón. Descubres que tu vida sacerdotal no tiene sentido sin la comunidad, que ella es parte del rebaño de Cristo que desea caminar tras él. La misión del sacerdote es propiciar el encuentro de su rebaño con el Buen Pastor y convertirlo en fiel seguidor del evangelio, comprometido con el anuncio de la Buena Nueva.

El sentido de pertenencia a la comunidad y su misión evangelizadora son fundamentales para comprender la proyección universal de la Iglesia. Sólo así una parroquia será madura y crecerá: cuando sus feligreses sepan que son parte de un proyecto de Dios y se comprometan con él.

Una parroquia con personalidad propia, San Félix

He pasado a ser rector de una nueva parroquia, San Félix, en el barrio de la Ciudadela y en el arciprestazgo del Poblenou. Al frente de esta comunidad, voy asimilando los cambios que me toca vivir, adaptándome a la nueva realidad pastoral, planteándome nuevos retos y ensanchando mi visión hacia el entorno que me rodea.

La parroquia se halla en la frontera entre dos barrios con perfiles socioeconómicos muy diferentes, y entre dos arciprestazgos que marcan una línea divisoria artificial.

La distribución administrativa hace que la parroquia sea un poco tierra de todos y tierra de nadie: es la proximidad la que atrae a los feligreses que acuden. En las celebraciones litúrgicas dominicales, asombra ver la gran afluencia de feligreses vienen a misa desde una zona mucho más extensa que la mera demarcación oficial.

 Pero, más allá de estas divisiones, lo importante es que cada persona que se acerque a la iglesia se sienta acogida y note el calor de una comunidad. La pastoral de la parroquia tiene el fin de cumplir con su tarea evangelizadora hacia todos.

En esta nueva etapa, le pedí a Dios arrojo, creatividad, entusiasmo, humildad y prudencia, ya que se trata de una parroquia con una trayectoria muy consolidada y con un pasado fuertemente arraigado en las personas que forman la comunidad. Posee una imagen proyectada hacia fuera muy marcada por los sacerdotes anteriores, especialmente Mosén Mariné y, después de él, Mosén Juan Torrents y Mosén Juan Barrio. Un pasado rico, con sacerdotes muy carismáticos que, con sus aciertos y errores, dieron muestras de un gran amor a su vocación y mostraron una entrega generosa a su comunidad. Lo mejor de todos ellos, sin duda, ha sido su sentido de servicio a los demás y su abnegación.

Hubo otros presbíteros que estuvieron en el origen de la parroquia, que cuenta con casi setenta años de historia. Desde su creación en el año 1945, han pasado por ella diversos párrocos, con un fuerte sentido de su responsabilidad pastoral, volcados a la comunidad y al entorno vecinal. Son setenta años de historia de amor de Dios hacia este barrio.

Recibo esta herencia y espero haber tomado bien el relevo en la dirección de una parroquia que siempre ha causado un gran impacto social y religioso a su alrededor. Espero seguir en esta línea y continuar la espléndida labor de mis predecesores. Mi voluntad es despertar en los feligreses asiduos una implicación mayor y ferviente, un sentido de corresponsabilidad con el rector, al servicio de la parroquia y del barrio. Mi deseo más profundo es hacer que la comunidad llegue a ser una auténtica familia cristiana, dinámica, viva y comprometida.

Nuevas metas pastorales

Ha pasado el tiempo suficiente para objetivar con lucidez hacia dónde tengo que conducir la nueva barca parroquial. He pasado largos ratos de silencio para discernir el nuevo mapa de ruta a seguir, teniendo en cuenta los condicionantes humanos y la realidad sociológica del entorno. La clave de este proyecto es recrear una nueva realidad pastoral que tenga como objetivo principal la identidad cristiana, así como hacer crecer el sentido de pertenencia e ir creando vínculos cada vez más estrechos entre los miembros de la comunidad. Y, sobre todo, despertar una mayor conciencia hacia el compromiso evangelizador, de manera que la celebración de la eucaristía sea el espacio sacramental que lance a cada uno a ser transmisor de la experiencia de comunión plena con Cristo, centro de nuestra vida. Sólo así la parroquia se convertirá en una embajada del Reino de Dios.

