martes, octubre 20, 2020

Carta a los feligreses con motivo de la Covid-19

Apreciados feligreses,

Deseo que os encontréis bien, tanto vosotros como vuestras familias.

Desde el mes de marzo, cuando se inició el estado de alarma, la parroquia está pasando por una grave situación económica. La reducción del aforo en las celebraciones y en el resto de actividades que sufrimos desde hace seis meses está provocando una gran tensión de la tesorería parroquial. Ante esta situación de estrechez, me veo obligado a comunicaros que, en estos momentos, más que nunca, la parroquia necesita de vuestra ayuda.

Quiero apelar a vuestra responsabilidad como cristianos de esta comunidad. Sabemos que la pandemia ha afectado a muchas personas y quizás sea un momento difícil para todos. En la historia parroquial nunca nos habíamos encontrado con una situación como esta y dependerá de cada uno de los miembros, que os sintáis parte de ella, que hagamos todos un sacrificio por el bien de nuestra comunidad. Lamento comunicarlo en estos términos, pero la ocasión lo requiere si queremos que la actividad que se realiza en esta parroquia no quede afectada. Los gastos son los mismos y en este momento hemos de seguir haciendo frente a ellos para poder subsistir.

El Covid-19 puede ser una prueba que mida el grado de autenticidad de nuestro amor por la parroquia y nuestra preocupación por sus necesidades. Quizás alguien se pregunte por qué el obispado no se hace cargo de los gastos. Pero lo cierto es que también ellos sufren de esta situación de crisis, pues la Iglesia, como sabéis, se nutre principalmente de las colectas y donaciones de todos los fieles. De todos modos, os comunico que estoy manteniendo conversaciones con los responsables de economía diocesana para que nos eximan de una parte del pago obligado al Fons Comú Diocesà, con el fin de aliviar el peso de los gastos.

Pero, más allá de esta responsabilidad que tenemos con la Iglesia diocesana, tenemos unos gastos fijos que afectan al funcionamiento parroquial y que son los que nos permiten abrir y cerrar, atender a las personas y celebrar las liturgias y otras actividades pastorales. Como en cada casa, hay gastos que cubrir sí o sí: luz, agua, gas, teléfono… En el caso parroquial hay que añadir un plus, la limpieza del templo y las salas, gastos litúrgicos, mantenimiento del edificio y los equipamientos, y otros. Todo ello sube a una cantidad que en estos momentos no llegamos a cubrir con el poco flujo de dinero que entra, y esto me preocupa mucho, pues deseo servir de todo corazón a la comunidad.

Os pido encarecidamente que recéis para que todos seamos conscientes de que, ahora, más que nunca, la parroquia os necesita. Se me ocurre que, mientras dure la pandemia, podáis ayudar de esta manera.

Se pueden formar grupos que se ocupen de pagar una partida de los gastos mensuales. Por ejemplo, un grupo puede ocuparse de las facturas del agua; otro grupo de la luz, otro del gas, otro de las compras litúrgicas, la limpieza, etc. Se trata de establecer grupos diferentes que vayan asumiendo estos costes, repartidos entre todos.

Con esto no quiero violentar a nadie: que cada cual haga lo que buenamente pueda, según sus posibilidades. Así ayudaríamos a que la parroquia siga ejerciendo su tarea litúrgica y pastoral, pese a la situación de pandemia. Habrá una persona responsable del consejo pastoral que lo organice todo y posteriormente os indicaremos cómo llevarlo a cabo.

Deseo sentirme, en estos momentos, arropado por mi comunidad y que ojalá entre todos podamos hacer frente a este desafío. Dios se lo merece. La Iglesia y la comunidad se lo merecen. Ahora, más que nunca, tenemos la oportunidad de crecer en generosidad.

Dios bendiga este plus de esfuerzo que hacéis por amor a la Iglesia y a nuestra parroquia.

Padre Joaquín Iglesias

San Félix Africano 

sábado, julio 18, 2020

La escalera de Jacob

Ante la "Escalera de Jacob", en el convento de Santa María 
de Bellpuig (Les Avellanes).

Una escalera hacia el cielo


Leemos en Génesis 28, 10-22, una escena sugerente y misteriosa que ha inspirado a muchos artistas: el sueño de Jacob, que ve una escalera que sube hasta el cielo, y por donde suben y bajan los ángeles de Dios. Este sueño lo tiene cuando ha huido de casa de su padre, Isaac, después de arrebatarle la bendición y el derecho de primogenitura. Jacob escapa de la ira de su hermano Esaú y viaja hacia el norte, para alojarse en casa de su tío Labán. Por el camino, desde Beersheva hasta Padán Aram, se detiene en un lugar llamado Betel. Hace noche allí y tiene este sueño.

