En un mundo lleno de interrogantes e incertezas el cristianismo ofrece valores inspirados en una visión mística y trascendente más allá de la realidad material.
domingo, enero 19, 2025
Vivir lo sagrado en lo cotidiano
lunes, enero 06, 2025
Jesús, el mayor regalo
Jesús, el gran regalo
Celebramos hoy la fiesta
de la Epifanía del Señor, una hermosa fiesta. Porque la Epifanía no es una
explosión del consumo, no. La Epifanía es una explosión inmensa del amor de
Dios. Tres magos de Oriente viajan siguiendo una estrella hasta Belén, donde
encontrarán al Niño Jesús y le ofrecerán sus regalos. Más tarde este niño,
Jesús, por amor, morirá en la cruz, resucitará y nos dará otro regalo: su
presencia en la eucaristía.
Siguiendo esta lógica,
también nosotros tenemos que convertirnos en regalo para los demás. Este es el
auténtico sentido de la Epifanía: un Dios que se nos revela, un Dios que se nos
regala, un Dios que se hace presente en la historia; un Dios que quiere nuestra
felicidad y nuestro gozo. Por eso la Epifanía es un mensaje de universalidad.
Dios ha venido para todo el mundo. Más allá de Israel, el pueblo que esperaba
la venida del Mesías, hoy Jesús se manifiesta a todos los pueblos, no importa
el lugar, la lengua, la cultura, o la historia. Él ha venido a hacerse presente
para toda la humanidad.
¡Qué hermoso regalo! Él
da sentido a nuestra vida. Entiendo que queramos regalar cosas: es un gesto de
cariño y de aprecio a las personas que quieres. Por supuesto tiene un sentido.
Pero detrás de todo regalo tiene que haber una pedagogía. ¿Por qué hoy nos
regalamos cosas? Porque estamos contentos, porque hemos recibido el gran regalo,
que es el mismo Jesús.
La fiesta de los que buscan
Por otra parte, los magos
de oriente ven salir una estrella. ¿Qué representan los magos, estas personas
estudiosas del cosmos y de la filosofía? Son personas que, más allá de encerrarse
en los dogmas de la ciencia, han descubierto porque han buscado. Se han puesto
en camino y por eso han encontrado.
Esta fiesta no sólo es
importante para los cristianos, sino para los agnósticos que están buscando,
que quizás no han encontrado la fe, o no han recibido suficiente testimonio, o
han creído que con la ciencia basta. Unos magos, sabios, se arrodillan ante un
pequeño.
Si queremos descubrir el
sentido de la vida, más allá de lo que las ciencias pueden aportar, la gran
sabiduría, el gran milagro, la gran ciencia, está en este Niño. ¿Por qué?
Porque es la ciencia del amor. Ya no es la cosmología, ni la filosofía. La
filosofía y la razón pueden llegar hasta el misterio, pero si no tengo la
experiencia de la revelación, con la sola razón no puedo captar la
trascendencia de este momento. Por eso debo dar un salto cuántico: la fe. La fe
me revela que en ese niño humano, pequeñito, sencillo, que nace de una mujer
sencilla en un pueblo humilde, en él está concentrada toda la sabiduría. Muchos
científicos de proyección internacional son cristianos. Han sabido separar
ciencia y fe. Han distinguido que, más allá de lo que nos puedan explicar sobre
la posición del sol, las estrellas y las galaxias, resulta que hay algo más,
mejor dicho: alguien más, que es el autor de toda esta belleza y de la
inteligencia del hombre.
El sentido de los regalos
Regalos. Qué importante
es dedicar tiempo a los demás. Amar es un regalo. Cuando te entregas al otro, porque
lo quieres, es un regalo precioso. Qué importante es trascender del concepto
material del regalo, para darnos cuenta de que esto expresa algo mucho más
bello: expresa un amor incondicional del ser humano.
Es un regalo tener unos
voluntarios que se ocupan de nuestros pobres, dándoles de comer cada día. Es un
regalo saber que hay personas solidarias que hacen un gesto precioso en estos
días, como la Comunidad de San Egidio, que cada año, por las fiestas de
Navidad, comen con los pobres en las plazas. Es hermoso reconocer que esto es
un regalo: dedicar tiempo, consejo, experiencia, sabiduría. La música es un
hermoso regalo. La belleza es un regalo; el arte es un regalo. ¡Estamos
respirando regalos cada día! Vemos el sol cada día, o las nubes preciosas, o
unos pájaros cantando, o el mar en calma. ¡Todo son regalos! Seamos conscientes
de que cada día estamos recibiendo regalos de Dios.
Por tanto, nos toca universalizar esta hermosa fiesta allí donde estemos, porque hoy, queda claro que Dios se ha manifestado a todo el universo.
domingo, enero 05, 2025
El valor de la palabra
Desde el principio, Jesús
era una realidad en el corazón de Dios. Tanto amó Dios a los hombres que, desde
la eternidad, abrigó un sueño. Dios necesitaba amar a alguien, su propio Hijo,
para así amar a la humanidad.
Esta palabra creadora,
viva, que transforma, Cristo, desde siempre estaba en el corazón de Dios. Y se
encarna en el mismo Jesús para hacer real el proyecto de Dios para la
humanidad.
Palabra creadora
Por ella se hizo todo.
Se hizo la creación, Hágase la
luz, leemos en el Génesis. Cuánta potencia creadora tiene la Palabra de
Dios. Transforma y crea un estado diferente, pero además, es comunicada,
transmitida con amor. Porque el mismo Jesús es el Amor del Padre.
Por tanto, insisto, qué
importante es la palabra. Una palabra muy pensada, reflexionada, que surja de
una profunda meditación, que salga del corazón sincero del hombre. Porque estas
palabras serán para la persona algo extraordinario.
En disciplinas como la
psicología o la pedagogía se da una interacción entre el profesional y el
paciente, o el alumno. La palabra ayuda. Pero también es verdad que el
profesional debe escuchar muy bien el corazón de la persona para acertar y
poder cambiar y transformar su vida.
Palabra transformadora
Esto es lo que quiere la
Iglesia: tenemos un instrumento poderosísimo, la Palabra de Dios. Pero, para
que esta palabra cale, tiene que ser vivida como una experiencia profunda de
Dios.
Primero, los cristianos
debemos preguntarnos: esa Palabra ¿la he digerido bien? ¿La he hecho vida de mi
vida? Si la palabra no va acompañada de algo auténtico y sincero, no podrá
cambiar las personas ni las cosas.
Hay mucha palabrería en
el mundo: los medios vierten palabras y palabras sin sentido alguno. Por eso
hay que rescatar la palabra, porque tiene mucha fuerza: tanto para destruir
como para construir. Por eso la palabra debe estar al servicio de la persona,
una palabra que ayude, que sea pedagógica, que interpele, que toque el corazón
humano.
Palabras vacías
Pero ¿qué ocurre? Lo
vemos en la prensa y en los medios, y lo vimos recientemente, en la fiesta de
fin de año y el programa de televisión de la cadena pública. ¡Cuánta palabra
vacía! La gente no es consciente, pero todo está muy orquestado para apagar el
sentido genuino de nuestra vida cristiana. Con ironías absurdas, lo que
consiguen es rebajar algo tan potente como los medios de comunicación que
utilizan la palabra. Porque esta frivolidad llega a todo el mundo. Cuando las
ideologías convierten la palabra en un veneno, la están aniquilando.