Estética y evangelización

Mi deseo es convertirla en un espacio acogedor, y esto pasa por cuidar y equipar los diferentes ámbitos y salas, para que la gente esté a gusto y pueda celebrar su fe y realizar las actividades pastorales en un entorno digno y agradable. De aquí que en esta etapa inicial haya querido embellecer y hacer más funcionales algunos espacios de encuentro y celebración. La estética contribuye a evangelizar con más eficacia. Así, cuidar del presbiterio, adecentarlo y embellecerlo ha sido mi primera preocupación, y con ella el deseo de lograr una decoración más elegante, sobria y armónica, tanto en los arreglos florales como en los ornamentos.

Otras intervenciones de más envergadura, necesarias para el mantenimiento del edificio parroquial, han sido la reparación de las goteras y equipar las salas con los medios necesarios para aumentar la calidad de los servicios y actividades pastorales. Lograr un entorno agradable y cálido tiene más trascendencia de lo que parece. Estas primeras actuaciones forman parte de un proyecto más amplio cuya finalidad es crear un hogar religioso donde se fortalezca la experiencia cristiana de comunidad.

Pido a Dios la sencillez y la firmeza del santo cura de Ars, patrón de los párrocos, para que me ilumine y me asista en esta nueva empresa pastoral y para que sepa vivir mi sacerdocio con la misma pasión con que él lo vivió.

Joaquín Iglesias
4 agosto 2011

domingo, julio 31, 2011

San Félix, un testimonio de coraje sin límite

El santoral cristiano está lleno de almas que se han convertido en puntos nodales para nuestro crecimiento humano y espiritual. A todos, en la infancia, se nos pone un nombre para que conozcamos e imitemos a nuestro santo patrón. Así, este se convierte en un referente luminoso de nuestra vida. En la adolescencia, cuando somos confirmados, damos un paso hacia delante en nuestra adhesión a Jesús, el santo de todos los santos. En Él se han mirado los santos del calendario, tomándole como ejemplo en su deseo de vivir intensamente una amistad plena con Dios. El firmamento cristiano está lleno de estrellas con brillo propio que surcan las inmensidades del cielo. Es apasionante deslizarse por sus biografías, llenas de un amor hasta el límite, hasta llegar a entregar sus vidas por Aquel que los sedujo y los llamó a vivir una auténtica epopeya. Algunos experimentaron vivencias místicas con un profundo sentimiento de pertenencia a Dios, eje central de sus vidas.

Podría señalar varios que han tenido una especial relevancia en mi trayectoria sacerdotal: santa Cristina de Turín, san Francisco de Asís, san Pablo, san Ignacio de Loyola, santa Clara, san Agustín, san Felipe Neri, santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz, santa Teresita de Lisieux, el Cura de Ars… Leer sus vidas me ha llevado a descubrir que cuando encuentras la perla preciosa del reino de Dios todo se relativiza, y eres capaz de dejarlo todo. Entonces inicias una apasionante aventura con Aquel que, desde siempre, nos va cortejando hasta el encuentro definitivo con él. Será entonces cuando podremos respirar su presencia las 24 horas del día, porque ya lo tenemos tan adentro que, como dice san Pablo, “ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí”. Ya ni siquiera nos importará perder la vida, porque Él es nuestra vida. Esto también les ocurre a muchos cristianos anónimos, que fruto de su compromiso, han emprendido un intenso camino apostólico en parroquias y movimientos.

¿Qué significa ser santo?

Dios nos quiere santos a todos. Ser santo es algo tan sencillo como ser amigos de Él y unirnos a la gran tarea de hacer cielo en nuestro mundo, anunciando su reino. Dios ha querido que en mi camino personal, al tomar posesión de la parroquia de San Félix, me encontrara con uno de tantos santos mártires, para que lo conociera, lo amara y aprendiera de él. Porque de todos los santos, pequeños o grandes, siempre podemos aprender algo y dejarnos interpelar por su amor ardiente hacia Jesús. San Félix fue capaz de dar su vida difundiendo con tenacidad la fe, sin vacilar ante las autoridades romanas. En esta festividad de san Félix Africano, ¿qué nos puede decir hoy, nuestro santo patrón? Muchas cosas. Pero señalaré sólo algunas.

