miércoles, marzo 11, 2026

Una llamada bajo la lluvia


39 años después, aquí estoy. Con ganas de seguir adelante, avanzando por este hermoso camino hacia la plenitud sacerdotal. Un regalo que recibí inmerecidamente. Todo empezó en mi infancia, cuando anhelaba descubrir los misterios del cosmos.

Me hablaba a través de la luna, que entraba en mi ventana con su luz suave, y de las estrellas que cubrían el manto negro del firmamento, en aquellos cielos claros de mi Extremadura natal. Contemplándolas, noche tras noche, me preguntaba quién era el autor de tanta belleza.

Una religiosa del colegio donde me eduqué, sor Antonia, despertó mi sensibilidad y mi amor hacia la naturaleza. Con su enorme capacidad narrativa nos explicaba que el Creador de todo era Dios. En mi pequeño corazón me preguntaba cómo sería ese Dios que lo había hecho todo tan bello.

Las primeras preguntas

Siendo adolescente, ya no solo admiraba la hermosura del cielo estrellado, sino que comencé a hacerme preguntas más profundas y filosóficas. En mi interior surgían grandes interrogantes y ansiaba encontrar respuestas. Todo cuanto veía debía tener un sentido, una intención.

Durante mis años jóvenes, en las excursiones que hacía a la montaña, quedaba mudo ante los paisajes que se desplegaban ante mis ojos. Ya no me preguntaba el qué, sino el cómo, el por qué y el para qué.

Cecilia

Tuve la oportunidad de conocer a una joven estudiante de psiquiatría, una mujer cristiana con una gran vocación. Cecilia me acompañó en una edad muy crítica.

Físicamente era frágil, de pequeña estatura, pero su madurez espiritual era grande y sus convicciones muy profundas. Recuerdo haber mantenido largas conversaciones con ella: yo tenía unos dieciséis años, ella apenas veinte. Me escuchaba, me respondía, y los dos acabábamos ante la gran pregunta teológica.

El Creador no era un ingeniero celestial ni un gran arquitecto. No era un relojero que pone en marcha el universo y lo deja rodar a su suerte. Muchos filósofos y científicos se quedan ahí cuando admiten la existencia de un Creador. Pero poco a poco yo fui descubriendo a un Dios personal que ama y busca el diálogo con su criatura.

Ella me abrió a esta dimensión del Dios que se comunica a través de su “Logos”, Jesús encarnado. Fue mi “Juan Bautista”, preparándome para el salto que debía dar un poco más tarde.

Conocía a unos sacerdotes responsables de la capilla santuario vinculada a la parroquia de Santa Eulalia de Vilapicina y me invitó a ir. Yo vivía cerca de allí con mi madre, mis hermanos y mi abuela. Era el año 1972 y hacía dos que había llegado de Badajoz con mi familia.

El santuario y el descubrimiento

Conocí el santuario de Santa Eulalia y me integré de lleno, participando en un grupo de jóvenes liderado por un sacerdote recién ordenado, mosén Viñas.

Su entusiasmo creativo y pastoral me enamoró. Tenía una gran capacidad para empatizar, escuchar y motivar al grupo de jóvenes. Yo no tuve reparo en confiarle mis inquietudes.

Si con Cecilia mi mente y mi corazón se habían abierto de par en par, con él se desplegó ante mí un horizonte inesperado. Entonces todavía no era consciente; ahora, con la distancia, veo que todo parecía seguir un plan.

Aquella experiencia juvenil fue muy enriquecedora: catequesis, salidas, excursiones, campamentos, convivencias… Estaba inmerso en un proyecto evangelizador y me sentía a gusto llevando a mi grupo de niños en catequesis y compartiendo el tiempo con mis nuevos amigos.

Hasta que llegó el momento decisivo de dar un paso más. Toda mi vida, desde la infancia, cobró un sentido nuevo: Dios me había mirado y me quería para una misión.

La pregunta decisiva

Fue un día de agosto de 1974. Había quedado con mosén Viñas para ir a visitar con él a una familia amiga en Alella. Llegó a recogerme con su moto Vespa y allá fuimos.

