domingo, abril 11, 2021

Llamados a vivir resucitados


La liturgia cristiana tiene su culminación en el Triduo Pascual. Son los días más importantes del año, ya que en ellos celebramos lo fundamental de nuestra fe cristiana: la muerte y resurrección de Jesús.

Durante todo el tiempo de cuaresma nos hemos ido preparando para vivir el hecho que fundamenta nuestra fe. El domingo de resurrección iniciamos una larga etapa pascual: Jesús está vivo y presente en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

La comunidad cristiana de San Félix hemos tenido en esta Semana Santa unas bellas y profundas celebraciones litúrgicas que han ido subiendo en intensidad espiritual.

Vía Crucis

El Vía Crucis, una oración meditada de la Pasión de Cristo, nos ayuda a ahondar en el misterio del dolor y la muerte de Jesús. Para los cristianos ha de ser un toque moral y espiritual que nos lleve a profundizar en el sufrimiento del mundo y, en especial, de aquellos que están al margen de la sociedad: colectivos descartados que, por su situación de herida sufren aún mayor dolor. Estamos llamados a responder con una actitud generosa a mitigar el dolor que los hace más vulnerables.

Domingo de Ramos: la misión

El Domingo de Ramos celebramos la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, subido en un asno y aclamado por el pueblo que acudía a celebrar la Pascua judía. Una entrada humilde, pese al olor de multitudes, pues Jesús era consciente de que subir a Jerusalén era el final de su misión: abrazar la cruz.

Jesús, así, se desmarca de las aspiraciones mesiánicas de corte militar, de oposición al Imperio romano y de poder político. Jesús no vino a enfrentarse a los romanos: su misión era anunciar a todos la buena nueva de Dios, y no provocar altercados ni encabezar un movimiento guerrillero, como quizás querían algunos de sus seguidores. Él vino a dar su vida en rescate para salvar a todos, dando vida y sentido a la existencia humana. Jesús entra en la Jerusalén de nuestro corazón y se pone en camino para liberarnos.

Jueves Santo: el amor

La Santa Cena del Jueves Santo nos sienta en torno al ágape donde se instituye la eucaristía, sacramento por el cual Jesús se hace presente en la comunidad cristiana hasta el final de los tiempos. Recordamos su pasión, muerte y resurrección, dejando en el mundo su presencia a través del sacramento del amor.

En el marco de esta cena pascual, Jesús tendrá un gesto profundamente simbólico. Los apóstoles son llamados a ejercer la «diaconía», es decir, el servicio a los demás. Lavando los pies a sus discípulos, les está indicando que la misión de los suyos es servir desde la humildad, renunciando al poder. Él se agacha, como un esclavo, como signo de entrega, y dice: «Haced lo que yo hago». No sólo hemos de limpiar los pies, sino sanar el alma desde la ternura y el cuidado.

Viernes Santo: la cruz

El Viernes Santo, es la expresión máxima del amor, que se derrama hasta dar la vida.  En la celebración, exaltamos el valor de la cruz como medio de salvación.

Si el Viernes Santo toda la liturgia está orientada al misterio de la Cruz, la mañana del sábado es ese tiempo de espera entre el Viernes y la Vigilia Pascual. La esperanza como valor teologal adquiere un valor fundamental para el cristiano. El Sábado Santo es un tiempo de espera activa, de silencio, de recogimiento y expectativa. La crisálida está a punto de abrirse y dejar volar una criatura nueva.

Sábado Santo: la esperanza

El tiempo para la esperanza se convierte en algo esencial: no todo está perdido. Después de la cruz, después de la noche oscura, está va a despuntar el alba de un nuevo día. Saber esperar con sosiego forma parte de nuestra vida cristiana. Aunque parezca que todo se acaba, la esperanza activa y a la vez serena es crucial para entender que nuestra vida no es un vacío absurdo. Hay una realidad ulterior que nos orienta hacia un acontecimiento extraordinario que puede cambiar nuestra cosmovisión de la realidad. Dios actúa por encima de nuestra lógica, hasta revelar la potencia creativa de su infinito amor.

María, la madre de Jesús, que seguramente hacía tiempo que no veía a su hijo desde que marchó de Nazaret, vuelve a entrar en escena con el inicio de la Pasión. El niño que gestó en sus entrañas, el adolescente que se perdió en el templo con los doctores de la Ley, el adulto que se bautizaría en el Jordán y que abandonaría su pueblo natal tras vivir largos años en casa, con María y José, ahora atraviesa los momentos más duros de su vida pública. María, que llevó en sus entrañas al hijo de Dios, siempre mantuvo en su corazón la certeza de que su hijo formaba parte de un plan divino. Ella también debió pasar otro Getsemaní. ¿Qué pensaba, al contemplar a su hijo clavado en la cruz? ¿Pensó que era el final de todo? ¿Dónde quedaba, aquella experiencia que vivió ante el anuncio del ángel?

