miércoles, marzo 11, 2026

Una llamada bajo la lluvia


39 años después, aquí estoy. Con ganas de seguir adelante, avanzando por este hermoso camino hacia la plenitud sacerdotal. Un regalo que recibí inmerecidamente. Todo empezó en mi infancia, cuando anhelaba descubrir los misterios del cosmos.

Me hablaba a través de la luna, que entraba en mi ventana con su luz suave, y de las estrellas que cubrían el manto negro del firmamento, en aquellos cielos claros de mi Extremadura natal. Contemplándolas, noche tras noche, me preguntaba quién era el autor de tanta belleza.

Una religiosa del colegio donde me eduqué, sor Antonia, despertó mi sensibilidad y mi amor hacia la naturaleza. Con su enorme capacidad narrativa nos explicaba que el Creador de todo era Dios. En mi pequeño corazón me preguntaba cómo sería ese Dios que lo había hecho todo tan bello.

Las primeras preguntas

Siendo adolescente, ya no solo admiraba la hermosura del cielo estrellado, sino que comencé a hacerme preguntas más profundas y filosóficas. En mi interior surgían grandes interrogantes y ansiaba encontrar respuestas. Todo cuanto veía debía tener un sentido, una intención.

Durante mis años jóvenes, en las excursiones que hacía a la montaña, quedaba mudo ante los paisajes que se desplegaban ante mis ojos. Ya no me preguntaba el qué, sino el cómo, el por qué y el para qué.

Cecilia

Tuve la oportunidad de conocer a una joven estudiante de psiquiatría, una mujer cristiana con una gran vocación. Cecilia me acompañó en una edad muy crítica.

Físicamente era frágil, de pequeña estatura, pero su madurez espiritual era grande y sus convicciones muy profundas. Recuerdo haber mantenido largas conversaciones con ella: yo tenía unos dieciséis años, ella apenas veinte. Me escuchaba, me respondía, y los dos acabábamos ante la gran pregunta teológica.

El Creador no era un ingeniero celestial ni un gran arquitecto. No era un relojero que pone en marcha el universo y lo deja rodar a su suerte. Muchos filósofos y científicos se quedan ahí cuando admiten la existencia de un Creador. Pero poco a poco yo fui descubriendo a un Dios personal que ama y busca el diálogo con su criatura.

Ella me abrió a esta dimensión del Dios que se comunica a través de su “Logos”, Jesús encarnado. Fue mi “Juan Bautista”, preparándome para el salto que debía dar un poco más tarde.

Conocía a unos sacerdotes responsables de la capilla santuario vinculada a la parroquia de Santa Eulalia de Vilapicina y me invitó a ir. Yo vivía cerca de allí con mi madre, mis hermanos y mi abuela. Era el año 1972 y hacía dos que había llegado de Badajoz con mi familia.

El santuario y el descubrimiento

Conocí el santuario de Santa Eulalia y me integré de lleno, participando en un grupo de jóvenes liderado por un sacerdote recién ordenado, mosén Viñas.

Su entusiasmo creativo y pastoral me enamoró. Tenía una gran capacidad para empatizar, escuchar y motivar al grupo de jóvenes. Yo no tuve reparo en confiarle mis inquietudes.

Si con Cecilia mi mente y mi corazón se habían abierto de par en par, con él se desplegó ante mí un horizonte inesperado. Entonces todavía no era consciente; ahora, con la distancia, veo que todo parecía seguir un plan.

Aquella experiencia juvenil fue muy enriquecedora: catequesis, salidas, excursiones, campamentos, convivencias… Estaba inmerso en un proyecto evangelizador y me sentía a gusto llevando a mi grupo de niños en catequesis y compartiendo el tiempo con mis nuevos amigos.

Hasta que llegó el momento decisivo de dar un paso más. Toda mi vida, desde la infancia, cobró un sentido nuevo: Dios me había mirado y me quería para una misión.

La pregunta decisiva

Fue un día de agosto de 1974. Había quedado con mosén Viñas para ir a visitar con él a una familia amiga en Alella. Llegó a recogerme con su moto Vespa y allá fuimos.

Nos acogió un matrimonio que formaba parte de un grupo de parejas jóvenes que él acompañaba. Sus hijas venían a la catequesis del santuario. Desde su casa fuimos a una pista de tenis a jugar. Él me ganó en todos los sets: era rápido y ágil, con un buen saque con la diestra. Yo jamás había jugado al tenis; mi fuerte siempre fue el fútbol, así que hice lo que pude.

Después del partido fuimos a comer con aquella familia, que nos trató con gran cordialidad y generosidad. Tras la comida mantuvimos una conversación muy rica y tocamos, entre otros temas, mi búsqueda espiritual.

Por la tarde volvimos a Barcelona. Mosén Viñas tenía que celebrar misa en la parroquia de San Ramón de Peñafort, en la Rambla de Catalunya.

Y entonces el día cambió.

Después de una jornada de sol radiante, el cielo empezó a cubrirse de espesas nubes. Mientras caminábamos por la Rambla, antes de llegar a la iglesia, él me dejó caer una pregunta:

—¿Alguna vez has pensado ser sacerdote?

Le contesté, entre inquieto y sorprendido, que yo aspiraba a ser un buen cristiano.

Llegamos entonces a la puerta de la parroquia. Él se despidió y yo me quedé allí, solo, con la pregunta dando vueltas en mi interior.