Nos acogió un matrimonio que formaba parte de un grupo de parejas jóvenes que él acompañaba. Sus hijas venían a la catequesis del santuario. Desde su casa fuimos a una pista de tenis a jugar. Él me ganó en todos los sets: era rápido y ágil, con un buen saque con la diestra. Yo jamás había jugado al tenis; mi fuerte siempre fue el fútbol, así que hice lo que pude.

Después del partido fuimos a comer con aquella familia, que nos trató con gran cordialidad y generosidad. Tras la comida mantuvimos una conversación muy rica y tocamos, entre otros temas, mi búsqueda espiritual.

Por la tarde volvimos a Barcelona. Mosén Viñas tenía que celebrar misa en la parroquia de San Ramón de Peñafort, en la Rambla de Catalunya.

Y entonces el día cambió.

Después de una jornada de sol radiante, el cielo empezó a cubrirse de espesas nubes. Mientras caminábamos por la Rambla, antes de llegar a la iglesia, él me dejó caer una pregunta:

—¿Alguna vez has pensado ser sacerdote?

Le contesté, entre inquieto y sorprendido, que yo aspiraba a ser un buen cristiano.

Llegamos entonces a la puerta de la parroquia. Él se despidió y yo me quedé allí, solo, con la pregunta dando vueltas en mi interior.

Le dije a Dios: Nunca lo he pensado, pero si es esto lo que quieres de mí…

Descendí caminando por la Rambla mientras una tormenta de emociones se desataba en mi interior. Una gran alegría se mezclaba con el pavor. Y comenzó a llover con fuerza.

No tenía paraguas, pero mientras caminaba a paso ligero no me importó mojarme. Aquella agua del cielo me estaba bautizando, mientras yo me sentía pequeño y, a la vez, llamado a algo inmenso.

El primer sí

Llegué a casa totalmente empapado y exhausto, y me encerré en mi habitación.

—¿Es eso, Dios mío, lo que quieres de mí?

Quería darle una respuesta. Se abría ante mí una oportunidad única. El miedo me paralizaba, pero la alegría que sentía era aún más fuerte. En medio de aquella lucha interior le dije:

—Lo que tú quieras.

¿Era un sí implícito? Me faltaba aún un poco de valor, pero con el paso de los días la certeza fue creciendo dentro de mí. Había sido llamado.

En los dos años que había pasado en el santuario, el testimonio vivo y vigoroso de aquel sacerdote había ido calando en mí.

El sí definitivo

La semana siguiente se habían organizado unos campamentos de verano con los niños de la catequesis. Yo y otros jóvenes catequistas éramos los monitores.

El domingo, mosén Viñas subió a la montaña donde hacíamos las colonias para celebrar misa. Entonces le dije que quería hablar con él.

Nos apartamos del bullicio y nos retiramos junto a un pozo, a la sombra de un árbol. Era hacia la una del mediodía. Y fue entonces, aquel 11 de agosto, cuando le dije que a la pregunta que me había hecho la semana anterior mi respuesta era sí.

Sí a lo que Dios quisiera de mí.

Si era ser sacerdote, sí.

Él me dio un fuerte abrazo, lleno de alegría.

En aquel momento sentí que todo tenía sentido en mi vida: desde mi infancia, los relatos de sor Antonia, mi adolescencia de búsqueda, las conversaciones con Cecilia, mi llegada al santuario y la fuerza de aquel joven sacerdote que me había cautivado.

Todo en mi alma encajaba.

Empezaba una nueva etapa en mi vida: la preparación para ordenarme sacerdote.

Años de formación

Durante los años siguientes compaginé la formación filosófica y teológica con la convivencia y los retiros con mis compañeros. Fueron más de diez años preparándome para una misión sagrada.

Ese largo periodo fue intenso y necesario para reafirmar mi vocación y aprender a convivir, a ser humilde y a rezar.

Aprendí a aceptar mis limitaciones y las de los demás; a ser amigo de mis compañeros de camino; a trabajar y estudiar juntos; a guardar silencio cuando había tensiones; a ser ecuánime; a confiar.