Pero María, como Jesús, no sucumbe, no se deja derrotar, no se rinde. Ella tendrá la clara esperanza de que su hijo resucitará. En esas horas en que se topa con el misterio de la iniquidad del mal, ella también bebe un amargo cáliz. Pero, como dijo al ángel: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Y así fue.

La clara esperanza se torna alegría y júbilo. El Jesús que contemplábamos en la cruz hoy lo contemplamos glorioso. La esperanza de María se convierte en gozo permanente. No es una esperanza vacía, sin sentido. Es una esperanza que la capacita para una nueva experiencia. Aunque los evangelios no recogen el encuentro de Jesús resucitado con su madre, no hay que descartar que pudiera haberse dado. Se diera o no, el estallido de la resurrección de Jesús también inundó de claridad a María. Más que nunca, ella creyó en su hijo resucitado y la esperanza iluminaría su vida para siempre.

En los evangelios se omite una parte importante de la vida de Jesús. Hay una vida oculta que no se reseña, no porque no tuviera valor. A veces esa vida adquiere un valor todavía más importante. Fue una vida discreta, escondida en Nazaret, hasta su adultez. Sin ella no se podría entender su ministerio público. Durante esos años de silencio, Jesús tuvo un largo tiempo de formación como artesano y de crecimiento espiritual. La experiencia fue nuclear. Fueron treinta años digiriendo, metabolizando y gestando el plan de Dios en su vida. Y eso María lo sabía y lo tenía muy claro. De aquí su clara esperanza de que resucitaría.

Domingo de Pascua: la resurrección

La promesa se convierte en realidad: Jesús había anunciado a los suyos que, al tercer día, resucitaría. Este era el plan de Dios: levantar a su hijo de las tinieblas y de la muerte. Esta es su gran misericordia. La cruz no era la meta, sino un momento más para llegar a la meta última: la resurrección.

Ahora sí, para María y para los discípulos todo adquiere sentido. La cruz era tocar el infierno del corazón humano, era descender hasta la miseria humana más atroz. Era el precio en el intento de Dios por llegar al corazón de la humanidad para rescatarla. Sólo así, haciendo suya toda la mezquindad del hombre, podía iniciar el proceso de su restauración. Por eso, el Domingo de Resurrección es la liberación de todos. Jesús no se rinde en esa batalla por conquistar nuestra alma. Sólo con la fuerza iluminadora de su vida nueva el hombre puede renacer, junto con Cristo.

La Iglesia nos propone hacer un itinerario de alegría, es decir, un camino pascual para saborear la misericordia de Dios, un tiempo para convencernos de que Jesús vive en el corazón de la comunidad, un tiempo para desinstalarnos de la apatía, de la tristeza, del miedo. Pero, sobre todo, un tiempo para saborear la delicia de un Dios que desea la felicidad del hombre. Se acabaron las dudas, el desconcierto, la desesperanza. Dios todo lo puede.

Él hace posible que nuestro desértico corazón se convierta en un vergel lleno de luz y de flores. Los rayos de su resurrección han llegado hasta el interior de nuestra existencia, sanándola y despertándola a una vida nueva, a la luz de este encuentro gozoso con Jesús.

Pascua y misión

La pascua es tiempo para superar el victimismo psicológico y social. Es una llamada a desinstalarnos de los resentimientos y apatías. La noticia de la resurrección de Jesús ha de llenar de alegría toda nuestra existencia. El gozo de un reencuentro con Jesús ha de producir en nosotros un cambio de vida, orientándola a una profunda alegría existencial. Los fracasos, dificultades, problemas, han de servir para reflexionar y ver que nada justifica lo que es esencial en nuestra vida. Los cristianos tenemos que vivir y movernos a partir de esta gran certeza: Cristo vive. Sin esta experiencia vital, corremos el peligro de oscurecer el horizonte de nuestra vida y resbalar por el victimismo, haciendo de nuestra vida una fuente de constante tensión y hundiéndonos en el pantano del sinsentido y la amargura. Esto nos lleva a la desconfianza y a la ruptura con nosotros mismos y con los demás, llegando a concebir al otro como un adversario o un enemigo y rompiendo toda posibilidad de un reencuentro.

Vivir plenamente la Pascua se traduce en un cambio de actitud, pasando de una bonita imagen plástica de las apariciones de Jesús a creer y vivir que hoy, Domingo de Pascua, a mí también se me hace presente Jesús, para arrancar de mí toda tristeza y desesperación, llamándome a vivir una nueva experiencia de encuentro.

Será entonces cuando nos convirtamos en cristianos pascuales, con dos actitudes que marcaron el encuentro de Jesús y sus discípulos: la alegría de un renacimiento y la conciencia clara de que hay que continuar la misión de Jesús en medio del mundo.

Son los dos rasgos que han de orientar una clara línea evangelizadora: la alegría de saber que formamos parte de esa comunión con Jesús y el compromiso que nos lleva a anunciar que él vive, convirtiéndonos en voceros de su mensaje.