En el proceso evolutivo
del hombre, la articulación del lenguaje en palabras es un hito, un salto
importantísimo. Todo lo que sea manchar la palabra está manchando algo santo. Estamos
prostituyendo algo sagrado y que Dios ha querido que el hombre use para
comunicarse.
Pensemos muy en serio y
despacio lo que tenemos que decir cada día. Si lo pensamos, nos daremos cuenta
de que la mitad de las cosas que decimos no valen la pena o no son necesarias.
Estamos embarrando con una palabra sucia.
Los expertos en la
palabra, desde los poetas, filósofos, sacerdotes, literatos, profesores...
tienen una gigantesca responsabilidad. Santa Teresa lo decía: O hablar de Dios
o no hablar. O hablar de cosas transcendentes, importantes, o mejor no decir
nada.
Si tuviéramos un ratito
para pasar la moviola cada noche, revisando nuestro día: qué he dicho, qué he
hecho, nos daríamos cuenta de las muchas palabras innecesarias, no solo las que
hemos pronunciado, sino las que hemos oído sin necesidad. Esto es lo que nos
vacía y nos deja huecos por dentro. Quizás en el fondo es lo que quieren las
élites que gobiernan el mundo: una sociedad de títeres que se llenen de
tonterías.
Palabra que es luz
La palabra es la luz
verdadera que alumbra el mundo.
Si una palabra no ayuda, no ilumina, no orienta, es una palabra vana y vacía.
Pero, al contrario, si es una palabra llena, bien digerida espiritualmente,
puede crear una auténtica revolución.
Vemos incluso mucha
literatura vacía, es tremendo. ¿Cómo se puede manchar algo tan bello como la
poesía? ¿Cómo se pueden utilizar formas poéticas para decir algo vacío? Igual
sucede con el arte, hoy cualquier cosa es arte. ¿Cómo es posible, cuando tenemos
una magnífica herencia histórica de artistas geniales?
Ojalá creamos que la
Palabra de Dios nos transforma de verdad, sinceramente. Si la hacemos vida de
nuestra vida, seguro que marcaremos un nuevo paradigma cultural y religioso.
Para ello tenemos que
dejarnos interpelar.
Palabra que es verdad
La palabra es la
verdad. Cuando la palabra se
convierte en mentira, es su fin. Pero cuando la palabra es verdad, puede
transformar el mundo. Decir una mentira tras otra nos va aniquilando por
dentro. Y lo peor es que nos acostumbramos. La gente miente quizás por miedo,
para protegerse, para manipular, para ascender... Los políticos tienen una
herramienta potentísima en la palabra. Sin embargo, la mayoría de sus palabras
están dirigidas a mantenerse en el poder, agarrados al sillón. Cuando las
palabras no responden a la verdad, se producen tragedias, como la que hemos
vivido en Valencia en estos últimos meses.
Recordad: la palabra es
sagrada. Si es auténtica, cambia nuestras vidas.
domingo, diciembre 29, 2024
La familia de Nazaret, espejo
La liturgia de hoy pone en el centro de nuestra vida cristiana a la familia. La familia de Nazaret es un espejo para mirarse en ella. Nos muestra cuán importante es para nosotros el hogar: los padres, los hijos, el entorno. Dios ha querido que tuviéramos un lugar para crecer y madurar. No se entendería la sociedad sin este elemento vertebrador que es la familia.
María y José, modelos de comunión y confianza
Hemos de mirarnos en la
familia de Nazaret. María, la madre, era mujer de oración y de silencio,
abierta siempre al plan de Dios en su vida. Supo acoger en sus entrañas a Jesús:
He aquí la esclava del Señor, dice al ángel. Ella confió plenamente en Dios
ante el acontecimiento que cambiaría nuestra historia.
¡Qué importante es la
mujer en el hogar, en la sociedad, en la cultura! Ella es sostén y fundamento
de un proyecto familiar.
Pero no menos importante
es el padre. En Lucas vemos a José como una figura discreta, humilde, que calla
ante el misterio que lo rebasa, y sabe contemplar en silencio lo que está
ocurriendo. Qué importante es, en la familia, la sintonía espiritual, la
comunión profunda, el abandono en manos de Dios, saber callar cuando hay cosas
que no se entienden y nos trascienden. ¡Qué importante es confiar el uno en el
otro!
¿Por qué se rompen las
familias? Porque se fractura la confianza inicial cuando todo empieza a
desplegarse desde la pasión, con amor. El tiempo, el dolor, las experiencias,
la desconfianza, pueden llegar a romper la relación. Como Adán y Eva, pierden
el paraíso. Perdemos el reino de los cielos si no amamos.
¿Cómo creéis que se
instaura el reino? No sólo por una tradición, sino porque somos capaces de
amarnos de tal manera que estamos creando cielo en nuestro entorno. Estamos
creando un pequeño Nazaret, sí. Gracias a la comunión y a la unidad, surge este
regalo de Dios: su hijo, Jesús. La sintonía y el abandono en Dios son fecundos.
El crecimiento espiritual: una tarea y una responsabilidad
Por eso, cuando doy una
formación para el sacramento del bautismo, siempre digo que, más allá de los
factores biológicos, los hijos no nacen sólo por voluntad humana, sino porque Dios
lo quiere. Por tanto, esos hijos, además de proceder de sus padres, son hijos
espirituales de Dios Padre. Y tenemos un plus de responsabilidad para que ese
niño no sólo sea el mejor deportista, o el mejor de la clase, o consiga un cum
laude en medicina. Todo eso está bien, su desarrollo intelectual y
cognitivo es necesario. Pero no olvidemos que también hay que custodiar la
parte espiritual del niño. Tenemos esa responsabilidad: hacer que en el corazón
del niño nazcan valores que le ayuden a madurar. De la misma manera que nos
ocupamos de que esté sano, es también importante que esté sano espiritualmente.
Es necesario que desde pequeñito frecuente las celebraciones, que reciba
catequesis y formación para saber dialogar ante una cultura atea, ante la que
es difícil responder. No dejemos de asumir esta parte espiritual, también
depende de nosotros.
El niño debe aprender a
amar, a escuchar, a atender al pobre, al que sufre, al enfermo. Esta dimensión
armoniza al ser humano. No sólo hay que educar en lo material y en lo
intelectual. Sí, es necesario que se despliegue social y laboralmente. Pero hay
que desplegar también el potencial divino que tiene la criatura. Nos afanamos
para que esté bien. Afanémonos también para que aprenda a rezar, para que
aprenda a ser solidario, para que empatice con el que sufre, para que esté
allí, apoyando a una sociedad que necesita vertebrarse según los valores
cristianos.
La familia, ¡claro que es
sagrada!
El valor de la palabra
Hoy hemos leído este
hermoso texto de Jesús, que con doce años, va a Jerusalén y se pierde allí. Es
el momento de empezar a ser adulto y conocer cosas más profundas. Y va a la
fiesta de Pascua con sus padres.
Lo que sorprende de
Jesús, siendo adolescente, es que dice algo importante, y ojalá algún día los
hijos también lo digan: ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?
Jesús escucha. Escucha a
estos rabinos, maestros de la Ley. Jesús pregunta. ¡Qué importante es, en una
familia, en la cultura y en la sociedad, que aprendamos a escuchar y a hacer
preguntas! Jesús tenía el privilegio de haber nacido en el seno de esta
familia, María y José, que sembraron en él buena semilla. Era inquieto, capaz
de sentarse y escuchar a los adultos. Quizás porque sus padres fueron modelos
para él.