Pero, sobre todo, aprendí a amar. Porque, al fin y al cabo, la finalidad última del sacerdote es imitar la caridad de Cristo, cultivando las tres virtudes teologales y las cardinales.

Aquellos años no estuvieron exentos de dolor. Todo proceso de crecimiento y maduración espiritual exige esfuerzo y pasa por momentos difíciles. Yo era joven y tenía muchas aristas que pulir. Todo era nuevo para mí y estaba en una etapa vital impetuosa.

Pero con abandono y constancia todo se fue orientando conforme al plan de Dios. Todo fue necesario para renacer a la luz de esta llamada.

Continuamente daba gracias a Dios por confiar en mí y por el discernimiento espiritual. Con el paso del tiempo, mi fe en la llamada al sacerdocio se robustecía. Me fui moldeando hasta forjar el hombre que estaba llamado a ser, con una madurez espiritual suficiente para asumir mi misión.

En el curso 79-80 inicié los estudios de teología, donde aprendí a armonizar el intelecto y el corazón. También adquirí una buena formación moral y psicológica para poder empatizar con las personas en mis tareas pastorales.

Pensamiento, revelación, moral y conexión humana son imprescindibles para ejercer el sacerdocio, orientar y tratar con delicadeza a tantas almas que necesitan ayuda espiritual.

La ordenación

Agradezco mucho a mis formadores y a Dios aquella gran etapa durante la cual fui asumiendo poco a poco los planes que Él tenía para mí.

Este era mi norte: hacer siempre la voluntad de Dios.

Así pude estar en sintonía con Él y me fui puliendo como aquellas piedras de la playa que, con el vaivén de las olas, se van convirtiendo en piedras lisas y preciosas.

Combiné mis estudios con mi colaboración en varias parroquias. Así inicié un periplo muy intenso de actividades pastorales. Recuerdo con mucha gratitud las lecciones que me ayudaron a construir el sacerdote que sería.

Años más tarde pasé por las fases previas al sacerdocio: la admisión al estado clerical, las órdenes menores y el diaconado en 1985.

Aquella etapa culminó el 7 de marzo de 1987, en la parroquia de San Isidoro de Barcelona, donde recibí el orden sacerdotal de manos del cardenal Jubany.

39 años después

Con mi ordenación comenzó otra gran y larga etapa de mi vida.

Treinta y nueve años hace ya. 

Otro día escribiré sobre ella…

Hoy solo doy gracias a Dios por tantos dones recibidos y por los retos pastorales que he tenido que afrontar, y que tanto han enriquecido mi ministerio.

lunes, febrero 23, 2026

A Maruja

Este escrito lo ha redactado Delfina, feligresa de San Félix, recordando con afecto a otra feligresa fallecida hace más de un año, María Dolores Herrero, conocida entre la comunidad como Maruja. Un testimonio precioso que queremos compartir.

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No sé el tiempo que hace que nos dejaste (un año y medio). Sí sé lo que nos dejaste: un gran legado, como compañera, como co-feligresa y como buena creyente nos transmitiste lo mucho que sabías: cantos, oraciones, rezos e invocaciones, costumbres de antes que se transmiten a jóvenes actuales.

El Santo Rosario, el Vía Crucis, las novenas del Mes de María, el Corazón de Jesús… Un legado que, gracias a ti, no se va a perder, porque, como Cervantes dijo, todo está en los libros (y él nos dejó el Quijote), pero lo que no está, nos queda en la transmisión oral, y en esto tú, Maruja has dejado escuela.

Las oraciones de antes, y hasta en latín: el Tantum Ergo, el Pange Lingua, la Salve Regina, ¡qué gran riqueza que no se puede perder…! Las alocuciones finales ante la adoración al Santísimo:

Alma de Cristo, santifícame,
Sangre del costado de Cristo, purifícame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Corazón de Cristo, sálvame.

Tú me hiciste prometer que no se perderían y yo se lo pedí a devotas más jóvenes; lo cumplen y ya no se perderán.

