domingo, marzo 25, 2012

¿Por qué enviar a tus hijos a catequesis?

Vivimos en un mundo muy duro. No es ningún secreto. El individualismo y el consumismo son antivalores que nos invaden y que empapan toda la sociedad. Y esto tiene su razón de ser. No es una teoría conspiratoria, sino lo que sucede cuando ciertos grupos de poder quieren perpetuarse y mantener a la sociedad bien atada.
Tradicionalmente, cuando se ha querido someter a los ciudadanos, se implantaba un régimen autoritario con unos mecanismos represivos muy potentes. Pero en las últimas décadas, las elites que gobiernan el mundo han optado por un sistema mucho más suave y atractivo. Ya no se trata de oprimir y reprimir, sino de modelar una forma de ser de la persona, adormecer su conciencia y uniformar.
El consumismo, a través de la televisión, el cine, la música, las modas… y tantos otros medios, está penetrando en todos los hogares y en el cerebro de todos: niños y adultos. También el individualismo es fomentado, incluso desde algunas tendencias de la psicología y las nuevas formas de espiritualidad. El modelo ideal de ciudadano es una persona sin ataduras, aparentemente libre, con dinero y que sigue las modas más avanzadas, que hace lo que quiere, va a donde quiere y compra lo que quiere, sin que nadie ponga trabas a sus deseos. Si hoy se une a alguien, esa relación no tiene por qué ser de por vida, nada es eterno, nada dura mucho. Lo importante es su ego y su bienestar particular.
Del auge del egocentrismo no debe extrañarnos que broten tantas situaciones de violencia, en la calle, en las escuelas e incluso en los hogares. También de este individualismo sin escrúpulos surge la plaga de corrupción política y económica que sufrimos. Cuando lo único que importa es uno mismo, o ganar más, sin mirar los medios, acaban desencadenándose crisis como la que ahora vivimos.
A quienes mandan les interesa una sociedad ignorante, sumisa y distraída: por esto nos dan pan y circo, no solo material, sino mental. Espectáculos y grandes superficies comerciales. Videojuegos, Internet, televisión y comida basura. Persiguen una sociedad de personas egocéntricas, con vínculos débiles, que no se comprometen ni forman grupos sólidos y estables. Porque una masa de individuos-burbuja, aislados, egoístas, emocionalmente frágiles, es fácilmente manipulable. Mientras que una sociedad bien trabada, con familias y grupos firmes y bien unidos, es una sociedad a la que nadie tumba ni maneja a su antojo, y que todo lo supera.

La catequesis, vacuna contra una cultura salvaje

Y, ¿qué tiene que ver todo esto con la catequesis? ¿Qué tiene que ver con la formación religiosa?
La religión, concretamente la cristiana, justamente defiende lo contrario del individualismo y el consumismo.
La religión en su sentido genuino es relación ―re-ligare―, es establecer vínculos. Vínculos, ¿con qué?
―Con los demás, en primer lugar. La religión nos enseña que el otro es hermano, que el otro es sagrado y que es compañero de camino durante esta vida. La religión nos hace mirar más allá de nuestro ombligo.
―En segundo lugar, nos vincula con el mundo, con la naturaleza, con la historia. El cristianismo nos lleva a amar y respetar la creación, como obra de Dios, como espacio en el que vivimos y del que obtenemos recursos, pero que hemos de respetar, porque no es nuestra ni podemos destruirla impunemente. También nos lleva a aceptar la historia de la que procedemos, con sus luces y sus sombras, pues de ese pasado venimos y hemos recibido un legado, que también contiene muchos valores.
―Y, finalmente, nos con nuestra dimensión trascendente, con el alma y con el Amor creador que todo lo ha hecho y nos sostiene en la existencia, Dios.
La persona religiosa es la que vive estos vínculos, y estos, como raíces, alimentan y enriquecen su vida. Ser cristiano coherente previene el egocentrismo y el consumismo vacuo. Enseña al niño a ser consciente de los demás, a ser solidario, a abrirse al mundo. La religión entraña una consciencia y una responsabilidad. A partir de ahí, la persona puede elegir libremente su trayectoria.
Educar para la libertad, para la solidaridad, para unas relaciones humanas generosas, responsables: todo esto puede aportar la catequesis a vuestros hijos.

La dimensión trascendente de la vida

Algunos podéis objetar. Bien, todo esto es perfecto. Pero, ¿por qué tiene que pasar necesariamente por la religión? ¿No bastan los valores humanos? ¿No basta una ética elemental?
Es cierto que hay muchas personas honestas que se comportan con bondad y que no creen en Dios, por los motivos que sea. Y también es cierto que los que nos llamamos cristianos a veces no lo parecemos.
Aparte de una ética humanitaria, de una inquietud social, el Cristianismo ofrece algo más a nuestros hijos.
Se trata de explorar y desarrollar su dimensión espiritual y trascendente. No todo el mundo valora por igual esta dimensión.
Decimos que queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero solemos centrarnos en la dimensión física ―que nuestros hijos estén bien comidos, bien vestidos, que no les “falte nada”―, o en la intelectual ―que vayan bien en el colegio, que saquen buenas notas y hagan una carrera―. Pero el ser humano es más que un cuerpo y una mente racional. ¿Dónde están las emociones? ¿Dónde está lo que llamamos “corazón”? ¿Y el alma?
La educación escolar y académica, y los valores que aprendemos en familia, nos pueden preparar para la vida. Nos pueden enseñar “cómo” vivir bien.
Pero esto no basta. ¿Dónde encontramos respuestas cuando nos preguntamos por el sentido de la vida? ¿Dónde encontrar motivación para luchar por un fin que nos entusiasme, por algo más grande que nosotros mismos, algo que nos estire por dentro y nos impulse a levantarnos cada día?
Los niños se hacen muchas preguntas. Se preguntan el por qué de la vida; se interrogan sobre la muerte. Quieren saber. Hay niños que ya meditan cuestiones que los filósofos existencialistas pusieron sobre la mesa. ¿Para qué he nacido, si tengo que morir? ¿Por qué tenemos cuerpo, si luego desaparece, y el alma se va a otro lugar? ¿Por qué se mueren los niños, o una persona joven? ¿A dónde van los que se mueren? ¿Nos reencarnamos, nos convertimos en fantasmas, o desaparecemos para siempre? ¿Qué pasa con el mal? ¿Por qué Dios deja que haya tanto mal en el mundo? ¿Por qué Dios no castiga a los malos?
La religión puede responder estas preguntas. No con razonamientos lógicos, sino desde la fe, desde el corazón y desde la experiencia de miles de personas a lo largo de los siglos.

¿Qué les enseñamos a los niños?

