domingo, junio 19, 2022

Volvemos a ti

Desde el silencio volvemos a ti, acercándonos para escuchar tu susurro divino que convierte nuestra alma en una nueva aurora.

Los rayos de tu cálida presencia nos iluminan. El mundo renace y tu dulce compañía hace vibrar con intensidad nuestro corazón.

Delante de ti, volvemos a contemplarte. Sentimos la fuerza de tu amor que se desborda sobre nosotros, pequeña comunidad. Desde ese cachito de pan, derramas tu bondad invitándonos a comer y a alimentarnos de ti. El olor de tu pan sagrado es aroma celestial, que penetra hasta las profundidades de nuestro ser. Este tiempo contigo se convierte en un cielo, promesa del encuentro definitivo. Hoy queremos contemplarte, cantarte, mirarte. Sabemos que tu silenciosa presencia es real, cercana y viva, en este pequeño Tabor eucarístico. Quisiéramos eternizar este encuentro que ilumina nuestra alma con la luz de tu presencia.

El asombro y la devoción se apoderan de nosotros. Deseamos fundirnos contigo, ser parte de esta hermosa revelación que nos haces. Tu pan, que hoy podemos comer, es tu cuerpo entregado por amor y sacramento permanente de tu presencia. Y tu sangre vertida es el vino de la nueva alianza, sellada para siempre con todos nosotros.

Nuestro mundo postmoderno necesita de testimonios auténticos. Ojalá, con fuerza y delicadeza, seamos capaces de transmitir lo que celebramos: Dios en la cruz, hecho hombre, que se entrega dando su vida. Y Dios hecho pan, para poder alimentarnos de su vida. Es tanto su amor que se convierte en materia para que podamos metabolizarlo dentro de nosotros. Así nos convertiremos en otros Jesús, capaces de abrazar el misterio de una vida que se da sin reservas. Sólo cuando nos identifiquemos contigo, en profunda sintonía, estaremos preparados para dar el salto, como decía san Pablo: Ya no soy yo sino Cristo quien vive en mí. Será entonces cuando el miedo desaparecerá, porque estaremos dispuestos a todo, incluso al martirio y a la cruz. Nada será impedimento, sino lanzadera hacia una vida nueva.

Hoy hemos actualizado ese inmenso amor, expresión de una entrega total. Hoy queremos, con la ayuda de tu divina providencia, convertirnos en un cachito de pan para los demás. Muchos se acercarán a Ti si somos capaces de hacerlo.

Gracias por tanto don. Sólo me queda arrodillarme y, en silencio, adorarte.

domingo, junio 05, 2022

Amabilidad pastoral

Después de muchos años dedicado a la pastoral de manera intensa y apasionada, me voy dando cuenta de que tanto una pasión desorbitada como una excesiva prudencia pueden dificultar la fecundidad. En algunas comunidades, constato que se da una sobreactuación exagerada, como recurso para captar el interés del público. En otras, en cambio, se da una pasividad que puede responder a un miedo de la comunidad a crecer.

Lo cierto es que tan contraproducente puede ser una excesiva pasión como la inmovilidad. En algunos casos, puede ser una huida hacia adelante para esconder la incapacidad de una pastoral coherente. Se emplean pirotecnias espirituales y un lenguaje beligerante para intentar conquistar al otro, olvidando que el centro de nuestra misión no somos nosotros mismos, ni siquiera lo que podamos decir o incluso hacer. Una oratoria agresiva y espectacular puede caer en la vanidad espiritual. El centro se desplaza al discurso, a la música, al ambiente que se genera para provocar una alteración de la conciencia. Se usan frases elocuentes y un tono rotundo para tocar las emociones y suscitar un alto grado de placer espiritual.

Pero la fuerza de la evangelización no está en el entusiasmo vehemente, ni siquiera en la convicción de las palabras, sino en el testimonio vivo de la persona. No es tanto lo que dice, sino lo que cree y lo que vive. Cuando lo que dice se ha convertido en parte de su vida, no sólo ante la comunidad, sino en los diferentes ámbitos sociales, esta persona se convertirá en un referente moral. Será reconocida porque día a día, en todas las circunstancias, fuera de los focos, en la cotidianidad, es un testimonio de luz.

Hablo de autenticidad y generosidad. No se trata tanto de hablar, sino de mostrar con la propia vida. Es el ejemplo el que convence.

