domingo, marzo 19, 2023

De la cruz al sagrario



En este tiempo de Cuaresma, camino hacia la Pascua, cuando la primavera está a punto de estallar, volvemos a ti con el deseo de ahondar en el misterio de tu amor. Tu aceptación serena de la cruz pone de manifiesto tu entrega a la humanidad.

Dios nos crea, cuida y ama. No se desentiende de sus criaturas. Somos parte de la creación pero, además, nos envía a su hijo predilecto para que nuestra existencia material reciba algo más: una vida sobrenatural, con sentido y orientada hacia la búsqueda del bien.

Podemos descubrir el sentido de la vida si nos abrimos a la voluntad de Dios y a sus designios. La Iglesia, sabia maestra, nos propone este tiempo de mayor silencio, un paréntesis para aprender a estar con él y vivir con más hondura nuestra experiencia cristiana. El silencio nos ayuda a interiorizar lo que implica este vínculo con Dios.

La Cuaresma ha de ser una llamada a ser más conscientes del don que tenemos. La presencia de Jesús en la eucaristía expresa su deseo de no dejarnos huérfanos. En la hostia sagrada, él permanece para siempre con nosotros.

A las puertas de la Semana Santa, nos vamos adentrando en el misterio de su pasión y muerte. Dócil a Dios, asume con libertad y por amor el precio de su entrega: su vida como rescate para que no nos deslicemos hacia el abismo del pecado.

Señor, con tu muerte en la cruz rescatas al hombre alejado de ti, roto y desorientado, perdida su identidad más genuina: ser hijo de Dios.

Cuando nos desenraizamos de ti, vamos a la deriva, sin rumbo. Tu cruz fue el último plan para rescatarnos. Llegaste a derramar tu sangre, toda tu vida, aceptando el martirio y un sufrimiento extremo, todo por amor y para salvarnos.

Después de tu resurrección, te conviertes en pan y en vino para que nuestra vida forme parte de ti. Pues cada vez que te tomamos recibimos el pan sagrado.

Yo quisiera que, en este tiempo, aprendamos a callar más y hablar menos. Porque sólo así el silencio será fecundo. Sin ruidos interiores, podremos sintonizar con aquello que tú deseas para cada uno de nosotros.

Dejemos de inquietarnos por todo: tú estás ahí y nunca nos dejas. A veces sentimos vértigo y nos cuesta cambiar de rumbo. Tú eres el único faro que ilumina nuestras vidas y nos da serenidad en medio del combate diario. En ti podemos descansar.

Tú eres nuestra calma, tu corazón es un oasis en medio del desierto árido de nuestra vida. Queremos que la lluvia de tu gracia nos regenere, queremos volver a ti con la confianza y el abandono de un niño.

Queremos, en este tiempo de Cuaresma, desde el silencio más primigenio de nuestro corazón, volver a sellar la amistad que tú nos ofreciste, para disfrutar de una experiencia cercana e íntima.

Queremos ser parte de ti.

Deseamos renovar ese sí que un día te dimos desde nuestra vocación, cada uno según la llamada que le hiciste. Que nuestro vínculo contigo se fortalezca hasta ser irrompible, permaneciendo en el tiempo.

Tú, en la santa hostia, nos enseñaste que tu fidelidad es eterna. Queremos, en estos días cercanos a tu pasión, acompañarte hasta el Calvario, ayudándote a sostener el pesado madero y a empapar tu rostro ensangrentado con el paño de nuestra dulzura.

Queremos solidarizarnos con todos aquellos que llevan una pesada carga en su vida, en especial todos aquellos que injustamente sobreviven ante la indiferencia de muchos, desnudos en la intemperie, moribundos ante la frialdad. Tú sabes muy bien que es esto, Jesús. Tu agonía en la cruz es un grito lanzado a la humanidad, un grito que dice: ¡Basta! Doy mi vida para que otros no tengan que morir.

Desde tu cruz podemos entender que tu amor no tiene límites y que nuestro amor tiene que parecerse más al tuyo. Sólo así entenderemos el profundo significado de tu gesto sublime.

Después, diste un salto cuántico con la resurrección. Hoy podemos contemplarte en este pedacito de pan. Te nos das para que no perezcamos en la indigencia. Subiste al Gólgota y de allí al cielo. Desde el cielo, bajaste de nuevo para permanecer siempre a nuestro lado. Cruz, cielo y sagrario forman un itinerario para reencontrarnos contigo hoy.

domingo, marzo 12, 2023

El gozo de decir sí


«El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en fuente de agua que brota hasta la vida eterna.» (Juan 4, 13)

Celebramos esta fiesta de aniversario sacerdotal. Tengo que agradecer a Dios este regalo que me hizo, este don tan sublime, tan hermoso: escogerme entre los suyos para comunicar con entusiasmo su Palabra. De esto hace 36 años, fue en la parroquia de San Isidoro de Barcelona. Allí inicié mi ministerio sacerdotal.

Estoy profundamente agradecido a Dios porque quiso llamarme a ejercer como pastor de una comunidad, a transmitir a la gente esperanza. Que la gente descubra que el amor tiene sentido, que la tristeza no puede quitarnos la alegría, y que a pesar de los vaivenes de este mundo vale la pena mantenerse firme en la vocación.

Fue un sí que di antes de mi ordenación sacerdotal, cuando tenía casi la edad de Oriol, nuestro catequista. Un sí que para mí supuso un cambio radical de rumbo en mi existencia. La palabra sí es muy corta, dos letras: sí. Sí de silencio y sí de intensidad. Si no hay silencio intenso difícilmente se puede captar la profundidad de Dios. Los cristianos, y muy en especial los sacerdotes, necesitamos silencio. Corremos el riesgo de caer en lo que algunos sociólogos cristianos llaman activismo, también en el campo pastoral. A veces el trabajo nos puede quitar, no tanto la alegría, sino el tiempo para lo esencial, que es nuestra relación con Dios.

En esta relación con Dios es como creces de verdad, pues dejas que él entre en tu vida.  Si no hay un diálogo íntimo con Dios, difícilmente nos daremos cuenta de que su plan se hace realidad cuando te abres totalmente a él.

Un sí. Un sí que cambió mi vida personal y mi proyección. Como cualquier joven de esa edad soñaba con casarme, tener hijos, formar una familia y trabajar en mi campo. Pero Dios tenía otro plan. Recuerdo que le dije al sacerdote que me acompañaba en este proceso que no sabía si Dios me llamaba a ser cura. La verdad es que nunca lo había pensado; venía de una familia totalmente alejada del ministerio que estoy ejerciendo. Pero él me dijo: No importa. Él te hará ver. Tú dile que sí. Es suficiente, y él te irá mostrando lo que quiere.

Y fue así. Me abrí a todo lo que pudiera venir. Era joven y no me cerré a esta posibilidad. Y quizás porque no me cerré él entró. Esto es lo que tenemos que hacer todos los cristianos. Vuestra vocación de padres y madres de familia también requiere un sí. Un sí a Dios en el cónyuge, un sí a Dios en los hijos; un sí a la vida, un sí a ser testimonio vivo de su presencia en medio del mundo. Por tanto, después de todo este tiempo estoy muy agradecido por haber recibido este don inmerecido, porque es algo muy grande. Es un plus que Dios me hizo y soy consciente de ello, por eso quiero vivir mi vocación con una total entrega, bebiendo de la espiritualidad y del sacerdocio de Cristo.

El sacerdocio de Cristo va mucho más allá de las estructuras. Jesús fue una novedad para su pueblo. Él quiso que el anuncio de la buena nueva llegara a los suyos, que tenía cerca; pero también a los samaritanos y a todo el mundo. Toda la humanidad es objeto de este gran anuncio y llamada a vivir en plenitud.

Un sí te cambia de dirección y de proyecto, pero también te arriesga a lanzarte en el vacío, porque nunca sabes lo que pasará. Lo que sí sabía y tenía muy claro, cuando recibí las órdenes del Cardenal Jubany, mientras estaba tumbado en el suelo, es que le decía sí para siempre.

Y es verdad que no todo es tan fácil. Pero ¡qué hermoso! Ninguna dificultad, ningún problema, por grande que pueda ser, jamás me ha impedido mantener la fidelidad a Dios y a mi sacerdocio.

El sacerdocio es un compromiso para siempre. Y no vale flirtear con el mundo, donde tanta gente cae en la autosuficiencia, en el campo pastoral, intelectual y académico. Siempre estaremos pisando el límite para no caer en el abismo de la autorreferencia, algo que sucede en la misma Iglesia. Por tanto, dije sí para siempre y os puedo decir que, después de 36 años, me siento feliz de haberle dicho que sí a él, sin dudar en mantener mi fidelidad.

Algunos dicen: el sacerdote renuncia a muchas cosas buenas. Es cierto. El sacerdocio significa dejar de vivir una serie de experiencias. También puede haber una sobrecarga de exigencia moral. Pero yo os digo que no es que te pierdas mucho; es que lo ganas todo. Todo.