En la catequesis no solo les exponemos una “doctrina”, como se solía decir antes. El Cristianismo va más allá de una serie de normas y preguntas de Catecismo. El Cristianismo es amar y seguir a una persona. Es fe y vida. Todo lo que enseñamos se centra en Jesús.
En catequesis intentamos transmitirles la vida de Jesús de Nazaret, que vivió, pasó haciendo el bien, murió y resucitó. Sus discípulos lo anunciaron y su mensaje fue escrito y ha pasado, de generación en generación, con una propuesta muy clara: Dios es amor. Y Dios es Padre, cercano y metido de lleno en la humanidad. Nosotros, como hijos suyos, estamos llamados al amor. Todos los mandamientos de la antigua ley judía, en Jesús, se resumen en uno: amaos unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.
Esta es la propuesta del cristianismo: un mensaje de amor, de amistad, de compromiso con los demás. Sabiendo que tenemos en el horizonte una esperanza muy clara: no de una muerte definitiva, sino de una vida resucitada, como Jesús nos mostró.
Si lo pensáis detenidamente, es un mensaje humanitario, pero también es un mensaje extraordinariamente alegre y esperanzador. Sabernos amados de Dios, saber que Jesús está siempre cerca, en los sacramentos, y especialmente en la comunión. Saber que en nosotros hay una chispa de vida eterna, en el alma, que está hecha de la sustancia de Dios, esto basta para dar un sentido nuevo y gozoso a la vida. Ayuda, también, a dar sentido a los momentos dolorosos, de sufrimiento, pérdida y conflictividad.
¿Qué queremos, en la catequesis? Que vuestros hijos conozcan ese gran amor, esa gran alegría de saberse hijos de Dios, hermanos de Jesús, llamados a una vida plena y eterna. Y que aprendan, siguiendo los pasos de Jesús, a ser hombres y mujeres libres, abiertos a los demás, solidarios, responsables y capaces de amar y de recibir amor. Porque es así como llegarán a desarrollar todo su potencial humano y cómo conseguirán, un día, ser verdaderamente felices.

domingo, marzo 18, 2012

25 aniversario de ordenación

Agradezco a Dios mi vocación, el don más precioso que me ha podido dar.

Génesis de una vocación - 1

Una serie de personas, circunstancias, instituciones y experiencias fue tejiendo desde el primer momento el sueño de Dios para mi vida: una vocación apasionada.

Yo solo tenía que dejarme guiar con suavidad hacia esos momentos clave que me llevarían a culminar lo que Dios quería de mí y lo que yo anhelaba en lo más hondo de mi corazón. Sin saberlo inicialmente, y cuando poco a poco fui consciente de que se me abría un nuevo horizonte, sentí miedo y vértigo. Pero algo me empujaba hacia delante. Más tarde, me di cuenta de que esa llamada de Dios se había ido preparando a lo largo de mi historia, y era una respuesta a mis deseos más profundos. Todo se concretó en el momento en que dije sí a Dios a través de un sacerdote.

Mi miedo se deshizo, mis dudas se aclararon, mi inquietud se convirtió en silencio y paz. El futuro ya no me importaba, el presente era la realidad más bella que podía vivir. Mi laberinto interior se convirtió en un sendero abierto al cielo; mis largas noches, en amaneceres; mi fragilidad en fuerza interior. La calma invadió mi vida porque tuve la certeza de que no solo yo buscaba a Dios, sino que Él, desde siempre, me había estado esperando.

A partir de entonces, comencé una nueva historia. Los hilos cruzados, como convergencias providenciales, fueron formando ese bello tapiz que culminó en mi vocación al sacerdocio.

La oración de dos niñas

Todo empezó así. Mis hermanas, Carmen y Mari, de pequeñas iban a la iglesia del pueblo y, ante el Sagrado Corazón, rezaban pidiendo un hermano sacerdote. Quizás no sabían muy bien por qué lo pedían, tal vez asociaban la imagen del cura a la bondad. Nos habíamos quedado sin padre y su muerte nos privó de la calidez de una presencia paternal, protectora y fuerte. Quizás él, desde el cielo, intercedió ante Dios para que esa petición se hiciera realidad. En la oración de las dos hermanas había ingenuidad, pero Dios siempre escucha, y muy especialmente a los niños. Ellas y mi padre, desde el cielo, comenzaron a escribir los primeros renglones de mi vocación.

Sor Antonia, la primera catequista

Me eduqué en Badajoz, en el Colegio Hernán Cortés, llevado por las Hermanas de la Caridad. Allí conocí a Sor Antonia. Era una religiosa menudita y regordeta, con una enorme creatividad pedagógica, la mejor cuentacuentos que he conocido. Durante las veladas que pasaba a su lado, reunido junto a ella con otros niños, lograba mantenerme absorto con sus historias, fantásticas o tomadas de relatos bíblicos. Utilizaba recursos plásticos y expresivos, con ricas imágenes, de manera que nos introducía de lleno en la narración. Recuerdo que me fascinaba no solo su forma de contar, sino su capacidad para hacerme sentir a gusto. Mi primer conocimiento de Jesús fue a través de sus parábolas y los episodios del evangelio que nos explicaba.

La llegada a Barcelona y la parroquia de San Pío X

Con 14 años dejé el colegio y mi infancia atrás, en el Badajoz que me vio crecer. Llegué a Barcelona con mi hermano y me reuní con mi madre, mis hermanas, mi abuela y mi tía. El cambio fue tremendo. Buscando un lugar donde encontrar referencias, me incorporé al grupo de jóvenes de la parroquia de San Pío X. Con ellos me iba de excursión cada fin de semana y recorrí decenas de montañas. Aprendí a amar la naturaleza y a admirar las maravillas de la creación. Tanta belleza comenzó a despertar en mí preguntas sobre el origen del mundo y esto me llevó a preguntarme si todo aquello que veía no sería una manifestación de la obra de Dios, de aquel Dios Padre del Jesús de las parábolas, el Padre bueno que me descubrió Sor Antonia.

En medio de la naturaleza empecé a ser consciente de mis inquietudes y del bagaje religioso que había recibido. Las catequesis comenzaban a dar fruto en mí, y cada vez disfrutaba más caminando y descubriendo nuevos paisajes, a medida que también iba experimentando un gozo interior más profundo.

El valor del trabajo

Cuando llegué a Barcelona compaginé mis estudios con el trabajo, para colaborar en la economía doméstica, ya que en casa se necesitaba ayuda. Primero trabajé en una empresa de artes gráficas. Más tarde en una ebanistería. Allí aprendí del esfuerzo y el sacrificio de tantas personas que trabajan para contribuir a la marcha económica del país, así como para ganar el sustento de su propio hogar. Combinar estudios y trabajo supuso para mí una gran experiencia humana. Conocí a gentes muy diversas, que luchaban tenazmente por dignificar su vida, y esto me aportó una visión más realista de la sociedad. Me impresionaba constatar las hermosas razones y esperanzas que daban sentido a la vida de algunos trabajadores y les impulsaban a seguir adelante.

Siempre me ha gustado trabajar con las manos. La madera y el papel me enseñaron a ser creativo y a desarrollar mi habilidad. El trabajo artesanal de la madera me fascinaba. Mientras veía la materia prima transformarse en objetos útiles pensaba a menudo en San José, carpintero, y en Jesús, que debió ayudarle en su taller durante muchos años. Meditando sobre el trabajo del ebanista, pensé que, así como el artesano da forma a la madera, así Dios también esculpe nuestras almas hasta convertirnos en sus mejores obras de arte. Si el trabajo está hecho con amor, pese a nuestras imperfecciones, la obra final es bella. Si nos dejamos hacer, saldrá lo mejor de sus manos. Recordaba, también, esas frases del Génesis que describen a Dios modelando el cuerpo del hombre con arcilla. Y la frase de san Pablo, “llevamos un tesoro dentro de vasijas de barro”. Ese tesoro, el Espíritu Santo, no solo alienta dentro de nosotros, sino que también nos modela, dándonos la fuerza para amar como Cristo y convirtiéndonos en hombres nuevos.