Como decía, entre la pasión y la tibieza prefiero una amabilidad entusiasta. La pasión puede convertirse en un fuego devastador que destruye y aleja. Cuando ya se tiene cierta edad las puestas en escena dejan de tener importancia. Ya no hay que demostrar lo que uno vale. Prefiero escuchar más, hacer más silencio, cultivar un trato delicado, valorar el sosiego, la contemplación, la alegría serena y no forzada. Hay que tener en cuenta que no podemos evangelizar como una apisonadora, desde nuestra atalaya y nuestra autosuficiencia espiritual. Nuestro trabajo evangelizador se topa siempre con un misterio: la libertad del otro. Si nuestra pasión nos lleva a pisar la libertad del otro es que no entendemos que el anuncio de la buena nueva está en clave de oferta, nunca de imposición. Sin libertad, no se puede amar, creer y construir un proyecto evangelizador. Evangelizar no es aumentar el número de prosélitos. Más allá de la técnica que utilices, evangelizar es anunciar que Dios te quiere, con todo lo que tú eres, incluso con tus límites y pecados. No puede haber un encuentro sin libertad, y la fe no será auténtica si no es una adhesión libre. Tenemos a nuestro gran modelo evangelizador: Jesús. Él sabe muy bien que un corazón seducido por amor y con amor es más fecundo que un discurso impositivo sobre la salvación y el pecado. Desde el corazón misericordioso de Dios, lo que te salva no es ser un buen cumplidor, sino que te dejes amar por él. Es decir, es su gracia y no tu esfuerzo lo que te salva. Es necesario pedir el don de la humildad y el arrojo para avanzar en el camino de la verdad. Sólo desde una pastoral de la amabilidad, y desde el silencio, tus palabras penetrarán en el corazón que necesita ser escuchado. El ruido hace rebotar las palabras; impactan pero no entran dentro ni se asimilan. Desde la calma y el sosiego, las palabras se convierten en aguas cristalinas que empapan nuestra existencia y permiten que crezca la semilla de la fe.

domingo, mayo 22, 2022

Una presencia luminosa

Cae la tarde. El ocaso indica que ya es hora de parar después de una jornada intensa. Es hora de recogerse e iniciar un camino hacia adentro, para saborear el cálido momento de tu presencia sacramental.

El día se apaga, pero tú iluminas nuestra alma para contemplarte con atención y reconocer que necesitamos descansar contigo, dejar que tu aliento divino sea un bálsamo que sane nuestra mente, nuestro cuerpo y, sobre todo, que tu discreta presencia amorosa penetre en los poros de nuestra alma.

Sosegados y abandonados, queremos escuchar el latido de tu corazón ardiente, que sigue derramando la paz que tanto ansiamos.

Esta tarde estamos aquí, porque queremos contemplar la belleza de un amor sin límites que se entrega para darnos vida plena.

Queremos agradecerte que esta tarde salgas del cielo, de tu hogar, para que podamos verte más cerca. Has decidido pasar un rato con nosotros, con tu pequeño rebaño que necesita ser guiado. Conscientes de nuestros límites, necesitamos tus palabras, convertidas en brisa que refresca y alivia nuestro corazón, tantas veces herido.

Aquí y ahora, sin prisa, queremos eternizar este momento de intimidad contigo. Queremos aprender a callar, a escucharte, acompañarte, fortaleciendo los vínculos entre todos los cristianos que deseamos crecer en ti y contigo.

Esta es la clave para aumentar la sintonía contigo, dueño de nuestra vida. Queremos descansar en ti, ponerlo todo en tus manos, especialmente lo que nos inquieta. Tú eres la medicina que necesitamos. Ayúdanos a confiar en ti; que no seamos orgullosos, autosuficientes, altivos, creyéndonos mejor que otros. Haz que controlemos nuestra lengua, que dejemos de ser intransigentes con los fallos de los demás, que cortemos esa riada de críticas que nos dañan. Sabemos que la perfección que tú nos pides es en el amor, y sabemos que nuestros fallos no te importan tanto; lo que te duele es nuestra dureza y nuestra falta de caridad. Que no nos instalemos en la queja permanente, en la crítica de los demás cuando no hacen las cosas como nos gustan. Que no nos falte la caridad, porque lo que a ti no te gusta es que nos quejemos de los demás sin amor.

Enséñanos a ser más dulces con los demás y a aprender de ti, que eres manso y humilde. Conocemos nuestros límites, pero también sabemos que tú valoras, pese a nuestro pecado, que estemos aquí, porque queremos aprender de tu paciente delicadeza, de tu ternura, de tu compasión. Sabemos que preferiste al publicano pecador que al fariseo que cumplía con todos tus mandatos. Recordamos al padre que abraza al hijo pródigo, al pastor que va a buscar a la oveja descarriada. Tú no quieres cristianos perfectos; quieres que seamos santos, que aprendamos a perdonar, a corregir con caridad y a instruir en sabiduría, como tú lo hiciste con tus discípulos.