Si dejamos que esta convicción permee todo cuanto hacemos y vivimos, os aseguro que ninguna tormenta nos apartará de nuestro enclave existencial y espiritual. La experiencia será tan densa que metabolizar las contrariedades ya no nos costará tanto, porque sabemos que Jesús está a nuestro lado y él está por encima de todas las adversidades, dándonos su paz en medio de la marea.

Él, como dijo a sus discípulos, estará siempre con nosotros hasta el final de los tiempos. Como cristianos pascuales, hemos de vivir como si ya estuviéramos resucitados. Hoy, aquí y ahora, Jesús nos ha liberado de la muerte para vivir con él de una manera plena y total. Dejemos que el estallido de su resurrección ilumine todo el universo de nuestra existencia. De esta manera, las tinieblas de nuestra incerteza se convertirán en una inmensa claridad. Ahora nos toca ser el relevo de esta multitud que tuvo la clara misión de anunciar a Jesús, incluso dando su vida, por aquello que creían y vivían. En este mundo donde la oscuridad se impone, los cristianos tenemos que convertirnos en antorchas exultantes que ayuden a disipar toda oscuridad. Nos toca a nosotros irradiar al mundo esta gran noticia: ¡Jesús vive!

domingo, marzo 07, 2021

34 años después


Hoy, hace 34 años, fui ordenado en Barcelona, en la parroquia de San Isidoro. Recuerdo con emoción ese día, en que iniciaba una etapa fundamental en mi vida: meterme de lleno en la vida pastoral. Atrás quedaban muchos años de formación en mi carrera apostólica. Ese día, empezaría una nueva trayectoria acogido y abrazado por mi primera comunidad parroquial. Fue el punto de salida de una gran etapa que me ayudaría a crecer y a madurar mi vocación. Con ilusión y entusiasmo, y de manos del arzobispo Jubany, recibí el don sagrado del ministerio sacerdotal, bien acompañado por el pastor de la parroquia, Mn. Guardiola, por mis compañeros de camino que se habían ordenado un año antes, por muchos amigos, personas que me acompañaron durante mi formación, profesores de la facultad de teología y, cómo no, mi familia.

Por un lado, me sentía feliz y, por otro, indigno por el gran don recibido. También me sentí muy emocionado al percibir tanto calor y tanta compañía por parte de la comunidad. Ese día empecé una vida encarnada en una misión preciosa: llevar la buena nueva del evangelio allí donde me destinaran.

En mi labor pastoral, encendido por el don del Espíritu recibido en el sacramento de la ordenación, yo estaba dispuesto a todo. Una fuerza inusitada salía de mí. Jesús me había llamado a formar parte de sus discípulos a través del ministerio del orden; a unirme para siempre con él y convertirme en una bandera de esperanza para el pueblo de Dios. Mi alma estallaba de alegría.  Él se había fijado en mí, sin que le importasen mis límites, mi pasado, mis inseguridades y mis miedos. Allí estaba, delante del arzobispo, recibiendo el don del sacerdocio, entre el temblor por algo inmerecido y el gozo de sentir tan cerca la inmensa misericordia de Dios. Él quiso contar conmigo para llevar a cabo su obra salvadora y ayudar a muchos a orientar sus vidas hacia Dios.

Han pasado 34 años de ese momento crucial para mí. Hoy, estoy ejerciendo mi ministerio en una situación muy especial, en medio de una pandemia que nadie podía prever y que nos ha cambiado la vida. En este contexto socialmente complejo, celebro mi aniversario de ordenación presbiteral, sabiendo que es más necesaria que nunca la fortaleza de una vocación madurada en el tiempo.

Son momentos difíciles. La Covid-19 ha arrancado de muchas personas la alegría, la esperanza, la paz y la serenidad. Se ha robado una vida plena y el futuro de aquellos que han fallecido. Es un momento especialmente sensible. Muchos se sienten solos, aturdidos, sin un horizonte claro. Ahora es necesario, más que nunca, dar respuesta, apoyo y acompañamiento al que se siente desorientado y perdido. El sentido del sacerdocio recobra una dimensión totalizante. Los presbíteros hemos de estar cerca de nuestras comunidades, como buenos pastores. Hemos de arrojar luz, esperanza, sentido trascendente en medio del caos. Con nuestras palabras, claras y firmes, hemos de ayudar a descubrir que en el dolor también se hace presente Dios, y que en medio de estos acontecimientos históricos que estamos viviendo la mano solícita de Dios sigue acogiendo y actuando. Frente a la duda, fe, y frente a la tristeza, alegría. El destino está en manos de Dios. Desde su amor infinito él desea nuestra felicidad, incluso en estos momentos tan duros. Nuestra fe será signo de nuestra adhesión a él.