Esos tres años de trabajo artesanal fueron una época de mucho realismo mientras continuaba mi formación religiosa en la parroquia del barrio. El trabajo significó para mí familiarizarme con un mundo que se me abría. Estaba a punto de dar otro salto cualitativo, que coincidió con mi incorporación al grupo de jóvenes del santuario de Santa Eulalia de Vilapicina, vinculado a la parroquia de Santa Eulalia. Algo estaba a punto de suceder.

domingo, marzo 11, 2012

Curas felices

Hoy quiero compartir con vosotros este artículo de J. L. Martín Descalzo, sacerdote al que seguí mucho en mi época de formación teológica. Es un extracto del capítulo 12 de su libro Razones para el amor.

La semana pasada me ocurrió algo muy desconcertante: en uno de mis artículos decía yo, de paso, sin dar a la cosa la menor importancia, que me sentía feliz y satisfecho de ser sacerdote y que esperaba que esta alegría me durase siempre.
Y he aquí que he comenzado a recibir cartas felicitándome por haber dicho algo que, por lo visto, es sorprendente; algo que, según dicen mis comunicantes, sólo se atreve a afirmarlo en público quien tiene mucho valor. Y yo he leído estas cartas sin dar crédito a mis ojos, sin acabar de entender que alguien crea que implica valor el decir cosas que a mí me resultan elementales. En rigor, no necesito coraje ninguno para decir mi nombre, los años que tengo o lo que soy.
Pero, por lo visto, según quienes me escriben, ahora los curas se sienten como avergonzados de serlo; ocultan su sacerdocio como un hijo ilegítimo; y el que no abandona su ministerio ―dicen― es porque aún no ha encontrado forma mejor de ganarse la vida.
Pero ¡qué tontería! Creo que voy a devolver sus cartas para decirles que el número de curas felices es infinitamente mayor de lo que ellos se imaginan y que si no todos lo gritan en sus púlpitos o en los periódicos es por sentido común o porque ahora lo que está de moda es presumir de malos, y así, mientras hoy uno puede encontrarse en la prensa la foto de una señora con un cartel que dice: «Soy una adúltera», resultaría bastante rarito que los curas caminaran por la calle con un letrero que pregonara «Soy feliz».
Sin embargo, hay que preguntarse cuáles son las raíces por las que el prestigio de la vocación sacerdotal ha bajado tantos kilómetros en la estimación pública. Porque esto sí es un hecho. Antaño, el anticlericalismo era una indirecta manifestación de estima, ya que sólo se odia lo que se considera importante. Hoy, me parece, funciona más que el anticlericalismo el desprecio, la devaluación, la ignorancia.
Los síntomas de esta bajada del clero a la tercera división social son infinitos. [...]
Voy a aclarar que a mí no me preocupa el descenso de valoración social. El que los curas hayamos dejado de ser parte de los notables, de las «fuerzas vivas» de la ciudad, no me parece ninguna pérdida. A Cristo y a los suyos, evidentemente, nadie los colocaba junto a Pilato y Herodes. A mucha honra.
Más me angustia la pérdida de aprecio «moral» y, tal vez como consecuencia, que muchos sacerdotes pongan en duda lo que se llama su «identidad sacerdotal». Que ellos no acaben de ver muy bien para qué sirven y que tampoco lo entienda y valore suficientemente la comunidad.
No sería honesto si no dijera que en esto ha contribuido decisivamente la curva de secularización de los años postconciliares. Dios me librará, claro está, de juzgar a las personas. Que a alguien por un momento le haya deslumbrado el amor de una muchacha más de lo que le alumbra el fuego apagado de su vocación me parece doloroso, pero comprensible. Que alguien no sea capaz de soportar la soledad es uno de tantos precios que paga la condición humana. Pero lo que ya me resulta incomprensible es que el sacerdocio se abandone por cansancio, por desilusión, por sensación de inutilidad o porque ―dicen― les asfixia la estructura de la Iglesia, para encontrarse ―al salir― con que todas las estructuras de este mundo son hermanas gemelas, y la peor de todas ellas es la propia mediocridad.
Y lo peor del asunto es que hayamos convertido la crisis de las personas ―de algunas personas― en la crisis del clero. Es cierto: un cura que se va, da más que hablar que cien que permanecen. Y cuando en un bosque se talan dos docenas de árboles, todos los convecinos sienten como si el hacha golpeara también su corteza.
Toda esta serie de factores ha hecho que hayamos pasado del cura orgulloso de su ministerio al desconcertado de ser lo que es. Quisimos ―y yo creo que con razón― dejar de ser «bichos raros»; alejarnos de unos vestidos que nos alejaban; quisimos ―y creo que con acierto― sentirnos hombres «mezclados» con los demás hombres, y parece que nos hubiéramos vuelto «iguales» a los demás, empezando por contagiarnos de esa tristeza colectiva, de ese desencanto que parece característico del hombre contemporáneo.
Y, ¡claro!, comenzaron a bajar las vocaciones. Recuerdo que, cuando fui, de niño, al seminario, lo hice ante todo por nacientes razones religiosas. Pero también porque admiraba la obra de algunos sacerdotes muy concretos, porque veía que sus vidas estaban muy llenas, porque entendí o imaginé que siendo como ellos sería feliz como ellos eran.
Hoy entiendo que sea más difícil para un muchacho iniciar una carrera en la que no sólo va a ganar menos que siendo fontanero o albañil, sino en cuya realización no vea felices y radiantes a quienes la viven.
Por eso me pregunto si una de las primeras tareas de la Iglesia de hoy ―de toda ella: curas, religiosos, sacerdotes― no será precisamente la de devolver a quienes la hayan perdido su alegría y lograr que quienes ―y son la mayoría― la tienen, pero apenas se atreven a mostrarla, saquen a la calle el gozo de ser lo que son. Aunque tengan que ir contra corriente de una civilización en la que lo que parece estar de moda es pasarse las horas contando cada uno la tripa que se nos rompió ayer por la tarde y en la que ser feliz y demostrarlo resulta una rareza.
Para ello no hace falta ponerse una careta con sonrisa profidén. Basta con vivir lo que de veras se ama. Y saber que, aunque en la barca de la Iglesia entra mucha agua por las ranuras de nuestros egoísmos, es una barca que nunca se hundirá. Porque es muy probable que nosotros, como personas, no valgamos la pena. Pero el sacerdocio, sí.
Del libro Razones para el amor, de José Luís Martín Descalzo. Ediciones Sígueme, Salamanca, 2007. 