Esta tarde queremos mirarte a los ojos para aprender a ver a los demás desde tu infinita misericordia. Que aprendamos de tu presencia sosegada. El mundo necesita misioneros del sosiego. Sólo desde tu paz podremos extender la calma de nuestro oasis interior.

Estar contigo esta tarde es dejarnos llevar por tu íntima amistad. Quizás no quieres tantas oraciones, que te pueden aturdir. Quizás quieres más nuestro silencio, que sepamos acallar nuestras voces, que paremos la velocidad interior y dejemos nuestras miserias. Quieres que nos fijemos en ti, fuente y sentido de nuestra existencia. Queremos que habites en nosotros. Queremos ser una pequeña y humilde luz, que brille iluminando lo que hay alrededor. Que los demás vean en nosotros tu real y clara presencia. También queremos habitar en ti, y que nos ayudes a transparentar la belleza de tu amor.

Sólo así nuestra pequeña comunidad se convertirá en un cielo, capaz de acoger a tantas personas que viven un profundo trasiego en su corazón.

Queremos ser faros luminosos que indiquen a muchos náufragos el camino de vuelta a ti.

Gracias por estar aquí, esta tarde, con nosotros, como lo hiciste aquel día que caminaste y compartiste la cena con los discípulos de Emaús.

domingo, marzo 20, 2022

El sacerdocio, una vocación apasionante

 
35 aniversario de ordenación sacerdotal

En este día, en que celebro mi 35º aniversario sacerdotal, quisiera comentaros algunos aspectos de mi vocación. ¿Cómo vivo mi sacerdocio? Para mí, el ministerio tiene tres ejes fundamentales.

Oración

Por un lado, el sacerdote ha de ser un hombre de oración. Jesús fue a orar. Un sacerdote tiene que dejarse transformar en esa montaña interior, dejando que la luz de Dios impregne toda su vida. Podríamos hablar de la mística del sacerdote. No crece si no está en conexión e íntima sintonía con Aquel que es la razón de su vida: Cristo. A veces los sacerdotes vamos muy atareados y estresados. Hay cuestiones que nos preocupan mucho y queremos darlo todo, pero no siempre lo podemos hacer, porque nos equivocamos o, simplemente, porque es complicado llevar a cabo todo lo que soñamos y deseamos. Pero, aunque haya situaciones de conflicto interno, lo importante es centrarse en Cristo para no caer en dos actitudes muy propias de esta situación. Por un lado, el cansancio, que se refleja en la falta de entusiasmo testimonial de aquello que vives y crees. Y, por otro lado, la auto referencialidad. Somos instrumento, hemos de evitar la idolatría espiritual. Muchos pueden caer en esto. Humildad: somos poquita cosa, pero lo tenemos todo con la fuerza de Cristo. No importan nuestras limitaciones, o las situaciones extremas que podamos vivir; si estamos anclados en Cristo nada puede hacernos naufragar en nuestra vida sacerdotal.

La oración es importante en el sacerdote. No siempre damos testimonio, a veces estamos demasiado ocupados intentando atender a todos y llegar a todo, cuando no siempre se puede. Lo importante es no desviarnos nunca del alimento básico para nuestro crecimiento espiritual.

Fidelidad

Otro aspecto es la fidelidad a la misión que Dios nos ha encomendado a través de nuestros obispos (en mi caso, el cardenal). Si es importante la fidelidad en el matrimonio, también lo es para mí, como sacerdote. No puedo romper algo tan fundamental en mi vida. Cuando tomé posesión como rector de la parroquia de San Pablo, en Badalona, el obispo Carrera me dijo que en el momento en que asumía mi cargo, se daba una declaración, un casamiento espiritual, como pastor, con mi comunidad cristiana.

Después de treinta años, no diré que no haya habido dificultades, pero en ningún momento he dudado de este don tan excelso, quizás inmerecido, que he recibido de Dios. Siempre he conservado una profunda gratitud. Qué mínimo que responder con firmeza, contundencia y fidelidad, manteniéndome al frente del proyecto que Dios me ha encomendado. Aunque esto suponga tener que ser muy creativo. Hay que ser realista: hay una erosión normal en la convivencia con los tuyos, con la comunidad. Todos somos diferentes y tenemos formas distintas de concebir la Iglesia, el mundo, la pastoral. A veces pueden producirse tensiones, es natural. No por ello el sacerdocio deja de ser apasionante.