Lo que no está en los libros se pierde, por eso el P. Joaquín y nuestra querida Montse, y Adolfo, escriben y escriben para que permanezca. 
 
Yo no sé si tú, de tu gran cultura, tienes algo escrito. Lo sabrán tus hijos, pero a veces aparecen amarillas notas de nuestros padres o abuelos que dejaron en algún libro y que nos dan gran alegría. Ellos nos enseñaron a rezar y, ahora, jóvenes catequistas también lo hacen, pero por el camino se van perdiendo oraciones y cantos que no debemos olvidar.

Por eso, Maruja, hoy te damos las gracias por ese gran legado oral que nos dejaste y te prometemos que nosotros, a su vez, lo vamos a pasar a los que vengan detrás, para que nada se pierda.

Tus compañeras de oración te damos las gracias, Maruja. Estamos todos juntos.

Delfina Palicio
21 de febrero de 2026

sábado, octubre 11, 2025

Siete hombres de Dios - 1

Foto: Agustí Codinach para Catalunya Cristiana. Este artículo fue publicado el 5 de octubre de 2025.


El domingo 20 de julio, la diócesis de Barcelona vivió un acontecimiento extraordinario en la basílica de la Sagrada Familia. El cardenal Omella ordenó sacerdotes a siete jóvenes de entre 27 y 32 años. La diócesis se vistió de fiesta ante este gran evento, que llena de esperanza a la Iglesia de Barcelona.

Siete jóvenes, maduros y decididos, han dado un paso adelante diciendo sí al proyecto de Dios en sus vidas. Valientes, preparados y firmes, inician su ministerio en una Barcelona profundamente secularizada, donde muchos viven al margen de Dios.

Su testimonio, luminoso en medio del mundo, revela que Dios sigue actuando en la penumbra de muchos corazones. Estos nuevos sacerdotes, procedentes de distintas parroquias y movimientos, han sido capaces de escuchar una llamada que despertó en ellos una inquietud profunda. Se han dejado conmover por una experiencia que lo transforma todo: el encuentro con un Jesús vivo, que sigue llamando y buscando colaboradores.

Vivimos tiempos en los que muchos se sienten solos, y el silencio de Dios puede parecer insoportable. Pero Él ve y escucha. Conoce los anhelos más profundos del corazón humano y, cuando entramos en sintonía con Él, abre nuevos horizontes.

Como en el desierto, ante Moisés, Dios sigue oyendo el clamor de su pueblo. También hoy llama a hombres dispuestos a secundar su plan divino. Escucha la súplica de tantos creyentes que, en medio del desaliento, siguen esperando.

Estos siete nuevos sacerdotes son enviados a sanar corazones heridos, a acompañar al que sufre, a anunciar que Dios está cerca. Si para la diócesis este acontecimiento es motivo de alegría, también lo es para todo el Pueblo de Dios. Porque el clamor ha sido escuchado. Porque el Señor de la historia, soberano de las almas, sigue dándonos el alimento de su vida.

El Espíritu Santo —fuerza silenciosa pero real— sostiene a la Iglesia en medio de sus vaivenes y desafíos. Es su aliento vital, necesario para que siga siendo en el mundo manantial de agua viva.

Estos siete jóvenes, un día, se atrevieron a abrirse al don. Con la fuerza de lo alto, rezaron, se formaron y caminaron a contracorriente. Hoy, en sus testimonios, hablan de libertad, de servicio, de unión profunda con la voluntad de Aquel que los llamó. Desean que la Iglesia sea una familia. Quieren escuchar, acompañar, servir. Y en sus rostros, tanto como en sus palabras, se refleja la alegría. ¡Son felices!

Son el fruto de un sí valiente y de un largo camino de discernimiento y entrega. Desde ahora, como parte de la gran familia que es la Iglesia, la vida sacramental será el eje de su sacerdocio, y la Eucaristía la cumbre de su fe.

viernes, junio 27, 2025

Contemplándote bajo la morera

Hoy, día del Corpus, en procesión por el patio, deposito la Custodia sobre el altar, bajo la sombra de este árbol que cada primavera se viste con su verde follaje. Su frescor embellece aún más el clima profundo que se respira en esta fiesta. Salimos caminando en procesión, tras la Custodia elevada, entre cantos y momentos de silencio.

