domingo, diciembre 29, 2024

La familia de Nazaret, espejo

La liturgia de hoy pone en el centro de nuestra vida cristiana a la familia. La familia de Nazaret es un espejo para mirarse en ella. Nos muestra cuán importante es para nosotros el hogar: los padres, los hijos, el entorno. Dios ha querido que tuviéramos un lugar para crecer y madurar. No se entendería la sociedad sin este elemento vertebrador que es la familia.

María y José, modelos de comunión y confianza

Hemos de mirarnos en la familia de Nazaret. María, la madre, era mujer de oración y de silencio, abierta siempre al plan de Dios en su vida. Supo acoger en sus entrañas a Jesús: He aquí la esclava del Señor, dice al ángel. Ella confió plenamente en Dios ante el acontecimiento que cambiaría nuestra historia.

¡Qué importante es la mujer en el hogar, en la sociedad, en la cultura! Ella es sostén y fundamento de un proyecto familiar.

Pero no menos importante es el padre. En Lucas vemos a José como una figura discreta, humilde, que calla ante el misterio que lo rebasa, y sabe contemplar en silencio lo que está ocurriendo. Qué importante es, en la familia, la sintonía espiritual, la comunión profunda, el abandono en manos de Dios, saber callar cuando hay cosas que no se entienden y nos trascienden. ¡Qué importante es confiar el uno en el otro!

¿Por qué se rompen las familias? Porque se fractura la confianza inicial cuando todo empieza a desplegarse desde la pasión, con amor. El tiempo, el dolor, las experiencias, la desconfianza, pueden llegar a romper la relación. Como Adán y Eva, pierden el paraíso. Perdemos el reino de los cielos si no amamos.

¿Cómo creéis que se instaura el reino? No sólo por una tradición, sino porque somos capaces de amarnos de tal manera que estamos creando cielo en nuestro entorno. Estamos creando un pequeño Nazaret, sí. Gracias a la comunión y a la unidad, surge este regalo de Dios: su hijo, Jesús. La sintonía y el abandono en Dios son fecundos.

El crecimiento espiritual: una tarea y una responsabilidad

Por eso, cuando doy una formación para el sacramento del bautismo, siempre digo que, más allá de los factores biológicos, los hijos no nacen sólo por voluntad humana, sino porque Dios lo quiere. Por tanto, esos hijos, además de proceder de sus padres, son hijos espirituales de Dios Padre. Y tenemos un plus de responsabilidad para que ese niño no sólo sea el mejor deportista, o el mejor de la clase, o consiga un cum laude en medicina. Todo eso está bien, su desarrollo intelectual y cognitivo es necesario. Pero no olvidemos que también hay que custodiar la parte espiritual del niño. Tenemos esa responsabilidad: hacer que en el corazón del niño nazcan valores que le ayuden a madurar. De la misma manera que nos ocupamos de que esté sano, es también importante que esté sano espiritualmente. Es necesario que desde pequeñito frecuente las celebraciones, que reciba catequesis y formación para saber dialogar ante una cultura atea, ante la que es difícil responder. No dejemos de asumir esta parte espiritual, también depende de nosotros.

El niño debe aprender a amar, a escuchar, a atender al pobre, al que sufre, al enfermo. Esta dimensión armoniza al ser humano. No sólo hay que educar en lo material y en lo intelectual. Sí, es necesario que se despliegue social y laboralmente. Pero hay que desplegar también el potencial divino que tiene la criatura. Nos afanamos para que esté bien. Afanémonos también para que aprenda a rezar, para que aprenda a ser solidario, para que empatice con el que sufre, para que esté allí, apoyando a una sociedad que necesita vertebrarse según los valores cristianos.

La familia, ¡claro que es sagrada!

El valor de la palabra

Hoy hemos leído este hermoso texto de Jesús, que con doce años, va a Jerusalén y se pierde allí. Es el momento de empezar a ser adulto y conocer cosas más profundas. Y va a la fiesta de Pascua con sus padres.

Lo que sorprende de Jesús, siendo adolescente, es que dice algo importante, y ojalá algún día los hijos también lo digan: ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?

Jesús escucha. Escucha a estos rabinos, maestros de la Ley. Jesús pregunta. ¡Qué importante es, en una familia, en la cultura y en la sociedad, que aprendamos a escuchar y a hacer preguntas! Jesús tenía el privilegio de haber nacido en el seno de esta familia, María y José, que sembraron en él buena semilla. Era inquieto, capaz de sentarse y escuchar a los adultos. Quizás porque sus padres fueron modelos para él.

El otro día hablábamos de la importancia de la palabra; hay que rescatar la palabra y su sentido profundo. Fijaos qué fuerza tiene la palabra. En el Génesis, la palabra de Dios crea, construye, restaura. ¿Qué hace Jesús con su palabra? Jesús es la palabra de Dios, y ya desde pequeño supo ejercer la palabra ante estos doctores de la Ley. Pero también supo escuchar. No despreciemos la importancia de la escucha. En el texto queda claro: Jesús escucha y pregunta.

En la familia hay que escucharse, hay que preguntar, hay que crecer y mejorar. ¿De qué hablaban Jesús y esos doctores? De la importancia de las Sagradas Escrituras. Cuántas palabras huecas y sin sentido oímos cada día en los medios de comunicación, en las tertulias; con cuánta frivolidad se usa la palabra. Lo mismo para escuchar. ¿Vale la pena escuchar necedades, cosas absurdas, sin sentido? Jesús rescata la palabra. A Lázaro le dirá: ¡Sal de ahí! Y lo resucitará, levantándolo de la muerte. A un ciego le dirá: ¡Claro que quiero! Y le devolverá la vista.

La palabra que sale de la comunión, de la certeza de saber que Dios está en nosotros, no es una mera palabra. Cuando os persigan, no os preocupéis por defenderos, dice Jesús, el Espíritu Santo os dará las palabras adecuadas.

Se habla mucho de la autorreferencialidad. En un diálogo de quince minutos, el “yo”, el yo ego, el yo hinchado, sale veinte veces.

Es el tú el que tiene importancia. Es el nosotros, el que tiene importancia. Es la comunidad, saber escuchar. Jesús nos enseña, tan jovencito, a saber escuchar.

Cuántas veces las palabras malsonantes fragmentan las familias y rompen las relaciones. Cuántas veces decimos cosas que nos están haciendo daño, o escuchamos cosas que no nos interesan, que no vale la pena oír. Ojalá que las familias sean un lugar donde aprendamos a hablar y a escucharnos. La familia es donde cada uno se hace persona.

domingo, diciembre 01, 2024

Fieles a tu encuentro

Escrito leído durante la Hora de Adoración en San Félix. 21 de noviembre 2024. Festividad de la Presentación de María.

Seguimos deseando estar contigo de nuevo, aliento vigoroso que nos das vida y nos ayudas a descubrir la belleza del silencio.

En la calma serena de estos momentos nuestra alma se regenera. ¡Qué poco entendemos que el ruido nos aleja de tu oasis! Tu silencio tiene más fuerza que un discurso, por bien elaborado que esté. Muchas palabras te cansan, tanto como a los demás, sobre todo cuando tenemos la osadía de creer que podemos convertir a alguien interfiriendo en tu acción con cada persona.

Tu amor divino es el único que puede convertir el alma para ti. A veces, con nuestra injerencia, no dejamos que tú hagas a tu manera, respetando los tiempos para que se dé el momento de gracia y de don. Nuestro apresuramiento y afán por adoctrinar, aunque sea con buena intención, puede alejar más que acercar.

La ausencia de palabras puede ser más penetrante que la misma voz. La palabra transformadora es la que surge del silencio más primigenio, aquel que envuelve a Dios. Yo creo en tu silencio, Señor, un silencio que sabe cómo seducirnos para encender la chispa del deseo. Ese fuego nos empujará a buscarte siguiendo el propósito de nuestra vida, que no es otro que encontrarte y amarte: para eso nos has concebido.

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En las relaciones humanas hay muchas tensiones porque hay demasiado ruido interior que impide tener paz y discernimiento. Sin este sosiego no podremos ver la realidad desde tu mirada. A veces nos empeñamos en imponer nuestra visión de la realidad y nos rebelamos cuando se da un choque con la realidad del otro. Esto ocurre porque no hay silencio en nosotros; no rezamos lo suficiente, no sabemos poner distancia con los demás para ver con lucidez y acertar en nuestras decisiones. Un excesivo apasionamiento sin enraizarnos en Dios nos convierte en apisonadoras que avasallan todo cuanto sale a su paso.