Y me preocupa que estamos viendo un descenso muy fuerte de vocaciones sacerdotales. No sé si los curas somos culpables en parte. Pero también hay ideologías que influyen, quieras o no, en la sociedad. Hay un machaqueo mediático que va esparciendo valores antirreligiosos y todo esto acaba afectando a la gente, tan enganchada a la televisión y a las redes sociales. Los medios van configurando una forma de concebir la vida según las propuestas que se están imponiendo a través de series, canales, etc.

Rezad mucho por los sacerdotes. No os canséis. Rezad también por las vocaciones, porque el pueblo de Dios necesita personas generosas, entregadas, con capacidad de perdón, de misericordia. Creo que la Iglesia ha de ser más madre, más femenina. Más allá de los cargos que ocupan los varones, la Iglesia ha de atender otros aspectos fundamentales: la feminidad, la acogida, la ternura. Fijaos en la parábola del hijo pródigo, con qué dulzura el Padre abraza a su hijo perdido. No nos asustemos, no es un tema de género, sino algo tan básico, tan intrínseco como manifestar ternura y amor hacia quienes más lo necesitan.

Amor a la misión

Además de la fidelidad, estar ahí siempre, nunca cansarte, ser fiel, fortalecerte en el nivel espiritual, otro aspecto importante para mí es ser consciente de la misión que Dios te ha encomendado y amar esta misión.

El sacerdote corre el riesgo de convertirse en una especie de funcionario. Celebra misas, sacramentos, cumple con las obligaciones... No es suficiente. Se es sacerdote las 24 horas del día, hasta cuando duermes. Te pones en manos de Dios cuando te acuestas y cuando te levantas. Y de día te lanzas al mundo, en plena batalla. Decía un teólogo que la vida del cristiano se mueve entre el ágape y la guerra. Dios está en la eucaristía y en el combate diario.

Estos tres ejes fundamentales configuran mi sacerdocio: oración, fidelidad y amor a la vocación sacerdotal. Sin esto, el cura va a la deriva.

Doctorado en caridad

Porque no sólo se trata de ser locuaz predicando, o de ser un gran teólogo, que está bien. La fe no es una adhesión a ideas o a conceptos y doctrinas, reconociendo los grandes méritos de la escolástica y la patrística. Pensad una cosa: además de ser doctores en teología, los curas hemos de ser gente enamorada y audaz, gente entusiasta por la vocación. Si no trasciende lo mero doctrinal y no busca la excelencia espiritual, el cura se queda a medio camino. Yo no sólo convenceré con una buena catequesis. Lo que va a entusiasmar será mi grado de convicción y compromiso. Quizás hemos hecho mucha teología de laboratorio, que está bien, pero se necesita una experiencia vital, el amor al sacerdocio. Analógicamente, el futuro de los hijos depende de la estabilidad de los padres. Los hijos deben sentirse queridos por los papás, más allá de la instrucción y la ayuda en otros aspectos. El sentirse amados, abrazados, apoyados, valorados, es fundamental. Lo mismo sucede con el sacerdote y su comunidad. Yo quiero que, más allá de mis instrucciones, os sintáis queridos por vuestro párroco. Quiero que os sintáis queridos por vuestra comunidad, unos con otros. Si, además, aprendéis muchas cosas, estupendo. Pero, sobre todo, quiero que os sintáis queridos, amados, escuchados, atendidos, perdonados.

Y en esto soy el primero que tengo que dar ejemplo. Tengo que doctorarme en caridad, en amor. Como decía Benedicto XVI, hay que hacer teología de rodillas, adorando. Esta es la auténtica teología, la que parte de una comunión íntima con Dios. Si no es así será una mera transmisión de conceptos, insuficiente. Hemos de transmitir pasión, la pasión del sacerdote por ese inmenso don que Dios nos ha regalado.

Os pido que recéis por mí y por los sacerdotes. Llevo ya doce años con vosotros. No me he cansado y estoy feliz de seguir aquí, para serviros en el amor. Que así sea.

domingo, marzo 06, 2022

Evangelizar con la belleza

Cuando llegué a mi nueva parroquia, en agosto de 2010, estaba muy ilusionado en mi destino, con el deseo firme de hacer crecer la comunidad y ampliar sus horizontes.

Era una nueva etapa en mi vida sacerdotal, y ansiaba darlo todo para dinamizar la comunidad. Era consciente de que los anteriores sacerdotes se habían volcado totalmente a su ministerio y pude ver los frutos que dieron mosén Mariné y el padre Juan Barrio, sacerdotes buenos que se habían entregado a su tarea pastoral.

