domingo, marzo 29, 2015

El sentido de la muerte

La muerte es uno de los grandes misterios que envuelve la vida sobre la tierra. Desde los albores de la humanidad, el hombre se ha preguntado por su sentido y ha buscado respuestas. ¿Es la muerte un simple final? ¿Hay algo más allá?

Todas las religiones antiguas consideran que la vida humana no puede terminar con la muerte física. Los enterramientos, desde la prehistoria hasta las tumbas más monumentales de todas las culturas del mundo, muestran una creencia en otra vida más allá de la muerte.
Pero, ¿qué clase de vida es esta? Para algunos pueblos es una sub-vida, una existencia lúgubre en un mundo sombrío habitado por fantasmas tristes que añoran su vida terrena. Para otros, hay diferentes destinos: los héroes suben a un Olimpo glorioso, donde comparten mesa con los dioses, mientras que los humildes mortales bajan al reino de las sombras. En otras religiones se distingue: cielos placenteros para los buenos, infiernos espantosos para los malos. Los antiguos hebreos hablaban del sheol, una especie de mundo inferior poco amable. Más tarde algunos grupos judíos comenzaron a creer en una vida inmortal y en la resurrección de la carne. Los fariseos y muchos amigos de Jesús, como Marta, María y Lázaro, compartían esta creencia. 

También ha habido, en todos los tiempos, escépticos. Con la Modernidad ha crecido la convicción de que la muerte es un final definitivo y que la vida más allá no es más que un engaño para conjurar el miedo al vacío y al sinsentido. Se acusa al cristianismo de ofrecer el premio del cielo y el castigo del infierno a las gentes, para manipular sus conciencias. También se acusa a los cristianos de vivir pendientes del más allá y de no valorar la vida presente. No hay evidencias “científicas” de otra vida, dicen muchos. Más vale vivir y disfrutar el momento sin preocuparse de la muerte, lo que importa es el ahora. Pero lo que ocurre es que la sombra de esa nada final se proyecta hacia atrás y oscurece la vida. La angustia existencial y el temor al absurdo acechan en cada esquina. No es tan sencillo vivir feliz y hallar sentido a la vida sabiendo que todo se acaba sin más.

Abrazar la muerte como Cristo abraza la cruz

La esperanza de una vida eterna ilumina y puede hacer mucho más plena y gozosa la vida presente. No se trata de menospreciar esta vida consolándonos con el cielo futuro, sino de vivir confiadamente, sabiendo que en la vida y en la muerte estamos en manos de Dios, que nos ama.

El ser humano ha intuido que en él hay una realidad que nunca muere y que trasciende el mundo material: el alma o espíritu.

Los antiguos griegos distinguían en el ser humano dos realidades: cuerpo y alma. El cuerpo perece, pero el alma es inmortal. Esta creencia, sin embargo, deriva en un desprecio del cuerpo y de todo lo físico, mientras que el alma es valorada por encima de todo. El cristianismo ha sido muy influido por esta idea. Pero el desprecio del cuerpo no es cristiano y  ha causado mucho daño. Cuerpo y alma son valiosos e inseparables.

La fe cristiana nos dice que somos imagen y semejanza de Dios. Esta semejanza no es solo en el alma, sino en la unión de ambos. Una persona completa es cuerpo y alma, no cuerpo solo ni alma sola. Si Dios nos ha creado por amor y nos llama a una vida plena, esto significa que en la plenitud de la vida seremos también cuerpo y alma. Esta es la resurrección de la carne que proclamamos en el Credo.

Jesús, como hombre, abrazó la vida, el gozo, el trabajo y el dolor. Abrazando la cruz, acogió también la muerte y la vivió en su total hondura. Bebió hasta apurarlo el cáliz del sufrimiento y se hundió hasta el abismo más oscuro. Descendió a los infiernos, compartió el destino de todos los seres humanos.

Morir significa que hemos vivido. Aceptar la vida es aceptar la muerte. Si estamos agradecidos por existir, hemos de comprender que la existencia terrenal tiene un límite. San Francisco, gran amante de la vida, hablaba con cariño de la hermana muerte. Así como el nacimiento es el inicio, la muerte es el final, la llegada a puerto. Jesús nos mostró que después del mar de esta vida nos esperan las aguas infinitas de otro océano luminoso. El resucitó y así nos lo quiso comunicar.  

domingo, marzo 22, 2015

¿Cómo vivir el sacrificio hoy?

En nuestra cultura cristiana se nos ha inculcado mucho el valor del sacrificio. Inmediatamente lo asociamos a privación, a restricción, a una obra que nos cuesta o incluso a una mortificación. Pero en estas prácticas hay que tener cuidado. Santa Teresa avisaba a sus monjas porque era fácil caer en los excesos y en el orgullo. Todo eso, decía, nos aleja de Dios y arruina la salud. El sacrificio entendido como autoflagelación, dolor provocado, puede conducir a la neurosis y a un centrarse en uno mismo, es una forma de masoquismo pero también de narcisismo que puede dañarnos corporal y espiritualmente. El sacrificio material también corre el riesgo de convertirse en ostentación: mi ofrenda es más generosa, más abundante… Dios me dará más si yo le doy más. Ya no hay gratuidad, sino intercambio. Mercantilizamos nuestra relación con Dios.

Misericordia quiero, y no sacrificios, clamaba el profeta. Con esto nos da pistas sobre qué gestos tienen valor para Dios y para nosotros.

El sacrificio es un concepto antiquísimo, presente en todas las religiones y culturas del mundo. En su origen no se trataba de un autocastigo, sino de una ofrenda. Sacrificio viene del latín y significa, literalmente, hacer sagrado. Es decir, se trata de convertir algo en sagrado. ¿Y qué es sagrado? Lo sagrado es lo que pertenece a Dios.

Antiguamente se sacrificaban animales o se quemaban perfumes, objetos o productos de la tierra para ofrecerlos a Dios. Renunciar a estos bienes para quemarlos ante la divinidad era una forma de decir: todo esto no nos pertenece, es un regalo de Dios y se lo ofrecemos a él. La Biblia nos cuenta que Caín y Abel sacrificaban a Dios las primicias de la tierra y del ganado. Y Dios veía con agrado el sacrificio de Abel, porque no lo hacía por obligación ni con mala gana, sino de corazón, y con esplendidez, eligiendo lo mejor que tenía para darlo a Dios. 

Nuestra fe cristiana nos enseña que Dios no necesita esos sacrificios para aplacar su ira. El cambio es radical: Dios mismo se sacrifica por nosotros. Él se ofrece a los hombres y muere a sus manos, en la cruz. ¿Puede haber sacrificio mayor que el de un Dios que muere de amor por sus criaturas? El gran sacrificio ya ha sido realizado. Entonces, ¿qué sentido tiene para los cristianos el sacrificio?

 Ya en la Biblia, en un episodio impresionante, vemos cómo Dios detiene la mano de Abraham, a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Dios no quiere esa clase de sacrificios antiguos. ¿Qué podemos ofrecerle al que lo ha creado todo y no necesita nada de este mundo?

Dios no necesita ofrendas materiales. Pero hay algo que podemos ofrecerle: a nosotros mismos. Ofrecerle tiempo: para rezar, para estar con él; ofrecerle nuestros bienes, donando limosnas y ayudando a quienes lo necesitan; ofrecerle nuestros talentos, poniéndolos al servicio de los demás y no de nuestra vanidad. ¿Qué le ofreceremos a quien nos ha dado la existencia y lo mejor de todo: a sí mismo?

No seamos cicateros ni avaros a la hora de hacer sacrificios. No le demos a Dios las sobras, si es que hay sobras. A veces parece que Dios sea lo último de nuestra vida y le damos solo los restos: el poco tiempo que nos queda, si queda; la limosna que es calderilla sobrante; la poca energía que conservamos después de habernos quemado en mil ocupaciones, algunas de ellas innecesarias, o superficiales…

Pero no veamos el sacrificio en negativo, como algo que nos disminuye, algo que nos merma o nos mutila. El sacrificio, hacer sagrado algo para Dios, en realidad es una forma de vivir radicalmente distinta. ¡Hagamos que nuestra vida sea sagrada! Dios no quiere nuestro dolor ni nuestra muerte, sino nuestra vida, nuestra salud, nuestra alegría. Démosle a Dios lo mejor que tenemos: nuestro gozo, lo que nos apasiona, nuestros amores, nuestras ilusiones, las mejores horas del día. Convirtamos nuestros días en una liturgia viviendo en profundidad, conscientemente, despacio, acariciando todas las cosas que hacemos. Trabajemos con amor, hablemos con amor, miremos, toquemos, caminemos con gratitud y sintiendo intensamente el don de la existencia. Dios nos da la vida, devolvámosle una vida saboreada, paladeada, exprimida con amor. Una vida entregada, también, a quienes nos rodean, criaturas de Dios.

Decía un filósofo que el otro, el prójimo, es tierra sagrada. Sí, el otro es templo de Dios, tierra santa a la que amar y cuidar como lo haríamos con el mismo Dios. En esto consiste el verdadero sacrificio.

 Cuaresma 2015 

domingo, marzo 01, 2015

Cuaresma - El ayuno

Ayuno, abstinencia y penitencia

Uno de los gestos propios de la Cuaresma es el ayuno.  El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. A las personas a quienes esto les cuesta mucho, algunos moralistas proponen que coman la mitad de lo que suelen tomar.