miércoles, enero 04, 2012

Jesús, regalo de Dios

Recuperar el sentido de la fiesta

Con motivo de la fiesta de los Magos de Oriente, os propongo reflexionar sobre el sentido del regalo, como expresión de amor y de donación a los otros.
La fiebre consumista va calando en la sociedad hasta llegar a despojar esta fiesta de su genuino sentido, eminentemente religioso.
El consumismo estructural por un lado, y el secularismo, que ha penetrado profundamente en la dermis social, han barrido la visión trascendente de la realidad, emancipándola de toda referencia religiosa y anestesiando el yo espiritual de la persona. Así, cada individuo se convierte en una máquina de gastar, lejos de toda instancia ética.
Por eso urge un nuevo modelo pedagógico que eduque sobre el valor del regalo como gesto de donación a los demás. Una pedagogía que ponga en el centro del acto de obsequiar no tanto el objeto en sí, sino a la persona receptora, ya que todo acto generoso debe ser expresión de un deseo de felicidad del otro. Si no tenemos en cuenta este aspecto esencial, nos estaremos sumando a la corriente consumista que invade a la sociedad y estaremos haciendo el juego al liberalismo acérrimo que utiliza a la persona como una pieza más del tejido productivo. Así es como se le quita su valor sagrado y su dignidad. Por eso urge una profunda reflexión pedagógica y teológica para contrarrestar ese terrible culto al tener por encima del ser.
Hoy, en la fiesta de los Magos, tenemos la ocasión reflexionar sobre el sentido cristiano que tiene el hecho de intercambiar regalos.

El gran regalo de Dios

Regalar algo significa pensar en el otro. Pero, además, en el acto de regalar estamos dando una parte de nosotros mismos, de nuestro tiempo, nuestra creatividad, nuestra alegría, nuestra libertad. Teológicamente hablando, Jesús, como manifestación de la presencia de Dios en nuestra vida, es el gran regalo que Dios nos hace. Nos entrega a su Hijo como obsequio a la humanidad. Es un regalo sorprendente e inesperado, que colma de plenitud todos nuestros anhelos. Dios nos ofrece alguien que quiere formar parte de nuestra vida para siempre, un regalo mucho más hermoso que un cielo estrellado o un amanecer; más grande que el inmenso mar y más luminoso que la nieve; más ardiente que el sol y más tierno que la brisa de un atardecer de primavera. Todas las bellezas del mundo creado son poco ante el estremecimiento de un corazón que late, un corazón de carne que arde de amor, que se nos da gratis, sin esperar nada a cambio, porque su locura es amarnos, incluso aunque no lo queramos. Es este un desconcertante amor que va más allá de todo lo que podamos merecer. Como decía san Bernardo, este regalo es aceite que alumbra nuestra lámpara, bálsamo que nos protege y miel que alimenta y da alegría al corazón. Este es el regalo que Dios nos hace en Jesús.

Regalar es salir de nosotros mismos

Por tanto, regalar tiene mucho que ver con lo que somos y pensamos, con lo que creemos y vivimos. No podemos desvincular lo que ofrecemos de nosotros mismos. El regalo tiene que despertar un profundo sentimiento de gratitud, que es la hermana de la generosidad. Y todo regalo ha de favorecer nuestro vínculo con los demás. Pero, sobre todo, nos ha de ayudar a tomar conciencia de que, en cada acto de donación y recepción, Dios está manifestando su amor generoso a través de este gesto providencial.
Pidamos a los Magos que nos ayuden a saber regalar todo aquello que nos acerque al misterio de un Dios amor, que se encarna en un niño. Que nos ayuden a dar todo aquello que nos abra la fuente del gozo, a salir de nosotros mismos, a devolverle tanto derroche de amor, a descubrir que, bajo la capa suave de nuestra piel también palpita Dios; que sepamos regalar todo aquello que nos lance con coraje y esperanza hacia la inmensidad del corazón del otro, porque en cada uno se manifiesta la inmensidad de Dios. El mejor regalo que podemos hacer a los demás, especialmente a aquellos con quienes convivimos, es darnos a nosotros mismos.
Sobre todo, sepamos ofrecer todo aquello que nos haga descubrir, como a los Magos, la estrella que nos lleva hacia Dios. Ellos supieron asombrarse y, con humildad, adoraron al Niño y reconocieron que, más allá de la ciencia y de las estrellas, el gran descubrimiento fue toparse con el amor revelado en aquel pequeño.
La ciencia del amor es la única que nos hará descubrir el sentido último de la existencia. Jesús es la puerta del misterio que nos lleva directamente al corazón de Dios, como respuesta a todas nuestras búsquedas. Con Jesús entramos en otra dimensión: el regalo de la eternidad.

domingo, diciembre 11, 2011

Sentido de pertenencia

El grupo, una necesidad vital

El hombre, en su proyección social, genera un entramado de relaciones. Su propia estructura biológica y psicológica no se entiende sin la apertura al otro. Somos gregarios por naturaleza y para nuestro desarrollo armónico necesitamos crecer en grupo.
Somos radicalmente un “nosotros”, sin los demás estamos perdidos en nuestro propio laberinto existencial. Solo “somos” en la medida en que nos abrimos a los demás. Pero no solo nos proyectamos a los demás por mera afinidad, según nuestros gustos. Hay también un deseo de evitar la soledad, una tendencia filantrópica del ser humano, una necesidad de sentirse protegido. Desde el punto de vista psicológico y afectivo hay una necesidad de referentes grupales que vayan pautando nuestra proyección social y al mismo tiempo favorezcan nuestra auténtica identidad.
Conjugar estos dos elementos, el yo y los demás, es necesario para nuestro equilibrio humano y social. La apertura al otro nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos y forma parte de nuestro proceso de maduración como personas. Lo que hace que nuestra vida tenga sentido es, antropológicamente hablando, encontrar un espacio y un grupo al que pertenecer. De ahí la necesidad de comprometerse con alguien para formar una familia y trabar unos vínculos fuertes y duraderos.

Redes y grupos sociales

La familia es una pequeña comunidad que se forma y crece al abrigo del amor. Es el amor el que espolea y catapulta a ambos cónyuges y a sus hijos hacia la sociedad.
Entre la célula básica, la familia, y la superestructura del estado, aparecen grupos intermedios donde se establecen fuertes lazos entre sus miembros. Estos diferentes círculos o grupos, ya sean culturales, deportivos, artísticos, intelectuales, lúdicos…, irán tejiendo un entramado alrededor de cada miembro de la familia.
Los grupos se convierten en referentes muy sólidos que orientan los valores, inquietudes e ideas de unas personas que se interrelacionan. Así, el grupo llega a ser un eje vertebrador que ayuda a canalizar la necesidad humana de compartir con los demás sus anhelos, esperanzas y proyectos. Es crucial para armonizar nuestra propia identidad.

¿Qué nos une en la Iglesia?

