viernes, diciembre 06, 2013

Entrevista en Radio Estel

Roman Jori entrevista a Joaquín Iglesias Aranda en el programa L'accent.
4 diciembre 2013 en Ràdio Estel.

Sacerdote y escritor, nacido fuera de Cataluña, concretamente en Badajoz, ejemplo de integración para todos, ha desarrollado toda su carrera en Barcelona. Fundador de dos organizaciones humanitarias y con una larga trayectoria social y cultural, ha trabajado siempre de cara a los más desfavorecidos. Hoy nos muestra su faceta de escritor.

―Joaquín, ¿no te parece que ya es normal que el caos se apodere de nosotros? Nos estamos acostumbrando a él...
―Pienso que más bien dejamos que el caos se apodere de nosotros. Si tenemos valores y criterios, si nos queremos abrir a los demás, esta cultura del sinsentido no tiene por qué afectarnos tanto.
―Así que San Juan de la Cruz, ¿no era lo que hoy llamaríamos “un cenizo”?
―No. Sus noches oscuras son más que un análisis sociológico, político o económico. Él tiene una experiencia de anhelo de Dios, de trascendencia, y en su proceso de crecimiento espiritual se encuentra con momentos muy duros, hasta alcanzar esa plenitud del amor de Dios.
―¿Podríamos decir que la esperanza es a largo plazo? Porque hoy día parece que todo el mundo espera a corto plazo… ¿Qué es la esperanza para ti?
―La esperanza es una virtud que va más allá de obtener alguna cosa material. Ahora hay una cultura de obtener lo inmediato rápidamente. La esperanza es tener el corazón abierto a aprender. Y, sobre todo, mirar siempre tu vida desde una perspectiva trascendental.
―¿Se puede decir que no existen los fracasados? ¿Es la sociedad quien hace fracasados?
―Sí, hasta cierto punto, pero todo depende de cada uno, de su potencial, de sus ganas de crecer, de madurar, de abrirse a los demás. Siempre estamos echando las culpas del fracaso a otros: a la familia, a los amigos, a la cultura, a la sociedad, a una forma de vivir… Pienso que cada uno tiene la capacidad interna para romper con los obstáculos y dar un salto en su vida.
―¿Qué es el pecado, hoy? Yo tengo un concepto… ¿Cuál es el tuyo?
―El pecado es romper con el absoluto, con Dios. No hemos de reducir el pecado solo a una cuestión moral, se trata también de la apertura. Cuando rompemos con la fuente de la misma Vida, que es Dios, esto es un pecado.
―¿De qué tenemos que salvarnos?
―Tenemos que salvarnos de todo lo que nos esclaviza, de todo aquello que nos hace pequeños, que nos hace mirarnos el ombligo, del narcisismo puro. Tenemos que salvarnos de todo esto para liberarnos y poder llegar a crecer como personas.
―¿La comunicación es vida? ¿El verbo es vida?
―El verbo es vida porque comunica, y todo lo que comunica es creación y relación. Todo lo que implique apertura a los demás es importante: el Verbo es el amor en acción.
―¿Por qué los curas y religiosos habláis tanto de la familia? ¿Será porque no la tenéis… o tenéis otro concepto?
―Hemos de trascender de la familia biológica. Pero, así y todo, los sacerdotes tenemos padres, hermanos, familiares, sobrinos, abuelos… Yo procedo de una familia, y para mí la familia es fundamental para el crecimiento humano y espiritual.
―¿Qué pasa con los que no han visto a Jesús?
―Que ellos se lo pierden. [Ríen] En esto influye mucho la formación de su entorno. Pero, aunque no lo vean, pienso que Dios es tan misericordioso que los salva también.
―Muchos ven en Dios la belleza. ¿Están equivocados? Yo, en la belleza veo a Dios.
―Dios es la máxima belleza. Es la máxima expresión del amor. Y el amor es igual a belleza, y a verdad.
―El demonio y el infierno, ¿no crees que están en la tierra?
―Ciertamente. Cuando hay ruptura, cuando hay egoísmo, cuando la gente solo piensa en sí misma, esto es una clara manifestación del maligno. Sí, está en medio del mundo.
―Hoy día, ¿existe el pecado del adulterio, sí o no? ¿Qué crees? Porque hay tanta promiscuidad…
―Lo hay, pero es una constatación que las relaciones se rompen, se empobrecen, falta confianza, afectividad, apertura al otro. Cuando esto sucede, la gente busca cómo saciarse y cómo paliar su propia falta de afecto.
―El amor, ¿se busca cuando no te lo dan? Es decir, ¿lo buscan los que están carentes de él?
―Sí. Nosotros tenemos que darlo porque ya lo tenemos. Hemos de ser conscientes de que ya tenemos ese amor. Solo cuando somos capaces de abrirnos podemos darlo y a la vez recibirlo.
―¿Por qué el apóstol Tomás es un reflejo de la humanidad que sufre?
―Porque duda, le falta fe, no cree lo suficiente. Y cuando nos falta el sustento de nuestra felicidad, que es la fe, esto lleva a un cierto desespero.
―¿Por qué la humanidad se renueva en Cristo?
―Porque es creación constante. En la medida que la persona se abre, se comunica, es capaz de compartir, queda renovada interiormente.
―¿Qué nos dices sobre la figura de Jesús?
―Que es apasionante. Es la figura que me hizo replantearme mi vida, a partir de un testimonio. La imagen te viene dada a través del testimonio de otros que son capaces de contagiarte su propia experiencia de una amistad profunda con Jesús.
―¿Quién fue tu testimonio?
―Fue un sacerdote de una comunidad parroquial, entusiasta, creativo, una persona con una fuerza interior muy grande, que amaba a la Iglesia y que era capaz de contagiarte vida. A partir de su experiencia, estuve hablando con él y me planteé el sacerdocio.
―¿Por qué la gente se enamora de la figura de Cristo?
―Porque es el que realmente colma todas tus expectativas. Cuando lees su vida, en los evangelios, te das cuenta de que hay una riqueza que nadie puede darte, más que él, en la medida en que te abres sinceramente en tu corazón.
―O sea, ¿tú lo has encontrado a través de los evangelios?
―A través del testimonio y de los evangelios.
―El testimonio de este señor del que nos has hablado…
―Exacto. Este sacerdote realmente dejaba un destello de luz con su vida. Fue el que me interpeló para dar un paso definitivo. A partir de aquí, profundicé en la palabra de Dios.
―Y has profundizado en ella. Has escrito, has estudiado mucho…
―Sí. En Badalona comencé a preparar con mucho esmero mis homilías. Como tenía que leer a fondo los evangelios fui penetrando en su sentido. Y me di cuenta de que la imagen de Cristo es fascinante, maravillosa. Él es el que te llena y te colma.
―¿Las hacías muy largas, las homilías?
―¡No! Diez minutitos. Y la gente, contenta.
―¿Dónde tenemos que buscar el Reino de Dios?
―Aquí, entre nosotros, en el mundo. Allí donde la gente es capaz de abrirse a los demás y de hacer gestos solidarios. En los gestos caritativos; cuando la gente deja de pensar en sí misma para darse cuenta de que el otro también es manifestación de Cristo.
―Particularmente, yo saboreo más la misa ahora, que voy poco, que antes, cuando asistía a todas las fiestas de guardar, incluso entre semana. ¿Por qué ahora la saboreo más que antes?
―Quizás porque la liturgia hay que adaptarla. Quizás porque a veces los curas hacemos que las misas sean un palo. Quizás también porque a veces no somos capaces de conectar con la gente que tenemos delante. O porque también hay que atreverse a hacer un cambio cultural de la liturgia. Pero lo más importante es que la gente se encuentre bien a través de la experiencia directa de la conexión entre el presbítero y la comunidad, esto es fundamental.
―Cuando dices en tu libro que hemos de ser trinitarios, ¿qué quieres decir?
―Pues que hemos de ser creativos y creadores. La evangelización necesita la creatividad. No me refiero a crear algo de la nada, sino a re-crearlo y a hacer asequible lo que pensamos de Dios. En tanto somos trinitarios en este aspecto de la creación es cuando somos capaces de re-crear incluso nuestro propio cosmos cristiano, nuestro corazón.
―Háblanos un poco de este cosmos cristiano.
―Es esa vida interna, la riqueza de Dios en tu corazón. A veces no se trata de hablar tanto, como de creer en lo que dices y, sobre todo, comunicar con convicción aquello que dices. Esto es fundamental. No vamos a entusiasmar a la gente si no estamos entusiasmados. No vamos a enamorar a la gente si no estamos enamorados. No vamos a hacer que la gente se apunte al proyecto cristiano si no somos capaces de generar ilusión y entusiasmo.
―Debo pensar que crees mucho en la oración…
―¡Fundamental! La oración es crucial para el cristiano. De la misma manera que nos alimentamos del pan físico alimentarse  de Dios pasa por la experiencia de intimar con él, de estar a solas con él, de dejarte abrazar e imbuirte de él. Sin oración estamos perdidos. En la oración es donde nos recolocamos y nos resituamos en el crecimiento espiritual, como personas.
―Cuando era pequeño las iglesias estaban llenas y ahora, muchas veces, veo que no se llega ni a la mitad del aforo. ¿Es una crisis de fe o cartesianismo?
―Pienso que es una crisis de las tres virtudes teologales: crisis de fe, de esperanza y de caridad. Pero, ciertamente, estamos en un mundo en el que la gente quiere pasárselo bien. A la misa, si la gente no se encuentra bien, no se siente implicada, no siente que forma parte de una experiencia común, es difícil que venga. Porque la gente quiere disfrutar, y quiere lo rápido y lo inmediato.
―Tu apostolado, en definitiva, ¿lo diriges a todo el mundo?
―Sí. En la parroquia, a través de mi trabajo ministerial. Pero también utilizo los blogs como una nueva forma de evangelizar, a través de la Red. Cada domingo actualizo el blog (http://homilias.blogspot.com) y explico los contenidos de la homilía.
―Me gustaría que profundizaras un poco más en esto de ser trinitario, que me ha llamado mucho la atención.
―Como decía, hemos de ser como Dios Padre, que es Creador, pero también como el Hijo, que es el Verbo, la Palabra encarnada y la Palabra en acción. Cada cristiano ha de ser palabra encarnada de Dios y transmitir su experiencia de amistad con Dios. La palabra es importante y Cristo es la Palabra, el Logos de Dios. Con esto quiero decir que la palabra es muy potente, es poderosa. La palabra también es creadora. En el Génesis, vemos cómo Dios crea a través de la palabra. Vemos cómo Jesús cura a través de la palabra. Ahora se da mucha importancia a la palabra: lo que tú pienses, lo que digas, lo que sientas, es importante. Si la palabra realmente es transmitida con profundidad, con seriedad, a partir de una experiencia vital, llega y penetra en lo más hondo del corazón. Por tanto, ser buenos comunicadores de la palabra de Dios es fundamental, porque con la palabra podemos cambiar a la gente.
―Háblanos un poco del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el amor de Dios, la explosión de ese amor. Si decimos que hemos de ser comunicación, palabra, también hemos de ser acción misionera. El Espíritu Santo está en medio de nosotros. Es el que nos empuja y nos invita a no rendirnos nunca. La Iglesia necesita fuerza misionera, pero sin el Espíritu Santo es muy difícil. Porque, siendo la palabra muy importante, lo esencial es trabajar con entereza, con fuerza, para poder transmitir a la gente la experiencia de Dios y hacer Iglesia.
―¿Qué piensas del Papa Francisco? No deja de ser curioso que un jesuita piense como un franciscano.
―Esa es la gran riqueza de él. Por un lado este carisma jesuita que le sale por los poros cuando predica, cuando comunica, cuando hace sus exhortaciones… Pero a la vez ese talante franciscano que ya vimos cuando apareció como nuevo pontífice. Ya entonces vimos unos gestos muy simbólicos que expresaban la sencillez franciscana: el gesto de ponerse a la cola y pagar su alojamiento en la casa de Santa Marta, durante las reuniones previas al cónclave; esos detalles, esas “flores franciscanas” de acercarse a la gente sencilla, abrazarla, de llevar el cuatro-latas que conduce por el Vaticano… Son signos de mucha normalidad, y él insiste en que es el obispo de Roma, no dice el Papa, y lo hace para igualarse al resto de los obispos. Incluso te diría que él piensa que es un cristiano como cualquier otro. No es el sucesor de un emperador romano, sino de un pescador, un currante, que diríamos hoy. Esta imagen de proximidad hace mucho bien a la gente.
―¿En qué centras tu apostolado en la parroquia? ¿Prestas más atención a la gente joven, o a todo el mundo por igual?
―Mi parroquia es muy plural. Hay gente joven, gente mayor, adultos, familias. Mi acción es transversal, va dirigida a todos.
―Hemos tenido aquí a Joaquín Iglesias, que a mi modesto entender nos habla de la interpretación del evangelio, donde siempre descubre algo nuevo, una palabra, una luz, alguna novedad. Estamos muy contentos de haber compartido este ratito contigo. Cuando saques otro libro, estaremos encantados de tenerte de nuevo por aquí.
―Gracias por haberme invitado y darme esta oportunidad de explicar mi experiencia.