En el sueño, oye la voz de Dios, que le habla desde la escalera, y le brinda su promesa de bendición: le donará esa tierra, una numerosa descendencia y su apoyo y compañía, allá a donde vaya. «Yo estoy contigo, te acompañaré a donde vayas, te haré volver a este país y no te abandonaré hasta que haya cumplido todas mis promesas» (Gn 28, 15).

La escena, nos explican los biblistas, es una típica forma de expresar la comunicación de Dios a los hombres: en sueños. Además, en el antiguo oriente, era muy habitual que los viajeros, cuando hacían noche, hicieran algún gesto de veneración al dios de aquel lugar, erigiendo una piedra, una estela o recuerdo de su paso por allí, como testimonio. En este caso, Jacob se encuentra nada menos que con un lugar sagrado, un lugar donde habita la presencia de Dios: «¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que Casa de Dios y Puerta del Cielo» (Gn 28, 17).

Este es el significado del nombre Betel: Casa de Dios. Para los autores bíblicos y sus lectores de los primeros tiempos, además, esta escena tenía otras reminiscencias. La Biblia fue compuesta tras el exilio del pueblo de Israel en Babilonia. Los israelitas exiliados debieron ver y admirar aquellos grandes templos babilónicos, en forma de pirámide escalonada, por donde subían y bajaban los sacerdotes ofreciendo incienso y sacrificios a los dioses. Babel significa precisamente esto: «la puerta del cielo», y de aquí viene el nombre Babilonia. Los babilonios creían que sus templos eran lugares de conexión directa con las potencias divinas.

Pues bien, aquí, de camino, solitario y huyendo, Jacob se encuentra con otra escala que recuerda a estos templos babilónicos. Pero no es un monumento humano, sino una ruta de ascenso al cielo, y los que suben y bajan no son sacerdotes, sino ángeles de Dios. Él no tiene que ofrecer nada, sino que recibe una promesa. Pero, cuando se despierta, al día siguiente, decide hacer un voto: «Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje… y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios» (Gn 28, 20). De manera muy primaria, y algo interesada, pero sincera, Jacob está respondiendo a la generosa promesa de Dios. Tú estarás siempre conmigo, luego yo estaré contigo; yo soy tu protegido, tú serás mi Dios.

¿Qué nos dice esta lectura, hoy?


¿Qué significa este sueño de Jacob? El Génesis es un libro lleno de promesas. Desde la creación del hombre, Dios nos ofrece su amistad y una alianza firme de amor imperecedero. La alianza, poco a poco, se va concretando: desde la humanidad hasta un pueblo, una familia, una persona. Hoy podríamos leerlo así: desde nuestro nacimiento, Dios nos sale al encuentro a cada uno de nosotros para ofrecernos su amistad y su compañía.

En los momentos de incerteza de nuestra vida, cuando parece que vamos huyendo, como Jacob, o buscamos sin encontrar, Dios nos sale al camino y tiende una escalera hacia él. Nos alienta y nos dice: Estoy contigo y te protegeré, allí a donde vayas. Para ello es necesario un tiempo de sueño, de descanso, de silencio… Ese tiempo necesario para detenernos en medio de nuestra carrera diaria y dejar que se abran las puertas del cielo.
La mística cristiana tiene su culmen en el encuentro efusivo y pleno de Dios con nosotros. Dios conoce nuestro anhelo de iniciar un trayecto ascendente: el sueño de todo cristiano es llegar, un día, a abrazar al Dios de nuestra vida. Pero, para llegar a ese momento, hemos de levantarnos, iniciar un camino hacia arriba y subir la escalera. Toda búsqueda implica un esfuerzo. Mirar hacia adelante, tensar el corazón y anhelar con todas nuestras fuerzas llegar a la cumbre. Una vez allí, detenernos ante el paisaje del cielo y contemplar su gloria y su resplandor.

El sueño de Jacob ha de traducirse en una misión real en nuestra vida. El itinerario del cristiano consiste en ponerse en marcha hacia los demás, saliendo de sí mismo. Los demás son destellos de la presencia divina. Dios no sólo está en las alturas; también está enraizado aquí, en la tierra. La tierra es una parcela de su cielo. Quizás el esfuerzo no es tanto una subida física de muchos peldaños, sino un esfuerzo mental y espiritual para alcanzar la cima del alma humana. Allí también está Dios. El esfuerzo, por tanto, será que las erosiones de la vida no nos quiten la fuerza para ascender en el compromiso de amor al prójimo. Sólo subirá de verdad por esa escalera que lleva a Dios el que supera toda traba, todo obstáculo que le impida caminar hacia los demás.