El otro día hablábamos de
la importancia de la palabra; hay que rescatar la palabra y su sentido
profundo. Fijaos qué fuerza tiene la palabra. En el Génesis, la palabra de Dios
crea, construye, restaura. ¿Qué hace Jesús con su palabra? Jesús es la palabra
de Dios, y ya desde pequeño supo ejercer la palabra ante estos doctores de la
Ley. Pero también supo escuchar. No despreciemos la importancia de la escucha.
En el texto queda claro: Jesús escucha y pregunta.
En la familia hay que escucharse,
hay que preguntar, hay que crecer y mejorar. ¿De qué hablaban Jesús y esos
doctores? De la importancia de las Sagradas Escrituras. Cuántas palabras huecas
y sin sentido oímos cada día en los medios de comunicación, en las tertulias;
con cuánta frivolidad se usa la palabra. Lo mismo para escuchar. ¿Vale la pena
escuchar necedades, cosas absurdas, sin sentido? Jesús rescata la palabra. A Lázaro
le dirá: ¡Sal de ahí! Y lo resucitará, levantándolo de la muerte. A un ciego le
dirá: ¡Claro que quiero! Y le devolverá la vista.
La palabra que sale de la
comunión, de la certeza de saber que Dios está en nosotros, no es una mera
palabra. Cuando os persigan, no os preocupéis por defenderos, dice Jesús, el
Espíritu Santo os dará las palabras adecuadas.
Se habla mucho de la
autorreferencialidad. En un diálogo de quince minutos, el “yo”, el yo ego, el
yo hinchado, sale veinte veces.
Es el tú el que tiene
importancia. Es el nosotros, el que tiene importancia. Es la comunidad, saber
escuchar. Jesús nos enseña, tan jovencito, a saber escuchar.
Cuántas veces las
palabras malsonantes fragmentan las familias y rompen las relaciones. Cuántas
veces decimos cosas que nos están haciendo daño, o escuchamos cosas que no nos
interesan, que no vale la pena oír. Ojalá que las familias sean un lugar donde
aprendamos a hablar y a escucharnos. La familia es donde cada uno se hace
persona.
domingo, diciembre 01, 2024
Fieles a tu encuentro
Escrito leído durante la Hora de Adoración en San Félix. 21 de noviembre 2024. Festividad de la Presentación de María.
Seguimos deseando estar contigo de nuevo, aliento vigoroso que nos das vida y nos ayudas a descubrir la belleza del silencio.
En la calma serena de estos momentos nuestra alma se
regenera. ¡Qué poco entendemos que el ruido nos aleja de tu oasis! Tu silencio
tiene más fuerza que un discurso, por bien elaborado que esté. Muchas palabras
te cansan, tanto como a los demás, sobre todo cuando tenemos la osadía de creer
que podemos convertir a alguien interfiriendo en tu acción con cada persona.
Tu amor divino es el único que puede convertir el alma para
ti. A veces, con nuestra injerencia, no dejamos que tú hagas a tu manera,
respetando los tiempos para que se dé el momento de gracia y de don. Nuestro
apresuramiento y afán por adoctrinar, aunque sea con buena intención, puede
alejar más que acercar.
La ausencia de palabras puede ser más penetrante que la
misma voz. La palabra transformadora es la que surge del silencio más
primigenio, aquel que envuelve a Dios. Yo creo en tu silencio, Señor, un
silencio que sabe cómo seducirnos para encender la chispa del deseo. Ese fuego
nos empujará a buscarte siguiendo el propósito de nuestra vida, que no es otro
que encontrarte y amarte: para eso nos has concebido.
. . .
En las relaciones humanas hay muchas tensiones porque hay
demasiado ruido interior que impide tener paz y discernimiento. Sin este
sosiego no podremos ver la realidad desde tu mirada. A veces nos empeñamos en
imponer nuestra visión de la realidad y nos rebelamos cuando se da un choque
con la realidad del otro. Esto ocurre porque no hay silencio en nosotros; no
rezamos lo suficiente, no sabemos poner distancia con los demás para ver con
lucidez y acertar en nuestras decisiones. Un excesivo apasionamiento sin
enraizarnos en Dios nos convierte en apisonadoras que avasallan todo cuanto
sale a su paso.
Cuando se miran las cosas desde Dios no necesitamos
máquinas, ni discursos, ni palabras. Si queremos llegar al alma del otro
necesitamos que la caridad brille en nuestros gestos y en nuestra manera de
hacer. Con caridad y un testimonio sereno, podremos despertar y ayudar a salir
del vacío sin sentido a mucha gente que vaga hacia ninguna parte.
. . .
Hoy, Señor, te pedimos que nos ayudes a no ser un obstáculo
para que otros te encuentren, como un día nosotros te encontramos a ti.
Que aprendamos a callar más y hablar menos. Que te
escuchemos más, porque así aprenderemos que lo más importante no es lo que
podamos decirte, sino lo que tú nos puedas decir, no con palabras, sino con tu
silencio elocuente.
Necesitamos entender tu silencio haciendo ayuno de palabras.
Una suave brisa de primavera es mucho más sugerente que un viento desatado.
Flagelar con ideas impide que los otros se acerquen a ti, pero una invitación
llena de coraje y fuerza ayuda a salir del letargo de la oscuridad a personas
que están perdidas en la noche de su corazón.
Sólo así dejaremos que, poco a poco, dulcemente, vayas
penetrando por nuestros poros hasta llegar al fondo de nuestra alma.
Hoy queremos disfrutar de este silencio reparador, bálsamo
que sana las grietas del corazón y regenera por tu misericordia.
Los días que vivimos sólo tienen sentido a la luz de nuestra
relación contigo. Te pedimos que, pese a los vaivenes de nuestra vida, sepamos
seguirte, fieles, y que aprendamos a vivir entre la claridad y el abismo, entre
el ruido y el silencio, entre la paz y la guerra, entre la calma y las
preocupaciones. Que sepamos armonizar nuestras propias contradicciones para
poder vivir en el oleaje amenazante del mar y descansar en tu playa interior.
Abandonarse en ti, Señor, es la garantía de que nunca te
alejarás de nosotros y no permitirás que naufraguemos ni vayamos a merced de
las olas que nos lanzan a la deriva, en medio de la oscuridad.
Queremos que seas nuestro faro. En esta noche estamos aquí, contigo, dejándonos llevar a la orilla por tu dulzura. Tú nos levantas y nos impulsas a seguir hacia adelante.
jueves, agosto 15, 2024
Maestra de la escucha
La Iglesia tiene que ser como María: ha de ponerse siempre
en camino. Hay muchas necesidades que cubrir, de todo tipo. No sólo las obras
de caridad, sino que hemos de ponernos en marcha para evangelizar a tiempo y a
destiempo, porque, más que nunca, es necesario llenar de sentido la vida de las
personas que se deslizan hacia la nada.
La Iglesia ha de tomar como referente la imagen mariana,
siempre abierta a los otros y abierta a Dios, al soplo del Espíritu Santo.
Compartir alegría
Dos mujeres hebreas, parte de ese resto de Israel, el pueblo
escogido, se saludan. ¡Qué importante es la solidaridad basada en algo
auténtico, no en una ideología, sino en la hermandad profunda entre las
personas! María atiende a Isabel. Y el niño salta de alegría en su seno. Dos
veces reitera el autor sagrado la felicidad del bebé ante ese encuentro de las
dos primas. La alegría se esparce en el entorno; cuando hay un ambiente de
afecto, de cariño, de comunicación profunda, los niños perciben, ya desde las
entrañas de la madre, ese amor extraordinario que une a las mujeres.