¿Cuándo la Iglesia propone ayunar? En dos días especiales: miércoles de Ceniza y Viernes Santo.

La abstinencia es diferente: consiste en no tomar carne, y se recomienda todos los viernes del año. Sí se pueden tomar caldo de carne, huevos y productos lácteos.

Están exentos de ayuno y abstinencia los menores de edad y las personas enfermas y mayores de 65 años.

La abstinencia de los viernes fuera de Cuaresma se puede sustituir por otros gestos, como visitar enfermos, dar una limosna, rezar el Rosario, una visita al Santísimo… Cualquier obra de caridad hecha no por obligación (como una misa de precepto) sino por deseo de hacer el bien.

Las prácticas ascéticas tienen un sentido. Se trata de superar la inercia  y ser capaces de hacer un sacrificio o una renuncia por amor a Jesucristo y a los demás. Estas privaciones son voluntarias, y se ofrecen como acto de generosidad.

En un mundo que sobrevalora la posesión de bienes materiales y que pone la felicidad en lo que se tiene, el ayuno y la abstinencia nos recuerdan que la felicidad no está en el tener, sino en lo más profundo de nuestro ser. La felicidad brota como consecuencia de una actitud interior, no depende de lo que nos pasa, sino de cómo lo aceptamos y vivimos. Por eso, ser capaces de renunciar a algo, ya sea comida, o dinero, o tiempo, y hacerlo de manera alegre y con ganas, es un gesto de libertad. Demostramos así que nada nos ata, que tenemos el corazón ágil para no acomodarnos y que somos capaces de responder a las demandas de la caridad. Este es el sentido profundo de la penitencia, palabra que significa purificación, limpieza. Amando estamos lavando a fondo nuestra alma, la morada interior.

El sentido del ayuno

Todas las religiones del mundo contemplan esta práctica. Hoy también sabemos que el ayuno en su medida es saludable, y muchos médicos lo recomiendan como terapia regeneradora y curativa. En ciertos ámbitos incluso está de moda y se practica con finalidades sanitarias y estéticas.

Pero, ¿qué sentido espiritual tiene el ayuno? Es fácil caer en la tentación de convertir el ayuno en un acto heroico, de fuerza de voluntad, que reafirma nuestro autodominio y nuestra superioridad moral. El ayuno vivido así puede alimentar el orgullo y no beneficia a nadie.

Jesús ayunó en el desierto y habló del ayuno como medio para expulsar demonios. Pero él no fue un asiduo practicante ni obligó a sus discípulos. En los evangelios se narra cómo los fariseos lo critican porque ni él ni sus seguidores ayunan. Jesús responde que nadie ayuna en una boda mientras están de fiesta, con el novio. Es decir, cuando hay motivos para la alegría no tiene sentido alguno castigarse.

Los profetas del Antiguo Testamento tienen palabras muy duras contra las prácticas aparentemente devotas, pero en el fondo hipócritas e interesadas. Dice Isaías (58, 6): Este es el ayuno que yo quiero: que rompáis las cadenas injustas, que liberéis a los esclavos, que dejéis en libertad a los oprimidos y les quitéis toda deuda. Que partáis el pan con el hambriento, que deis refugio a los pobres y a los que no poseen vestido, que acojáis a los desvalidos y los ayudéis.

El ayuno tiene dos caras. Por un lado se trata de privarse de algo que no necesitamos pero a lo que estamos apegados. Dice Jesús que lo que contamina no es lo que entra, sino lo que sale del interior. ¿Ayunaremos de críticas? ¿Ayunaremos de quejas? ¿De tristezas, de amarguras, de agravios acumulados? ¿Ayunaremos de malas caras, malos humores y golpes de mal genio? ¿Ayunaremos de televisión, de comadreos, de conversaciones estériles? ¿De envidias y resentimientos? ¿Ayunaremos de avaricia?

La cara positiva del ayuno es la generosidad: compartir, dar algo de nosotros, tener el corazón abierto. No puede ser que alguien esté sufriendo a nuestro lado, que una familia padezca necesidad, ¡y no hagamos nada por ayudar!

Dijo alguien que quien ayuna y no comparte, ese no ayuna, sino ahorra. ¡No es este el ayuno mezquino que agrada a Dios! Practiquemos el ayuno generoso.

jueves, diciembre 25, 2014

Navidad, la grandeza de lo pequeño

La Navidad es un tiempo para redescubrir el valor de lo cotidiano y la riqueza de la pobreza. Nos recuerda que por encima de no tener nada tenemos lo esencial: vida, dignidad.

La Navidad es un canto a lo sencillo, a la sobriedad, a lo diminuto. Es una llamada a asumir nuestra fragilidad con paz. Es un tiempo para ahondar en la inocencia en el sentido más genuino de la palabra, esa etapa de nuestra vida en la que el corazón todavía no está agrietado por la desconfianza. La admiración por la belleza del mundo y los amigos es un valor que marca la infancia. Navidad nos llama a reflexionar en ese niño que dejamos atrás cuando comenzamos a ser adolescentes y adultos, cuando dejamos que las dificultades fueran secuestrando aquella mirada limpia, llena de brillo y abierta a la sorpresa.

La Navidad es un tiempo para recomenzar, remirar, reilusionarse. Es un tiempo para olvidar todo aquello que mancha de oscuridad nuestro corazón. Un tiempo para asumir que la felicidad no consiste en tener mucho para ser alguien, sino darse cuenta de que lo hemos recibido todo. En la humildad está la clave para descubrir nuestra propia identidad y reconocer que la grandeza no se nos da por nuestros méritos, por lo que hacemos o valemos, sino por lo que se nos ha amado.

Sin esta generosidad no seríamos lo que somos: seres vivos, envueltos y sostenidos  por un infinito amor. 

Reconocer con humildad que no somos necesarios, pero que existimos, ¡qué maravilla!, es poner la fuerza no solo en nosotros, sino en Alguien que nos ha creado, mirado y rescatado.

Navidad es tiempo de abrirse a la sorpresa, al gozo de lo cotidiano, de las pequeñas cosas. Es tiempo de sacar nuestro niño dormido. Tiempo de acunar con dulzura nuestra vida y mirarla con gratitud. Tiempo para emocionarnos ante la ternura. Tiempo para el silencio y para contemplar.

La navidad es asomarse a un primer trozo de cielo: esa modesta gruta, ese pesebre lleno de paja, ese niño indefenso. Asomarse a la cueva de Belén es encontrarse con el cielo abierto. El pesebre es el primer hogar del Niño Dios. De la omnipotencia de los ejércitos celestiales, Dios pasa a vivir acompañado de una familia, unos animales y unos pobres pastores. El nuevo Adán no nace en un jardín con preciosos senderos, sino en una cueva agrietada.

Navidad es el canto más bello que Dios entona a la humanidad. Su poesía, llena de ternura, cala en lo más hondo de nuestro corazón. Porque Navidad es un canto a lo pequeño, a lo precario, a la inocencia, a la fragilidad. Dios ha decidido encarnarse en el tiempo y en el espacio. Con Jesús, asume nuestros límites y se hace carne, como nosotros: débil, pequeño, indefenso y dependiente como un bebé. Aterriza en la realidad de nuestra carne para que, siendo uno como nosotros, aprendamos a olvidar nuestros sueños de grandeza e importancia.

Dios, siendo grande en su omnipotencia, decide por amor convertirse en un niño indigente para que el hombre descubra que cuando juega a ser Dios pierde su humanidad. En cambio, cuando asume su humanidad descubre la filiación con Dios y se va divinizando con él.

El misterio de la Navidad, la contemplación del Dios hecho materia, cuerpo, santifica lo caduco y lo vulnerable: santifica la vida humana y la eleva a categoría divina. En la cueva de Belén se da otro Génesis y todo se recrea de nuevo. El nuevo Adán viene para convertir la tierra en un nuevo paraíso.
Nuestro cosmos interior es trascendido por la fuerza luminosa del amor de Dios. Convertidos en nuevos adanes, estamos llamados por vocación a ajardinar el nuevo paraíso. La Iglesia, ¿qué es, sino un trozo de este jardín del cielo en la tierra?

La Navidad es la conquista amorosa y paciente de Dios hacia su criatura. En ella la creación y la evolución del universo adquieren sentido: desde el primer estallido, el big bang, pasando por la formación de la materia y las estrellas, el desarrollo de la vida, la aparición de la vida inteligente, hasta el homo sapiens, todo cobra significado en el niño que nace en Belén. En Jesús se culmina el designio de Dios para la humanidad y para toda la creación.

Finalmente, la Navidad es un canto dulce y delicado a María, que ha hecho posible que Dios entrara en la historia y que el plan salvífico se llevara a cabo. Sin su sí no tendríamos Navidad, porque ella, antes, había ofrecido su corazón como el primer pesebre de Dios. María es la puerta de entrada de Dios al mundo.