Y os he ganado a vosotros, la comunidad de San Félix. Hoy, mi familia sois vosotros, familia cristiana, familia que me acompañáis en el sacerdocio, y os agradezco enormemente que me hayáis acompañado en este día, en que me consagré. Esta experiencia es extraordinaria y marca toda mi vida. No importan las dificultades; es tan grande lo que he recibido, son tan hermosas las experiencias que voy acumulando en mi madurez humana y espiritual, que siempre estaré en deuda con mi Señor.

Porque, dentro de nuestras limitaciones humanas, es importante saber que con Dios se superan todas las tormentas, todos los vaivenes, todos los naufragios. Al final, no sabes cómo, siempre llegas a puerto. Él te ha escogido y nunca dejará que te pierdas. Estará vigilando.

Ojalá nuestra vocación en otros ámbitos, como el familiar, también la viváis como un rotundo sí a Dios. Ojalá viváis el matrimonio como un regalo precioso, porque es necesario. Se necesitan hogares cristianos para que surjan vocaciones cristianas; padres cristianos y, por qué no, futuros sacerdotes para la Iglesia.

Pienso que este don a veces me abruma, por ser tan grande, pero da una alegría inmensa que lo disipa todo. Porque yo sé que Dios es como este sol que hoy luce, en este cielo azul, tan luminoso. Dios quiere que vuestro corazón también esté lleno de luz, como mi sacerdocio; quiere que seamos rayos luminosos para los que viven en la oscuridad, almas perdidas que necesitan esa cercanía de Dios. Los sacerdotes, y todos los cristianos bautizados, somos instrumentos de este amor vivo de Dios en medio del mundo.

Como todo adolescente, yo tenía sed de trascendencia, sed de Dios. Y justamente el día que yo le dije sí a Dios, estaba delante de un pozo. Era un jovencito de 18 años y estaba haciendo unos campamentos con mi comunidad de Vilapicina. Allí, enfrente del pozo, tuve la experiencia de beber el agua de la plenitud. Y a partir de aquel día luminoso inicié mi camino hacia la ordenación en un día como hoy. Ya era de noche, eran las ocho de la tarde, pero dentro de mí era de día.

Por tanto, ¿qué os puedo decir? Hoy siento una enorme gratitud a Dios, a la Iglesia, a la comunidad cristiana y también a todas aquellas parroquias por donde he pasado. Ellas me han ayudado a madurar en la fe. Badalona para mí fue decisiva, porque allí me curtí en el yunque, donde Dios modeló mi corazón ejerciendo como rector por primera vez.

Doy gracias a Dios por tanto gozo y tanta plenitud.



domingo, febrero 19, 2023

Tú en lo cotidiano

Después de un día ajetreado, metidos en nuestra inercia y preocupaciones, queremos hacer un paréntesis y convertir este espacio en un oasis de paz. A veces nos cuesta tener serenidad en medio del combate diario. Ante la presión de tantas responsabilidades y trabajos, nos agotamos y el cansancio nos quita paz y alegría. Creemos avanzar, pero a veces tenemos la impresión de que perdemos el rumbo y no vamos a ninguna parte. 

Necesitamos parar y volver a mirarte, Señor, tú que nos señalas el rumbo. Necesitamos que nos des esa paz que tú solo puedes darnos, porque sale de tu corazón. Volvemos a ti porque necesitamos el calor de tu presencia, la dulzura de tu mirada, la quietud de tu silencio, el bálsamo que repara las heridas de nuestra alma, tantas veces desorientada porque nos alejamos de ti. Sin tu apoyo todo es más difícil de sobrellevar; contigo las cargas se hacen más llevaderas. 

La humildad de reconocer que siempre estás ahí es un antídoto que nos cura de nuestra soberbia y autosuficiencia. El solo voluntarismo frente a los problemas es insuficiente, y más cuando nuestras fuerzas desfallecen. Sabemos que confiando en Ti, aunque no siempre soluciones los problemas, podemos vivirlos de otra manera. Desde ti todo es más soportable, tú nos proteges en medio de las olas gigantes. Hemos de saber y confiar que tú no permitirás el naufragio. Tu mano protectora nos sostiene.

Es más difícil mantener la calma en medio de un maremoto interno que en medio de las tormentas y los grandes vientos, como narra el evangelio. Tú hiciste amainar el viento, hasta la calma total. Tú puedes calmar las sacudidas de la vida, que se tambalea como un barco entre las olas de nuestras dudas. Basta dejar que Tú seas señor de nuestra vida y lleves el timón. Sólo así las aguas de esos mares interiores se calmarán. Sabemos que lo hiciste y lo sigues haciendo con la barca de la Iglesia, zarandeada por tantas críticas y divisiones. Sabemos que nunca dejarás que la Iglesia sea absorbida por esas mareas de contradicciones que nos quieren alejar de tu corazón para perdernos en la noche oscura. Sabemos que la Iglesia no está formada solo por hombres. Tú estás al timón y el Espíritu Santo con la fuerza de lo Alto, dirige la nave para llevarla a buen puerto. Lo hiciste con los tuyos, y lo haces con nosotros hoy.

Nos puede parecer que callas. Tu silencio nos puede resultar insoportable y podemos tener la tentación de pensar que estás lejos, indiferente a nuestros padecimientos. Hemos de creer que, aunque no hables, tu presencia es tan real como el oxígeno que respiramos. Tenemos que llenarnos de coraje y no ser cobardes. Tú estás allí, en medio de cualquier situación que nos hace tambalear. Contigo a nuestro lado no tenemos nada que temer.

domingo, enero 22, 2023

Unidos a ti


Antes de aceptar con docilidad tu pasión y muerte, en el discurso del adiós a los tuyos, elevaste una oración al Padre para que ellos, tus discípulos, fueran uno: Te ruego por ellos. Querías que permanecieran unidos cómo tú con el Padre. De alguna manera, intuías que no sería fácil mantener esa unidad. Tu preocupación delataba que la desunión marcaría la historia de la Iglesia.

En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, en esta hora de adoración, queremos pedirte, ante tu sagrario, que sigas pidiendo al Padre para que se cumpla tu anhelo: que la Iglesia permanezca unida.

¿Por qué falta unidad y qué es lo que origina tanta separación? La falta de paz interior. Los enfrentamientos y la violencia, en el fondo, siempre se han sustentado en una falta de sintonía y de comunión. En el pasado, sabemos que se han provocado guerras en tu nombre, entre diferentes confesiones y entre religiones que decían seguirte. ¡Cuánto sufrimiento! Todas estas guerras y muertes han sido tu segunda pasión: que se utilice el nombre de Dios como pretexto para romper en vez de unir.

Si matarte en la cruz fue fruto de la soberbia humana, la muerte ahora ya no será por tu identidad divina. Hoy te seguimos matando cuando, desde nuestra atalaya espiritual, creemos que estamos en la posesión absoluta de la verdad. Ahora la guerra se da entre confesiones religiosas, entre creencias e ideologías. Todo esto genera infecundidad y nos aleja de tu verdad. Tú vas más allá, incluso de los propios credos. Hemos convertido tu doctrina en un arma que causa terribles enfrentamientos. Hemos envuelto tu verdad en pura ideología sesgada. 

Como diría el papa emérito recién fallecido, Benedicto XVI, nadie puede poseer la verdad: es la verdad quien te posee a ti. La fe como instrumento de guerra: qué lejos está de tu corazón. Tú, que deseabas tanto la unidad de los tuyos. Una mala interpretación de las sagradas escrituras y de tus palabras es la fuente de tantas separaciones. La propia palabra revelada, mal interpretada, nos lleva a prostituir tu santo mensaje para servir, en algunos casos, a oscuros intereses. Tu palabra, buen Jesús, ha quedado manchada, utilizada, manipulada. Cada vez que lo hemos hecho, hemos alargado tu agonía y te hemos golpeado con más clavos, con más flagelos. Seguimos atravesando tu corazón con la lanza de nuestro orgullo y soberbia. Y tú sigues sufriendo, callando. No te defiendes, como en tu juicio ante Pilato. Pero sigues sangrando, hoy. No sólo por los enfrentamientos entre una verdad subjetiva y la fe religiosa, sino por el conflicto dentro de muchas comunidades católicas. Son guerras internas que no se libran con armas, sino con la falta de caridad entre los tuyos. Dentro de la propia comunidad católica hay división, pues las críticas despiadadas que se producen en su interior son un cáncer que debilita su vigor y, lo que es peor, está haciendo metástasis en el cuerpo de la Iglesia. La división afecta a todos los ámbitos: jerarquía, movimientos, parroquias y grupos. 

Hoy se podría decir que la Iglesia está muy tocada. Su salud se ha debilitado por esos estériles enfrentamientos, que la llevan a un estado de supervivencia. Su testimonio brilla como una llama vacilante. Pero tú, Jesús, tanto quieres a la Iglesia que, aunque el cuerpo eclesial sea débil, tú la sostienes con la fuerza de tu espíritu. La Iglesia, aún tan denostada, nunca ha renunciado a su vocación martirial. Los tuyos te dejaron solo. Juan Pablo II, arrodillado en el Gólgota, tumbado en el suelo, pidió perdón por tantas veces como la Iglesia se ha apartado del evangelio. Este gesto de humildad es un soplo del Espíritu.