Heredaba una comunidad de personas con una fortaleza religiosa y una fe recia. Los sacerdotes y muchos feligreses que ya han fallecido, contribuyeron con su celo apostólico a que la parroquia fuera creciendo con gran dinamismo.

Tomé posesión el 19 de septiembre de 2010, asumiendo la responsabilidad como rector, de manos del entonces arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach.

Fue entonces cuando encomendé la misión pastoral de mi parroquia al santo cura de Ars. Invocando su ayuda, inicié con ilusión mi nueva tarea.

Aunque todo lo que se había hecho anteriormente era muy valioso, me pareció oportuno empezar por algo que consideraba crucial para la actividad parroquial. Quise empezar dignificando y mejorando los espacios y equipamientos donde se realizaban las diversas actividades pastorales. Observando y rezando, discerní lo que era bueno para lograr una mayor implicación por parte de los feligreses, con el fin de cohesionar más a la comunidad. Aunque pueda parecer obvio, siempre he creído que una forma de evangelizar es a través de la belleza, el cuidado, la mejora, la higiene y la dignidad de los espacios donde la Iglesia desarrolla su misión.

Empecé por reparar y mejorar las diferentes salas: Cáritas, tertulias, catequesis. Y, cómo no, especialmente el templo, como lugar sagrado donde la comunidad celebra su fe en la eucaristía.

De aquí, no sin esfuerzo, fui trabajando con un grupo de feligreses comprometidos e implicados en la mejora de las estructuras y los equipamientos parroquiales.

Han pasado casi doce años y seguimos trabajando para seguir mejorando. Mi deseo es crear confort y bienestar espiritual, favoreciendo, con un espacio bello y agradable, un marco para un fuerte empuje evangelizador. Todo esto lo estamos logrando gracias a la generosidad de muchos de vosotros. Y todo esto sin descuidar lo esencial de mi ministerio: acercaros más a Dios, posibilitar vuestro crecimiento en la fe, así como haceros conscientes de la tarea misionera que todos tenemos, laicos y sacerdotes. En otras memorias detallaremos más iniciativas, fruto de esta toma de consciencia de nuestra misión evangelizadora. A pesar de los vaivenes internos y de los condicionantes de una cultura secular que afecta a la Iglesia, la llamita de San Félix sigue dando luz y esperanza.

domingo, febrero 20, 2022

La guerrera de Dios


Ella era así: exigente, entregada, volcada por entero al proyecto de la comunidad de Misioneros de Jesús en Barcelona. La conocí de mano de una amiga suya, hace siete años, un día de invierno. Tras un saludo afable, me pidió una de las salas de la parroquia para iniciar un grupo de lectura y reflexión sobre la Palabra de Dios. Fue así como un primer grupo de cinco personas comenzó este proyecto, creando un entorno cálido para profundizar en la lectura divina, los domingos por la tarde a las siete.

A la luz de unas velas, con sencillez e ilusión empezó a arder una pequeña llama que se convertiría en el gran proyecto de su vida. Aquellos primeros pasos de gente humilde, pero entusiasta, liderada por Amparo, fueron la gestación de una futura comunidad.

El movimiento Misioneros de Jesús Internacional está extendido por 26 países latinoamericanos y algunos de Europa. Tiene su sede en New Jersey, donde arrancó el proyecto fundado por Neil Vélez. En Barcelona, la semilla estallaría con el primer retiro «Por sus llagas».

Fue a partir de esta primera experiencia que la comunidad creció de manera exponencial, hasta llegar a reunir un gran número de personas que buscaban con ansia respuestas a los grandes interrogantes de su vida. Liderada por Amparo, la comunidad organizó diversas actividades que ayudaron al grupo a crecer y cohesionarse: asamblea semanal en el templo, con pláticas, meditación y oraciones; canto y música con valores formativos y religiosos, profundizando en la palabra de Dios; retiros, escuela de fe, salidas...

La fe es el eje vertebrador de este movimiento. Empiezan muchos de sus encuentros con estas palabras, que marcan su línea de espiritualidad:

Señor, reconozco que sin ti nada puedo, pero también sé que, si tú estás conmigo, todo lo puedo; por eso me humillo ante tu presencia y te pido que aumentes mi fe.