Canto de gozo
María dirá: Proclama mi alma la grandeza de mi Señor.
Una jovencita, llamada a ser madre de Dios, supo convertir su casa en un
santuario donde tenía espacios hermosos de oración. Por eso llegó a ser la
madre de Dios. ¿Cómo no va a cantar y a
proclamar su alma lo que Dios ha hecho en ella? ¡Así sale de su corazón!
Y se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. Una
alegría profunda está basada en una íntima relación con Dios en nuestra vida.
¿Por qué a veces no estamos contentos? Quizás porque no nos dejamos llevar por
el soplo amoroso de Dios. Muchas cosas pasan a nuestro alrededor, pero hay algo
que supera estas dificultades: sentir que Dios te quiere y cuenta contigo. El mal
quizás no desaparece, pero lo viviremos de otra manera, mucho más serena y
aceptando la realidad. Por tanto, esa alegría, ese canto, esa alabanza de María
se basa en su apertura total a Dios. ¿Y si, en el fondo, no somos más felices y
gozosos porque no estamos del todo abiertos a Dios? El fundamento de nuestra
alegría no es tener una cosa o hacer otra, o disfrutar de cierta fama. La
alegría viene de la certeza profunda del corazón: Dios anida en mí. Y de esa
certeza, ¡claro que surgirá un canto a Dios por todo lo que recibimos cada día
y quizás no somos conscientes!
Resucitada
Ella reconoce su pequeñez y humildad, pero también dice que
de generación en generación será bendecida. Y es así: todos tenemos a María
como referente. María, la madre de Dios, la que intercede. Hoy celebramos que
ella es asunta, elevada al cielo. Es una resurrección, después de su dormición,
como se dice en la tradición cristiana. Por tanto, participa de la
resurrección de Cristo, como humana que es. Recibe ese don especialísimo de la
resurrección y comparte la amistad santa con Dios, iniciada al quedar
embarazada por obra del Espíritu Santo.
Hoy, muchos lugares de España celebran a María y cantan a
María. Hacemos nuestras proclamas, alabamos a María, porque a través de ella
fue posible nuestra redención. Ella dijo que sí al plan de Dios en su vida,
abrió sus entrañas a la voluntad de Dios para convertirse, nada menos, que en
la Madre de Dios (theotokos en griego).
Maestra de silencio
María convirtió su vida en una escuela de silencio. Cuando
Jesús se fue de su casa para predicar, su hogar continuó siendo una pequeña capilla,
donde seguramente los discípulos, a la vuelta de sus tareas, debían ir a
visitarla. Y María, como madre de todos, también acogería a los apóstoles que
venían con Jesús, su hijo.
María nos enseña a reconocer la trayectoria de Dios en
nuestra vida. Si uno se detiene y sabe hacer silencio, se da cuenta de cómo Dios
lo ha ido cogiendo de la mano hasta llevarlo donde está. Mi experiencia, ya lo
sabéis por mi escrito y mi libro, es que, sin saber por qué, Dios quiso contar
conmigo.
Sí. Dios cuenta con cada uno de vosotros. Para que digáis sí
a la vida, para que su Iglesia siga estando en marcha. Pero María nos enseña a
ser contemplativos. La contemplación es esencial. Nos movemos entre estos dos
campos: el trabajo apostólico y la oración en silencio. Cuando en la Iglesia
nos olvidamos de rezar, cuando nos olvidamos de hacer un paréntesis (incluyo
también a los sacerdotes y a los que estamos en primera fila), podemos caer en
tentaciones. Porque cuando se es alguien importante el riesgo siempre aparece.
Por tanto, en la Iglesia tenemos que estar bien atentos. Más allá del
compromiso de la caridad y de la proyección en el mundo es importante la
oración que nace de lo más profundo de nuestro ser. Si la Iglesia cae en el
activismo sociopolítico y religioso, se está apartando de lo esencial. Cuando
uno cree que todo depende de él, se está equivocando. No es verdad. Todo
depende de Dios y de su gracia. Cuidado, que no caigamos en esa
autorreferencia, como avisa el Santo Padre. La Iglesia ha de ser como María, humilde,
al servicio de los demás, atenta a las necesidades de los otros.
Alegría profunda
Pero la humildad no le quita una certeza: que Dios está con
ella. La Iglesia debe tener esto siempre presente. Porque, a veces ciertas,
formas de la piedad religiosa fomentan el sentimiento de culpa y el
sufrimiento. Eso es una parte, pero si solo nos quedamos en esta piedad nos
quedamos antes de la resurrección. Lo que cambia nuestra vida es que Jesús ha
resucitado. Sin esta noticia, la Iglesia no tendría sentido, seríamos gente
estupenda, que viene aquí, que hace cosas. Pero la centralidad de la eucaristía
es que celebramos a Jesús resucitado. Cristo resucitado es el que está
en la Iglesia.
¿Por qué María canta? Porque tiene la experiencia vital de
que Dios está con ella. En la Iglesia hemos de vivir esta certeza: Dios esta en
nuestra vida, en nuestros proyectos y en cada uno de nosotros.
Quizás un día, por su inmensa misericordia, Dios nos asuma a
los cielos, pero lo que está claro es que tenemos una enorme aliada, que es
María. Ella es maestra del silencio y maestra de la escucha.
Maestra de la escucha
Ayer decía que María llegó a donde llegó porque supo
escuchar la palabra de Dios. Supo aplicarla a su vida. Supo cumplirla. Supo
hacerla vida de su vida. Cuando llegamos aquí, es cuando el silencio se
transforma en algo extraordinario. Dejemos que nos hable este bálsamo dulce de
Dios que penetra en nuestra alma. Porque hoy celebramos muchas fiestas, muy
bonitas, en honor a María, pero ¿dedicamos un poquito de tiempo para callar,
hacer silencio y escucharla? Si decimos que ella es tan sencilla y humilde, no
sé si le gustará mucho tanta pandereta, no lo sé. Seguramente le gustará que
nos acurruquemos en ella, como madre nuestra, y que dejemos que su latido
marque nuestro latido. Entonces sentiremos una hermosa sintonía con la Madre de
Jesús, la Madre de la Iglesia.
El aspecto femenino es importante en la Iglesia. La Iglesia
es mucho más que los curas, los obispos y el papa, la Iglesia somos todos los
bautizados, y todos tenemos la enorme misión de evangelizar, una misión tan
importante como cualquier otra, en otros lugares.
Aprendamos a escuchar. Para esto hay que parar y dedicar un
tiempo, sin prisa, a la oración, al silencio, a la escucha.
Ayer comentaba que en la televisión y en las redes sociales
hay una catarata de frivolidad y de palabras vacías. ¿Cómo es posible que
hayamos convertido un don tan hermoso que nos ha dado Dios, como es hablar, en
un medio para decir tantas tonterías? ¡Es un pecado! Un don que nos permite crear
sonidos y palabras, que nos hace capaces de comunicarnos y de llegar al corazón
del otro. ¿Qué hacemos con tanta palabrería?
Un sacerdote decía que, en vez de ser charlatanes, debemos
ser escuchatanes.
domingo, agosto 11, 2024
50 años de un sí
El cielo estaba totalmente despejado. Era agosto, durante unos días de convivencia de los jóvenes del Santuario de Santa Eulalia de Vilapicina. Sucedió en una explanada, junto a un pozo, al pie de las montañas del Montseny.