Joaquín Iglesias - 
Navidad 2014.

domingo, septiembre 28, 2014

Pon a Dios en tu agenda

La incerteza ante el futuro nos crea preocupaciones. Cuanto antes resolvamos nuestras inquietudes, mejor. Dedicamos mucho tiempo, llenamos nuestras agendas de compromisos y nos lanzamos a la vorágine para encontrar salidas con el deseo legítimo de estabilizarnos económicamente, laboral y socialmente, aunque a un precio muy alto. El frenesí marca la angustia a la que estamos sometidos. Y más cuando en la sociedad, en la cultura y en la educación, se sobrevalora en exceso el voluntarismo: soy dueño de mi historia. Es verdad que se ha de tener la autoestima bien puesta para saber hacer frente a los desafíos personales. Pero también es necesaria la calma, el silencio, el sosiego, para justamente saber discernir por dónde hemos de ir. El equilibrio entre el silencio sereno y la actividad es esencial para no caer en una huída hacia adelante, sin rumbo. Cuántas agendas llenas de reuniones y compromisos. Es alarmante, desde un punto de vista psicológico, cómo en tan poco tiempo intentamos zambullirnos, hora tras hora, en una enorme cantidad de tareas sin dejar respiro a la mente ni al alma.

Así llegamos inevitablemente al estrés, que afecta a tantas y tantas personas sometidas a un ritmo fuerte. La tensión acaba afectando a su sistema inmunológico y terminan sufriendo muchas patologías físicas y psíquicas que pueden derivar en graves enfermedades. Nos han educado para ser superhombres que no podemos fallar a la sociedad, al precio que sea necesario. Los patrones educativos familiares y de nuestras amistades nos empujan a ser mejores que nadie, a ser los primeros, cueste lo que cueste. Cuántas secuelas ha causado este culto exagerado a uno mismo. La psicología está desvelando datos altamente preocupantes. Hay generaciones de jóvenes y adultos marcadas por esos modelos y prototipos. Hombres y mujeres complacientes que quieren llegar a todo y a todos, sufriendo mucho cuando no pueden atender todos sus deberes. Hoy se habla de las generaciones ni-ni, pero también podríamos hablar de las generaciones de los bulímicos laborales, que llegan a convertirse en adictos al trabajo. ¿Qué ha pasado? Tanta agenda repleta de compromisos, sin un solo espacio en blanco para descansar, respirar, mirar hacia el horizonte o hacia el cielo… ¿Qué nos falta, en esta sociedad lanzada vertiginosamente, sin norte? Justamente esto: tiempo y espacio para el cultivo interior.

Tiempo para Dios, para lo esencial, para el ser, no tanto para el hacer. Tiempo para la calma, para la oración, para encontrarse con uno mismo. Tiempo y lugar para abrazar con paz la propia realidad, tal como es. Tiempo para cambiar de paradigmas. Tiempo para soñar, para ser libre, para construir desde el silencio, para crear. Tiempo para los demás. Tiempo para perderlo, si es necesario.

Dios ha dedicado mucho tiempo, con enorme generosidad, para hacer posible nuestra existencia. Podríamos decir que Dios ha invertido parte de su eternidad para que nosotros fuéramos, desde la creación del universo hasta la última forma de vida biológica. ¿Podemos regatearle tiempo a él, que es la fuente del ser?

¿Por qué enfermamos? Porque vamos perdiendo calidad de vida física, psíquica y espiritual. Porque el frenesí no nos permite valorar quiénes somos y hacia dónde vamos. Solo pasando el tiempo serenos, conscientes de nuestro presente, evitaremos ir dando vueltas sin saber hacia dónde vamos. El ser se empequeñece y el hacer se va haciendo más grande, como una bola de nieve, hasta que nos engulle.

Hagamos un esfuerzo para agendar a Dios en nuestra vida. Ya no solo en un papel que te ayude a organizar tu vida; llévalo en tu corazón, porque así lo llevarás en la agenda de tu alma.

Mi consejo es que dediques una hora al silencio, cada día. Entre trabajo y trabajo,  haz cinco minutos de respiración, dando gracias y ofreciendo a Dios tus tareas. A partir de las siete de la tarde, llega el tiempo del cultivo interior: lecturas, paseos, amistad, voluntariado, fiesta, encuentro con los seres queridos… Y, cómo no, el fin de semana es el momento de poner orden interno y externo, hacer la compra, pasear, intensificar la convivencia con los tuyos, dedicar un tiempo a la oración comunitaria.

Si dejas que Dios entre, no solo en tu agenda, sino en tu vida, todo será fecundo, suave, sereno. La paz invadirá tu mente, porque habrás vencido a la prisa y al vértigo. Te convertirás en dueño de tu tiempo, y esto significa que serás dueño de tu vida, libre del frenesí. Descubrirás la importancia del ser por encima del tener y del hacer. Y te darás cuenta de que no te falta nada, porque tienes un gran aliado: Dios, tanto en la agenda como en tu corazón.

domingo, agosto 03, 2014

La eucaristía, ¿consumo particular o celebración comunitaria?

Hace algunos años salió publicado en la prensa que en Barcelona la práctica religiosa es de un 10 % de la población, es decir, que cada domingo unas trescientas mil personas acuden a misa. El porcentaje de bautizados, sin embargo, es mucho mayor. Pero lo que me parece más preocupante la falta de implicación. De todos los que participan en la celebración muy pocos están comprometidos con la parroquia y la comunidad. La implicación pastoral es bajísima y arroja un panorama muy sombrío. Tanto, que nos estamos jugando el futuro del relevo generacional en nuestras parroquias.

Los sociólogos cristianos están alarmados ante el enfriamiento religioso cada vez mayor. Se está convirtiendo en un reto al que urge dar una respuesta inmediata.

De la doctrina al testimonio

¿Dónde podrían estar las causa de esta reducida participación? Hay cambios en la educación.  Se han promovido ideologías y filosofías que niegan la dimensión religiosa del hombre o la reducen a un fenómeno psicológico o cultural. También se ha dado un desencanto ante las instituciones tradicionales. Hay un problema de lenguaje: la sociedad civil no entiende el lenguaje religioso. Por parte de la Iglesia, a veces se ha dado un talante duro, demasiado apologético y doctrinal. En algunos sectores eclesiásticos hay un miedo terrible a reconocer que la teología no está acabada, miedo a perder la seguridad en lo que siempre hemos creído, pánico a dialogar con las ciencias y su visión cosmológica. Pero la causa más profunda quizás no es tanto la cuestión intelectual de nuestra fe como el testimonio de nuestra experiencia vital. Nos encorsetamos en la doctrina porque hemos fundamentado la fe en el intelecto, más que en una experiencia viva de adhesión a Cristo. Sin quitarle importancia a la formación intelectual, no podemos reducir la fe a un concepto teológico bien estructurado. No podemos convertir nuestra fe en entelequias mentales. Tenemos miedo a salir de nuestra formación académica y de nuestras instituciones para enfrentarnos a la realidad de una sociedad que rechaza la excesiva rigidez. Nos da pánico salirnos de las fórmulas de siempre. O aprendemos a evangelizar en la intemperie, tirando de nuestra creatividad pedagógica, o esta era glacial congelará el potencial extraordinario que tenemos.

Hemos de aprender a hablar de la verdad no solo como un concepto filosófico y abstracto, sino en el sentido bíblico de la verdad como experiencia, como vida, como persona: la persona de Jesús. La verdad nos hará libres, dice san Juan en su evangelio. Y Benedicto XVI dice que no puedes poseer la verdad, sino que la luz de la verdad es la que te posee.

Gelidez interior

Aunque sea duro reconocerlo, peor que la frialdad social y de la gente que no cree es la gelidez de dentro, la de los que creemos y venimos a misa. Mirar la apatía de la gente de afuera es triste, pero es mucho más inquietante ver la frialdad de la que está dentro de la barca de la Iglesia. Que en una demarcación parroquial de treinta mil habitantes solo asistan a misa unas cuatrocientas personas es muy poco. Pero que, de estas cuatrocientas, solo se impliquen en la comunidad de un 3 a un 5 % está revelando la dramática situación que vive la Iglesia y su incierto futuro. Las causas de esta deserción no están fuera, ni siquiera en la falta de credibilidad en que han caído algunas instituciones eclesiásticas. El problema es la coherencia personal de los cristianos. Para mí esto es lo que realmente está empobreciendo a la Iglesia. ¡Muchos de los que están dentro no vibran!

Falta pasión, entusiasmo, compromiso, adhesión y pertenencia. Si reducimos la fe al ritual del cumplimiento, al precepto por obligación y a la excesiva teoría, nos estamos perdiendo la alegría de una invitación a vivir un encuentro festivo. Mientras que la eucaristía no se entienda como un encuentro gozoso con Cristo estaremos mercadeando con Dios, dándole nuestro escaso tiempo para conseguir algo.

Sorprende ver cómo, una vez acabada la celebración, el templo queda vacío en cuestión de minutos. La gente se marcha a toda velocidad. ¿Dónde está el sentido de pertenencia, de fraternidad, de comunidad? ¿A qué han venido? ¿Cómo no son capaces de quedarse aunque solo sea un rato para compartir y saborear esos momentos eucarísticos con los demás?

Sentirse comunidad viva

Necesitamos salir de esa zona de confort y movernos hacia afuera. Hemos de sacudirnos la rutina y la desidia de cumplir por obligación. Es de la esencia de la eucaristía vivirla y celebrarla no como una actividad de autoconsumo sacramental para acallar la conciencia. Es más, si no nos sentimos parte de una comunidad no entenderemos que lo que da sentido profundo a la Iglesia es el ofrecimiento de Cristo en la eucaristía, y que este don se nos hace como comunidad, como Iglesia. Este regalo no tendría sentido fuera de ella. Estamos hablando de Cristo, que se nos da como don gratuito.