Estas imágenes bíblicas recogen las enormes inquietudes del hombre en el trayecto largo y a veces doloroso para encontrar a Aquel que da sentido pleno a su vida. Los personajes bíblicos son reflejos de cada uno de nosotros. Los patriarcas reciben sucesivas bendiciones, que llenan su vida de esperanza. ¿Qué sería del hombre sin promesas? ¿Qué sería de él sin esperanzas? Se perdería en la angustia vital. Por eso, ser receptores de una promesa, tener sueños, alcanzar metas que vayan más allá de uno mismo, es algo connatural al ser humano. Estamos ligados a una realidad superior que nos envuelve con sus rayos luminosos. La experiencia mística es el encuentro, un gozo incesante cubierto por una aureola divina. Somos así. El hombre ansía el infinito en su indigencia finita. Pobres y pequeños, anhelamos lo más grande. Aunque esto signifique subir muchos escalones, con esfuerzo, vale la pena, por el deleite de encontrarnos, al fin, en los brazos de Dios.

lunes, junio 01, 2020

El Espíritu regenerador


Celebramos hoy una hermosa fiesta, fundamental para los cristianos: el nacimiento de nuestra amada Iglesia. Un nacimiento que significa la recreación de la persona, de su alma, de su vida. Con el Espíritu Santo todo se regenera. Se recrea la comunidad, el ser humano, sus anhelos, sus esperanzas. El Espíritu Santo nos hace nacer de nuevo.

Así lo vemos en este texto de Juan que hemos leído. Los discípulos, están confinados, encerrados en una casa por miedo, y Jesús se presenta en medio de ellos.

La liturgia de hoy nos debe recordar que, aunque sigamos con el confinamiento, Dios traspasa las paredes de nuestros miedos, de nuestras incertezas, de nuestras inseguridades. El riesgo de este tipo de experiencia límite que hemos vivido, con el Covid-19, puede dejarnos esa sensación de encerrarnos un poco más en nosotros mismos. Y es normal, desde un punto de vista psicológico. Podemos pensar que vamos a la deriva, que no sabemos qué pasará con nuestro mundo, con nuestra historia. En medio de todo esto, los discípulos de Jesús han vivido la experiencia de perder a su maestro, y es terrible: es como si el sol se hubiera desvanecido, como si la oscuridad enterrara su corazón. El virus de la desesperanza los lleva a encerrarse. Pero Jesús tiene la capacidad de penetrar el muro del miedo.

Porque quiere a los suyos, Jesús quiere provocar la experiencia de un reencuentro. Ya no es con el Jesús histórico que conocieron en Galilea, con las primeras vocaciones, sino con el Jesús persona resucitada. Su presencia real en medio de ellos es el antídoto ante la desesperanza.

La paz con vosotros


Una persona asustada necesita sentir una paz inmensa en su corazón para superar el miedo. Pero ¿quién nos da esta paz? Nos la da aquel que es la Paz con mayúscula. No será una paz de ausencia de dificultades y problemas, porque en los comienzos de la Iglesia tendrían muchos: fueron perseguidos. Pero esta paz viene de una certeza mayor que la paz psicológica. Es la paz espiritual, porque Dios está contigo. Jesús aparece en medio de la incertidumbre de los discípulos para disipar cualquier tipo de miedo.

Dicho esto, les mostró las manos con las señales del martirio, del sufrimiento. Al ver esa marca física, tangible, su miedo se transforma en alegría. ¿Quién puede cambiar el rumbo de la historia? ¿Quién puede cambiar el rumbo de mi historia personal? ¿Quién puede cambiar mis anhelos de esperanza? El único que puede convertir esa desolación en un reencuentro gozoso es Jesús.

Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Hoy, podíamos decir que, aunque estemos aquí y ya tengamos al Espíritu Santo, también tenemos un poco de miedo al futuro. No sabemos qué ocurrirá. Pero no es lo mismo vivir una incerteza alejada de la presencia de Dios que contar con Dios en tu vida. Creer o no creer, tener la certeza o no tenerla, cambia la percepción incluso del propio miedo. Si vemos que Dios está con nosotros, ¿a quién hemos de temer?