Una semana antes, el sacerdote amigo que llevaba mi grupo de
jóvenes me había interpelado sobre mi vocación al sacerdocio. ¿Lo has pensado
alguna vez?, me preguntó.
Ahora, día de santa Clara de Asís, a punto de cumplir
dieciocho años, mi vida dio un giro radical. Estaba en plena adolescencia y un
universo nuevo se abría ante mis ojos. Ese día de cielo azul intenso, después
de pasar un torbellino interno y venciendo mis rémoras y temores ante lo
desconocido, salté hacia el vacío, como el saltador de parapente que se lanza a
surcar los cielos.
Al mismo tiempo, sentí que nacía de nuevo. Era consciente de
que estaba dando un paso definitivo que marcaría toda mi trayectoria
existencial y espiritual. Él me llamaba a algo grande y mi corazón no quería fallarle.
Sabía que me lo jugaba todo, y que dejaba atrás muchas cosas bellas. Pero la
experiencia que sentía lo significaba todo para mí y me llenaba de plenitud.
Dije sí junto a un pozo. Mi llamada y la respuesta me
evocaba la vocación de Moisés, ante la zarza ardiente que no se consumía, o la
visita de Dios a Abraham, bajo la encina de Mambré, o el diálogo de Jesús con
la samaritana, junto al pozo de Sicar. También recordé a san Francisco de Asís,
al cura de Ars, cuya fiesta se celebra el día que yo fui llamado, el 4 de
agosto; y tantos otros santos y sacerdotes que fueron fieles y ejemplo para mí.
Por un lado, me sentía muy agradecido; por otro, también
sentía el dulce peso de la responsabilidad que supone abrazar el sacerdocio.
Pero ya estaba decidido y quería iniciar mi aventura con un sí incondicional.
Aquel jovencito que anhelaba conocer y amar a Dios aceptó que este lo llamara
para ser instrumento al servicio de la Iglesia. Ya no bastaba conocer y amar,
Dios me daba la oportunidad de anunciarlo al mundo a través del ministerio del
orden.
Era muy consciente de lo que se me pedía, pero también
confié que él sería mi gran aliado. Y así ha sido, y lo sigue siendo después de
50 años. Tras pasar un largo tiempo de formación llegué a la ordenación
sacerdotal en Barcelona, el 7 de marzo de 1987; este año he cumplido 37 como
sacerdote.
Aquel 11 de agosto de 1974, mi vida cambió de rumbo para
caminar hacia el mismo corazón de la Iglesia. La experiencia ha sido densa,
profunda y comprometida; a veces exigente pero también es verdad que todo lo
que he recibido me llena de gozo y de plenitud. He pasado por diferentes
comunidades parroquiales que han sido para mí el yunque donde me he ido
esculpiendo y reforzando mi compromiso ministerial. Después de 50 años de mi
sí, todo ha sido y sigue siendo un hermoso don que Dios me ha dado, no sé si
merecido o no, pero más allá de todo hoy siento una infinita gratitud a Dios
porque un día confió en mí y me llamó.
Todos necesitamos medios, instituciones y personas que hagan
posible la llamada. Por mi vida han pasado muchas, desde el sacerdote que me
llamó hasta el cardenal Jubany, de cuya mano recibí el orden sacerdotal.
¡50 años ya son años! Llenos de sorpresas y siempre con un
deseo de fidelidad interior. Aquel 11 de agosto de 1974 era muy consciente de
que mi sí era para siempre. Con el paso del tiempo, me doy cuenta de que lo
importante no es tanto dónde estoy y qué hago, sino procurar que nada ni nadie
me aparte de él. Lo esencial es seguir tan enamorado como el primer día y
mantenerme firme con el paso del tiempo y pese a las dificultades. Que nunca
dude ni un ápice de él; desde mi pequeñez, él confía totalmente en mí. Y aunque
haya pasado por momentos difíciles, él nunca me ha dejado solo. Todas estas
experiencias, a veces dolorosas, me han hecho reafirmar aquel sí que le di
junto al pozo. Y no sólo eso, sino que he crecido, como persona y como
sacerdote.
Es verdad que en la vida de un sacerdote no todo son mieles,
pero lo que recibes es indescriptible. Nadar en el misterio insondable de Dios
va más allá de cualquier sufrimiento.
domingo, junio 02, 2024
Corpus, misterio de amor hecho pan
domingo, abril 21, 2024
Un salto hacia la luz
Llevamos dos años de adoración. Mes tras mes, ahondando y meditando en el profundo significado de tu presencia real en el pan sagrado.
Durante todos estos momentos hemos podido contemplarte en el
misterio de la encarnación.
Hemos visto cómo tu divinidad se humaniza en un pequeño
establo, en Belén. Hemos contemplado cómo la máxima belleza se manifiesta en lo
pequeño y en lo sencillo.
Hemos comprendido que en lo pequeño y en lo humilde está la
grandeza de un Dios que despliega toda su potencia amorosa en lo cotidiano de
la historia. Creciste en una familia, con María y José, en un tiempo y un
lugar, Nazaret. Los evangelios de la infancia revelan cómo María acogió el
proyecto divino: ser madre de Dios.
También te hemos admirado en el niño que, con solo doce
años, hablaba con los maestros de la Ley en el templo de Jerusalén. Ya a esa
temprana edad tenías la certeza de que Dios era tu padre. La sabiduría divina
iba calando en tu corazón, abierto a esa hermosa relación con Dios.
Hemos contemplado tu momento decisivo, cuando diste el paso
vocacional en el desierto, ya adulto, luchando por mantenerte fiel a la
voluntad del Padre, venciendo las tentaciones en el desierto. Allí tomaste
plena conciencia de tu mesianidad y del inicio de tu misión. Emprendiste tu
tarea de anunciar a Dios a todos los hombres, pese al rechazo progresivo de tu
pueblo.
Hemos contemplado tu gloria en el monte Tabor, antes de
emprender el camino hacia tu propia muerte.
Tu pasión empezó cuando te llevaron huyendo a Egipto, porque
el malvado Herodes quería matarte. Le asustaba la fuerza del niño de Nazaret.
Otro momento cumbre de tu vida fue cuando, con absoluta
libertad, decidiste asumir las consecuencias de tu entrega hasta el martirio.
La cruz se convirtió en el símbolo de tu docilidad extrema.
Aceptaste el máximo dolor, la terrible soledad y un profundo sentimiento de
abandono por parte de todos.
Solo ante la cruz, agonizaste, tu cuerpo desgarrado,
maltrecho y llagado, casi sin poder respirar, atravesado por los clavos en la
madera.
Pero tu historia no acabó en la cruz, ni con la muerte. En
tu último grito, lanzado al cielo, la misericordia de Dios se derramó como una
catarata de gracia.
Dios, tu padre, te levantó de la muerte y de la oscuridad.
Tu gemido presagiaba una humanidad que renacería por tu gracia: el hombre nuevo
rescatado por tu sangre derramada.
En la historia se produce un giro: un hombre, por primera
vez, resucita. Este acontecimiento cambia la historia humana para siempre. La
muerte ha sido superada, la vida eterna alborea.
De tu mano, Jesús resucitado, se nos abre un nuevo
horizonte, el de un reencuentro contigo en la eternidad.
Sigues con nosotros
Pero no todo acaba aquí. Hemos contemplado cómo tú quisiste
permanecer en la tierra un tiempo para ir devolviendo la esperanza a los tuyos.