Escucha la entrevista en Radio Estel:


domingo, noviembre 24, 2013

La luz disipa las tinieblas

Hablar más de Dios y menos del diablo

Siempre ha habido corrientes en la Iglesia que han insistido más en la fuerza del mal que en la del bien, y que se han centrado más en la terrible oscuridad que en la alegría de la luz. Su pedagogía se basa en la desconfianza del diablo, en el miedo obsesivo a pecar y en la lucha contra la fuerza arrolladora de un mal que nos va esclavizando. Se llega así a la angustia y al sometimiento psicológico ante la presencia constante del Maligno y se olvida la confianza en un Dios benévolo, lleno de compasión y de misericordia, que nos acoge en sus brazos cálidos.

Creo que deberíamos insistir más en la alegría de creer que en el miedo a ser tentado o caer en la tentación. La buena nueva del Resucitado es más potente que la debilidad de un ángel caído. Los que nos dedicamos a la pedagogía pastoral hemos de anunciar la presencia de un Dios vivo más que la constatación de una sombra que nunca llegará a tener la entidad de Dios. El diablo fue vencido con la resurrección de Jesús y todos nuestros esfuerzos tienen que estar orientados a hacer ver a la gente que Jesús, el Señor, reina en el mundo, y no el diablo.

El reino de Dios está inmerso en la historia y tiene la fuerza para apartar de nosotros las tinieblas. Con esto no niego que la presencia del mal en el mundo sea real. Es evidente, y se manifiesta de muchas maneras. Pero cuidado: no vayamos a ver al diablo en todas partes, en todas las situaciones adversas, en todas las personas que chocan con nosotros. Ojo, no vayamos a pensar que todo está envuelto en el mal. En algunos casos, esto puede tener consecuencias psicológicas y psiquiátricas que afecten a la persona. Depende del perfil de cada uno, pero ver al diablo detrás de todo puede ser síntoma de alguna patología psico-religiosa, generada por el sufrimiento o por un sentimiento de culpa muy profundo. Hay que saber distinguir entre el dolor moral y psicológico y el mal.

No podemos poner al diablo en el mismo plano de Dios. Sería darle la misma fuerza. Y el diablo no es un dios. Estaríamos cuestionando el mismo núcleo de nuestra fe, que es la resurrección de Cristo. Tras su muerte en cruz, ha resucitado y ha vencido el mal para siempre. En realidad, el demonio hace menos daño de lo que creemos. Existe pero está vencido. No soporta asumir que Dios lo creó ―como ángel― y que, además, respeta su libertad. El diablo no soporta tener que deber algo a Dios: que lo mantenga en la existencia, aunque ya derrotado. Esta es su rabia y su infierno: reconocer que Dios lo sostiene y lo deja libre, como ha hecho libres a todos los hombres y a los ángeles.

El demonio no tiene tanta fuerza… pero sí puede engañarnos, apartarnos de la luz y arrastrarnos hacia el abismo, hacia el sinsentido y la nada. Es entonces cuando sentimos un vacío existencial y nos vamos debilitando. Pero solo porque nos hemos alejado de la luz, no porque la oscuridad tenga más fuerza. Dejamos de ejercer nuestra libertad para el bien y nos convertimos en el centro de nuestro mundo, sin que nada ni nadie nos importe más que nosotros mismos. Poco a poco nos vamos deslizando hacia el absurdo.

Hemos de creer que desde nuestro bautismo la gracia de Dios nos ha penetrado y, desde ese instante, estamos protegidos con el óleo santo. La luz de Dios entra en nosotros y nos invita a acercarnos a él. Su claridad borra toda tiniebla causada por el pecado. Estamos en el camino de la salvación. Dios es nuestro escudo y nos sostiene en la debilidad. En la eucaristía, hecho pan, nos alimenta y nos refuerza. ¡Viene a habitar en nosotros! Y siempre nos protegerá.

domingo, noviembre 10, 2013

La oración y la libertad del consagrado


Después de más de 25 años de sacerdocio, con una experiencia pastoral en varias parroquias en Badalona y Barcelona, he descubierto que el eje central del ministerio sacerdotal es la oración.

La oración es el espacio vital donde, desnudo ante Dios, el hombre se da cuenta de que lo más importante es el diálogo íntimo con Aquel que lo ha creado. Teniendo mucho valor la pastoral, todo cuanto pueda hacer no tendría sentido si no parte y se alimenta del encuentro personal con Dios.

La dimensión contemplativa es consustancial a la vocación evangelizadora y misionera. Del encuentro en la plegaria nació, y de ella se nutre cada día. La misión no es de Dios si no parte de él.

Hiperactivismo pastoral


Me preocupa percibir en muchos sacerdotes un exceso de celo pastoral. Y por exceso me refiero a un activismo frenético que los lleva al cansancio y a la falta de alegría. Esta es una actitud pelagiana: actuar como si todo cuanto se hace dependiera de uno mismo y no del diálogo sosegado y abandonado con Dios. Así, es fácil convertirse no tanto en un apóstol de la buena nueva como en un activista de su propia causa que necesita mantener su autoridad y su liderazgo espiritual.

La hiperactividad pastoral puede  desembocar en una terrible angustia, porque no siempre salen las cosas como uno desea, y no siempre se puede comunicar el entusiasmo a otros, de modo que se unan a la causa. Esto sucede en parroquias, comunidades religiosas y movimientos. Cuando nos desviamos del camino contemplativo nos perdemos en la afirmación de nuestro propio ego. Del agotamiento pasamos a la rutina, y nos vamos arrastrando paulatinamente hasta llegar al desencanto de la propia y hermosa vocación.

El misterio y la verdad


Durante cuatro semanas seguidas hemos visto cómo el tema central del evangelio de Lucas, en las lecturas dominicales, era la oración. En Jesús y en nosotros, consagrados y laicos, la oración es la palanca de toda actividad misionera.

Sin ella vamos dando tumbos de un sitio a otro, sin rumbo fijo. Ya podemos ser grandes oradores, o tener una inteligencia privilegiada, o una aguda penetración en los misterios de Dios. Ya podemos conocer la teología tomista o las constituciones dogmáticas, todo el corpus doctrinal de la Iglesia. Podemos estructurar de manera brillante un discurso teológico, que nunca se agotará. La verdad no es una entelequia, ni un discurso filosófico o científico bien elaborado. Ni siquiera una metafísica. Para que la verdad sea igual a Dios hemos de trascender la retórica intelectual y penetrar en el misterio del corazón. Y para ello necesitamos algo tan sencillo como un diálogo personal, de tú a tú.

Hablar en la intimidad, en el silencio, puede arrojar una luz extraordinaria sobre Dios. En el silencio se nos da la revelación auténtica de su propia identidad. ¿Qué nos falta a los curas? No nos ordenaron para ser grandes académicos y teólogos, sino para ser pastores entusiasmados, valientes, con una única meta: que el rebaño confiado a nosotros, la parroquia, la comunidad, se sienta familia de Cristo, parte de la Iglesia universal donde el ejercicio de la caridad es el indicador de autenticidad y coherencia.