—Su entusiasmo misionero. Fue un cristiano incansable en el anuncio del evangelio, con fuerza, valentía y coraje.
—Su amor fresco y sin límites, que lo llevó a entregar su vida.
—Su paz y su abandono en Dios en los momentos de fuerte persecución.
—Su fortaleza interior y su gallardía; no supo lo que era el miedo ni la doblez. Tras un rosario de duros tormentos se mantuvo firme y fiel, no renunció a su fe ni en las pruebas más duras.
—Es un auténtico ejemplo de que Dios estaba en su vida.
—Y, finalmente, la autenticidad de su vida cristiana. Uno sólo asume el martirio si vive la fe como un don de Dios y cuando, fruto de ese amor, descubre que la única vida que vale la pena es la vida de Dios.

Quizás esto sea una locura para muchos. Pero el cristiano convencido no conoce la angustia desesperada, porque confía en Dios. No vale la pena vivir sin Él, como diría san Pablo: “tanto si morimos como si vivimos, somos del Señor”. Nuestra vida le pertenece, porque nos creó y nos ama. Félix tenía la  certeza de que sin la fuerte presencia de Dios sería imposible aguantar tanto sufrimiento. Sólo un amor de enamorado podía llevarle a dar la vida por Aquel que tanto le amaba.
Podríamos decir que hoy, si estamos aquí, es porque la fuerza poderosa de su testimonio ha llegado hasta nuestros días y su sangre derramada es semilla de nuevos cristianos. Pese a estar perseguidos, aunque de forma menos violenta, Dios se merece nuestra entrega para que otras generaciones puedan descubrir, vivir y amar como aquellos santos que han configurado nuestra historia cristiana.

domingo, julio 10, 2011

Evangelizar en las redes sociales

Navegando por Internet, podemos comprobar cómo el arte de seducir se manifiesta en diferentes páginas, blogs, y otros espacios que buscan vender o atraer visitas. Pero también he quedado sobrecogido al ver la violencia que impregna toda la Red. No me refiero sólo al ensañamiento de ciertos juegos cibernéticos. Con tristeza constato una desproporcionada violencia en foros y espacios de diálogo que desprenden tanta o más agresividad que aquellos juegos de extremada violencia.

La red, campo de batalla

Uno puede entender que es lógico que grupos de ideas diametralmente opuestas entren en un juego donde el respeto debería marcar la línea roja que ponga límite a la beligerancia. Se puede pensar diferente y no renunciar a los principios propios; es natural que uno se mantenga en aquello que piensa y cree. Pero esto no justifica de ninguna manera los hachazos verbales, los ataques y las calumnias a otros por el solo hecho de ser y pensar diferente respecto a un tema. Me entristece comprobar que hemos convertido el espacio virtual en otro campo de batalla, ya que no por ser virtuales esos enfrentamientos son menos reales. Tanto odio pone de manifiesto la cantidad de personas que utilizan Internet para canalizar sus celos, envidias, frustraciones y un terrible egoísmo. Amparadas por la distancia y el anonimato, son incapaces de respetar a los demás, y utilizan la Red para destrozar la dignidad y la fama de otros, sin conocerles siguiera ni darles una oportunidad para defenderse. Muchos son capaces de hacer seudo periodismo sin tener en cuenta la más mínima rigurosidad y respeto a la veracidad. Por la Red se inventa y se llega a mentir compulsivamente, difundiendo estas calumnias de forma indiscriminada. El ciberespacio se convierte así en un lugar donde el alma se pierde y la identidad humana se desvanece. Nos quejamos de las atrocidades de la guerra, pero lanzamos críticas como misiles teledirigidos que impactan sobre los demás, hiriendo su sagrada dignidad y su reputación.

Los sitios cristianos, ¿entran en el juego?

Y lo más preocupante no es sólo que se enfrenten diferentes líneas editoriales, canales de TV, emisoras de radio o periódicos digitales. En estos medios, lógicamente, se producen enfrentamientos en el campo político y económico ―entre izquierda y derecha, nacionalista e independentista, progresista y conservador... Lo realmente preocupante, para mí, es que lo mismo está sucediendo en blogs y foros cristianos y católicos. No salgo de mi perplejidad cuando veo la cantidad de tinta virtual que corre entre ciertos blogs atacando a las instituciones religiosas o a las autoridades eclesiásticas diocesanas. Arremeten contra aquellos que no son clones de su pensamiento; sus promotores atacan sin piedad a otros sacerdotes de su misma fe, y que sólo por vivirla de forma diferente han de pasar por sus guillotinas. ¡Y nos asustamos cuando oímos hablar de las cruzadas, y del fundamentalismo!
La talibanización de la fe va contra el núcleo del evangelio. La actitud farisaica de los administradores de estos blogs, el creerse mejores, más puros y libres de pecado, separados de aquellos a quienes consideran indignos, los lleva a incendiar el ciberespacio con falsas acusaciones, mentiras e invenciones de todo tipo. Y esto los aleja del Dios de Jesús y en cambio los acerca a un Dios pagano, que esclaviza y somete a sus vasallos como un emperador romano. Parece que abogan por una religión que prima los ritos y la sumisión por encima del espíritu. En definitiva, una religiosidad muy parecida a los cultos paganos y, casi diría, ateos. Cuán lejos está todo esto de la fe que nos acerca a la belleza y al amor de Dios, que va al encuentro de su criatura para servirla y amarla.