Frustrados y desorientados, los fuiste despertando. Con tus apariciones les
abriste el entendimiento y el corazón para que pudieran reconocerte como su
Maestro. Y ellos se llenaron de alegría.
Tus encuentros les permitieron seguir adelante con tu
proyecto: crear una comunidad con ellos. En las hermosas escenas de los
evangelios se vislumbra la emoción del encuentro con el Maestro y el amanecer
de la futura Iglesia.
También hemos contemplado tu ascensión al cielo, para
reunirte con tu Padre para siempre. Pero tu historia, Señor, no acaba aquí,
sino en tu promesa: «Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de
los tiempos.»
En tu nueva naturaleza estás aquí y ahora con nosotros, en
el sagrario a través del pan.
Jesús, no te has ido lejos. Estás a nuestro lado, cumpliendo
tu promesa. Tu historia sigue, en nosotros y en todos los bautizados que
formamos la Iglesia. Esta es el sacramento de tu presencia.
Y de nuevo, hoy, nos convocas para seguir saboreando el misterio de tu presencia. La custodia luminosa es reflejo de un corazón que no para de latir jamás. Dicen que un corazón humano late millones de veces durante su vida. El tuyo, Jesús, no ha dejado de latir durante dos milenios.
¡No podemos imaginar la potencia de tu corazón sagrado!
Miles de millones de latidos en un corazón concebido para amar siempre.
No puedes dejar de amarnos. Esta es la historia de un bebé
que nació en Belén de Judea y vivió gran parte de su vida en Nazaret. Cada uno
de nosotros es recreado por un hombre que murió en la cruz y resucitó un
domingo. Este es el sentido último de nuestra vida: abrirse a una nueva
dimensión, la trascendencia.
domingo, abril 07, 2024
De la cruz a la custodia
Estamos a las puertas de la Semana Santa, un tiempo que culmina la Cuaresma con la entrada de Jesús en Jerusalén.
El año litúrgico cristiano culmina en estas fiestas. En el
Triduo Pascual se despliega todo el misterio de Jesús, dispuesto a dar su vida
como expresión de amor a la humanidad. Son los tres días más importantes del
año litúrgico, donde se condensa la misión de Jesús, fiel a la voluntad del
Padre.
Está dispuesto a morir en la cruz para rescatarnos de
nuestras esclavitudes y hasta de la propia muerte.
. . .
Señor, estos días, meditando el Vía Crucis, hemos sido más
conscientes de la magnitud de tu amor. Has dejado que te señalen, te golpeen,
te flagelen, te insulten y atraviesen tu cabeza con una corona de espinas. Han
ironizado sobre tu realeza, comparándote con los reyes de este mundo, y una
lanza ha traspasado tu corazón, dispuesto a asumir el máximo dolor, hasta la
agonía, con las manos y los pies desgarrados por los clavos.
Esto solo se puede hacer si se ama de manera total e
intensa. Esto revela tu entrega incondicional hasta el límite de lo soportable.
Hoy, desde tu silencio en la Custodia, queremos ser
conscientes de que, para hacerte presente para siempre con nosotros tuviste que
pasar por ese itinerario que te llevó a la cruz. Cada estación, hasta llegar a
la cruz, revela tu docilidad al plan de Dios y tu derroche de amor, gracia para
todos aquellos que han descubierto que Dios, en Ti, se ha dado por completo
para rescatarnos del pecado.
¡Un Dios que tuvo que sacrificar a su hijo! Era el único
plan para salvarnos de nuestras miserias. Señor, ¡cuánto pasaste por nosotros!
Quizás un esfuerzo que no merecíamos. Pero era tu única baza para
conquistarnos.
Hoy queremos agradecer tanta donación, con dolor por lo que
te ha hecho la humanidad: colgar al mismo Dios en la cruz. ¡Cuánta insolencia
por nuestra parte y cuánto amor desbordante por la tuya!
Una entrega incondicional y sin medida: esta es la forma de
tu amor, de la que hemos de aprender, asumiendo que cuando amamos a la manera
de Jesús, también hemos de estar dispuestos a abrazar las consecuencias, hasta
el martirio.
Jesús, con tu testimonio nos enseñas que el amor auténtico
consiste en ser imagen tuya. Sólo así todo cuanto hagamos y seamos será
fecundo. Sólo si estamos dispuestos a enterrar el grano de trigo, es decir, si
estamos dispuestos a darlo todo de verdad, emergerán un hombre y una mujer
nuevos. Tu cruz nos restaura y nos hace renacer de nuevo.
Unidos a tu amor, seremos discípulos tuyos y estaremos
dispuestos a todo. Esta será la garantía de que sigues vivo en cada uno de
nosotros.
. . .
La cruz no es otra cosa que el preludio de la vida nueva de
Jesús resucitado. Desde esta perspectiva, el dolor tiene aún más sentido. Su
muerte en cruz es el anticipo de un nuevo amanecer.
La lógica del misterio de Jesús pasa por cuatro fases:
- Una vida volcada al anuncio del reino de los cielos, esta es su misión.
- Una pasión y muerte como consecuencia de una auténtica libertad. Jesús desea culminar el plan de Dios.
- La resurrección: Dios levanta a su hijo del abismo de la muerte: este hecho se convierte en fundamento de nuestra fe cristiana.
- El deseo de permanecer con nosotros en el sagrario. La eucaristía es el sacramento de su presencia real a lo largo de los siglos.
De la cruz a la custodia: es la dinámica amorosa de un Dios
que da su vida y quiere permanecer siempre con nosotros.
domingo, febrero 18, 2024
La conversión, un camino
Oración ante el Santísimo
domingo, enero 21, 2024
25 años de servicio a los mayores
El grupo de tertulias es uno de los más antiguos de la parroquia. Hoy, después de 25 años, siguen firmes, ofreciendo un abanico de actividades orientadas a la atención de las personas mayores. Que después de 25 años se mantenga, implica por parte del grupo de voluntarios animadores mucha entrega, generosidad y entusiasmo.
Semana tras semana, cada miércoles, llueva o haga sol, frío
o calor, nunca fallan. Y esto tiene un mérito extraordinario. Pero lo
sorprendente es que los responsables han mantenido la creatividad durante
tantos años. Haber llegado hasta aquí es un gran triunfo. Conseguir un buen
ambiente y una buena participación, así como una convivencia que favorece la
hermandad, es un gran logro. Es una experiencia profundamente enriquecedora y
humanizadora, pues siempre, aunque sea a edad avanzada, se puede crecer como persona
y como cristiano cuando uno se abre a los demás.
Es un hito histórico. Algunos han fallecido, han venido
otros nuevos, pero se mantiene el tono del grupo, que aprende a sobrellevar sus
propios límites compartiendo sus vivencias con los demás.
Como parroquia, estamos muy agradecidos por esta labor tenaz
y constante del equipo base que permite que se desarrollen las diferentes
actividades con normalidad y alegría. 25 años de fidelidad han permitido
continuar con entusiasmo.
Cuando acudo a sus encuentros y paso un rato con el grupo,
me doy cuenta de que cada persona que participa es un libro abierto, con una
vida llena de entrega a su familia y a otros. Muchas mujeres, con entereza,
viven serenamente su viudez, dotándola de calidad humana y espiritual que les
ha ayudado a sobreponerse y a seguir luchando. Estar cerca de estas personas es
viajar a las profundidades de un universo interior. Escuchándolas, uno aprende
a ampliar su visión de la realidad, llenándola de sentido. Por eso considero
que la labor que se hace en este ámbito es crucial y acorde con la sensibilidad
de la Iglesia.