Ojalá no te volvamos a dejar solo. No permitas que tu nombre sea utilizado para herir, sino para construir. Esta noche queremos estar de nuevo contigo para pedirte que tu Iglesia sea lo que tú soñaste, cuando la fundaste y la encomendaste a Pedro.
Que sea un faro luminoso que sella las heridas históricas.
Que tu amor sane tantas contradicciones. 
Que la luz de tu verdad penetre a todos aquellos que hemos decidido seguirte.
Que la fuerza de tu misericordia nos ayude a saber perdonar y nos hermane en un solo corazón.
Pero, sobre todo, que tu dulzura nos haga ser más humildes y nos haga ver que tú quieres a todos como buen padre, más allá de sus ideas y de su manera de ser.

Tú has querido una iglesia plural, con carismas y talentos, una iglesia acogedora y madre. Sólo lograremos la unidad de todos los cristianos cuando estemos íntimamente unidos a ti. Esta será la clave y la fuerza para superar cualquier dificultad. Tu sueño original es que todos, sin excepción, podamos participar de tu banquete celestial. Sólo así tu Iglesia, agrietada, podrá fortalecerse de nuevo y ser un sólido testimonio ante el mundo. Cuando venimos aquí queremos sentir que nuestro corazón está latiendo junto al tuyo. Esta será nuestra fuerza para seguir trabajando por la unidad de los cristianos.

domingo, enero 08, 2023

Jesús, te quiero

Son las últimas palabras que balbuceó Benedicto XVI en su lecho de muerte. No sólo era uno de los intelectuales más importantes de Occidente, un gran académico y profesor de teología. Él decía que, sobre todo, quería ser un pastor al servicio de la verdad. De perfil tímido y humilde, con una enorme capacidad intelectual, supo escuchar y dialogar con los líderes de diferentes religiones. Con finura auscultó el mal que padecía nuestra cultura. Era un apasionado en la búsqueda de la verdad. No era un personaje mediático, pero tenía una profundidad que le permitía llegar hasta el tuétano de la realidad. Poseedor de convicciones muy hondas y firmes, utilizaba un lenguaje literario y claro, al servicio del magisterio. Sus encíclicas, cartas y escritos aúnan la teología con la poesía y la belleza expresiva. He tenido la ocasión de leer sus libros sobre Jesús de Nazaret y sus encíclicas, especialmente Deus caritas est. Su espiritualidad, centrada en Cristo, es palpable en todas sus reflexiones.

Siendo ya Papa, después de muchos años como profesor y después responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, supo acoger a todo tipo de personas de tendencias y pensamiento muy diferente, posicionándose siempre al lado de la verdad. Su afán era evitar que el relativismo moral fragmentara la identidad de la persona, distinguiendo entre la subjetividad de las opiniones y la verdad, fundamento inmutable de todo. Como buen pedagogo y teólogo, su preocupación era defender la verdad de la fe e instruir a los fieles. Su firmeza generó reticencias no sólo en el mundo social, político y cultural, sino incluso dentro de la Iglesia. No faltaron los líderes y movimientos que se opusieron frontalmente a su legado magisterial. Frases mal entendidas o sacadas fuera de contexto le ocasionaron diversas fricciones que siempre estuvo dispuesto a paliar. Era impresionante constatar cómo su capacidad intelectual no estaba reñida con la humildad. Su talante era sencillo, sobrio y atento. Sabía escuchar.

Quizás todavía no seamos conscientes del legado que nos ha dejado a la Iglesia. Sus obras, estudios y experiencia como hombre creyente, como teólogo y como pastor y papa, al servicio del pueblo de Dios y de la humanidad, no dejan a nadie indiferente. Aunque no fuese un papa mediático, como lo fue su predecesor Juan Pablo II, ni como lo es el papa Francisco actualmente, tuvo otro carisma: iluminar con la verdad unos momentos históricos confusos con una Iglesia que se tambalea. Supo arrojar luz en momentos de oscuridad y tuvo que ponerse firme ante los casos de pederastia dentro de la misma Iglesia. Sentía un profundo dolor ante estos terribles abusos. Como él mismo expresó, es inconcebible que un siervo de Dios pueda cometer estas atrocidades. Pero aceptó lidiar con estas complejas situaciones, soportando duras críticas porque no quiso plegarse a la dictadura del relativismo moral. Pagó un precio muy alto ante los poderes mediáticos. Pero nunca renunció a su acérrima defensa de la verdad. Esto es lo que definió su pontificado.

En el centro del magisterio de Benedicto estaba Jesús, a quien dedicó sus últimos libros. Jesús estuvo presente en su vida hasta el momento de la muerte. Benedicto no era un mero erudito o un profesor que escribe sobre teología, ni se limitaba a pronunciar hermosas homilías. Amaba a Jesús, y por eso lo convirtió en el núcleo de su teología. Imagino cuántas horas de diálogo íntimo y fecundo debía tener con el gran amigo del alma, y cuánto debía interiorizar su vida. Ricas conversaciones de tú a tú. Lo que escribió fue fruto de su amistad con él.

El Pedro de nuestra Iglesia se encontrará con la razón última de su vocación. En abandono y confianza, ¡qué hermoso abrazo se darán! Cuidó como mejor supo el rebaño que Cristo le encomendó. Como bien dijo, al inicio de su pontificado, Dios lo había llamado a cooperar en la viña del Señor.

Antes de morir, sus últimas palabras se dirigieron a él. Quizás era una jaculatoria que iba pronunciando durante su tránsito a la otra vida. Estaba preparándose para dar el salto definitivo. Este final, en su lecho, me evoca una enorme ternura, como la que despierta un niño que le dice a Jesús: te quiero mucho. Es toda una declaración. Todo cuanto hizo Benedicto fue porque amaba mucho a Jesús, y por eso fue dócil a su Iglesia, aceptando los cargos que le fueron encomendando a lo largo de su vida, hasta llegar a ser elegido papa. Así lo proclamó, lo anunció y lo predicó hasta las últimas consecuencias, frente a una sociedad fuertemente secularizada que no siempre lo comprendió. Pero él estaba totalmente abandonado.

¡Cuánta densidad en estas breves palabras! Jesús. Con todo lo que implica este nombre, que lo era todo para él. Te quiero. Te amo como verbo en acción: implica una vinculación muy íntima y afectiva. Sus labios expresaban la unión plena con él. Nunca se está solo si hay amor.

¡Qué manera tan bella de acabar su vida! Como Papa emérito, resume con estas palabras su densa teología, que hace de él un padre de la Iglesia, de la talla de san Agustín, a quien tanto admiraba.

domingo, diciembre 18, 2022

Del pesebre al sagrario



En este tiempo previo a la Navidad queremos ahondar en el misterio de una realidad sublime; en el origen de Tu presencia frágil, callada, humilde.

Tu grandeza se expresa en lo pequeño, en lo vulnerable: un Dios que se hace carne humana. Un Dios que, haciéndose hombre, se somete a las leyes de la naturaleza. Aquel bebé nace en Belén, en un entorno de pobreza, sufriendo las inclemencias del tiempo y la soledad de la noche. El Dios omnipotente se hace uno de nosotros.

Aquí reside la grandeza de Dios, que por amor se hace hombre, y para que podamos amarlo se hace indigente. Pobre y desamparado, nos pide la limosna de nuestra ternura. De Belén al cielo, y del cielo vuelve de nuevo a hacerse materia en la Hostia sagrada para conectar con los anhelos más profundos de nuestra alma, que busca dar sentido a la existencia.

Hoy, aquí, en esta noche oscura de invierno, nuestro corazón brilla porque de nuevo nos invitas a estar contigo una hora, paladeando las delicias de un misterio que se nos revela en la presencia del sagrario.

La liturgia celebra este tiempo de Adviento para prepararnos, recordar y actualizar las promesas de los antiguos a la espera del Mesías.

Jesús, sabemos que llegaste porque el hombre necesitaba ver esas promesas cumplidas. Sin tu luz, nos deslizaríamos hacia la oscuridad. Qué bueno que llegaste, no entre rayos y truenos, ni en un palacio real. Llegaste a Belén, y después a Nazaret, una pequeña aldea. Llegaste al pesebre del corazón humano para abrirnos al misterio que Dios nos desvelaba en Ti.

«El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Hoy, aquí, experimentamos tu retorno del cielo a la tierra, convertida en otro cielo cuando te contemplamos en este templo sencillo, con ansias de revivir nuestra vocación de cristianos y seguidores tuyos.

Aquella noche, hace dos mil años, todo el universo contuvo el aliento ante tal acontecimiento. El Dios de las alturas se desplegaba, manifestando su gloria al mundo desde una pequeña cueva. Aquí está el misterio insondable de un Dios que ha salido de su omnipotencia para que el hombre descubra la naturaleza de su alma. Él se achica y el hombre aprende a abrirse, a crecer, a responder a su vocación personal. Primero, reconocer y admirar tanto don. Y segundo, anunciar esta alegría inagotable.

Dios ya está aquí. Se acabó el deambular y transitar por los caminos que llevan a la decadencia. Ahora ya, con su venida, todo se despeja delante de nosotros. Empieza la gran aventura: responder a esta gesta divina con nuestra entrega y valor.