Pero, aún hay algo más: es el anhelo de trascendencia, otro elemento con fuerza aglutinadora, que es el religioso. Más allá de la mera empatía con los demás y del deseo por reunirse con personas afines, con gustos similares, hay algo muy genuino en el hombre, que es el deseo de compartir sus creencias, sus valores, su cosmovisión, aquello que da sentido a su persona, especialmente las cuestiones vitales que son nucleares en su vida: la familia, la muerte, Dios, la dimensión religiosa del otro, el amor, la fraternidad, el sacrificio, la generosidad, la vocación, el dolor en el mundo…
Los cristianos somos un macro grupo formado por muchos pequeños grupos unidos por una persona: Jesús de Nazaret. A esto lo llamamos Iglesia, la comunidad de creyentes unida, más allá de los intereses humanos, por un Dios amor que se nos revela en Jesús.
Formar parte de este movimiento de creyentes pasa por un proceso interior que toca los fundamentos de la persona, de tal manera que produce en cada uno un cambio radical de vida. El sentido de pertenencia a la comunidad no se alcanza plenamente hasta que no se da una profunda conversión. Y entonces, los demás ya no son solo amigos, sino hermanos. Los vínculos no están marcados por emociones sino por un profundo sentimiento de fraternidad universal. Cualquier ser humano, por muy lejos que estemos de él, forma parte de nuestro yo. No es alguien ajeno, sino alguien que, a pesar de las diferencias, se convierte en un hermano, en miembro de la gran familia de Dios, en sujeto del amor.

El sentido de la eucaristía

Sin nuestro sentido de pertenencia a la comunidad cristiana, difícilmente viviremos con plenitud el don de la fe. La concreción de esta pertenencia se da en el lugar donde ordinariamente celebramos la eucaristía: la parroquia, un espacio privilegiado donde crecemos como cristianos.
Esta es la única condición para adherirnos al gran grupo de Dios: el compromiso de permanecer siempre fieles y trabajar por su causa, especialmente en el ejercicio de la caridad, que tiene su centro en la participación de la eucaristía como sacramento de su presencia, de su amor.
Y esta participación en el memorial del Señor es la parte más distintiva de nuestro sentido de pertenencia como ciudadanos del Reino. Solo si está vinculada a la caridad la eucaristía superará el riesgo de caer en la rutina del rito para convertirse en una fiesta, donde todos participan de la misma misión, ser apóstoles del amor. El apostolado es uno de sus más bellos frutos. Qué diferentes serían las eucaristías, cuánto más vivas y fecundas, si todos tuviéramos presente esta misión.

viernes, noviembre 25, 2011

Adviento, tiempo de esperanza

La Iglesia propone los tiempos litúrgicos para que sean como brújulas en la vida del cristiano. El primer tiempo fuerte, que inaugura el año litúrgico, es el Adviento.
La palabra Adviento significa advenimiento, tiempo de preparación para la venida de Jesús.
Hoy se habla mucho de la crisis de fe. Cada vez son más las personas que han decidido vivir al margen de Dios. Si la fe está en crisis podemos decir que la esperanza también. El mundo vive sumido en la apatía y en la decepción, sin esperar en nada ni en nadie.
La crisis del joven es de fe, todo lo cuestiona y duda. Esa una actitud muy propia de su edad, pero tiene que llevarlo a algo más que a la simple rebeldía y a la negación de una realidad trascendente.
La crisis del adulto es de amor. Es en esta etapa cuando cuesta mantener la fidelidad en el amor, tras un compromiso que, a veces, se rompe dolorosamente.
Y la crisis del anciano es la esperanza. Cuando ya llega a la última fase de su vida, se cuestiona muchas veces si lo que ha hecho, todos sus esfuerzos por su familia, por el trabajo, sus proyectos…, si todo esto ha valido realmente la pena.
La Iglesia, como buena madre, nos anima a no cansarnos de amar y a no perder la fe ni la esperanza. Adviento es un tiempo propicio para reflexionar sobre estas virtudes.
Frente a la cultura materialista y deshumanizada que nos envuelve, hemos de activar la esperanza. ¿Cómo hacerlo?
Con nuestro testimonio. El testimonio vale más que mil palabras. Los jóvenes tienen que descubrir en la persona adulta alguien que sigue esperando, que no se rinde. Alguien que les transmita que vale la pena amar, creer y esperar. Pese a todos los contratiempos que podamos tener, es importante llenar nuestra vida de Dios y confiar plenamente en Él. Tenemos que creer con firmeza que, a pesar de todo, Dios nos ama. Si la fe es un don de Dios, la esperanza es valentía. Los cristianos tenemos que convertirnos en antorchas de esperanza para el mundo.
Nuestra mayor esperanza es Cristo. Como dice San Pablo, ni la muerte nos puede alejar del amor inmenso de Dios. Este es el Dios que esperamos en Adviento, el Dios cercano que se hace hombre y que vive muy cerca de nosotros.

sábado, septiembre 24, 2011

San Félix, del pasado al futuro

Unas raíces firmes

Doy gracias a Dios por todas las personas, sacerdotes y laicos, que han hecho posible lo que hoy es la parroquia de San Félix.
Ellos han sido raíces en el fundamento de la historia parroquial. Hoy, San Félix no sería lo que es sin su pasado y sin los sacerdotes que, cada cual según su carisma y dones, han hecho posible esta hermosa realidad de Dios en el mundo. Con sus aciertos y errores, no se puede dudar del bien que han hecho a su comunidad.
Me consta que los tres rectores anteriores dieron lo mejor de su sacerdocio, con una capacidad de entrega que los llevó a volcar su vida al apostolado.
Como nuevo párroco, he recibido numerosas muestras de cariño y aprecio hacia los sacerdotes que me han precedido. Me siento receptor de la preciosa historia de una comunidad que ama a su parroquia y a sus sacerdotes. Siento que se ha hecho un gran trabajo de consolidación de una feligresía muy devota a la eucaristía. Los laicos han sido, con su generosidad, los que posibilitaron la construcción y adecuación del actual templo parroquial. Por lo tanto, no podemos dejar de valorar la gran riqueza de esta comunidad que se ha mantenido fiel en el paso del tiempo, eso es un gran regalo de Dios. Algunas personas ya han fallecido y desde el cielo siguen velando por su querida parroquia.

Los retos del presente

Han pasado setenta años desde su constitución, con más de media docena de sacerdotes e innumerables fieles que han participado de una manera u otra en las actividades de la parroquia. Estamos en el 2011 y asistimos a un cambio vertiginoso de la realidad social y cultural que nos rodea. La vida urbana y su núcleo han adquirido nuevas dimensiones. Nos encontramos ante un cambio coyuntural con un nuevo paradigma de valores. Como rector de esta parroquia, me toca afrontar estos momentos, requiriendo de finura espiritual para saber comunicar el evangelio con la misma intensidad con que lo hicieron los anteriores rectores, pero con un lenguaje nuevo, adecuado al tiempo y a la realidad del presente. Me toca hacer frente a un reto apasionante que requiere de mucho entusiasmo, lucidez, creatividad y, sobre todo, de mucho amor. Los desafíos son acuciantes y piden un cambio radical de esquemas mentales para saber dar respuesta certera a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Como decía el Papa Juan XXIII, hay que estar abiertos a los signos de los tiempos. Para afrontar esta nueva situación se necesita comprensión, humildad y delicadeza. Solo así sabremos entrar en las nuevas coordenadas culturales.