Sepamos agradecer su gran aportación a las familias, a la
sociedad y a la iglesia. Están viviendo una etapa vital que, aunque limitada,
es intensa porque aportan mucho bagaje acumulado. Son auténticos tesoros que
engrandecen el corazón.
No os puedo decir que sigáis 25 años más, pero sí que estos
25 años vividos los llevéis muy adentro, pues han sido definitivos y os han
marcado, dándoos la oportunidad de vivir momentos preciosos que han dado tono y
calor a vuestras vidas. Gracias por tanto aprendizaje y humanidad. Os deseo de
todo corazón, como párroco, mucha felicidad en este día tan señalado y os doy
las gracias por haber dinamizado la vida parroquial.
Mn. Joaquín Iglesias
domingo, diciembre 31, 2023
Mensaje de Año Nuevo
Os deseo
de todo corazón un feliz año nuevo. Y también deseo que este año que acabamos
de terminar haya sido para todos vosotros de crecimiento humano y espiritual. Que
todo lo que ha ocurrido, malo o bueno, os sirva para añadir madurez a vuestra
vida y os ayude a ser mejores personas y mejores cristianos. Toda experiencia,
si se digiere con paz y lucidez, añade valor a la vida.
Y en este
año que se nos abre, con todo lo vivido el año pasado, que cada uno de vosotros
sea una persona tenaz con una vocación de servicio y amor a los demás. Sólo así
todo aquello que hagamos tendrá sentido.
Todos
estamos llamados a una gran misión. Descubrir la belleza de nuestro corazón
hará posible que cada día sea una auténtica hazaña. Así viviremos con
intensidad, abriéndonos a nuevos horizontes llenos de luz y de vida, con el deseo
apasionado de hacer siempre el bien a los demás.
Y si algún
día el sol no aparece en el horizonte, dejad que salga en vuestro corazón la
luz intensa que tenéis en lo más profundo de vuestro ser. No dejéis que se
apague nunca, aunque viváis experiencias dolorosas. Mirad dentro de vosotros
mismos y descubriréis un hermoso vergel donde podréis reposar, en silencio,
para seguir luchando en el combate diario. Desde el silencio contemplativo
podréis reconectar con Dios y seguir avanzando hacia las metas del día a día.
Un
fraternal abrazo,
P. Joaquín
Iglesias
lunes, diciembre 25, 2023
Creciendo en comunidad
El pasado 21 de diciembre, en la parroquia de San Félix,
celebramos la Navidad en familia. Este es el segundo año y ha sido una
auténtica fiesta. Celebramos que el niño Jesús viene a nuestra vida, este es el
motivo del encuentro. La respuesta a la invitación ha sido extraordinaria y ha
superado las previsiones. Me ha causado una gran alegría ver a casi cien
personas asistiendo a la convocatoria, signo de su mayor sentido de pertenencia
a la comunidad. Mientras se desarrollaba el acto sentía una intensa vibración entre
los participantes, que llenaba el ambiente de un bello tono festivo. Durante la
celebración cada grupo pastoral de la parroquia ofreció alguna actuación: desde
canciones, una poesía, un villancico o un baile. Así se desplegó un programa
precioso que enriqueció el evento de color y de música.
La alegría era desbordante. Vivimos al unísono el misterio
de un Dios que se encarna, abriéndose a la humanidad a través de un niño a
punto de nacer. Sentí que realmente allí había una comunidad que crece con
mayor consciencia de ser familia con una misión en el barrio.
La parroquia es un espacio sagrado donde vivimos nuestra
identidad cristiana. Hemos de arrojar luz y esperanza, como signo de nuestro
compromiso con un mundo que parece ir a la deriva o hacia el abismo. Este ha de
ser nuestro testimonio firme, en la tarea de mejorar la vida de los demás. Os
agradezco que, como comunidad, me acompañéis en esta urgente misión y seáis
copartícipes de esta labor evangelizadora.
El jueves 21 sentí un fuego vibrante que ardía. La comunidad
se convirtió en una gran familia donde, siendo todos tan diferentes por origen,
cultura y edad, hay algo muy grande que nos une: es Jesús, fuente y sentido de
nuestra vida.
Sólo así, trabajando y ahondando en la fraternidad y en
nuestra tarea común como pequeño pueblo de Dios, aquí en nuestra demarcación
parroquial, estaremos cumpliendo la misión que Jesús encomendó a sus apóstoles:
ir y anunciar la buena nueva del Reino de los Cielos. Sólo haciendo cielo en
nuestro entorno y con los más cercanos haremos realidad lo que Dios quiere de
nosotros.
Una liturgia sin misión y sin fraternidad es insuficiente,
porque esta ha de culminar con nuestro compromiso evangelizador. La consciencia
de ser pueblo de Dios ha de ir más allá del culto y el consumo sacramental.
Nuestra fe no es solo para vivirla en privado. Uno no se salva solo. Nos
salvamos como comunidad y como pueblo.
Estos encuentros nos ayudan a tomar el pulso de nuestra
realidad como parroquia y el grado de compromiso. Ese día pude constatar que
allí había realmente una comunidad vibrante, más consciente de la riqueza que
nos une: participar como hermanos de una tarea común. El Espíritu de Dios
estaba presente en el corazón de la fiesta.
¡Gracias a todos por participar y hacer posible este gran
encuentro navideño!
P. Joaquín Iglesias
domingo, noviembre 05, 2023
Más allá de la muerte
Evangelio: Juan 14, 1-6.
Que no tiemble vuestro corazón:
creed en Dios, creed también en mí. En casa de mi padre hay muchas estancias.
Si no fuera así, ¿os diría que voy a prepararos un lugar? Y cuando vaya y os
prepare un lugar, volveré de nuevo para llevaros conmigo, para que donde yo
esté también estéis vosotros. […]
Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Nadie va al padre si no es por mí.
La
Iglesia, sensible y pedagoga, conoce el devenir del hombre: su nacimiento, su
crecimiento, su adultez y la realidad que tanto nos inquieta, que es la muerte.
Pero la Iglesia sabe muy bien que con la muerte no se acaba todo. No: es un
tránsito hacia un proyecto, una vida nueva con Dios.
Hoy
es un día para tener una gratitud muy especial hacia aquellas personas que nos
han precedido: padres, hermanos, cónyuges, incluso hijos. Han muerto por
motivos muy diferentes que a veces provocan inquietud y un profundo dolor por el
vacío que dejan. Se ha generado un vínculo precioso con ellos y cuando ese lazo
se corta quedamos como si nos faltara el aire. Esta maravillosa realidad
humana, la familia, aquella que nos ha dado la vida no sólo física, sino
espiritual, cultural y social, dando sentido a nuestra existencia, queda rota
con la muerte.
Entiendo
que no es fácil retar a la muerte cuando los difuntos han significado un enorme
crecimiento para nosotros. Es normal sentir el duelo interior, que a veces
cuesta mucho de superar, porque los vínculos con aquellos que queremos son algo
profundísimo que nada puede segar. Van más allá de la propia muerte. Es verdad
que ya no podemos tocar ni abrazar a ese ser querido cuando le damos el adiós
definitivo. Pero también es verdad que nos deja un legado precioso. Es
impresionante.