Los cristianos son los brazos de Cristo en medio del mundo. Sin quitarle importancia a la doctrina, porque la tiene, ni a la catequesis y la formación, así como a la vida sacramental, no olvidemos que el punto que equilibra nuestras acciones y nuestro mundo interior es la soledad y el silencio. Sin prisa, sin distracciones, en la oración está el sentido último de nuestra vocación. Cuando concebimos a Jesús como un amigo personal, él mantendrá nuestro aliento vital, porque Jesús es una persona. De persona a persona se puede establecer una comunicación profunda que nos da la fuerza necesaria para estar en las trincheras sin desfallecer. En el encuentro de tú a tú está la clave del crecimiento espiritual.

Libertad y caridad


Una característica crucial del presbítero es la libertad. Dios en Jesús es la máxima verdad. Y Jesús es la máxima expresión de libertad de Dios. En la oración, en la medida que vamos entrando en la órbita de Dios, nos vamos configurando con Cristo y vamos sintonizando con su libertad. El aire de libertad de un consagrado lo identifica con Cristo.

Hablamos de libertad interior y de libertad en la institución, sin que el compromiso pastoral sea un obstáculo. La docilidad a Dios pasa sin ninguna rémora por ese trabajo dentro de la estructura diocesana. Nuestro sí a Dios pasa por un compromiso y una exigencia: cuando nos entregamos, se nos pedirá todo.

Pero también está la libertad de la conciencia que, sin anular el compromiso, es tan sagrada como este. Y es que una libertad que no lleva al amor no es verdadera. Es de crucial importancia trabajar porque la gente descubra el amor desde la libertad.

Para muchos es más fácil convertirse en parte de una maquinaria dentro de una estructura que invitar a la gente a descubrir el amor a Dios y a los demás, arriesgándose y a veces rayando lo políticamente incorrecto. Pero la verdad, la libertad y el amor han de ir unidos. Si no es así, el pastor de una  comunidad pierde el horizonte de lo esencial. Porque Dios es la única verdad, la única libertad y el amor absoluto que da sentido a nuestra vida.

domingo, noviembre 03, 2013

¿Se equivoca el Espíritu Santo?

Un Papa con nuevo estilo

Desde su elección, el Papa Francisco se ha convertido en una figura mediática, quizás más allá de lo que él hubiera esperado. Su primer gesto de agacharse ante los fieles fue un acto simbólico que cautivó a todos los que estaban aquella tarde en la plaza de San Pedro y a quienes lo vimos por televisión. Desde entonces, han pasado ocho meses y no deja de sorprendernos por los continuos gestos que nos hablan, no de una estructura doctrinal ortodoxa, sino de una iglesia que quiere estar próxima a la gente. Gusten o no, nadie se queda indiferente. 

En la Iglesia hay distintas sensibilidades, movimientos y órdenes religiosas; una rica proliferación de grupos con tendencias espirituales diferentes. Las palabras del Papa, sus discursos, las entrevistas, sus catequesis… todo esto sobrepasa las estructuras mentales de ciertos grupos, que se han apalancado en una visión doctrinal demasiado conceptual, a veces alejada de la realidad social y pastoral. Desde un minucioso análisis doctrinal y teológico, el Papa no se aparta en nada de la ortodoxia de la Iglesia. Diría que está en la misma línea que Benedicto XVI, y en la línea del Vaticano II. La diferencia no está en el contenido de sus gestos y discursos, sino en el estilo de llevar a cabo su pontificado. Hasta diría que ambos Papas, el emérito y el actual, se complementan, no se oponen. Están en una misma sintonía. Y por muy Papa que uno u otro sean, cada uno tiene su modo especial de ser, que se refleja en su manera de ejercer el papado. Podríamos decir que el Papa Francisco, por su personalidad y su vocación jesuita, tiene una forma de hacer y decir que es propia del talante de esta institución. Su fidelidad al magisterio está probada día a día en sus discursos y predicaciones, muy pedagógicos y con una carga moral y social muy fuerte. Así lo ha vivido en la espiritualidad ignaciana, donde el evangelio se vive teniendo como preferencia a los pobres y los humildes del planeta. Esto no se opone al magisterio de la Iglesia; es más, lleva al límite la Rerum Novarum y la doctrina social de la Iglesia. 

Un Papa que sorprende 


Por ser argentino, jesuita y devoto de San Francisco su estilo arriesgado ante los medios puede parecer muy atrevido, especialmente cuando defiende la libertad de la conciencia y el respeto a los homosexuales, o cuando habla de la Verdad. Sorprende porque el lenguaje que utiliza es muy directo y su forma de hacer rompe con un estilo muy formal que tenía al papado preso en toda una red protocolaria. 

¿Qué nos sorprende del Papa? Su libertad. Su fortaleza. Que esté por encima de las críticas y haga lo que considere adecuado. Pero, sobre todo, nos asombra ese estilo franciscano, su deseo de trabajar con todas sus fuerzas por una Iglesia pobre y enamorada, que renuncia al poder y a la pompa, a la gloria terrena. No teme dialogar con nuestra cultura relativista. No le dan miedo la prensa, la sociedad, los lobbies de presión. No lo detiene la rigidez que ha convertido el evangelio en un formalismo legal y paralizante, dando más importancia al contenido doctrinal que al anuncio de la buena noticia de Jesús, transmitida con parábolas didácticas que ayudan a la gente sencilla a comprender el núcleo de su mensaje. 

La humildad de la fe


En el examen final de nuestras vidas la buena nueva del amor de Dios y su salvación siempre pesará más que los conocimientos. Jesús no nos examinará de la Summa Teologica de santo Tomás de Aquino, ni nos pedirá si hemos leído las Confesiones de san Agustín, ni nos preguntará sobre el argumento ontológico de san Anselmo, ni sobre la teología patrística o los tratados de eclesiología, ni sobre la teología de la Trinidad. En el cielo tenemos a una santa Teresita del Niño Jesús, que rezaba solo con la Biblia, dirigiéndose a Dios con palabras sencillas y confiadas. Su Historia de un alma fue el libro de cabecera del Papa Juan XXIII. Esta joven, sin haber estudiado teología, es hoy doctora de la Iglesia. 

Las preguntas serán: ¿has amado?, ¿has perdonado?, ¿has sido humilde y has trabajado por la paz y la unidad? 

Doctrina y salvación


Cuántas veces caemos en la petulancia de creernos mejores que nadie. Y nos atrevemos a hacer juicios porque no nos gusta lo que dice el Papa y cómo actúa. Nos convertimos en jueces sin medida, porque nos hemos anclado en la ortodoxia doctrinal, paralizante y esclavizadora Y, sobre todo, hemos caído en el error de convertir la figura de Jesús en una idea, lejos de verlo como persona humana. Reducir a Cristo a una entelequia es la anti-teología. Se aleja del tono de oferta salvífica que hay en el núcleo de su mensaje: liberación, misericordia, perdón, alegría, reencuentro, plenitud y promesa de un cielo. 

No estoy diciendo nada que se oponga a la teología de la encarnación y a la teología pascual. Esto es esencial y está en el corazón de la doctrina cristiana. Es verdad que el lenguaje del Papa es diferente, es pastoral y vivencial, y así llega más a la gente, facilitando que entiendan y abracen a Cristo, y se sumen a la labor misionera de la Iglesia. 

Un Papa controvertido 


¿Es el Papa una figura controvertida? Sí, como lo fue Jesús. Para la religiosidad judía y las instituciones de su época, que habían convertido el amor a Dios en un culto a la ley y a los preceptos, Jesús huía del legalismo religioso y venía a hablar de un Dios Padre, lleno de bondad y de misericordia. Claro que este Papa es controvertido, porque no encaja en ciertos modelos asfixiantes que viven la religión como un sistema doctrinal en cuyo centro no está Dios, sino una idea de Dios que se han fabricado para encajarla en su propia espiritualidad, fruto de la tradición, de la ciencia teológica, sin pasión vital por la persona de Jesús de Nazaret. 

En las redes sociales y en diversos medios no dejan de aparecer críticas demoledoras contra el Papa. Censuran sus zapatos, su decisión de permanecer en la casa de Santa Marta, sus discursos, las entrevistas… Cuánto tiempo inútil y perdido en críticas estériles. Lo sorprendente es que estas reacciones beligerantes vienen del corazón de la Iglesia. Y lo triste es que las críticas a veces son despiadadas. ¿Qué les pasa a estas personas? ¿Se creen en posesión absoluta de la verdad? ¿Están cuestionando la asistencia del Espíritu Santo en la elección de los cardenales? ¿No creen que los dos tercios de cardenales que votaron al Papa lo hicieron inspirados por el Espíritu Santo y que si ha salido elegido, aunque rompa nuestros esquemas, quizás es porque será un mayor bien para la Iglesia? ¿Tanto les cuesta entender que quizás en esta coyuntura histórica Francisco es el vicario de Cristo que necesita la Iglesia? 

Creer que el Espíritu Santo se ha equivocado porque no nos gusta el nuevo pontífice es de mucha arrogancia. ¿Hemos dejado de creer en el Espíritu Santo o estamos enfadados con él porque no ha salido nuestra quiniela? 

Miedo al soplo del Espíritu


Nos recluimos en la tradición porque nos da miedo la novedad del soplo del Espíritu Santo, que quiere rejuvenecer la Iglesia desde sus fundamentos. Nos da vértigo un replanteo, no de lo esencial, porque esto no cambia, sino de nuestra forma de transmitirlo. ¿Cómo podemos cuestionar la sabiduría y la oración de setenta padres conciliares, pastores, muchos de ellos al frente de grandes diócesis? Son hombres sabios y preparados, por esto están en el colegio cardenalicio. La Iglesia pasa por aguas turbulentas y necesita de una profunda regeneración. La radicalización y la beligerancia de algunos sectores conducen a la fragmentación y amenazan la unidad y la comunión con el Papa. Algunas tendencias fundamentalistas están idolatrando la tradición y tachan de poco menos que herejes a todos los que no piensan como ellos. Son los nuevos inquisidores de la Iglesia. Si pudieran hacer callar al Papa, lo harían. No lo quemarían en una hoguera, como a Juana de Arco, pero con sus comentarios y mensajes, propagados en los medios y en Internet, están incendiando la Red con la gasolina del orgullo religioso. 