Por eso los discípulos empiezan a desplegarse, hay un renacimiento espiritual en ellos, un pequeño pentecostés en su corazón, a medida que se abren al Espíritu. La oleada pentecostal los llena de alegría al ver al Señor. Y él dirá por segunda vez: La paz con vosotros. Reafirmémonos en esa paz, en ese sosiego del alma, para que se convierta en alegría perpetua.

Será entonces cuando soplará sobre ellos el Espíritu Santo. Ahora sí, sin miedo, con paz y alegría, están dispuestos a batallar para hacer posible el plan de Dios en el mundo: su Iglesia. Él les da capacidad para poder actuar en nombre de Dios.

El mal no puede vencer


Dios irrumpe en nuestra vida. Dios estalla en la Iglesia, en el mundo, en la historia. Hablando con algunas personas, me decían: ¿Qué va a ser del futuro, de la Iglesia, del mundo? ¿Qué será de nosotros? Yo decía que ni el miedo, ni la enfermedad, ni el hambre ni la guerra pueden vencer a Jesús resucitado. Aunque nuestra muerte sea física, biológica, no es el final de nuestra historia. Por tanto, es inconcebible, teológicamente hablando, que el mal venza al mundo, por muchas desgracias que haya. Eso sí, el mal hará daño y va a generar terribles secuelas de sufrimiento, pero no va a vencer porque Jesús ha resucitado y porque el Espíritu santo está aleteando sobre la Iglesia, sobre la historia y sobre el mundo. El mal no puede doblegar al Señor del universo. ¡Es imposible!

Que el miedo no nos impida ver que el sol está brillando detrás de las nubes. Que sigue habiendo aliento, sigue habiendo vida, por muchos virus que haya por ahí. ¡No! No digo que no tengamos que tomar medidas, claro que sí, y hemos de obedecer a las autoridades, como decía san Pablo. Pero no minimicemos la fuerza divina, la fuerza del amor, la fuerza de la vida. Detrás de la pandemia, ha habido una explosión preciosa de generosidad y solidaridad. ¿Qué es eso sin la acción del Espíritu? No sería posible hacer tantas cosas buenas sin esa experiencia del Espíritu Santo en el mundo. Tenemos, en el fondo, a Dios dentro de nuestra vida.

El regalo del Espíritu Santo


Podemos decir que, hoy, esa ola pentecostal, que recibieron los apóstoles hace dos mil años, llega hasta nosotros.

¿Y qué hace el Espíritu Santo? Nada más y nada menos que dar a los apóstoles el vigor y la energía para que fueran capaces de extender el reino no sólo por Europa, sino por todo el mundo. Doce apóstoles, limitados, un grupito de personas.  Si hoy estamos aquí sentados, en este templo, celebrando Pentecostés, es porque esa energía potente de Dios en sus vidas hizo posible que el Espíritu Santo atravesara la historia y el mundo, hasta llegar aquí.

Él sigue estando presente, sigue siendo real. No fue solamente un hito histórico. Estamos celebrando una realidad hermosa y trascendental que va más allá del tiempo. Por eso hoy estamos aquí, porque los discípulos se dejaron inspirar por este fuego y este ardor del Espíritu. Si no fuera así, no seríamos Iglesia, estaríamos dispersos. La cristiandad no podría extenderse si el Espíritu Santo no hubiera manifestado su presencia en el mundo.

Por eso hoy es nuestra fiesta, la fundación de la Iglesia, y este es el regalo que Dios nos hace, además de regalarnos a su hijo sacramentado. El Espíritu Santo es el amor puro de Dios. ¿Para qué? Para que hagamos como los discípulos: recibid el Espíritu Santo. Lo hemos recibido en el sacramento de la Confirmación. Está ya en nosotros, aleteando en nuestro corazón. Por tanto, dejemos que actúe esa fuerza, esas cataratas de gracia que nos regala hoy el Espíritu Santo.

sábado, mayo 30, 2020

Una iglesia de puertas abiertas


Estos días de confinamiento he tenido más tiempo para rezar y pensar en mi querida Iglesia, y redescubrir su hermosa misión en el mundo. Para mí, este tiempo de encierro ha significado ahondar en el núcleo fundamental de esta misión. La Iglesia ha formulado una buena teoría sobre eclesiología. Estos días he reflexionado sobre su aplicación pastoral. Es decir, cómo vivir y llevar a cabo las verdades de la fe en el día a día.

