En este
tiempo de Cuaresma volvemos a tu lado, Señor, con el deseo de adentrarnos en el
misterio de tu amor infinito.
La
Iglesia nos invita a sumergirnos en el silencio, a caminar contigo en esta
travesía hacia la vida plena, hacia la resurrección. Es un tiempo sagrado, un
umbral que nos conduce al cumplimiento del sueño de Dios.
Hoy
queremos detenernos y vivir la verdadera hondura de este itinerario,
preparándonos para el acontecimiento que da sentido a nuestra fe.
Adherirnos
a ti, Jesús, llena de luz nuestra existencia. Por eso volvemos a tu lado, para
recordarnos que somos amados. Aquí,
en este espacio de adoración, nos abandonamos a tu cercanía silenciosa, que
todo lo colma. Nos aguardas siempre.
Jesús,
eres el Amigo que nunca deja de esperar nuestro regreso. Con la dulzura de
quien ama sin medida, nos enseñas a descubrir la grandeza oculta en lo pequeño,
lo sublime en lo velado. En la
custodia brilla el derroche de amor de un corazón que se entrega sin reservas. Cargando
con la cruz, abrazaste el dolor extremo, haciéndolo camino de redención.
Ahora,
en estos días en que nos acercamos a tu Pasión, queremos unirnos a tu
padecimiento. La cruz fue tu entrega total, el precio del rescate para que
nadie se pierda. ¡Qué
don sin medida! ¡Cuánta entrega, cuánto amor desbordante! Derramaste
hasta la última gota de tu sangre para abrirnos las puertas del cielo, para
hacernos verdaderos hijos de Dios.
Hoy,
Señor, queremos velar contigo en tu soledad, en tu silencio, en tu dolor… y
también en tu obediencia inquebrantable al Padre. Seguiste fiel, aun en la
angustia, aun en el desamparo. Nunca dejaste de confiar.
La
cruz, ante mis ojos, me sobrecoge. Tu cuerpo, desgarrado sin compasión, clavado
en un madero por la injusticia de los hombres. Y aun
así, en tu fragilidad, sigues sosteniéndonos. En tu herida, nos sanas. En tu
dolor, nos salvas. ¿Cómo
no dolernos al comprender que aún hoy seguimos hiriéndote, cada vez que herimos
a nuestros hermanos? Pero tú, por amor, todo lo soportas, todo lo ofreces, todo
lo perdonas.
Señor,
queremos pedirte perdón por cada vez que hemos sido indiferentes a tu amor, por
cada herida que hemos causado. Danos
la inteligencia del espíritu, para comprender y abrazar el misterio de un Dios
que se deja crucificar… Locura
ante los hombres, pero sabiduría infinita del amor.
¡Gracias,
Jesús, por tanto amor inmerecido!