El Papa, pescador y libre


El Papa ha decidido renunciar a la pompa de un emperador romano y ponerse la túnica de un pescador de hombres, que es lo propio de su misión petrina. Ponerse al lado de los pobres, de las prostitutas, de los gays, de los pecadores, de los que sufren, puede que esté muy lejos de la tradición, pero no del evangelio ni del corazón de Jesús. Como jesuita, conoce muy bien el profundo sentido teológico de la cruz. Lo ha vivido en su propia institución. Conoce también el precio de la libertad. Como bien dijo Jesús, no os preocupéis por los que matan el cuerpo, tampoco por los que os calumnian mediáticamente, añadiría yo; la libertad nunca os la matarán, porque es sagrada y es de Dios: él es la suprema libertad y Jesús la encarnación de su libertad. El Papa, como vicario suyo, nunca ha de renunciar a esa libertad preciosa del alma y la conciencia. Al que es libre no le importan los ataques, ya que son fruto del precio a pagar. 

Para mí, el Papa no es un huracán, es una brisa de primavera que ayudará a reverdecer los prados y bosques secos y desérticos del mismo corazón de la Iglesia. Más que pensar en un guerrero que lo quiere cambiar todo, me gusta pensar en él como en un jardinero que quiere embellecer su jardín y está trabajando, con tesón, por una nueva aurora de la Iglesia.

domingo, octubre 13, 2013

Mártires, un revulsivo a una fe acomodada

Mártires. La palabra, en su sentido genuino, significa testimonio. Pero se ha convertido en sinónimo de persona que muere de forma violenta por su fidelidad a un ideal o a una causa.

Mártires cristianos son los que mueren por amor a Cristo, y lo hacen como él, perdonando a quienes los persiguen y matan. La hagiografía nos ha dejado muchas historias impactantes de aquellos primeros siglos del cristianismo. Pero a lo largo de la historia ha habido muchos más mártires, víctimas de guerras, persecuciones y represión ideológica. Hoy en Tarragona han sido beatificados 522 mártires de la fe, que sufrieron muerte por motivos religiosos durante la guerra civil española. Tristemente, muchas personas han utilizado este evento para hacer política. Hay que señalar que la causa de la beatificación nunca es política, sino religiosa. Es un reconocimiento al valor de su fe inquebrantable y al hecho de morir perdonando sin odio. Por tanto, nada más lejos de estos eventos que provocar conflictos políticos y reabrir viejas heridas.

De aquel vigor y entusiasmo, aquella fe, que asume con valentía incluso la persecución y la muerte, ¿qué nos queda? Ni la tortura pudo matar la fe de los mártires. Uno queda sobrecogido de su fortaleza interior. Para ellos Cristo era el fundamento de sus vidas. Sin él la vida carecía de sentido. Cristo era la razón de su existencia, la experiencia que hacía brillar sus ojos. Qué lección de firmeza y de coraje nos dan. Sobre todo, de confianza absoluta en él. Es como si Cristo respirase en ellos: lo tenían tan dentro, que se convirtieron en otros cristos. Nuestro patrón, San Félix, es un buen ejemplo.

Han pasado veinte siglos desde los primeros martirios y el continente europeo, antaño cristianizado, ha entrado en una fase stand by de su fe. ¿Qué nos pasa? Estamos en una época de recesión espiritual. ¿A qué es debido? ¿Qué ha pasado con ese fuego que incendiaba los corazones de aquellos mártires? ¿Dónde está esa pasión de las comunidades primeras? Hemos dejado que las ideologías contrarias a la fe se hayan inoculado, como un virus, en nuestras conciencias, adormeciendo el tesoro de nuestra fe.

Nos hemos acomodado. Hemos entrado en la espiral de la sociedad de consumo, hasta llegar a valorar más lo que se tiene que lo que se es. Los logros científicos y las investigaciones en las diferentes ramas del saber nos han ensoberbecido. Alimentamos un ego idolátrico de sí mismo, bebemos el veneno de la autosuficiencia. Estas ideologías adormecedoras del sentido vital de nuestra fe nos han llevado a seguir un rumbo hacia el abismo. Huimos de todo lo que significa esfuerzo, entrega, renuncia, sacrificio. La crisis del sistema económico liberal no es otra cosa que la consecuencia de una fragmentación profunda del hombre. Cuando renuncia a su propia naturaleza, ligada a lo trascendente, pierde toda referencia ética y genera situaciones contradictorias: ha perdido parte de su esencia como ser humano y está a merced de sus caprichos. Gradualmente pierde su libertad, hasta desintegrarse su ser más íntimo y convertirse en esclavo de modas, ideologías y de su propia vanagloria. Todo se relativiza: la familia, la moral… Nada es para siempre. Se pierde el valor del compromiso, de la fidelidad y, sin darnos cuenta, en aras a una libertad ideológica y ficticia, nos convertimos en esclavos de las dictaduras que nos envuelven en una situación de seudo-bienestar y seudo-libertad que amputan lo esencial de nuestra dignidad.

¿Cómo vivimos nuestra fe dos mil años después?


No nos excusemos en una sutil persecución ideológica, ni en la crítica feroz a la Iglesia por parte de aquellas corrientes hostiles a la fe cristiana, o en el auge de otras formas de vivir la espiritualidad, según diversas filosofías que hay detrás. Cuando Jesús pregunta a sus discípulos ¿quién dice la gente que soy yo?, aquí está la clave. ¿Quién es hoy, para nosotros, Jesús? ¿Es alguien capaz de hacernos vibrar, produciendo en nosotros una profunda transformación? Jesús cambió radicalmente la vida de aquellos sencillos galileos. ¿Qué les ocurrió, que el encuentro con Jesús los impactó de tal manera? ¿Qué pasó en sus corazones, que lo dejaron todo e iniciaron una aventura apasionante y desconocida para ellos, sin importarles el riesgo ni el mañana? Fue una locura, que ocurre cuando uno queda atrapado por un amor desbordante.

Si no nos volvemos a enamorar de Cristo no podremos revitalizar la Iglesia. Ya estamos dentro de ella. ¿Qué nos pasa? No la convirtamos en un ataúd, sino en una casa abierta, rebosante de vida. Para ello hemos de abrir nuestro corazón y dejarnos interpelar por Jesús. Él ya está con nosotros, jamás nos ha abandonado. ¿Hasta cuándo nosotros seguiremos alejados de él, acomodados en una fe que se limita a cumplir preceptos y añorar tiempos mejores? Creamos, de verdad, que está vivo y que nos llama, cada día.

domingo, octubre 06, 2013

Abrazando un nuevo proyecto pastoral

Empezamos el curso parroquial, con fuerza, renovados, empujados por la brisa de creatividad y libertad del Papa Francisco. Está marcando un estilo nuevo de ejercer el papado, con el entusiasmo y la fuerza de saber que se deja llevar por el soplo del Espíritu Santo. Sin temer a nada ni a nadie, sabiendo que lo único que le mueve es el anuncio gozoso de un Dios que se revela al hombre de hoy.

Deseo que nuestra parroquia se deje llevar también por ese aire nuevo que sopla en la Iglesia. Y, en sintonía con el Francisco, no solo el rector, el consejo pastoral y aquellos que colaboran en alguna tarea pastoral, sino todos los que participamos en la eucaristía, nos hagamos eco de este impulso de renovación de la Iglesia. Esto pasa por revisar a fondo la autenticidad de nuestro compromiso cristiano, que tiene como culmen el misterio de la eucaristía, expresión infinita del amor de Dios.

En el centro de un nuevo proyecto pastoral ha de estar el anuncio de la buena nueva del evangelio. Yo quisiera que cada uno de los que estamos aquí nos sintamos corresponsables de este proyecto, que afecta a nuestra vida entera. Por tanto, empezando por el rector y pasando por cada uno de nosotros, os invito a sumergiros en esta misión. Todos somos agentes de la pastoral, a la que la Iglesia nos llama. Nuestra vida cristiana no puede reducirse a cumplir el precepto dominical, hemos de ser cristianos contentos de vivir el don de nuestra fe. Queremos contagiar nuestra vivencia de Cristo. El ardor del fuego del Espíritu nos sostiene y Jesús resucitado vive en nosotros. Los que viven a nuestro alrededor deben verlo, hemos de irradiar a Cristo. Desde la experiencia íntima con él seremos fuego de su amor y haremos posible una Iglesia viva.

San Pedro habla de saber dar razón de nuestra esperanza. Cuando atravesamos la reja de la parroquia, cruzamos el vestíbulo y nos sumergimos en la eucaristía, seamos conscientes de que tomamos a Cristo con nuestras manos: él nos llena, vivamos esta experiencia de auténtico encuentro. Desde ese momento, con él dentro, nos  convertimos en otros cristos. Junto con él, cada uno en su ámbito, está llamado a ser apóstol entusiasta. Todo el trabajo pastoral surge de este encuentro.

Hagamos un pacto, desde nuestra comunidad, para contribuir al anuncio y la misión de la Iglesia. Si Cristo está en el centro de nuestra vida, la parroquia será la continuidad de su presencia. Pero si la parroquia se reduce a un lugar de recepción del sacramento, si no profundizamos en la palabra de Dios, en el compromiso evangelizador, en el anuncio gozoso de Cristo resucitado, nos quedaremos encerrados en una religión del mero rito, que no cambia nada.

Hemos de dar un paso más y hacer el esfuerzo de encontrar un espacio en medio de nuestras tareas profesionales y familiares. ¿Seremos capaces de encontrar un lugar para Cristo en nuestra vida? Pido a Dios por vosotros, para que tengáis la valentía de decir sí a Dios y convertiros en testimonios auténticos de su presencia. Sois la punta de lanza de la evangelización en el proyecto pastoral. Tenéis una misión: anunciar la experiencia de un Dios que se nos revela como Amor.

En cada eucaristía nos estamos anticipando al cielo. La misa es más que un precepto: es una fiesta, una vivencia sublime de amor. Hagamos que otros puedan vivir esta experiencia. Convirtámonos, todos, en misioneros de este amor que nunca pasa.

domingo, septiembre 08, 2013

El cuerpo, lugar sagrado de la encarnación

¿Qué implica asumir y entender la encarnación de Dios en Jesús de Nazaret? Para entender la humanidad de Cristo hemos de dejar aparte ciertos prejuicios morales, causados por una línea de pensamiento platónico y puritano que ha llevado a un reduccionismo herético, llamado docetismo. Este afirma que la corporeidad de Cristo es una excusa, un simple medio para encarnarse porque no hay otra manera. El cuerpo es solo un vehículo para que la divinidad venga a la tierra. Por tanto, la humanidad de Cristo y su corporeidad no tienen ningún valor.