Sólo desde el amor y la libertad

El profetismo judío utiliza palabras seductoras y poéticas para expresar ese amor de Dios al pueblo de Israel. Nunca será posible conquistar, enamorar y convertir al otro si no se hace desde el amor, la libertad y el respeto. Nadie podrá convertir un solo corazón para Dios si ejerce de verdugo con los que son diferentes a él. Hemos de aceptar y entender que la fe es un don de Dios. Ya no estamos en tiempos de las cruzadas, ni tenemos que esgrimir la espada para convertir a los infieles. No podemos utilizar a Dios para hacer proselitismo y barrer para nuestra causa, creyendo que tenemos la exclusiva de la verdad. Es muy peligroso, porque podemos estar cayendo en la ideologización autoritaria de la fe. Si Cristo, el Hijo de Dios, no pudo convertir a todo el mundo desde la cruz, ¿quiénes somos nosotros? ¿Qué petulancia es esa de creer que lo haremos aún mejor que Él? Este endiosamiento humano es lo que más se parece a la enfermedad del poder, la megalomanía, que aqueja a la humanidad y provoca millones de muertes. Algunos han creído que son dioses, y así es como han nacido los regímenes totalitarios, auténticas máquinas de matar.
Los cristianos no podemos banalizar el nombre de Dios ni utilizarlo como arma para imponer nuestra opinión. Pero ciertos grupos lo usan para ejercer una influencia y ganar adeptos que sean capaces de sacrificarse, no por Dios, sino por su propia causa, ideológica o religiosa.
Seducir con ternura es el único medio evangelizador, no para arrastrar a la gente a tu causa, sino para acercarla, desde su sagrada libertad, al corazón de Dios. Sólo así se estará haciendo un buen trabajo pastoral, donde lo importante no somos nosotros, sino el encuentro de la persona con Dios. Fruto de este encuentro, desde el carisma que Dios da a cada cual, se podrá esparcir su mensaje con una vocación específica. Y de esta manera, el Reino de Dios es posible.

Renunciar al poder

Sólo si renunciamos a toda forma de poder, incluyendo el poder religioso, podremos ser buenos misioneros. El poder es tan sutil, que como no nos demos cuenta, se convierte en un cáncer que pronto se propaga y hace metástasis hasta pudrir el alma, haciéndola presa del Maligno.  Jesús dijo: no juzgues y no serás juzgado. De la misma manera que trates a los demás, así se te tratará. Perdonad y seréis perdonados. Cuando caemos en el orgullo acabamos idolatrando nuestro ego. En cambio, si apostamos por la humildad, nos alejamos del veneno del poder y de la dictadura de las ideas. Jesús es el amigo que te llevará al Padre. Ni la doctrina, ni la teología, ni la tradición, te llevarán a Él si antes no renuncias al poder.
No olvidemos que la muerte de Jesús fue instigada por motivos religiosos, a los que se sumaron otras razones. La clave para entender la tragedia que lo llevó a la muerte es que Jesús nunca renunció a su libertad, a su diferencia y a su estilo alejado de toda violencia. No renunció a su visión y a su concepción sobre Dios, que iba mucho más allá de las creencias y preceptos judíos. Prefirió asumir la muerte que renunciar a su íntima y personal forma de relacionarse con Dios.
Jesús es el ejemplo de la santa libertad del cristiano. Dios es nuestra máxima libertad, aunque esto choque y suene políticamente incorrecto. La teología de Benedicto XVI se aleja radicalmente del pensamiento único y aboga por la comunicación en la diferencia. Esto lo vemos en su labor incesante por fomentar el ecumenismo, propiciando encuentros con los diferentes líderes religiosos musulmanes y judíos, así como por su deseo de mantener vivo el espíritu de Asís, que inició su predecesor Juan Pablo II. 
En diferentes alocuciones, el Santo Padre ha manifestado con insistencia la necesidad de utilizar las redes sociales como nuevos areópagos de evangelización. Ojala que los blogs, facebooks y webs cristianos se conviertan en verdaderos instrumentos al servicio de la que Pablo VI llamó civilización del amor. Hagamos frente al ciber-odio que impera en la Red y convirtamos el espacio virtual en una ciber-civilización del amor.