Hoy, después de 10 años al servicio de esta comunidad, con todos vosotros, reitero mi compromiso de seguir sirviéndoos con el deseo de que vayamos creciendo, humana y espiritualmente. Para mí, en este tiempo de pandemia, es un reto crecer con vosotros, como sacerdote. Mi deseo es que San Félix se convierta en un referente espiritual en el barrio y que a vosotros os ayude a desplegar todo ese potencial de bondad y de amor que lleváis dentro. Sólo así tendrá sentido mi sacerdocio y vuestra vida cristiana.

Doy gracias a Dios por el nuevo aniversario y os pido a vosotros que recéis por mí, para que siga siendo fiel a mi vocación sacerdotal. También quiero daros las gracias por acompañarme en este día, festividad de las santas Felicidad y Perpetua. Que así sea nuestra vida cristiana: una perpetua felicidad.

Gracias.

P. Joaquín Iglesias

martes, noviembre 10, 2020

Nuevo libro, Escritos con alma

¿De qué trata este libro?

Partiendo de mi experiencia cotidiana, os ofrezco 50 reflexiones sobre el ser humano, sus inquietudes, sufrimientos y esperanzas. Profundizo en el dolor y en sus causas, pero también en el potencial inesperado del alma, que desea vivir y alcanzar sus sueños. Son escritos en los que muchos lectores os podéis sentir identificados, pues hablan de historias reales, y a la vez podéis encontrar en ellos inspiración y fuerza para salir adelante.

Sinopsis

Una mirada. Un rostro. Un encuentro. Dicen que el buen fotógrafo captura la belleza con su ojo, antes que con su cámara. El buen poeta la aspira en el aire, y la transmite en palabras. Y el que está acostumbrado a vivir despierto, con el asombro a flor de piel, convierte cada momento en una reflexión, en un aprendizaje, en un escrito… con alma. 

Así lo he intentando hacer recopilando estos momentos convertidos en vida, en meditación, en sabiduría. Son escritos que surgen de mi experiencia cotidiana, de mis encuentros con personas diversas y de mi intento por ver la realidad con ojos nuevos cada día. Son escritos que rezuman amor a la vida, a toda forma de vida, ya sean pájaros, árboles o flores. Pero, muy en especial, amor al ser humano.

Cómo adquirirlo

En Amazon, versión impresa.

Versión Kindle

Si quieres un ejemplar  firmado y dedicado, puedes solicitarlo a: jiglesias@arsis.org.

Más información: La Morera, libros que despiertan

Booktrailer del libro: en un minuto.

martes, octubre 20, 2020

Carta a los feligreses con motivo de la Covid-19

Apreciados feligreses,

Deseo que os encontréis bien, tanto vosotros como vuestras familias.

Desde el mes de marzo, cuando se inició el estado de alarma, la parroquia está pasando por una grave situación económica. La reducción del aforo en las celebraciones y en el resto de actividades que sufrimos desde hace seis meses está provocando una gran tensión de la tesorería parroquial. Ante esta situación de estrechez, me veo obligado a comunicaros que, en estos momentos, más que nunca, la parroquia necesita de vuestra ayuda.

Quiero apelar a vuestra responsabilidad como cristianos de esta comunidad. Sabemos que la pandemia ha afectado a muchas personas y quizás sea un momento difícil para todos. En la historia parroquial nunca nos habíamos encontrado con una situación como esta y dependerá de cada uno de los miembros, que os sintáis parte de ella, que hagamos todos un sacrificio por el bien de nuestra comunidad. Lamento comunicarlo en estos términos, pero la ocasión lo requiere si queremos que la actividad que se realiza en esta parroquia no quede afectada. Los gastos son los mismos y en este momento hemos de seguir haciendo frente a ellos para poder subsistir.

El Covid-19 puede ser una prueba que mida el grado de autenticidad de nuestro amor por la parroquia y nuestra preocupación por sus necesidades. Quizás alguien se pregunte por qué el obispado no se hace cargo de los gastos. Pero lo cierto es que también ellos sufren de esta situación de crisis, pues la Iglesia, como sabéis, se nutre principalmente de las colectas y donaciones de todos los fieles. De todos modos, os comunico que estoy manteniendo conversaciones con los responsables de economía diocesana para que nos eximan de una parte del pago obligado al Fons Comú Diocesà, con el fin de aliviar el peso de los gastos.

Pero, más allá de esta responsabilidad que tenemos con la Iglesia diocesana, tenemos unos gastos fijos que afectan al funcionamiento parroquial y que son los que nos permiten abrir y cerrar, atender a las personas y celebrar las liturgias y otras actividades pastorales. Como en cada casa, hay gastos que cubrir sí o sí: luz, agua, gas, teléfono… En el caso parroquial hay que añadir un plus, la limpieza del templo y las salas, gastos litúrgicos, mantenimiento del edificio y los equipamientos, y otros. Todo ello sube a una cantidad que en estos momentos no llegamos a cubrir con el poco flujo de dinero que entra, y esto me preocupa mucho, pues deseo servir de todo corazón a la comunidad.