Cuando nos detenemos, la música cesa y somos invitados a una meditación profunda. ¿Es posible entender tu misterio? Nos sobrepasa, pero al mismo tiempo siento que es algo vital en nuestra fe cristiana. El sol, con su luz intensa, baña todo el patio. La morera y las acacias forman una cúpula que lanza su sombra fresca haciendo más soportable el calor. Las flores amarillas de las acacias, que caen suavemente, han tapizado el suelo de una alfombra dorada.

Sombra, luz. Flores y canciones. Bajo la morera, me sumerjo en la experiencia de sentirte más cerca que nunca. A mi alrededor se agrupa la comunidad, contemplándote, alabándote con sus voces, admirándote en el silencio.

La liturgia que hoy celebramos nos regala este paseo contigo, Señor, respirando junto a ti, oyendo tu susurro. La comunidad es testigo de este momento crucial. El cielo se hace presente entre nosotros a través del pan sagrado. Así lo quieres, para que podamos alimentarnos de ti y sigamos caminando rumbo a la plenitud que deseas compartir con todos.

Queremos agradecerte tanto don inmerecido que nos llena de gozo. Bajo la morera , convertida en una gruta natural, entre la caricia de la brisa y tu dulce presencia, nos empapamos de ti, de tu amor que nos envuelve en un cálido abrazo. Quieres que sintamos el latido de tu corazón.

El tiempo se hace corto, querríamos que nunca acabara. Pisamos un nuevo Tabor, saboreamos un momento íntimo contigo. Un paréntesis en el ajetreo cotidiano, un sorbo de paz que ilumina nuestra vida.

Tras la íntima contemplación, volvemos en procesión hacia el interior del Templo. Con reverencia, llenos de gratitud, te devolvemos a tu pequeño hogar, el sagrario, tu casa aquí en la tierra. Allí nos esperas... ¡hasta la próxima visita!

domingo, junio 22, 2025

Eterna Presencia


En esta fiesta del Corpus, cima de la liturgia cristiana, queremos detenernos y empaparnos de este misterio inmenso: tu gesto sublime de amor y entrega, Señor.

Nos has amado tanto, que diste tu vida por nosotros.
Con tu amor sin medida, nos enseñas a amar hasta el extremo, hasta dar la vida.
Tu amor no tiene fronteras.

Moriste para salvarnos. Y nos diste nueva vida.
Hoy, en silencio, queremos saborear contigo este momento de paz.

Queremos comprender que la vida cristiana, muchas veces, pasa por abrazar la cruz. 
Por aceptar, con libertad serena, el pequeño o el gran martirio de cada día.
Estamos llamados a darlo todo, incluso el sufrimiento.

Queremos ser valientes como tú.
Ayúdanos a soltar los miedos que nos paralizan.
A ser luz en medio de la penumbra.
A ser testigos tuyos, vivos, auténticos.

Más que nunca, necesitamos de ti.
De tu cercanía, de tu presencia, de tu cálido susurro.
Alimentarnos de ti —pan vivo bajado del cielo— es lo que nos fortalece por dentro, lo que nos hace crecer como personas y como creyentes.

Necesitamos llenarnos de ti.
Reposar en ti, para tomar nuevas fuerzas, y seguir caminando con el pan de tu Cuerpo en nuestro interior.

Hoy venimos aquí a escuchar la melodía de tu silencio y la música suave de tu dulzura. 
Este encuentro contigo es un oasis. Un descanso en medio del camino.
Una pausa sagrada en tu presencia.

Queremos descansar en ti, para seguir la carrera —como decía san Pablo— hasta la meta. Queremos correr contigo, no solos.

En la fiesta del Corpus, te nos das como Pan.
Tu Cuerpo, desgarrado en la cruz, se convierte en alimento sagrado: una ofrenda pura, que nos levanta, que nos redime, que nos regala vida plena y eterna.