Llamados a ser testimonios

Pero los laicos y los sacerdotes tenemos algo en común: nuestro bautismo. Por tanto, nos toca a todos evangelizar y dar un testimonio creíble y de autenticidad, para seducir con amor y paciencia. Son las armas más potentes que, con la ayuda de Dios y la fuerza de su Espíritu, harán fecundo nuestro apostolado.
La única oferta que sigue siendo válida es ofrecer a Cristo como realidad viva que nos transforma y nos lleva a la felicidad plena. Es la hora del testimonio. La parroquia del siglo XXI será posible si somos capaces de vivir con alegría renovada este gran momento histórico.
A pesar de que vivimos en una sociedad aletargada e ignorante de Dios, hemos de lograr que la gente descubra a Cristo y se enamore de él. Pero primero, nosotros hemos de estar enamorados, con auténtica pasión. Solo así, con el simple destello de ese amor apasionado, nuestro mensaje llegará a calar en los demás.
Ojalá seamos capaces de hacer brotar a nuevos enamorados de su causa.

domingo, septiembre 11, 2011

Hacia una renovación parroquial

San Félix, hacia una renovación de su identidad

El título quiere expresar la necesidad de un replanteo de los fundamentos pastorales de la parroquia, como lugar de continua renovación que sirva para mejorar nuestra vivencia cristiana y nuestra configuración como comunidad creyente, en un contexto social que requiere de una enorme creatividad para adaptarse a los cambios y a los signos de los tiempos.
Un teólogo decía que Dios es eternamente joven. Es decir, su corazón nunca envejece. Los cristianos hemos de hacer un gran esfuerzo para no envejecer en le fe. Esto requiere ilusión y apertura a la novedad en la liturgia y en la pastoral. No podemos quedarnos en un pasado que creíamos mejor, añorando ciertas formas por encima del espíritu. Abrirse puede causar vértigo y, por miedo, nos quedamos anclados en el pasado.
El presente quizás nos provoca desconcierto, porque no estamos acostumbrados a los cambios acelerados y porque quizás no entendemos las razones de un tiempo que depura nuestras concepciones religiosas. Tenemos miedo a lo desconocido porque nos cuesta encajarlo en nuestra mente. Para la Iglesia es una gran oportunidad.

Hablar un nuevo lenguaje

Hemos de aprender de las crisis. Esto nos exige un esfuerzo por traducir a un lenguaje adaptado y nuevo las verdades de la fe. La sociedad, en el fondo, necesita descubrir a Cristo, que ayer, hoy y mañana, es el mismo. Pero si queremos que su mensaje cale, tenemos que hablar un lenguaje que entienda nuestro mundo de hoy. Más allá de lo abstracto, lo esencial es el testimonio vivo y entusiasta de nuestra experiencia de fe. Hoy nos toca vivir la fe en la intemperie, al raso, donde las gentes viven alejadas de la religión y necesitan urgentemente una palabra que les interpele.
El Papa, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, llamaba a los jóvenes a ser valientes en la difusión de la fe. Las parroquias han de salir hacia fuera si no quieren empequeñecerse y quedarse cerradas en sí mismas, reducidas a un templo donde únicamente se celebran las liturgias.

¡Ay si no evangelizamos!

Hoy, ser cristiano y ser auténticamente Iglesia es sumarse al trabajo de evangelización, y esto pasa por no tener miedo a salir afuera, a adentrarnos en nuestro mundo, el mundo de los demás. San Pablo diría que ¡ay de nosotros si no evangelizamos! No podemos reducir nuestra fe al mero cumplimiento preceptual. En todo caso, esto nos ha de llevar a ser conscientes de que la autenticidad de nuestra fe se concreta en un compromiso de mayor implicación en nuestra vida cristiana, convirtiéndonos, a todos, en apóstoles entusiastas. Pero muchas veces preferimos reducir nuestra vida cristiana a la asistencia a misa. Esto es lo fundamental, pero es insuficiente si queremos crecer espiritualmente.
Si deseamos avanzar, hemos de buscar tiempo para dedicarnos a la expansión del evangelio. Cristo necesita nuevos discípulos que, con valentía, lo pongan en el centro de su vida y se lancen a anunciar su Reino. Recibimos tanto que no podemos limitar nuestro encuentro semanal con él a un tiempo pobre y rutinario, un rito más dentro de nuestra cultura, que cumplimos por inercia.

Tener tiempo para Dios

De aquí viene la falta de vitalidad de las parroquias. Tenemos tiempo para muchas cosas, pero no lo tenemos para lo esencial, para Dios. Estamos lanzados a la vorágine del día a día y nos falta tiempo. El activismo nos arrastra y no sabemos ni respirar el aire de Dios, el Espíritu Santo.
Hoy las parroquias estamos en una encrucijada. Teólogos y expertos en pastoral se plantean su razón de ser y los nuevos rumbos que pueden tomar. La vida parroquial ha sido el espacio donde muchas familias han crecido y donde han encontrado su referencia vital, contribuyendo a su dinamismo pastoral.
Pero las parroquias se han convertido en un lugar donde se consume la eucaristía y poco más. Participamos de la celebración como si fuera un ritual que no tiene nada que ver con nuestra vida cotidiana, y que tampoco nos empuja a implicarnos en la comunidad creyente. Recibir los sacramentos sin más, cayendo en un utilitarismo litúrgico y sacramental, es rebajar la fuerza del misterio eucarístico. No se puede vivir la fe aisladamente. Si nuestra celebración no nos lleva a vivir y a estar en comunión con los demás, como ha señalado el Santo Padre, nuestra fe se enfría y se congela. Le falta el calor del hogar de Dios, que es la comunidad parroquial.
Para que la parroquia sea creíble, ha de replantearse su razón última de ser, y esto pasa por una serie de reflexiones que nos ayuden a descubrir el formato de una nueva evangelización, de la cual se derive un nuevo proyecto pastoral.

domingo, agosto 28, 2011

Los pilares de una parroquia

 

 

 

 

 

 

 

Llamados a ser uno

La llamada a la vocación de la unidad es fundamental para entender el misterio de la Iglesia. Los sarmientos de la vid están llamados a dar fruto. La comunidad es una viña y se vuelve infecunda si los sarmientos se desgajan. Hemos de estar unidos a Cristo como los sarmientos a la vid.
La presencia de Jesús es palabra encarnada. En el discurso del adiós, que tan bellamente recoge san Juan en su evangelio, Jesús dice a los suyos que no los dejará huérfanos. Les enviará el paráclito, el Espíritu Santo. «Siempre estaré con vosotros, hasta el fin del mundo». Y les habla de su unidad con el Padre: «El Padre y yo somos uno».
Estas palabras están dichas en un contexto especial. La muerte de Jesús es inminente y nos deja su testamento, el mandamiento del amor: «Amaos unos a otros como yo os he amado».
Esta petición es plural. Lo está diciendo a ese pequeño grupo que es la incipiente Iglesia. La culminación del proyecto de la Iglesia pasa por estar unidos, en comunión. Comer juntos —celebrar juntos— es algo más que reunirse para cenar. La cena evoca encuentro, amistad, libertad, amor. El banquete implica compartir, fiesta, generosidad y una toma de conciencia unitaria.