domingo, junio 26, 2011

La dimensión social de la Eucaristía

Hoy, en esta festividad del Corpus, día de la caridad, quiero compartir con vosotros una reflexión sobre la economía parroquial y de la Iglesia en general.
La pobreza ha sido una preocupación de la Iglesia desde los orígenes. En los Hechos de los Apóstoles queda claramente manifiesta la inquietud de los apóstoles por las viudas y los huérfanos. Las primeras comunidades se organizaban y hacían colectas para ayudar a los pobres y sufragar los gastos de los apóstoles en sus misiones. La caridad siempre ha ido íntimamente ligada a la evangelización.
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha hecho verdaderos esfuerzos por paliar las angustias del ser humano, desde la pobreza hasta la soledad más absoluta. Y ha dado respuestas desde la sanidad, la educación y la cultura. En los países más pobres, la Iglesia realiza una labor misionera y de desarrollo, luchando contra las consecuencias de las guerras y las hambrunas. El desafío de la Iglesia, especialmente a través de Cáritas y de otras instituciones, es responder con dulzura, calor y eficacia ante el sufrimiento de tantas personas desesperadas. Cumplir el mandamiento del amor es vital para que la Iglesia lleve a cabo su misión.
La Iglesia necesita infraestructuras que le permitan ejercer su tarea evangelizadora y caritativa. No se podría realizar esta labor sin escuelas, centros de acogida, comedores, hospitales… todo esto sería imposible sin la generosidad del corazón humano. Por eso hoy, día del Corpus Christi, Día de la Caridad, las colectas parroquiales se destinan a la labor social de Cáritas.
La parroquia es también una porción del pueblo de Dios. En ella celebramos nuestra fe, nos alimentamos de Cristo en la eucaristía, vivimos la fraternidad. Por eso, cada uno de nosotros es co-responsable de la misión del cristiano: el ejercicio de la caridad.
Una llamada a la generosidad
En la parroquia vivimos una maravillosa experiencia: recibimos al mismo Jesús, centro de nuestra vida. Si él no nos mueve ni nos conmueve, y no despierta nuestra generosidad, es que quizás tengamos dormida la fe. Quizás venimos a misa por rutina, porque toca, porque es una obligación moral, porque nuestra cultura nos ha acostumbrado… Entendemos la misa como un precepto obligatorio, o quizás venimos por miedo a que Dios pueda enfadarse y castigarnos. Sólo si entendemos que la misa es una invitación que Jesús hace a sus amigos, entraremos en la auténtica órbita del misterio eucarístico.
Dios nos ha dado tanto a través de Jesús y de su Iglesia, que no podemos regatear ante él. Yo quisiera que cada cual reflexionara. ¿Cómo respondemos ante tanta gracia, ante tanto don? ¿Soy lo suficientemente generoso con Dios en el ejercicio de mi limosna? ¿Estoy contribuyendo a cubrir las necesidades de la parroquia en todo su despliegue pastoral, de caridad, de mantenimiento y gastos ordinarios para su buen funcionamiento? ¿O nos cuesta ayudar, porque sobrevaloramos el dinero y nos excusamos en nuestras muchas necesidades?
Si sentimos la parroquia como nuestra, nos será más fácil contribuir con un pequeño porcentaje de nuestros ingresos. Pensemos en el diezmo judío, o en la limosna de los musulmanes; para ellos es algo natural apartar una parte de sus bienes como un gasto ordinario de su presupuesto, para contribuir a su fe. Si ellos son capaces de hacerlo, ¡cómo no los cristianos! Ojalá cada uno de nosotros se sienta comprometido con su parroquia y la ayude generosamente. Dios bendecirá este esfuerzo.