Me entristece percibir que muchas personas que vienen a misa ni siquiera se saludan. Con prudencia me atrevería a afirmar que toda la potencia de la eucaristía solo penetra en el corazón de cada uno cuando este se siente parte de los otros, formando una comunidad viva y comprometida. No digo que el sacramento no tenga valor en sí mismo, pero el no sentirse parte de un todo puede reducir los efectos de su gracia. El futuro de la Iglesia depende del vigor de una comunidad que realmente se lo cree y vive la eucaristía tomando conciencia de la dimensión social y pastoral de su vida cristiana. Ahí está el futuro de la Iglesia: que cada uno, desde el banco donde participa en la misa, vibre de tal manera que se convierta en un impulsor de oxígeno; así toda la comunidad, por ósmosis, respirará y crecerá. Busquemos tiempo para que la Iglesia siga dando buenas razones de esperanza en una vida plena y gozosa. Solo así el aliento del Espíritu soplará con toda su fuerza. Nosotros somos parte de ese aliento. Ojala aprendamos a regalar nuestro tiempo, como mínimo un diezmo, a la Iglesia, a los demás y, sobre todo, al Dios que nos ha regalado todo el tiempo.

domingo, junio 22, 2014

Corpus, un misterio de amor

El domingo pasado celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. A través de la liturgia, nos asomamos al misterio de un Dios que se relaciona y se despliega en toda su potencia amorosa. Celebramos que Dios se revela y se comunica en la segunda persona, el Verbo Encarnado.

Hoy celebramos que este Verbo de la Trinidad, la persona de Jesús, se hace presente para siempre en el cuerpo y la sangre del Señor.

El Corpus es la fiesta de la donación de Jesús, hecho eucaristía. Es el mejor regalo que Dios nos puede hacer: darnos de comer a su propio hijo para que tengamos vida eterna.

Hoy, la Iglesia celebra el culmen de esa entrega con la procesión del Corpus. Mirar, contemplar, seguir a aquel que lo dio todo por amor, pasear con el amor de todos los amores, adorarlo y reconocerlo como la fuente de nuestra existencia es la mejor manera de agradecerle tanta entrega y tanto amor hacia su indigente criatura, a quien ha dado una vida sobrenatural. Con el primer sacramento, el bautismo, nuestra vida mortal quedó sumergida para siempre en la vida de Dios.

Ojalá los que hoy le seguimos en esta procesión, unidos al Padre, reproduzcamos en nosotros la misma vida de Cristo. Que siempre sepamos encarnar el amor en el mundo, que sepamos ser palabra de Dios, que sepamos culminar esa palabra en un compromiso de acción apostólica y caritativa. Que sepamos acompañar a todos los que sufren y se sienten solos. Que sepamos hacer la voluntad de Dios, asumiendo el sacrificio como expresión suprema de amor. Que sepamos morir a todo aquello que nos aleja de Dios. Pero, sobre todo, que sepamos confiar y amar sin condiciones al que hoy recordamos en esta liturgia del Corpus Christi: aquel que murió perdonando, amando, un cuerpo entregado por amor y una sangre derramada para nuestra salvación.

Vivir el Corpus contemplando la custodia elevada hacia el cielo es anhelar con toda nuestra alma que nuestro corazón también se convierta en custodia viva, que irradie la fuerza de su amor. El culmen de nuestra vida cristiana es llegar a vivir de una manera eucarística toda nuestra existencia.

Cuando entendamos que el Cristo de la cruz es el mismo Cristo de la eucaristía, una mirada contemplativa a este misterio de amor nos ayudará a entender mejor la humanidad sufriente. Aprenderemos así a entender la liturgia de hoy. Adornemos al pobre, elevemos la dignidad del que sufre, cantemos al que se siente solo, contemplemos la imagen de Dios en el marginado, carguemos sobre nuestros hombros a aquel que lo ha perdido todo, hasta su dignidad. Solo así estaremos adorando de verdad el cuerpo de Cristo, porque el sufrimiento de los demás es el suyo.


Hoy, cuando miremos a la custodia, pidamos al Señor coraje y fuerza para poder entregarle nuestra vida entera y saber encontrar su presencia entre los pobres que viven a nuestro lado.

domingo, mayo 25, 2014

Cuidarse

Hace unos meses leí una carta pastoral del arzobispo de Boston, pidiendo a los sacerdotes de su diócesis que se cuidaran. Entre los curas diocesanos ha aumentado la obesidad de manera alarmante, y el arzobispo advierte sobre la necesidad de ser moderados en la comida, ya que una mala alimentación, con un exceso de comidas poco sanas, causa patologías en el organismo y compromete seriamente su labor pastoral.

La OMS nos habla de una pandemia en Europa y en los Estados Unidos: la obesidad. Conozco y he conocido a muchas personas que, por no moderarse y comer cualquier cosa en cualquier momento, es decir, por mal alimentarse, han terminado enfermando gravemente y sufriendo todo tipo de trastornos: coronarios, cerebrales, circulatorios, neurológicos… En algunos casos, los achaques sufridos los han reducido a un estado casi vegetal, en otros, han limitado sus actividades y otros han quedado completamente dependientes de los demás.

Personas brillantes intelectualmente, profesores, empresarios, sacerdotes, médicos, que rebosaban vitalidad y disfrutaban de enormes capacidades humanas e intelectuales, caen en la invalidez.  Sus órganos, deteriorados, van declinando a marchas forzadas. Sobrecoge verlos en su estado actual. Esto produce un gran impacto psicológico y te lleva a comparar lo que fueron y lo que han llegado a ser.

Es verdad que hay otras razones, a parte de la alimentación, que pueden afectar a la salud. Existen también factores psicológicos, emocionales, el estrés, una tendencia genética a ciertas patologías…  Pero a menudo pienso si no estaremos rindiendo un excesivo culto a la intelectualidad, dejando de lado el valor del cuerpo y del cuidarse. Valoramos el trabajo, pero no tanto el descansar, meditar, rezar. Priorizamos lo que tiene proyección social o intelectual. ¿No habrá un orgullo, una soberbia escondida, que nos lleva a ignorar y sobrepasar nuestros límites? Existe una bulimia intelectual que lleva a querer saber más, querer absorber más conocimientos. No lo queremos reconocer, pero uno va idolatrándose a sí mismo y por algún sitio hay que canalizar las ansiedades, los miedos y los vacíos internos. Si no brillas en el mundo intelectual, parece que no eres nadie.

Entonces, cuando sobreviene la enfermedad, cuántas cosas quedan fulminadas, por no darse cuenta de que tenemos que ser más humildes, reconocer lo que somos y hacer menos. ¿Por qué intentamos hacer más de lo que nuestro cuerpo físico y nuestra psique nos pueden permitir? ¿No seremos también bulímicos del hacer? Nos sentimos un poco superman, nos cuesta dejar de hacer mil cosas y nos vamos adentrando en un laberinto de compromisos hasta llegar a perder la paz. Queremos quedar tan bien con todo el mundo que nos secamos por dentro. Pero las caras reflejan nuestra realidad. Detrás de una apariencia amable y un discurso bien construido, con una buena retórica llena de frases bonitas, nuestro lenguaje no verbal delata una vida estresada, agotada, llena de ironía y amargura. No podemos escapar de nuestra realidad interior, por muchas pantallas que pongamos.

¿Qué hacer? Para muchos, la enfermedad es un golpe, un castigo, un sin sentido doloroso que hay que evitar y superar lo antes posible. Quizás podríamos afrontar la dolencia de una manera más trascendida, aprendiendo a ver qué mensaje nos trae esta fragilidad.

Dios nos ha creado corporales. El cuerpo es bueno y bello, como afirma el Génesis. Es nuestra realidad física, la que nos permite expresarnos, relacionarnos, comunicarnos, amar, sentir, disfrutar… Pero también nos marca unos límites, espaciales y temporales. ¿Sabemos encontrar la sabiduría que hay en estas limitaciones físicas? Dicen que la enfermedad es el grito del cuerpo llamando nuestra atención. Nos pide cuidado, pero también nos pide revisar nuestra vida. Nos exige parar, detenernos, reflexionar. Nos recuerda que hemos de ser humildes y respetuosos con nosotros mismos. También nos hace salir del egocentrismo, pues nuestra enfermedad siempre afecta a los que nos rodean. ¿Queremos causar dolor y preocupación a nuestros seres queridos?

La verdadera curación llegará cuando no sólo resolvamos el problema físico, sino cuando aprendamos a cambiar nuestra vida. Y un gran cambio empieza, como recordaba al principio, con la alimentación. Cuidemos lo que entra en nuestro cuerpo, y también lo que entra en nuestra mente y nuestro corazón. Porque todas nuestras dimensiones están relacionadas, y una nutrición sana también reforzará nuestro espíritu. Es importante cuidarse para poder servir y amar mejor.

domingo, mayo 18, 2014

¿Devoción mariana o vírgenes a la carta?

Con motivo del mes de mayo, dedicado a la Virgen María, publico otra reflexión sobre la devoción mariana y algunos riesgos en los que se puede caer.

La elegida de Dios

María, hogareña y contemplativa, supo estar en el lugar donde le tocó vivir. Asombrada ante el anuncio de su maternidad, tuvo miedo, pero se fió. Su comunicación con Dios partía de un abandono total en sus manos. Aunque abrumada, tuvo la certeza de que su maternidad formaba parte de un plan divino para ella. Calló e interiorizó, asimilando en su corazón, poco a poco, la grandeza de aquella elección.