Os pido encarecidamente que recéis para que todos seamos conscientes de que, ahora, más que nunca, la parroquia os necesita. Se me ocurre que, mientras dure la pandemia, podáis ayudar de esta manera.

Se pueden formar grupos que se ocupen de pagar una partida de los gastos mensuales. Por ejemplo, un grupo puede ocuparse de las facturas del agua; otro grupo de la luz, otro del gas, otro de las compras litúrgicas, la limpieza, etc. Se trata de establecer grupos diferentes que vayan asumiendo estos costes, repartidos entre todos.

Con esto no quiero violentar a nadie: que cada cual haga lo que buenamente pueda, según sus posibilidades. Así ayudaríamos a que la parroquia siga ejerciendo su tarea litúrgica y pastoral, pese a la situación de pandemia. Habrá una persona responsable del consejo pastoral que lo organice todo y posteriormente os indicaremos cómo llevarlo a cabo.

Deseo sentirme, en estos momentos, arropado por mi comunidad y que ojalá entre todos podamos hacer frente a este desafío. Dios se lo merece. La Iglesia y la comunidad se lo merecen. Ahora, más que nunca, tenemos la oportunidad de crecer en generosidad.

Dios bendiga este plus de esfuerzo que hacéis por amor a la Iglesia y a nuestra parroquia.

Padre Joaquín Iglesias

San Félix Africano 

sábado, julio 18, 2020

La escalera de Jacob

Ante la "Escalera de Jacob", en el convento de Santa María 
de Bellpuig (Les Avellanes).

Una escalera hacia el cielo


Leemos en Génesis 28, 10-22, una escena sugerente y misteriosa que ha inspirado a muchos artistas: el sueño de Jacob, que ve una escalera que sube hasta el cielo, y por donde suben y bajan los ángeles de Dios. Este sueño lo tiene cuando ha huido de casa de su padre, Isaac, después de arrebatarle la bendición y el derecho de primogenitura. Jacob escapa de la ira de su hermano Esaú y viaja hacia el norte, para alojarse en casa de su tío Labán. Por el camino, desde Beersheva hasta Padán Aram, se detiene en un lugar llamado Betel. Hace noche allí y tiene este sueño.

En el sueño, oye la voz de Dios, que le habla desde la escalera, y le brinda su promesa de bendición: le donará esa tierra, una numerosa descendencia y su apoyo y compañía, allá a donde vaya. «Yo estoy contigo, te acompañaré a donde vayas, te haré volver a este país y no te abandonaré hasta que haya cumplido todas mis promesas» (Gn 28, 15).

La escena, nos explican los biblistas, es una típica forma de expresar la comunicación de Dios a los hombres: en sueños. Además, en el antiguo oriente, era muy habitual que los viajeros, cuando hacían noche, hicieran algún gesto de veneración al dios de aquel lugar, erigiendo una piedra, una estela o recuerdo de su paso por allí, como testimonio. En este caso, Jacob se encuentra nada menos que con un lugar sagrado, un lugar donde habita la presencia de Dios: «¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que Casa de Dios y Puerta del Cielo» (Gn 28, 17).

Este es el significado del nombre Betel: Casa de Dios. Para los autores bíblicos y sus lectores de los primeros tiempos, además, esta escena tenía otras reminiscencias. La Biblia fue compuesta tras el exilio del pueblo de Israel en Babilonia. Los israelitas exiliados debieron ver y admirar aquellos grandes templos babilónicos, en forma de pirámide escalonada, por donde subían y bajaban los sacerdotes ofreciendo incienso y sacrificios a los dioses. Babel significa precisamente esto: «la puerta del cielo», y de aquí viene el nombre Babilonia. Los babilonios creían que sus templos eran lugares de conexión directa con las potencias divinas.

Pues bien, aquí, de camino, solitario y huyendo, Jacob se encuentra con otra escala que recuerda a estos templos babilónicos. Pero no es un monumento humano, sino una ruta de ascenso al cielo, y los que suben y bajan no son sacerdotes, sino ángeles de Dios. Él no tiene que ofrecer nada, sino que recibe una promesa. Pero, cuando se despierta, al día siguiente, decide hacer un voto: «Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje… y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios» (Gn 28, 20). De manera muy primaria, y algo interesada, pero sincera, Jacob está respondiendo a la generosa promesa de Dios. Tú estarás siempre conmigo, luego yo estaré contigo; yo soy tu protegido, tú serás mi Dios.

¿Qué nos dice esta lectura, hoy?


¿Qué significa este sueño de Jacob? El Génesis es un libro lleno de promesas. Desde la creación del hombre, Dios nos ofrece su amistad y una alianza firme de amor imperecedero. La alianza, poco a poco, se va concretando: desde la humanidad hasta un pueblo, una familia, una persona. Hoy podríamos leerlo así: desde nuestro nacimiento, Dios nos sale al encuentro a cada uno de nosotros para ofrecernos su amistad y su compañía.