En esta noche, Jesús, queremos pedirte que nos ayudes a ser pregoneros de tu visita a la humanidad, con el entusiasmo de aquellos pastores sencillos que cuidaban su rebaño al raso. El impacto de esta noticia fue tal que, pese al frío, fueron corriendo a adorar al niño, hijo de María.

Hoy queremos correr para adorarte y reconocer que sólo tú puedes darnos una inmensa alegría. Sí, a pesar de las enormes inclemencias que padece muchas veces nuestra alma, hoy estás aquí, entre nosotros. Recordamos que un día naciste y que permaneces para siempre en esta bella Hostia sagrada contenida en la custodia.

¡Gracias por estar con nosotros!

domingo, noviembre 20, 2022

Tu aliento divino


De nuevo estamos aquí, contigo, en esta noche otoñal, mientras las hojas van cayendo y los árboles se desnudan lentamente, camino del invierno.

Hoy queremos que tu luz nos ilumine hasta las raíces más profundas de nuestra alma, para que tu fuerza y vigor rejuvenezcan todo aquello que nos impide florecer.

Estar aquí, contigo, es una primavera. El corazón exulta, alegre, porque tú no quieres que el follaje de nuestra alma envejezca y se marchite.

Que esta noche tu aliento divino regenere por completo nuestra vida.

No queremos ser como esas hojas que caen y se arrastran, sin rumbo, a merced de los vientos que soplan, empujadas hacia ninguna parte. La solidez de tu amor es más fuerte que un recio tronco.

Tú no permites que nos desliguemos de tu corazón, para que no nos sintamos perdidos y desorientados.

Tú no quieres que vayamos a merced de los vaivenes interiores.

Tú nos quieres agarrados a Ti, que no nos descolguemos de Ti, de tu amor. Alejados de Ti perderíamos el rumbo.

Cuando la savia que nos une deja de correr por nuestra alma, nos secamos por completo y deambulamos por la vida sin norte hasta caer en el abismo.

Por eso queremos venir de nuevo para fortalecer con más intensidad los lazos contigo. En la vida siempre hay tempestades interiores, donde nos sentimos náufragos, lejos del faro que nos ilumina. Por eso necesitamos que las olas se calmen y volvamos a la paz perdida. Y sólo aquí, contigo, es cuando sentimos una profunda serenidad, porque tú no sólo eres el Señor de los mares, sino el Señor de nuestra vida, y quieres que tengamos vida en plenitud subidos a la barca de tu Iglesia, para crear vínculos y hacer comunidad.

Hoy, una pequeña parte de tu rebaño está aquí, ante ti, para dejarse enamorar de la belleza de tu silencio y de tu suave música, que resuena en los latidos de nuestro corazón. Queremos comprender el alcance de tu infinita misericordia.

Siendo tan frágiles nos permites ser testigos de algo extraordinario. Estamos presentes delante de un Dios que, en Ti, Jesús, estalla de amor hacia sus criaturas. Vemos en la custodia el mayor regalo: tu presencia que nos fortalece, porque has decidido quedarte para siempre con nosotros.

Es como un nuevo amanecer en nuestras vidas. Por eso nos es necesario entrar en intimidad contigo.

Que, además de este espacio sacramentado, en nuestra vida cotidiana sepamos vivir tu proximidad en los demás.

Que en los diferentes ambientes seamos un reflejo transparente de tu rostro, Jesús, con nuestras acciones.

Que seamos otro faro luminoso que oriente hacia la orilla a tantas personas que naufragan en el océano de su vida, y que nos convirtamos en rescatadores de tantos que caminan sin rumbo.

domingo, octubre 23, 2022

Tú en mí, yo en Ti

Contemplarte de nuevo es un don inmenso. Es bañarnos en tu gracia, es reconocer que la vida sin ti se apaga, pierde color y la oscuridad aparece en el horizonte. Sin embargo, tú brillas en lo más hondo de mi corazón, iluminando el cielo de mis anhelos. La trascendencia se derrama ante la finitud de mi ser; el misterio se revela.

Sí, mi Dios, allí estás, esperando con impaciencia a tus hijos creados por tu infinito amor. De nuevo siento la grandeza de tu dulce presencia, hoy tan cercana, tan asequible, tan real como mis ojos contemplándote.

Allí estás, sostenido y elevado en la custodia. Siento tu respiración con la mía, yo en ti y tú en mí. Sobrecogido ante tu presencia luminosa, el mayor acto de evangelización se da sin ruido, sin aspavientos, sin imponer una doctrina. Es estar, simplemente, sin prisa, a tu lado y paladear tu compañía, que nos sabe a manjar del cielo. No sólo hay que hablar o predicar, sino irradiar la experiencia del encuentro, invitando a otros a que descubran lo que tú has experimentado con tu vida, con tu testimonio, con tu forma de ser y hacer.

Lo que convencerá no será nuestra elocuencia, comunicando lo que sabemos, sino que los demás vean en nosotros la imagen de un hombre que, diciendo tantas cosas bellas de Dios, tuvo un gesto más allá del valor de la palabra: su entrega por amor. Lo que nos salva no será aprender todo el catecismo; una pizquita de amor como el tuyo ya sería suficiente.

En tu camino hacia la cruz, no te defendiste, ni intentaste convencer a nadie. Humilde y discreto, avanzaste hacia el patíbulo, sin gestos de autosuficiencia, callando ante tu muerte inminente, sin rebelarte frente a tu agonía. Tu cuerpo flaqueaba, pero tú seguías firme en tu fidelidad al Padre. Desarmado y desnudo, no sólo te dejaste abofetear, girando la otra mejilla, sino que te dejaste coronar de espinas, te dejaste azotar por los látigos y los insultos, y finalmente atravesar por una lanza. Pero tu Padre Dios quería que estuvieras con nosotros: te resucitó. El amor venció a la muerte, y luego quisiste permanecer para siempre en la eucaristía, en el trocito de pan consagrado para ser tomado. Ya no sólo quieres estar presente en el sagrario, sino en nosotros, pues cada vez que te comulgamos, nuestro corazón queda iluminado por tu presencia. Nos conviertes en otros sagrarios, por eso cada persona es imagen tuya y dignísima de ser amada.

¡Cuánto nos cuesta verte y amarte en los demás! Eso es llevar a cabo tu mandamiento: amaos como yo os he amado. Y esto implica un cambio cualitativo en nuestra forma de amar.

A lo largo de mi sacerdocio he ido descubriendo que lo que más me atrapa es este conocimiento íntimo de ti.

Además de la sagrada escritura, además de tu mensaje, está lo que no dijiste con tus profundos silencios, cuando orabas ante el Padre. Y además de tus silencios, lo que hiciste y cuánto amaste. Tu palabra no se entendería sin ese corazón que rezuma pasión por el hombre, hasta el límite de dar tu vida por él. Tu palabra y tu mensaje tienen fuerza porque las hiciste vida de tu vida. Tanto nos sigues amando, que has querido seguir estando presente en medio del mundo, para que aprendamos a hablar menos y a amar más. Sólo así te reconoceremos, cuando salgamos a estar un rato más contigo y nos vayamos configurando contigo. Este rato de silencio es como bucear en tus entrañas y maravillarnos ante los bellos parajes de tu corazón divino.

Enséñanos a deleitarnos con la suavidad de tu exquisita presencia en este ocaso del día que, sigilosamente, de puntitas, se va hasta el nuevo amanecer, cuando vuelva a brillar como tu rostro lleno de amor hacia sus criaturas.

domingo, septiembre 18, 2022

Espiritualidad del adorador


El adorador es aquel que pone en su centro a Cristo sacramentado. Ante la inmensidad de su presencia, crea un espacio de silencio.

El adorador es aquel que vive del pan eucarístico, haciéndose uno con Cristo y convirtiéndose en pan para los demás.

El adorador es aquel que no cae en el quietismo; la sintonía con Cristo modela toda su vida y se deja habitar por él.

Es aquel que, ante el misterio de la Santa Hostia, medita y contempla el gesto de sublime entrega de Jesús.

Es aquel que ha descubierto que estar ante él significa entrar en la órbita de su amor.

Es aquel que sabe que, después del encuentro, ha de testimoniar su experiencia, convirtiéndose en luz para otros.

Es aquel que vive instalado en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, como ejes de su vida.

Es aquel que vive con la confianza puesta en Jesús, nuestro Señor.

Es aquel que, frente a Jesús sacramentado, no busca experiencias sobrenaturales, sino que vive una suave y delicada presencia, casi imperceptible.

El adorador ha aprendido a mecerse en el silencio, un mar profundo cuya vibración no entra por los sentidos, sino por el alma.

El adorador se llega a doctorar en silencio, y sólo desde el silencio entiende el lenguaje de la presencia. Pues las grandes transformaciones no se dan con manifestaciones llamativas, que alteran la conciencia.

Su alma se llena de serenidad, paz interior y dulzura. La adoración sincera lleva a un nuevo trato hacia las personas, un trato exquisito y amable, donde se percibe la suavidad de espíritu.

Sólo estar con él ya es un milagro.

Contemplar tanta belleza ya es un regalo. Sentirse envuelto en este misterio de amor ya es participar de algo extraordinario y sublime, algo sobrenatural.