Rápidamente se fueron creando diversos ministerios o servicios, para atender los distintos ámbitos. Amparo luchaba sin tregua por la cohesión del grupo, su formación y compromiso. Su entrega llegaba a veces a la extenuación, con el deseo de darlo todo por la comunidad que había iniciado. Su fuerza interior era la de un huracán. Amparo nunca se rendía, aunque sí es cierto que se agrietó. Su frágil salud fue haciendo mella en su cuerpo, pero ella seguía al frente de un grupo que no dejaba de crecer. Los retiros eran fecundos y abrían las puertas de un nuevo horizonte para muchos. En estos encuentros se produjeron grandes conversiones y muchas almas se acercaron a Dios. También hubo experiencias de sanación y de cambio de vida.

Tras cinco años de generosa entrega, Amparo decidió volver a su Bolivia natal, después de quince años de ausencia. Su padre estaba enfermo y quería estar allí, a su lado, para atenderlo y acompañarlo los últimos días de su vida. En Bolivia, ella deseaba iniciar un nuevo proyecto vital y espiritual.

Tras la muerte de su padre, Amparo se planteó volver a Barcelona. Ilusionada con sus planes, preparaba el viaje de regreso cuando, de manera fulminante, su vida quedó segada.

Un derrame cerebral inesperado le causó la muerte sin que nadie pudiera preverlo.

Al saberlo, su comunidad quedó sin aliento. Nadie esperaba algo así. En la tarde del 12 de febrero, día de santa Eulalia, la tristeza invadió el corazón del grupo de Misioneros en Barcelona. Lágrimas, emociones compartidas, recuerdos, preguntas... ¿por qué?, corrieron entre tantas personas que la conocían y habían recibido de ella miradas cálidas, palabras de consejo y apoyo.

El impacto de una noticia tan dolorosa atravesó el alma del grupo, y también de la comunidad de la parroquia de San Félix. Todos cuantos la conocían y la amaban quedaron atónitos y consternados. 

Así fue: Amparo dejó una huella profunda en todos aquellos que la conocíamos. Su marcha de este mundo ha dejado, como me han comentado algunos, un sentimiento de orfandad muy grande. Supo llegar al corazón de todos. Aun reconociendo que en algún momento se equivocaba, su entrega era indiscutible, así como la sinceridad en su deseo de mejorar, aunque le costara mucho. Así me lo comentó en varias ocasiones.

Además de animar a su comunidad, participaba en el coro parroquial y asistía cada domingo o cada sábado a la eucaristía comunitaria. El amor a Jesús sacramentado era central en su vida. Siempre estaba allí, en medio de la comunidad, con su dulce sonrisa y dispuesta a colaborar en la liturgia.

Una feligresa, recordándola emocionada, me decía: «Dios quiso a esa flor en su jardín». La fragancia de su bondad caló en el corazón de esta persona. «Finalmente», concluyó, «Dios es un misterio inabarcable». Me hizo pensar mucho esta conversación.

Como dije en la homilía, cuando ofrecimos su alma al Señor, ella seguirá velando, custodiando a su comunidad desde el cielo. Seguirá trabajando por aquellos que inició, quizás con más fuerza aún. Es un privilegio tener en el cielo a una mediadora junto a Dios.

Ese deseo que tenía en lo más profundo de su ser estallará para dar gloria a Dios. Agradezcamos su legado, su testimonio vivo de fe, y que sea motivo de empuje y fuerza en los momentos difíciles, para que nunca se pierda el rumbo de un proyecto misionero y eclesial. Aprendamos a ser agradecidos por tanta vida volcada con amor. Que este testimonio luminoso de Amparo llene de sentido vuestra vocación misionera al servicio de la Iglesia. Como solía decir ella, «la meta es el cielo». Es decir, la meta es volver a nuestro origen, que es el corazón de Dios.

domingo, enero 02, 2022

La familia, proyecto de Dios

 

Homilía con motivo de la fiesta de la Sagrada Familia, 26 de diciembre de 2021.

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia, un ejemplo a imitar por todas las familias cristianas. En ella vemos a una madre, María, que sabe hacer de su casa un espacio sagrado: convierte su hogar en un santuario.

Qué importante es que los padres entiendan que la casa, más allá de un lugar de convivencia, es el lugar de crecimiento para los miembros que habitan en ella, un espacio de oración.

María nos enseña a ser educadores en la oración. José sabe estar en el lugar donde le toca. Humilde y silencioso acompaña a María en su tarea de educar a Jesús.