Para
ser buen matemático, físico o psicólogo, hay que ir a la universidad, estudiar
y prepararse para ejercer una vocación civil y profesional. Pero el legado más
sustancial de la persona nos lo da la familia que nos ha ayudado a ser persona.
Esto no lo enseñarán en las universidades, que están tan ideologizadas. En la
familia está la raíz de nuestra identidad. No seríamos quienes somos sin ella.
La
crisis normal de la adolescencia se supera en la adultez y entonces reconocemos
cuánto nos ha ayudado la gente buena que nos ha precedido. No sólo familiares,
sino amigos y personas referentes en lo moral y en lo vocacional. Ha habido
sacerdotes y religioso cuyo papel ha sido fundamental para nuestro crecimiento
social y humano.
Hoy
es un día que nos recuerda la relación preciosa que tuvimos con nuestros padres,
abuelos y seres queridos. Una relación tan intensa no muere: está en el cielo
de nuestro corazón. Y por mucho tiempo que pase, siempre estará allí, vivo, el
recuerdo maravilloso de cuanto aprendimos de ellos.
Jesús
dice: Que no tiemble vuestro corazón. Él sabe muy bien de qué naturaleza
estamos hechos. Somos seres sensibles que amamos, generamos vínculos y, cuando
se rompen, causan dolor. Pero, a pesar de todo, que no tiemble vuestro corazón.
En estos momentos de ausencia Dios también entra en nuestra historia humana. En
estos momentos de dolor y ruptura, en que recordamos la belleza de las
relaciones que se terminaron, cuando miramos al cielo con dolor preguntándonos
por el misterio del ser humano, Jesús nos dice: En casa de mi padre hay muchas
estancias.
Nos
apegamos a las personas y a las cosas. Pero nuestra historia no acaba con la
muerte. Hay una segunda parte. No vamos hacia el vacío, el sinsentido, la
oscuridad. Sería trágico. Si Dios nos ha hecho por amor y con anhelo de
eternidad, tiene que haber una segunda parte. Es el reencuentro con nuestros
seres queridos, un regalo inmenso.
Ya
no vivimos la angustia vital de los filósofos existencialistas que se preguntan
por el misterio del dolor, el mal y la finitud humana. Nosotros sabemos que
detrás de todo hay un corazón abierto que late, que es Dios.
Por
nuestra tradición lógica y filosófica quizás nos cueste entender este salto de
fe. Pero si Jesús lo dice, hemos de creer en él. No acabaremos en el hoyo. La
muerte es un parto hacia la eternidad, hacia otra dimensión de la vida. Dios no
nos deja nunca. Él nos ha creado. Él ha hecho posible el encuentro personal, el
proyecto de una familia, sus hijos. Dios sigue teniendo un proyecto para
nosotros, y es que de la familia física, de sangre, pasemos a la familia de
Dios. Y esta familia nunca se acabará, porque ese es el deseo de Dios.
En
casa de mi padre hay muchas estancias, dice Jesús. Podemos imaginarlo como un
palacio con muchos departamentos y un jardín maravilloso. No os dejaré
huérfanos, no os dejaré solos, insiste Jesús. A donde yo voy estaréis también
vosotros. Con su resurrección nos abrirá la puerta de una promesa de encuentro
definitivo con él.
Jesús
murió en la cruz. Su resurrección era inexplicable, los judíos no podían
entenderla ni aceptarla. Pero si Jesús resucita, claro que nosotros también
podemos resucitar, por la inmensa misericordia de Dios Padre.
Jesús
también introduce una pequeña exigencia para alcanzar esta eternidad: Yo soy el
camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. ¿Cuál es el
itinerario que nos llevará al Padre eterno? El amor, la Iglesia, los
sacramentos, la eucaristía. Este es el sendero hacia la plenitud del ser humano
que no se acaba aquí, aunque nos cueste desengancharnos de aquí.
Estamos
llamados a vivir para siempre. Dios nos quiere tanto que, más allá de la
muerte, quiere seguir amándonos y estar con nosotros.
Así
sea.
domingo, octubre 22, 2023
Contigo una primavera eterna
Ya hemos entrado en el otoño. En verano, cae sobre nosotros la luz cenital del sol, iluminando todo y dando color a la vida. Los rayos de la custodia también iluminan nuestra alma, dando vida a nuestro espíritu. Como en las estaciones, el ser humano también experimenta cambios en su interior. Ahora, en otoño, baja la intensidad de la luz y oscurece más temprano. Todo declina antes y la luz más tenue nos invita al recogimiento. Pero, aunque sea otoño y las hojas de los árboles vayan cambiando de color, sigue habiendo belleza en el ocre y el castaño que llenan nuestras ciudades y parques.
. . .
Iniciamos
este momento sagrado ante ti, Señor. Tú, que eres suprema belleza más allá de
la naturaleza, nos inundas y envuelves nuestra alma. Tu presencia, aquí y ahora,
es más luminosa que el sol y más bella que los colores que tiñen el otoño. En
este tiempo intermedio, entre la luz del verano y la penumbra del invierno, no
hay nada más sublime que contemplar la hermosura de un Dios hecho sacramento:
pan que permanece para siempre entre nosotros. Cuando sabemos parar y estar en
silencio, podemos darnos cuenta del alcance y el significado de este momento.
La
Hostia Sagrada que contemplamos se despliega misteriosamente ante nuestros
ojos. Emocionados ante tanto derroche de amor, desde el silencio, saboreamos el
don de tu presencia, tan viva, tan real como nuestro aliento. Acurrucados ante
este misterio, queremos, desde la intimidad, gustar y paladear las delicias de
este anticipo de la eternidad contigo.
Ayúdanos,
ahora que empezamos el curso pastoral, a irradiar con nuestro ejemplo y
testimonio nuestra fe en ti. Que seamos capaces de anunciar que tú eres el
centro de nuestra vida. Que seamos rayos de luz para otros que viven en la
oscuridad del pecado. Que nunca nos cansemos de ser fieles a nuestra vocación
cristiana. El mundo necesita de cristianos auténticos y valientes, que sepan
luchar con firmeza ante un mundo descreído y abatido y que se entreguen a su
misión con tenacidad. La victoria es tuya, Señor. Que no olvidemos que para
sacar fuerzas necesitamos complicidad contigo, y esto solo será posible si
somos capaces de dedicar un tiempo, aunque sea corto, para estar contigo.
Sin
prisa, en soledad y en silencio, en esta pequeña tregua en medio de la jornada
intensa encontraremos la manera de dar respuesta a tantas inquietudes.
Convertiremos estos momentos en un espacio donde vaya creciendo nuestra amistad
contigo. Y aunque sean pequeños sorbitos, alimentan nuestra alma y nos dan
fuerza y perspectiva para afrontar las situaciones decisivas.
Convertirte
en nuestro aliado para nuestra labor evangelizadora nos hará ser conscientes de
que estos pequeños oasis de encuentro contigo dan sentido a lo que somos y
hacemos.
Volver
a estar contigo y empaparnos de algo tan sublime es como parar el tiempo y
entrar en otra dimensión: el tiempo de Dios, el cielo en la tierra, una
permanente primavera que no se agota. Estar contigo es entrar en el más allá
sin abandonar este mundo.
Este rato ante ti, corto pero intenso, nos permite escuchar otra melodía desde el oído del alma. Es tu voz, que nos habla envolviéndonos en tu destello divino. Nos conmueve tanto don inconmensurable. ¡Gracias por tu presencia!