Cuando se miran las cosas desde Dios no necesitamos máquinas, ni discursos, ni palabras. Si queremos llegar al alma del otro necesitamos que la caridad brille en nuestros gestos y en nuestra manera de hacer. Con caridad y un testimonio sereno, podremos despertar y ayudar a salir del vacío sin sentido a mucha gente que vaga hacia ninguna parte.

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Hoy, Señor, te pedimos que nos ayudes a no ser un obstáculo para que otros te encuentren, como un día nosotros te encontramos a ti.

Que aprendamos a callar más y hablar menos. Que te escuchemos más, porque así aprenderemos que lo más importante no es lo que podamos decirte, sino lo que tú nos puedas decir, no con palabras, sino con tu silencio elocuente.

Necesitamos entender tu silencio haciendo ayuno de palabras. Una suave brisa de primavera es mucho más sugerente que un viento desatado. Flagelar con ideas impide que los otros se acerquen a ti, pero una invitación llena de coraje y fuerza ayuda a salir del letargo de la oscuridad a personas que están perdidas en la noche de su corazón.

Sólo así dejaremos que, poco a poco, dulcemente, vayas penetrando por nuestros poros hasta llegar al fondo de nuestra alma.

Hoy queremos disfrutar de este silencio reparador, bálsamo que sana las grietas del corazón y regenera por tu misericordia.

Los días que vivimos sólo tienen sentido a la luz de nuestra relación contigo. Te pedimos que, pese a los vaivenes de nuestra vida, sepamos seguirte, fieles, y que aprendamos a vivir entre la claridad y el abismo, entre el ruido y el silencio, entre la paz y la guerra, entre la calma y las preocupaciones. Que sepamos armonizar nuestras propias contradicciones para poder vivir en el oleaje amenazante del mar y descansar en tu playa interior.

Abandonarse en ti, Señor, es la garantía de que nunca te alejarás de nosotros y no permitirás que naufraguemos ni vayamos a merced de las olas que nos lanzan a la deriva, en medio de la oscuridad.

Queremos que seas nuestro faro. En esta noche estamos aquí, contigo, dejándonos llevar a la orilla por tu dulzura. Tú nos levantas y nos impulsas a seguir hacia adelante.

jueves, agosto 15, 2024

Maestra de la escucha

En el evangelio de hoy, fiesta de la Asunción de María, vemos cómo esta, después de recibir el anuncio del ángel, se pone en camino hacia la montaña de Judá. Isabel, su prima, que espera a un hijo en su vejez, puede estar necesitando de compañía. María no se detiene, va con paso firme para ofrecer su atención solícita a su prima.

La Iglesia tiene que ser como María: ha de ponerse siempre en camino. Hay muchas necesidades que cubrir, de todo tipo. No sólo las obras de caridad, sino que hemos de ponernos en marcha para evangelizar a tiempo y a destiempo, porque, más que nunca, es necesario llenar de sentido la vida de las personas que se deslizan hacia la nada.

La Iglesia ha de tomar como referente la imagen mariana, siempre abierta a los otros y abierta a Dios, al soplo del Espíritu Santo.

Compartir alegría

Dos mujeres hebreas, parte de ese resto de Israel, el pueblo escogido, se saludan. ¡Qué importante es la solidaridad basada en algo auténtico, no en una ideología, sino en la hermandad profunda entre las personas! María atiende a Isabel. Y el niño salta de alegría en su seno. Dos veces reitera el autor sagrado la felicidad del bebé ante ese encuentro de las dos primas. La alegría se esparce en el entorno; cuando hay un ambiente de afecto, de cariño, de comunicación profunda, los niños perciben, ya desde las entrañas de la madre, ese amor extraordinario que une a las mujeres.

Canto de gozo

María dirá: Proclama mi alma la grandeza de mi Señor. Una jovencita, llamada a ser madre de Dios, supo convertir su casa en un santuario donde tenía espacios hermosos de oración. Por eso llegó a ser la madre de Dios.  ¿Cómo no va a cantar y a proclamar su alma lo que Dios ha hecho en ella? ¡Así sale de su corazón!

Y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. Una alegría profunda está basada en una íntima relación con Dios en nuestra vida. ¿Por qué a veces no estamos contentos? Quizás porque no nos dejamos llevar por el soplo amoroso de Dios. Muchas cosas pasan a nuestro alrededor, pero hay algo que supera estas dificultades: sentir que Dios te quiere y cuenta contigo. El mal quizás no desaparece, pero lo viviremos de otra manera, mucho más serena y aceptando la realidad. Por tanto, esa alegría, ese canto, esa alabanza de María se basa en su apertura total a Dios. ¿Y si, en el fondo, no somos más felices y gozosos porque no estamos del todo abiertos a Dios? El fundamento de nuestra alegría no es tener una cosa o hacer otra, o disfrutar de cierta fama. La alegría viene de la certeza profunda del corazón: Dios anida en mí. Y de esa certeza, ¡claro que surgirá un canto a Dios por todo lo que recibimos cada día y quizás no somos conscientes!

Resucitada

Ella reconoce su pequeñez y humildad, pero también dice que de generación en generación será bendecida. Y es así: todos tenemos a María como referente. María, la madre de Dios, la que intercede. Hoy celebramos que ella es asunta, elevada al cielo. Es una resurrección, después de su dormición, como se dice en la tradición cristiana. Por tanto, participa de la resurrección de Cristo, como humana que es.  Recibe ese don especialísimo de la resurrección y comparte la amistad santa con Dios, iniciada al quedar embarazada por obra del Espíritu Santo.

Hoy, muchos lugares de España celebran a María y cantan a María. Hacemos nuestras proclamas, alabamos a María, porque a través de ella fue posible nuestra redención. Ella dijo que sí al plan de Dios en su vida, abrió sus entrañas a la voluntad de Dios para convertirse, nada menos, que en la Madre de Dios (theotokos en griego).

Maestra de silencio

María convirtió su vida en una escuela de silencio. Cuando Jesús se fue de su casa para predicar, su hogar continuó siendo una pequeña capilla, donde seguramente los discípulos, a la vuelta de sus tareas, debían ir a visitarla. Y María, como madre de todos, también acogería a los apóstoles que venían con Jesús, su hijo.

María nos enseña a reconocer la trayectoria de Dios en nuestra vida. Si uno se detiene y sabe hacer silencio, se da cuenta de cómo Dios lo ha ido cogiendo de la mano hasta llevarlo donde está. Mi experiencia, ya lo sabéis por mi escrito y mi libro, es que, sin saber por qué, Dios quiso contar conmigo.

Sí. Dios cuenta con cada uno de vosotros. Para que digáis sí a la vida, para que su Iglesia siga estando en marcha. Pero María nos enseña a ser contemplativos. La contemplación es esencial. Nos movemos entre estos dos campos: el trabajo apostólico y la oración en silencio. Cuando en la Iglesia nos olvidamos de rezar, cuando nos olvidamos de hacer un paréntesis (incluyo también a los sacerdotes y a los que estamos en primera fila), podemos caer en tentaciones. Porque cuando se es alguien importante el riesgo siempre aparece. Por tanto, en la Iglesia tenemos que estar bien atentos. Más allá del compromiso de la caridad y de la proyección en el mundo es importante la oración que nace de lo más profundo de nuestro ser. Si la Iglesia cae en el activismo sociopolítico y religioso, se está apartando de lo esencial. Cuando uno cree que todo depende de él, se está equivocando. No es verdad. Todo depende de Dios y de su gracia. Cuidado, que no caigamos en esa autorreferencia, como avisa el Santo Padre. La Iglesia ha de ser como María, humilde, al servicio de los demás, atenta a las necesidades de los otros.

Alegría profunda

Pero la humildad no le quita una certeza: que Dios está con ella. La Iglesia debe tener esto siempre presente. Porque, a veces ciertas, formas de la piedad religiosa fomentan el sentimiento de culpa y el sufrimiento. Eso es una parte, pero si solo nos quedamos en esta piedad nos quedamos antes de la resurrección. Lo que cambia nuestra vida es que Jesús ha resucitado. Sin esta noticia, la Iglesia no tendría sentido, seríamos gente estupenda, que viene aquí, que hace cosas. Pero la centralidad de la eucaristía es que celebramos a Jesús resucitado. Cristo resucitado es el que está en la Iglesia.