Si ocurre algo más, será por añadidura. Lo único que es auténtico es el hecho histórico de un encuentro que será fecundo si dejamos que su brisa acaricie nuestra alma. Esta es la gran aventura de los místicos. Ellos se han enraizado con profundo realismo en este mundo, pero con la mirada siempre puesta en el cielo.

Aquí es cuando empieza el gran itinerario hacia la cumbre más alta: encontrarse en persona con Aquel que es la fuente de la existencia, creciendo cada vez más en la ciencia infusa de Dios. Tener la custodia delante es empezar a adentrarse en su misterio más profundo y fecundo.

El adorador vive anclado en la gratitud por tanto don derrochado.

Sabe que su vida sólo se sostiene en Dios, y abraza la realidad tal y como es, no como la quisiera.

Estar con Jesús siempre es un aprendizaje que lo hará más humano y más cristiano. Cuanto más íntimo sea nuestro encuentro con él, más trascendidos viviremos, hasta llegar a la unión mística con él y entrar en la dimensión divina. Así, el adorador pasa a ser maestro en amor a la eucaristía.

domingo, junio 19, 2022

Volvemos a ti

Desde el silencio volvemos a ti, acercándonos para escuchar tu susurro divino que convierte nuestra alma en una nueva aurora.

Los rayos de tu cálida presencia nos iluminan. El mundo renace y tu dulce compañía hace vibrar con intensidad nuestro corazón.

Delante de ti, volvemos a contemplarte. Sentimos la fuerza de tu amor que se desborda sobre nosotros, pequeña comunidad. Desde ese cachito de pan, derramas tu bondad invitándonos a comer y a alimentarnos de ti. El olor de tu pan sagrado es aroma celestial, que penetra hasta las profundidades de nuestro ser. Este tiempo contigo se convierte en un cielo, promesa del encuentro definitivo. Hoy queremos contemplarte, cantarte, mirarte. Sabemos que tu silenciosa presencia es real, cercana y viva, en este pequeño Tabor eucarístico. Quisiéramos eternizar este encuentro que ilumina nuestra alma con la luz de tu presencia.

El asombro y la devoción se apoderan de nosotros. Deseamos fundirnos contigo, ser parte de esta hermosa revelación que nos haces. Tu pan, que hoy podemos comer, es tu cuerpo entregado por amor y sacramento permanente de tu presencia. Y tu sangre vertida es el vino de la nueva alianza, sellada para siempre con todos nosotros.

Nuestro mundo postmoderno necesita de testimonios auténticos. Ojalá, con fuerza y delicadeza, seamos capaces de transmitir lo que celebramos: Dios en la cruz, hecho hombre, que se entrega dando su vida. Y Dios hecho pan, para poder alimentarnos de su vida. Es tanto su amor que se convierte en materia para que podamos metabolizarlo dentro de nosotros. Así nos convertiremos en otros Jesús, capaces de abrazar el misterio de una vida que se da sin reservas. Sólo cuando nos identifiquemos contigo, en profunda sintonía, estaremos preparados para dar el salto, como decía san Pablo: Ya no soy yo sino Cristo quien vive en mí. Será entonces cuando el miedo desaparecerá, porque estaremos dispuestos a todo, incluso al martirio y a la cruz. Nada será impedimento, sino lanzadera hacia una vida nueva.

Hoy hemos actualizado ese inmenso amor, expresión de una entrega total. Hoy queremos, con la ayuda de tu divina providencia, convertirnos en un cachito de pan para los demás. Muchos se acercarán a Ti si somos capaces de hacerlo.

Gracias por tanto don. Sólo me queda arrodillarme y, en silencio, adorarte.

domingo, junio 05, 2022

Amabilidad pastoral

Después de muchos años dedicado a la pastoral de manera intensa y apasionada, me voy dando cuenta de que tanto una pasión desorbitada como una excesiva prudencia pueden dificultar la fecundidad. En algunas comunidades, constato que se da una sobreactuación exagerada, como recurso para captar el interés del público. En otras, en cambio, se da una pasividad que puede responder a un miedo de la comunidad a crecer.

Lo cierto es que tan contraproducente puede ser una excesiva pasión como la inmovilidad. En algunos casos, puede ser una huida hacia adelante para esconder la incapacidad de una pastoral coherente. Se emplean pirotecnias espirituales y un lenguaje beligerante para intentar conquistar al otro, olvidando que el centro de nuestra misión no somos nosotros mismos, ni siquiera lo que podamos decir o incluso hacer. Una oratoria agresiva y espectacular puede caer en la vanidad espiritual. El centro se desplaza al discurso, a la música, al ambiente que se genera para provocar una alteración de la conciencia. Se usan frases elocuentes y un tono rotundo para tocar las emociones y suscitar un alto grado de placer espiritual.

Pero la fuerza de la evangelización no está en el entusiasmo vehemente, ni siquiera en la convicción de las palabras, sino en el testimonio vivo de la persona. No es tanto lo que dice, sino lo que cree y lo que vive. Cuando lo que dice se ha convertido en parte de su vida, no sólo ante la comunidad, sino en los diferentes ámbitos sociales, esta persona se convertirá en un referente moral. Será reconocida porque día a día, en todas las circunstancias, fuera de los focos, en la cotidianidad, es un testimonio de luz.

Hablo de autenticidad y generosidad. No se trata tanto de hablar, sino de mostrar con la propia vida. Es el ejemplo el que convence.

Como decía, entre la pasión y la tibieza prefiero una amabilidad entusiasta. La pasión puede convertirse en un fuego devastador que destruye y aleja. Cuando ya se tiene cierta edad las puestas en escena dejan de tener importancia. Ya no hay que demostrar lo que uno vale. Prefiero escuchar más, hacer más silencio, cultivar un trato delicado, valorar el sosiego, la contemplación, la alegría serena y no forzada. Hay que tener en cuenta que no podemos evangelizar como una apisonadora, desde nuestra atalaya y nuestra autosuficiencia espiritual. Nuestro trabajo evangelizador se topa siempre con un misterio: la libertad del otro. Si nuestra pasión nos lleva a pisar la libertad del otro es que no entendemos que el anuncio de la buena nueva está en clave de oferta, nunca de imposición. Sin libertad, no se puede amar, creer y construir un proyecto evangelizador. Evangelizar no es aumentar el número de prosélitos. Más allá de la técnica que utilices, evangelizar es anunciar que Dios te quiere, con todo lo que tú eres, incluso con tus límites y pecados. No puede haber un encuentro sin libertad, y la fe no será auténtica si no es una adhesión libre. Tenemos a nuestro gran modelo evangelizador: Jesús. Él sabe muy bien que un corazón seducido por amor y con amor es más fecundo que un discurso impositivo sobre la salvación y el pecado. Desde el corazón misericordioso de Dios, lo que te salva no es ser un buen cumplidor, sino que te dejes amar por él. Es decir, es su gracia y no tu esfuerzo lo que te salva. Es necesario pedir el don de la humildad y el arrojo para avanzar en el camino de la verdad. Sólo desde una pastoral de la amabilidad, y desde el silencio, tus palabras penetrarán en el corazón que necesita ser escuchado. El ruido hace rebotar las palabras; impactan pero no entran dentro ni se asimilan. Desde la calma y el sosiego, las palabras se convierten en aguas cristalinas que empapan nuestra existencia y permiten que crezca la semilla de la fe.

domingo, mayo 22, 2022

Una presencia luminosa

Cae la tarde. El ocaso indica que ya es hora de parar después de una jornada intensa. Es hora de recogerse e iniciar un camino hacia adentro, para saborear el cálido momento de tu presencia sacramental.

El día se apaga, pero tú iluminas nuestra alma para contemplarte con atención y reconocer que necesitamos descansar contigo, dejar que tu aliento divino sea un bálsamo que sane nuestra mente, nuestro cuerpo y, sobre todo, que tu discreta presencia amorosa penetre en los poros de nuestra alma.

Sosegados y abandonados, queremos escuchar el latido de tu corazón ardiente, que sigue derramando la paz que tanto ansiamos.

Esta tarde estamos aquí, porque queremos contemplar la belleza de un amor sin límites que se entrega para darnos vida plena.

Queremos agradecerte que esta tarde salgas del cielo, de tu hogar, para que podamos verte más cerca. Has decidido pasar un rato con nosotros, con tu pequeño rebaño que necesita ser guiado. Conscientes de nuestros límites, necesitamos tus palabras, convertidas en brisa que refresca y alivia nuestro corazón, tantas veces herido.

Aquí y ahora, sin prisa, queremos eternizar este momento de intimidad contigo. Queremos aprender a callar, a escucharte, acompañarte, fortaleciendo los vínculos entre todos los cristianos que deseamos crecer en ti y contigo.

Esta es la clave para aumentar la sintonía contigo, dueño de nuestra vida. Queremos descansar en ti, ponerlo todo en tus manos, especialmente lo que nos inquieta. Tú eres la medicina que necesitamos. Ayúdanos a confiar en ti; que no seamos orgullosos, autosuficientes, altivos, creyéndonos mejor que otros. Haz que controlemos nuestra lengua, que dejemos de ser intransigentes con los fallos de los demás, que cortemos esa riada de críticas que nos dañan. Sabemos que la perfección que tú nos pides es en el amor, y sabemos que nuestros fallos no te importan tanto; lo que te duele es nuestra dureza y nuestra falta de caridad. Que no nos instalemos en la queja permanente, en la crítica de los demás cuando no hacen las cosas como nos gustan. Que no nos falte la caridad, porque lo que a ti no te gusta es que nos quejemos de los demás sin amor.