¿No creéis que, en el fondo, nos asusta pensar cómo Dios pudo hacerse hombre, con lo que esto implica: su biología, su fisiología, su sexualidad? Nos da vértigo asumir a un Dios hecho humano, sexuado, sujeto a necesidades fisiológicas y emocionales. Nos parece que Jesús es menos Dios porque come, ríe o se enfada, porque se cansa, siente angustia y tiene preferencias ante la elección de sus amigos, o porque habla con mujeres pecadoras. Nos espanta ver a un Dios hecho hombre, tan libre que no se somete a las normas morales y religiosas de su cultura judía. Nos asusta verlo tan humano, tan desnudo de prejuicios. No entendemos que Dios sude, que le salga barba, que juegue con los niños o que se detenga a conversar con una mujer samaritana. Preferimos a un Jesús delicado, andrógino, que marque distancia para no exponerse a ciertas tentaciones. Preferimos al Cristo de la estampita, risueño, ingenuo, con la mirada perdida en algún ensueño místico, iluminado, como aparece en ciertas películas. Estamos negando el núcleo esencial de la teología de la encarnación.

Así es como hemos reducido a nuestras categorías puritanas la imagen de Cristo, porque nos abruma verlo tan normal y tan masculino. No acabamos de entender que lo novedoso y revolucionario en la teología cristiana es que Dios se hizo hombre en Jesús, y que este hombre, Jesús, es Dios. Este es el misterio más apasionante de la revelación: Dios, por amor al hombre, se hace hombre. Y sólo así puede mirarnos, seducirnos, amarnos e invitarnos a ir con él. Por eso la Iglesia sigue formando parte del mismo misterio. O asume la humanidad de Cristo o no podrá establecer un diálogo con el hombre de hoy.

Pero no solo la Iglesia ha de ser experta en humanidad. El mismo sacerdote, en cuanto que forma parte de la vida de Jesús, ha de participar de su libertad y ha de aprender a encarnarse en el mundo, como él lo hizo. Y es que el sacerdote, en la medida que participa en la comunión con Jesús, ha de asumir en profundidad que él también es hombre, con todas sus consecuencias, y sujeto también a las leyes físicas, biológicas y psicológicas. No puede renunciar a su ser hombre, porque esta es su naturaleza y ha sido creado por Dios de esta manera: humano, mortal, con limitaciones. Cuando sublima su sexualidad por amor y entrega, está ejerciendo un profundo acto de libertad.

Cuántas corrientes puritanas quieren convertir al sacerdote en un icono intocable, cuanto más pulido, mejor; imberbe, asexuado, distante. Preferimos verlo así, cándido como la imagen de una estampa beatífica. Encasillamos al sacerdote para evitar que sea demasiado humano y nos asusta verlo sin clergyman, sin afeitar, vestido como los demás. Nos asusta que se mezcle con ciertas gentes o que vista de cierta manera. Preferimos un frío formalismo a la sinceridad de un sacerdote que lucha día a día por ser fiel a la grandeza de su don, aunque se equivoque. Pero el Papa Francisco avisó: prefiero vuestros errores y equivocaciones, cuando intentáis hacer el bien, antes que un legalismo clerical y paralizante. Un sacerdote no lo es menos por no llevar alzacuello, como tampoco el que lo lleva es más digno por el hecho de llevarlo.

No nos dejemos impresionar por las apariencias. Detrás de un clergyman o una sotana puede esconderse un terrible orgullo, que tape muchas carencias. Pero también he conocido a sacerdotes muy santos que llevan alzacuellos, y a otros que no lo llevan y que son orgullosos y petulantes, que venden marca de “progres” y ocultan bajo su aspecto informal un ego altivo y arrogante. No se trata tanto de llevarlo o no, sino de vivir con auténtica pasión y libertad el sacerdocio. Tras las apariencias y la vestimenta, se trata de descubrir y reconocer la bondad y el deseo de santidad que hay en el cura. Hemos de aprender a mirar a los ojos y descubrir el brillo de su alma. Dejemos a un lado los prejuicios morales y doctrinales para descubrir el tesoro de Cristo que hay en cada sacerdote.

No olvidemos que lo valioso de Cristo, además de su divinidad, es su riqueza en humanidad. 

jueves, agosto 15, 2013

Riesgos de la clericalización de los laicos

Juan Pablo II decía que por el mero hecho de ir a misa nadie tenía asegurado el cielo. Porque lo que es nuclear en la fe no son los ritos, ni las prácticas litúrgicas, sino el amor, la caridad. No digo que la devoción y las celebraciones pierdan su sentido, sino que desde la caridad la liturgia adquiere un brillo especial, porque es fruto de ella. Desde el amor nace una manera diferente de relacionarnos con Dios: todo es expresión de amor. Cuando desvinculamos liturgia y amor convertimos nuestra relación con Dios en un rito vacío.

Ante las exigencias de radicalismo en las formas Jesús fue contundente. De ahí surge buena parte de su controversia con los fariseos. Hoy vemos que hay movimientos religiosos con ribetes ultraconservadores que se erigen en jueces, criticando y señalando todo aquello que no encaja con sus concepciones ideológicas y religiosas, llegando al desprecio de aquel que es diferente porque no comulga con sus postulados. Estos grupos crecen con un sentido de posesión absoluta de la verdad y se consideran mejores, como aquel fariseo del pasaje evangélico: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias…» (Lucas 18, 9-14).

Olvidan aquel otro pasaje, donde Jesús afirma que «El que no está contra nosotros, está por nosotros» (Marcos 9, 38-43). Lo hace ante la indignación de Juan, que ve cómo uno de fuera de su grupo expulsa demonios en nombre de su maestro. El mismo Jesús previene contra la cerrazón de sus propios discípulos.

Cuántos laicos, llevados de sus prejuicios, se ponen nerviosos ante algunos sacerdotes por su forma de predicar, celebrar o incluso de vestir, por no llevar clergyman o casulla al celebrar misa. Se escudan en las normas litúrgicas y en la rúbrica. Pero ¿qué es más importante, la celebración y lo que significa o el perfil concreto del sacerdote? ¿No es más importante la eucaristía en sí misma, con todo el misterio que expresa y revive?

Sin dejar de cuidar la belleza y la dignidad, los aspectos formales de la liturgia no lo son todo. Si fuera así, convertiríamos a los sacerdotes en funcionarios de culto, no en mediadores de un acto sublime de entrega y amor. Cuántas veces se produce una desconexión entre el celebrante y el pueblo de Dios. Si el presbítero se convierte en un actor sobre un escenario, la ceremonia acaba siendo teatro. En cambio, cuando se vuelca todo él en la celebración, la voz, la mirada, el tono, la profundidad y el entusiasmo afloran por sí solos.

Si no se logra establecer una comunicación con los demás, si no se logra inquietar y mover el corazón de los que asisten, estos pierden el sentido originario y nuclear de la celebración. Lo irrenunciable, en la eucaristía, es despertar la vivencia comunitaria, en todos los asistentes, y revivir la experiencia de ser amados, redimidos y visitados por el mismo Dios, hecho carne, que se nos da. La misa ha de ser una fiesta. Benedicto XVI explica que Jesús instituye la eucaristía no en un marco oficial, que sería el templo o la sinagoga, sino en la sala de una casa, durante una cena. Y en esa liturgia nueva no hay sacrificio de animales ni ofrendas: es él mismo quien se entrega. Él es el sacrificio y la ofrenda es su propia vida.

Formar parte del estado clerical no significa necesariamente ser mejor persona ni más santo, por el hecho de recibir el don del sacerdocio. Aunque al presbítero se le supone implícito el deseo de santidad, no siempre es así. Si el sacerdote, con casulla o sin casulla, no logra adherirse a Cristo en la eucaristía; si de él no sale un deseo ferviente de ser mejor, de nada sirve la perfección formal.
Yo me pregunto si no habremos convertido la misa en un rito repetitivo, que forma parte de una cultura religiosa rutinaria. ¿Nos transforma y nos aumenta el deseo de santidad o simplemente nos tranquiliza porque hemos cumplido un precepto?

La Iglesia, con su diversidad de carismas, me hace querer y aceptar a los que son diferentes a mí.

El misterio de la encarnación


Lo esencial del misterio de la encarnación es que Dios se hace hombre. No se encarna en una estructura política ni religiosa, sino en una persona. La encarnación corporal de Cristo se da con todas sus consecuencias; negar esto es negar su humanidad, una herejía.

La Iglesia se ha ido adaptando a las estructuras sociales, culturales y políticas de cada época para que el evangelio llegue a todo el mundo, y así lo ha ido haciendo a lo largo de veinte siglos. Más allá de los factores culturales o ideológicos, su pedagogía está en función del interlocutor. Dios no se encarna en una casta concreta, ni se encasilla en una estructura ni en un grupo de la sociedad judía. Dios se encarna en un hombre libre que tendrá que asumir el conflicto con la religión oficial de su tierra. Jesús rompe todos los esquemas: la gente del pueblo sencillo lo quiere y lo sigue; no así las élites religiosas y políticas. Para ellos resulta incómodo, pues no encaja en ningún perfil y cuestiona sus principios, por eso constantemente lo ponen a prueba.

Jesús enseñó una nueva forma de relacionarnos con Dios, sin doctrina formal, sin dogmas. Su lenguaje era sencillo y pedagógico. No iba de intelectual ni de doctrinario. Su anuncio de la buena nueva fue en clave de oferta salvífica. Hoy, Jesús no se habría dejado apresar por el rigorismo litúrgico, ni por la vestimenta corporativa, ni por una cierta forma de hacer.

Jesús no es solo de los curas, ni de los laicos clericalizados, ni tampoco de los que nos sentimos católicos. Jesús es de todos, de toda persona que se abre y que lo busca sinceramente. Nadie tiene la exclusiva de Jesús, y menos aún los que piensan que fuera de su comunidad y su forma de entender la fe no hay salvación.