Seguramente se sintió muy pequeña. Pero su deseo profundo era hacer la voluntad de Dios. El Espíritu Santo fecundó sus entrañas: la entrada de Dios en el mundo fue a través de una jovencita sencilla de Nazaret. Dios no quiso una mujer madura ni bien posicionada, de buen linaje, con poder y bienes. No eligió a la reina de un imperio, ni a una princesa de sangre real. Tampoco quiso aparecer en una gran ciudad o en un palacio. Buscó un lugar pequeño, insignificante, escondido, en el último rincón de la provincia judía, bajo el poder imperial romano.

En los evangelios María aparece muy poco, pero lo justo para que podamos intuir su enorme trascendencia como prototipo y modelo de mujer cristiana, dócil al designio de Dios. Ella vivió oculta, no tuvo una relevancia especial en su pueblo. El magisterio de la Iglesia, considerando su papel en el misterio de la encarnación, la proclama Madre de Dios. Así, se convierte en co-mediadora del misterio de la salvación. Unida a Cristo, intercede por todos. Pero la Iglesia también ve en ella un modelo de sencillez a imitar. María no aparece en los evangelios como una tenaz evangelizadora, sino como la mujer que no habla o que dice muy poco. Pero lo que hace es suficiente para adivinar su plena comunión con Dios en la oración.

María, modelo de humildad

María nos enseña que su oración no es un hablar por hablar, sino una escucha, un acto de confianza. No se nos presenta como una mujer activista, arrolladora, de discurso convincente. Lo que nos atrae de María no son sus palabras sino su silencio, su docilidad, su abandono. Ella no convence a nadie. Desde su silencio más profundo, está completísimamente volcada a Dios. Sabe que está en sus manos. ¿Hizo algo extraordinario? Lo único que hizo fue decir sí. Dos letras que expresan la grandeza de una libertad abierta a Dios sin reservas y la sencillez de una respuesta que no es un discurso dudoso, sino una palabra breve, inequívoca y rotunda.

A María no le hacía falta decir más que sí a la aventura silenciosa a la que Dios la llamaba. Por ese sí, por su ejemplo, María es bendecida por el pueblo de Dios.

María merece ser venerada y reconocida, y tenida por modelo a imitar, ya que nos acompaña hacia el encuentro con su Hijo. Quedarse solo en María es no entender en profundidad el misterio de la encarnación. Su sí, puerta abierta, es para que vayamos hacia Él. Cristo es el vértice del misterio de la redención. Él es el centro de nuestra vida cristiana, imagen viva de Dios. María está a su lado y en profunda comunión con el Padre. Pero es Cristo quien ocupa el centro de la teología cristiana.

¿Qué ocurre cuando ponemos al mismo nivel a María y a Cristo, o incluso, a veces, ponemos a la Virgen por encima? ¿Hemos captado realmente el papel de María en la Iglesia? Cuánta gente reza más a María que a Jesús. Esta piedad, ¿es adecuada? Cuántas veces vemos enormes colas ante una imagen de la Virgen y nos olvidamos de Cristo en la cruz, o en la resurrección, o en el mismo sagrario.

Rezamos a María, y tenemos que hacerlo, pero lo que ella quiere es que recemos y amemos a su Hijo. En las bodas de Caná dijo a los servidores: «Haced lo que él os diga». Ella intercede, media, pero nos dice: dirigíos a Cristo.

¿Dónde radica la auténtica piedad mariana? A ella, que le gustaba el silencio y la discreción de la vida oculta, ¿no la estaremos abrumando con tantos rezos, letanías y ceremonias? ¿Y si ella lo que quiere, en realidad, es que recemos más en silencio y que aprendamos a escuchar? Pidámosle fuerza y ayuda para amar a Jesús y a los demás. Ella nunca quiso tener protagonismo. ¿No le estaremos dando demasiado? Santa Teresita decía de ella:

¡Oh, cuánto amo a la Virgen María! Nos la presentan inaccesible; debieran presentárnosla imitable. ¡Tiene más de madre que de reina! Se ha dicho que su brillo eclipsa el de todos los santos, como el sol, al aparecer la aurora, hace desaparecer las estrellas. ¡Dios mío, cuán extraño es esto! ¡Una madre que ofusca la gloria de sus hijos! Yo pienso todo lo contrario; creo que aumentará, en mucho, el esplendor de los elegidos… ¡La Virgen María! ¡Cuán sencilla me parece que debió de ser su vida! (Historia de un alma, 12, 30).

Una sola virgen

Aunque ya sabemos que la figura de María posee diferentes advocaciones, en función del entorno geográfico, cultural y religioso donde se la venera, sorprende constatar que muchas personas dan más importancia a una virgen que a otra, como si fueran personas distintas. ¿Tiene la gente claro que la Virgen es la misma, esté donde esté y se llame como se llame? Todas las imágenes, por diferentes que sean, son un intento de representar a una misma Madre de Dios, que es María de Nazaret. Cuántas veces estamos viendo que para ciertos fieles, “su Virgen” es más importante o mejor que las otras. Se puede hablar de una inculturación de María en la tradición de cada lugar, con sus historias y leyendas. Pero ninguna virgen es mejor que otra porque siempre estamos hablando de la misma persona.

La auténtica piedad consiste no solo en rezar a María, sino en escucharla y, sobre todo, en imitarla. Si lo intentamos, os aseguro que la oración será mucho más fecunda.

El auténtico devoto mariano ha de revestirse de su sencillez y discreción. María, como Madre de los cristianos, nos ama a todos. Despreciar a alguien porque es diferente es rechazar a un hijo de María. ¿Creéis que ella se alegraría de ver cómo rechazamos a un hijo suyo?

Nuestra vocación mariana pasa por aprender de ella su dulzura y su docilidad, su amor generoso y tierno hacia todos sus hijos, sin excepción. El auténtico devoto mariano es el que brilla en la caridad.

domingo, mayo 11, 2014

Manos que se convierten en altar

El domingo nació gris. Las nubes tapaban el sol, pero poco a poco un viento fresco fue limpiando el cielo de un día que hacía temer la falta de color. A medida que avanzaba la mañana las nubes se fueron apartando y dejaron que el sol luciera con fuerza. Cuando tocó la campana a las doce y media el cielo estaba totalmente despejado.

En procesión, con los niños delante, iniciamos la celebración del día del Señor. Siete niños estaban a punto de recibir a Jesús por primera vez. Mientras sonaba el canto de entrada los niños se dirigieron hacia el altar, hacia la mesa del anfitrión, Jesús, que los iba a acoger en su banquete eucarístico. Con nervios contenidos, eran muy conscientes de que era un día grande para ellos.

Fue una ceremonia festiva, con el acompañamiento de sus padres, atentos y visiblemente emocionados, que asistían a esos momentos milagrosos en la vida de sus hijos. Padres y familiares fueron testigos de ese momento tan especial para los niños: estaban a punto de abrir su corazón a Jesús, a punto de convertirse en custodias vivas. La hostia sagrada iba a alojarse en el hogar de sus corazones.

La celebración, dinámica, entre cánticos, lecturas, oraciones y tiempo de recogimiento, se revistió de un brillo especial. La belleza del entorno, con el templo adornado de flores, el perfume, la luz y la alegría que se respiraba, todo anticipaba el cielo aquí en la tierra.

Hubo momentos álgidos y significativos, como el rito de la paz. Los niños se dieron abrazos espontáneos, afectuosos, con el rostro iluminado por sus sonrisas frescas y alegres.  Las niñas, más delicadas, se abrazaban con suavidad, pero no con menos intensidad. Cruzaban miradas cómplices, sinceras, como si quisieran detener el tiempo en esos instantes tan hermosos.

Me di cuenta de que en estos dos cursos de formación los niños han hecho un largo camino juntos, forjando una gran complicidad, hasta convertirse en hermanos y amigos de Jesús. Aquellos abrazos de varios corazones fundidos en profunda amistad hablaban de la presencia real de Cristo, a punto de entrar en sus vidas. Era hermoso verlos entrelazados con aquella fuerza y alegría.

Quizás ellos no llegaron a entender la belleza del momento. El corazón de Cristo estaba a punto de formar parte del suyo.

Más tarde llegó el momento cumbre: la comunión. Con manos temblorosas, que hacían de altar, los niños fueron recibiendo el sagrado cuerpo de Cristo. Lo tomaban con delicadeza y suavidad, mirándolo con ojos vivos. Tenían a Dios mismo en las manos. El milagro estaba sucediendo: estaban tomando trozos de eternidad. Para mí fue un momento muy denso espiritualmente. El brillo de Cristo iluminaba sus rostros.

Me invadió una enorme paz y sentí una emoción indescriptible. Uno de los misterios culmen de la fe, con la fuerza de su luz, estallaba ante mí. Jesús, a través del sacramento, se hacía real y presente en estos niños. Fue un momento sublime: la inmensidad del cielo se abría ante mis ojos. Siete niños empezaban juntos una hermosa historia de camino hacia el cielo, con el compromiso de un sí para siempre.