En los momentos de incerteza de nuestra vida, cuando parece que vamos huyendo, como Jacob, o buscamos sin encontrar, Dios nos sale al camino y tiende una escalera hacia él. Nos alienta y nos dice: Estoy contigo y te protegeré, allí a donde vayas. Para ello es necesario un tiempo de sueño, de descanso, de silencio… Ese tiempo necesario para detenernos en medio de nuestra carrera diaria y dejar que se abran las puertas del cielo.
La mística cristiana tiene su culmen en el encuentro efusivo y pleno de Dios con nosotros. Dios conoce nuestro anhelo de iniciar un trayecto ascendente: el sueño de todo cristiano es llegar, un día, a abrazar al Dios de nuestra vida. Pero, para llegar a ese momento, hemos de levantarnos, iniciar un camino hacia arriba y subir la escalera. Toda búsqueda implica un esfuerzo. Mirar hacia adelante, tensar el corazón y anhelar con todas nuestras fuerzas llegar a la cumbre. Una vez allí, detenernos ante el paisaje del cielo y contemplar su gloria y su resplandor.

El sueño de Jacob ha de traducirse en una misión real en nuestra vida. El itinerario del cristiano consiste en ponerse en marcha hacia los demás, saliendo de sí mismo. Los demás son destellos de la presencia divina. Dios no sólo está en las alturas; también está enraizado aquí, en la tierra. La tierra es una parcela de su cielo. Quizás el esfuerzo no es tanto una subida física de muchos peldaños, sino un esfuerzo mental y espiritual para alcanzar la cima del alma humana. Allí también está Dios. El esfuerzo, por tanto, será que las erosiones de la vida no nos quiten la fuerza para ascender en el compromiso de amor al prójimo. Sólo subirá de verdad por esa escalera que lleva a Dios el que supera toda traba, todo obstáculo que le impida caminar hacia los demás.

Estas imágenes bíblicas recogen las enormes inquietudes del hombre en el trayecto largo y a veces doloroso para encontrar a Aquel que da sentido pleno a su vida. Los personajes bíblicos son reflejos de cada uno de nosotros. Los patriarcas reciben sucesivas bendiciones, que llenan su vida de esperanza. ¿Qué sería del hombre sin promesas? ¿Qué sería de él sin esperanzas? Se perdería en la angustia vital. Por eso, ser receptores de una promesa, tener sueños, alcanzar metas que vayan más allá de uno mismo, es algo connatural al ser humano. Estamos ligados a una realidad superior que nos envuelve con sus rayos luminosos. La experiencia mística es el encuentro, un gozo incesante cubierto por una aureola divina. Somos así. El hombre ansía el infinito en su indigencia finita. Pobres y pequeños, anhelamos lo más grande. Aunque esto signifique subir muchos escalones, con esfuerzo, vale la pena, por el deleite de encontrarnos, al fin, en los brazos de Dios.

lunes, junio 01, 2020

El Espíritu regenerador


Celebramos hoy una hermosa fiesta, fundamental para los cristianos: el nacimiento de nuestra amada Iglesia. Un nacimiento que significa la recreación de la persona, de su alma, de su vida. Con el Espíritu Santo todo se regenera. Se recrea la comunidad, el ser humano, sus anhelos, sus esperanzas. El Espíritu Santo nos hace nacer de nuevo.

Así lo vemos en este texto de Juan que hemos leído. Los discípulos, están confinados, encerrados en una casa por miedo, y Jesús se presenta en medio de ellos.

La liturgia de hoy nos debe recordar que, aunque sigamos con el confinamiento, Dios traspasa las paredes de nuestros miedos, de nuestras incertezas, de nuestras inseguridades. El riesgo de este tipo de experiencia límite que hemos vivido, con el Covid-19, puede dejarnos esa sensación de encerrarnos un poco más en nosotros mismos. Y es normal, desde un punto de vista psicológico. Podemos pensar que vamos a la deriva, que no sabemos qué pasará con nuestro mundo, con nuestra historia. En medio de todo esto, los discípulos de Jesús han vivido la experiencia de perder a su maestro, y es terrible: es como si el sol se hubiera desvanecido, como si la oscuridad enterrara su corazón. El virus de la desesperanza los lleva a encerrarse. Pero Jesús tiene la capacidad de penetrar el muro del miedo.

Porque quiere a los suyos, Jesús quiere provocar la experiencia de un reencuentro. Ya no es con el Jesús histórico que conocieron en Galilea, con las primeras vocaciones, sino con el Jesús persona resucitada. Su presencia real en medio de ellos es el antídoto ante la desesperanza.

La paz con vosotros


Una persona asustada necesita sentir una paz inmensa en su corazón para superar el miedo. Pero ¿quién nos da esta paz? Nos la da aquel que es la Paz con mayúscula. No será una paz de ausencia de dificultades y problemas, porque en los comienzos de la Iglesia tendrían muchos: fueron perseguidos. Pero esta paz viene de una certeza mayor que la paz psicológica. Es la paz espiritual, porque Dios está contigo. Jesús aparece en medio de la incertidumbre de los discípulos para disipar cualquier tipo de miedo.