¿Por qué María canta? Porque tiene la experiencia vital de que Dios está con ella. En la Iglesia hemos de vivir esta certeza: Dios esta en nuestra vida, en nuestros proyectos y en cada uno de nosotros.

Quizás un día, por su inmensa misericordia, Dios nos asuma a los cielos, pero lo que está claro es que tenemos una enorme aliada, que es María. Ella es maestra del silencio y maestra de la escucha.

Maestra de la escucha

Ayer decía que María llegó a donde llegó porque supo escuchar la palabra de Dios. Supo aplicarla a su vida. Supo cumplirla. Supo hacerla vida de su vida. Cuando llegamos aquí, es cuando el silencio se transforma en algo extraordinario. Dejemos que nos hable este bálsamo dulce de Dios que penetra en nuestra alma. Porque hoy celebramos muchas fiestas, muy bonitas, en honor a María, pero ¿dedicamos un poquito de tiempo para callar, hacer silencio y escucharla? Si decimos que ella es tan sencilla y humilde, no sé si le gustará mucho tanta pandereta, no lo sé. Seguramente le gustará que nos acurruquemos en ella, como madre nuestra, y que dejemos que su latido marque nuestro latido. Entonces sentiremos una hermosa sintonía con la Madre de Jesús, la Madre de la Iglesia.

El aspecto femenino es importante en la Iglesia. La Iglesia es mucho más que los curas, los obispos y el papa, la Iglesia somos todos los bautizados, y todos tenemos la enorme misión de evangelizar, una misión tan importante como cualquier otra, en otros lugares.

Aprendamos a escuchar. Para esto hay que parar y dedicar un tiempo, sin prisa, a la oración, al silencio, a la escucha.

Ayer comentaba que en la televisión y en las redes sociales hay una catarata de frivolidad y de palabras vacías. ¿Cómo es posible que hayamos convertido un don tan hermoso que nos ha dado Dios, como es hablar, en un medio para decir tantas tonterías? ¡Es un pecado! Un don que nos permite crear sonidos y palabras, que nos hace capaces de comunicarnos y de llegar al corazón del otro. ¿Qué hacemos con tanta palabrería?

Un sacerdote decía que, en vez de ser charlatanes, debemos ser escuchatanes.

domingo, agosto 11, 2024

50 años de un sí

Con un grupo de jóvenes del Santuario de Vilapicina, de convivencia. En mis años de formación.


El cielo estaba totalmente despejado. Era agosto, durante unos días de convivencia de los jóvenes del Santuario de Santa Eulalia de Vilapicina. Sucedió en una explanada, junto a un pozo, al pie de las montañas del Montseny.

Una semana antes, el sacerdote amigo que llevaba mi grupo de jóvenes me había interpelado sobre mi vocación al sacerdocio. ¿Lo has pensado alguna vez?, me preguntó.

Ahora, día de santa Clara de Asís, a punto de cumplir dieciocho años, mi vida dio un giro radical. Estaba en plena adolescencia y un universo nuevo se abría ante mis ojos. Ese día de cielo azul intenso, después de pasar un torbellino interno y venciendo mis rémoras y temores ante lo desconocido, salté hacia el vacío, como el saltador de parapente que se lanza a surcar los cielos.

Al mismo tiempo, sentí que nacía de nuevo. Era consciente de que estaba dando un paso definitivo que marcaría toda mi trayectoria existencial y espiritual. Él me llamaba a algo grande y mi corazón no quería fallarle. Sabía que me lo jugaba todo, y que dejaba atrás muchas cosas bellas. Pero la experiencia que sentía lo significaba todo para mí y me llenaba de plenitud.

Dije sí junto a un pozo. Mi llamada y la respuesta me evocaba la vocación de Moisés, ante la zarza ardiente que no se consumía, o la visita de Dios a Abraham, bajo la encina de Mambré, o el diálogo de Jesús con la samaritana, junto al pozo de Sicar. También recordé a san Francisco de Asís, al cura de Ars, cuya fiesta se celebra el día que yo fui llamado, el 4 de agosto; y tantos otros santos y sacerdotes que fueron fieles y ejemplo para mí.

Por un lado, me sentía muy agradecido; por otro, también sentía el dulce peso de la responsabilidad que supone abrazar el sacerdocio. Pero ya estaba decidido y quería iniciar mi aventura con un sí incondicional. Aquel jovencito que anhelaba conocer y amar a Dios aceptó que este lo llamara para ser instrumento al servicio de la Iglesia. Ya no bastaba conocer y amar, Dios me daba la oportunidad de anunciarlo al mundo a través del ministerio del orden.

Era muy consciente de lo que se me pedía, pero también confié que él sería mi gran aliado. Y así ha sido, y lo sigue siendo después de 50 años. Tras pasar un largo tiempo de formación llegué a la ordenación sacerdotal en Barcelona, el 7 de marzo de 1987; este año he cumplido 37 como sacerdote.

Aquel 11 de agosto de 1974, mi vida cambió de rumbo para caminar hacia el mismo corazón de la Iglesia. La experiencia ha sido densa, profunda y comprometida; a veces exigente pero también es verdad que todo lo que he recibido me llena de gozo y de plenitud. He pasado por diferentes comunidades parroquiales que han sido para mí el yunque donde me he ido esculpiendo y reforzando mi compromiso ministerial. Después de 50 años de mi sí, todo ha sido y sigue siendo un hermoso don que Dios me ha dado, no sé si merecido o no, pero más allá de todo hoy siento una infinita gratitud a Dios porque un día confió en mí y me llamó.

Todos necesitamos medios, instituciones y personas que hagan posible la llamada. Por mi vida han pasado muchas, desde el sacerdote que me llamó hasta el cardenal Jubany, de cuya mano recibí el orden sacerdotal. 

¡50 años ya son años! Llenos de sorpresas y siempre con un deseo de fidelidad interior. Aquel 11 de agosto de 1974 era muy consciente de que mi sí era para siempre. Con el paso del tiempo, me doy cuenta de que lo importante no es tanto dónde estoy y qué hago, sino procurar que nada ni nadie me aparte de él. Lo esencial es seguir tan enamorado como el primer día y mantenerme firme con el paso del tiempo y pese a las dificultades. Que nunca dude ni un ápice de él; desde mi pequeñez, él confía totalmente en mí. Y aunque haya pasado por momentos difíciles, él nunca me ha dejado solo. Todas estas experiencias, a veces dolorosas, me han hecho reafirmar aquel sí que le di junto al pozo. Y no sólo eso, sino que he crecido, como persona y como sacerdote.

Es verdad que en la vida de un sacerdote no todo son mieles, pero lo que recibes es indescriptible. Nadar en el misterio insondable de Dios va más allá de cualquier sufrimiento.

Os pido que recéis por mí, por vuestro sacerdote, para que siga siendo fiel a mi vocación y para que os pueda seguir sirviendo, atendiendo y orientando en vuestro deseo de seguir a Jesús. Sobre todo, que pueda ayudaros a descubrir que él os ama mucho, y que su deseo es que formemos una comunidad bien unida, al servicio de la evangelización. 

domingo, junio 02, 2024

Corpus, misterio de amor hecho pan


Hoy quiero darte gracias, Señor, porque has hecho de tu entrega y sacrificio en la cruz nuestra libertad y redención.

Te damos gracias porque después de encarnarte en tu Hijo, Jesús, quisiste permanecer para siempre con nosotros, en el sagrario. Te damos gracias porque tu vida hecha sacramento se convierte para nosotros en lluvia de gracia sobre gracia. Te damos gracias porque la eucaristía no solo es recuerdo y memoria, sino actualización viva y constante de tu presencia real.

Te damos gracias porque tu Santa Hostia se convierte en alimento y es vida para aquellos que te seguimos y hemos entendido que la celebración eucarística es la cumbre y centro de nuestra existencia. Es la razón de nuestra esperanza, el sentido de nuestra vida. La caridad y la fe nos ayudan a centrar la vida en ti y nos conducen a la plenitud.