Como ramas unidas al tronco de Cristo, se podrán hacer más amigos que nunca, porque la sangre de Cristo sella para siempre la amistad, más allá del tiempo. Ojalá estos siete niños sean fieles a Jesús a lo largo de sus vidas. Ojalá nunca olviden este día tan crucial.

A partir de ahora, la vida de Dios comenzará a crecer en ellos para llenarlos de una alegría desbordante. Lo tienen ya dentro, formando parte de su vida. Que sus padres, la comunidad y la Iglesia podamos acompañarlos para que nunca pierdan el rumbo hacia la felicidad plena, que es Dios.

Bajo la tupida morera del patio, en el crepúsculo, cuando el azul del día iba dando paso a la noche, medité sobre el acontecer de la jornada. Posé mi mirada en la cruz, sobre la campana, con el fondo dorado de las hojas de los plataneros, iluminados por el farol, y escuché el suave susurro de Dios, que me invitaba a la oración y al recogimiento. La media luna, suspendida en el cielo, y el último toque de la campana hicieron resonar en mi corazón la grandeza de un día en el que Dios quiso entrar en siete almitas, llamadas a ser testigos de una experiencia de amor inconmensurable en el mundo.

4 mayo 2014 

domingo, abril 27, 2014

El sacerdocio pascual

El jueves santo celebramos la institución sacerdotal. Cristo convierte la cena pascual en la primera eucaristía.

Después de la Pascua, los apóstoles se convierten en misioneros del gran anuncio de Cristo resucitado. Eucaristía, sacerdocio y misión están íntimamente ligados. No puede haber eucaristía sin sacerdocio, pero tampoco puede haber eucaristía sin misión. Forman parte de una unidad compacta que define la identidad y la espiritualidad del sacerdote.

Unidos a Cristo


El sacerdote, desde su ordenación, se une místicamente a esa cena donde Cristo instituyó la eucaristía. Y en la oración sacerdotal se une en profunda comunión al discurso del adiós que Jesús pronunció antes de morir.

La vocación del sacerdote ha de estar fundamentada en la relación íntima con Dios Padre, hasta el abandono total en sus manos. Comparte con Cristo la cena pascual, la agonía en Getsemaní, el sufrimiento en la cruz hasta la entrega total. La cruz es el reverso de una realidad que apunta hacia una vida nueva. En la experiencia del sábado, el silencio expectante hace presentir el acontecimiento que está a punto de estallar.

El domingo es el día definitivo que cambia la historia. La resurrección fundamenta el sacerdocio. El hecho pascual define un modo de ser. El sacerdote, o es pascual o se queda en la visión judía del Antiguo Testamento.

Cristo inaugura un nuevo modo de ser sacerdote. Los ordenados deberían vivir como Jesús resucitado. ¿Y cómo vive Jesús resucitado? Con una vida nueva, anclada en Dios. La comunión del Hijo con el Padre transforma la vida de Jesús. El sacerdote, como otro Cristo, ha de vivir de la misma intimidad y amistad con Dios Padre.

Sin esta comunión plena con Dios los curas no podremos ejercer eficazmente nuestra labor pastoral. Hemos de tener el mismo corazón de Cristo, un corazón puro y resucitado. La comunión plena con él hará que lo que somos y hacemos esté en consonancia. Una vez que se llegue a esa situación de plenitud, viene lo siguiente.

Alegría pascual


El modo de ser de Cristo resucitado marca una forma de evangelizar. Si la eucaristía hemos de unirla al amor, la resurrección hemos de unirla a la alegría. El entusiasmo, la intrepidez y la alegría han de ser el motor que lleve al sacerdote a vivir con gozo el don de su ministerio. Un cura abatido, cansado, agobiado, triste y desconfiado se aleja de lo nuclear de su sacerdocio. Con el testimonio gozoso se convertirá en vector que indique un nuevo talante sacerdotal. Si la gente no ve en el sacerdote el brillo de la resurrección, si la verdad de Jesús vivo no resplandece en sus ojos, difícilmente será capaz de convencer y entusiasmar. Porque la fuerza de la interpelación no solo está en lo que seamos capaces de comunicar, sino en la medida en que vivamos esa verdad que predicamos. Finalmente, lo que más convence es lo que seduce, y aquello que se vive impacta más que lo que se dice. 

Sin entusiasmo sacerdotal no podemos contribuir a crear una comunidad comprometida y alegre. Tampoco será posible la tarea misionera del presbítero y de la comunidad eclesial. La alegría pascual ha de ser nuestro distintivo.

viernes, abril 18, 2014

Paseando contigo hasta tu casa

En la liturgia de ayer, jueves santo, celebramos la institución de la santa eucaristía. En este marco sagrado resuena de modo especial el ministerio del sacerdocio, sobre todo durante la consagración, el momento cumbre del misterio de la entrega de Jesús.

Su cuerpo es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. El sacrificio ya no son animales, como en la tradición judía; el sacrificio es él. Derrama su sangre como precio por nuestro rescate. Con su muerte, nos rescata para salvarnos.

Después de la celebración de la santa cena, iniciamos el recorrido de la reserva hacia el sagrario, en el bello monumento que se prepara para la hora santa. Aunque lo hacemos cada año, el momento en que la comunidad empezó su procesión, acompañando al sacerdote, resonó de una manera especial en mí. Pasear con Cristo eucarístico, caminar junto a él, estar con él, sosteniéndolo en mis manos… Mis ojos eran testigos de una experiencia luminosa.

El Cristo del altar hecho pan se hacía presente con toda la fuerza de su misterio. Una honda alegría invadía mi alma. Sentí un privilegio especial, tanto que no quería llegar al final del camino. Quería gustar y saborear ese encuentro. Mientras caminaba hacia el sagrario, el corazón se me llenaba de una emoción contenida. Con la mirada fija en su rostro sacramentado, sentí un temblor: estaba paseando con él, caminando como si fuéramos hacia el cielo, hacia los brazos del Padre.

A paso lento, meditaba su gesto sublime de amor. Él ha querido permanecer siempre con nosotros. ¡Qué señal de amor tan grande! No ha querido dejarnos huérfanos. No ha querido que nuestro vacío existencial se pierda en el absurdo.

Una vez llegamos a la puerta de su casa, el sagrario, no me di prisa en introducir adentro al Cristo vivo hecho pan. Con profunda reverencia, quise alargar el momento. Mi corazón rezaba, mis manos lo tomaban, mis ojos lo contemplaban, mis labios balbuceaban ante el misterio, mis rodillas se doblaban con adoración ante tanta belleza. La música de su dulce voz llegaba a mis oídos. El silencio era testigo de ese momento sagrado.

Deposité el cuerpo de Cristo en el sagrario, su pequeño hogar en la tierra. Abrir la puerta del sagrario es abrir la puerta del cielo. Allí estará siempre, con su presencia discreta, hasta que la mano de un sacerdote vuelva a abrirlo para darlo de comer a tantas personas que desean alimentarse de su vida.
El cielo y la tierra se unen; lo humano y lo divino se entrelazan. Ya dentro del sagrario, sigue resonando la fuerza de su misterio. Cierro la puerta, pero dentro late su vida, y también late afuera, en cada persona, en la Iglesia. Este es el gran misterio de su resurrección: está aquí y allí, arriba y abajo, dentro y fuera, en cualquier lugar donde sigue haciéndose presente. Pero, de una manera muy especial, está en la eucaristía. Y desde el sagrario nos convoca para que acudamos a pasear con él, a escucharle, a acompañarle, a crecer en amistad con él.

Le pido a Cristo que nunca se canse de expresarnos su dulzura y su paciencia amorosa. Señor, haz que siempre tengamos sed de ti.


Joaquín Iglesias
Jueves santo – 17 abril 2014 

domingo, marzo 16, 2014

No tomarás el nombre de María en vano

El lugar discreto de María


En la teología cristiana María, la madre de Dios, tiene un lugar relevante. Se puede hablar de una teología y una espiritualidad mariana. La Iglesia, a partir del estudio de los evangelios, señala el rasgo fundamental de María: su deseo de hacer siempre la voluntad de Dios.

María tiene también su lugar en la piedad popular. Es un modelo para los cristianos por su apertura al designio de Dios en su vida. Siendo un personaje crucial en la historia de la encarnación, los autores sagrados la hacen aparecer en un segundo plano. Así como la figura de Jesús se explica extensamente, María aparece de forma puntual: en los evangelios de la infancia, de Mateo y Lucas, en las bodas de Caná y en la pasión de San Juan. La discreción de María tiene mucho más sentido del que parece. Jesús es la figura central de la salvación. La fuerza de María está en la humildad. Se pone detrás de Cristo porque se convierte en discípula de su hijo.

María era una mujer sencilla y discreta de Nazaret. Su sí fue decisivo para hacer posible la encarnación. Su apertura de corazón fue necesaria para que se culminara el plan de Dios hacia la humanidad. María siempre nos señala el camino hacia Jesús. No quiere que nos quedemos con ella, sino que vayamos al encuentro de su hijo.

Algunas confusiones


A veces me sorprende y me preocupa contemplar el protagonismo exagerado que se da a María por parte de algunos creyentes que la equiparan a Cristo, el único salvador y redentor. Es verdad que ella es co-redentora en cuanto a que está unida su hijo, nunca al margen de él. La piedad mariana está muy extendida en el pueblo de Dios pero a menudo se dan ciertas actitudes y manifestaciones en las que se cae en una peligrosa confusión: convertir a la Madre en una especie de diosa, dándole el mismo rango teológico que a Cristo. Nos estamos enfrentando a una grave desviación sobre la figura de María, que puede empequeñecer el misterio de la redención. Esta confusión nos aleja de la centralidad de Cristo en la Iglesia.