Dicho esto, les mostró las manos con las señales del martirio, del sufrimiento. Al ver esa marca física, tangible, su miedo se transforma en alegría. ¿Quién puede cambiar el rumbo de la historia? ¿Quién puede cambiar el rumbo de mi historia personal? ¿Quién puede cambiar mis anhelos de esperanza? El único que puede convertir esa desolación en un reencuentro gozoso es Jesús.

Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Hoy, podíamos decir que, aunque estemos aquí y ya tengamos al Espíritu Santo, también tenemos un poco de miedo al futuro. No sabemos qué ocurrirá. Pero no es lo mismo vivir una incerteza alejada de la presencia de Dios que contar con Dios en tu vida. Creer o no creer, tener la certeza o no tenerla, cambia la percepción incluso del propio miedo. Si vemos que Dios está con nosotros, ¿a quién hemos de temer?

Por eso los discípulos empiezan a desplegarse, hay un renacimiento espiritual en ellos, un pequeño pentecostés en su corazón, a medida que se abren al Espíritu. La oleada pentecostal los llena de alegría al ver al Señor. Y él dirá por segunda vez: La paz con vosotros. Reafirmémonos en esa paz, en ese sosiego del alma, para que se convierta en alegría perpetua.

Será entonces cuando soplará sobre ellos el Espíritu Santo. Ahora sí, sin miedo, con paz y alegría, están dispuestos a batallar para hacer posible el plan de Dios en el mundo: su Iglesia. Él les da capacidad para poder actuar en nombre de Dios.

El mal no puede vencer


Dios irrumpe en nuestra vida. Dios estalla en la Iglesia, en el mundo, en la historia. Hablando con algunas personas, me decían: ¿Qué va a ser del futuro, de la Iglesia, del mundo? ¿Qué será de nosotros? Yo decía que ni el miedo, ni la enfermedad, ni el hambre ni la guerra pueden vencer a Jesús resucitado. Aunque nuestra muerte sea física, biológica, no es el final de nuestra historia. Por tanto, es inconcebible, teológicamente hablando, que el mal venza al mundo, por muchas desgracias que haya. Eso sí, el mal hará daño y va a generar terribles secuelas de sufrimiento, pero no va a vencer porque Jesús ha resucitado y porque el Espíritu santo está aleteando sobre la Iglesia, sobre la historia y sobre el mundo. El mal no puede doblegar al Señor del universo. ¡Es imposible!

Que el miedo no nos impida ver que el sol está brillando detrás de las nubes. Que sigue habiendo aliento, sigue habiendo vida, por muchos virus que haya por ahí. ¡No! No digo que no tengamos que tomar medidas, claro que sí, y hemos de obedecer a las autoridades, como decía san Pablo. Pero no minimicemos la fuerza divina, la fuerza del amor, la fuerza de la vida. Detrás de la pandemia, ha habido una explosión preciosa de generosidad y solidaridad. ¿Qué es eso sin la acción del Espíritu? No sería posible hacer tantas cosas buenas sin esa experiencia del Espíritu Santo en el mundo. Tenemos, en el fondo, a Dios dentro de nuestra vida.

El regalo del Espíritu Santo


Podemos decir que, hoy, esa ola pentecostal, que recibieron los apóstoles hace dos mil años, llega hasta nosotros.

¿Y qué hace el Espíritu Santo? Nada más y nada menos que dar a los apóstoles el vigor y la energía para que fueran capaces de extender el reino no sólo por Europa, sino por todo el mundo. Doce apóstoles, limitados, un grupito de personas.  Si hoy estamos aquí sentados, en este templo, celebrando Pentecostés, es porque esa energía potente de Dios en sus vidas hizo posible que el Espíritu Santo atravesara la historia y el mundo, hasta llegar aquí.

Él sigue estando presente, sigue siendo real. No fue solamente un hito histórico. Estamos celebrando una realidad hermosa y trascendental que va más allá del tiempo. Por eso hoy estamos aquí, porque los discípulos se dejaron inspirar por este fuego y este ardor del Espíritu. Si no fuera así, no seríamos Iglesia, estaríamos dispersos. La cristiandad no podría extenderse si el Espíritu Santo no hubiera manifestado su presencia en el mundo.

