sábado, marzo 22, 2025

Acompañar en el dolor



En este tiempo de Cuaresma volvemos a tu lado, Señor, con el deseo de adentrarnos en el misterio de tu amor infinito.

La Iglesia nos invita a sumergirnos en el silencio, a caminar contigo en esta travesía hacia la vida plena, hacia la resurrección. Es un tiempo sagrado, un umbral que nos conduce al cumplimiento del sueño de Dios.

Hoy queremos detenernos y vivir la verdadera hondura de este itinerario, preparándonos para el acontecimiento que da sentido a nuestra fe.

Adherirnos a ti, Jesús, llena de luz nuestra existencia. Por eso volvemos a tu lado, para recordarnos que somos amados. Aquí, en este espacio de adoración, nos abandonamos a tu cercanía silenciosa, que todo lo colma. Nos aguardas siempre.
 
Jesús, eres el Amigo que nunca deja de esperar nuestro regreso. Con la dulzura de quien ama sin medida, nos enseñas a descubrir la grandeza oculta en lo pequeño, lo sublime en lo velado. En la custodia brilla el derroche de amor de un corazón que se entrega sin reservas. Cargando con la cruz, abrazaste el dolor extremo, haciéndolo camino de redención.
 
Ahora, en estos días en que nos acercamos a tu Pasión, queremos unirnos a tu padecimiento. La cruz fue tu entrega total, el precio del rescate para que nadie se pierda. ¡Qué don sin medida! ¡Cuánta entrega, cuánto amor desbordante! Derramaste hasta la última gota de tu sangre para abrirnos las puertas del cielo, para hacernos verdaderos hijos de Dios.
 
Hoy, Señor, queremos velar contigo en tu soledad, en tu silencio, en tu dolor… y también en tu obediencia inquebrantable al Padre. Seguiste fiel, aun en la angustia, aun en el desamparo. Nunca dejaste de confiar.

La cruz, ante mis ojos, me sobrecoge. Tu cuerpo, desgarrado sin compasión, clavado en un madero por la injusticia de los hombres. Y aun así, en tu fragilidad, sigues sosteniéndonos. En tu herida, nos sanas. En tu dolor, nos salvas. ¿Cómo no dolernos al comprender que aún hoy seguimos hiriéndote, cada vez que herimos a nuestros hermanos? Pero tú, por amor, todo lo soportas, todo lo ofreces, todo lo perdonas.
 
Señor, queremos pedirte perdón por cada vez que hemos sido indiferentes a tu amor, por cada herida que hemos causado. Danos la inteligencia del espíritu, para comprender y abrazar el misterio de un Dios que se deja crucificar… Locura ante los hombres, pero sabiduría infinita del amor.
 
¡Gracias, Jesús, por tanto amor inmerecido!