domingo, junio 12, 2011

Jesús, el amigo siempre presente

Como cada año, desde los grupos de Adoración Nocturna de todas las diócesis españolas, se han organizado las cuarenta horas de exposición del Santísimo en las diferentes parroquias, con una buena participación de los feligreses. En la parroquia de san Félix, ha sido responsable de la organización el grupo número 9, llamado de San Francisco de Borja.
Contemplando el misterio del sacramento de la Eucaristía, sentía que me invadía una presencia, por un lado discreta, pero por otro lado penetrante, hasta envolverme en un ambiente casi celestial. El incienso, los cánticos, las oraciones, como signos de un amor intenso a Cristo en la custodia; las voces, recias y armoniosas, iban tejiendo bellas melodías entorno a esa presencia silenciosa que resonaba en el corazón, como una música divina.
Ante la Hostia expuesta, me sentí pequeño y poco merecedor de tanto derroche, de tanta inmensidad de amor. Mi corazón rebosaba recordando el gesto sublime de entrega de Cristo, hasta darse sacramentado y quedarse con nosotros para siempre en el pan eucarístico. Qué poca cosa somos los cristianos, testigos de una gesta suprema de amor.
Jesús se nos ha dado. Cumple con su deseo de no dejar huérfanos a sus discípulos. “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. ¿Somos conscientes de este regalo? ¿Somos capaces de calibrar la hondura de sus palabras? Deberían arder en nuestro corazón, despertando una inmensa gratitud por tanto don recibido. Y recordé a san Felipe Neri, que no le pedía a Dios otra cosa que acrecentara su capacidad de amor, para amarle con mayor intensidad. De él se explica que, tanto amó, que los músculos de su corazón se dilataron hasta deformar y romper algunas costillas. Tanto vibraba que el corazón casi se le salía del pecho. ¡Qué pasión tan desbordante y entusiasmante! Felipe sentía ese amor como hoy lo podemos sentir nosotros.
Los adoradores nocturnos nos recuerdan que Cristo ha de estar en el centro de nuestra vida, y que Él ha de empapar todo aquello que somos, hacemos y vivimos. Si no fuera así, algo sustancial estaría fallando en nosotros. Nunca olvidemos que, aunque callada, su presencia en el Sagrario es real y que Él, en todo momento, nos está esperando para regalar el calor de su amor a nuestro corazón dormido o despistado. Jesús es el amigo que siempre está ahí, esperando que no le fallemos.
Los cristianos tendríamos que estar tan agradecidos que nos convirtiéramos en custodias andantes; que aprendiéramos a amar a la manera de Jesús; que nos convirtiéramos en eucaristía, a imitación de Jesús; que nuestra vida fuera una vocación al servicio de los demás.
Sólo así estaremos respondiendo al regalo de su eterna presencia. La Eucaristía es el momento cumbre de la historia de amor de Dios con la humanidad, encarnada en Jesús y en cada hombre que se ha dejado seducir por su dulce y cálida mirada.
Cada cristiano forma parte de la historia de Dios en Jesús. Seamos conscientes de que esta historia se convierte en meta historia porque vivir aquí esta experiencia espiritual nos lanza más allá del espacio cósmico. La fuerza del amor de Dios es tan grande que atrae hasta su propio corazón, que no cesará de latir hasta que no tenga en sus brazos a toda la humanidad. No dejará de conquistarnos hasta que todos reconozcamos que su último anhelo es la felicidad espiritual de cada criatura y hasta que vivamos para siempre la cercanía de su amor ilimitado.
Demos gracias a Dios por Jesucristo, porque para los creyentes es la única razón de nuestra existencia, llamada a vivir plenamente la vocación del amor.