Por eso hoy es nuestra fiesta, la fundación de la Iglesia, y este es el regalo que Dios nos hace, además de regalarnos a su hijo sacramentado. El Espíritu Santo es el amor puro de Dios. ¿Para qué? Para que hagamos como los discípulos: recibid el Espíritu Santo. Lo hemos recibido en el sacramento de la Confirmación. Está ya en nosotros, aleteando en nuestro corazón. Por tanto, dejemos que actúe esa fuerza, esas cataratas de gracia que nos regala hoy el Espíritu Santo.

sábado, mayo 30, 2020

Una iglesia de puertas abiertas


Estos días de confinamiento he tenido más tiempo para rezar y pensar en mi querida Iglesia, y redescubrir su hermosa misión en el mundo. Para mí, este tiempo de encierro ha significado ahondar en el núcleo fundamental de esta misión. La Iglesia ha formulado una buena teoría sobre eclesiología. Estos días he reflexionado sobre su aplicación pastoral. Es decir, cómo vivir y llevar a cabo las verdades de la fe en el día a día.

Unir teología y pastoral


El papa Francisco es un referente pastoral de un valor extraordinario, y para ello aprovecha no sólo la riqueza del magisterio de la Iglesia, sino que además le añade su profundo conocimiento del hombre, la cultura y la sociedad. El Papa hace engranar muy bien la sabiduría teológica con la humana, utilizando recursos, expresiones y metáforas orientadas a la evangelización. Mezcla teología, sicología y literatura, amasando de manera creativa estas diferentes ciencias para elaborar una fecunda y atractiva pastoral que toca de lleno el corazón humano. Sus homilías, prueba de esta creatividad pedagógica, no dejan a nadie indiferente.

La gran aportación pastoral del papa Francisco me ha inspirado este nuevo escrito. He pasado largo rato en silencio, en oración, intentando ahondar en lo que es genuino de la Iglesia.

La misión de la Iglesia va más allá del culto


Hemos estado dos meses y medio sin celebraciones litúrgicas, con el ardiente deseo de encontrarnos en comunidad con Cristo eucarístico. Y, siendo tan importante, el culto no agota la realidad diversa de la Iglesia. Su misión trasciende el culto. Por eso la Iglesia ha seguido tan viva como siempre en medio de la pandemia. Aunque no se ha podido celebrar, su misión evangelizadora ha continuado. Hemos tenido un largo tiempo para dar testimonio y evangelizar fuera del templo, desde nuestros hogares y trabajos. Por otra parte, si la liturgia y la comunidad no nos espolean, puede ser un signo de debilidad y de pobreza comunitaria.

La Iglesia ha de continuar estando en pie, fuera de sus propios muros. El objetivo es crecer y alimentarnos dentro, y ser misioneros afuera, sin que ninguna circunstancia, por compleja que sea, nos impida llevar a cabo nuestra misión. Siendo el templo un referente, lo es también cada cristiano encarnado en el mundo. Por eso decidí que mi parroquia estuviera siempre abierta durante el confinamiento. No concibo a un Dios cerrado en sí mismo, como tampoco a los primeros cristianos encerrados por miedo a la persecución romana. Ellos no temían a la muerte. Las puertas abiertas de una parroquia son las puertas abiertas del corazón de Cristo. Gracias a que la parroquia se ha mantenido abierta, muchos han podido venir a rezar, a pedir consejo y, algunos, con la protección adecuada y la distancia de seguridad, han recibido la comunión de manera ordenada en horas y días diferentes. Así como confesarse y recibir apoyo y consejo, pues esta situación ha generado mucho sufrimiento y ansiedad. En conciencia, y con la máxima prudencia, no he dejado de ejercer mi ministerio sacerdotal en plena pandemia del coronavirus. Las gentes necesitaban ser escuchadas, rezar y sentirse en paz en este lugar sagrado, fuente de crecimiento espiritual.

Puertas abiertas


Me siento parte de una Iglesia acogedora, en salida, en plena pandemia. Alguien me comentaba que si las tiendas de tabaco son consideradas una actividad esencial, ¿cómo no va serlo aquello que es fundamental para el ser humano, su necesidad incesante de ser escuchado y atendido en estos momentos de tanta incertidumbre?

Para los cristianos es esencial poder vivir en lo posible de aquello que sustenta nuestra fe, el encuentro con el Señor. Además de nuestras necesidades materiales, también las tenemos espirituales. Por eso la parroquia no podía permanecer cerrada, negando lo que es propio de la Iglesia, que es ofrecer el alimento de Cristo a todo el que lo pida. Respetando las normas de seguridad establecidas por las autoridades sanitarias, según el decreto y las fases de desescalada, que he seguido en todo momento, no he celebrado con la comunidad hasta que se ha permitido.

Esta situación me ha llevado a pensar en el enorme valor que tiene el trabajo evangelizador, tarea fundamental de la Iglesia. Para mí ha sido una gran experiencia constatar el bien que se puede hacer, más allá del culto. El corazón de Dios nunca deja de latir. Su amor se derrama con fuerza en los momentos más duros. Él siempre está presente en su Iglesia.

La atención hacia los más vulnerables, la caridad, la acogida, la oración, el silencio, el anuncio de la buena nueva… Todo esto estaba en el centro de la misión de Jesús, y esto es lo que hemos intentado hacer en nuestra parroquia, durante estos tiempos de pandemia.