Enséñanos a ser más dulces con los demás y a aprender de ti, que eres manso y humilde. Conocemos nuestros límites, pero también sabemos que tú valoras, pese a nuestro pecado, que estemos aquí, porque queremos aprender de tu paciente delicadeza, de tu ternura, de tu compasión. Sabemos que preferiste al publicano pecador que al fariseo que cumplía con todos tus mandatos. Recordamos al padre que abraza al hijo pródigo, al pastor que va a buscar a la oveja descarriada. Tú no quieres cristianos perfectos; quieres que seamos santos, que aprendamos a perdonar, a corregir con caridad y a instruir en sabiduría, como tú lo hiciste con tus discípulos.

Esta tarde queremos mirarte a los ojos para aprender a ver a los demás desde tu infinita misericordia. Que aprendamos de tu presencia sosegada. El mundo necesita misioneros del sosiego. Sólo desde tu paz podremos extender la calma de nuestro oasis interior.

Estar contigo esta tarde es dejarnos llevar por tu íntima amistad. Quizás no quieres tantas oraciones, que te pueden aturdir. Quizás quieres más nuestro silencio, que sepamos acallar nuestras voces, que paremos la velocidad interior y dejemos nuestras miserias. Quieres que nos fijemos en ti, fuente y sentido de nuestra existencia. Queremos que habites en nosotros. Queremos ser una pequeña y humilde luz, que brille iluminando lo que hay alrededor. Que los demás vean en nosotros tu real y clara presencia. También queremos habitar en ti, y que nos ayudes a transparentar la belleza de tu amor.

Sólo así nuestra pequeña comunidad se convertirá en un cielo, capaz de acoger a tantas personas que viven un profundo trasiego en su corazón.

Queremos ser faros luminosos que indiquen a muchos náufragos el camino de vuelta a ti.

Gracias por estar aquí, esta tarde, con nosotros, como lo hiciste aquel día que caminaste y compartiste la cena con los discípulos de Emaús.

domingo, marzo 20, 2022

El sacerdocio, una vocación apasionante

 
35 aniversario de ordenación sacerdotal

En este día, en que celebro mi 35º aniversario sacerdotal, quisiera comentaros algunos aspectos de mi vocación. ¿Cómo vivo mi sacerdocio? Para mí, el ministerio tiene tres ejes fundamentales.

Oración

Por un lado, el sacerdote ha de ser un hombre de oración. Jesús fue a orar. Un sacerdote tiene que dejarse transformar en esa montaña interior, dejando que la luz de Dios impregne toda su vida. Podríamos hablar de la mística del sacerdote. No crece si no está en conexión e íntima sintonía con Aquel que es la razón de su vida: Cristo. A veces los sacerdotes vamos muy atareados y estresados. Hay cuestiones que nos preocupan mucho y queremos darlo todo, pero no siempre lo podemos hacer, porque nos equivocamos o, simplemente, porque es complicado llevar a cabo todo lo que soñamos y deseamos. Pero, aunque haya situaciones de conflicto interno, lo importante es centrarse en Cristo para no caer en dos actitudes muy propias de esta situación. Por un lado, el cansancio, que se refleja en la falta de entusiasmo testimonial de aquello que vives y crees. Y, por otro lado, la auto referencialidad. Somos instrumento, hemos de evitar la idolatría espiritual. Muchos pueden caer en esto. Humildad: somos poquita cosa, pero lo tenemos todo con la fuerza de Cristo. No importan nuestras limitaciones, o las situaciones extremas que podamos vivir; si estamos anclados en Cristo nada puede hacernos naufragar en nuestra vida sacerdotal.

La oración es importante en el sacerdote. No siempre damos testimonio, a veces estamos demasiado ocupados intentando atender a todos y llegar a todo, cuando no siempre se puede. Lo importante es no desviarnos nunca del alimento básico para nuestro crecimiento espiritual.

Fidelidad

Otro aspecto es la fidelidad a la misión que Dios nos ha encomendado a través de nuestros obispos (en mi caso, el cardenal). Si es importante la fidelidad en el matrimonio, también lo es para mí, como sacerdote. No puedo romper algo tan fundamental en mi vida. Cuando tomé posesión como rector de la parroquia de San Pablo, en Badalona, el obispo Carrera me dijo que en el momento en que asumía mi cargo, se daba una declaración, un casamiento espiritual, como pastor, con mi comunidad cristiana.

Después de treinta años, no diré que no haya habido dificultades, pero en ningún momento he dudado de este don tan excelso, quizás inmerecido, que he recibido de Dios. Siempre he conservado una profunda gratitud. Qué mínimo que responder con firmeza, contundencia y fidelidad, manteniéndome al frente del proyecto que Dios me ha encomendado. Aunque esto suponga tener que ser muy creativo. Hay que ser realista: hay una erosión normal en la convivencia con los tuyos, con la comunidad. Todos somos diferentes y tenemos formas distintas de concebir la Iglesia, el mundo, la pastoral. A veces pueden producirse tensiones, es natural. No por ello el sacerdocio deja de ser apasionante.

Y me preocupa que estamos viendo un descenso muy fuerte de vocaciones sacerdotales. No sé si los curas somos culpables en parte. Pero también hay ideologías que influyen, quieras o no, en la sociedad. Hay un machaqueo mediático que va esparciendo valores antirreligiosos y todo esto acaba afectando a la gente, tan enganchada a la televisión y a las redes sociales. Los medios van configurando una forma de concebir la vida según las propuestas que se están imponiendo a través de series, canales, etc.

Rezad mucho por los sacerdotes. No os canséis. Rezad también por las vocaciones, porque el pueblo de Dios necesita personas generosas, entregadas, con capacidad de perdón, de misericordia. Creo que la Iglesia ha de ser más madre, más femenina. Más allá de los cargos que ocupan los varones, la Iglesia ha de atender otros aspectos fundamentales: la feminidad, la acogida, la ternura. Fijaos en la parábola del hijo pródigo, con qué dulzura el Padre abraza a su hijo perdido. No nos asustemos, no es un tema de género, sino algo tan básico, tan intrínseco como manifestar ternura y amor hacia quienes más lo necesitan.

Amor a la misión

Además de la fidelidad, estar ahí siempre, nunca cansarte, ser fiel, fortalecerte en el nivel espiritual, otro aspecto importante para mí es ser consciente de la misión que Dios te ha encomendado y amar esta misión.

El sacerdote corre el riesgo de convertirse en una especie de funcionario. Celebra misas, sacramentos, cumple con las obligaciones... No es suficiente. Se es sacerdote las 24 horas del día, hasta cuando duermes. Te pones en manos de Dios cuando te acuestas y cuando te levantas. Y de día te lanzas al mundo, en plena batalla. Decía un teólogo que la vida del cristiano se mueve entre el ágape y la guerra. Dios está en la eucaristía y en el combate diario.

Estos tres ejes fundamentales configuran mi sacerdocio: oración, fidelidad y amor a la vocación sacerdotal. Sin esto, el cura va a la deriva.

Doctorado en caridad

Porque no sólo se trata de ser locuaz predicando, o de ser un gran teólogo, que está bien. La fe no es una adhesión a ideas o a conceptos y doctrinas, reconociendo los grandes méritos de la escolástica y la patrística. Pensad una cosa: además de ser doctores en teología, los curas hemos de ser gente enamorada y audaz, gente entusiasta por la vocación. Si no trasciende lo mero doctrinal y no busca la excelencia espiritual, el cura se queda a medio camino. Yo no sólo convenceré con una buena catequesis. Lo que va a entusiasmar será mi grado de convicción y compromiso. Quizás hemos hecho mucha teología de laboratorio, que está bien, pero se necesita una experiencia vital, el amor al sacerdocio. Analógicamente, el futuro de los hijos depende de la estabilidad de los padres. Los hijos deben sentirse queridos por los papás, más allá de la instrucción y la ayuda en otros aspectos. El sentirse amados, abrazados, apoyados, valorados, es fundamental. Lo mismo sucede con el sacerdote y su comunidad. Yo quiero que, más allá de mis instrucciones, os sintáis queridos por vuestro párroco. Quiero que os sintáis queridos por vuestra comunidad, unos con otros. Si, además, aprendéis muchas cosas, estupendo. Pero, sobre todo, quiero que os sintáis queridos, amados, escuchados, atendidos, perdonados.

Y en esto soy el primero que tengo que dar ejemplo. Tengo que doctorarme en caridad, en amor. Como decía Benedicto XVI, hay que hacer teología de rodillas, adorando. Esta es la auténtica teología, la que parte de una comunión íntima con Dios. Si no es así será una mera transmisión de conceptos, insuficiente. Hemos de transmitir pasión, la pasión del sacerdote por ese inmenso don que Dios nos ha regalado.