Tu Sangre derramada es vino que purifica. 
Sangre de amor, sangre de salvación. 
Sangre que nos ofreces, para que vivamos, agradecidos y asombrados, el milagro de nuestra existencia rescatada por ti. 

Te pedimos hoy, Señor, coraje y sabiduría para vivir este don sagrado: tu vida, entregada del todo, por tu criatura.

Solo tú puedes ensanchar nuestro horizonte. 
Solo tú das sentido a todo lo que somos, a todo lo que hacemos.

Queremos vivir abandonados en ti. 
Que la confianza y el sosiego sean la brújula que nos lleve a tu Corazón.
Porque sin ti, todo se oscurece… y contigo, el alma se ilumina.

Solo con un testimonio auténtico y fiel podremos ayudar a otros a encontrarte.
Ojalá que muchos vean, en la lucecita encendida del sagrario, una señal de tu presencia viva, una promesa de que tú estás ahí. Siempre. Esperando. Con los brazos abiertos.

Tú no fuerzas, pero siempre esperas.

Gracias, Señor, por salir un rato del sagrario, para estar más cerca. Para que podamos sentir tan próximo tu aliento divino.

¡Gracias!



domingo, junio 08, 2025

La gracia en la herida


«Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.»

— San Pablo, 2 Corintios 12:9

El sufrimiento, con toda su crudeza, nos confronta con nuestros límites más profundos. Nos deja al descubierto, frágiles, sin respuestas fáciles. Sin embargo, es precisamente en esa desnudez del alma donde puede revelarse algo más grande: la fuerza de un amor que no abandona. Esta antigua afirmación de San Pablo, nacida del propio dolor, nos invita a mirar la debilidad no como un fracaso, sino como el lugar donde Dios se hace presente con más plenitud. A partir de esta perspectiva, se abre el camino para una reflexión sobre la fragilidad humana y la acción silenciosa de una Providencia que sostiene, sana y renueva.


La fragilidad humana y el amor providente: una reflexión sobre el sufrimiento y la esperanza

Desde el inicio de la vida, los seres humanos están dotados de una vitalidad que impulsa el crecimiento y el desarrollo a lo largo de las distintas etapas que conforman la existencia. Sin embargo, a medida que el tiempo avanza, se hace patente la fragilidad propia de la condición humana, manifestada en la vulnerabilidad física, emocional e intelectual.

La enfermedad y el dolor constituyen elementos inevitables en la experiencia humana. Estos pueden derivarse de causas diversas, tanto físicas como psíquicas, y se ven acompañados frecuentemente por circunstancias que agravan el sufrimiento, como la soledad, la injusticia, la pérdida de afecto, o las carencias económicas y sociales. Además, la pérdida de seres queridos o la ruptura de vínculos significativos representan golpes profundos que desestabilizan el equilibrio personal.

Frente a estas adversidades, las personas suelen experimentar un cuestionamiento profundo, que muchas veces se traduce en la búsqueda del sentido y el porqué del sufrimiento. Esta situación las hace más vulnerables y favorece el desarrollo de diversas patologías, tanto físicas como mentales.

La fe ofrece una perspectiva singular, basada en la convicción de que, aun en los momentos más oscuros, no existe abandono por parte de Dios. Él sigue presente en el interior más profundo del ser humano, brindando un amor incondicional capaz de llenar los vacíos existenciales y acompañar en las soledades más hondas.

El sufrimiento de Jesús en la cruz, marcado por un amor que trasciende el dolor físico y emocional, se convierte en un modelo de entrega y esperanza. Para aquellos que atraviesan momentos de incertidumbre, desorientación o abatimiento, la fe en ese amor sostiene y otorga fuerza para continuar.

La unción con óleo sagrado, en la tradición cristiana, simboliza la gracia y la ternura de ese amor divino que sana y regenera desde lo más íntimo. A través de este sacramento, se ofrece consuelo y fortalecimiento espiritual, para revitalizar y devolver la esperanza a quienes lo reciben.

Además, esta experiencia no solo tiene un efecto restaurador individual, sino que invita a quienes la viven a convertirse en agentes de acompañamiento y solidaridad hacia otros que sufren. El compromiso con el prójimo, especialmente con aquellos que afrontan dolor físico, psíquico o espiritual, se convierte así en una expresión concreta del amor recibido.