Las casas son fundamentales para la educación de los hijos. Pero hemos de partir de una sintonía entre los padres. Pero hoy vemos muchas dificultades. La familia, como estructura social, está en crisis. Lo estamos viendo: separaciones, rupturas, sufrimiento. Esto supone un gran desconcierto para los hijos. La Iglesia nos recuerda que la familia es sagrada. No sólo la de Nazaret, a la que hemos de imitar, sino toda familia, porque es fundamental para el crecimiento y la madurez de los hijos.

Hoy es un deber social, humano y espiritual, rescatar la familia, confundida por ciertas ideologías que le quitan el valor sagrado de la libertad y que le niegan la dimensión cristiana. ¡Hay tantas discusiones sobre las formas de ser familia! Respetando ciertas tendencias, está claro que no podemos confundir el modelo de familia cristiana con otras donde no estén el padre y la madre, o donde haya dos progenitores del mismo sexo; esto puede desconcertar a los hijos respecto a su identidad personal y social. Pero está ocurriendo, y no sólo eso, sino que se está fomentando desde las instituciones educativas y la administración. Incluso se fomentan las relaciones con personas del mismo sexo. Se está haciendo en otros países y también en España, intentando que el proyecto educativo incorpore ciertos elementos de afectividad e identidad sexual. Esto no corresponde al gobierno ni a las escuelas, porque están haciendo injerencia en la educación y en la responsabilidad propias de los padres.

Podemos ser comprensivos y aceptar la identidad sexual de cada cual, pues cada persona tiene sus tendencias genéticas y en esto debemos ser muy prudentes. Pero lo que tampoco podemos hacer es que se nos arrebate el sentido de la familia tal como lo transmite la Biblia en el Génesis: formada por la unión de hombre y mujer. Cuidado cuando los colegios están interfiriendo en algo que toca única y exclusivamente decidir a las familias. Otra cosa es obligar, por criterios de zona, a que los padres lleven a sus hijos a determinadas escuelas, sin permitirles elegir un centro acorde con su sensibilidad religiosa. Es un tema que preocupa muchísimo.

La importancia de la comunión

Más allá de las dificultades, podemos decir que estas rupturas ocurren porque algo ya se ha ido inoculando: ciertas actitudes y creencias sobre la persona. Si las familias no hacen el esfuerzo de entenderse, de dialogar, de amarse intensamente, de ser delicados uno con el otro, buscando espacios de comunión profunda y sintonía, cuando se pone distancia, por cuestiones culturales, sociales o por carácter, la familia se está derrumbando desde la base.

La convivencia entre personas no es fácil. Pero, ante un matrimonio en crisis, siempre me pregunto qué les hizo enamorarse en los primeros tiempos. ¿No supieron ver cómo era el otro? O simplemente, cuando se les pasa la fiebre del enamoramiento y ven cómo es la otra persona, se dan cuenta de la realidad. Cuánto cuesta aceptar que, si no hay amor en esta relación, la familia se irá debilitando, hasta quedar rota en su fundamento básico. Han dejado de mirarse con ternura, han dejado de buscar tiempo para el afecto y la comunicación; han dejado de buscar tiempo para el ocio, para estar juntos, para pasear, para hablar de cosas que preocupan al uno y al otro. Cuando esto afecta a la confianza, van tirando como pueden.

Muchos no son capaces de separarse, pero es tremenda la tragedia de muchas familias que sobreviven soportándose, porque no tienen recursos económicos, porque es complicado socialmente... Y no hacen un esfuerzo mayor.

Si la familia no está sólida, los políticos y los gobiernos entrarán a rematar. ¿Recordáis lo que decía aquella ministra? Los hijos no son de los padres, son del estado. Es tremendo, pero esta es la tendencia que está predominando. Quieren intervenir incluso en las decisiones personales de la familia o del matrimonio.

No os dejéis atrapar, ¡no! Es un desafío enorme, porque ese veneno se está inoculando: el control sobre la familia desde la administración.

La familia es sagrada. Es un proyecto de Dios, es un proyecto de la Iglesia. El matrimonio es un sacramento y a través del sacramento recibimos las gracias necesarias para consolidar la relación cuando hay dificultades.

Pero muchas parejas no tienen la paciencia para detenerse, dialogar, mirarse a los ojos e intentar buscar soluciones y volver a enamorarse.

Los padres, espejo para los hijos

Lo que hagáis los padres lo verán los hijos. Ellos serán testigos de las fragilidades de los padres, e incluso os van a imitar, porque lo han vivido. Lo vemos en muchas familias: cada fin de semana los hijos se dispersan, con uno u otro cónyuge.