Ni siquiera la teología puede encorsetar a Cristo en sus esquemas doctrinales. La encarnación es tan misteriosa, tan grande, que no podemos convertirla en una idea que encaje con nuestras propias razones. El Espíritu Santo escapa a reducir la libertad del Padre y del Hijo a entelequias. Cristo es una persona y solo con una persona se puede establecer un diálogo profundo, entre un yo y un tú que lo trasciende todo.

domingo, julio 07, 2013

Sin ti y contigo

Sin ti

Sin ti el cielo se oscurece. El azul luminoso se torna gris. Las estrellas se apagan y la brisa deja de susurrar. Sin ti la luna se difumina en el firmamento. Todo pierde su esplendor. Sin ti el sol deja de calentar; todo se vuelve gélido. Sin ti el azul del mar deja de ser bello. Las gaviotas ya no vuelan, los pájaros no cantan y los árboles dejan de jugar con el viento. 

El silencio, en tu ausencia, deja de sonar como una melodía. Sin ti toda palabra es vacío, todo sonido es hueco y toda voz dice nada. Sin ti se apaga el brillo interior y los niños no ríen. Los jóvenes flirtean con el amor, los adultos se cansan de amar y los ancianos dejan de tener esperanza. 
Sin ti un hogar se convierte en una casa solitaria. Los otros son cargas pesadas, el trabajo se convierte en esclavitud y deja de tener una dimensión trascendente. Sin ti, se pierde el fuerte vínculo con los demás. Sin ti todos los que sufren, enfermos y ancianos, son despojos y no personas dignas. 

Sin ti la fe es oscuridad, la esperanza es una ilusión y el amor una mentira, un sueño imposible. La existencia adquiere un sabor amargo. Sin ti la inteligencia es soberbia, la ciencia es orgullo, el saber pedantería y el conocimiento egolatría. Sin ti la creatividad es especulación y no arte. Sin ti el hombre es mota de polvo, condenado al vértigo de la muerte. Sin ti el hombre se esclaviza a sí mismo. 

Sin ti la alegría se vuelve ironía. Si ti, un beso es un gesto más, que no da color y emoción a la vida. La paz pierde su fundamento. La vida ya no corre como aguas cristalinas y se precipita hacia el vacío. Sin ti la vida se convierte en una tragedia. 

Sin ti mis anhelos son utopías inalcanzables. Sin ti mis ojos no ven, mis oídos no oyen, mi paladar no saborea y el tacto se vuelve insensible; el olfato no huele el perfume de tu Creación. Sin ti nada tiene sentido: la vida es un despeñarse hacia el abismo, un lienzo negro y amorfo. 

Sin ti no soy nadie. 

Sin ti la Iglesia es una estructura y la eucaristía tan solo un rito. El pan no alimenta y el vino no purifica. Tus palabras son letras vacías de contenido y la fraternidad es un mero gesto filantrópico. 

Sin ti el sacerdocio es un ejercicio funcionarial. Tu muerte aparece como un fracaso, una locura absurda, un un final insensato y estéril. 

Sin ti el hombre busca otros dioses. Un hombre sin fe corre el riesgo de convertirse en un semidiós, que cree poseer todas las respuestas en su interior y en el mundo de las ciencias, y no en una realidad trascendente que va más allá de sí mismo. 

Y contigo

Contigo todo amanece, todo es nuevo. Contigo todo se vigoriza, se hace entrañable y asombroso. La vida estalla, la oscuridad se torna luz. Contigo todo adquiere una belleza singular. El sol brilla con toda su fuerza sobre el mar en calma. La creación resplandece. 

Contigo mis pulmones se llenan del soplo del amor ... Contigo todo el firmamento está lleno de belleza. El gris del cielo se torna transparente, la oscura noche da paso al estallido multicolor del nuevo día.

Contigo la fe adquiere sentido, la esperanza es camino y el amor se encarna en el mundo. Contigo la inteligencia se vuelve sabiduría, la palabra es vida y el conocimiento es iluminado por la verdad. 

Contigo la vida deja de ser una tragedia y se convierte en una bella historia de amor. El dolor se hace redentor, la muerte deja de ser un fin para ser un paso. Desaparece el absurdo, el vacío existencial, la nada. Tú lo llenas todo y todo lo haces fecundo. 

Contigo la Iglesia es un cuerpo vivo, y la eucaristía una fiesta, antesala del cielo. El pan y el vino nos dan vida perdurable, la palabra nos espolea y la caridad brota naturalmente. Contigo el sacerdocio es vocación, es entrega, es don. Y tu muerte ya no es un fracaso, sino una victoria fecunda. 

Contigo el hombre aprende que no es un dios, pero descubre la grandeza de ser humano y amado por ti. 

lunes, junio 03, 2013

Corpus, misterio de amor hecho pan



Hoy quiero darte gracias, Señor, porque has hecho de tu entrega y sacrificio en la cruz nuestra libertad y redención.

Te damos gracias porque después de encarnarte en tu Hijo, Jesús, quisiste permanecer para siempre con nosotros, en el sagrario. Te damos gracias porque tu vida hecha sacramento se convierte para nosotros en lluvia de gracia sobre gracia. Te damos gracias porque la eucaristía no solo es recuerdo y memoria, sino actualización viva y constante de tu presencia real.

Te damos gracias porque tu Santa Hostia se convierte en alimento y es vida para aquellos que te seguimos y hemos entendido que la celebración eucarística es la cumbre y centro de nuestra existencia. Es la razón de nuestra esperanza, el sentido de nuestra vida. La caridad y la fe nos ayudan a centrar la vida en ti y nos conducen a la plenitud.

Te damos gracias cada vez que te tomamos, porque un rayo de eternidad penetra en nuestro corazón y nos anticipa el encuentro definitivo en el cielo. Te damos gracias porque asumiste tu dolor en la cruz. Con tu cuerpo desgarrado y tu sangre derramada por amor nos salvaste de las sombras del pecado y te has convertido en sacramento de vida. Abriéndonos tus brazos y reconciliándonos con Dios nos diste la oportunidad de empezar de nuevo.

Te damos gracias porque, a pesar de que nos sentimos limitados y débiles, tu pan bendito nos da las fuerzas necesarias para tirar adelante. Al sufriente lo conviertes en otra presencia tuya, que nunca se rinde porque sabe que estás con él.

Te damos gracias por los sacerdotes que consagraste a ti, que te bendicen y reparten con sus manos tu cuerpo y tu sangre.

Te damos gracias porque los sacerdotes, en la mesa del sacrificio, no solo consagran el pan y el vino, sino que actúan en tu lugar, convirtiéndose por la gracia del Espíritu Santo en presencia real tuya, actualizando tu memoria y tu entrega.

Gracias por el don del sacerdocio, sin él no habría eucaristía. No tendríamos la oportunidad de tomarte ni tener la experiencia sublime de tu donación.

Gracias por la Iglesia, tu pueblo universal, fiel, que consagraste para asistir y participar del gran milagro de tu entrega.

Te damos gracias desde la comunidad de San Félix, pequeño rebaño tuyo, porque nos quieres y cada semana podemos celebrar tu resurrección. Se abre la puerta de tu sagrario, tu tabernáculo aquí en la tierra, para que podamos saborear la plenitud del encuentro contigo en el cielo. Gracias porque inundas nuestro corazón de un amor inconmensurable. Cada domingo somos testigos de este gesto silencioso pero auténtico y real.

Gracias, Jesús, porque ya no solo decides quedarte en el sagrario para que podamos contemplarte en adoración, sino que deseas que nuestro propio cuerpo se convierta en sagrario, en custodia, y permaneces siempre en nosotros.

Gracias porque cuando te tomamos pasas a formar parte de nuestra vida, de nuestra sangre, de nuestro ADN.

Contigo tenemos la misma fuerza de Dios adentro, una energía espiritual que nunca se acaba. Contigo tenemos la vida en mayúsculas, aquí en la Tierra. Y esto nos da fuerza y entusiasmo para vivirla con auténtica pasión.

1 junio 2013
Fiesta del Corpus Christi

domingo, mayo 12, 2013

Dios en manos de los niños


Mayo es el mes de las comuniones. Después de una etapa de formación catequética, muchos niños reciben por primera vez a Jesús sacramentado. Los niños esperan expectantes ese momento crucial en su vida. Si han entendido, después de la catequesis, algo de ese misterio, si cierran los ojos y tienen una actitud de recogimiento y gratitud por este don, sabrán que lo que cogen con sus manos es el mismo Cristo. En su alma entra la vida de Dios. Por eso considero que los padres han de ser muy conscientes de lo que está ocurriendo en ese momento: por la inmensa generosidad de Dios, se inicia una nueva relación del niño con Él.

La religiosidad innata del niño

Los niños están abiertos a la trascendencia. Aunque no alcancen a comprender del todo este misterio, pueden atisbar la presencia de Dios. Los padres han de facilitar a sus hijos un espacio para la oración, para ir cultivando su amistad con Jesús, el amigo que pasa a formar parte de su historia.

Tan importante como la salud, el crecimiento intelectual y emocional, así como su socialización y el ejercicio de su libertad, es la dimensión religiosa del niño, que también debe ser educada, pues es un elemento vertebrador de su madurez humana y espiritual. Cuerpo, mente y espíritu han de estar integrados. Hay que encontrar el equilibrio educativo que ayude al niño a descubrir el sentido de su vida y su futuro. No olvidemos que los niños, desde su curiosidad innata, llegan a preguntarse por el hecho religioso. Quieren saber el por qué de todo. En las sesiones de catequesis muestran hambre de respuestas sobre Dios. Podemos hablar de una auténtica religiosidad infantil. De ahí la importancia de que los padres se conviertan en los primeros catequistas de sus hijos. Desde que nace el niño, su vida religiosa está en manos de sus padres, igual que los demás aspectos de la educación. Tendrán que velar de manera especial por ella, ya que les ayudará a alcanzar la armonía y la plenitud.