Te damos gracias cada vez que te tomamos, porque un rayo de eternidad penetra en nuestro corazón y nos anticipa el encuentro definitivo en el cielo. Te damos gracias porque asumiste tu dolor en la cruz. Con tu cuerpo desgarrado y tu sangre derramada por amor nos salvaste de las sombras del pecado y te has convertido en sacramento de vida. Abriéndonos tus brazos y reconciliándonos con Dios nos diste la oportunidad de empezar de nuevo.

Te damos gracias porque, a pesar de que nos sentimos limitados y débiles, tu pan bendito nos da las fuerzas necesarias para tirar adelante. Al sufriente lo conviertes en otra presencia tuya, que nunca se rinde porque sabe que estás con él.

Te damos gracias por los sacerdotes que consagraste a ti, que te bendicen y reparten con sus manos tu cuerpo y tu sangre.

Te damos gracias porque los sacerdotes, en la mesa del sacrificio, no solo consagran el pan y el vino, sino que actúan en tu lugar, convirtiéndose por la gracia del Espíritu Santo en presencia real tuya, actualizando tu memoria y tu entrega.

Gracias por el don del sacerdocio, sin él no habría eucaristía. No tendríamos la oportunidad de tomarte ni tener la experiencia sublime de tu donación.

Gracias por la Iglesia, tu pueblo universal, fiel, que consagraste para asistir y participar del gran milagro de tu entrega.

Te damos gracias desde la comunidad de San Félix, pequeño rebaño tuyo, porque nos quieres y cada semana podemos celebrar tu resurrección. Se abre la puerta de tu sagrario, tu tabernáculo aquí en la tierra, para que podamos saborear la plenitud del encuentro contigo en el cielo. Gracias porque inundas nuestro corazón de un amor inconmensurable. Cada domingo somos testigos de este gesto silencioso pero auténtico y real.

Gracias, Jesús, porque ya no solo decides quedarte en el sagrario para que podamos contemplarte en adoración, sino que deseas que nuestro propio cuerpo se convierta en sagrario, en custodia, y permaneces siempre en nosotros.

Gracias porque cuando te tomamos pasas a formar parte de nuestra vida, de nuestra sangre, de nuestro ADN.

Contigo tenemos la misma fuerza de Dios adentro, una energía espiritual que nunca se acaba. Contigo tenemos la vida en mayúsculas, aquí en la Tierra. Y esto nos da fuerza y entusiasmo para vivirla con auténtica pasión.

1 junio 2013
Fiesta del Corpus Christi

domingo, abril 21, 2024

Un salto hacia la luz


Llevamos dos años de adoración. Mes tras mes, ahondando y meditando en el profundo significado de tu presencia real en el pan sagrado.

Durante todos estos momentos hemos podido contemplarte en el misterio de la encarnación.

Hemos visto cómo tu divinidad se humaniza en un pequeño establo, en Belén. Hemos contemplado cómo la máxima belleza se manifiesta en lo pequeño y en lo sencillo.

Hemos comprendido que en lo pequeño y en lo humilde está la grandeza de un Dios que despliega toda su potencia amorosa en lo cotidiano de la historia. Creciste en una familia, con María y José, en un tiempo y un lugar, Nazaret. Los evangelios de la infancia revelan cómo María acogió el proyecto divino: ser madre de Dios.

También te hemos admirado en el niño que, con solo doce años, hablaba con los maestros de la Ley en el templo de Jerusalén. Ya a esa temprana edad tenías la certeza de que Dios era tu padre. La sabiduría divina iba calando en tu corazón, abierto a esa hermosa relación con Dios.

Hemos contemplado tu momento decisivo, cuando diste el paso vocacional en el desierto, ya adulto, luchando por mantenerte fiel a la voluntad del Padre, venciendo las tentaciones en el desierto. Allí tomaste plena conciencia de tu mesianidad y del inicio de tu misión. Emprendiste tu tarea de anunciar a Dios a todos los hombres, pese al rechazo progresivo de tu pueblo.

Hemos contemplado tu gloria en el monte Tabor, antes de emprender el camino hacia tu propia muerte.

Tu pasión empezó cuando te llevaron huyendo a Egipto, porque el malvado Herodes quería matarte. Le asustaba la fuerza del niño de Nazaret.

Otro momento cumbre de tu vida fue cuando, con absoluta libertad, decidiste asumir las consecuencias de tu entrega hasta el martirio.

La cruz se convirtió en el símbolo de tu docilidad extrema. Aceptaste el máximo dolor, la terrible soledad y un profundo sentimiento de abandono por parte de todos.

Solo ante la cruz, agonizaste, tu cuerpo desgarrado, maltrecho y llagado, casi sin poder respirar, atravesado por los clavos en la madera.

Pero tu historia no acabó en la cruz, ni con la muerte. En tu último grito, lanzado al cielo, la misericordia de Dios se derramó como una catarata de gracia.

Dios, tu padre, te levantó de la muerte y de la oscuridad. Tu gemido presagiaba una humanidad que renacería por tu gracia: el hombre nuevo rescatado por tu sangre derramada.

En la historia se produce un giro: un hombre, por primera vez, resucita. Este acontecimiento cambia la historia humana para siempre. La muerte ha sido superada, la vida eterna alborea.

De tu mano, Jesús resucitado, se nos abre un nuevo horizonte, el de un reencuentro contigo en la eternidad.

Sigues con nosotros

Pero no todo acaba aquí. Hemos contemplado cómo tú quisiste permanecer en la tierra un tiempo para ir devolviendo la esperanza a los tuyos. Frustrados y desorientados, los fuiste despertando. Con tus apariciones les abriste el entendimiento y el corazón para que pudieran reconocerte como su Maestro. Y ellos se llenaron de alegría.

Tus encuentros les permitieron seguir adelante con tu proyecto: crear una comunidad con ellos. En las hermosas escenas de los evangelios se vislumbra la emoción del encuentro con el Maestro y el amanecer de la futura Iglesia.

También hemos contemplado tu ascensión al cielo, para reunirte con tu Padre para siempre. Pero tu historia, Señor, no acaba aquí, sino en tu promesa: «Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.»

En tu nueva naturaleza estás aquí y ahora con nosotros, en el sagrario a través del pan.

Jesús, no te has ido lejos. Estás a nuestro lado, cumpliendo tu promesa. Tu historia sigue, en nosotros y en todos los bautizados que formamos la Iglesia. Esta es el sacramento de tu presencia.

Y de nuevo, hoy, nos convocas para seguir saboreando el misterio de tu presencia. La custodia luminosa es reflejo de un corazón que no para de latir jamás. Dicen que un corazón humano late millones de veces durante su vida. El tuyo, Jesús, no ha dejado de latir durante dos milenios.

¡No podemos imaginar la potencia de tu corazón sagrado! Miles de millones de latidos en un corazón concebido para amar siempre.

No puedes dejar de amarnos. Esta es la historia de un bebé que nació en Belén de Judea y vivió gran parte de su vida en Nazaret. Cada uno de nosotros es recreado por un hombre que murió en la cruz y resucitó un domingo. Este es el sentido último de nuestra vida: abrirse a una nueva dimensión, la trascendencia.

domingo, abril 07, 2024

De la cruz a la custodia

Estamos a las puertas de la Semana Santa, un tiempo que culmina la Cuaresma con la entrada de Jesús en Jerusalén.

El año litúrgico cristiano culmina en estas fiestas. En el Triduo Pascual se despliega todo el misterio de Jesús, dispuesto a dar su vida como expresión de amor a la humanidad. Son los tres días más importantes del año litúrgico, donde se condensa la misión de Jesús, fiel a la voluntad del Padre.

Está dispuesto a morir en la cruz para rescatarnos de nuestras esclavitudes y hasta de la propia muerte.

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Señor, estos días, meditando el Vía Crucis, hemos sido más conscientes de la magnitud de tu amor. Has dejado que te señalen, te golpeen, te flagelen, te insulten y atraviesen tu cabeza con una corona de espinas. Han ironizado sobre tu realeza, comparándote con los reyes de este mundo, y una lanza ha traspasado tu corazón, dispuesto a asumir el máximo dolor, hasta la agonía, con las manos y los pies desgarrados por los clavos.

Esto solo se puede hacer si se ama de manera total e intensa. Esto revela tu entrega incondicional hasta el límite de lo soportable.