Llamados a evangelizar

Los cristianos celebramos la presencia viva de Cristo en la eucaristía, compartiendo nuestra fe y nuestra misión evangelizadora. Jesús resucitado encomienda a sus apóstoles: «Id y anunciad el Reino a todo el mundo». La comunidad recibe este gran anuncio y aquí radica su identidad. Si no lo hacemos, algo importante estamos perdiendo.
Una parroquia que no da frutos porque se ha quedado únicamente en la liturgia y no fomenta el apostolado es endogámica, sólo se contempla a sí misma.

Tres pilares

Toda parroquia ha de tener estos tres pilares:
—oración, que es crecimiento espiritual personal;
—celebración, con Cristo en el centro de la comunidad;
—apostolado y formación, es decir, testimonio y anuncio del mensaje de Jesús.
Estos tres pilares están sustentados en la caridad. Sin caridad, no serán fecundos.
Tampoco será posible una evangelización eficaz sin un grupo de feligreses laicos, comprometidos y en comunión con el rector, dispuestos a servir y a trabajar por la parroquia, sintiendo suyo cada apostolado, no sólo su área específica, sino todas. Es importante evitar las capillitas y los grupos de poder, que tanto daño pueden hacer y tanto pueden minar la fuerza evangelizadora de una comunidad.
En la experiencia viva y real del mensaje del amor la comunidad camina con Cristo al encuentro del Padre, convirtiéndose en un hermoso lugar teológico, donde Dios reina.
La parroquia está llamada a hacer de su espacio y de sus actividades un lugar y un tiempo para Dios. Sólo así será creíble y dará fruto.

sábado, agosto 20, 2011

El sacerdocio, vocación del amor

Sesenta años de servicio a la Iglesia

Este año, la Iglesia ha tenido el gozo de celebrar el 60 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa. La comunidad católica ha vivido con especial interés el aniversario del don de su sacerdocio. Benedicto XVI es una figura gigante que no deja indiferente a nadie, ni a ateos, ni a creyentes. El mundo de la cultura y de la política tiene los ojos fijos en él. Su capacidad de síntesis teológica, su extraordinaria clarividencia pedagógica y su discurso doctrinal ayudan a entender con claridad su labor pastoral. La trayectoria de su papado está consolidando los fundamentos de la Iglesia. Está ejerciendo su ministerio como buen Pedro.

Justamente estos días hemos tenido la alegría de recibir su visita en España, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. La respuesta de tantos miles de jóvenes de todo el mundo nos muestra a Benedicto XVI como un líder único. Nadie en el mundo es capaz de movilizar a tantas personas, con ese entusiasmo y fervor. Como él lo expresa en su libro Luz del mundo, sabe muy bien que quien convoca, a través de su persona, en realidad es Cristo. Y como mensajero de Cristo se siente y habla a las multitudes. No desaprovechemos la ocasión de seguir sus discursos y sus mensajes en estos días.
Benedicto XVI es un revulsivo para el mundo intelectual, así como para los diferentes líderes religiosos, pues tiene la capacidad de plantear los temas cruciales que afectan al hombre de hoy con un análisis riguroso, profundo y a la vez asequible. Su autoridad moral a nivel mundial está sobradamente demostrada. Su finura pedagógica lo convierte en un interlocutor con una actitud de apertura y acogida.

Amigos de Cristo

El humilde servidor de la viña de la Iglesia tiene muy claro que el fundamento del ejercicio del Papado está en el amor profundo a su sacerdocio, entendido como una vida dedicada al servicio de los demás. Y este no se entiende sin un pacto íntimo de fidelidad y de amistad con Jesús. Los que recibimos el don sagrado del orden sacerdotal, desde el primer momento de la llamada hasta la recepción del sacramento, hemos sellado para siempre una alianza de amistad con Cristo, orientada a la culminación de un plan de Dios en nuestras vidas. Esto pasa por ser conscientes de que Dios nos entrega un pueblo al que hemos de ayudar a descubrir las razones últimas de su existencia, para llevarle a la plena felicidad. El ministerio del sacerdocio radica en acercar a las gentes a Dios, provocando un cambio radical en sus vidas de manera que sepan priorizar lo esencial. El sacerdote acompaña a los fieles en ese camino para que se dé en ellos un auténtico encuentro con Jesús. Esta es la razón de ser del sacerdote: propiciar la conversión e iniciar la aventura de amor de Dios con su criatura. Por eso es necesario que viva intensamente su relación con Dios y que sea un hombre de oración y silencio, para poder captar los planes de Dios en su vida y vivir con intensidad la eucaristía, expresión de la misma donación de Cristo a su Iglesia. El sacerdote se ha de convertir en otro Cristo que viva anclado en la eucaristía para repetir el gesto de entrega de Dios en la santa cena.

Testimonios creíbles

Otro aspecto fundamental es que, además de tener un carisma locuaz para la predicación, el sacerdote ha de ser un testimonio creíble y entusiasta que despierte nuevas vocaciones cristianas en los diferentes ámbitos de la vida civil, política, empresarial, cultural, económica, médica, etc. No habrá familias cristianas si no se realiza un trabajo evangelizador transversal que afecte a toda la sociedad.
El sacerdote se convierte en pastor doctorado en humanidad que sabe distinguir los momentos clave de la historia. Si desea ejercer el ministerio de la caridad con eficacia, ha de saber moverse en un mundo confuso y oscuro para poder arrojar luz al corazón de tantas personas que buscan a Dios.

Superar la tentación del poder

Además de tener dotes humanas para una mayor comprensión antropológica, necesita humildad para ser servicial y no caer en la sutil tentación del poder. Porque, ¡es tan fácil resbalar por ese tobogán cuando se ejerce una autoridad! Convertirse en referente para mucha gente puede conllevar esta tentación. Jesús renuncia a todos los subterfugios y formas del poder. En la multiplicación de los panes y los peces, huye porque la multitud lo quiere hacer rey. Nos enseña a escapar de esta trampa. Por eso es bueno recordar la humildad del santo cura de Ars, o la de santa Teresita del Niño Jesús, que decía que no era más que un lapicerito en manos de Dios.
La humildad es la que blindará al sacerdote de esas tentaciones y le permitirá elevarse para surcar el auténtico camino de su ministerio: el que lleva a la cruz y a la resurrección. Estas son las dos caras de una misma moneda. El sacerdote despojado de todo poder vive su vocación como un regalo inmerecido y, a la vez, con la alegría de saber que tiene que vivir como un Cristo resucitado. Aunque sienta sus propias limitaciones, humanas y espirituales, está llamado a vivir, aquí y ahora, trascendido y resucitado.  Es decir, ha de convertirse en otro Cristo Pascual que vive instalado en el corazón eterno de Dios.

domingo, agosto 07, 2011

Un año después

Un pasado de aprendizaje y amistad

Durante 17 años, he servido con entusiasmo a la comunidad de la parroquia de San Pablo de Badalona, en el barrio del Raval. Siento que allí es donde he dado lo mejor de mi juventud sacerdotal, viviendo el ministerio con la plena conciencia de que era una responsabilidad altísima. Como padre de la comunidad, tenía clara la misión de ayudar a mis feligreses a descubrir la centralidad de Jesús en nuestras vidas y que sólo Dios es el fundamento de nuestra existencia. Así, me dediqué a aconsejar, acompañar, ayudar y servir a mis feligreses en su proceso de maduración religiosa, que encuentra su culminación en la celebración y la participación de la eucaristía.