Unir teología y pastoral


El papa Francisco es un referente pastoral de un valor extraordinario, y para ello aprovecha no sólo la riqueza del magisterio de la Iglesia, sino que además le añade su profundo conocimiento del hombre, la cultura y la sociedad. El Papa hace engranar muy bien la sabiduría teológica con la humana, utilizando recursos, expresiones y metáforas orientadas a la evangelización. Mezcla teología, sicología y literatura, amasando de manera creativa estas diferentes ciencias para elaborar una fecunda y atractiva pastoral que toca de lleno el corazón humano. Sus homilías, prueba de esta creatividad pedagógica, no dejan a nadie indiferente.

La gran aportación pastoral del papa Francisco me ha inspirado este nuevo escrito. He pasado largo rato en silencio, en oración, intentando ahondar en lo que es genuino de la Iglesia.

La misión de la Iglesia va más allá del culto


Hemos estado dos meses y medio sin celebraciones litúrgicas, con el ardiente deseo de encontrarnos en comunidad con Cristo eucarístico. Y, siendo tan importante, el culto no agota la realidad diversa de la Iglesia. Su misión trasciende el culto. Por eso la Iglesia ha seguido tan viva como siempre en medio de la pandemia. Aunque no se ha podido celebrar, su misión evangelizadora ha continuado. Hemos tenido un largo tiempo para dar testimonio y evangelizar fuera del templo, desde nuestros hogares y trabajos. Por otra parte, si la liturgia y la comunidad no nos espolean, puede ser un signo de debilidad y de pobreza comunitaria.

La Iglesia ha de continuar estando en pie, fuera de sus propios muros. El objetivo es crecer y alimentarnos dentro, y ser misioneros afuera, sin que ninguna circunstancia, por compleja que sea, nos impida llevar a cabo nuestra misión. Siendo el templo un referente, lo es también cada cristiano encarnado en el mundo. Por eso decidí que mi parroquia estuviera siempre abierta durante el confinamiento. No concibo a un Dios cerrado en sí mismo, como tampoco a los primeros cristianos encerrados por miedo a la persecución romana. Ellos no temían a la muerte. Las puertas abiertas de una parroquia son las puertas abiertas del corazón de Cristo. Gracias a que la parroquia se ha mantenido abierta, muchos han podido venir a rezar, a pedir consejo y, algunos, con la protección adecuada y la distancia de seguridad, han recibido la comunión de manera ordenada en horas y días diferentes. Así como confesarse y recibir apoyo y consejo, pues esta situación ha generado mucho sufrimiento y ansiedad. En conciencia, y con la máxima prudencia, no he dejado de ejercer mi ministerio sacerdotal en plena pandemia del coronavirus. Las gentes necesitaban ser escuchadas, rezar y sentirse en paz en este lugar sagrado, fuente de crecimiento espiritual.

Puertas abiertas


Me siento parte de una Iglesia acogedora, en salida, en plena pandemia. Alguien me comentaba que si las tiendas de tabaco son consideradas una actividad esencial, ¿cómo no va serlo aquello que es fundamental para el ser humano, su necesidad incesante de ser escuchado y atendido en estos momentos de tanta incertidumbre?

Para los cristianos es esencial poder vivir en lo posible de aquello que sustenta nuestra fe, el encuentro con el Señor. Además de nuestras necesidades materiales, también las tenemos espirituales. Por eso la parroquia no podía permanecer cerrada, negando lo que es propio de la Iglesia, que es ofrecer el alimento de Cristo a todo el que lo pida. Respetando las normas de seguridad establecidas por las autoridades sanitarias, según el decreto y las fases de desescalada, que he seguido en todo momento, no he celebrado con la comunidad hasta que se ha permitido.

Esta situación me ha llevado a pensar en el enorme valor que tiene el trabajo evangelizador, tarea fundamental de la Iglesia. Para mí ha sido una gran experiencia constatar el bien que se puede hacer, más allá del culto. El corazón de Dios nunca deja de latir. Su amor se derrama con fuerza en los momentos más duros. Él siempre está presente en su Iglesia.

La atención hacia los más vulnerables, la caridad, la acogida, la oración, el silencio, el anuncio de la buena nueva… Todo esto estaba en el centro de la misión de Jesús, y esto es lo que hemos intentado hacer en nuestra parroquia, durante estos tiempos de pandemia.

sábado, mayo 09, 2020

Una Pascua confinada


La Pascua es un tiempo litúrgico importante para la vida del cristiano. En ella celebramos la resurrección de Jesús, acontecimiento crucial donde fundamentamos nuestra fe. Con la resurrección de Jesús, la muerte está vencida. De las tinieblas pasamos a la luz, de la tristeza a la alegría, del miedo a la intrepidez.