Os pido que recéis por mí y por los sacerdotes. Llevo ya doce años con vosotros. No me he cansado y estoy feliz de seguir aquí, para serviros en el amor. Que así sea.

domingo, marzo 06, 2022

Evangelizar con la belleza

Cuando llegué a mi nueva parroquia, en agosto de 2010, estaba muy ilusionado en mi destino, con el deseo firme de hacer crecer la comunidad y ampliar sus horizontes.

Era una nueva etapa en mi vida sacerdotal, y ansiaba darlo todo para dinamizar la comunidad. Era consciente de que los anteriores sacerdotes se habían volcado totalmente a su ministerio y pude ver los frutos que dieron mosén Mariné y el padre Juan Barrio, sacerdotes buenos que se habían entregado a su tarea pastoral.

Heredaba una comunidad de personas con una fortaleza religiosa y una fe recia. Los sacerdotes y muchos feligreses que ya han fallecido, contribuyeron con su celo apostólico a que la parroquia fuera creciendo con gran dinamismo.

Tomé posesión el 19 de septiembre de 2010, asumiendo la responsabilidad como rector, de manos del entonces arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach.

Fue entonces cuando encomendé la misión pastoral de mi parroquia al santo cura de Ars. Invocando su ayuda, inicié con ilusión mi nueva tarea.

Aunque todo lo que se había hecho anteriormente era muy valioso, me pareció oportuno empezar por algo que consideraba crucial para la actividad parroquial. Quise empezar dignificando y mejorando los espacios y equipamientos donde se realizaban las diversas actividades pastorales. Observando y rezando, discerní lo que era bueno para lograr una mayor implicación por parte de los feligreses, con el fin de cohesionar más a la comunidad. Aunque pueda parecer obvio, siempre he creído que una forma de evangelizar es a través de la belleza, el cuidado, la mejora, la higiene y la dignidad de los espacios donde la Iglesia desarrolla su misión.

Empecé por reparar y mejorar las diferentes salas: Cáritas, tertulias, catequesis. Y, cómo no, especialmente el templo, como lugar sagrado donde la comunidad celebra su fe en la eucaristía.

De aquí, no sin esfuerzo, fui trabajando con un grupo de feligreses comprometidos e implicados en la mejora de las estructuras y los equipamientos parroquiales.

Han pasado casi doce años y seguimos trabajando para seguir mejorando. Mi deseo es crear confort y bienestar espiritual, favoreciendo, con un espacio bello y agradable, un marco para un fuerte empuje evangelizador. Todo esto lo estamos logrando gracias a la generosidad de muchos de vosotros. Y todo esto sin descuidar lo esencial de mi ministerio: acercaros más a Dios, posibilitar vuestro crecimiento en la fe, así como haceros conscientes de la tarea misionera que todos tenemos, laicos y sacerdotes. En otras memorias detallaremos más iniciativas, fruto de esta toma de consciencia de nuestra misión evangelizadora. A pesar de los vaivenes internos y de los condicionantes de una cultura secular que afecta a la Iglesia, la llamita de San Félix sigue dando luz y esperanza.

domingo, febrero 20, 2022

La guerrera de Dios


Ella era así: exigente, entregada, volcada por entero al proyecto de la comunidad de Misioneros de Jesús en Barcelona. La conocí de mano de una amiga suya, hace siete años, un día de invierno. Tras un saludo afable, me pidió una de las salas de la parroquia para iniciar un grupo de lectura y reflexión sobre la Palabra de Dios. Fue así como un primer grupo de cinco personas comenzó este proyecto, creando un entorno cálido para profundizar en la lectura divina, los domingos por la tarde a las siete.

A la luz de unas velas, con sencillez e ilusión empezó a arder una pequeña llama que se convertiría en el gran proyecto de su vida. Aquellos primeros pasos de gente humilde, pero entusiasta, liderada por Amparo, fueron la gestación de una futura comunidad.

El movimiento Misioneros de Jesús Internacional está extendido por 26 países latinoamericanos y algunos de Europa. Tiene su sede en New Jersey, donde arrancó el proyecto fundado por Neil Vélez. En Barcelona, la semilla estallaría con el primer retiro «Por sus llagas».

Fue a partir de esta primera experiencia que la comunidad creció de manera exponencial, hasta llegar a reunir un gran número de personas que buscaban con ansia respuestas a los grandes interrogantes de su vida. Liderada por Amparo, la comunidad organizó diversas actividades que ayudaron al grupo a crecer y cohesionarse: asamblea semanal en el templo, con pláticas, meditación y oraciones; canto y música con valores formativos y religiosos, profundizando en la palabra de Dios; retiros, escuela de fe, salidas...

La fe es el eje vertebrador de este movimiento. Empiezan muchos de sus encuentros con estas palabras, que marcan su línea de espiritualidad:

Señor, reconozco que sin ti nada puedo, pero también sé que, si tú estás conmigo, todo lo puedo; por eso me humillo ante tu presencia y te pido que aumentes mi fe.

Rápidamente se fueron creando diversos ministerios o servicios, para atender los distintos ámbitos. Amparo luchaba sin tregua por la cohesión del grupo, su formación y compromiso. Su entrega llegaba a veces a la extenuación, con el deseo de darlo todo por la comunidad que había iniciado. Su fuerza interior era la de un huracán. Amparo nunca se rendía, aunque sí es cierto que se agrietó. Su frágil salud fue haciendo mella en su cuerpo, pero ella seguía al frente de un grupo que no dejaba de crecer. Los retiros eran fecundos y abrían las puertas de un nuevo horizonte para muchos. En estos encuentros se produjeron grandes conversiones y muchas almas se acercaron a Dios. También hubo experiencias de sanación y de cambio de vida.

Tras cinco años de generosa entrega, Amparo decidió volver a su Bolivia natal, después de quince años de ausencia. Su padre estaba enfermo y quería estar allí, a su lado, para atenderlo y acompañarlo los últimos días de su vida. En Bolivia, ella deseaba iniciar un nuevo proyecto vital y espiritual.

Tras la muerte de su padre, Amparo se planteó volver a Barcelona. Ilusionada con sus planes, preparaba el viaje de regreso cuando, de manera fulminante, su vida quedó segada.

Un derrame cerebral inesperado le causó la muerte sin que nadie pudiera preverlo.

Al saberlo, su comunidad quedó sin aliento. Nadie esperaba algo así. En la tarde del 12 de febrero, día de santa Eulalia, la tristeza invadió el corazón del grupo de Misioneros en Barcelona. Lágrimas, emociones compartidas, recuerdos, preguntas... ¿por qué?, corrieron entre tantas personas que la conocían y habían recibido de ella miradas cálidas, palabras de consejo y apoyo.

El impacto de una noticia tan dolorosa atravesó el alma del grupo, y también de la comunidad de la parroquia de San Félix. Todos cuantos la conocían y la amaban quedaron atónitos y consternados. 

Así fue: Amparo dejó una huella profunda en todos aquellos que la conocíamos. Su marcha de este mundo ha dejado, como me han comentado algunos, un sentimiento de orfandad muy grande. Supo llegar al corazón de todos. Aun reconociendo que en algún momento se equivocaba, su entrega era indiscutible, así como la sinceridad en su deseo de mejorar, aunque le costara mucho. Así me lo comentó en varias ocasiones.

Además de animar a su comunidad, participaba en el coro parroquial y asistía cada domingo o cada sábado a la eucaristía comunitaria. El amor a Jesús sacramentado era central en su vida. Siempre estaba allí, en medio de la comunidad, con su dulce sonrisa y dispuesta a colaborar en la liturgia.

Una feligresa, recordándola emocionada, me decía: «Dios quiso a esa flor en su jardín». La fragancia de su bondad caló en el corazón de esta persona. «Finalmente», concluyó, «Dios es un misterio inabarcable». Me hizo pensar mucho esta conversación.

Como dije en la homilía, cuando ofrecimos su alma al Señor, ella seguirá velando, custodiando a su comunidad desde el cielo. Seguirá trabajando por aquellos que inició, quizás con más fuerza aún. Es un privilegio tener en el cielo a una mediadora junto a Dios.

Ese deseo que tenía en lo más profundo de su ser estallará para dar gloria a Dios. Agradezcamos su legado, su testimonio vivo de fe, y que sea motivo de empuje y fuerza en los momentos difíciles, para que nunca se pierda el rumbo de un proyecto misionero y eclesial. Aprendamos a ser agradecidos por tanta vida volcada con amor. Que este testimonio luminoso de Amparo llene de sentido vuestra vocación misionera al servicio de la Iglesia. Como solía decir ella, «la meta es el cielo». Es decir, la meta es volver a nuestro origen, que es el corazón de Dios.

domingo, enero 02, 2022

La familia, proyecto de Dios

 

Homilía con motivo de la fiesta de la Sagrada Familia, 26 de diciembre de 2021.

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia, un ejemplo a imitar por todas las familias cristianas. En ella vemos a una madre, María, que sabe hacer de su casa un espacio sagrado: convierte su hogar en un santuario.

Qué importante es que los padres entiendan que la casa, más allá de un lugar de convivencia, es el lugar de crecimiento para los miembros que habitan en ella, un espacio de oración.

María nos enseña a ser educadores en la oración. José sabe estar en el lugar donde le toca. Humilde y silencioso acompaña a María en su tarea de educar a Jesús.