Viví estos años con firmeza y tenacidad, desplegando mi labor pastoral con ilusión y creatividad, con mi querida comunidad de San Pablo. Ella me ha aportado una gran riqueza espiritual, además de lo que he aprendido. Muchos de los antiguos feligreses han terminado convirtiéndose en grandes amigos. Más allá de la demarcación territorial, e incluso desde la distancia, aún noto el calor sincero de sus corazones, sabiendo y aceptando que mi nuevo cometido me lleva a comprometerme con otra comunidad.

La misión del sacerdote

Ante esta nueva parroquia, San Félix Africano, siento alegría, porque toda nueva experiencia pastoral me ayudará a crecer como persona y como sacerdote. Tengo claro que mi labor es de servicio a la Iglesia y, como todo sacerdote, estoy abierto a que me envíen a un nuevo destino, si así lo considera oportuno el cardenal. Estoy seguro de que esta nueva singladura me hará ampliar el horizonte y me llevará a cambios personales y sacerdotales que acrecentarán mi amor por Cristo.

Cuando aprendes a amar con intensidad a cada persona de tu comunidad, esa experiencia vital va dejando poco a poco una huella profunda en tu corazón. Descubres que tu vida sacerdotal no tiene sentido sin la comunidad, que ella es parte del rebaño de Cristo que desea caminar tras él. La misión del sacerdote es propiciar el encuentro de su rebaño con el Buen Pastor y convertirlo en fiel seguidor del evangelio, comprometido con el anuncio de la Buena Nueva.

El sentido de pertenencia a la comunidad y su misión evangelizadora son fundamentales para comprender la proyección universal de la Iglesia. Sólo así una parroquia será madura y crecerá: cuando sus feligreses sepan que son parte de un proyecto de Dios y se comprometan con él.

Una parroquia con personalidad propia, San Félix

He pasado a ser rector de una nueva parroquia, San Félix, en el barrio de la Ciudadela y en el arciprestazgo del Poblenou. Al frente de esta comunidad, voy asimilando los cambios que me toca vivir, adaptándome a la nueva realidad pastoral, planteándome nuevos retos y ensanchando mi visión hacia el entorno que me rodea.

La parroquia se halla en la frontera entre dos barrios con perfiles socioeconómicos muy diferentes, y entre dos arciprestazgos que marcan una línea divisoria artificial.

La distribución administrativa hace que la parroquia sea un poco tierra de todos y tierra de nadie: es la proximidad la que atrae a los feligreses que acuden. En las celebraciones litúrgicas dominicales, asombra ver la gran afluencia de feligreses vienen a misa desde una zona mucho más extensa que la mera demarcación oficial.

 Pero, más allá de estas divisiones, lo importante es que cada persona que se acerque a la iglesia se sienta acogida y note el calor de una comunidad. La pastoral de la parroquia tiene el fin de cumplir con su tarea evangelizadora hacia todos.

En esta nueva etapa, le pedí a Dios arrojo, creatividad, entusiasmo, humildad y prudencia, ya que se trata de una parroquia con una trayectoria muy consolidada y con un pasado fuertemente arraigado en las personas que forman la comunidad. Posee una imagen proyectada hacia fuera muy marcada por los sacerdotes anteriores, especialmente Mosén Mariné y, después de él, Mosén Juan Torrents y Mosén Juan Barrio. Un pasado rico, con sacerdotes muy carismáticos que, con sus aciertos y errores, dieron muestras de un gran amor a su vocación y mostraron una entrega generosa a su comunidad. Lo mejor de todos ellos, sin duda, ha sido su sentido de servicio a los demás y su abnegación.

Hubo otros presbíteros que estuvieron en el origen de la parroquia, que cuenta con casi setenta años de historia. Desde su creación en el año 1945, han pasado por ella diversos párrocos, con un fuerte sentido de su responsabilidad pastoral, volcados a la comunidad y al entorno vecinal. Son setenta años de historia de amor de Dios hacia este barrio.

Recibo esta herencia y espero haber tomado bien el relevo en la dirección de una parroquia que siempre ha causado un gran impacto social y religioso a su alrededor. Espero seguir en esta línea y continuar la espléndida labor de mis predecesores. Mi voluntad es despertar en los feligreses asiduos una implicación mayor y ferviente, un sentido de corresponsabilidad con el rector, al servicio de la parroquia y del barrio. Mi deseo más profundo es hacer que la comunidad llegue a ser una auténtica familia cristiana, dinámica, viva y comprometida.

Nuevas metas pastorales

Ha pasado el tiempo suficiente para objetivar con lucidez hacia dónde tengo que conducir la nueva barca parroquial. He pasado largos ratos de silencio para discernir el nuevo mapa de ruta a seguir, teniendo en cuenta los condicionantes humanos y la realidad sociológica del entorno. La clave de este proyecto es recrear una nueva realidad pastoral que tenga como objetivo principal la identidad cristiana, así como hacer crecer el sentido de pertenencia e ir creando vínculos cada vez más estrechos entre los miembros de la comunidad. Y, sobre todo, despertar una mayor conciencia hacia el compromiso evangelizador, de manera que la celebración de la eucaristía sea el espacio sacramental que lance a cada uno a ser transmisor de la experiencia de comunión plena con Cristo, centro de nuestra vida. Sólo así la parroquia se convertirá en una embajada del Reino de Dios.

Estética y evangelización

Mi deseo es convertirla en un espacio acogedor, y esto pasa por cuidar y equipar los diferentes ámbitos y salas, para que la gente esté a gusto y pueda celebrar su fe y realizar las actividades pastorales en un entorno digno y agradable. De aquí que en esta etapa inicial haya querido embellecer y hacer más funcionales algunos espacios de encuentro y celebración. La estética contribuye a evangelizar con más eficacia. Así, cuidar del presbiterio, adecentarlo y embellecerlo ha sido mi primera preocupación, y con ella el deseo de lograr una decoración más elegante, sobria y armónica, tanto en los arreglos florales como en los ornamentos.

Otras intervenciones de más envergadura, necesarias para el mantenimiento del edificio parroquial, han sido la reparación de las goteras y equipar las salas con los medios necesarios para aumentar la calidad de los servicios y actividades pastorales. Lograr un entorno agradable y cálido tiene más trascendencia de lo que parece. Estas primeras actuaciones forman parte de un proyecto más amplio cuya finalidad es crear un hogar religioso donde se fortalezca la experiencia cristiana de comunidad.

Pido a Dios la sencillez y la firmeza del santo cura de Ars, patrón de los párrocos, para que me ilumine y me asista en esta nueva empresa pastoral y para que sepa vivir mi sacerdocio con la misma pasión con que él lo vivió.

Joaquín Iglesias
4 agosto 2011