Pero, justamente en el marco de esta pandemia, nos podemos sentir desorientados, temerosos, inseguros. Los datos de los fallecidos nos pueden generar dudas, miedo, inquietud y, a muchos, tristeza en el corazón. Una ola de sufrimiento nos invade y nos deja abatidos, con grandes interrogantes dirigidos a Dios. ¿Por qué el Dios de la vida permite la tragedia de tantas muertes por el coronavirus?

El silencio de Dios nos abruma por falta de respuestas. El mal sigue avanzando sin tregua. Todo el planeta contiene el aliento y un horizonte de incerteza aparece en nuestra vida. Muchos no dejan de preguntarse qué está pasando. Querrían obtener respuestas de los científicos, de los políticos, de Dios. Es una reacción muy humana y lógica. Desde la fe, todo tiene una explicación y se nos abre una enorme cortina que nos enfrenta al misterio de Dios, impenetrable para la razón. El Dios cercano de Jesús se hace a veces inaccesible y nos sobrepasa.

Ante ese misterio de su silencio, no podemos rebelarnos. Es posible que quiera decirnos algo que no acabamos de entender, porque queremos soluciones inmediatas. El silencio de Dios no es incomunicación. Es otro tipo de lenguaje que no comprendemos porque quizás no hemos sintonizado lo bastante con él. Nos quedamos en la reacción inmediata de miedo y queremos respuestas rápidas. Dios no para de hablarnos, el problema es que no somos capaces de establecer un diálogo porque todavía no hemos entrado en la profundidad de su realidad divina. Es imposible una comunicación interpersonal si no hay una conexión de corazón a corazón. Así y todo, Dios, por ser como es, guarda una zona en sus entrañas a la que no podemos acceder. Seremos testigos de la revelación total de su misterio cuando nos encontremos definitivamente con él, en el cielo. Allí todo se desvelará. El Dios oculto se hará transparente, luminoso y cercano para siempre.

Mientras tanto, no hemos de vivir asustados ni inquietos. Como él nos dijo: «Estaré siempre con vosotros». Por eso, hemos de afrontar todas las adversidades con esa certeza. Si Dios está con nosotros, como diría san Pablo, ni cumbres, ni abismos, ni profundidades, nada nos apartará de Dios y de su amor. Ni siquiera las pandemias, las tormentas, los terremotos o las erupciones volcánicas. Hoy podríamos decir: ni siquiera el coronavirus nos apartará de él.

Los creyentes entramos en una nueva lógica, que trasciende todo miedo y toda razón. La fe será el fundamento de nuestra vida como cristianos pascuales. Puede parecer una paradoja vivir la Pascua del Señor encerrados en nuestros hogares. Pero esto no tiene por qué ser un contrasentido. La palabra clave del hecho pascual es Shalom, y «Alegraos». ¿Podemos estar contentos mientras el coronavirus arroja una cifra de más de veintiséis mil muertos? Es cierto, no hay respuesta humana ni racional. Pero tan cierto como aquello es lo que Jesús nos dijo: «No os dejaré huérfanos, os enviaré al Espíritu Santo». Y san Pablo nos recuerda: «los que con Cristo hemos muerto, con Cristo hemos resucitado». Son rayos luminosos que nos dan la certeza de una nueva vida y nos convierten en cristianos audaces y valientes. El virus no tiene la última palabra, ni es la antesala de una oscuridad permanente. Todo ha quedado iluminado en Jesús resucitado. Vivamos la Pascua en casa, con actitud gozosa, como si estuviéramos juntos. Cada hogar es un trozo de comunidad viva y hemos de obrar consecuentes con lo que somos y con lo que unos une, más allá de las paredes de nuestro templo. 

Israel tomó conciencia de su identidad en el exilio. También nosotros podemos reforzar nuestra comunidad en el confinamiento.

Ojalá esta Pascua, fuera de nuestro templo, exiliados en nuestras casas, nos ayude a ser conscientes de que somos pueblo de Dios, Iglesia encarnada en nuestra comunidad de San Félix. Ella es parte de nuestra identidad como cristianos.

miércoles, abril 29, 2020

Avivar la esperanza



Como muchos de vosotros me decís, estamos en un tiempo de profunda confusión y de incertezas. Se hace difícil entender que por ciertos errores de gestión la pandemia ha causado muchos daños evitables, dejando una sensación de inseguridad y abandono entre la ciudadanía.