Hoy, desde tu silencio en la Custodia, queremos ser conscientes de que, para hacerte presente para siempre con nosotros tuviste que pasar por ese itinerario que te llevó a la cruz. Cada estación, hasta llegar a la cruz, revela tu docilidad al plan de Dios y tu derroche de amor, gracia para todos aquellos que han descubierto que Dios, en Ti, se ha dado por completo para rescatarnos del pecado.

¡Un Dios que tuvo que sacrificar a su hijo! Era el único plan para salvarnos de nuestras miserias. Señor, ¡cuánto pasaste por nosotros! Quizás un esfuerzo que no merecíamos. Pero era tu única baza para conquistarnos.

Hoy queremos agradecer tanta donación, con dolor por lo que te ha hecho la humanidad: colgar al mismo Dios en la cruz. ¡Cuánta insolencia por nuestra parte y cuánto amor desbordante por la tuya!

Una entrega incondicional y sin medida: esta es la forma de tu amor, de la que hemos de aprender, asumiendo que cuando amamos a la manera de Jesús, también hemos de estar dispuestos a abrazar las consecuencias, hasta el martirio.

Jesús, con tu testimonio nos enseñas que el amor auténtico consiste en ser imagen tuya. Sólo así todo cuanto hagamos y seamos será fecundo. Sólo si estamos dispuestos a enterrar el grano de trigo, es decir, si estamos dispuestos a darlo todo de verdad, emergerán un hombre y una mujer nuevos. Tu cruz nos restaura y nos hace renacer de nuevo.


Unidos a tu amor
, seremos discípulos tuyos y estaremos dispuestos a todo. Esta será la garantía de que sigues vivo en cada uno de nosotros.

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La cruz no es otra cosa que el preludio de la vida nueva de Jesús resucitado. Desde esta perspectiva, el dolor tiene aún más sentido. Su muerte en cruz es el anticipo de un nuevo amanecer.

La lógica del misterio de Jesús pasa por cuatro fases:

  • Una vida volcada al anuncio del reino de los cielos, esta es su misión.
  • Una pasión y muerte como consecuencia de una auténtica libertad. Jesús desea culminar el plan de Dios.
  • La resurrección: Dios levanta a su hijo del abismo de la muerte: este hecho se convierte en fundamento de nuestra fe cristiana.
  • El deseo de permanecer con nosotros en el sagrario. La eucaristía es el sacramento de su presencia real a lo largo de los siglos.

De la cruz a la custodia: es la dinámica amorosa de un Dios que da su vida y quiere permanecer siempre con nosotros.

domingo, febrero 18, 2024

La conversión, un camino


Hemos iniciado el tiempo de Cuaresma con la imposición de las cenizas como signo penitencial. La Iglesia marca un tiempo para ahondar en el proceso de reencuentro con Dios: un itinerario necesario para reflexionar en todo aquello que nos separa de él. Un recorrido que todo hombre debe iniciar para recomponer su relación con Dios y con los demás; sendero para mantener la brújula de nuestra vida orientada hacia Él, como fuente de nuestra existencia.

Oración ante el Santísimo


Pero será preciso reconocer cuán lejos estamos todavía de ti, Señor. Seamos conscientes de que hemos de emprender un camino de retorno.

La humildad es el primer escalón para superar el orgullo de creer que ya estamos convertidos y ser conscientes de nuestros límites y pecados. Sólo desde el abandono en manos de Dios, reconociendo que necesitamos restaurarnos, daremos el primer paso para iniciar el regreso hasta el abrazo pleno contigo.

Tú, desde el silencio primigenio, sabes esperar con infinita paciencia porque no quieres que nadie se pierda. Con tu pedagogía amorosa, nos alientas a seguir en el proceso de búsqueda de aquello que da sentido pleno a nuestra vida, que no es otro que entrar en una profunda comunión contigo, abriendo nuestra inteligencia para meditar en los misterios de tu corazón.

Tú eres el incansable que no desespera porque tu Ser divino no concibe la vida si no es desde el amor. Tu bondad y misericordia hacia tus criaturas es lo que fundamenta tu amor hacia los hombres.

Nos has dado la libertad para que respondamos con gratitud y alcancemos nuestra propia felicidad. Es nuestra obstinación la que nos aparta de esta hermosa intimidad contigo, pero tú nunca te rindes en esta conquista de nuestro corazón. 

En esta Cuaresma, queremos ser más conscientes del misterio de tu presencia, convertido en pan para nuestro alimento espiritual en este combate en el mundo. Tu vida es una historia de amor hacia la humanidad, que expresa su momento álgido en la cruz, en tu agonía como prueba de una vida entregada por amor. Han pasado más de dos mil años de tu eterna presencia a través de la eucaristía. Nunca quisiste romper los vínculos con tus amigos y permaneces en el sagrario, siempre esperando. Aunque caigamos mil veces, tu paciente silencio y tu discreta acogida nos esperan.

Quieres que encontremos un momento para venir a verte, pues deseas sentirnos cerca de ti y escucharnos con ternura. A ti también te gusta estar con nosotros, porque con tu cruz y resurrección renacemos de nuevo. Esta es tu locura amorosa: levantarnos mil veces de nuestras caídas.

Venimos hoy a pedirte que nos des fuerza para seguir adelante y que nunca dejemos de mirar hacia el cielo. Danos el coraje y la valentía para seguir en la brecha y que nunca nos separemos de ti.

Que esta Cuaresma que acabamos de iniciar nos prepare para el encuentro crucial que da sentido pleno a nuestra vida: la Pascua, el encuentro con Jesús resucitado.

domingo, enero 21, 2024

25 años de servicio a los mayores


El grupo de tertulias es uno de los más antiguos de la parroquia. Hoy, después de 25 años, siguen firmes, ofreciendo un abanico de actividades orientadas a la atención de las personas mayores. Que después de 25 años se mantenga, implica por parte del grupo de voluntarios animadores mucha entrega, generosidad y entusiasmo.

Semana tras semana, cada miércoles, llueva o haga sol, frío o calor, nunca fallan. Y esto tiene un mérito extraordinario. Pero lo sorprendente es que los responsables han mantenido la creatividad durante tantos años. Haber llegado hasta aquí es un gran triunfo. Conseguir un buen ambiente y una buena participación, así como una convivencia que favorece la hermandad, es un gran logro. Es una experiencia profundamente enriquecedora y humanizadora, pues siempre, aunque sea a edad avanzada, se puede crecer como persona y como cristiano cuando uno se abre a los demás.

Es un hito histórico. Algunos han fallecido, han venido otros nuevos, pero se mantiene el tono del grupo, que aprende a sobrellevar sus propios límites compartiendo sus vivencias con los demás.

Como parroquia, estamos muy agradecidos por esta labor tenaz y constante del equipo base que permite que se desarrollen las diferentes actividades con normalidad y alegría. 25 años de fidelidad han permitido continuar con entusiasmo.

Cuando acudo a sus encuentros y paso un rato con el grupo, me doy cuenta de que cada persona que participa es un libro abierto, con una vida llena de entrega a su familia y a otros. Muchas mujeres, con entereza, viven serenamente su viudez, dotándola de calidad humana y espiritual que les ha ayudado a sobreponerse y a seguir luchando. Estar cerca de estas personas es viajar a las profundidades de un universo interior. Escuchándolas, uno aprende a ampliar su visión de la realidad, llenándola de sentido. Por eso considero que la labor que se hace en este ámbito es crucial y acorde con la sensibilidad de la Iglesia.

Sepamos agradecer su gran aportación a las familias, a la sociedad y a la iglesia. Están viviendo una etapa vital que, aunque limitada, es intensa porque aportan mucho bagaje acumulado. Son auténticos tesoros que engrandecen el corazón.

No os puedo decir que sigáis 25 años más, pero sí que estos 25 años vividos los llevéis muy adentro, pues han sido definitivos y os han marcado, dándoos la oportunidad de vivir momentos preciosos que han dado tono y calor a vuestras vidas. Gracias por tanto aprendizaje y humanidad. Os deseo de todo corazón, como párroco, mucha felicidad en este día tan señalado y os doy las gracias por haber dinamizado la vida parroquial.

Mn. Joaquín Iglesias  

domingo, diciembre 31, 2023

Mensaje de Año Nuevo


Apreciados feligreses,

Os deseo de todo corazón un feliz año nuevo. Y también deseo que este año que acabamos de terminar haya sido para todos vosotros de crecimiento humano y espiritual. Que todo lo que ha ocurrido, malo o bueno, os sirva para añadir madurez a vuestra vida y os ayude a ser mejores personas y mejores cristianos. Toda experiencia, si se digiere con paz y lucidez, añade valor a la vida.

