De la muerte trágica e injusta del Viernes Santo pasamos al
sábado del silencio, del recogimiento, de la espera. Un paréntesis entre el
dolor más atroz, en la cruz, y el silencio balbuciente. Horas en que la Iglesia
nos invita a reflexionar sobre el crucificado con una mirada puesta más allá de
la muerte. Humanamente, todo ha terminado, como el fracaso de un visionario que
creía en la revolución del amor. Un hombre capaz de dar su vida cuando muchos
lo tachaban de farsante. Pero no sólo era un hombre con un discurso precioso
sobre la bondad de un Dios infinitamente compasivo. También era el Hijo de
Dios.
¿Qué hizo que su historia no acabara en la cruz, como tantos
condenados por los romanos? La cruz abre un nuevo horizonte para la humanidad.
No todo acaba en el grito desgarrador de un hombre condenado. Nuestra propia
historia queda redimida por ese gesto de amor infinito.
¿Qué debía pensar María sobre su hijo? ¡Debió recordar
tantos momentos! Cuando lo acogió con dulzura y lo abrazó siendo un bebé;
cuando fue presentado al templo, ofreciéndoselo al Señor; cuando, adolescente,
estuvo tres días buscándolo angustiosamente en Jerusalén, y lo encontró
hablando con los doctores de la Ley; cuando de joven acompañaba a José en la
carpintería. Vivió una juventud oculta, madurando en el conocimiento de un Dios
padre que se le revelaba. Los evangelios omiten qué ocurrió en ese largo
periodo que Jesús pasó con sus padres, en Nazaret, creciendo, preparándose
desde lo hondo de su corazón.
María todo lo guardaba en su interior. Poco a poco, iba
viendo cómo Jesús estaba envuelto en un plan que Dios tenía para él. Ya de
adulto, consciente de su misión, a punto y preparado para su cometido, María lo
dejó marchar. Siguieron esos años agitados, de multitudes, milagros y
predicaciones; de disputas con los fariseos y multiplicaciones de panes y de
amigos. Jesús era incansable y se volcó en su tarea: tenía que culminar el plan
de Dios. Tres años más tarde, María lo acompaña en su largo y doloroso camino
hacia la cruz.
¿Cómo debía sentirse, al verlo flagelado, insultado,
convertido en la burla y el hazmerreír de los judíos, desfigurado y,
finalmente, clavado en la cruz, entre dos bandidos? Con el corazón roto, debía
contemplar la consumación del mal, en toda su crudeza. Toda la iniquidad del
mundo, expresada en el martirio, se había volcado allí, en el Gólgota, sobre su
hijo. María soportó el dolor más inhumano: ver cómo el zarpazo de la muerte lo
sacudía sin piedad. Estaba solo y abandonado por los suyos.
María tenía una certeza en su corazón, que ni la misma
muerte le pudo quitar. En medio de esa angustia, no dudó y supo esperar, sin
dejarse abatir. Ante el ángel que le anunció su maternidad, contestó: «Hágase
en mí tu palabra». Ella ya sabía que la huida hacia Egipto era sólo el comienzo
de una larga pasión que tendría que ir asumiendo con los años. Al pie de la
cruz, viendo a su hijo agonizar, María nos enseña a dar sentido al sufrimiento.
Ella espera, no se derrumba, sabe que su hijo resucitará al tercer día, como lo
había anunciado. Pueden más la certeza y la fe en la resurrección que todo el
sufrimiento.
María, valiente, se convierte en la primera seguidora de
Jesús, la primera cristiana. Con fe robusta e inquebrantable, sabe esperar. Por
eso es madre y maestra de la esperanza. En la trágica tarde del viernes, donde
todo oscurece, el brillo de su alma no se apaga. En la noche oscura, llena de
truenos, ella es el anuncio de un nuevo amanecer. Desde la cruz, todo quedará
renovado: la faz de la tierra, el cosmos del hombre, todo quedará redimido,
salvado y restaurado por la misericordia.
En los evangelios no se relata una supuesta aparición de
Jesús a su madre, a la que nunca se le apagó la antorcha de la fe. Quizás
porque ella ya tenía la total certeza de que resucitaría, no necesitó su
aparición. Ella misma se convierte en aurora para todos los que seguimos a
Jesús.
María, que siempre tuvo la clara esperanza de que Jesús
resucitaría, nos enseña a esperar con fe un reencuentro con Aquel que es el
Señor de la Vida.
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