Después del gran día

Después de la celebración, uno no puede evitar reflexionar sobre el auténtico efecto que ha producido, tanto en los niños como en sus padres y en la comunidad. Y siempre escuchamos estos comentarios: en un día tan bello, ¿han entendido realmente lo que ocurre en la eucaristía? Los catequistas han realizado un gran esfuerzo, sabiendo que la catequesis a menudo ha de compaginarse con otras actividades que ocupan el tiempo de los niños. El sacerdote ha empleado su creatividad para predicar de una forma pedagógica y hacer dinámica la celebración. Después de todo el esmero por embellecer el templo, preparar la liturgia, los cantos, las lecturas..., ¿qué vemos? Nos quedamos desconcertados y entristecidos cuando constatamos que la mayoría de los niños y sus familias no vuelven al siguiente domingo. Los que siguen viniendo lo hacen en un porcentaje muy bajo.

¿Qué ocurre? ¿Hay algo que no estamos haciendo bien?

La acogida de la parroquia, las continuas reuniones con los padres, el gasto en regalos, flores, vestidos, fotógrafo... Un gran esfuerzo se ha invertido para que, al día siguiente, la fuerza del milagro quede diluida. Queda solo el recuerdo de ese día, como una gran puesta en escena.

¿Entienden los padres que recibir la comunión es un gesto que debería marcar la vida del niño? ¿Que sus hijos están recibiendo algo sagrado, a Alguien que es el mismo Dios? Su presencia debería despertar en ellos una actitud de profunda adoración: ¡están acogiendo al mismo Cristo en sus manos! ¿Lo toman conscientes y saben que esa forma sagrada es anticipo de la eternidad? ¿Comprenden los padres que tomar a Jesús significa formar parte de su familia, y que los vincula con el resto de la Iglesia? ¿Saben que ese día de la primera comunión se inicia una hermosa amistad con Jesús, el amigo que se incorpora a sus vidas? ¿Saben que esa hostia santa que toman es expresión de un amor sin límites? ¿Se dan cuenta de que tomarlo es hacerlo vida de su vida?

Si deciden que sus hijos hagan la comunión han de ser conscientes de que están entrando en la esfera de lo trascendente y el niño irá respirando esa profundidad en la medida en que se le facilite el marco adecuado para descubrir, poco a poco, lo que significa mirar, contemplar, acoger y alimentarse de lo único que dará sentido a su vida.

Si no es así, ¿qué estamos haciendo? Teatro, una exhibición de niños, un rito cultural vacío de sentido. La estética y el romanticismo de la celebración son superficiales: vestidos, flores, fotografías, regalos... Todo constituye un evento social y familiar donde el niño es protagonista. ¿Qué estamos haciendo? Convertir lo sagrado en un acto social, una puesta de largo. Desacralizar una celebración sacramental y reducirla a lo meramente estético y humano, despojándola de su genuino sentido religioso.

¿En cuántos niños quedará olvidado Jesús, arrinconado en sus tiernos corazones? No podemos sacar a Jesús del sagrario si no es para llevarlo a otro sagrario: el corazón de un niño que quiere acogerlo y seguir custodiándolo para siempre en su interior.

Una triste contradicción

Los niños, que tienen el alma limpia, sí que se enamoran de Dios. Sienten fascinación por la figura de Jesús. Preguntan, les gusta escuchar las historias bíblicas y se entusiasman con los grandes personajes: Abraham, Jacob, Moisés... Les apasionan sus aventuras, su valor y sus gestas. Están atentos a la historia sagrada y en especial les impresiona el mensaje que se desprende de estos relatos. A Dios le es muy fácil conquistar a un niño. Los niños quieren ser buenos como Jesús, y sus corazones laten ante la belleza de un Dios que ama a la humanidad y desea su felicidad, aunque su búsqueda sea una aventura arriesgada. Los niños son asombrosos. Contestan a las preguntas de las catequistas con respuestas de teólogo y el catequista descubre que Dios también le habla a través de la voz de un niño.

Pero, al día siguiente de este primer encuentro con Jesús, todo se desvanece. Todo lo que han aprendido se va diluyendo en su corazón, y acaban por olvidar a aquel amigo que descubrieron en la catequesis. ¿Pueden los padres apagar este profundo sentimiento religioso que ha nacido en el niño? ¿Pueden, inconscientemente, enterrar la historia de un Dios que hizo brillar como nunca sus ojos? ¿No es una contradicción llevar a los niños hasta la puerta del cielo para luego apartarlos y alejarlos de él? El sentimiento interno que queda es de desconcierto. Le hemos ofrecido al niño el mejor regalo, lo han tenido en sus manos, hemos querido eternizar en una fotografía ese momento pero, después, solo queda el vacío de un rito desprovisto de sentido.

Los padres se preocupan por los detalles: les gusta recrearse en los aspectos estéticos de la celebración. Quizás no cuidan tanto lo que ocurre en el interior de los niños, cómo lo reciben, qué sienten, qué piensan cuando Jesús, suave y delicadamente, entra en ellos. Pero estas cosas no pueden verse en las fotos ni en los videos.

Aunque invisible, la presencia de Jesús es real y solo se puede ver desde los ojos de la fe, desde la retina del alma. El gran protagonista de ese día no son los niños únicamente, sino esa presencia callada, discreta, pero tan cierta, que somos incapaces de saborear porque estamos absolutamente despistados, cuidando solo de las apariencias externas y de lo que ocurre alrededor, olvidando lo central. Nos quedamos en lo superficial del acto sin ahondar en su misterio. Todo el brillo de la ceremonia pasa como un flechazo, como el disparo de un flash que en décimas de segundo desaparece.

La comunidad que acoge

Los padres han de ser conscientes de que llevar a sus hijos a la iglesia y prepararlos para la comunión significa que, desde el primer momento, forman parte de la comunidad parroquial. Son miembros de la familia de seguidores de Jesús. La comunión no tiene sentido sin una progresiva vinculación a la Iglesia. La recepción de la eucaristía es un momento importante, necesario para seguir vinculados y creciendo dentro de la comunidad. Pero no es la meta definitiva.

Hay otro sacramento, el de la confirmación, que acaba de integrar a los jóvenes plenamente en la comunidad cristiana. Si en el horizonte de la comunión no está la confirmación y el deseo explícito del niño y su familia de continuar vinculados a la Iglesia, no hemos entendido lo que significa recibir la primera comunión. Es como si después de una declaración de amor, los novios, al día siguiente, se dejaran de ver. No tiene sentido, después de un primer abrazo, alejarse y que no haya más encuentros.

Abrigo una esperanza

Pero quiero creer que, finalmente, si Cristo entra en el corazón del niño, aunque se intente arrinconarlo, nadie podrá sacarlo de allí. Porque cuando él entra en nosotros permanece como un fuego que ningún hielo podrá apagar. Él arde en nosotros con su llamarada y quizás algún día, no sabemos cuándo, misteriosamente, se reanudará ese encuentro, esa amistad con él. Y sentiremos una profunda complicidad. La amistad, si es verdadera, nunca se extingue por mucho tiempo que pase. Dios tiene la capacidad de hacer florecer esa historia de amor que un día empezó. Solo Él conoce el camino de retorno.

Pido a los padres que no apaguen ese sentido de religiosidad que está en el propio ADN del niño y que lo permitan crecer, hasta la madurez de su vocación cristiana.

Joaquín Iglesias
7 mayo 2013

viernes, marzo 29, 2013

Ante la cruz



La imagen del hombre en la cruz expresa un terrible sufrimiento. Es una visión desgarradora que conmueve y que sitúa al que lo vive al límite de un dolor inhumano, cuando hasta para el gemido fallan las fuerzas y el cuerpo queda paralizado.

Morir en la cruz era el castigo al que los romanos sometían, como escarmiento, a todos los insurgentes condenados. Era terrible y escandaloso. El reo, colgado en el madero y atravesados sus pies y brazos por gruesos clavos, agonizaba en medio de terribles padecimientos hasta su muerte. Si tardaba en morir, se le quebraban las piernas. Sus pulmones, oprimidos por el esternón, perdían la capacidad de respirar y, finalmente, el hombre moría ahogado.

Lo más terrible es que este que vemos colgado en una cruz era un hombre bueno, sencillo y solidario con los pobres. Pasó por el mundo trayendo un mensaje revolucionario en cuyo centro estaban el amor, la misericordia, el perdón, la humildad y la justicia. En esa cruz, sobre el Gólgota, colgaba el mismo hijo de Dios, Cristo.

Uno se pregunta cómo el gobernador romano, los sacerdotes, los escribas y los fariseos pudieron llevar a la muerte a un hombre justo, convirtiéndolo en la imagen del siervo sufriente que habían anunciado los profetas. Un hombre, bueno y santo, moría en medio de un martirio insoportable, tras una larga agonía, lanzando un grito escalofriante que hizo oscurecer el cielo y desatarse la tormenta. Unos amigos piadosos le dieron sepultura, en discreto silencio, bajo el cielo borrascoso. Bajo la roca yació el cuerpo del justo muerto injustamente.

¿Qué le han hecho los hombres al Hijo de Dios? ¿Qué le continuamos haciendo, hoy, cada día? Si no abrimos nuestro corazón a su ternura, lo estamos ignorando. Si nos cerramos a su amor, estamos clavándole una espina. Cada paso que nos aleja de él es una bofetada a su rostro, un azote a su espalda.

¿Podemos mirarle a los ojos, abatido y sufriendo en la cruz? ¿No nos abruma su visión? ¿No se nos acelera el corazón cuando fijamos la mirada en su rostro sufriente? ¿No nos conmueve la terrible fragilidad de un Dios que por liberarnos aceptó soportar el peor de los suplicios? ¿No nos duele la brutalidad del martirio? ¿No se nos encoge el alma ante tanto dolor?

Ver la misma bondad clavada en una cruz no puede dejarnos indiferentes. Cada vez que paso ante el crucifijo y lo miro, respiro hondo, como queriendo darle el aire que le falta, y un murmullo de impotencia me sale del corazón. Me pregunto, una y otra vez: ¿cómo te pudieron hacer esto?, y me quedo esperando una contestación, una respuesta que quizás surgirá dentro de mí.

A la vez, brota un grito interior: quiero sublevarme ante tal injusticia. Pero tú decidiste callar ante Pilatos. Todo estaba cumplido, no valía la pena decir más. Ya lo habías dicho todo, en tus predicaciones y, en especial, los últimos días antes de tu apresamiento. Pero tu silencio era más penetrante que las palabras, quizás porque todavía querías convertir, salvar, conquistar un alma para Dios. Quizás porque la cruz solo fue un paréntesis, un paso necesario que vaticinaba algo nuevo.