Y en este año que se nos abre, con todo lo vivido el año pasado, que cada uno de vosotros sea una persona tenaz con una vocación de servicio y amor a los demás. Sólo así todo aquello que hagamos tendrá sentido.

Todos estamos llamados a una gran misión. Descubrir la belleza de nuestro corazón hará posible que cada día sea una auténtica hazaña. Así viviremos con intensidad, abriéndonos a nuevos horizontes llenos de luz y de vida, con el deseo apasionado de hacer siempre el bien a los demás.

Y si algún día el sol no aparece en el horizonte, dejad que salga en vuestro corazón la luz intensa que tenéis en lo más profundo de vuestro ser. No dejéis que se apague nunca, aunque viváis experiencias dolorosas. Mirad dentro de vosotros mismos y descubriréis un hermoso vergel donde podréis reposar, en silencio, para seguir luchando en el combate diario. Desde el silencio contemplativo podréis reconectar con Dios y seguir avanzando hacia las metas del día a día.

Un fraternal abrazo,

P. Joaquín Iglesias

lunes, diciembre 25, 2023

Creciendo en comunidad

 

El pasado 21 de diciembre, en la parroquia de San Félix, celebramos la Navidad en familia. Este es el segundo año y ha sido una auténtica fiesta. Celebramos que el niño Jesús viene a nuestra vida, este es el motivo del encuentro. La respuesta a la invitación ha sido extraordinaria y ha superado las previsiones. Me ha causado una gran alegría ver a casi cien personas asistiendo a la convocatoria, signo de su mayor sentido de pertenencia a la comunidad. Mientras se desarrollaba el acto sentía una intensa vibración entre los participantes, que llenaba el ambiente de un bello tono festivo. Durante la celebración cada grupo pastoral de la parroquia ofreció alguna actuación: desde canciones, una poesía, un villancico o un baile. Así se desplegó un programa precioso que enriqueció el evento de color y de música.

La alegría era desbordante. Vivimos al unísono el misterio de un Dios que se encarna, abriéndose a la humanidad a través de un niño a punto de nacer. Sentí que realmente allí había una comunidad que crece con mayor consciencia de ser familia con una misión en el barrio.

La parroquia es un espacio sagrado donde vivimos nuestra identidad cristiana. Hemos de arrojar luz y esperanza, como signo de nuestro compromiso con un mundo que parece ir a la deriva o hacia el abismo. Este ha de ser nuestro testimonio firme, en la tarea de mejorar la vida de los demás. Os agradezco que, como comunidad, me acompañéis en esta urgente misión y seáis copartícipes de esta labor evangelizadora.

El jueves 21 sentí un fuego vibrante que ardía. La comunidad se convirtió en una gran familia donde, siendo todos tan diferentes por origen, cultura y edad, hay algo muy grande que nos une: es Jesús, fuente y sentido de nuestra vida.  

Sólo así, trabajando y ahondando en la fraternidad y en nuestra tarea común como pequeño pueblo de Dios, aquí en nuestra demarcación parroquial, estaremos cumpliendo la misión que Jesús encomendó a sus apóstoles: ir y anunciar la buena nueva del Reino de los Cielos. Sólo haciendo cielo en nuestro entorno y con los más cercanos haremos realidad lo que Dios quiere de nosotros.

Una liturgia sin misión y sin fraternidad es insuficiente, porque esta ha de culminar con nuestro compromiso evangelizador. La consciencia de ser pueblo de Dios ha de ir más allá del culto y el consumo sacramental. Nuestra fe no es solo para vivirla en privado. Uno no se salva solo. Nos salvamos como comunidad y como pueblo.

Estos encuentros nos ayudan a tomar el pulso de nuestra realidad como parroquia y el grado de compromiso. Ese día pude constatar que allí había realmente una comunidad vibrante, más consciente de la riqueza que nos une: participar como hermanos de una tarea común. El Espíritu de Dios estaba presente en el corazón de la fiesta.

¡Gracias a todos por participar y hacer posible este gran encuentro navideño!

P. Joaquín Iglesias

domingo, noviembre 05, 2023

Más allá de la muerte

Evangelio: Juan 14, 1-6.

Que no tiemble vuestro corazón: creed en Dios, creed también en mí. En casa de mi padre hay muchas estancias. Si no fuera así, ¿os diría que voy a prepararos un lugar? Y cuando vaya y os prepare un lugar, volveré de nuevo para llevaros conmigo, para que donde yo esté también estéis vosotros. […]

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al padre si no es por mí.

La Iglesia, sensible y pedagoga, conoce el devenir del hombre: su nacimiento, su crecimiento, su adultez y la realidad que tanto nos inquieta, que es la muerte. Pero la Iglesia sabe muy bien que con la muerte no se acaba todo. No: es un tránsito hacia un proyecto, una vida nueva con Dios.

Hoy es un día para tener una gratitud muy especial hacia aquellas personas que nos han precedido: padres, hermanos, cónyuges, incluso hijos. Han muerto por motivos muy diferentes que a veces provocan inquietud y un profundo dolor por el vacío que dejan. Se ha generado un vínculo precioso con ellos y cuando ese lazo se corta quedamos como si nos faltara el aire. Esta maravillosa realidad humana, la familia, aquella que nos ha dado la vida no sólo física, sino espiritual, cultural y social, dando sentido a nuestra existencia, queda rota con la muerte.

Entiendo que no es fácil retar a la muerte cuando los difuntos han significado un enorme crecimiento para nosotros. Es normal sentir el duelo interior, que a veces cuesta mucho de superar, porque los vínculos con aquellos que queremos son algo profundísimo que nada puede segar. Van más allá de la propia muerte. Es verdad que ya no podemos tocar ni abrazar a ese ser querido cuando le damos el adiós definitivo. Pero también es verdad que nos deja un legado precioso. Es impresionante.

Para ser buen matemático, físico o psicólogo, hay que ir a la universidad, estudiar y prepararse para ejercer una vocación civil y profesional. Pero el legado más sustancial de la persona nos lo da la familia que nos ha ayudado a ser persona. Esto no lo enseñarán en las universidades, que están tan ideologizadas. En la familia está la raíz de nuestra identidad. No seríamos quienes somos sin ella.

La crisis normal de la adolescencia se supera en la adultez y entonces reconocemos cuánto nos ha ayudado la gente buena que nos ha precedido. No sólo familiares, sino amigos y personas referentes en lo moral y en lo vocacional. Ha habido sacerdotes y religioso cuyo papel ha sido fundamental para nuestro crecimiento social y humano.

Hoy es un día que nos recuerda la relación preciosa que tuvimos con nuestros padres, abuelos y seres queridos. Una relación tan intensa no muere: está en el cielo de nuestro corazón. Y por mucho tiempo que pase, siempre estará allí, vivo, el recuerdo maravilloso de cuanto aprendimos de ellos.

Jesús dice: Que no tiemble vuestro corazón. Él sabe muy bien de qué naturaleza estamos hechos. Somos seres sensibles que amamos, generamos vínculos y, cuando se rompen, causan dolor. Pero, a pesar de todo, que no tiemble vuestro corazón. En estos momentos de ausencia Dios también entra en nuestra historia humana. En estos momentos de dolor y ruptura, en que recordamos la belleza de las relaciones que se terminaron, cuando miramos al cielo con dolor preguntándonos por el misterio del ser humano, Jesús nos dice: En casa de mi padre hay muchas estancias.

Nos apegamos a las personas y a las cosas. Pero nuestra historia no acaba con la muerte. Hay una segunda parte. No vamos hacia el vacío, el sinsentido, la oscuridad. Sería trágico. Si Dios nos ha hecho por amor y con anhelo de eternidad, tiene que haber una segunda parte. Es el reencuentro con nuestros seres queridos, un regalo inmenso.

Ya no vivimos la angustia vital de los filósofos existencialistas que se preguntan por el misterio del dolor, el mal y la finitud humana. Nosotros sabemos que detrás de todo hay un corazón abierto que late, que es Dios.