Los hijos necesitan sentir que los padres se aman, por encima de todo. Luego nos preguntamos: ¿qué hemos hecho? Mis hijos no vienen a misa, mis hijos no me quieren, soy incapaz de hablar con mis hijos. Cuando esto ocurre, ya siendo adultos, es porque no se ha trabajado desde la base una sólida relación afectiva y espiritual. Nos llenamos la boca de teorías, hablando de la importancia de la familia como sacramento. Pero no olvidemos que es un sacramento basado en un esfuerzo humano, emocional, intelectual, afectivo, para que la familia sea sólida y compacta y no se rompan las relaciones.

Para los cristianos, para la Iglesia y para Dios la familia es un reducto donde tenemos que amurallarnos ante la interferencia de ciertas instancias. Un niño crece armónicamente si los padres están en su lugar. Pero, sobre todo, si los padres se quieren, se manifiestan su aprecio y su compromiso mutuo de quererse para siempre.

¿Qué notamos? Que esa densidad en la relación, tan impresionante en los inicios, con el tiempo, lentamente, se evapora. Y me diréis que soy joven, que no estoy casado, que no tengo hijos... Pero hay algo que revisar desde la base.

¿Por qué la Iglesia insiste tanto en la formación prematrimonial? No tres días, porque la pareja va corriendo y no tiene tiempo. No es consciente de la necesidad de formarse para un sacramento que dura toda una vida. ¿Qué son tres charlas para toda una vida? Nada.

El amor requiere sacrificio, esfuerzo, renuncia, diálogo, paciencia, ternura, mirarse a los ojos... Y, cuando hay dificultades, tener la valentía de poner esto encima de la mesa y no dejar que el tiempo vaya matando lentamente la relación. Así es como se llega al ir tirando. Y los matrimonios resisten porque, claro, no pueden separarse, no pueden dar mal ejemplo. No se trata de separarse, sino de hacer el esfuerzo. Si dijisteis que sí a todas, hay que mantener ese sí cada día, con esfuerzo. Y esto requiere un plus de generosidad. ¿Estamos dispuestos?

Vale la pena por lo que nos ha dado nuestra esposa, por nuestro esposo, por nuestros hijos. Vale la pena por todo lo que hemos proyectado juntos y por lo que hemos crecido juntos.

Consolidar los vínculos

Un psicólogo cristiano dice que la gran crisis surge a partir de los 50, cuando parece que todo está hecho y ya no hay nada más que decir. Es entonces cuando llega el tedio y se inicia el declive hacia abajo. Viene la desilusión, el cansancio, la ironía solapada en la convivencia, disfrazando bajo chistes las heridas psicológicas y espirituales. ¿Por qué creéis que la Iglesia insiste tanto en esto? Si la familia no está consolidada y los hijos no están protegidos, si la persona no está feliz en su madurez, ¿qué podemos esperar? A partir de los 50 es cuando uno se convierte en persona sabia, no porque sepa mucho, no, sino porque ha descubierto, ha degustado lo que es esencial en la relación. Más allá del saber está el saborear, en silencio, juntos. La oración conjunta, el diálogo sosegado... ¿Nos hemos olvidado de todo esto?

Si no estamos al tanto, no nos extrañe lo que pasa con nuestros hijos, que toman caminos totalmente diferentes al nuestro y se distancian. Siguen la moda, están enganchados a los aparatos digitales... Sin embargo, hay otra realidad dolorosa. El otro día escuchaba en la radio: más del 50 % de jóvenes en Cataluña no tienen trabajo. El trabajo no sólo depende de las habilidades personales, sino de la formación recibida en el tiempo, en la familia. El amor da seguridad y aumenta la inteligencia emocional, importantísima para afianzar al joven que tiene que abrirse a la vida. El amor hará posible que nada ni nadie se le ponga por delante a ese joven con ganas de crecer, con ganas de dar lo mejor de sí mismo a la sociedad.

Cuánta gente joven arrodillada, abducida, cansada, perdida, desorientada, caída, derrotada... ¿De quién depende? De los adultos. Si los adultos no somos ejemplo, ¿qué esperamos? Quizás hemos de reconocer que no todo lo hemos hecho bien. ¿Por qué los jóvenes no vienen a la Iglesia? ¿Qué hemos hecho de nuestra fe? ¿Qué hemos hecho con nuestros valores? ¿Qué hemos hecho con lo que queremos? ¿Nos hemos cansado, nos hemos rendido? ¿Es complicado mantener viva la fe, esa llama de entusiasmo de la creencia en Dios?

Pero no todo está perdido. Hagamos que la familia cristiana de nuestro mundo se parezca a esta familia de Dios, la familia de Nazaret. Así sea.