Por Internet y algunas redes sociales se están difundiendo cada vez más noticias de personas que dicen tener locuciones, visiones y experiencias místicas en las que María les habla. No digo que esto sea imposible. Pero hay que ir con mucha cautela porque puede haber falsos testimonios de estas experiencias, por error o con el fin de manipular a las gentes de buena fe. Por eso, aunque nos cueste, es esencial acatar la autoridad del magisterio de la Iglesia, porque sus investigaciones permiten detectar los abusos y exageraciones que pueden responder a causas psíquicas o incluso a intereses económicos. La docilidad al magisterio indica que más allá de nuestra voluntad, por buena que sea, la Iglesia puede depurar nuestras intenciones y las de aquellas personas que dicen tener este tipo de experiencia. Una excesiva publicidad o eco mediático de estos hechos puede tener como consecuencia mover a masas de gente. Detrás de esto puede ocultarse un gran riesgo: la patología religiosa puede convertirse en un modus vivendi para ciertas personas que se erigen en líderes espirituales. La obediencia a la Iglesia y la discreción serán dos señales del grado de autenticidad de estas experiencias.

Todavía es más peligroso cuando los supuestos mensajes marianos se reducen a anuncios catastrofistas y se centran más en el diablo que en el amor de Dios. Utilizan un lenguaje apocalíptico, aluden al final de los tiempos y de la humanidad e insisten en el poder del demonio sobre el mundo. Estos impactos negativos pueden generar neurosis religiosas en muchos seguidores. Por eso la Iglesia alerta, igual que Jesús alertó en su momento sobre los falsos profetas. Hemos de estar atentos ante los que, en nombre de Cristo y de María, se convierten en guías de masas, alejando a la gente del auténtico culto y la auténtica doctrina de la Iglesia, recogida en el Concilio Vaticano II.

Si María no nos acerca a Cristo y a los demás, y los videntes no están en comunión con la Iglesia, esto puede significar que están montando su propia religión amparados bajo el nombre de la Virgen. No niego el valor teológico de María en la fe cristiana, pero sí quiero avisar de los peligros de un politeísmo mariano. Sería caer en una herejía. San Juan de la Cruz, místico y doctor de la Iglesia, en su Subida al Monte Carmelo, advierte sobre ciertas actitudes de manipulación de lo sagrado. Para él, las revelaciones sobrenaturales no son tan importantes como la humildad, la caridad y la fe, sencilla y pura. A veces pueden ser inducidas por engaño o ilusión, y alejan de la fe en Dios. San Juan afirma que, con Jesús, el Padre ya ha dicho su Palabra definitiva, y no hay otro mensaje. Quien desee sabiduría de Dios tan solo tiene que fijar los ojos en Cristo.

Esto no excluye que María pueda enviar sus mensajes a ciertas personas. Su concordancia con el evangelio puede ser una prueba de autenticidad, así como la actitud humilde de los videntes y su obediencia a la autoridad de la Iglesia.

Cristo, solo


Esta reflexión la hice a partir de un hecho que constaté en una de mis peregrinaciones a Lourdes. De buena mañana, una cola inmensa de personas iba hacia la gruta o hacia el santuario a venerar la hermosa imagen de María. El gentío era impresionante, aún de madrugada, cuando todavía era de noche. Al otro lado del río, en un campo enfrente de la gruta, se levantaba una gran carpa, donde se adoraba el Santísimo en un sencillo sagrario. El corazón me dio un vuelco cuando la vi solitaria y vacía. Jesús sacramentado estaba solo. Otra persona de la parroquia de San Pablo de Badalona me acompañaba, y comentamos: ¡qué abandonado está el Señor! Todo aquel gentío que veneraba a María parecía olvidarse de ir a rezar ante su hijo, hecho pan eucarístico.

María nos invita a salir de su regazo para que sigamos a Jesús. No quiere que nos quedemos en ella; en todo caso, nos empuja a salir de la comodidad de la madre para vivir la aventura de un amor que nos llevará al martirio, hasta dar la vida. Aquella madrugada, en Lourdes, sentí tan real la presencia de María como la de Cristo. Pero entendí también que ella era una flecha que me indicaba el camino hacia el corazón de su hijo.

El valor de salir afuera


Le pido a María, dulce remanso de mi alma, que me dé la valentía de seguir a Jesús, hacia la cruz, pero también hacia la alegría de la resurrección. María respetó que su hijo hiciera la voluntad de Dios. Ella también quiere que nosotros abracemos la voluntad del Padre. Todos estamos muy a gusto en casa de nuestra madre y es difícil vivir en la intemperie, lejos del calor del hogar. Pero este es el precio de la evangelización: salir de tu casa y de los tuyos para caminar con Cristo, sin saber dónde vas a reclinar la cabeza.

María siguió guardando las cosas en su corazón cuando Jesús se hizo adulto y empezó su vida pública. Desde el silencio y la lejanía, en la absoluta discreción, María seguía velando por aquel hijo que salió de Nazaret porque tenía que descubrir a los hombres el amor de Dios.


María, madre del silencio, ayúdanos a escuchar más a tu hijo y que tu presencia alentadora nos ayude a identificarnos más con él, razón primera y última de nuestra existencia.

viernes, diciembre 06, 2013

Entrevista en Radio Estel

Roman Jori entrevista a Joaquín Iglesias Aranda en el programa L'accent.
4 diciembre 2013 en Ràdio Estel.

Sacerdote y escritor, nacido fuera de Cataluña, concretamente en Badajoz, ejemplo de integración para todos, ha desarrollado toda su carrera en Barcelona. Fundador de dos organizaciones humanitarias y con una larga trayectoria social y cultural, ha trabajado siempre de cara a los más desfavorecidos. Hoy nos muestra su faceta de escritor.