Por nuestra tradición lógica y filosófica quizás nos cueste entender este salto de fe. Pero si Jesús lo dice, hemos de creer en él. No acabaremos en el hoyo. La muerte es un parto hacia la eternidad, hacia otra dimensión de la vida. Dios no nos deja nunca. Él nos ha creado. Él ha hecho posible el encuentro personal, el proyecto de una familia, sus hijos. Dios sigue teniendo un proyecto para nosotros, y es que de la familia física, de sangre, pasemos a la familia de Dios. Y esta familia nunca se acabará, porque ese es el deseo de Dios.

En casa de mi padre hay muchas estancias, dice Jesús. Podemos imaginarlo como un palacio con muchos departamentos y un jardín maravilloso. No os dejaré huérfanos, no os dejaré solos, insiste Jesús. A donde yo voy estaréis también vosotros. Con su resurrección nos abrirá la puerta de una promesa de encuentro definitivo con él.

Jesús murió en la cruz. Su resurrección era inexplicable, los judíos no podían entenderla ni aceptarla. Pero si Jesús resucita, claro que nosotros también podemos resucitar, por la inmensa misericordia de Dios Padre.

Jesús también introduce una pequeña exigencia para alcanzar esta eternidad: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. ¿Cuál es el itinerario que nos llevará al Padre eterno? El amor, la Iglesia, los sacramentos, la eucaristía. Este es el sendero hacia la plenitud del ser humano que no se acaba aquí, aunque nos cueste desengancharnos de aquí.

Estamos llamados a vivir para siempre. Dios nos quiere tanto que, más allá de la muerte, quiere seguir amándonos y estar con nosotros.

Así sea.

domingo, octubre 22, 2023

Contigo una primavera eterna

Ya hemos entrado en el otoño. En verano, cae sobre nosotros la luz cenital del sol, iluminando todo y dando color a la vida. Los rayos de la custodia también iluminan nuestra alma, dando vida a nuestro espíritu. Como en las estaciones, el ser humano también experimenta cambios en su interior. Ahora, en otoño, baja la intensidad de la luz y oscurece más temprano. Todo declina antes y la luz más tenue nos invita al recogimiento. Pero, aunque sea otoño y las hojas de los árboles vayan cambiando de color, sigue habiendo belleza en el ocre y el castaño que llenan nuestras ciudades y parques. 

. . .

Iniciamos este momento sagrado ante ti, Señor. Tú, que eres suprema belleza más allá de la naturaleza, nos inundas y envuelves nuestra alma. Tu presencia, aquí y ahora, es más luminosa que el sol y más bella que los colores que tiñen el otoño. En este tiempo intermedio, entre la luz del verano y la penumbra del invierno, no hay nada más sublime que contemplar la hermosura de un Dios hecho sacramento: pan que permanece para siempre entre nosotros. Cuando sabemos parar y estar en silencio, podemos darnos cuenta del alcance y el significado de este momento.

La Hostia Sagrada que contemplamos se despliega misteriosamente ante nuestros ojos. Emocionados ante tanto derroche de amor, desde el silencio, saboreamos el don de tu presencia, tan viva, tan real como nuestro aliento. Acurrucados ante este misterio, queremos, desde la intimidad, gustar y paladear las delicias de este anticipo de la eternidad contigo.

Ayúdanos, ahora que empezamos el curso pastoral, a irradiar con nuestro ejemplo y testimonio nuestra fe en ti. Que seamos capaces de anunciar que tú eres el centro de nuestra vida. Que seamos rayos de luz para otros que viven en la oscuridad del pecado. Que nunca nos cansemos de ser fieles a nuestra vocación cristiana. El mundo necesita de cristianos auténticos y valientes, que sepan luchar con firmeza ante un mundo descreído y abatido y que se entreguen a su misión con tenacidad. La victoria es tuya, Señor. Que no olvidemos que para sacar fuerzas necesitamos complicidad contigo, y esto solo será posible si somos capaces de dedicar un tiempo, aunque sea corto, para estar contigo.

Sin prisa, en soledad y en silencio, en esta pequeña tregua en medio de la jornada intensa encontraremos la manera de dar respuesta a tantas inquietudes. Convertiremos estos momentos en un espacio donde vaya creciendo nuestra amistad contigo. Y aunque sean pequeños sorbitos, alimentan nuestra alma y nos dan fuerza y perspectiva para afrontar las situaciones decisivas.

Convertirte en nuestro aliado para nuestra labor evangelizadora nos hará ser conscientes de que estos pequeños oasis de encuentro contigo dan sentido a lo que somos y hacemos.

Volver a estar contigo y empaparnos de algo tan sublime es como parar el tiempo y entrar en otra dimensión: el tiempo de Dios, el cielo en la tierra, una permanente primavera que no se agota. Estar contigo es entrar en el más allá sin abandonar este mundo.

Este rato ante ti, corto pero intenso, nos permite escuchar otra melodía desde el oído del alma. Es tu voz, que nos habla envolviéndonos en tu destello divino. Nos conmueve tanto don inconmensurable. ¡Gracias por tu presencia!

domingo, octubre 01, 2023

Crecer más en Cristo


Iniciamos hoy un nuevo curso pastoral, con el firme deseo de crecer más como cristianos. La parroquia tiene una clara misión: dar a conocer a Jesús en el barrio y en el mundo. Este es el sentido último y la razón más profunda de su tarea incansable de evangelizar, empezando por el rector, como responsable, siguiendo por el consejo pastoral y los responsables de cada grupo, hasta todos los que venimos a recibir el pan sagrado, nos unimos en una tarea común.

Jóvenes, adultos, familias, mayores, todos nos debemos a esta gran misión de anunciar a Jesús, no sólo de palabra, sino con hechos y con la vida, dando testimonio de nuestra unión con él. Pero ¿qué se necesita para ser creíble ante los demás? ¿Cómo podemos llegar a tocar el corazón de las personas?

¿Qué necesitamos?

Para hacer mejor nuestro trabajo evangelizador...

En primer lugar, hemos de tener una relación profunda y rica con Jesús. De aquí arrancará el entusiasmo evangelizador que nos ha de definir como llamados a esta tarea conjunta. Será necesario vivir nuestra fe y nuestra vocación cristiana con intensidad, conscientes de que estamos comunicando algo precioso: un gran tesoro, con amor y siendo conscientes de nuestra llamada a seguirlo, con ilusión y alegría. Este es el distintivo que marca un estilo entusiasmante. Nuestro punto de partida es este.

Hemos de ser conscientes de que pertenecemos a una comunidad. Si sólo venimos a cumplir con el culto no es suficiente. Necesitamos sentirnos parte del gran proyecto evangelizador de la parroquia; es necesario asumir el compromiso de nuestra misión como comunidad. Sin esta fuerte implicación no podremos culminar nuestra vocación cristiana: ser misioneros es inherente a nuestra fe. Sólo así se pueden generar vínculos y lograr una mayor participación de todos y cada uno de los que estamos aquí.

No podemos eludir la responsabilidad de anunciar y ser iglesia en medio del mundo. Allí donde estémos viviendo y trabajando los laicos estáis llamados a ser la voz de Jesús en medio del mundo. Pues el mundo, aunque no lo parezca, tiene hambre de él. Nosotros podemos despertar la esperanza y posibilitar que muchos descubran el sentido de su vida y la alegría del encuentro con Jesús, fundamento de nuestra fe. Hemos de convertir San Félix en un referente moral y religioso en nuestro barrio. Las gentes han de encontrarse aquí a gusto, viendo que somos capaces de crear espacios sosegados para escuchar con delicadeza. Interpelar a quienes se acercan, saber dar respuesta a sus necesidades, acoger a toda persona que busca algo. 

Todo esto pide tiempo y dedicación. La misión necesita de estas dos coordenadas: tiempo y espacio. Tiempo para dedicar lo a los demás y un espacio, que es la parroquia, para atender con solicitud amorosa a quienes necesitan paz en sus vidas o, simplemente, alguien que les escuche sin prisa. Dar nuestro tiempo a Dios significa ayudar a otros a crecer.