Una de las formas más profundas de sufrimiento no se limita al dolor físico, sino que radica en la falta de propósito y sentido en la vida, una condición que puede generar una profunda desorientación y vacío existencial. La fe y la apertura a la gracia divina ofrecen una respuesta a esta enfermedad del espíritu, iluminando el camino hacia la plenitud.

En definitiva, experimentar la fragilidad humana, junto a la fortaleza de un amor providente, nos hace ver la capacidad del ser humano para encontrar en la fe un sostén y una esperanza que trasciende el dolor y abre a la vida renovada.

martes, mayo 27, 2025

Iluminados por Cristo resucitado


Seguimos inmersos en el tiempo pascual: cincuenta días de gozo para saborear la gracia de un Dios que levanta a su Hijo de la muerte, atravesando las tinieblas hacia la luz de la resurrección. 

Son días para ahondar en el misterio que da sentido a nuestra vida, y para despertar a la conciencia del don inmenso que es la vida nueva de Jesús.

Creer en la resurrección transforma nuestro rumbo y renueva nuestra mirada. La oscuridad cede ante la luz, la tristeza se torna alegría, la esclavitud se rompe en libertad, el desconsuelo se disuelve en esperanza; el vacío se ilumina con una claridad nueva.

Jesús, vivo, se hace presente en nuestras vidas. Desde este acontecimiento todo adquiere un matiz distinto: vivimos con la certeza de estar ya salvados.

Dios, en su misericordia, nos ha abierto de par en par las puertas del cielo. Y en la medida en que aprendemos a amar desde esta certeza, Él penetra en lo más profundo de nuestro ser, anticipando, aquí en la tierra, nuestra resurrección futura.

Vivir iluminados por Cristo es vivir de un modo trascendente. En un mundo convulso, donde muchos caminan hacia la nada, se vuelve urgente el testimonio vivo de los cristianos, llamados a vivir como resucitados.

Somos invitados a ser cristianos pascuales, marcados por la alegría de este hecho decisivo. Esa alegría es nuestro distintivo. Estamos llamados a ser portadores de esperanza. El coraje de una fe vivida con hondura puede ser un oleaje de entusiasmo para quienes deambulan sin rumbo. Para el cristiano, evangelizar es parte de su identidad. Como decía san Pablo: ¡Ay de mí si no evangelizo! Pero no solo con palabras, sino con acciones.

La paz del Resucitado nos da el valor de salir de nosotros mismos y tender puentes hacia los demás. El nuevo papa, León XIV, en su primera locución tras ser elegido, evocó las palabras de san Juan Pablo II: ¡No tengáis miedo! Y añadió con fuerza: Dios nos ama.

Esta certeza profunda ha de impulsarnos a tomar en serio la gran responsabilidad que tenemos. Anunciar a Cristo resucitado es la mejor noticia, la única capaz de llenar el mundo de sentido, de gozo y de paz. 

Ésa es nuestra misión como bautizados: vivir y transmitir el valor de nuestra fe. Sobre este pilar gira nuestra vida. Cuando no es así, todo se desvanece en el vacío y el corazón del hombre se llena de temor ante un futuro incierto. Sin esperanza, la oscuridad lo engulle. ¡No lo permitamos!

Tenemos entre las manos un tesoro: un mensaje y unas palabras capaces de transformar el mundo… y también nuestro propio corazón.

Demos gracias a Dios por el regalo de su Hijo resucitado, porque se ha compadecido de nosotros. Nos vio errantes, perdidos, hundidos en el pecado… y nos rescató. Nos ha hecho partícipes de su vida, regalándonos su amor y su presencia.

Gozar de este rato de silencio junto a Él nos ayuda a entrar en su órbita divina.

Somos suyos. Formamos parte de su proyecto.

Contemplamos, una vez más, la belleza de su silencio… tan lleno, tan evocador.

Y ante tanto derroche de amor, sólo cabe una respuesta: el silencio reverente del corazón que ama.