Le dije a Dios: Nunca lo he pensado, pero si es esto lo que quieres de mí…

Descendí caminando por la Rambla mientras una tormenta de emociones se desataba en mi interior. Una gran alegría se mezclaba con el pavor. Y comenzó a llover con fuerza.

No tenía paraguas, pero mientras caminaba a paso ligero no me importó mojarme. Aquella agua del cielo me estaba bautizando, mientras yo me sentía pequeño y, a la vez, llamado a algo inmenso.

El primer sí

Llegué a casa totalmente empapado y exhausto, y me encerré en mi habitación.

—¿Es eso, Dios mío, lo que quieres de mí?

Quería darle una respuesta. Se abría ante mí una oportunidad única. El miedo me paralizaba, pero la alegría que sentía era aún más fuerte. En medio de aquella lucha interior le dije:

—Lo que tú quieras.

¿Era un sí implícito? Me faltaba aún un poco de valor, pero con el paso de los días la certeza fue creciendo dentro de mí. Había sido llamado.

En los dos años que había pasado en el santuario, el testimonio vivo y vigoroso de aquel sacerdote había ido calando en mí.

El sí definitivo

La semana siguiente se habían organizado unos campamentos de verano con los niños de la catequesis. Yo y otros jóvenes catequistas éramos los monitores.

El domingo, mosén Viñas subió a la montaña donde hacíamos las colonias para celebrar misa. Entonces le dije que quería hablar con él.

Nos apartamos del bullicio y nos retiramos junto a un pozo, a la sombra de un árbol. Era hacia la una del mediodía. Y fue entonces, aquel 11 de agosto, cuando le dije que a la pregunta que me había hecho la semana anterior mi respuesta era sí.

Sí a lo que Dios quisiera de mí.

Si era ser sacerdote, sí.

Él me dio un fuerte abrazo, lleno de alegría.

En aquel momento sentí que todo tenía sentido en mi vida: desde mi infancia, los relatos de sor Antonia, mi adolescencia de búsqueda, las conversaciones con Cecilia, mi llegada al santuario y la fuerza de aquel joven sacerdote que me había cautivado.

Todo en mi alma encajaba.

Empezaba una nueva etapa en mi vida: la preparación para ordenarme sacerdote.

Años de formación

Durante los años siguientes compaginé la formación filosófica y teológica con la convivencia y los retiros con mis compañeros. Fueron más de diez años preparándome para una misión sagrada.

Ese largo periodo fue intenso y necesario para reafirmar mi vocación y aprender a convivir, a ser humilde y a rezar.

Aprendí a aceptar mis limitaciones y las de los demás; a ser amigo de mis compañeros de camino; a trabajar y estudiar juntos; a guardar silencio cuando había tensiones; a ser ecuánime; a confiar.

Pero, sobre todo, aprendí a amar. Porque, al fin y al cabo, la finalidad última del sacerdote es imitar la caridad de Cristo, cultivando las tres virtudes teologales y las cardinales.

Aquellos años no estuvieron exentos de dolor. Todo proceso de crecimiento y maduración espiritual exige esfuerzo y pasa por momentos difíciles. Yo era joven y tenía muchas aristas que pulir. Todo era nuevo para mí y estaba en una etapa vital impetuosa.

Pero con abandono y constancia todo se fue orientando conforme al plan de Dios. Todo fue necesario para renacer a la luz de esta llamada.

Continuamente daba gracias a Dios por confiar en mí y por el discernimiento espiritual. Con el paso del tiempo, mi fe en la llamada al sacerdocio se robustecía. Me fui moldeando hasta forjar el hombre que estaba llamado a ser, con una madurez espiritual suficiente para asumir mi misión.

En el curso 79-80 inicié los estudios de teología, donde aprendí a armonizar el intelecto y el corazón. También adquirí una buena formación moral y psicológica para poder empatizar con las personas en mis tareas pastorales.

Pensamiento, revelación, moral y conexión humana son imprescindibles para ejercer el sacerdocio, orientar y tratar con delicadeza a tantas almas que necesitan ayuda espiritual.

La ordenación

Agradezco mucho a mis formadores y a Dios aquella gran etapa durante la cual fui asumiendo poco a poco los planes que Él tenía para mí.

Este era mi norte: hacer siempre la voluntad de Dios.

Así pude estar en sintonía con Él y me fui puliendo como aquellas piedras de la playa que, con el vaivén de las olas, se van convirtiendo en piedras lisas y preciosas.

Combiné mis estudios con mi colaboración en varias parroquias. Así inicié un periplo muy intenso de actividades pastorales. Recuerdo con mucha gratitud las lecciones que me ayudaron a construir el sacerdote que sería.

Años más tarde pasé por las fases previas al sacerdocio: la admisión al estado clerical, las órdenes menores y el diaconado en 1985.

Aquella etapa culminó el 7 de marzo de 1987, en la parroquia de San Isidoro de Barcelona, donde recibí el orden sacerdotal de manos del cardenal Jubany.

39 años después

Con mi ordenación comenzó otra gran y larga etapa de mi vida.

Treinta y nueve años hace ya. 

Otro día escribiré sobre ella…

Hoy solo doy gracias a Dios por tantos dones recibidos y por los retos pastorales que he tenido que afrontar, y que tanto han enriquecido mi ministerio.