Pasos a dar

1. Seguir comunicando los eventos parroquiales con ayuda de reflexiones que nos ayuden a todos.
2. Dar testimonio de los grupos y sus diferentes tareas y responsabilidades en las misas dominicales. Tenemos una gran variedad que muestra la riqueza pastoral de la parroquia, y conviene que todos conozcan la realidad parroquial en profundidad, así como las metas y objetivos que nos planteamos al servicio de la evangelización.
3. Pasar memorias anuales de las actividades parroquiales, así como las cuentas, para conocer el dinamismo vital de la comunidad y lo que nos permite realizar toda esta labor. Hay un gran esfuerzo para lograr el sustento del templo, las instalaciones y las diferentes actividades.
4. Ofrecer información a todos aquellos que pasen por el despacho parroquial: es una buena forma de dar a conocer lo que se hace en la parroquia y difundirlo en el barrio.
5. Continuar poniendo carteles informativos sobre las diferentes actividades, es otra vía de comunicación visual importante.
6. Mantener una presencia activa en redes sociales, pues hoy son muchos los que buscan información a través de la Red. No es menos importante estar en los medios digitales. Hay muchas personas que se interesan y van siguiendo con agrado nuestras reflexiones y comunicaciones.
7. Plantearnos un buzoneo en el barrio, somos muchos en la comunidad y cada cual puede difundir en su bloque información sobre lo que la parroquia ofrece.
8. Lo más importante: potenciar la comunicación directa de boca a oreja: es la más poderosa y personal, y en esto todos podemos colaborar. Cada feligrés es un apóstol en potencia. Así lo hicieron los seguidores de Jesús en los primeros tiempos y desde el primer momento: anunciaron y compartieron una experiencia que les cambió la vida.

martes, agosto 15, 2023

María se pone en camino

La propuesta que nos hace la liturgia en esta hermosa celebración de María Asunta a los cielos tiene una enorme profundidad y repercusión en todos nosotros.

María se puso en camino. En Adviento leemos otro texto, en el que María recibe la visita del ángel de Dios. Configura su casa como lugar de oración. Hace de su hogar un santuario, un espacio sagrado, donde se relaciona íntimamente con Dios. En su corazón, desde el silencio más profundo, María contempla, silenciosa.

Ahora vemos a María como una mujer que sale de su casa y se pone en camino. Pasa de la oración a la acción. Desde el silencio, María entiende que su prima Isabel necesita ayuda y se va para estar cerca de ella. Si la oración y el silencio no nos llevan al amor, ese silencio no es del todo profundo. Quizás no está lo bastante conectado con la trascendencia.

El silencio no es simplemente callar; es dejar que otro te hable. El silencio es escucha. María sabe escuchar y deja que Dios le hable al corazón. Y se pone en marcha hacia la montaña. Es decir, un camino ascendente, no fácil, cuesta arriba.

María nos enseña que en la Iglesia hemos de salir, incluso de nuestro propio templo, de nuestras propias limitaciones, de nuestras barreras. Hemos de salir a atender, acoger, ayudar, ser solidarios con personas que lo necesiten.

Un cristiano que ora y no actúa no hace suficiente. Con Santiago, diríamos que la oración nos ha de llevar a la acción, la fe se traduce en obras.

María se pone en marcha para atender a su prima Isabel.

Los niños lo perciben todo

¿Qué ocurre en este contexto familiar, hogareño, hermoso? Tan sólo ver a María, el niño de Isabel saltó en su vientre. Qué debía tener María que esta conexión espiritual llegó hasta el bebé, hasta el que sería primo de su hijo, Juan. Hoy hablamos de la sororidad, la hermandad entre mujeres, que va más allá de la cuestión ideológica. La amistad entre estas dos mujeres hebreas propicia un entorno extraordinario para el futuro armónico de este niño.

Los niños lo reciben todo desde el vientre de su madre. Todo. Perciben si está triste, si está contenta, si está emocionada, su tiene experiencias intensas, de todo tipo. Esto va configurando al niño dependiente de su madre. Qué importante es que cuando sale del hogar interno al hogar externo, a la familia el niño sienta: ¡Qué bien se está aquí! Que no haya una ruptura entre el vientre materno, envuelto en el líquido amniótico, y el espacio precioso de cariño y ternura en el hogar.

Cuando esto no se produce, algo pasará en el niño, porque el bebé necesita afecto, calor y seguridad. Todo cuanto podamos hacer parte de la experiencia cercana, cálida, hogareña, de sentirse querido. Ayer, en un bautizo, decía a los padres: El mejor regalo que podéis hacer los papás a vuestro hijo es que él sienta que os queréis. No sólo que lo queráis a él, que también, sino que perciba que los padres se quieren. Esto es la mejor terapia, la más potente que hay: encontrarse tranquilo, abandonado, sereno, porque sabe que en ese hogar será profundamente amado.

Por eso Juan, el profeta de fuego, sería una voz convincente ante su pueblo y lo daría todo para trabajar en la viña del Señor y ser precursor del Mesías.

Isabel reconoce la amistad con María, y expresa su alegría dos veces: el niño salta en su vientre. El futuro profeta se siente ya contento por la cercanía de Jesús. ¿Por qué salta de alegría? Porque sabe que su hogar será la fuente de su misión futura.

Después del elogio de María a su prima, le dice: «Porque has creído, lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Porque has creído, serás la madre de Dios. Porque has creído, el proyecto de Dios para la humanidad será posible. Porque María ha creído, puede llevarlo en sus entrañas.

Dios hace cosas grandes en nosotros

María reconoce la obra de Dios en su vida y canta: «Mi alma proclama la grandeza del Señor».

Esta canción seguramente afectó espiritualmente al niño. Es un canto hermoso.  «Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador.» María se siente pequeña y agradece a su salvador porque ha mirado la humildad de su sierva.

Somos poquita cosa. Aunque veamos que el mundo evoluciona tecnológica, médica y culturalmente, no somos nada. Por mucho que creamos realizar grandes gestas. Dios nos sustenta a cada momento. Lo más importante no es lo que podamos llegar a ser, ni dejar una huella en la historia, en la cultura, en la sociedad. Lo más importante es reconocer que, en el fondo, no somos nada. Pero, no siendo nada, somos capaces de amar, y esto es algo grande. Porque Dios no nos pide que seamos grandes personajes ni emprendamos grandes hazañas. Dios nos pide que nos abramos a él. Que sintamos esa brisa suave en el corazón, su presencia discreta.

Fijaos en María. Hay muchas santas en el calendario que han hecho mucho más que María: Teresa de Jesús, santa Clara y otras santas de vidas impresionantes. Pero María, ¿qué hizo? Rezar. Sólo rezar. Y es la reina de las reinas, la santa de las santas. ¿Qué hizo? Dejarse querer por Dios, dejarse amar. Tan sólo dejarse envolver por la presencia misteriosa de Dios. Y cuando pudo, hizo algo por los demás. María salió a visitar a su prima, y seguramente su estancia con ella fue extraordinaria.

Y ella canta las grandezas del Señor. Los cristianos tenemos que cantar, porque, pequeñitos como somos, Dios hace cosas grandiosas en cada uno de nosotros. ¿Por qué creéis que estamos vivos? ¿Por qué creéis que tenemos fe? ¿Por qué creéis que estamos aquí? Porque ha hecho algo en nosotros. Sólo por nosotros mismos, por mucha inteligencia que tuviéramos, no podríamos acceder a la trascendencia. Llegaríamos al límite de la experiencia sublime, pero no podríamos trascender.

Hagamos cielo en la tierra

Hagamos de nuestro hogar un lugar precioso de convivencia. Porque la gente está muy necesitada de ello. Uno de los grandes problemas de este mundo son las enormes dificultades que hay en las familias: grietas, resentimientos, violencia contenida (y a veces no tan contenida), soledad, abandono… No hay suficiente ternura, calor, dulzura. Como la que vemos entre estas dos mujeres.

Ojalá María nos ayude a ir experimentando el cielo en la tierra. Ella fue asunta, los ángeles se la llevaron al cielo, dice la tradición. Nosotros podemos hacer un cielo aquí, en la tierra. Será la mejor manera de iniciar el viaje al cielo. María y su prima hicieron un cielo de su casa, de su hogar. El mundo necesita hogares de cielo, para que la familia crezca con alegría, con armonía, con felicidad plena. Si no es así, habrá tensiones conyugales, con los hijos, problemas de identidad, dolor inmenso en el alma… Construyamos espacios de cielo en la familia. La familia de Nazaret fue un cielo. Por eso los dos, María y Jesús, fueron al cielo: uno resucitando y la madre subiendo. Sólo así, haciendo cielo en la tierra, estaremos mereciendo el cielo en el más allá.