viernes, abril 22, 2011

Una hora contigo

Hoy, en esta Hora Santa, ante ti presente en el sagrario, venimos a decirte que estamos contigo, acompañándote en estos momentos cruciales que recordamos en la liturgia de hoy. En silencio y compungidos ante la agonía de Getsemaní, queremos ser como aquel ángel que te confortaba en los momentos de dolor, tan próximos a tu muerte. Queremos ser lienzo que seque el sudor que empapa tu frente y bálsamo de ternura que alivie tu corazón sufriente. Pero, sobre todo, queremos convertirnos en refugio donde puedas descansar, como en los brazos de tu Padre. No queremos que te sientas solo, angustiado, desconcertado. Te pedimos que tu corazón misericordioso perdone todo aquello que, en nosotros, hace sufrir a los demás, todos nuestros egoísmos que agravan tu agonía. Restaura nuestro corazón resquebrajado y dolido, sólo tú puedes convertir nuestro corazón de piedra en un corazón de carne que se parezca al tuyo.
Hoy, en esta noche santa, previa a la traición de uno de los tuyos, danos el valor para que jamás traicionemos a nadie. Queremos ser tus amigos hasta el fin de nuestros días, fieles a la generosidad infinita de tu amor.
Queremos ser aliento para ti, suave brisa que mitigue tu dolor; mano firme en tu cansancio, palabra consoladora en el día de tu soledad más terrible. Queremos ser oxígeno en tu angustia más profunda y, sobre todo, queremos rezar contigo, haciendo nuestro tu sufrimiento y, como tú, hacer nuestra la voluntad del Padre. Danos la confianza para no caer en la desesperación, por muchos sinsabores que pueda haber en nuestra vida. Ayúdanos a creer de verdad que nunca nos dejarás solos ni dejarás que caigamos en el abismo. Aunque tu presencia nos parezca a veces lejana y silenciosa, y sintamos vértigo ante tu aparente ausencia, que nunca dudemos que realmente estás ahí.
Hoy, en esta noche, queremos orar junto a ti ante el sagrario. Ayúdanos a convertir nuestro amor en un sacramento vivo de tu presencia en el mundo.

domingo, abril 17, 2011

La esperanza, oxígeno del alma

El hombre, en su constitución más genuina, quiere dar sentido a su vida y necesita motivos para la esperanza. Sin ella, se pierde en el laberinto de su propia existencia y muchas veces la llena de cosas que le alejan de la realidad. A veces la vida se presenta con tanta dureza que preferimos desviar nuestra atención de la complejidad de cada día por miedo a asumir nuestra propia miseria. Y nos lanzamos en una huida hacia delante, sin rumbo y sin referentes. Nuestra estructura mental crea realidades paralelas en las que nos perdemos, porque nos asusta mirarnos al espejo y aceptar con humildad nuestros límites, nuestros profundos agujeros existenciales; nos cuesta aceptar que nuestro pasado está lleno de lagunas y contradicciones. A veces queremos aparentar ser superhéroes y nos damos cuenta de que el pasado, la familia, nuestro entorno y nuestra propia psique han determinado una manera de ser que no nos queda más remedio que aceptar con humildad. No podemos renunciar a nuestra propia historia, por muy compleja que sea, ni rechazar aquello que nos ha hecho ser lo que somos. Sólo aceptándola evitaremos los resentimientos y ese buscar culpables, haciendo responsables a los demás de lo mal que nos ha ido en la vida.
Cuando uno llega a sincerarse con su propio corazón, es cuando empieza a aparecer en el horizonte de la vida una nueva razón que nos hará vivir de otra manera, con no menos problemas que antes, pero con la paz interior necesaria para asumir con valentía un nuevo reto que va más allá de la calma psicológica y emocional. Este coraje nos hace sentirnos dueños y conductores de nuestra vida, abrazando el pasado con humildad, abriéndonos al presente con sereno realismo, y proyectando el futuro con esperanza.
Así encontraremos nuevas razones para vivir plenamente esta vida única, apeándonos de la tristeza y la amargura, de la ambigüedad y del victimismo. A partir de aquí, todo cuanto uno sueña, anhela y desea puede ser alcanzado. El corazón enquistado vuelve a esponjarse porque ha decidido ser dueño de sí y de su libertad; porque ha sabido poner la distancia justa entre la historia del pasado y la realidad presente; porque ha sabido salir del encierro y liberarse de las ataduras del temor y de la amargura que lo envolvía. Podremos marcar un nuevo rumbo en nuestra vida y será entonces cuando habremos aprendido que podemos tener esperanza y motivos para levantarnos cada mañana sin que el día se nos haga tedioso y el tiempo transcurra lento y pesado. Y descubriremos que la razón de cada nuevo día está más allá de nosotros mismos. Está en las personas que nos rodean: familia, hijos, amigos, compañeros de trabajo, profesores, alumnos… Está en el trabajo hecho con entusiasmo, en el ocio compartido con aquellos que amas, en una buena lectura, un sosegado descanso… Pero, especialmente, la razón última que nos hace levantarnos cada mañana es el amor a los demás y el amor a Dios. Cuando el amor nos mueve, podremos decir que la esperanza deja de ser un reto para convertirse en una experiencia vital que nos colma de gozo. Cuando desde la esperanza se pasa al amor, el futuro se hace presente y lo esperado se hace real, aquí y ahora. El amor es la plenitud de la esperanza.