Las casas son fundamentales para la educación de los hijos. Pero hemos de partir de una sintonía entre los padres. Pero hoy vemos muchas dificultades. La familia, como estructura social, está en crisis. Lo estamos viendo: separaciones, rupturas, sufrimiento. Esto supone un gran desconcierto para los hijos. La Iglesia nos recuerda que la familia es sagrada. No sólo la de Nazaret, a la que hemos de imitar, sino toda familia, porque es fundamental para el crecimiento y la madurez de los hijos.

Hoy es un deber social, humano y espiritual, rescatar la familia, confundida por ciertas ideologías que le quitan el valor sagrado de la libertad y que le niegan la dimensión cristiana. ¡Hay tantas discusiones sobre las formas de ser familia! Respetando ciertas tendencias, está claro que no podemos confundir el modelo de familia cristiana con otras donde no estén el padre y la madre, o donde haya dos progenitores del mismo sexo; esto puede desconcertar a los hijos respecto a su identidad personal y social. Pero está ocurriendo, y no sólo eso, sino que se está fomentando desde las instituciones educativas y la administración. Incluso se fomentan las relaciones con personas del mismo sexo. Se está haciendo en otros países y también en España, intentando que el proyecto educativo incorpore ciertos elementos de afectividad e identidad sexual. Esto no corresponde al gobierno ni a las escuelas, porque están haciendo injerencia en la educación y en la responsabilidad propias de los padres.

Podemos ser comprensivos y aceptar la identidad sexual de cada cual, pues cada persona tiene sus tendencias genéticas y en esto debemos ser muy prudentes. Pero lo que tampoco podemos hacer es que se nos arrebate el sentido de la familia tal como lo transmite la Biblia en el Génesis: formada por la unión de hombre y mujer. Cuidado cuando los colegios están interfiriendo en algo que toca única y exclusivamente decidir a las familias. Otra cosa es obligar, por criterios de zona, a que los padres lleven a sus hijos a determinadas escuelas, sin permitirles elegir un centro acorde con su sensibilidad religiosa. Es un tema que preocupa muchísimo.

La importancia de la comunión

Más allá de las dificultades, podemos decir que estas rupturas ocurren porque algo ya se ha ido inoculando: ciertas actitudes y creencias sobre la persona. Si las familias no hacen el esfuerzo de entenderse, de dialogar, de amarse intensamente, de ser delicados uno con el otro, buscando espacios de comunión profunda y sintonía, cuando se pone distancia, por cuestiones culturales, sociales o por carácter, la familia se está derrumbando desde la base.

La convivencia entre personas no es fácil. Pero, ante un matrimonio en crisis, siempre me pregunto qué les hizo enamorarse en los primeros tiempos. ¿No supieron ver cómo era el otro? O simplemente, cuando se les pasa la fiebre del enamoramiento y ven cómo es la otra persona, se dan cuenta de la realidad. Cuánto cuesta aceptar que, si no hay amor en esta relación, la familia se irá debilitando, hasta quedar rota en su fundamento básico. Han dejado de mirarse con ternura, han dejado de buscar tiempo para el afecto y la comunicación; han dejado de buscar tiempo para el ocio, para estar juntos, para pasear, para hablar de cosas que preocupan al uno y al otro. Cuando esto afecta a la confianza, van tirando como pueden.

Muchos no son capaces de separarse, pero es tremenda la tragedia de muchas familias que sobreviven soportándose, porque no tienen recursos económicos, porque es complicado socialmente... Y no hacen un esfuerzo mayor.

Si la familia no está sólida, los políticos y los gobiernos entrarán a rematar. ¿Recordáis lo que decía aquella ministra? Los hijos no son de los padres, son del estado. Es tremendo, pero esta es la tendencia que está predominando. Quieren intervenir incluso en las decisiones personales de la familia o del matrimonio.

No os dejéis atrapar, ¡no! Es un desafío enorme, porque ese veneno se está inoculando: el control sobre la familia desde la administración.

La familia es sagrada. Es un proyecto de Dios, es un proyecto de la Iglesia. El matrimonio es un sacramento y a través del sacramento recibimos las gracias necesarias para consolidar la relación cuando hay dificultades.

Pero muchas parejas no tienen la paciencia para detenerse, dialogar, mirarse a los ojos e intentar buscar soluciones y volver a enamorarse.

Los padres, espejo para los hijos

Lo que hagáis los padres lo verán los hijos. Ellos serán testigos de las fragilidades de los padres, e incluso os van a imitar, porque lo han vivido. Lo vemos en muchas familias: cada fin de semana los hijos se dispersan, con uno u otro cónyuge.

Los hijos necesitan sentir que los padres se aman, por encima de todo. Luego nos preguntamos: ¿qué hemos hecho? Mis hijos no vienen a misa, mis hijos no me quieren, soy incapaz de hablar con mis hijos. Cuando esto ocurre, ya siendo adultos, es porque no se ha trabajado desde la base una sólida relación afectiva y espiritual. Nos llenamos la boca de teorías, hablando de la importancia de la familia como sacramento. Pero no olvidemos que es un sacramento basado en un esfuerzo humano, emocional, intelectual, afectivo, para que la familia sea sólida y compacta y no se rompan las relaciones.

Para los cristianos, para la Iglesia y para Dios la familia es un reducto donde tenemos que amurallarnos ante la interferencia de ciertas instancias. Un niño crece armónicamente si los padres están en su lugar. Pero, sobre todo, si los padres se quieren, se manifiestan su aprecio y su compromiso mutuo de quererse para siempre.

¿Qué notamos? Que esa densidad en la relación, tan impresionante en los inicios, con el tiempo, lentamente, se evapora. Y me diréis que soy joven, que no estoy casado, que no tengo hijos... Pero hay algo que revisar desde la base.

¿Por qué la Iglesia insiste tanto en la formación prematrimonial? No tres días, porque la pareja va corriendo y no tiene tiempo. No es consciente de la necesidad de formarse para un sacramento que dura toda una vida. ¿Qué son tres charlas para toda una vida? Nada.

El amor requiere sacrificio, esfuerzo, renuncia, diálogo, paciencia, ternura, mirarse a los ojos... Y, cuando hay dificultades, tener la valentía de poner esto encima de la mesa y no dejar que el tiempo vaya matando lentamente la relación. Así es como se llega al ir tirando. Y los matrimonios resisten porque, claro, no pueden separarse, no pueden dar mal ejemplo. No se trata de separarse, sino de hacer el esfuerzo. Si dijisteis que sí a todas, hay que mantener ese sí cada día, con esfuerzo. Y esto requiere un plus de generosidad. ¿Estamos dispuestos?

Vale la pena por lo que nos ha dado nuestra esposa, por nuestro esposo, por nuestros hijos. Vale la pena por todo lo que hemos proyectado juntos y por lo que hemos crecido juntos.

Consolidar los vínculos

Un psicólogo cristiano dice que la gran crisis surge a partir de los 50, cuando parece que todo está hecho y ya no hay nada más que decir. Es entonces cuando llega el tedio y se inicia el declive hacia abajo. Viene la desilusión, el cansancio, la ironía solapada en la convivencia, disfrazando bajo chistes las heridas psicológicas y espirituales. ¿Por qué creéis que la Iglesia insiste tanto en esto? Si la familia no está consolidada y los hijos no están protegidos, si la persona no está feliz en su madurez, ¿qué podemos esperar? A partir de los 50 es cuando uno se convierte en persona sabia, no porque sepa mucho, no, sino porque ha descubierto, ha degustado lo que es esencial en la relación. Más allá del saber está el saborear, en silencio, juntos. La oración conjunta, el diálogo sosegado... ¿Nos hemos olvidado de todo esto?

Si no estamos al tanto, no nos extrañe lo que pasa con nuestros hijos, que toman caminos totalmente diferentes al nuestro y se distancian. Siguen la moda, están enganchados a los aparatos digitales... Sin embargo, hay otra realidad dolorosa. El otro día escuchaba en la radio: más del 50 % de jóvenes en Cataluña no tienen trabajo. El trabajo no sólo depende de las habilidades personales, sino de la formación recibida en el tiempo, en la familia. El amor da seguridad y aumenta la inteligencia emocional, importantísima para afianzar al joven que tiene que abrirse a la vida. El amor hará posible que nada ni nadie se le ponga por delante a ese joven con ganas de crecer, con ganas de dar lo mejor de sí mismo a la sociedad.

Cuánta gente joven arrodillada, abducida, cansada, perdida, desorientada, caída, derrotada... ¿De quién depende? De los adultos. Si los adultos no somos ejemplo, ¿qué esperamos? Quizás hemos de reconocer que no todo lo hemos hecho bien. ¿Por qué los jóvenes no vienen a la Iglesia? ¿Qué hemos hecho de nuestra fe? ¿Qué hemos hecho con nuestros valores? ¿Qué hemos hecho con lo que queremos? ¿Nos hemos cansado, nos hemos rendido? ¿Es complicado mantener viva la fe, esa llama de entusiasmo de la creencia en Dios?

Pero no todo está perdido. Hagamos que la familia cristiana de nuestro mundo se parezca a esta familia de Dios, la familia de Nazaret. Así sea.