Después de un mes y medio encerrados, empieza la «desescalada» progresiva del confinamiento. Esto nos da algo de esperanza, pero las secuelas de la paralización serán tan devastadoras o más que el propio virus. Las pérdidas económicas y laborales perjudicarán el tejido productivo, y los grupos vulnerables van a sufrir más. Ante este sombrío panorama social, nunca podemos perder la esperanza.

Queridos feligreses, no sólo no hemos de tener miedo, sino todo lo contrario. Nuestra esperanza se sostiene en Aquel que todo lo puede. Los que tenemos la dicha de creer, este don sobrenatural que Dios nos ha dado, no podemos pensar que todo está perdido. Cada cristiano debe convertirse en una llama de esperanza, y es ahora, en estos momentos de dificultades, cuando se hace más necesario nuestro testimonio veraz en medio del caos. Es ahora cuando hemos de brillar con más fuerza. Que estos momentos no nos paralicen. No minimicemos la potencia de una fe vivida con autenticidad. 

Para la comunidad, es un reto poner a prueba la fortaleza de nuestra fe. Como os decía en otros escritos, cada hogar es una delegación de nuestra comunidad y una embajada de la Iglesia. Cada uno está llamado a evangelizar en su entorno: familias, vecinos, trabajo... Debemos arrojar luz con nuestra vida. Vivimos sostenidos en Dios, esta es nuestra máxima certeza y la fuerza para vencer el desánimo y el cansancio. No nos podemos rendir. El coraje de nuestras convicciones puede ayudar a muchos corazones abatidos. Sólo Dios sabe el alcance de esta crisis que estamos viviendo. Aunque los economistas y los científicos auguran un futuro pésimo, no olvidéis que somos una fuerte comunidad que va más allá de las paredes del templo. Cada casa es un trocito de Iglesia, y esto tiene un valor inmenso. No estáis solos. Tenéis a Dios, a un pastor y una comunidad donde todos rezamos, y también somos parte de un gran pueblo de Dios, de su rebaño universal. Esto nos ha de dar una serenidad a prueba de bomba y, sobre todo, una inmensa alegría de saber que somos parte del proyecto de Dios. La parroquia es el signo visible de su reino aquí, en este lugar. Somos protagonistas de una gran revolución evangelizadora y cada uno de vosotros es agente fundamental de esta misión divina. Podemos hacer que las cosas cambien si tenemos orientado el corazón a Dios. Este es nuestro arsenal: la gracia poderosa y efectiva del Espíritu Santo.

La situación tardará tiempo en normalizarse, y esto inquieta a muchos. Será como un desierto, que iremos atravesando, no sin momentos de angustia. Mantengámonos firmes y lúcidos. Sólo en el tiempo alcanzaremos a ver la dimensión de este momento clave para la vida de todos. Si somos capaces de aprender una gran lección, ¿por qué no va a haber, detrás de todo, un bien espiritual?

No somos dioses ni infalibles. Somos frágiles y vulnerables. Reconozcamos con humildad nuestra indigencia ante fenómenos que surgen, pero también ante Dios, que es infinitamente misterioso. Sólo desde el silencio podremos atisbar un poco ese estar tan cerca y tan lejos, tan afuera y tan adentro. Una presencia callada, llena de resonancias en los gestos y en la historia, certera y real. Los grandes místicos de la Iglesia intentaban penetrar en esa zona misteriosa de Dios. Tenemos una gran oportunidad de hacer de nuestros hogares verdaderos santuarios, donde busquemos tiempo para esa intimidad con Dios. Sólo desde el silencio y la adoración encontraremos sentido a todo lo que ocurre. Dialogar con él es parte de nuestro compromiso de amistad. Cuanta más intimidad, más revelará Dios su designio.

jueves, abril 16, 2020

Una lección de la historia


Los 300


Muchos de vosotros conoceréis la historia de los trescientos guerreros espartanos que, al mando del rey Leónidas, detuvieron a un ejército de ochenta mil persas en el paso de las Termópilas. Su heroica resistencia, hasta la muerte, impidió que el ejército persa invadiera Grecia y arrasara sus ciudades. Murieron todos, pero salvaron a su país. Su hazaña ha sido motivo de toda clase de obras de arte, libros y hasta películas de cine.

Trescientos hombres valientes, sacrificados y dispuestos a todo lograron salvar miles de vidas y toda una cultura, de la que hoy somos deudores. Pues bien, el otro día pensaba en esto cuando reflexionaba que, en nuestra parroquia, somos más o menos trescientos feligreses que venimos a misa cada domingo. Trescientos cristianos convencidos. Trescientos, nada menos.