domingo, marzo 20, 2011

El reto de educar en la libertad

Del culto a la razón al laicismo materialista

El pensamiento de la Ilustración lleva al hombre a endiosarse aupado en la razón. El culto a la razón surge como reafirmación del hombre frente a las verdades absolutas. Podemos decir que aquí comienza a forjarse el desprecio hacia lo religioso y lo trascendente. Como consecuencia, el laicismo emergente está desplazando a Dios de la sociedad y reduciendo las manifestaciones de la fe al ámbito privado. Se quiere apartar a Dios de la esfera pública y, en algunos casos, se rechaza frontalmente el concepto de un Dios personal.
Movimientos, académicos e intelectuales han sido impregnados de este encumbramiento del hombre, que se erige en ser autónomo frente a Dios. Tanto ha calado que muchos gobiernos se alimentan de las ideas ilustradas, configurando sistemas políticos y de gestión que ignoran la dimensión religiosa de los ciudadanos, negándoles la expresión pública de su fe.
También este pensamiento ha calado en la ciudadanía. Muchas personas solo conciben la vida desde un punto de vista puramente material y reducen el saber a un método técnico-científico, rechazando toda variable que asuma una dimensión trascendente. Cuántas universidades han caído en la autosuficiencia de la razón, poniendo en el centro del saber al hombre despojado de su dimensión religiosa.
No sólo las instituciones políticas y académicas, sino también las educativas y empresariales conciben al hombre como una pieza del engranaje social, un número con funciones concretas, un objeto volcado al consumismo desenfrenado.

El riesgo de ideologizar la fe

Pero muchas facultades de teología europeas también han caído en la intelectualización de la fe, convirtiendo el corpus teológico en un sistema excesivamente racionalizado y asimilando a Jesús de Nazaret a sus ideas y conceptos filosóficos. No se puede estudiar la teología como una ciencia más. Nos remite a una experiencia personal tan intensa que invade todo el ser.
No digo que la formación teológica no sea necesaria. También es positivo ahondar en las grandes figuras de la historia de la teología, en especial los Padres de la Iglesia, que nos han dejado un saber extraordinariamente vivo. Pero la teología, como el magisterio, evoluciona y hemos de estar abiertos a los signos de los tiempos. La exégesis bíblica ha avanzado de una manera vertiginosa, aportando nuevos elementos de reflexión. Los que educamos en la fe tenemos ante nosotros una labor inmensa, y hemos de evitar caer en la ideologización de nuestra tarea pedagógica, en un culto excesivo a nuestras ideas. En ocasiones, corremos el riesgo de incurrir en el adoctrinamiento y sutilmente intentar imponer nuestras convicciones personales, nuestra cosmovisión política, filosófica y social. Cuidado. Estamos educando en la fe, y no en sistemas filosóficos. Y una parte fundamental de esta educación es la coherencia vital, la integridad y el respeto a la persona, a sus ideas y a su vulnerabilidad.

Jesús, en el centro de nuestra tarea educativa

La mejor manera de educar es que los otros vean que, más allá de lo que podemos explicar sobre cuestiones religiosas, lo que nos motiva no son tanto las ideas, sino una persona: Jesús de Nazaret. Él es el origen y meta de nuestra existencia y de todo cuanto hacemos.
En el centro de nuestra tarea educativa están Jesús y su experiencia de intimidad con Dios Padre. Teniendo esto claro depuraremos intenciones subliminales de culto al yo y a un saber disfrazado de intelectualidad. Cuando educamos, estamos transmitiendo no sólo un mensaje, sino una forma de vivir. ¿Cómo nos comportamos respecto de aquello que comunicamos? Será mucho más efectivo un testimonio vivo de nuestra fe que el mejor discurso que podamos pronunciar sobre Dios.
Nuestro amor a Jesús y a la Iglesia marcará la eficacia de nuestra labor educadora. Quizás hay tanta gente alejada de Dios porque los que decimos estar cerca no lo estamos tanto y no se ve en nosotros la fuerza testimonial necesaria para poderles interpelar. Finalmente, educar no es una reafirmación de nuestro discurso, ni llevar al otro a nuestro terreno para que asuma nuestra forma de entender el mundo. Educar en la fe es ayudarle, desde su libertad, y mostrarle que la felicidad radica en enamorarse apasionadamente de Jesús.