Verte cada día en la cruz me hace bien, porque tú mismo ya eres el anuncio de tu misericordia infinita; porque tu amor restaura todo mi ser y anuncia un encuentro glorioso. Me hace bien porque tu dolor me recuerda que asumiste la cruz con libertad, para que nadie más tuviera que sufrir inútilmente. Tu dolor hace que nunca me olvide de todos aquellos que sufren a lo largo del planeta: niños, mujeres, enfermos, ancianos abandonados… Cada vez que te miro, pienso que en algún lugar alguien está sufriendo cruelmente, sin defensa, luchando por mantener su dignidad. Tu cruz es un aviso para que no me olvide de los que padecen y quiera convertirme en bálsamo que nutre el corazón desgarrado de tantas personas que han perdido la luz en su horizonte.

Ayúdame a no apartar nunca la mirada de ti. Ayúdame a descubrir que tu muerte no ha sido en vano. Te pido que sepamos ir más allá de la imagen de tu rostro sangrante y podamos mirarte a los ojos. Porque solo así, en el cruce de miradas, encontraremos una respuesta.


Cuando abro las puertas del vestíbulo para entrar en el templo, al fondo contemplo el sagrario. Allí estás, para siempre, porque no nos has querido dejar huérfanos. Allí estás, vivo en el pan eucarístico. De la muerte en cruz pasaste a la vida. Y ahora tu casa está en el sagrario, custodiado por dos llamas que flanquean tu hogar, indicando que allí estás, esperándonos, especialmente cada domingo, para darte como alimento. Esta es la única esperanza que tenemos los cristianos, única e inmensa, que basta para responder a todos nuestros anhelos e inquietudes: estás vivo, entre nosotros.

Joaquín Iglesias - 28 marzo 2013

miércoles, marzo 27, 2013

Gestos balsámicos en la Pasión de Cristo



Cuando leemos con calma la Pasión de Cristo, desde una lectura contemplativa nos damos cuenta de que el dolor de Jesús nos traspasa como una espada el corazón, y nos asombramos ante la aberración histórica que cometieron los responsables de tal suplicio y muerte. Uno se siente conmovido ante la densidad del sufrimiento de Cristo en la cruz. A la flagelación, los golpes y los clavos desgarrando sus carnes se sumaba el dolor de la negación, de la traición y la burla de quienes lo contemplaban. Más hirientes que las espinas de su corona, más afiladas que la lanza que atravesó su costado, más amargas que el vinagre, fueron las palabras llenas de ironía y los insultos lanzados contra el justo que agonizaba en la cruz.

Jesús experimentó un profundo sentimiento de abandono por parte de Dios ante aquella jauría humana que pedía su crucifixión. Padeció la tortura física, psicológica y espiritual, hasta el límite de su resistencia. Gimiendo, soportó todo hasta la extenuación. Su último grito potente, con las últimas fuerzas  que le quedaban, fue un grito que sacudió hasta el centro del universo, un grito ensordecedor que llega hasta lo más hondo de nuestros huesos. Así, abatido, quedó suspendido en la cruz, exhausto y bañado en sangre.

Ahondando con detenimiento en la Pasión vemos que, entre dolor y dolor, aparecen pequeños gestos balsámicos, resquicios de bondad que hacen el sufrimiento de Jesús más soportable.

Las hijas de Jerusalén

A Jesús le conmueven las mujeres, que lloran ante él cuando carga sobre sus hombros la cruz. Ellas son sensibles al sufrimiento de ese hombre que las ha dignificado, en medio de una sociedad que las discrimina. Sienten el dolor de ese rabino que ha instruido, que ha curado y ha revelado el rostro amoroso de Dios. Conmovidas, sienten en su corazón la angustia y el dolor de Jesús.

El Cirineo

Jesús, exhausto y herido, ya no puede con el peso de la cruz. Un hombre que viene del campo es obligado a llevar el madero. No sabemos apenas nada de este personaje, si le ayudó lamentando su dolor, con lástima, u obligado por los verdugos romanos, de mala gana. Pero el peso de la cruz para hacer más llevadero el camino de Cristo debió despertar alguna inquietud en él. ¿Qué pasaba por su cabeza? ¿Fue uno de aquellos judíos que gritaba y que, más tarde, cambió su burla por compasión? ¿Se alegró por aliviarle, en lo posible, del peso terrible que caía sobre sus hombros? ¿Cómo debió quedarse al llegar al final del recorrido? ¿Qué fue de su vida más tarde? Seguramente aquel trecho de camino, cargando la cruz, acompañando al justo condenado, debió cambiarlo para siempre. Fue un alivio en la amargura de aquella terrible injusticia, otro dulce bálsamo para las llagas del corazón de Jesús.

La Verónica

El velo que enjuga el rostro de Jesús queda marcado. Esa huella de su cara en el pañuelo es la imagen del rostro sufriente que quedó impreso en el corazón de una mujer desconocida, movida por la compasión y la ternura. La Verónica es otra mujer que no teme acercarse a Jesús y puede ver hasta qué punto el dolor y la sangre desfiguran su rostro. Los ojos de ambos se cruzan. Cuán penetrante debió ser la mirada de Jesús, en medio del dolor. Ella nunca olvidará esos ojos, que quedan grabados en su mente y en su alma; esos ojos que, entre lágrimas, la miran y la salvan.

El buen ladrón

Uno de los malhechores que son crucificados al lado de Jesús reconoce que él merece su castigo. Pero sabe que Jesús es justo y no ha hecho nada para terminar así. Para Jesús debió ser reconfortante que un bandido reconociera su bondad, que derrama aún en medio del intenso dolor. El buen ladrón lo defiende ante su compañero, que se burla de él. Y Jesús saca fuerzas para prometerle el paraíso. Hasta los últimos momentos de su agonía, es el pastor que va a buscar la oveja perdida y la rescata.

El centurión

El centurión, que ve morir a Jesús, es el primero que hace una profesión de fe: «Verdaderamente, este hombre es el Hijo de Dios».

¿Qué ocurrió en el corazón del brazo ejecutor de la condena? Quizás fue el último gemido de Jesús, ese lamento que sacudió la tierra; quizás la consciencia de que estaban ajusticiando a un inocente. Nunca sabremos qué pasó en el interior de este hombre, que le produjo tal conversión. Quizás contemplando el cuerpo de Jesús en la cruz quedó tan impresionado por su abandono, por su paz, por su capacidad de perdón a los enemigos, que comprendió la misericordia de Dios y una luz empezó a brillar en la brecha que se iba abriendo en su corazón.

El centurión impidió que quebraran las piernas a Jesús, pues ya había muerto. Si antes temía a la autoridad, al procurador, a sus superiores, en el momento en que el grito de Jesús resonó sobre la tierra el centurión se liberó de su esclavitud. En su mente, aquel grito rasgó el velo de la oscuridad y también él se salvó, confesando al Hijo de Dios. Allí, al pie de la cruz, la primera semilla del cristianismo comienza a florecer, en tierra romana.

José de Arimatea

Fue el hombre honrado que quiso dar sepultura digna al crucificado. Él también debió seguir la pasión de Cristo hasta el Gólgota. Ahora acude con sus bálsamos y especias para lavar y ungir el cuerpo ensangrentado. Con dulzura debió limpiar su rostro y su cuerpo, que no podía ser enterrado de cualquier manera. Lo amortajó y lo envolvió en el sudario, con delicadeza, amorosamente. Y lo colocó en un sepulcro de su propiedad, nuevo por estrenar.

Juan y María

Y, por último, en el evangelio de Juan leemos que la madre de Jesús y el discípulo amado estaban allí, al pie de la cruz.  Juan, que desde lo más profundo de su soledad seguía discretamente el suplicio de su maestro, debía tener el corazón destrozado, oprimido y temeroso. La hermosa aventura con su maestro y sus compañeros no podía acabar de esta manera, debía pensar una y otra vez. Y quizás reclinó su cabeza sobre el hombro de María, como durante la cena lo hizo sobre el pecho de Jesús. Con el corazón lleno de amargura, veía el horizonte sin esperanza; la luz se había esfumado en la noche.

Pero, en su dolor, acompañaba a la madre de Jesús.

Si la mirada compasiva de la Verónica, la oportunidad de un nuevo mundo que se abre ante el buen ladrón, la confesión de fe del centurión, la delicadeza de José de Arimatea, la tristeza de Juan al pie de la cruz nos conmueven, ¿qué pensar de María?

¿Cómo debió sentirse su madre? Quizás fue viendo en este final trágico de su hijo el cumplimiento de aquellas profecías de la infancia. Ver a su hijo en la cruz fue como si todo aquel dolor pasara por su alma. Cuando se ama tanto a alguien, su dolor es tu dolor, porque el otro forma parte de ti. María, ante la cruz, debió sentirse absolutamente rota, desgarrada, con el alma partida. Aquel hijo, que también era hijo de Dios, que por su docilidad llegó a soportar tanto, ¿tenía que morir de aquella manera?

La piedad popular imagina a Jesús en brazos de María, cuando es descendido de la cruz. La pasión de María fue al pie de la cruz. El joven discípulo y la madre, abrazados, lloran ante el maestro muerto. Quizás en ese momento de supremo dolor nunca acabaron de perder del todo la esperanza. En la noche más oscura, tal vez en ellos aún aleteaba una última certeza, la certeza de que esa historia de amor no podía acabar así.

Ante Jesús muerto, el centurión romano hace la primera profesión de fe cristiana del mundo; mientras todo oscurece, María se convierte en imagen de la Iglesia que espera; Juan es el místico que siente muy cerca el latido del corazón de Jesús.

El abrazo del discípulo y de la madre presagia un nuevo amanecer. De las tinieblas más profundas está a punto de emerger el sol. Esa noche de viernes santo, con esa profesión de fe, ese abrazo, no es un fin, sino la apertura de otra buena nueva, el inicio de una comunidad naciente.  En la noche de viernes santo, al pie de la cruz, comienza la gran revolución del cristianismo.