Y me pregunto. Somos trescientos. Y tenemos una fuerza mucho mayor que aquellos soldados de Leónidas. Tenemos la fuerza que viene de Dios, la ayuda del Espíritu Santo, el alimento fortalecedor del cuerpo de Cristo. ¿Qué no podremos hacer, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en el mundo?

Trescientos cristianos podemos vencer la apatía y el miedo. Podemos cambiar el barrio. Podemos hacer muchísimas cosas. ¿Creemos de verdad en el don de la fe, que todos hemos recibido? 

Si no creemos que la fe nos transforma, ¿qué clase de fe es esta?

Tenemos las mejores armas


Lo tenemos todo a nuestro favor para ganar cualquier batalla. ¿Estamos dispuestos a luchar? ¿Creéis en la victoria?

Nuestras armas no fallan. Tenemos el yelmo de la confianza: Dios está con nosotros. Tenemos la espada del coraje: nos hará poner todo el corazón y vencer nuestra desidia. Tenemos un escudo potente: la oración, que se sostiene en una fe firme. Y, finalmente, tenemos la fuerza del grupo, ¡no estamos solos! Vamos todos a una, animándonos, apoyándonos. Somos una comunidad, la unión hace la fuerza.

En esta semana de Pascua, os invito a todos a llenaros de la fuerza de Cristo resucitado. Vamos a transformar el barrio si queremos. Vamos a hacer algo para contribuir al bien de nuestra sociedad. Para ello necesitaremos una preparación, física y mental, y también espiritual. Este periodo de confinamiento es una ocasión única para entrenarnos. Tenemos tiempo para entrar en nuestro castillo interior, reforzarnos en Dios y salir al combate. No podemos salir igual que entramos. Después del Covid-19, nada será igual. Si Dios permite que vivamos es para algo más que sobrevivir.

La Pascua nos llama a salir de nuestra zona de confort. Hemos venido aquí para servir, como Jesús. Estamos para construir el Reino de Dios en la tierra. Una fe estática que se queda en el sentimiento y que no nos mueve a hacer algo es una fe muerta.

Llamados a servir


Todos tenemos talentos y cualidades, y además, los dones espirituales y todo aquello bueno que hemos recibido. Podemos ofrecer algo al mundo: el Reino de Dios.

Somos “empleados” de Dios. ¿Qué hacemos por él? ¿Somos trabajadores diligentes y creativos? ¿Acudimos cada día a su campo, a trabajar con entusiasmo?

Nuestro apostolado es una entrega. Si estamos agradecidos por todo lo que hemos recibido, ¡que es tanto!, entonces querremos dar. Quien no da es porque no está agradecido. Pero quien da con amor, convierte su entrega en eucaristía.

Los cristianos no sólo estamos llamados a venir a misa. Hemos de salir de la misa ardiendo en deseos de mejorar el mundo. Hay que pasar de la celebración a la misión: ambas son inseparables. Si no salimos con ganas de conquistar es porque no hemos asimilado la gracia de Dios. Hemos comulgado, pero no la hemos digerido. Como todo alimento, la Santa Comunión debemos “masticarla”, es decir, meditarla en el corazón; debemos digerirla, hacerla carne de nuestra carne, parte de nuestra vida. Y, finalmente, convertidos nosotros en pequeños cristos, nos llenaremos de energía. El alimento divino nos dará la fuerza necesaria para salir.

Jesús, como a Lázaro, nos dice: ¡Sal fuera! Si no crees que ganarás, te vencerán otros… ¿Cómo? Adormeciéndote, con ideas, modas, comida, distracciones, ruido…

Jesús resucitado atravesaba paredes y muros, también el muro de la desconfianza y el miedo. Nosotros hemos de convertirnos en otros Jesús resucitados para salir al mundo. Si no nos entusiasmamos, si no hay alegría en nosotros, no seremos cristianos pascuales. Nos quedaremos ahí, a gusto, en nuestra oscuridad confortable, porque no queremos que nadie nos moleste… Pero nos quedaremos en un sepulcro. Y hemos sido llamados a la Vida con mayúsculas.

Somos trescientos. Jesús, con sólo doce, dio un vuelco a la historia de la humanidad. ¿No podremos hacer algo nosotros, hoy?

¡Estoy convencido de que, si nos ponemos manos a la obra, podremos! Dios es grande. Ni el mal ni la muerte pudieron con él. Y Dios no nos deja nunca. Como decía san Pablo, si él está con nosotros, ¿quién podrá ir contra nosotros?