―Joaquín, ¿no te parece que ya es normal que el caos se apodere de nosotros? Nos estamos acostumbrando a él...
―Pienso que más bien dejamos que el caos se apodere de nosotros. Si tenemos valores y criterios, si nos queremos abrir a los demás, esta cultura del sinsentido no tiene por qué afectarnos tanto.
―Así que San Juan de la Cruz, ¿no era lo que hoy llamaríamos “un cenizo”?
―No. Sus noches oscuras son más que un análisis sociológico, político o económico. Él tiene una experiencia de anhelo de Dios, de trascendencia, y en su proceso de crecimiento espiritual se encuentra con momentos muy duros, hasta alcanzar esa plenitud del amor de Dios.
―¿Podríamos decir que la esperanza es a largo plazo? Porque hoy día parece que todo el mundo espera a corto plazo… ¿Qué es la esperanza para ti?
―La esperanza es una virtud que va más allá de obtener alguna cosa material. Ahora hay una cultura de obtener lo inmediato rápidamente. La esperanza es tener el corazón abierto a aprender. Y, sobre todo, mirar siempre tu vida desde una perspectiva trascendental.
―¿Se puede decir que no existen los fracasados? ¿Es la sociedad quien hace fracasados?
―Sí, hasta cierto punto, pero todo depende de cada uno, de su potencial, de sus ganas de crecer, de madurar, de abrirse a los demás. Siempre estamos echando las culpas del fracaso a otros: a la familia, a los amigos, a la cultura, a la sociedad, a una forma de vivir… Pienso que cada uno tiene la capacidad interna para romper con los obstáculos y dar un salto en su vida.
―¿Qué es el pecado, hoy? Yo tengo un concepto… ¿Cuál es el tuyo?
―El pecado es romper con el absoluto, con Dios. No hemos de reducir el pecado solo a una cuestión moral, se trata también de la apertura. Cuando rompemos con la fuente de la misma Vida, que es Dios, esto es un pecado.
―¿De qué tenemos que salvarnos?
―Tenemos que salvarnos de todo lo que nos esclaviza, de todo aquello que nos hace pequeños, que nos hace mirarnos el ombligo, del narcisismo puro. Tenemos que salvarnos de todo esto para liberarnos y poder llegar a crecer como personas.
―¿La comunicación es vida? ¿El verbo es vida?
―El verbo es vida porque comunica, y todo lo que comunica es creación y relación. Todo lo que implique apertura a los demás es importante: el Verbo es el amor en acción.
―¿Por qué los curas y religiosos habláis tanto de la familia? ¿Será porque no la tenéis… o tenéis otro concepto?
―Hemos de trascender de la familia biológica. Pero, así y todo, los sacerdotes tenemos padres, hermanos, familiares, sobrinos, abuelos… Yo procedo de una familia, y para mí la familia es fundamental para el crecimiento humano y espiritual.
―¿Qué pasa con los que no han visto a Jesús?
―Que ellos se lo pierden. [Ríen] En esto influye mucho la formación de su entorno. Pero, aunque no lo vean, pienso que Dios es tan misericordioso que los salva también.
―Muchos ven en Dios la belleza. ¿Están equivocados? Yo, en la belleza veo a Dios.
―Dios es la máxima belleza. Es la máxima expresión del amor. Y el amor es igual a belleza, y a verdad.
―El demonio y el infierno, ¿no crees que están en la tierra?
―Ciertamente. Cuando hay ruptura, cuando hay egoísmo, cuando la gente solo piensa en sí misma, esto es una clara manifestación del maligno. Sí, está en medio del mundo.
―Hoy día, ¿existe el pecado del adulterio, sí o no? ¿Qué crees? Porque hay tanta promiscuidad…
―Lo hay, pero es una constatación que las relaciones se rompen, se empobrecen, falta confianza, afectividad, apertura al otro. Cuando esto sucede, la gente busca cómo saciarse y cómo paliar su propia falta de afecto.
―El amor, ¿se busca cuando no te lo dan? Es decir, ¿lo buscan los que están carentes de él?
―Sí. Nosotros tenemos que darlo porque ya lo tenemos. Hemos de ser conscientes de que ya tenemos ese amor. Solo cuando somos capaces de abrirnos podemos darlo y a la vez recibirlo.
―¿Por qué el apóstol Tomás es un reflejo de la humanidad que sufre?
―Porque duda, le falta fe, no cree lo suficiente. Y cuando nos falta el sustento de nuestra felicidad, que es la fe, esto lleva a un cierto desespero.
―¿Por qué la humanidad se renueva en Cristo?
―Porque es creación constante. En la medida que la persona se abre, se comunica, es capaz de compartir, queda renovada interiormente.
―¿Qué nos dices sobre la figura de Jesús?
―Que es apasionante. Es la figura que me hizo replantearme mi vida, a partir de un testimonio. La imagen te viene dada a través del testimonio de otros que son capaces de contagiarte su propia experiencia de una amistad profunda con Jesús.
―¿Quién fue tu testimonio?
―Fue un sacerdote de una comunidad parroquial, entusiasta, creativo, una persona con una fuerza interior muy grande, que amaba a la Iglesia y que era capaz de contagiarte vida. A partir de su experiencia, estuve hablando con él y me planteé el sacerdocio.
―¿Por qué la gente se enamora de la figura de Cristo?
―Porque es el que realmente colma todas tus expectativas. Cuando lees su vida, en los evangelios, te das cuenta de que hay una riqueza que nadie puede darte, más que él, en la medida en que te abres sinceramente en tu corazón.
―O sea, ¿tú lo has encontrado a través de los evangelios?
―A través del testimonio y de los evangelios.
―El testimonio de este señor del que nos has hablado…
―Exacto. Este sacerdote realmente dejaba un destello de luz con su vida. Fue el que me interpeló para dar un paso definitivo. A partir de aquí, profundicé en la palabra de Dios.
―Y has profundizado en ella. Has escrito, has estudiado mucho…
―Sí. En Badalona comencé a preparar con mucho esmero mis homilías. Como tenía que leer a fondo los evangelios fui penetrando en su sentido. Y me di cuenta de que la imagen de Cristo es fascinante, maravillosa. Él es el que te llena y te colma.
―¿Las hacías muy largas, las homilías?
―¡No! Diez minutitos. Y la gente, contenta.
―¿Dónde tenemos que buscar el Reino de Dios?
―Aquí, entre nosotros, en el mundo. Allí donde la gente es capaz de abrirse a los demás y de hacer gestos solidarios. En los gestos caritativos; cuando la gente deja de pensar en sí misma para darse cuenta de que el otro también es manifestación de Cristo.
―Particularmente, yo saboreo más la misa ahora, que voy poco, que antes, cuando asistía a todas las fiestas de guardar, incluso entre semana. ¿Por qué ahora la saboreo más que antes?
―Quizás porque la liturgia hay que adaptarla. Quizás porque a veces los curas hacemos que las misas sean un palo. Quizás también porque a veces no somos capaces de conectar con la gente que tenemos delante. O porque también hay que atreverse a hacer un cambio cultural de la liturgia. Pero lo más importante es que la gente se encuentre bien a través de la experiencia directa de la conexión entre el presbítero y la comunidad, esto es fundamental.
―Cuando dices en tu libro que hemos de ser trinitarios, ¿qué quieres decir?
―Pues que hemos de ser creativos y creadores. La evangelización necesita la creatividad. No me refiero a crear algo de la nada, sino a re-crearlo y a hacer asequible lo que pensamos de Dios. En tanto somos trinitarios en este aspecto de la creación es cuando somos capaces de re-crear incluso nuestro propio cosmos cristiano, nuestro corazón.
―Háblanos un poco de este cosmos cristiano.
―Es esa vida interna, la riqueza de Dios en tu corazón. A veces no se trata de hablar tanto, como de creer en lo que dices y, sobre todo, comunicar con convicción aquello que dices. Esto es fundamental. No vamos a entusiasmar a la gente si no estamos entusiasmados. No vamos a enamorar a la gente si no estamos enamorados. No vamos a hacer que la gente se apunte al proyecto cristiano si no somos capaces de generar ilusión y entusiasmo.
―Debo pensar que crees mucho en la oración…
―¡Fundamental! La oración es crucial para el cristiano. De la misma manera que nos alimentamos del pan físico alimentarse  de Dios pasa por la experiencia de intimar con él, de estar a solas con él, de dejarte abrazar e imbuirte de él. Sin oración estamos perdidos. En la oración es donde nos recolocamos y nos resituamos en el crecimiento espiritual, como personas.
―Cuando era pequeño las iglesias estaban llenas y ahora, muchas veces, veo que no se llega ni a la mitad del aforo. ¿Es una crisis de fe o cartesianismo?
―Pienso que es una crisis de las tres virtudes teologales: crisis de fe, de esperanza y de caridad. Pero, ciertamente, estamos en un mundo en el que la gente quiere pasárselo bien. A la misa, si la gente no se encuentra bien, no se siente implicada, no siente que forma parte de una experiencia común, es difícil que venga. Porque la gente quiere disfrutar, y quiere lo rápido y lo inmediato.
―Tu apostolado, en definitiva, ¿lo diriges a todo el mundo?
―Sí. En la parroquia, a través de mi trabajo ministerial. Pero también utilizo los blogs como una nueva forma de evangelizar, a través de la Red. Cada domingo actualizo el blog (http://homilias.blogspot.com) y explico los contenidos de la homilía.
―Me gustaría que profundizaras un poco más en esto de ser trinitario, que me ha llamado mucho la atención.
―Como decía, hemos de ser como Dios Padre, que es Creador, pero también como el Hijo, que es el Verbo, la Palabra encarnada y la Palabra en acción. Cada cristiano ha de ser palabra encarnada de Dios y transmitir su experiencia de amistad con Dios. La palabra es importante y Cristo es la Palabra, el Logos de Dios. Con esto quiero decir que la palabra es muy potente, es poderosa. La palabra también es creadora. En el Génesis, vemos cómo Dios crea a través de la palabra. Vemos cómo Jesús cura a través de la palabra. Ahora se da mucha importancia a la palabra: lo que tú pienses, lo que digas, lo que sientas, es importante. Si la palabra realmente es transmitida con profundidad, con seriedad, a partir de una experiencia vital, llega y penetra en lo más hondo del corazón. Por tanto, ser buenos comunicadores de la palabra de Dios es fundamental, porque con la palabra podemos cambiar a la gente.
―Háblanos un poco del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es el amor de Dios, la explosión de ese amor. Si decimos que hemos de ser comunicación, palabra, también hemos de ser acción misionera. El Espíritu Santo está en medio de nosotros. Es el que nos empuja y nos invita a no rendirnos nunca. La Iglesia necesita fuerza misionera, pero sin el Espíritu Santo es muy difícil. Porque, siendo la palabra muy importante, lo esencial es trabajar con entereza, con fuerza, para poder transmitir a la gente la experiencia de Dios y hacer Iglesia.
―¿Qué piensas del Papa Francisco? No deja de ser curioso que un jesuita piense como un franciscano.
―Esa es la gran riqueza de él. Por un lado este carisma jesuita que le sale por los poros cuando predica, cuando comunica, cuando hace sus exhortaciones… Pero a la vez ese talante franciscano que ya vimos cuando apareció como nuevo pontífice. Ya entonces vimos unos gestos muy simbólicos que expresaban la sencillez franciscana: el gesto de ponerse a la cola y pagar su alojamiento en la casa de Santa Marta, durante las reuniones previas al cónclave; esos detalles, esas “flores franciscanas” de acercarse a la gente sencilla, abrazarla, de llevar el cuatro-latas que conduce por el Vaticano… Son signos de mucha normalidad, y él insiste en que es el obispo de Roma, no dice el Papa, y lo hace para igualarse al resto de los obispos. Incluso te diría que él piensa que es un cristiano como cualquier otro. No es el sucesor de un emperador romano, sino de un pescador, un currante, que diríamos hoy. Esta imagen de proximidad hace mucho bien a la gente.
―¿En qué centras tu apostolado en la parroquia? ¿Prestas más atención a la gente joven, o a todo el mundo por igual?
―Mi parroquia es muy plural. Hay gente joven, gente mayor, adultos, familias. Mi acción es transversal, va dirigida a todos.
―Hemos tenido aquí a Joaquín Iglesias, que a mi modesto entender nos habla de la interpretación del evangelio, donde siempre descubre algo nuevo, una palabra, una luz, alguna novedad. Estamos muy contentos de haber compartido este ratito contigo. Cuando saques otro libro, estaremos encantados de tenerte de nuevo por aquí.
―Gracias por haberme invitado y darme esta oportunidad de explicar mi experiencia.


Escucha la entrevista en Radio Estel: