lunes, junio 29, 2026

Visita del Papa León XIV a Barcelona

 Así la hemos vivido desde la comunidad de San Félix


Claudia Schmilinsky y Mariona

Hemos sido afortunados y profundamente bendecidos por poder presenciar la visita del Papa León XIV en el estadio olímpico de Barcelona.

Como representantes de la parroquia de San Félix de la Villa Olímpica, tuvimos la oportunidad de vivir de cerca una jornada llena de alegría, fe y emoción, especialmente entre muchos jóvenes que se acercan a Dios con entusiasmo y esperanza. Fue conmovedor escuchar al unísono el grito que resonaba con fuerza: “Esta es la juventud del Papa”, así como compartir el canto de “Alza la mirada”, que marcó uno de los momentos más emotivos del encuentro.

Pudimos escuchar testimonios de jóvenes que compartían su fe con sinceridad, y ser testigos, en primera persona, del mensaje del Santo Padre, quien nos invitó a mantener a Dios presente en nuestros corazones, a realizar todas nuestras acciones con amor y a defender siempre la dignidad de cada persona.

Para mi hija de 10 años fue una experiencia muy especial: poder vivirlo tan de cerca, ver al Papa y recibir la bendición directamente del 267º sucesor de San Pedro, es algo que no olvidará nunca.

Ha sido, sin duda, un día histórico. Una verdadera bendición que quedará para siempre en nuestra memoria y en nuestro corazón. Damos gracias a Dios por haber podido vivirlo y compartirlo.


Edith Ríos

El encuentro de ayer con el Papa fue muy hermoso, realmente tenía mucha ilusión por vivir y celebrar esa Vigilia. Viví la Vigilia desde mi fe y mi deseo de sentir realmente ese recogimiento espiritual que siempre busco para llenarme de fuerza, de amor, de esperanza, para no perder mi fe nunca y sentir siempre el abrazo de mi Jesús. Fue un poco difícil porque tristemente mucha gente no sabe seguir una Vigilia y esos momentos de silencio no fueron posibles. Pero ¡fue muy bonito escuchar de cerca al Papa!

Algo que me impactó mucho fueron las dos jóvenes que dieron su testimonio y a la vez hicieron una pregunta cada una; las respuestas del Papa fueron una gran lección para todos, especialmente cuando pasamos malos momentos.



Lola Paz

Ha sido una experiencia cargada de fe y esperanza. Le he pedido tanto a Nuestro Padre Celestial que devuelva la salud a mi hijo... Mi fe es grande, sé que así lo hará. Creo que la oración es milagrosa.

La visita del Papa atrae a multitudes de personas. Verlo tan cerca me emocionó, lloré y sentí que es una persona muy humana, cercana a la gente. Se nota la humildad que hay dentro de él. Una gran persona llena de bondad.

Marisa Ruiz Abad

Era la tercera vez que tenía la oportunidad de ver personalmente al Santo Padre, (en 1981 en Roma y en 2010 en Barcelona) y esta es, con diferencia, la que más me ha calado. Estábamos muy cerca de él, mi edad madura y su mensaje muy sencillo y profundo me ha hecho meditar.

De todas las intervenciones, que hubo muchas y todas repletas de contenido, tres jóvenes expusieron su realidad, una de ellas (la que más me impactó), le preguntó al Papa cómo se podía perdonar, él le habló de la importancia del perdón, como oxígeno en la vida, poderosa medicina contra el mal, proceso largo de reconciliación interior, en el que se puede llegar a apartar el odio y tener una buena disposición hacía la persona que te ha herido. No es fácil, tampoco para mí, tengo esa asignatura aún pendiente, es mi intención recordar sus palabras para poder realizar este arduo trabajo.

La cantidad de jóvenes que estaban haciendo inmensas colas para poder disfrutar ese momento, también me emocionó, no estoy acostumbrada a un espectáculo tan maravilloso.


Pilar Gascón

Ha sido una experiencia conmovedora .Una mezcla de alegría desbordante que me hizo vibrar, gritar y cantar con todos. Ver entrar al Santo Padre al estadio y tenerlo tan cerca me llenó de felicidad y me hizo callar. Sin más las lágrimas brotaron de mis ojos y sentí una paz en mi interior imposible de describir. Ha sido un momento y un día para no olvidar en la vida.

Lenis Escalante

Muchas veces las personas experimentamos sensaciones que nos agobian: ansiedad, miedo, dolor, humillación... Lo llevamos en nuestras espaldas día a día. El 9 de Junio en el Estadio Olímpico de Montjuic, al ver entrar al Papa León XIV y contemplar su rostro que irradiaba tanta bondad, humildad, sencillez y amor por todas las personas que estábamos allí presentes; al contemplar la inmensa ternura cuando bendecía a los niños, algunos de ellos recién nacidos, todas estas vivencias hicieron que las cosas negativas quedaran atrás. Sentí una inmensa paz que me llegó al alma. En medio de la alegría de todos los presentes, alcé la mirada al cielo y dije: ¡Gracias, Mi Señor, por haber escogido a la persona más idónea para ser tu representante aquí en la Tierra! ¡Gracias por tantas bendiciones!


Familia Fabro Francia

En este breve tiempo en el que el Papa León XIV ha visitado Barcelona toda la familia hemos ido a verlo en varias ocasiones, con la gran suerte de poder tenerlo muy cerca, lo que nos ha permitido ver su rostro sonriente, poder aplaudirlo y vitorearlo, formar parte de esa gran multitud que lo esperaba, que lo aclamaba y lo quería, así como participar de sus mensajes y oraciones.

Ha sido fantástico poder darnos cuenta de que no estamos solos, de que no somos pocos, sino que formamos parte de esa una gran Familia de Hijos de Dios, que somos muchos, muchos, muchos…. Y que todos estamos unidos por el mismo Amor Divino.

El Papa León me ha hecho sentir que el mensaje de Dios está más presente que nunca en el mundo, que su verdad eclipsa a cualquier otra y que no morirá nunca mientras exista un solo corazón cristiano que la lleve dentro. Y somos muchos, muchos, muchos…

Personalmente, me ha parecido un hombre sencillo, amable, un misionero que se ha acercado a los más humildes, a los emigrantes, a los marginados, a los delincuentes, a los que nadie quiere, para mostrar su gran dignidad, para dejar claro que todos somos hijos de Dios y que no estamos solos, que Dios está con los desfavorecidos y que los cristianos no podemos abandonarlos, sino apoyarlos.

He visto también a un digno Representante de Dios en la tierra, que desde su humildad, no le tiembla la voz para denunciar las maldades e injusticias de este mundo, capaz de enfrentarse a ellas cara a cara, sin darle miedo el poder terrenal, para denunciar todo aquello que es contrario a Dios y a la dignidad humana.

Me ha conmovido su gran humanidad, su paciencia y su modo de escuchar a la gente, ver cómo se ha emocionado con cada testimonio, con cada canto, con cada niño al que le llevan para bendecir. Para mí será siempre el Papa de la sonrisa, de la emoción y de los niños, que representan la continuidad del Amor en el mundo.

Gracias Santo Padre por darnos esperanzas, hacernos alzar la mirada para darnos cuenta del prójimo, del hermano, del diferente, por levantar la voz ante las injusticias del mundo. Por hacernos mirar al cielo en busca de Dios.

Así, cada vez que contemple la Sagrada Familia, la Torre de Jesucristo, alzaré la mirada al cielo para dar gracias por vivir en esta maravillosa ciudad, por poder contemplar la belleza de la Sagrada Familia y haberme permitido gozar de esta visita del Papa León XIV a Barcelona.

¡Gracias, Dios mío!, por permitirnos vivir este momento como algo único que guardaremos en nuestro corazón.

Antonio J. Matarí

A raíz del baño de multitudes que el Santo Padre había obtenido en Madrid, uno de mis objetivos al asistir a la vigilia en el estadio olímpico de Montjuic era descubrir los motivos de ese éxito. Especialmente entre los jóvenes. ¿Posee el Papa algún distintivo físico extraordinario, que los demás no tienen? ¿O es efecto de una minuciosa planificación y colorista puesta en escena?

Antes de la entrada del Papa al estadio ya pude fijarme en la presencia creciente de grupos de jóvenes agitando banderolas blancas y amarillas con el escudo del Vaticano; también de España, con un corazón de Jesús en el centro. A menudo iban acompañados por sacerdotes jóvenes. Vi también personas en sillas de ruedas, acompañadas, y muchas parejas jóvenes con bebés o críos pequeños.

Cuando apareció el Papa, erguido sobre el papamóvil, sonriente, saludando y bendiciendo al público, los aplausos, el griterío y los «¡Viva el Papa!» se hicieron ensordecedores. No cesaron durante toda la vuelta que dio al estadio, aumentando cada vez que acogía e imponía la señal de la cruz a los muchos bebés o criaturas que le acercaron los escoltas, o cuando se acercaba a saludar a grupos de discapacitados, jóvenes o religiosos. Uno de los lemas que con más entusiasmo coreaban fue: «Esta es la juventud del Papa», que se repitió desde todos los rincones del estadio.

El momento más emotivo fue cuando se presentaron ante el Papa tres testimonios personales: tres jóvenes que expresaron sus experiencias vitales y el dolor que habían sufrido a causa del egoísmo y una vida sin sentido; hablaron de salud mental, del suicidio y del perdón en el contexto de un drama familiar.

El Papa León escuchó atentamente a cada uno de ellos, entablando un diálogo lleno de comprensión, sensibilidad y empatía, y animándolos a seguir el camino de la fe cristiana para buscar el verdadero sentido de la vida, la que llena y gratifica. Esto es algo que ha motivado a numerosos jóvenes y adultos que estén redescubriendo la fe cristiana.

Animo al lector a leer los testimonios y las respuestas del Papa León, meditándolas sin prisa y en profundidad.

Me ha impactado muy gratamente ver su figura joven, su actitud de acogida y entrega, su semblante sereno y ese permanente esbozo de sonrisa, signos de una paz interior auténtica.

Por otro lado, su facilidad para comunicar, con mensajes claros, sencillos pero al mismo tiempo profundos y auténticos, convencido; sin miedo pero sin herir.

Sobre todo me ha sorprendido su facilidad para conectar con la juventud. No es frecuente ver esa sintonía, esa conexión emocional dándose tantas diferencias en edad, generación y jerarquía.

El Papa León, con su figura juvenil, su cercanía y su predisposición a acercarse nos invita a emprender juntos el camino hacia una vida con sentido. Y lo está consiguiendo.

Regresé a casa después de casi cinco horas que no se me hicieron largas, muy satisfecho de la experiencia vivida y de haber compartido con otros feligreses de la parroquia de San Félix y cuarenta mil almas más esta vigilia con el Papa León XIV. Y volví con la respuesta a mi interrogante: el por qué de la sintonía del Papa con la juventud.

Montserrat Peradalta

Ver al Santo Padre ha sido como estar más cerca del Señor porque hemos estado al lado de su enviado, una persona que refleja amor y bondad por donde va pasando. Muy duro tiene que ser su trabajo por cómo está el mundo, pero lo que se ha vivido estos días en España ha sido muy emotivo. La gente se ha dejado mover por el amor de Dios, esa palabra tan pequeña y tan grande a la vez, AMOR. «Amaos como yo os he amado». Si todos lo hiciésemos el mundo sería otro, no habría guerras ni injusticias. Para mí ha sido un orgullo ver tanta gente, niños, mayores, ancianos, jóvenes, con esa emoción. Durante este encuentro sólo he respirado amor y paz, algo indescriptible para los que lo hemos vivido.  

Joel Montserrat Rius

La Visita del Santo Padre ha sido de los acontecimientos más emocionantes y sentidos de mi vida. Gracias a Dios, he podido estar tanto en la catedral como en el estadio y, finalmente, en el evento más esperado de su visita: la bendición de la Torre de Jesús. Sentir al Santo Padre a pocos metros de mí y oír sus palabras tan conmovedoras es algo que me cuesta expresar en palabras. Fue emocionante, en el estadio, ver cómo el Papa respondía a los testimonios. Vivir en primera persona el momento de la bendición de la Torre de Jesús, que corona la ciudad, me permitió contemplar la maravillosa obra del gran Antoni Gaudí. Ha sido impactante. Sin mi parroquia todo esto no hubiese sido posible. ¡Gracias!

Rosa Aparicio

Compartir la santa misa con el Santo Padre dentro de la Sagrada Familia ha sido un sueño hecho realidad, una de las experiencias más emocionantes que he vivido jamás. A mis 91 años, una ya no espera que la vida le tenga preparadas sorpresas tan hermosas. Pensaba que ya lo había visto todo y que mis días de grandes emociones habían pasado, por lo que jamás imaginé que tendría la oportunidad de ver al Papa tan de cerca y rezar junto a él. Sentir esa paz y esa alegría compartida me llenó los ojos de lágrimas.

No me canso de darle infinitas gracias a Dios por haberme concedido la salud y la bendición de vivir un momento tan especial. También doy gracias a todos los que lo han hecho posible. Ha sido, sin duda, el regalo más bello y un broche de oro inolvidable para mis 91 años.

Josep Montserrat

Tener la oportunidad de asistir a la Sagrada Familia y, posteriormente, al encuentro en el estadio durante la histórica visita del Santo Padre, ha sido una experiencia emocionante e inolvidable que me ha marcado a nivel personal. Solo puedo dar gracias a Dios por haberme concedido el privilegio de estar allí y de vivir en primera persona un momento de tanto significado.

Núria Rius

Me siento feliz y emocionada por haber vivido tan de cerca la visita del Papa. Han sido momentos de fe, de unión y de esperanza: se sentía muy fuerte en el aire. Son experiencias que llenan el corazón y recordaré toda la vida: algo que voy a atesorar siempre.

Poder vivirlo junto a tu familia agranda mucho más la vivencia. Son esas cosas que piensas que es muy difícil de vivir y cuando se te presenta la oportunidad no la dejas escapar. Después, solo puedes dar gracias por haber sido una realidad.

Gracias a Dios por habernos dado esta experiencia tan bonita.

Oriol Montserrat Rius

Cuando la rutina te absorbe y vas acelerado con el frenesí diario de la vida (estudios, trabajo, problemas del día a día…) te encuentras con experiencias que Dios pone en tu vida para darte cuenta de que no estás solo y que hay un sentido de trascendencia que hemos de tener presente siempre. Pues bien, la visita del Papa León XIV para mí ha sido una de esas experiencias que me ha querido regalar Dios. Es cierto que aparentemente son eventos multitudinarios que llaman mucho la atención, pero más allá de esto es importante vivirlos como es merecido: como un soplo del Espíritu Santo que te hace despertar cuando estás un poco anestesiado.

Las palabras del Santo Padre siempre son vitamina para cualquier creyente, pero cuando las oyes vibrar en persona se convierten en puro alimento espiritual que toca el alma. Poder vivir tan de cerca estas experiencias, rodeado de la familia y de la comunidad, es darse cuenta de que Dios tiene un gran proyecto en la Tierra, y por eso has de continuar con la misión encomendada. Y es más, te das cuenta de que lo más importante es transmitirlo a los demás con los gestos más sencillos posibles, y eso pasa por transmitir la felicidad y el gozo que vives en tu corazón cuando de verdad te encuentras con Dios.

Gracias a la Iglesia por ser hogar, gracias a los sacerdotes por ser pastores del rebaño y gracias al Santo Padre por ser Jesús en la Tierra y tenerlo tan cerca.


El Papa en la Sagrada Familia

«Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.»

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«La Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él. Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores.»

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«Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.»

El Papa en Montserrat

«Os invito a acoger hoy la invitación de María: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5). Estas palabras pronunciadas en Caná de Galilea contienen un verdadero programa de vida cristiana, porque María nos conduce hacia Cristo y nos enseña a escuchar su voz, obedecer su palabra y permitir que Él nos transforme. La voluntad de Jesús es clara: «Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15,17). Se trata de un amor que tiene en Él mismo su medida y su fuente: «Como yo os he amado».»

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«Demanem a Maria, Reina de la pau, que ens ensenyi a renunciar a les paraules feridores, al judici immediat, a la murmuració i a les calumnies. I que aprenguem a custodiar i a conrear l’amor en la família, entre els amics, en el lloc de treball, en les xarxes socials, en els debats polítics i en les comunitats cristianes, de manera que l’odi doni pas a l’esperança i la pau.»



miércoles, marzo 11, 2026

Una llamada bajo la lluvia


39 años después, aquí estoy. Con ganas de seguir adelante, avanzando por este hermoso camino hacia la plenitud sacerdotal. Un regalo que recibí inmerecidamente. Todo empezó en mi infancia, cuando anhelaba descubrir los misterios del cosmos.

Me hablaba a través de la luna, que entraba en mi ventana con su luz suave, y de las estrellas que cubrían el manto negro del firmamento, en aquellos cielos claros de mi Extremadura natal. Contemplándolas, noche tras noche, me preguntaba quién era el autor de tanta belleza.

Una religiosa del colegio donde me eduqué, sor Antonia, despertó mi sensibilidad y mi amor hacia la naturaleza. Con su enorme capacidad narrativa nos explicaba que el Creador de todo era Dios. En mi pequeño corazón me preguntaba cómo sería ese Dios que lo había hecho todo tan bello.

Las primeras preguntas

Siendo adolescente, ya no solo admiraba la hermosura del cielo estrellado, sino que comencé a hacerme preguntas más profundas y filosóficas. En mi interior surgían grandes interrogantes y ansiaba encontrar respuestas. Todo cuanto veía debía tener un sentido, una intención.

Durante mis años jóvenes, en las excursiones que hacía a la montaña, quedaba mudo ante los paisajes que se desplegaban ante mis ojos. Ya no me preguntaba el qué, sino el cómo, el por qué y el para qué.

Cecilia

Tuve la oportunidad de conocer a una joven estudiante de psiquiatría, una mujer cristiana con una gran vocación. Cecilia me acompañó en una edad muy crítica.

Físicamente era frágil, de pequeña estatura, pero su madurez espiritual era grande y sus convicciones muy profundas. Recuerdo haber mantenido largas conversaciones con ella: yo tenía unos dieciséis años, ella apenas veinte. Me escuchaba, me respondía, y los dos acabábamos ante la gran pregunta teológica.

El Creador no era un ingeniero celestial ni un gran arquitecto. No era un relojero que pone en marcha el universo y lo deja rodar a su suerte. Muchos filósofos y científicos se quedan ahí cuando admiten la existencia de un Creador. Pero poco a poco yo fui descubriendo a un Dios personal que ama y busca el diálogo con su criatura.

Ella me abrió a esta dimensión del Dios que se comunica a través de su “Logos”, Jesús encarnado. Fue mi “Juan Bautista”, preparándome para el salto que debía dar un poco más tarde.

Conocía a unos sacerdotes responsables de la capilla santuario vinculada a la parroquia de Santa Eulalia de Vilapicina y me invitó a ir. Yo vivía cerca de allí con mi madre, mis hermanos y mi abuela. Era el año 1972 y hacía dos que había llegado de Badajoz con mi familia.

El santuario y el descubrimiento

Conocí el santuario de Santa Eulalia y me integré de lleno, participando en un grupo de jóvenes liderado por un sacerdote recién ordenado, mosén Viñas.

Su entusiasmo creativo y pastoral me enamoró. Tenía una gran capacidad para empatizar, escuchar y motivar al grupo de jóvenes. Yo no tuve reparo en confiarle mis inquietudes.

Si con Cecilia mi mente y mi corazón se habían abierto de par en par, con él se desplegó ante mí un horizonte inesperado. Entonces todavía no era consciente; ahora, con la distancia, veo que todo parecía seguir un plan.

Aquella experiencia juvenil fue muy enriquecedora: catequesis, salidas, excursiones, campamentos, convivencias… Estaba inmerso en un proyecto evangelizador y me sentía a gusto llevando a mi grupo de niños en catequesis y compartiendo el tiempo con mis nuevos amigos.

Hasta que llegó el momento decisivo de dar un paso más. Toda mi vida, desde la infancia, cobró un sentido nuevo: Dios me había mirado y me quería para una misión.

La pregunta decisiva

Fue un día de agosto de 1974. Había quedado con mosén Viñas para ir a visitar con él a una familia amiga en Alella. Llegó a recogerme con su moto Vespa y allá fuimos.

Nos acogió un matrimonio que formaba parte de un grupo de parejas jóvenes que él acompañaba. Sus hijas venían a la catequesis del santuario. Desde su casa fuimos a una pista de tenis a jugar. Él me ganó en todos los sets: era rápido y ágil, con un buen saque con la diestra. Yo jamás había jugado al tenis; mi fuerte siempre fue el fútbol, así que hice lo que pude.

Después del partido fuimos a comer con aquella familia, que nos trató con gran cordialidad y generosidad. Tras la comida mantuvimos una conversación muy rica y tocamos, entre otros temas, mi búsqueda espiritual.

Por la tarde volvimos a Barcelona. Mosén Viñas tenía que celebrar misa en la parroquia de San Ramón de Peñafort, en la Rambla de Catalunya.

Y entonces el día cambió.

Después de una jornada de sol radiante, el cielo empezó a cubrirse de espesas nubes. Mientras caminábamos por la Rambla, antes de llegar a la iglesia, él me dejó caer una pregunta:

—¿Alguna vez has pensado ser sacerdote?

Le contesté, entre inquieto y sorprendido, que yo aspiraba a ser un buen cristiano.

Llegamos entonces a la puerta de la parroquia. Él se despidió y yo me quedé allí, solo, con la pregunta dando vueltas en mi interior.

Le dije a Dios: Nunca lo he pensado, pero si es esto lo que quieres de mí…

Descendí caminando por la Rambla mientras una tormenta de emociones se desataba en mi interior. Una gran alegría se mezclaba con el pavor. Y comenzó a llover con fuerza.

No tenía paraguas, pero mientras caminaba a paso ligero no me importó mojarme. Aquella agua del cielo me estaba bautizando, mientras yo me sentía pequeño y, a la vez, llamado a algo inmenso.

El primer sí

Llegué a casa totalmente empapado y exhausto, y me encerré en mi habitación.

—¿Es eso, Dios mío, lo que quieres de mí?

Quería darle una respuesta. Se abría ante mí una oportunidad única. El miedo me paralizaba, pero la alegría que sentía era aún más fuerte. En medio de aquella lucha interior le dije:

—Lo que tú quieras.

¿Era un sí implícito? Me faltaba aún un poco de valor, pero con el paso de los días la certeza fue creciendo dentro de mí. Había sido llamado.

En los dos años que había pasado en el santuario, el testimonio vivo y vigoroso de aquel sacerdote había ido calando en mí.

El sí definitivo

La semana siguiente se habían organizado unos campamentos de verano con los niños de la catequesis. Yo y otros jóvenes catequistas éramos los monitores.

El domingo, mosén Viñas subió a la montaña donde hacíamos las colonias para celebrar misa. Entonces le dije que quería hablar con él.

Nos apartamos del bullicio y nos retiramos junto a un pozo, a la sombra de un árbol. Era hacia la una del mediodía. Y fue entonces, aquel 11 de agosto, cuando le dije que a la pregunta que me había hecho la semana anterior mi respuesta era sí.

Sí a lo que Dios quisiera de mí.

Si era ser sacerdote, sí.

Él me dio un fuerte abrazo, lleno de alegría.

En aquel momento sentí que todo tenía sentido en mi vida: desde mi infancia, los relatos de sor Antonia, mi adolescencia de búsqueda, las conversaciones con Cecilia, mi llegada al santuario y la fuerza de aquel joven sacerdote que me había cautivado.

Todo en mi alma encajaba.

Empezaba una nueva etapa en mi vida: la preparación para ordenarme sacerdote.

Años de formación

Durante los años siguientes compaginé la formación filosófica y teológica con la convivencia y los retiros con mis compañeros. Fueron más de diez años preparándome para una misión sagrada.

Ese largo periodo fue intenso y necesario para reafirmar mi vocación y aprender a convivir, a ser humilde y a rezar.

Aprendí a aceptar mis limitaciones y las de los demás; a ser amigo de mis compañeros de camino; a trabajar y estudiar juntos; a guardar silencio cuando había tensiones; a ser ecuánime; a confiar.

Pero, sobre todo, aprendí a amar. Porque, al fin y al cabo, la finalidad última del sacerdote es imitar la caridad de Cristo, cultivando las tres virtudes teologales y las cardinales.

Aquellos años no estuvieron exentos de dolor. Todo proceso de crecimiento y maduración espiritual exige esfuerzo y pasa por momentos difíciles. Yo era joven y tenía muchas aristas que pulir. Todo era nuevo para mí y estaba en una etapa vital impetuosa.

Pero con abandono y constancia todo se fue orientando conforme al plan de Dios. Todo fue necesario para renacer a la luz de esta llamada.

Continuamente daba gracias a Dios por confiar en mí y por el discernimiento espiritual. Con el paso del tiempo, mi fe en la llamada al sacerdocio se robustecía. Me fui moldeando hasta forjar el hombre que estaba llamado a ser, con una madurez espiritual suficiente para asumir mi misión.

En el curso 79-80 inicié los estudios de teología, donde aprendí a armonizar el intelecto y el corazón. También adquirí una buena formación moral y psicológica para poder empatizar con las personas en mis tareas pastorales.

Pensamiento, revelación, moral y conexión humana son imprescindibles para ejercer el sacerdocio, orientar y tratar con delicadeza a tantas almas que necesitan ayuda espiritual.

La ordenación

Agradezco mucho a mis formadores y a Dios aquella gran etapa durante la cual fui asumiendo poco a poco los planes que Él tenía para mí.

Este era mi norte: hacer siempre la voluntad de Dios.

Así pude estar en sintonía con Él y me fui puliendo como aquellas piedras de la playa que, con el vaivén de las olas, se van convirtiendo en piedras lisas y preciosas.

Combiné mis estudios con mi colaboración en varias parroquias. Así inicié un periplo muy intenso de actividades pastorales. Recuerdo con mucha gratitud las lecciones que me ayudaron a construir el sacerdote que sería.

Años más tarde pasé por las fases previas al sacerdocio: la admisión al estado clerical, las órdenes menores y el diaconado en 1985.

Aquella etapa culminó el 7 de marzo de 1987, en la parroquia de San Isidoro de Barcelona, donde recibí el orden sacerdotal de manos del cardenal Jubany.

39 años después

Con mi ordenación comenzó otra gran y larga etapa de mi vida.

Treinta y nueve años hace ya. 

Otro día escribiré sobre ella…

Hoy solo doy gracias a Dios por tantos dones recibidos y por los retos pastorales que he tenido que afrontar, y que tanto han enriquecido mi ministerio.

lunes, febrero 23, 2026

A Maruja

Este escrito lo ha redactado Delfina, feligresa de San Félix, recordando con afecto a otra feligresa fallecida hace más de un año, María Dolores Herrero, conocida entre la comunidad como Maruja. Un testimonio precioso que queremos compartir.

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No sé el tiempo que hace que nos dejaste (un año y medio). Sí sé lo que nos dejaste: un gran legado, como compañera, como co-feligresa y como buena creyente nos transmitiste lo mucho que sabías: cantos, oraciones, rezos e invocaciones, costumbres de antes que se transmiten a jóvenes actuales.

El Santo Rosario, el Vía Crucis, las novenas del Mes de María, el Corazón de Jesús… Un legado que, gracias a ti, no se va a perder, porque, como Cervantes dijo, todo está en los libros (y él nos dejó el Quijote), pero lo que no está, nos queda en la transmisión oral, y en esto tú, Maruja has dejado escuela.

Las oraciones de antes, y hasta en latín: el Tantum Ergo, el Pange Lingua, la Salve Regina, ¡qué gran riqueza que no se puede perder…! Las alocuciones finales ante la adoración al Santísimo:

Alma de Cristo, santifícame,
Sangre del costado de Cristo, purifícame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Corazón de Cristo, sálvame.

Tú me hiciste prometer que no se perderían y yo se lo pedí a devotas más jóvenes; lo cumplen y ya no se perderán.

Lo que no está en los libros se pierde, por eso el P. Joaquín y nuestra querida Montse, y Adolfo, escriben y escriben para que permanezca. 
 
Yo no sé si tú, de tu gran cultura, tienes algo escrito. Lo sabrán tus hijos, pero a veces aparecen amarillas notas de nuestros padres o abuelos que dejaron en algún libro y que nos dan gran alegría. Ellos nos enseñaron a rezar y, ahora, jóvenes catequistas también lo hacen, pero por el camino se van perdiendo oraciones y cantos que no debemos olvidar.

Por eso, Maruja, hoy te damos las gracias por ese gran legado oral que nos dejaste y te prometemos que nosotros, a su vez, lo vamos a pasar a los que vengan detrás, para que nada se pierda.

Tus compañeras de oración te damos las gracias, Maruja. Estamos todos juntos.

Delfina Palicio
21 de febrero de 2026